general de los carmelitas desde 1318, escribió _Super octo
libros physicorum Aristotelis. In libros de anima. In XII
libros metaphysicae. Quodlibetorum liber I. Quaestionum
liber I. Super IV libros Sententiarum. De perfectione vitae.
Concordia Evangeliorum. Expositio in tria cantica. De
haeresibus. Correctio Decretorum. De vita et moribus Christi_,
etc.
FRAY JUAN DE CLARAVÓ, catalán, carmelita y obispo de Cerdeña
desde 1327, escribió _Commentariorum in libros Sententiarum
libri IV. Lecturae. Sermones._
ÁLVARO PELAGIO (Peláez, Páez ó Payo), franciscano y escotista,
obispo de Silves, escribió en 1330 _De planctu Ecclesiae.
Apologia pro Ioanne XXII adversus Guillelmum Ockam. Speculum
Regum. Collyrium fidei contra hacreses. Summa Theologiae._
Hasta 1336 vivió el M. ALFONSO converso de VALLADOLID, antes
Rabbi Abner, que trasladó de hebreo en romance, por mandado de
la infanta doña Blanca, señora del monasterio de las Huelgas,
de Burgos, el _Libro de las batallas de Dios_, que había
escrito primero en hebreo (núm. 217).
=237.= _Año 1343._ El _Libro de buen Amor_, del Arcipreste de Hita,
acabado de escribir el año 1343, es el libro más valiente que se ha
escrito en lengua castellana. Nuestra literatura ofrece tres cimas,
que se yerguen hasta las estrellas y sobresalen entre las obras más
excelsas del ingenio humano. El _Quijote_ en el género novelesco, _La
Celestina_ en el dramático, _El Libro de Buen Amor_ en el satírico,
en el lírico, en el dramático, en todos los géneros, porque todos los
confunde la reventazón creadora de un poeta solitario, que alza su
voz poderosa en el silencio de una sociedad medio guerrera y medio
bárbara. Pero en reciura de músculos, en volubilidad de meneos, en
fuerza de rugiente vida, en desenfadada sinceridad y abertura de pecho,
el Arcipreste de Hita se adelanta á todos los artistas del mundo. Este
hombre es el gigantazo aquel, llamado Polifemo, que nos pintó Homero,
metido á escritor. Los sillares con que levanta su obra son vivos
peñascos, arrancados de la cumbre de las montañas y hacinados sin
argamasa ni trabazones convencionales, de las que no pueden prescindir
los más celebrados artistas.
"¡Qué lástima--dice benditamente Martínez de la Rosa--que un hombre de
tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo!". ¡Acaso--digo yo--naciendo
en el que nacisteis hubiera sido de vuestra atildada escuela! Porque
¿quién sabe si vuestro ingenio académico, puesto en el siglo XIV,
hubiera volado tan sin pihuelas como el del Arcipreste?
Su boca dice todo lo que encierra su pecho, y el pecho de este poeta
primitivo es grande como el universo. ¡Una verdad tan sin tapujos que
tumba de espaldas al más arrojado! ¡Un realismo tan cimarrón, que ciega
y acobarda al más atrevido! Tan grande, tan colosal es el Arcipreste de
Hita, que sobrepujando á toda previsión y escapándose de toda medida,
se les ha ido de vuelo á los críticos más avizores y de más firme
mirar. El Greco se queda corto en pintura, para lo que en literatura es
Juan Ruiz[22]. Su obra, repito, es el libro más valiente que se halla
en esta literatura castellana de escritores valientes y desmesurados
sobre toda otra literatura.
La obra del Arcipreste es toda suya, personal, originalísima. ¿Que
glosó una comedieta latina, que engarzó en su libro fábulas orientales,
de todos conocidas entonces, que tomó de la literatura francesa algún
fabliau y el tema del combate entre don Carnal y doña Cuaresma? Ésos
son materiales en bruto, que el poeta labró, pulió, vivificó con
aliento nuevo y no soñado por los autores que tales materiales le
ofrecieron.
Levántase el Arcipreste entre dos épocas literarias sin pertenecer
á ninguna de las dos, aunque con dejos de la que le precedió: la de
los apólogos sentenciosos y últimos vagidos del _mester de clerezia_,
que fué lo que hasta entonces se había escrito, y el renacimiento de
torpe y retorcido decir de don Enrique de Villena y del Marqués de
Santillana, que vino á poco, seguido de la lírica postiza y desleída de
los cortesanos de don Juan el II.
¡Increíble parece que, resonando todavía y retiñendo en lo hondo de
los corazones aquel metal de voz de un tan verdadero vate como Juan
Ruiz, tuvieran valor de chirriar, no uno, ni una docena de afeminados
boquirrubios, sino toda aquella cáfila y enjambre de ahembrados
poetillas, cuyas ñoñeces nos conservó Baena en su _Cancionero_,
cerrando la procesión de tan almibarados donceles el por luengos años
de más estruendo y más enrevesado y menos delicado y natural poeta que
conozco, el famosísimo Juan de Mena!
Pasados los tiempos heroicos de la épica castellana con sus gestas, de
las cuales nos ha quedado el más acabado modelo en el cantar de _Mio
Cid_, nació, en los comienzos del siglo XIII, un género de poesía, ni
épica ni lírica, que los mismos poetas llamaban _mester de clerezia_.
Clérigos eran, efectivamente, por la mayor parte, porque apenas si
la cultura y las letras alcanzaban más que á los clérigos. Fruto de
la erudición latino-eclesiástica, por medio de la cual les llegaba
por una cierta manera mitológica algo de la antigua historia y de sus
héroes, eran aquellos poemas para leídos por monjes y estudiantes de
las nacientes universidades; sus voces no llegaban á las mesnadas de
guerreros, á las cortes de los reyes ni á las fiestas y regocijos
populares. Así era de prosaico y didáctico el tono de aquellas leyendas
devotas y poemas de Berceo, del _Alixandre_, del _Libro de Apolonio_
y otros, á vueltas de cierta candidez y color primitivos, que si no
enardece y levanta los pensamientos, agrada, y, sobre todo, contentaba
á sus poco leídos lectores y más á sus autores, los cuales despreciaban
la verdadera poesía del pueblo, que llamaban _mester de juglaria_.
Pero la cultura arábiga, fomentada por Alfonso _el Sabio_, trajo á
España el saber grave, diluido en apólogos y sentencias, y de él se
alimentó la prosa castellana, llevada á la legislación, á la historia
y á la ciencia por el sabio Rey. Á poco, la corriente lírica gallega
se derramó por toda la Península, escribiéndose nuestra lírica
erudita en aquella dulce lengua, y desaparece el pesado alejandrino,
sustituyéndole la riqueza métrica de aquellos cantares cantables y
ligeros de la musa, ya erudita, ya popular, venida de Galicia. La
sociedad medieval se transformaba á la par de caballeresca en burguesa,
y el empuje realista del popular pensar y sentir no pudo menos de
llegar á la literatura. Estos cambios se verificaron en el siglo XIV,
en que vivió el Arcipreste de Hita. El añejo _mester de clerezia_ se
coloreó no poco con estas novedades, y á él pertenecen en el siglo XIV
el rabí don San Tob de Carrión y el canciller Pero López de Ayala. No
menos pertenece á él nuestro Arcipreste, por la intención moralizadora
de su libro y por la doctrina y fábulas orientales de que lo entreveró;
pero no menos, antes mucho más, ha de tenerse por poeta popular del
_mester de juglaria_, como él mismo francamente lo proclama, sin
desdeñarse por ello (c. 1633):
Señores, hevos servido con poca sabidoria:
por vos dar solás á todos, fablévos en juglería.
Con estas palabras, y mucho más con su libro, sus cantares y "cantigas
de dança e troteras, para judios e moros e para entendederas, para
ciegos y escolares, para gente andariega" (c. 1513, 1514), alzó bandera
revolucionaria en el campo de la literatura erudita, injertándole
la savia popular, la única que suele y puede engrandecerla. Él fué
quien enterró el _mester de clerezia_, desgarrándose de la tradición
latino-eclesiástica; él quien rompió todos los moldes de erudiciones
trasnochadas, de ritmos apesadumbrados y de entorpecidos andares; él
quien supo aprovechar como nadie en sus apólogos la manera pintoresca
y sentenciosa de la literatura oriental, harto mejor que en sus prosas
don Juan Manuel, su contemporáneo; él quien dió vida á la sátira moral,
harto mejor que el Canciller y el Rabí; él quien llevó á la literatura
castellana las cantigas, las villanescas y las serranillas gallegas; él
quien zanjó para siempre el realismo de nuestra literatura; él, en una
palabra, quien dió vida de un golpe y en un solo libro á la lírica, á
la dramática, á la autobiografía picaresca, y, sobre todo, á la sátira
en todos sus matices.
El Arcipreste de Hita no puede ser encasillado, como no pueden serlo
los pocos altísimos ingenios que se levantan sobre la muchedumbre de
los poetas y escritores comunes, por sobresalientes que algunos de
ellos sean. Fuélo, sin duda, el infante don Juan Manuel, el único cuya
voz puede oirse mientras canta el de Hita; pero entre uno y otro hay
un abismo. Porque nuestro Arcipreste, no sólo es el primer poeta de su
siglo, sino de toda la Edad Media española, y fuera de España tan sólo
el Dante puede con él emparejar.
¿Quién fué este hombre tan extraordinario? Fuera de lo que nos
pueda decir su _Libro de Buen Amor_, no sabemos ni una palabra; y
este libro es tan naturalmente artístico y tan irónico y socarrón y
en castellano tan viejo y poco conocido escrito, que él y su autor
siguen siendo hasta hoy una verdadera quisicosa, un enigma, aun para
las personas más doctas. Para Menéndez Pelayo fué el Arcipreste "un
clérigo libertino y tabernario"; para Puymaigre, "un librepensador, un
enemigo de la Iglesia"; para José Amador de los Ríos, por el contrario,
fué "un severo moralista y clérigo ejemplar, que, si es cierto que
cuenta de sí propio mil picardías, lo hace para ofrecerse como víctima
expiatoria de los pecados de su tiempo, acumulándolos sobre su inocente
cabeza" (MENÉNDEZ Y PELAYO, _Antología_, III, página LXII). Si con tan
encontradas opiniones se juzga del hombre, de esperar es que con las
mismas se juzgue de su obra, que no ha faltado quien la llamase nada
menos que _Libro de alcahuetería_.
Bien es verdad que todos convienen en tenerle por extraordinario
poeta. Pero ¿puede ser poeta tan extraordinario un hombre que va
contra el sentir de toda la sociedad cristiana en que vive, como lo
supone Puymaigre? Los grandes poetas que conocemos sobresalieron entre
sus contemporáneos; pero fueron la voz de toda la sociedad en que
vivían, y eso les hizo ser grandes. ¿Puede ser extraordinario poeta un
poeta "clérigo, libertino y tabernario; un escolar nocherniego, gran
frecuentador de tabernas; un clérigo de vida inhonesta y anticanónica",
como dice de él Menéndez y Pelayo? Yo concederé que entre tales
hombres pueda darse un poeta; jamás un extraordinario poeta. Los más
encumbrados pensamientos y los sentimientos más delicados no andan por
las tabernas y lupanares. Si alguien puede creer lo contrario, respeto
su opinión; pero me guardo la mía en todo contraria. Si otros creen
que un desalmado sin conciencia y sin religión, en un siglo religioso,
sobre todo, puede ser poeta excelso, de los de gran talla, de los pocos
que se levanten á lo más alto, como yo tengo fué el Arcipreste, tampoco
me ofenderé; pero seguiré creyendo que esos altísimos ingenios jamás se
dieron sin una honda creencia religiosa en el corazón, fuente la más
pura y abundante de la sublime poesía. Pero todo esto es opinar. Lo
que en limpio de todo ello se saca es que el valer del Arcipreste y de
su libro sigue en balanzas, que el _Libro de Buen Amor_ es todavía un
enigma aun para los más doctos y discretos.
Del libro, bien estudiado, se sacan las pocas noticias siguientes,
tocantes al extraño personaje de su autor: Llamóse _Juan Ruiz_ (c. 19 y
575). Nació en Alcalá de Henares (c. 326, 1510, 1457). Fué _Arcipreste_
de _Hita_, villa en la provincia de Guadalajara. Cargo era éste de
importancia, como entonces todos los eclesiásticos, y el primero
de la villa, puesto que el Arcipreste es cabeza de todos los demás
clérigos. Era ya muerto, probablemente, á no ser que hubiera dejado el
arciprestazgo, el año 1351, pues en escritura que cita Antonio Sánchez
era Arcipreste allí y aquel año un tal Pedro Fernández; todavía parece
más probable que hubiese muerto para el año 1348, como deduzco por
cierta conjetura de la copla 326. Acabó de componer su libro el año
1343 (c. 1634), siendo ya viejo (c. 1692) y estando preso en Toledo por
mandado del Arzobispo de aquella ciudad, don Gil de Albornoz (c. 1671,
1709).
Compuso, por consiguiente, el libro en los últimos años de su vida,
preso y lleno de angustias, agraviado é injustamente puesto en
prisión, "por _causas meramente curiales_", dice Menéndez y Pelayo,
muy probablemente por falsas delaciones sobre que hablaba contra el
Arzobispo, llevadas de parte de los clérigos de Talavera, fuertemente
enojados por la sangrienta sátira que contra ellos escribió (c. 1690).
Fué persona leída y entendida en Sagrada Escritura, Derecho civil y
canónico, en la erudición latino-eclesiástica de su siglo y en los
libros de don Juan Manuel y demás obras que hasta entonces se habían
escrito en lengua vulgar.
La biblioteca del Arcipreste debió de ser harto menguada. Por su libro
se saca que conocía la _Biblia_, varias obras canónicas y jurídicas,
que menciona en la copla 1152; las _Decretales_ (c. 1148); el _Decreto_
(introducción); el _Especulo_ (c. 1152); el _Libro de las tafurerias_
(c. 556); el _Conde Lucanor_, del cual sacó el asunto de algunas
fábulas; el poema de _Alixandre_, al cual imita (c. 1266); algún
_Isopete_, del que sacó el de otros apólogos[23]; el _Pamphilus_,
que glosó; los _Aforismos de Caton_ (introducción y c. 44, 568). Á
Aristóteles cita en la copla 71; á Tolomeo, en la 124, y á Hipócrates,
en la 303; pero, sin duda, de segunda mano.
No tenía ningún clásico latino, ni menos griego, pues aunque cita á
Ovidio (429, 446, 612, 891), para él y sus contemporáneos Ovidio Nason
era principalmente el _Pamphilus_ medieval, obra de un monje imitador
del verdadero Ovidio. Tampoco trae nada su libro de la _Disciplina
clericalis_, del judío converso español Pedro Alfonso, ni del _Libro de
los engaños_ ó _Sendebar_, mandado verter al castellano por el infante
don Fadrique, obras ambas que pudiera muy bien haber aprovechado por
la comunidad de asuntos y que acaso leyó, pero que es extraño no
hayan dejado la menor huella en el _Libro de Buen Amor_. De la poesía
francesa debió conocer algo, aunque no tanto como creyó Puymaigre, pues
el cuento de _Pitas Pajas_ probablemente fué español de origen, si no
fué invento del mismo Arcipreste (473), y las serranillas tenían su
abolengo más en Galicia que en Francia. No habiendo conocido el _Roman
de la Rose_, derramado por toda Europa y de asunto tan parecido al de
su libro, ¿qué otra obra francesa iba á conocer?
Pero este maravilloso poeta, si no tenía libros, tampoco los
necesitaba. Fué un vidente de la naturaleza, de las almas, de la
sociedad en que vivía; un verdadero vate, que estaba por cima de los
libros y calaba adonde los libros no alcanzan.
Que fué personaje de cuenta y de gran confianza para el gran estadista,
no menor conocedor de hombres y severo y enterizo Arzobispo de
Toledo, gran privado del emperador Alfonso XI y del Papa (mis notas
á las coplas 1690, 1516), don Gil de Albornoz[24], se ve claramente
por la grave comisión que le encargó de llevar sus letras al clero
de Talavera, con amplios poderes (c. 1690) para retraer á aquellos
clérigos de la suelta vida que llevaban y hacerles apartar de sus
mancebas, á ellos y á los seglares de aquella población. Puesto que
don Gil fué Arzobispo de Toledo desde el año 1337 hasta el 1350, en
que se puso al servicio del Papa en Aviñón, esta comisión fué después
del año 1337, algunos años más tarde, sin duda, y el Arcipreste era ya
hombre entrado en años, pues él se llama viejo (c. 1692) y de conocido
valer, prudencia y severas costumbres. Este hecho incontrastable y
cierto de toda certeza es el que ha de tenerse bien en cuenta al juzgar
de su persona y de su obra, la cual vino á escribir por las causas y
acontecimientos que de todo esto se desprenden y son como siguen.
No debió ser grande la enmienda de los clérigos de Talavera, cuando,
á pocos años, escribió el Arcipreste la famosa sátira, que añadió más
tarde al final de su libro. Poco después se vió puesto en prisión por
causas desconocidas, y lo más probable por las dichas delaciones de
aquellos señores (c. 1709). Entonces fué cuando, tomando aquella sátira
clerical como boceto de otra mayor, compuso el _Libro de Buen Amor_,
cuyo intento es claramente satirizar á los clérigos de vida airada,
que, como aquellos de Talavera, tanto abundaban por España (c. 505). El
personaje principal de todo el libro es un arcipreste, como cabeza de
clérigos perdidos y más perdido que todos ellos.
Para dar vida dramática á la sátira, habla en primera persona el de
Hita, poniéndose así en el lugar del dicho arcipreste abstracto,
que personifica toda la perdida clerigalla. De este modo, en forma
autobiográfica, va describiendo cuanto á aquellos clérigos solía
acontecerles, que se resume en la lucha en su alma y en sus obras entre
el espíritu cristiano del amor de Dios ó buen amor, como el Arcipreste
le llama, y el espíritu carnal y mundano, que él intitula _locura_
ó _loco amor_. Llevado de la naturaleza carnal, que el protagonista
atribuye al sino, conforme á las doctrinas astrológicas de entonces,
busca una tras otra mujeres para sus amoríos, valiéndose de tercerones
y de terceronas viejas. La fe cristiana le vuelve una y otra vez á Dios
y al buen camino mediante los desengaños, de que la gracia se vale,
según la católica teología. Pero suele quedar vencedor el loco amor,
porque tal sucede á los hombres de carne y hueso, y el Arcipreste no se
espanta de pintar los hechos y la verdad como ella se es.
La idea capital del libro está, por consiguiente, en que pinta al
hombre mundano, sobre todo cristiano y clérigo, el cual conoce el mal
que hace y se arrepiente; pero que vuelve á caer en los lazos del
loco amor, que acaba señoreándole. La unidad de plan no puede ser más
clara ni el intento de satirizar á los locos clérigos, naturalmente
para aprovechamiento de ellos y de los demás. Pero así como el ingenio
poderoso de Cervantes convirtió en sátira de toda la sociedad de su
tiempo y aun de toda la humanidad la que pretendió hacer de los libros
de caballería, de la misma manera el ingenio del Arcipreste, tan grande
acaso como el de Cervantes y, si menos clásico y en todo mesurado, más
primitivo sin duda y montaraz, convirtió la sátira de los clérigos en
la sátira de la sociedad del siglo XIV y de la humanidad de todos los
tiempos. El _Libro de Buen Amor_ es, como dice Menéndez y Pelayo, la
_Comedia Humana_ del siglo XIV y la epopeya cómica de la Edad Media.
Un arcipreste erudito, canonista, grave y macizo, ya entrado en años y
que sin embargo emprende y lleva á feliz cima semejante obra, hubo de
ser de un temple capaz de hacer cara á todos los enemigos que, heridos
en lo más vivo, y poderosos por su estado clerical y asegurados en la
costumbre, que viene á ser nueva naturaleza y nueva ley y derecho, se
le echasen encima ó solapadamente jurasen su perdición y se la tramasen
por todas vías. Tal sucedió, y no podía menos de suceder; pero la
grandeza de corazón de aquel hombre queda, por lo mismo, fuera de todo
debate.
Hay otro género de enemigos todavía peores, el de los mojigatos y
escrupulosos, el de los hipócritas, que se espantan y se llevan las
manos á la cabeza al leer la realidad de lo que cada día sucede,
cuando hay quien sepa pintarla tal cual es, sin medias tintas que la
ensombrezcan y suavicen, y que acaso no se espanten de los hechos
vistos y tocados, y quién sabe si por ellos mismos cometidos. Este
linaje de gentes siguen siendo hoy mismo enemigos del Arcipreste de
Hita, aunque parezcan tan anchos de manga como Puymaigre. Mas el alma
del Arcipreste era de tan finos aceros y de tan levantados vuelos, que
se sobrepuso á todos esos espantadizos y asombradizos grajos. Su pincel
se tiñó en los hechos más sangrientos de la realidad y llevó al lienzo
el más fiero realismo, chorreando sangre y verdad á puñados.
Pero no es lienzo ni pintura este libro; es piedra berroqueña,
grabada á martillazo limpio por un cíclope. La literatura griega es
de alfeñique ante esta obra de un verdadero primitivo del arte: sólo
Esquilo puede aparearse con él en la fuerza, y sólo asentado entre los
primitivos artistas egipcios se halla como en su casa y en compañía de
quien le entienda, ó codeándose con un Ezequiel y un Isaías, almas de
la misma cantera que la de este hombre verdaderamente varonil y artista
colosal.
No es que quisiera ofrecerse como víctima expiatoria de los pecados
de su tiempo, como devotamente dijo Amador de los Ríos; es que no era
hombre para entender que alguien se espantase de que se atribuyese á sí
el papel de clérigo tabernario y libertino.
Todos hemos conocido en nuestra España curas de tan sanas costumbres
como de desenfadado buen humor, que están por cima de hablillas y
chismografías de barrio y les gusta terciar con todos y chocarrear
á sus tiempos y aun tocar la guitarra y cantar flamenco, si á mano
viene. De esta madera fué el Arcipreste. Sabía de cantares y tonadas,
de cristianos, moros y judíos, que entonces vivían harto mejor
hermanados de lo que se figuran los cuáqueros y cátaros que quieren
ahora monopolizar la fe católica, tan grande de suyo, que no cabe ni
asoma siquiera en pechos tan pequeños y apilongados. Para todos hacía
coplas y tañía instrumentos, á lo menos entendía de ellos. Sabía de
tonadillas y cantares arábigos. Conocía á entendederas ó ensalmaderas
y curanderas, á estudiantes nocherniegos y á ciegos cantadores y les
hacía á todos coplas. Calaba las tramoyas de las viejas celestinas,
llamadas entonces trotaconventos, grandes cuentas al cuello,
enlabiadoras de dueñas, terceronas de clérigos. Todo ello lo tenía muy
sabido el Arcipreste y lo pintó tal como lo sabía y no le pasó por
pensamiento desdeñarse ni correrse ni menos asombrarse de escribirlo.
Porque era un hombre, y los asombradizos de entonces y de ahora no sé
lo que serán, pero hombres están lejos de serlo.
Sólo él, grave y regocijado á la par, podía escribir aquel carnaval de
abigarrado colorido, en que van pasando todo linaje de gentes con sus
locuras y solapadas intenciones, y él les va arrancando sin compasión
la careta. Allí, como dice Dozy, los caballeros que vienen presto al
tomar de la paga, tarde al partirse á la frontera, jugadores de dados
falsos; los jueces poco escrupulosos y los abogados intrigantes y
cohechadores; los criados que se distinguen por catorce cualidades,
pobres pecadores que guardan muy bien el ayuno cuando no tienen qué
llevarse á la boca; las nobles damas vestidas de oro y seda; las
delicadas monjas de palabrillas pintadas y sabrosas golosinas, las
judías y moras, las villanas de la sierra, chatas y lujuriosas como
cabras, de anchas caderas y macizas espaldas.
"La fantasía ingeniosa, la viveza de los pensamientos, la exactitud con
que pinta las costumbres y los caracteres, la encantadora movilidad
de su ingenio, el interés que acierta á comunicar al desarrollo de su
obra, la verdad del colorido, la gracia con que cuenta los apólogos
y, sobre todo, _la incomparable y profunda ironía_, que ni á sí mismo
perdona, dice el famoso crítico alemán _Clarus_ (Guillermo Volk), le
elevan, no solamente sobre otros poetas españoles que le siguieron,
sino sobre la mayor parte de los poetas de la Edad Media en toda
Europa".
Menéndez y Pelayo señala como cualidades principales del Arcipreste:
"La primera, el intenso poder de visión de las realidades materiales:
en el Arcipreste todo habla á los ojos: todo se traduce en sensaciones;
su lengua, tan remota ya de la nuestra, posee, sin embargo, la virtud
mágica de hacernos espectadores de todas las escenas que describe".