populares precisamente, ó por haber abundado en estas ideas y
haber participado de estos caracteres de raza, ó porque tal era
el ideal y el carácter del pueblo castellano, ó, lo que es más
cierto, por ambas cosas á la vez. Bernardo del Carpio eclipsa á
Roldán francés, Fernán González el rebelde, Ruiz Díaz de Vivar
el proscrito, no eran hijos ciertamente del feudalismo. No son
héroes que la musa castellana fuera á ofrecer á franceses ó
afrancesados para darles un rato de solaz y esparcimiento; son
bloques arrancados á las peñas de la Bureba por la musa ruda y
natural, realista, viviente y sincera del pueblo castellano de
la Reconquista, siempre en rebelión contra sus adalides, que no
llegaban á comprender sus aspiraciones democrático-liberales,
siempre apasionado por el espíritu de independencia. La epopeya
castellana perdió su genial inspiración cuando la literatura
francesa influyó en los autores castellanos pertenecientes á
la sociedad instruida, cuando al _mester de yoglaria_ sucedió
el _mester de clerezia_. El _Mio Cid_, la más antigua gesta
castellana que se ha conservado es, en el asunto y en la manera
de tratarlo, una muestra de la épica popular castellana, uno
de tantos cantares populares como creen todos que hubo, por
los restos que nos quedan desleídos en las _Crónicas_. Pero
también es la primera muestra de la poesía erudita que pone
el nacimiento de nuestra literatura erudita ó escrita y el
nacimiento del castellano literario en el siglo XII, en el
reinado de Alfonso VII (1127-1157), entre los años de 1140
y 1157. Su autor quiso tratar ese asunto popular en metro
francés, alejandrino; conocía bien la _Chanson de Roland_,
compuesta en el siglo XI, y probablemente _Garin le Loherain_,
como se ve por semejanzas que no pueden ser hijas del acaso.
El obispo francés don Jerónimo es tan fogoso en _Mio Cid_ como
el arzobispo Turpin en la _Chanson de Roland_; Álva Fáñez es
el diestro brazo del Cid, como Roland era el destre braz de
Carlomagno; el _llorar de los ojos_ es el _plorer des oilz_.
"De modo, dice Menéndez Pidal (edic. _La Lectura_, pág. 49),
que la cuestión puede quedar en terreno firme, reconociéndose
en el _Cantar_ un fondo de tradición poética indígena y una
forma renovada por la influencia francesa". "Desde fines del
siglo X, añade, á lo largo del camino francés que conducía
á Santiago, había barrios enteros poblados de franceses,
principalmente del Mediodía de Francia, en Logroño, Belorado,
Burgos, Sahagún, y, fuera de aquella gran vía de peregrinación,
en Silos, en Toledo y en otras muchas ciudades. Por fuerza los
juglares peregrinos ó los franceses principales, que á veces
traían sus juglares consigo, harían conocer á sus compatriotas
establecidos en España los poemas franceses. "Bastaba, dice M.
Pelayo (_Antolog. poet. lír. cast._, t. II, pág. XV), el hecho
capitalísimo del afrancesamiento de la corte de Alfonso VI,
con sus dos yernos borgoñeses, y la turba de monjes de Cluny
levantados á las primeras cátedras episcopales y á las más
pingües abadías de Castilla, de Portugal y de León: bastarían
indicios tan elocuentes como la reforma monacal: el cambio de
rito: el cambio de letra: la invasión del feudalismo franco,
no sin sangrienta resistencia de los burgueses: la afluencia
de cruzados y aventureros transpirenaicos á la conquista de
Toledo, á la de Lisboa, á las batallas de Alarcos y de las
Navas (si bien muchas veces se mostrasen más atentos á saquear
á los judíos que á pelear con los mahometanos), bastaría,
digo, el recuerdo de todos estos hechos para fijar de un
modo bastante aproximado la época en que los cantares épicos
franceses penetraron en las regiones centrales y occidentales
de la Península, convirtiéndose en predilecto solaz de las
clases aristocráticas". Lo que añade: "Pero ¿cómo llegaron á
las clases populares que ya comenzaban á tener existencia y
gustos propios?" parece suponer que la épica castellana, en
el asunto y manera, no era popular y tan nacional y opuesta
en gustos, doctrinas y carácter á la francesa, enteramente
aristocrática, que no pudo nacer en Castilla por imitación
de la francesa, sino que es muy anterior y autónoma. Los
caracteres de la epopeya castellana son tan opuestos á los
de la francesa, que se bastan para prueba de no haberse
en ellas inspirado, antes haber nacido independientemente
mucho antes. "Muy distante de la fecundidad prodigiosa de la
epopeya francesa y de su universal y omnímoda influencia en
la literatura de los tiempos medios, dice el mismo M. Pelayo
(_Antol. poet. lír. cast._, t. II, pág. VII), tiene en desquite
un carácter más histórico, y parece trabada por más fuertes
raíces al espíritu nacional y á las realidades de la vida.
Exigua sobre manera es en nuestros poemas la intervención
del elemento sobrenatural, y éste dentro de los límites más
severos de la creencia positiva, manifestándose en leyendas tan
sobrias como la aparición de San Lázaro al Cid en figura de
gafo ó leproso. El espíritu cristiano que anima á los héroes
de nuestras _gestas_ más se induce de sus acciones que de sus
discursos: alguna oración ruda y varonil es lo único que sienta
bien en labios de tales hombres avezados al recio batallar,
y no á las sutilezas de la controversia teológica. Ni de la
milagrería posterior, ni mucho menos de lo que pudiéramos
llamar poesía fantástica, de los prestigios de la superstición
y de la magia, hay rastro alguno en estas obras de contextura
tan sencilla y, en rigor, tan escasas de fuerza imaginativa
cuanto ricas de actualidad poética. Sólo la creencia militar
en los agüeros, herencia quizá del mundo clásico, si no ya de
las tribus ibéricas primitivas, puede considerarse como leve
resabio de supernaturalismo pagano. Las acciones de nuestros
héroes se mueven siempre dentro de la esfera de lo racional,
de lo posible y aun de lo prosaico: rara vez ó ninguna
traspasan los límites de las fuerzas humanas. Sólo en un poema
de evidente decadencia se advierte marcada inclinación á la
fanfarronada y á la hipérbole del valor, que es la caricatura
del heroísmo sano y sincero de las rapsodias más antiguas: sólo
en ese mismo poema se atropella caprichosamente la historia,
que en los anteriores aparece respetada, no ya sólo en cuanto
al fondo moral, sino también en cuanto á los datos externos
más fundamentales. La geografía, lejos de ser arbitraria y de
pura imaginación, como lo es en la misma _Canción de Rolando_,
tiene en el _Poema del Cid_ toda la precisión de un itinerario,
cuyas jornadas podemos seguir sobre el terreno ó en el mapa.
La tierra que nuestros héroes pisan no es ninguna región
incógnita ni fantástica, sembrada de prodigios y de monstruos,
son los mismos páramos y las mismas sierras que nosotros
pisamos y habitamos. Esta poesía no deslumbra la imaginación,
pero se apodera de ella con cierta majestad bárbara que nace
de su propia sencillez y _evidencia_: de su total ausencia de
arte. Parece que el cantor épico no inventa nada, y hasta que
sería incapaz de toda invención: lo que añade á la historia
resulta más historia que la historia misma. El Cid del poema ha
triunfado del Cid de la realidad hasta en las _Crónicas_, hasta
en los documentos eruditos: es el que se levanta eternamente
luminoso, con su luenga barba no mesada nunca por moro ni por
cristiano; con sus dos espadas, talismanes de victoria:
"¡Oh, Dios, qué buen vasalo si oviesse buen señor!".
"En torno de él se agrupan, con fisonomías todas distintas,
aunque trazadas no más que con cuatro rasgos rudos, los
heroicos compañeros de sus empresas, Álvar Fáñez Minaya, _lanza
fardida_, brazo derecho del Campeador; Martín Antolínez,
el Ulises de la epopeya, tan ingenioso y hábil como leal y
esforzado; Pero Bermúdez, el impaciente y enérgico tartamudo;
el obispo don Jerónimo, ardido batallador, _Caboso Coronado_.
Y enfrente, como envueltos en sombras para el contraste, los
tipos viles de los Infantes de Carrión y de sus deudos y
parientes, generación de traidores insolentes y de sibaritas
que _almuerzan antes que fagan oración_.
"Ni en las descripciones de combates ni en el cuadro asombroso
de las Cortes que mandó hacer en Toledo Alfonso VI para que el
Cid lograra su justicia y desagravio, se encuentra sombra de
arte, en el sentido retórico de la palabra; pero hay otro arte
más sublime, aquél que se ignora á sí mismo, y, confundiéndose
con la divina inconsciencia de las fuerzas naturales, nos da la
visión plena de la realidad.
"Los sentimientos que animan á los héroes de tal poesía son de
tanta sencillez como sus mismas acciones. Obedecen, sin duda,
al gran impulso de la Reconquista; pero en vez de semejante
abstracción moderna, buena para síntesis históricas y discursos
de aparato, no puede concebirse en los hombres de la primera
Edad Media más que un instinto que sacaba toda su fuerza, no de
la vaga aspiración á un fin remoto, sino del continuo batallar
por la posesión de las realidades concretas. Si el Cid tuvo
más altos pensamientos y llegó á decir que un Rodrigo había
perdido á España y otro Rodrigo la recobraría, no es la poesía
heroica castellana la que pone en su obra tales palabras, son
los historiadores árabes, sus implacables enemigos, que por
tal medio quieren ponderar el extremo de su soberbia. El Cid
del poema lidia _por ganar su pan_, porque (como dice en otra
parte el autor del poema) "haber mengua de él es mala cosa":
lidia para convertir á sus peones en caballeros, se regocija
con la quinta parte de lo que le corresponde en la repartición
del botín; conquista á Valencia para dejar á sus hijos una
_rica heredad_: sentimientos naturalísimos y hermosos en un
hombre de la Edad Media, por lo mismo que tan lejanos están de
todo énfasis romántico. Hasta la estratagema poco loable usada
con los judíos Rachel y Vidas contribuye al efecto realista
del conjunto, mostrando sometido al héroe á la dura ley de la
necesidad prosaica.
"No es menos de reparar en nuestros _Cantares de Gesta_
la total ausencia de aquel espíritu de galantería que tan
neciamente se ha creído característico de los tiempos medios,
cuando á lo sumo pudo serlo de su extrema decadencia. No
sólo se buscaría en balde en nuestra viril y austera poesía
la aberración sacrílega ó hipócrita del culto místico de la
mujer, ni menos la expresión de afectos ilícitos de que no
está inmune la lírica de los provenzales, sino que jamás la
ternura doméstica, expresada de un modo tan sobrio, pero tan
intenso, en las breves palabras del Campeador á doña Jimena
y á sus hijas, y en leyendas como la de libertad de Fernán
González por su esposa, se confunde, ni remotamente, con lo
que pudiéramos llamar el amor novelesco, que más que un afecto
sano y profundo, suele ser una exaltación imaginativa. Tales
estados nerviosos, tales cavilaciones y desequilibrios, son
producto de una civilización muelle y refinada, é incompatibles
de todo punto con el ambiente de los tiempos heroicos. Mucho
esfuerzo necesita un lector vulgar para pasar desde la Ximena
dramática de Guillén de Castro ó de Corneille, combatida y
fluctuante entre el deber y la pasión, á la Ximena épica, la
de la _Crónica Rimada_, pidiendo con toda sencillez al Rey que
la case con Rodrigo, á modo de composición pecuniaria, porque
éste ha matado á su padre, después que uno y otro se habían
robado mutuamente sus ganados, secuestrando, por añadidura,
las lavanderas que bajaban al río. Pero aunque tal aspereza de
costumbres ofenda, todavía, para quien tenga sentido de las
cosas bárbaras, resulta tan poética, por lo menos, como las
logomaquias del punto de honra que el teatro moderno aplicó
indistintamente á todas épocas y estados sociales, como si cada
uno de ellos no tuviese su peculiar psicología".
Los franceses, pues, que nos trajeron su letra y manera de
escribir, fueron no pequeña parte para que la literatura, hasta
entonces popular, se escribiese dando origen á la literatura
erudita y al habla literaria; pero nada influyeron en la épica
popular. Á principios del siglo XIII dicen que comienza la
primera escuela erudita; bien se ve que comienza en el siglo
XII con la literatura escrita. Esa escuela se llama á sí
misma de _mester de clerezia_, en oposición á los antiguos y
populares juglares; _cuenta las sílabas con nueva maestría
y fabla cuento rimado por la cuaderna vía_, destinando sus
poesías para lectura de la gente docta en vez de servir para
la recitación ó el canto popular, como las antiguas gestas. Es
la poesía de los monasterios, donde vivía la gente que sabía
leer, que había recibido la educación latino-eclesiástica.
Pero el primer ensayo, como cosa trasladada de la poesía
popular, fué una mezcla de asunto y manera popular con el nuevo
metro francés, que ese es la _nueva maestría_, fué una obra
erudito-popular.
¿Redundó en provecho de la literatura castellana este traslado
del pueblo á los eruditos? No hay más que comparar el _Mio
Cid_, en lo que todavía de popular tiene, con las demás obras
del _mester de clerezia_ que le siguieron y con los romances
populares, que, después de cansados los mismos poetas de tan
aguado _mester_, volvieron á sacar del pueblo dos siglos más
tarde. La influencia francesa y lo poco que alcanza la pura
erudición en achaque de arte literario, son cosas evidentes en
las obras que vinieron después del _Mio Cid_: el _Auto de los
Reyes Magos_, de fines del siglo XII, y que procede de uno de
los oficios latinos usados en Limoges, Ruan, Nevers, Compiègne
y Orleáns; la _Vida de Santa María Egipciaqua_, tomada de
la _Vie de Sainte Marie l'Egyptienne_; el _Libro dels tres
Reyes dorient_, de fuente francesa ó provenzal; el _Libro de
Apollonio_, la _Razón de Amor_, que remeda _las pastorelas_
francesas, provenzales ó galaico-portuguesas. Los escritores
del _mester de clerezia_ hicieron un gran servicio á España,
y ése se lo debemos á los franceses: el de haber puesto por
primera vez en letra lo que con sólo cantarse acababa al fin
perdiéndose; pero fué un error gravísimo en ellos no haber
apreciado y tenido en lo que valía la musa popular, mudando
de metro y aun mudando de asuntos, y perdiendo asi, ó, mejor
dicho, dejando en manos del pueblo la fuerza épica nacional.
Con ello retrasaron la verdadera y nacional poesía por más de
dos siglos, pues hasta que vuelven á estimarse los romances,
apenas se halla en la literatura castellana verdadera poesía,
si no es en las obras del Arcipreste de Hita, soberano poeta,
que, por serlo, volvió á amamantarse en la inspiración popular,
llamándose á sí mismo poeta del _mester de juglaria_. Bien que
ni error hubo; lo que hubo fué falta de grandes ingenios, que,
como el Arcipreste y el autor del _Mio Cid_, supieran apreciar
la poesía popular, como siempre la apreciaron los grandes
ingenios, y de ella sacaron sus maravillosas obras, mientras el
vulgo de los eruditos se entretiene con sus libros.
Tengo para mí, contra lo que M. Pelayo da á entender, que á
la poesía popular no llegó en esta época el influjo francés,
por ser tan opuestas, como se ve comparando las dos épicas,
la francesa y la puramente popular castellana del _Mio Cid_ y
las doctrinas políticas de ambos pueblos. Algo tomaron también
los franceses de España, como dice Fitzmaurice-Kelly (_Hist.
de la lit. españ._, 1913, pág. 9): "Esto se echa de ver en
un _Fragment de la vie de Sainte Foy d'Agen_, cuya fecha se
refiere al siglo XI, y que claramente confiesa el empleo de un
tema español:
"Canczon audi q'es bella'n tresca,
Que fo de razo espanesca".
"La historia del caballo de madera, transmitida por los griegos
á los árabes, acompaña también á estos últimos en la Península;
pasa á Francia, donde se la encuentra en el _Cléomadis_, de
Adenet de Roi, y en su derivado el _Miliacin_, de Gerardo de
Amiens, y torna á España para reaparecer en _Don Quijote_.
En fin, observemos que un asunto indudablemente español está
transformado en la epopeya intitulada _Anséis de Carthage_,
donde se cuenta cómo Carlomagno dejó en España al rey Anséis,
que deshonró á Letisa, hija del varón Isorés, y cómo Isorés
se vengó, desencadenando contra Anséis el ejército musulmán;
es de la mayor evidencia que nos hallamos aquí frente á una
refundición bastante tosca de la leyenda de Rodrigo y del
conde Julián, sustituyendo Cartago á Cartagena. En suma:
originariamente, España debe más á Francia que ésta á aquélla".
Resumamos. Á Francia se debió el haber puesto por escrito la
épica popular, enteramente nacional por los asuntos, manera,
doctrinas y carácter, naciendo así la literatura erudita del
_mester de clerezia_. Pero, por lo mismo, si no á ella, débese
á la impericia de nuestros poetas eruditos de entonces el haber
preferido el metro francés y el haber menospreciado y dejado
tan desconocida para la posteridad como antes lo estaba aquella
épica popular, que, por casualidad, tuvo la fortuna de ponerla
por primera vez en escritura el autor de _Mio Cid_, porque sin
duda era tan gran poeta que reconoció su valor artístico; pero
que sus sucesores dejaron en olvido ó la trataron tan mal en
los restos que nos quedan del _Fernán González_, _Los Infantes
de Lara_, etc., que ya no se escribió más que la poesía erudita
del _mester de clerezia_, dejada como cosa de menos valor la
verdadera poesía nacional, la popular del _mester de juglaria_.
=138.= _Consúltense_: Joseph Bédier, _Les Fabliaux_, 2.ª ed.,
París, 1895; íd., _Les légendes épiques_, París, 1908-1912, 4
vols.; Wilhelm Cloeta, _Beiträge zur Literaturgeschichte des
Mittelalters und der Renaissance_, Halle, 1890, 2 vols.; Adolf.
Ebert, _Allgemeine Geschichte der Literatur des Mittelalters
im Abendlande_, Leipzig, 1874-1887, 3 vols.; Jean Barthélemy
Hauréau, _Singularités historiques et littéraires_, París, 1861;
Alfred Jeanroy, _Les origines de la poésie lyrique en France au
moyen âge_, París, 1889; 2.ª ed. 1904; Manuel Milá y Fontanals,
_De la poesía heroico-popular castellana_, Barcelona, 1874;
íd., _Los Trovadores en España_, 2.ª ed., Barcelona, 1889;
Turpini, _Historia Karoli Magni et Rotholandi_, edic. F.
Castets, en el núm. 7 de las _Publications spéciales de la
Société pour l'étude des langues romanes_, Montpellier, 1880;
_La Chronique dite de Turpin, publiée d'après les mss. Β. N.
1850 et 2137_. Ed. F. A. Wulff, Lund, 1881; G. Paris, _Histoire
poétique de Charlemagne_, París, 1865; A. Bello, _Obras
completas_, Santiago de Chile, 1882, t. VI.
Sobre las relaciones de España y Francia en aquel tiempo:
Marcel Robin, _Bernard de la Sauvetat abbé de Sahagun et
premier archevêque de Tolède_, 1907 (Positions des thèses de
l'École de Chartes); André Michel, _Histoire de l'art_, París,
1906, t. II, ptie 1^{ere}, pág. 505.
=139.= Á la influencia francesa desde Alfonso VI (1073-1109) debe también no poco
la lengua castellana, mayormente con la comunicación continua de
romanos que iban á Santiago de Galicia por el _camino francés_. De
aquella época son la mayor parte de las palabras germánicas que tiene
nuestro idioma, pues fuera de las que en tiempo de los godos vinieron
por la Provenza, que formaba con España un mismo reino visigótico,
las demás llegaron por medio del francés en el siglo XII. Del mismo
francés pasaron entonces al castellano la mayor parte de las palabras
francesas, de origen no germánico, que tiene y se hallan en nuestros
más antiguos escritores.
=140.= El latín llegó á la _Provincia_ (Narbonensis) ó
_Provenza_ con la primera entrada de los romanos (122-118 antes
de J. C.)[16], y á toda la Francia con las campañas de César
(58-51 antes de J. C.). Tres lenguas halló el conquistador:
la bélgica, la céltica, la aquitánica: "Hi omnes lingua,
institutis, legibus inter se differunt". La primera pertenecía,
por lo menos en parte, á la rama germánica; la segunda, á la
céltica; la tercera, á la ibérica ó euscalduna. De aquí tres
diferentes pronunciaciones y maneras de apropiarse el latín,
de donde resultaron tres lenguas románicas: la lengua d'oui ó
francés al Norte, la lengua d'oc ó provenzal al Sur y Sudeste,
el gascón al Sudoeste. El límite belga era el Sena, según
César; el Loira, según Estrabón, como hoy lo es, del francés
y del provenzal. En el gascón el influjo ibérico ó eusquérico
es tan señalado, que, sin haber tenido comunicación alguna con
el castellano, presenta innegables puntos de semejanza en todo
el fonetismo, sin contar la gran cantidad de raíces comunes,
provenientes del éusquera, la mayor parte de las cuales se
hallan igualmente en todo el Mediodía de Francia.
En las _Leys d'Amors_ (II, 388) se tiene al gascón por lengua
extraña respecto del provenzal: "apelam lengatge estranh coma
frances, engles, espanhol, gascó, lombard". Son caracteres
propios del gascón y comunes al éusquera el poner _a_- ante
_r_: _arrei_ ren, _arriou_ riu; el empleo de _ll_ por _l_:
_llebá_ levar, _llit_ leit; _ch_ por _s_ ó _ss_: _chens_ senes,
_lachá_ laissar; conservar _ca_ y no mudarlo en _cha_: _causí_,
no chausí; _y_ por _j_: _yutyá_ jutjar, _yoye_ joya, _saye_
_satge_; sonar como _b_ la _v_, como en castellano: _boulé_
volia, _serbici_ servici; perder la _f_ debilitándola en _h_,
como en castellano: _hagot_ fagot, _ha_ far, _hemne_ femna.
En la lengua francesa ó d'oui, descendiente del latín en
labios de los belgas de César, hay que tener en cuenta su
carácter germánico, no sólo por el habla de los que primero se
expresaron en latín y lo transformaron en lengua románica, sino
por el habla de los francos y normandos posteriores.
Las lenguas célticas todas tienen especial conexión con las
itálicas, por una parte, y por otra, con las germánicas. El
galo era la lengua céltica del Sur de Francia; el gaélico es de
Irlanda, Escocia é isla de Man; el cámbrico, del país de Gales,
y es el que después pasó á la Bretaña francesa traído por los
bretones insulares, en la segunda mitad del siglo V.
Con el inmenso caudal ibérico del castellano contrasta el corto
número de vocablos galos del francés y del provenzal, y
aun esos pocos, que no llegarán á cincuenta, fueron primero
latinizados por su mayor parte[17]. ¿Débese esta diferencia á
la mayor cultura de los íberos sobre los galos?, ¿al carácter
más tenaz de los unos y más voluble de los otros?, ¿á la mayor
distancia entre la lengua ibérica y la latina que la gálica,
tan indo-europea como la latina y más cercana á ésta que la
mayor parte de las demás indo-europeas?, ¿á que la sujeción
de España nunca fué tan general como la de las Galias, ni el
espíritu de independencia tan grande entre los galos como entre
los íberos? No es fácil determinar lo que haya de atribuirse á
cada una de estas causas ó á otras por el estilo.
El hecho es que en Francia no quedó vestigio alguno del
galo[18], mientras que en España quedó acorralado, pero vivo,
el éusquera en los Pirineos. Ni los árabes influyeron tanto en
el castellano como influyeron los francos en el galo-romano. En
la Morfología, el francés apenas conserva otro rasgo céltico
más que el sistema vigesimal en el _quatre-vingts_; mientras
que los sufijos eusquéricos del castellano son de los más
importantes y vulgares. La pronunciación francesa es la que más
conserva de celtismo; pero el elemento germánico la contaminó
de una manera tan poderosa, como fué impotente el elemento
arábigo para modificar la pronunciación castellana, que puede
decirse enteramente ibérica, salvo la evolución propia, que,
dentro del mismo fonetismo ibérico, ha ido desenvolviéndose.
El influjo germánico es el que, sobre todo, separa las dos
lenguas de las Galias, la de oil y la de oc, y el influjo
céltico, el que allega el provenzal al gallego y lo aparta del
castellano en la fonética y pronunciación. Hablábase todavía
el galo en el Sur de Francia, juntamente con el nuevo romance,
ó román ó latín, á principios del siglo III, conforme se
desprende de este texto de Ulpiano: "Fidei commissa quocumque
sermone relinqui possunt, non solum latina vel graeca, sed
etiam punica vel gallicana". Y lo que dice San Jerónimo
(431-420): "Galatas propriam linguam, eamdem paene habere quam
Treviros" (_Pref. ad liber: 2, in epist. ad Gal._); y de la
misma época es lo que dice Sulpicio Severo, aunque claramente
no pueda deducirse de este texto la existencia del galo: "vel
celtice aut, si mavis, gallice loquere" (_Opp. Lugd. Bat._,
pág. 543).
Todavía subsistía en la Auvernia en la segunda mitad del
siglo VI, pues San Gregorio de Tours escribe: "Brachio, quod
eorum (Auvernorum) lingua interpretatur ursi catalus". (_Vit.
patr._, cap. 12). Esto no quita para que el romance ya se
hablara de mucho tiempo antes en toda Francia, aunque las
primeras noticias que de él tenemos no sean más que desde
el siglo VII, en que de San Mummolin, sucesor de San Eloy,
en Noyon, se lee respecto del francés ó lengua d'oil: "quia
praevalebat non tantum in teutonica, sed etiam in romana
lingua" (_Acta S. Belgii_, IV, 403). En el siglo VIII Girad,
abad de Sauve-Majeure, alaba al abad de Corbie, su maestro S.
Adalhart: "Qui si vulgari, id est, romana lingua loqueretur,
omnium aliarum putaretur inscius... Si vero teutonica, enitebat
perfectius; si latina, in nulla omnino absolutius" (_Acta
Sanct. ordin. S. Benedicti_, saec., IV, pág. 335). Y en el
Concilio de Tours del 812: "Et ut easdem homilias quisque
aperte transferre studeat in rusticam romanam linguam aut
theotiscam" (Labbe, _Concil._, VII, 1263).
En el siglo V entran en las Galias los visigodos, que se
establecen en la Aquitania; los borgoñones, que se detienen en
la Borgoña, y los francos salios, que, viniendo de Flandes,
ocupan las provincias del Norte; y, en fin, los francos
ripuarios, que, venidos de la región renana, se desparraman
por las del Este. Los francos dieron nombre á la isla de
Francia, y después á toda la nación; cambiaron todo el
sistema político y social y, aunque vencidos en la lengua
por el galo-romano, influyeron profundamente en éste. Los
francos salios, que hablaban un dialecto del _bajo alemán_,
parecidísimo al neerlandés actual, exceptuada la evolución que
naturalmente transformó la lengua antigua de los frisones,
olvidaron su lengua; pero dejando en el francés buen caudal de
palabras, cuyos equivalentes se pueden estudiar en el moderno
neerlandés: bac (bak), canif (Knijf), cruche (kruik), échevin
(schepen), étron (stront), hêtre (heester), houx (hulst), etc.
Tres sufijos pasaron al francés: -_ald_, de Renaud, lourdaud,
héraut; -_hart_, de Richard, Bernard, renard, vieiellard,
richard; -_ing_, del cual salió -enc, después -an, -and, -eng,
por ejemplo, en brelan, chambellan, merlan, flamand, hareng. En
el siglo IX los Vikins ó piratas del Norte entran en Francia,
y en 911 Carlos el _Simple_ les cede parte de la Neustria,
que tomó el nombre de Normandía. Escandinavos de raza y de
lengua, pronto abandonaron su "lingua dacisca", que, fuera de
la toponimia, no dejó huellas en el francés. No pueden, pues,
traerse términos del norso, fuera de algunos pocos que conserva
el dialecto normando, y tres ó cuatro dudosos del francés:
cingler, ant. fr. sigler, isl. sigla; crique, ils. kriki, ingl.
creek; écraser, sueco krasa; tillac, isl. thilja, danés tilje.
Cuanto al alto alemán, que se distingue del bajo alemán, y por
consiguiente del habla de los francos salios y de los normandos
ó daneses, en el nuevo cambio que sufrieron sus consonantes
explosivas, nos presenta sus primeros monumentos hacia el año
740, y divídese en antiguo alto alemán (hasta 1100), medio alto
alemán (hasta 1500) y moderno alto alemán. Del anglo-sajón, que
pertenece á la estirpe del bajo alemán, salió el inglés, y se
le llama por lo mismo antiguo inglés (hasta 1150), medio inglés
(hasta 1500), después acá inglés.
Desde el siglo IX hallamos dividida lingüísticamente la Galia
en dos porciones: la del Norte, en la que se hablaba la
_langue d'oïl_, y la del Mediodía, en la que se hablaba la
_langue d'oc_. La línea divisoria puede trazarse, cuanto á los
dialectos literarios conocidos, desde Bordeaux á Lussac, de
aquí á Montluçon, de aquí al Sur del departamento de l'Isère.
Las diferencias fonéticas más notables entre estas dos lenguas
son el diverso tratamiento de _a_ y _ē_ (ĭ) acentuadas y de
_-c_ final: _amare_, _habere_, _amicum_ dieron en el Mediodía
_amar_, _aver_, _amic_, y en el Norte _amer_, _aveir_, _ami_.
Los términos de estas lenguas provienen del empleado para la
afirmación _sí_: "Nam alii _Oc_, alii _Si_, alii vero dicunt
_Oil_" (DANTE, _De vulgari eloquentia_, I, c. 9). Italia era
donde se hablaba la "lingua di _si_", de _sic_, como _d'oc_ =
_de hoc_, y _d'oïl_ = _de hoc ille_. Los dialectos de la lengua
del Norte, todos literarios, eran: al E., el bourguignon, el
franc-comtois, el lorrain, el champenois; al NE., el picard, el
wallon; al NO. el normand; al O., el poitevin, el angevin y el
saintongeais; en el centro ó Isla de Francia y sus contornos
el français ó francien (ROGER BACON, _Opus Maius_, que viajó
por Francia en 1260). No había lengua literaria común; pero el
francien, merced á las circunstancias políticas, llegó á ser
el principal, extendiéndose después como lengua literaria de
toda la nación, desde el siglo XII hasta el siglo XV, época
en la cual todos los demás dialectos quedan pospuestos en la
literatura y son considerados como patois.
El francés es el latín de la Isla de Francia evolucionado y
con préstamos de vocablos pertenecientes á los demás patois de
la Galia; no es una mezcolanza de todos ellos, como algunos
han creído. El _antiguo francés_ comprende el espacio de
tiempo entre el siglo IX y XIV. Los _Serments de Strasbourg_,
conservados en un manuscrito de fines del siglo X, son el
documento más antiguo de la lengua d'oïl, del año 842, en que
Carlos el Calvo y Luis el Germánico se juntaron contra Lotario.
De fines del siglo IX es la _Séquence de Sainte Eulalie_, en 29
versos, probablemente en dialecto wallon, y un trozo de homilía
en alabanza del profeta Jonás. Del siglo X son la _Vie de Saint
Léger_, poema de 40 estrofas de seis versos octosílabos y la
_Passion_, poema de 129 coplas de cuatro versos octosílabos en
medio francés y medio provenzal. Del siglo XI son la _Vie de
Saint Alexis_, el _Pèlerinage Charlemagne_ y la _Chanson de
Roland_.
Desde el siglo XII abundan las obras literarias. En el mismo
siglo XII se escriben en lengua vulgar las actas públicas de
Metz, y desde Felipe el Hermoso dejan de escribir en latín
sus _Anales_ los historiógrafos oficiales del Reino, los monjes
de Saint Denis.