y capaz de todo el ornato que cualquier verso muy grande puede
tener, si se les persuadiese esto á los poetas deste tiempo,
que cada día la van olvidando, por la gravedad y artificio
de las rimas italianas, á pesar del bueno de Castillejo, que
desto graciosamente se quexa en sus coplas, el qual tiene en su
favor y de su parte el exemplo deste principe don Juan Manuel
y de otros muchos cavalleros muy principales castellanos, que
se pagaron mucho de esta composición, como fueron el rey don
Alonso _el Sabio_, el rey don Juan el segundo...". Y del verso
del _mester de clerezia_ dice: "Usávase en los tiempos deste
príncipe en España este género de verso largo, que es de doze
ó de treze y aun de catorze sillavas, porque hasta esto se
extiende su licencia. _Creo lo tomaron nuestros poetas de la
poesía francesa_, donde ha sido de antiguo muy usado y oy día
los Franceses lo usan". Y trae ejemplo del poema de Fernán
González:
"Entonces era Castiella un pequeño rincón,
era de Castellanos Montedoca mojón,
y de la otra parte Fitero Fondón,
Moros tenien Carrazo en aquella sazón".
=136.= El metro del _mester de clerezia_ ó poesía erudita de
aquellos tiempos es el _alejandrino_, llamado _tetrástrofo
monorrimo_ ó _cuaderna vía_, esto es, la estrofa de cuatro
versos de catorce sílabas, consonantados:
"En el nomne del Padre, que fizo toda cosa
Et de don Jesu Christo, Fijo de la Gloriosa,
Et del Spiritu Santo, que igual dellos posa,
De un confessor Sancto quiero fer una prosa".
Este metro vino de Francia y de los franceses lo tomaron
los primeros poetas eruditos. Salió del septenario yámbico
latino. No es metro que fuera jamás popular en España, sino
erudito, esto es, de uso de los clérigos, fué el instrumento
del _mester de clerezia_, que menospreciaba la poesía popular
y alardeaba de versificar artísticamente, lo cual ya muestra
que lo habían tomado del francés y los franceses del latín
eclesiástico, el único latín que ellos conocían. "No hay más
que abrir las colecciones de Du-Méril", dice M. Pelayo, "para
encontrar innumerables ejemplos de este metro latino en el uso
eclesiástico":
"Vehementi nimium commotus dolore
Sermonem aggredior furibundo more,
Et quosdam redarguens in meo furore,
Nullum mordens odio vel palpans amore".
Pero los himnos que los clérigos cantaban todos los días son
los que remedaron en el alejandrino y cuaderna vía. Fueron
sus autores San Gregorio, Prudencio, San Ambrosio y Sedulio,
y recogiólos un tal Hylarius. Casi todos son yámbicos.
"Das Metrum der altfranzösischen Epen--dice Westphall--ist
ebenfalls acht und siebensylbig, hat aber nicht in dem
trochäischen, sondern in dem iambischen Dimetrum (rerum
creator omnium) seinen Ursprung, denn es beginnt nicht mit dem
schweren Takttheile, sondern mit der Anakrusis". Los himnos
eclesiásticos eran casi todos yámbicos, ritmo que cuadra de
lleno á la lengua francesa, la cual tiene agudas las palabras,
al revés del castellano, que teniéndolas de ordinario graves ó
llanas, se avenía mejor con el ritmo trocaico. Por lo mismo,
el septenario ó impar concordaba con el francés, y con el
castellano el octonario ó par. Pudieron, pues, los clérigos
españoles emplear en su versificación castellana el metro
yámbico, que cantaban cotidianamente en latín; pero el hecho
de que en la época en que aparecen los primeros monumentos
poéticos eruditos en España, que son los escritos en este metro
de catorce sílabas, con los de siete y de nueve, es cabalmente
cuando se deja sentir tan poderosamente la influencia de los
cluniacenses en la corte y en la iglesia española, hace creer
que á ese influjo eclesiástico francés se deba su empleo.
Con los benedictinos de Cluny vinieron á España las piezas
litúrgicas franco-latinas, por ejemplo, el _Auto de los Reyes
Magos_, tomado del oficio latinizado de alguna ciudad francesa.
La _Vida de Santa María Egipciaqua_, en versos de nueve
sílabas, por lo ordinario, está tomada de otra obra francesa;
el _Libro de Apollonio_ está en la cuaderna vía ó versos de
siete sílabas, y en el mismo metro se escribió el _Mio Cid_,
que tiene semejanzas con la _Chanson de Roland_, que no pueden
ser casuales: el obispo francés don Jerónimo, fogoso como el
arzobispo Turpin en el poema francés, Álvar Fáñez, "diestro
brazo" del Cid, como Roland era el "destre braz" de Carlomagno.
Sobre la métrica de _Mio Cid_ oigamos á M. Pelayo (_Antol.
poet. lir. cast._, t. XI, pág. 89): "Hay en el _Poema_ algunos
versos, comenzando por el primero: "De los sus oios | tan
fuerte mientre lorando", que parecen semejantes al decasílabo
ó endecasílabo francés; es decir, que pueden partirse en dos
mitades: la primera de cinco sílabas, y la segunda, de siete.
Pero estos versos son excepcionales, aunque los hemistiquios
de cinco sílabas abundan y también los de nueve". Tómese nota
de esto, que pudiera ser de influencia francesa. Continúa:
"No hablaremos de ciertas monstruosidades métricas, como una
línea de diez y ocho sílabas, porque no sabemos hasta qué
punto será responsable de ellas el poeta; ni tampoco del caso
bastante frecuente de versos cortos, á los cuales parece faltar
el primer hemistiquio. Todos estos son accidentes que no dan
carácter á la gesta. El verso más común oscila entre los dos
tipos de 7 + 7 y 8 + 8, pero con manifiesto predominio del
primero: _Tornaba la cabeza_ | _e estábalos catando..._ |
_Alcandaras vacías_ | _sin pieles e sin mantos..._ Atendiendo
á la impresión general que el poema deja en el oído, se
inclina uno á creer (y es la opinión más corriente) que
nuestro rapsoda épico se propuso hacer alejandrinos, aunque
no siempre resultasen tales, por culpa suya ó de los juglares
que repitieron su canción ó la del escriba que la trasladó".
De alejandrinos de catorce sílabas y de versos de diez y once
sílabas, todos metros franceses, no pudo salir el pie del
romance castellano de diez y seis: son dos ritmos tan opuestos
como el yámbico, del que salieron los versos franceses, y el
trocaico, del que salió el verso castellano. No pudo, pues,
salir el romance castellano de este caos de metros franceses
con algunos versos de romance. El poeta quiso imitar en
castellano los yámbicos eclesiásticos y los metros franceses y
se le escaparon algunos versos de romance, que, sin duda, oía
en la poesía popular.
El autor del _Alixandre_, obra tomada de una latina y otra
francesa, y el de las otras obras de Berceo[15], como poesías
que se hicieron algo después, tienen los alejandrinos y la
cuaderna vía en toda su perfección. El _Mio Cid_ es uno de los
primeros ensayos, si no el primero, de la versificación del
_mester de clerezia_. En cambio, el Arcipreste de Hita tiene
entre los versos alejandrinos no pocos de pie de romance,
por ser juglar y poeta popular no menos que poeta erudito.
Hallamos, pues, el pie de romance en el primer monumento
poético del castellano, en el _Mio Cid_, y como metro
popular, que se le rezuma al poeta erudito al querer emplear
el alejandrino, de origen latino-eclesiástico y francés. No
aparece, pues, el romance por primera vez en el siglo XV.
"Los versos de diez y seis sílabas dominan con gran
exceso--dice M. Pelayo hablando del _Poema de Rodrigo_--, y aun
en versos de otra medida se hallan á cada momento hemistiquios
de ocho sílabas diversamente combinados (8 + 7, 9 + 8, etc.).
Así como la métrica del _Poema del Cid_ hace el efecto de un
_mester de clerezia_ incipiente, la del _Rodrigo_ deja la
impresión de una serie de romances informes y tosquísimos".
Esta última manifestación de M. Pelayo es la pura verdad, y
de ella se deduce que el autor del _Poema del Cid_ se daba
más maña para la nueva versificación á la francesa que no el
del _Rodrigo_, que no acierta á dejar el romance popular;
pero que entrambos luchaban entre el metro vulgar del romance
y el nuevo del alejandrino, que todavía no habían domeñado.
Prosigue M. Pelayo: "De otros cantares de gesta no tenemos más
que las _prosificaciones_ de las _Crónicas_ y ésta es base muy
insegura, aun contando con el apoyo de las asonancias. Pero
no hay duda que ya en la primitiva _Crónica general_ abundan
los octosílabos y son ley general en las refundiciones del
siglo XIV". Pero, sobre todo, hablando "de las dos direcciones
que hemos reconocido en el verso épico castellano" (métrica
alejandrina y métrica de pie de romance), "la segunda--dice
(t. II, pág. XX)--, la que no tiene relación con los metros
de las gestas francesas, se sobrepuso inmediatamente á la
primera, dejando relegado el alejandrino á los poetas monacales
y escolásticos y desterrándole enteramente del arte popular. Es
curioso advertir este fenómeno en los libros historiales que
aprovecharon fragmentos épicos, desliéndolos en prosa. Así como
en la _Crónica general_ aparecen por dondequiera vestigios de
versificación alejandrina, así en las refundiciones posteriores
de dicha _Crónica_, v. gr. en la llamada de _Castilla_ (de
donde vino á ser extractada luego la famosa _Crónica del Cid_),
se siente, _hasta en esos mismos pasajes_, la influencia del
ritmo octosilábico, como si el oído de los compiladores de la
historia fuese siguiendo dócilmente las evoluciones del canto
popular". Lo que aquí había es que el pueblo seguía cantando
romances, mientras que los clérigos escribían alejandrinos,
según la nueva moda.
¿Por qué, pues, se niega que hubiese romances antes del siglo
XV? ¿Por qué se añade que los romances conocidos del XV son
trozos desprendidos de gestas versificadas en alejandrinos
como el _Mio Cid_? Lo que de aquí se saca es que el pueblo
tenía sus gestas, largas ó cortas, en romances, que de ellas
pasaron trozos á las _Crónicas_ y que las gestas que conocemos
de _Mio Cid_ y _Rodrigo_ y _Alixandre_ son imitaciones que
los clérigos hicieron de las populares, trayendo del canto
eclesiástico y de Francia un nuevo metro erudito, que, poco á
poco, se perfecciona; pero que raras veces deja la liga del pie
de romance que á los clérigos poetas les reteñía por oirlos
en el pueblo, por más que lo menospreciasen. La tan decantada
gesta de los _Infantes de Lara_, que tenemos prosificada en
una de las _Crónicas_, son trozos de romances, parecidísimos
á los romances conservados como tales del mismo asunto. No
salieron estos romances de aquellos otros, llamados gesta: son
hermanos gemelos, acaso unos más antiguos que otros, pero nada
más. Pueden verse cotejados romances y gestas en M. Pelayo
(_Antol. poet. lír., cast._, t. XI, pág. 276). Pero hay más:
algunos trozos parécense á _Mio Cid_: ¡como que ésta es la
única gesta en que acaso se fundieron varios romances, aunque
versificándola el poeta por el nuevo _mester de clerezia_.
Cuando conserva el pie de romance resulta un romance verdadero.
Y luego dirán que no hubo romances hasta el siglo XV. Véase
este trozo de la llamada gesta de los de Lara:
"Esora dixo a los suyos--el infante don Mudarra:
Señores (pensat de) andar,--faremos tal cavalgada
Que si yo bivo e no muero--el albricia vos sera dada.
¡Armas, armas, cavalleros,--el traydor no se nos vaya!
Hy veredes cavalleros--atan apriesa descir
Ε conpañas a conpañas--todos (se van a) guarnir;
Los que eran ya guarnidos--a las señas piensan de yr.
Desque esto vio Velazquez--començo de apercibir,
Acabdillando sus hazes--(bien) oyredes lo que diz:
Amigos, los que viniestes--cavalleros para mí,
De todo lo que gané--(bien) convusco lo partí.
----------------------------------------------------------------
Alli dix Gonzalo Gustios:--fijo por amor de caridad,
Fuerte cavallero es el traydor--non ha en España su pan:
Yo que le conozco (bien)--con él me dexad lidiar,
Ε vengaré los mis fijos--e quem' fizo cativar.
Estonz dixo don Mudarra:--Señor, non mandedes tal,
Que pleito le tengo fecho--non lo puedo quebrantar".
Óiganse versos del _Mio Cid_, picando en cualquier parte:
"Si Dios me legare al Çid--e lo vea con mi alma,
Desto que auedes fecho--uos non perderedes nada:
Dixo Auengaluon:--plazme desta presentaia,
Antes deste teçer dia--vos la dare doblada". (c. 1529).
"Que guardassen el alcaçar--e las otras torres altas". (1571).
"E aduxiessen le a Bauieca;--poco auie quel ganara". (1573).
"Oyd, Minaya Albarfanez,--por aquel que está en alto," (1297).
"Quando Dios prestar nos quiere,--nos bien ge lo gradescamos.
Ferid los, caualleros,--por amor de caridad! (720)
Yo so Ruy Diaz el Çid,--Campeador de Biuar".
"Por amor de caridat" es frase del Cid y de Gonzalo Gustios.
Creo que esto es romance, aunque del siglo XII.
Resumiendo, el romance fué siempre el metro propio de la poesía
popular castellana; en él cantaba sus gestas el pueblo antes
del siglo XII, y desde mucho antes, aunque por no haberse
escrito sólo se hayan conservado versos en las _Crónicas_ y en
las más antiguas gestas escritas, como el _Mio Cid_, á pesar
de haber pretendido sus autores emplear el metro francés; la
literatura erudita comienza componiendo en metro francés lo que
el pueblo había hasta entonces cantado en metro castellano; la
influencia francesa en el metro de las primeras obras escritas
prueba haber sido causa principal del nacimiento de nuestra
literatura escrita ó erudita, comenzando con epopeyas en metro
francés. Á qué se deba esa influencia francesa, cosa es bien
sabida.
=137.= En tres épocas, sobre todo, ha influido en España
la nación vecina: en los siglos XII, XVIII y XIX. La primera
coincidió con el despertar de nuestra literatura, en la que,
por consiguiente, hubo de dejar honda huella, rindiendo parias
la nuestra á la francesa hasta la época del Renacimiento, en
que se cambiaron las tornas. Época malhadada aquélla del siglo
XII, en la que, al despertar á la reflexión nuestro pueblo,
cuando las instituciones populares, fraguadas en el continuo
pelear de tantos años, iban á dar sus frutos, cuando el
espíritu nacional vió que la lengua vulgar podía ser escrita
tan bien como la latina, cuando aunadas dos de las principales
coronas de la Península en una sola sien, cuando la morisma,
perdidas sus más fuertes plazas, sólo pensaba en asegurar la
retirada, en vez de una reconstrucción castizamente nacional,
preparada por el filo de la espada, por las cartas-pueblas,
por las instituciones populares, á vueltas de las menguadas
ventajas que la reforma monacal y las menos lucidas aún que
los cruzados extranjeros nos aportaron, distraídos por acá
en saquear á los judíos y acaparar honra y provecho, nos
vinieron de allende el Pirineo una turbamulta de aventureros
so color de ayudarnos en las conquistas de Toledo y Lisboa y
en las batallas de Alarcos y de las Navas, y un enjambre de
monjes cluniacenses, que empezando por reformar los claustros
acabaron por llevarse las mitras, abadías y demás dignidades
eclesiásticas, y hasta el venerando rito muzárabe. En cambio,
con unos y con otros vino un soplo de feudalismo franco, con
todas sus consiguientes tiranías, distinciones sociales, y
demás levadura, que había de fermentar, dando largos siglos
de rebeliones y rivalidades entre los magnates hasta los
reyes absolutos, término final en que tenía que parar el
feudalismo. Dudosas son las ventajas de la introducción de la
letra francesa, desechándose la gótica tradicional; lo que
no puede ponerse en duda es el afrancesamiento de la Corte
de Alfonso VI y el afrancesamiento de la instrucción, de la
literatura y hasta de la lengua. Yo no veo que nuestra épica,
la única manifestación poética genuinamente española de la Edad
Media, ganara nada con el influjo francés, no por falta de los
franceses, á quienes debemos el haber comenzado á escribir
en castellano, sino por la mala mano que nuestros clérigos
tuvieron en abrazar la métrica francesa, dejando la nacional,
que es el pie de romance, sobre todo. Cuanto á elementos
poéticos, bien pocos y de escaso valor debemos á Francia. Si
hemos de juzgar por las dos únicas gestas que se han salvado
de entre las muchas que hubo antes del siglo XIII, desleídas
unas en la _Crónica general_, olvidadas otras por las que les
sucedieron, la épica castellana, si parecida á la francesa, ya
que no en la abundancia y en el eco general que ésta tuvo en
toda Europa, en muchas otras cosas, por derivarse ambas lenguas
y civilizaciones de un tronco común, difiere de ella por la
inspiración en el espíritu tradicional de independencia, de
libertad democrática, de igualdad de clases, y por la forma
en el realismo, tosco y hasta brutal, pero idealizado hasta
en los primeros vagidos de aquella gente adusta y guerrera,
bien ajena á todos los convencionalismos de civilizaciones
refinadas y gastadas. "Es claro que algo y aun mucho--dice
M. Pelayo (_Antol._, II, pág. 17)--había de diferir el ideal
poético y la cultura mundana entre los caballeros y los monjes
franceses ó afrancesados que rodeaban á Alfonso VI, al Conde
de Portugal don Enrique, á la reina doña Urraca, al emperador
Alfonso VII ó al arzobispo compostelano don Diego Gelmírez; y
los rudos mesnaderos que seguían al Cid _ganando su pan_ desde
la _glera_ del Arlanzón hasta los vergeles de Valencia, ó los
fieros burgueses de Sahagún, que, enojados con la aristocrática
tiranía de sus abades, entraban á saco sus paneras y
tumultuariamente se bebían su vino. Era natural que la epopeya
francesa fuese muy del gusto de los primeros, pero parece
duro admitir que también la entendiesen y se deleitasen con
ella los segundos". Los poemas castellanos no lisonjeaban los
oídos de aquellos palaciegos y abades feudales, acostumbrados
al servilismo, que, dada la división de clases, distinguía
tanto á la nación vecina hacía ya más de cuatro siglos. Los
españoles, más iguales y llanos por carácter de raza, habíanse
hecho todavía más individualistas, más democráticos, más
independientes desde que las hordas mahometanas, destruyéndolo
y confundiéndolo todo, les habían obligado á mancomunarse entre
las breñas del Norte contra el enemigo común.