Pero dejando aparte estos atisbos de prosa literaria, la literatura

escrita española alborea con una claridad tan limpia y despejada, tan

natural y sincera, y á la vez con tal reciura de realismo y tan sin

nube alguna de afectación ni de erudición extraña, que bien se echa

de ver ser hija de la literatura popular, hasta entonces no escrita,

pero que llevaba ya años y años de correr en labios del pueblo y de

resonar por la llanura castellana, como gala é himno triunfador de

guerreros rudos y veraces, que se alientan con las proezas cantadas

de sus adalides á proseguir la pesada empresa de la reconquista.

El cantar de _Mio Cid_ es la primera obra literaria, escrita entre

1140 y 1157, antes de la muerte de Alfonso VII, que ha llegado hasta

nosotros en copia hecha en el siglo XIV por un cierto Per Abbat. Como

la literatura griega comenzó por la epopeya, así comienza la literatura

castellana. Como aquella epopeya estaba compuesta de rapsodias ó

retazos, que la erudición posterior atribuyó á un cantor llamado

Homero, pero que la crítica moderna descubre haber sido hechos por

muchos cantores desconocidos, populares, y haber corrido cantados por

populares rapsodas, en una palabra, que los poemas homéricos son el

canto de las proezas de la raza que Grecia entona á sí misma, no de

otra manera la epopeya del _Mio Cid_ está zurcida de tres retazos ó

más, y fáltanle otros perdidos, algunos de los cuales se transparentan

en las _Crónicas_ posteriores y se hallan, remozados y modificados

conforme á los tiempos, en cantares que después vinieron: es el poema

en que España celebra sus propias hazañas. _Mio Cid_ es un zurcido,

repito, de rapsodias. ¿Fueron las primeras rapsodias que se escribieron

ó escribiéronse antes otras, después perdidas? No lo sabemos; sólo sí,

que, se escribieran ó no, las del _Mio Cid_ no fueron las únicas de la

epopeya hispana popular no escrita, ni mucho menos las más antiguas.

El pueblo cantaba sus trozos épicos: era la literatura popular no

escrita. De ellos no se sabe si se escribieron algunos; probablemente

no llegaron á escribirse. De toda aquella masa épica han quedado

pruebas manifiestas en las _Crónicas_, cuyos redactores, al describir

los hechos más ó menos legendarios de los antepasados, retiñéndoles en

los oídos los cantares épicos populares, se valían de sus frases hasta

el punto de desleir en su prosa versos y trozos enteros de aquellos

cantares. Los únicos trozos que lograron salvarse enteramente por la

escritura son los de _Mio Cid_.

¿Por qué se escribieron, no habiéndose escrito nada hasta entonces?

Esto es lo mismo que preguntar la causa del nacimiento de la literatura

escrita castellana, de la literatura erudita, la cual, por lo dicho,

bien se ve haber tenido su origen en la literatura popular y no

escrita. Esa causa está bien á la mano: nos la está mostrando el mismo

cantar de _Mio Cid_ y las circunstancias históricas del tiempo en que

se escribió.

Cuanto al cantar, al echar por primera vez los ojos en él, queda al

punto desconcertado el lector, notando la barbarie del metro y no

pudiendo entender cómo una fuerza épica tan grande y un tan fino valor

poético como el que atesora el poema puedan casarse con tal rudeza

en el versificar. Á poco va uno notando que la mayor parte de los

versos son alejandrinos, que hay bastantes otros de los llamados de

pie de romance y que los demás hay que achacarlos á los copistas, que

condensan versos quitando palabras ó los alargan para declarar lo que

suponían estaba oscuro.

Ahora bien, el que está versado en asuntos de métrica latina, francesa

y castellana, luego se explica el misterio. Tanto el alejandrino como

el pie de romance son metros derivados de la métrica latina, con una

diferencia capital, clarísima para el lingüista, conocedor del genio

de la lengua castellana y de la lengua francesa: que el alejandrino es

el verso naturalmente francés, como nacido que es del ritmo yámbico

latino, que es el ritmo de la lengua francesa, amiga de la entonación

aguda; mientras que el pie de romance es el verso naturalmente

castellano, como nacido que es del ritmo trocaico latino, que es el

ritmo de la lengua castellana, amiga de la entonación llana y grave.

El métrico y lingüista que de esto esté bien enterado no puede menos

de descifrar el misterio de la, al parecer, barbarie métrica del _Mio

Cid_: el que lo escribió quiso cantar en versos franceses lo que oía

cantar y acaso cantaba él en versos españoles. En versos españoles,

en romance, se había siempre cantado por el pueblo; pero jamás se

había escrito la poesía. ¿Por qué no escribir la poesía, como los

franceses la escribían? Pero había que escribir en el metro de los

que hasta entonces habían escrito, era de buen tono y estaba de moda

todo lo francés; lo vulgar castellano no era para escrito. Con todo,

esos cantares populares españoles los sentía el autor, como verdadero

poeta que era; su asunto era digno de la escritura. Quiso, pues, cantar

lo popular español en el metro épico erudito, de moda, francés, y

logrólo en parte; pero como á buen novicio en este menester de métrica

francesa, se le escapaban á cada paso versos castellanos de pie de

romance, que eran los que entre el pueblo se cantaban.

La lucha entre la métrica francesa, la erudita y de buen tono, digamos,

y la métrica castellana popular, es manifiesta en _Mio Cid_. El autor

tenía fino oído y construye muy bien ambas suertes de metros; pero los

mezcla y en la consecución del asonante no guarda regla alguna, sin

duda por la misma lucha y contrariedad métrica en que se ve enzarzado.

Añádase lo que la inexperta mano de los copistas mal corrigió, dejando

versos monstruosos de cortos ó de largos, que es imposible salieran del

poeta y versificador, primer autor del cantar, y tendremos declarada la

versificación extravagante de la obra.

Cuanto á las circunstancias del momento histórico en que se escribió

el _Mio Cid_ y con él nació nuestra literatura escrita ó erudita,

es cosa todavía más comúnmente sabida. El influjo de la literatura

francesa fué consecuencia del valimiento que los franceses tuvieron en

la corte de nuestros reyes desde Alfonso VI. Sin ese influjo francés,

claro está que más ó menos tarde hubiera nacido la literatura erudita.

La toma de Toledo en 1085 por Alfonso VI fué el comienzo de una nueva

era con la comunicación de los mudéjares, de los _moros latinados_ ó

_ladinos_, con los judíos, con la ciencia arábigo-judía de la España

musulmana, que convirtió bien pronto aquella ciudad en puente entre

la cultura oriental y la europea. La ciencia semítica española iba

á derramarse de allí como de su fuente á toda Europa. Comenzóse por

traducir en latín; pero presto se hubiera traducido en romance. Los

mismos judíos escribieron en castellano con caracteres arábigos, que es

la que llaman _literatura aljamiada_. Pero no hay duda que la cultura

francesa, su célebre épica, su escritura, el poder de los cluniacenses,

la muchedumbre de romeros que venían á Santiago, adelantaron el

acontecimiento y encaminaron la primera poesía escrita castellana

por las vías clericales del _mester de clerezia_. Influencia erudita

fué, como siempre, la francesa, que puso en olvido la del _mester de

juglaria_ ó poesía popular, retrasando, en cambio de ese adelanto,

el ensalzamiento de la épica nacional de los romances por más de dos

siglos.

El asunto de algunos textos aljamiados está tomado de fuentes

occidentales. Como el _Recontamiento del Rey Alixandre_, que procede

del griego; la _Historia de los amores de Paris e Viana_, viene del

provenzal; _la Doncella Arcayona_ nació del _Libro de Apollonio_, poema

castellano. El _Poema de Yuçuf_, del siglo XIV, está en el metro del

_mester de clerezia_, así como los primeros versos de _La Alabanza de

Μahoma_, obra muy posterior.

Pero la prosa, de hecho, no nace en España hasta el siglo XIII. Lo

primero que tenemos es el tratado didáctico de un fraile navarro,

_Los diez mandamientos_; después vienen los _Anales Toledanos_

(1220 y 1250), la versión en romance del _Fuero Juzgo_ (1241) y las

acabadísimas y maravillosas obras de Alfonso X (1220-1284).

=132.= Hasta poco ha los escritores españoles, y aun algunos

extranjeros, confundían el origen de los romances con el de

su literatura: el castellano nació, según ellos, en el siglo

XI, puesto que hasta el XII no aparece literatura castellana.

Es como si se dijera que el vascuence nació el siglo XVII, en

que aparecen escritos vascongados. Hay una razón particular

en el desenvolvimiento de las literaturas modernas europeas,

y es que los romances siempre se consideraron como latín

corrompido, indigno de escribirse. Los pocos letrados, para

quienes y entre quienes se escribía, conocían el latín, de

suerte que sólo en latín se escribió hasta que se tuvo alguna

cuenta con las personas iletradas, que no sabían latín. Esto

explica el orden de la aparición de las literaturas modernas.

La más antigua es la inglesa. Con la conversión al cristianismo

de los anglo-sajones en 597, que partieron de Roma San Agustín

y sus compañeros, el latín volvió á la Gran Bretaña; pero

fué el latín muerto de los escritores eclesiásticos y de los

monasterios. Nadie hablaba ya latín en Europa, y en Inglaterra,

como en el continente, hubo escritores latinos: baste recordar

al gran Ealhwine, de York, ó Alcuino, que Carlomagno llamó á

su corte; á Aldhelm († 709); á Aeddi, autores, el primero,

de poemas piadosos y de una prosodia latina, el segundo, de

la vida de San Wilfrith; á Winfrith ó San Bonifacio, apóstol

de los sajones del continente; á Beda, nacido en Nortumbria

hacia el 673, que entre otras obras escribió la _Historia

Ecclesiastica Gentis Anglorum_. Pero el pueblo no entendía el

latín, así es que continuó la literatura antigua anglosajona,

acrecentándose con obras de utilidad actual sobre religión,

historia, leyes, medicina, mientras que todo esto se redactaba

en latín en Francia, Italia y España. La literatura en lengua

indígena fué, pues, en Inglaterra mucho más antigua que en

Francia. En esta nación comienza á escribirse para el común

de las gentes en francés el siglo XI, antes que en Italia

y España, porque el francés difería más del latín que el

italiano y el castellano, de modo que el pueblo necesitó antes

se le escribiese en su propio idioma vulgar. Viene después

la literatura castellana, y en poesía, como en prosa, en el

_Mio Cid_ y en las _Partidas_, el idioma presenta todos los

caracteres, no de un habla en mantillas, sino de una lengua

muy acabada y de varios siglos de vida. En Italia es donde

aparece más tardíamente la literatura, porque el italiano es

el romance más allegado al latín, y porque el escribir en

latín era allí tan natural, mayormente dominando el elemento

eclesiástico, que _latín_ llamaban al habla vulgar, y al latín

decían _gramática_, por ser para ellos un solo idioma, sólo que

se escribía con gramática y corrección, y se hablaba, según

ellos mismos, sin corrección ni gramática, se hablaba el latín

estropeado y corrompido. Nació en Italia la literatura cuando

decaía ya en la Provenza, de donde, con los Emperadores, pasó á

Italia, sobre todo con Federico Barbarroja, á quien acompañaban

no pocos trovadores. Después de la cruzada albigense, la lírica

provenzal pasó los Pirineos y los Alpes. Los mismos italianos

trovaban en provenzal, como Sordello de Mantua (DANTE, _Purg._,

c. 6, 7 y 8). Los primeros versos en lengua vulgar de Italia

sonaron en Sicilia, con Ciullo de Alcamo, en los últimos

veinte años del siglo XII, y el padrino de la lengua literaria

italiana fué Federico II, políglota y poeta, aunque mediano; su

secretario Pier delle Vigne y su hijo Enzo, rey de Cerdeña, lo

fueron bastante mejores.

Podemos, pues, decir, que cuando se escribía de todo en el

habla vulgar de la Gran Bretaña sólo se escribía en latín en el

continente; que cuando ya decaía la gran poesía épica francesa

aparece escrita la epopeya castellana; que cuando termina la

lírica provenzal nace la italiana. Inglaterra, Francia, España,

Italia: tal es el orden en la aparición de la literatura,

precisamente el mismo en que difieren las lenguas de estos

países del latín.

El mejor prosista anglo-sajón fué un rey, Alfredo _el Grande_,

que tradujo del latín la _Historia universal_, de Orosio; la

_Historia eclesiástica_, de Beda; la _Consolación_, de Boecio;

la _Regla pastoral_, de San Gregorio, cuyos _Diálogos_ tradujo

á imitación suya Werferth, obispo de Worcester. En España

la traducción del _Fuero Juzgo_ y las _Partidas_, con otras

preciosas joyas de la literatura castellana primitiva, se deben

á otros dos reyes: á Fernando III y á su hijo Alfonso X. Pero

la prosa siempre fué posterior á la poesía, y más á la poesía

épica, por ser ésta la obra propia de la literatura popular y

nacer siempre de la popular la literatura escrita ó erudita.

La primera manifestación de la literatura escrita ó erudita en

España es la epopeya del _Mio Cid_, por haber sobresalido el

canto épico en la literatura popular. Porque el _Mio Cid_ es la

epopeya popular llevada á los papeles, escrita por primera vez,

dando nacimiento á la literatura escrita ó erudita.

El niño, cuando comienza á despertársele la razón, despepítase

por saber las cosas que ve. Todo es para él nuevo, y siempre

tiene en la boca el "¿qué es eso?". Poco después, ahondando

más en las relaciones de las cosas, pregunta el porqué de

ellas. De aquí que tanto guste de cuentos, al principio, cuanto

más inverosímiles, mejor; después han de ser bien razonados

y trabados con la realidad que ya conoce. Las sociedades

primitivas son como los niños ya despiertos, que gustan se les

entretenga con cuentos. Los cuentos de la primitiva sociedad

griega son los poemas llamados de Homero, la _Ilíada_, que

trata de guerras, y la _Odisea_, que narra aventuras pacíficas.

En una y otra los personajes son los hombres más célebres de

las tradiciones populares, los héroes ú hombres semidioses,

hijos de un dios y de una mujer. Por eso la epopeya griega fué

religiosa, y habiendo de elevarse sobre los simples mortales,

la epopeya idealizó sus personajes y sus hazañas. La épica

griega fué mítica, religiosa, sobrehumana, ideal. Al despertar

la sociedad española en los siglos XI y XII de la barbarie en

que se hundió con el Imperio romano, como niña que era pedía

cuentos.

Época de peleas contra los moros, los personajes más

célebres habían de ser los adalides de aquellas guerras: el

Cid, Fernán González, los Infantes de Lara, Bernardo. Las

hazañas de estos guerreros contadas en verso formaron la épica

castellana, que llamaban _gestas_, esto es, hechos, hazañas,

empresas. No fueron héroes, sino puros hombres: las gestas no

podían ser religiosas, míticas, sino humanas. No había para

qué el arte sobrehumanase aquellos personajes y sus hazañas,

como en Grecia sucedió. De aquí que si la epopeya griega había

sido idealista, las gestas castellanas fueran realistas. El

pueblo griego veía en sus héroes hombres sobrehumanos y con

sus hazañas se mezclaban los mismos dioses, padres de los

héroes: tenía que concebir héroes y dioses como algo de más

levantado que los mortales, que viven en casas de barro.

Tenían las pasiones de los hombres, pero más engrandecidas;

habitaban los dioses en un monte, pero el más alto de todos, el

monte Olimpo; alimentábanse, pero del néctar que les daba la

inmortalidad. Los personajes de la epopeya helénica hubieron,

por consiguiente, de despertar en los rapsodas que los cantaban

aquel elemento idealista que les añadiese al ser humano algo

de divino, una cierta serenidad sublime, algo de eterno é

inconmovible aun en la misma mortalidad y mudanza propia de lo

humano, que consideraban en los héroes. El arte helénico hubo

de ser, pues, ideal desde su nacimiento. La gesta castellana

sólo canta puros hombres, grandes y valerosos, pero dentro

de lo humano, no saliéndose jamás de la realidad. Tal es el

origen del realismo, nota de la literatura castellana en todos

tiempos. En los mismos asuntos religiosos, los santos al ser

cantados, sus acciones al ser narradas, son tan hombres como

los demás, los milagros no los mudan á ellos en seres míticos

ni sobrehumanos. Santiago, cabalgando en su caballo blanco,

alienta á los guerreros cristianos; pero es uno de tantos,

solamente rodeado de la aureola del seguro triunfo que le

comunica el ser un enviado de Dios para protegerles y darles

la victoria. El mismo Cristo y María, cuando intervienen

en los cuentos ó leyendas populares, obran como obraron en

vida, como verdaderos hombres. El mito y el idealismo no

tenían cabida en las gestas ni en las leyendas castellanas.

La épica caballeresca de los pueblos célticos lleva consigo

un elemento maravilloso que le permite pasar la raya del

realismo; sus héroes son más que humanos en sus empresas y

pasiones; vencen enemigos estupendos, allanan dificultades

extraordinarias, como lo sabemos todos por las quimeras que

poblaban el cerebro de Don Quijote; pero es porque en aquella

épica habían entrado elementos míticos, restos de las antiguas

religiones paganas, más ó menos cristianizados, llamados

supersticiones: los gigantes, que eran los antiguos héroes,

desnudados del espíritu divino y heroico; los endriagos, los

dragones y otros monstruos, los enanos, las hadas, las brujas.

Nada de esto había en España, de modo que el realismo fué

aquí puro y limpio de todo elemento maravilloso, de toda la

exageración de acaecimientos estupendos, que hierven en la

epopeya caballeresca, céltica de origen y nada española. No

menor exageración, nacida de idénticas fuentes, se halla en

la epopeya francesa medieval, por ejemplo en el _Rolland_, de

donde más tarde, y en época ya de decadencia épica, pasó á la

épica erudita española, transformando el Cid y el Bernardo

españoles en personajes afrancesados por lo maravilloso y

extravagante de sus hazañas y aventuras. Esta diferencia

explica la que se nota en seguida entre el _Cantar de Mio

Cid_ y el _Rolland_, los libros de caballerías, la _Ilíada_

y la _Odisea_, que no es otra que el llamado realismo de la

literatura castellana. No consiste el realismo en copiar lo

real tal cual es, pues toda arte coge de la realidad solamente

lo típico, lo característico, dejando lo común; condensa la

flor y nata de la realidad, escogiendo lo más expresivo.

El Cid del _Cantar_ es dechado de guerreros castellanos,

la flor y nata de ellos. En el _Cid_ están condensadas las

cualidades del guerrero castellano, que se hallaban en todos

los castellanos reales de entonces, pero desleídamente, unas

más sobresalientes en unos, otras en otros. Además, el _Cantar

de Mio Cid_ no se entretiene en narrar lo común y cotidiano que

al Cid le pasaba hora tras hora, que era lo que á todos nos

pasa: el comer y dormir, el andar y el sentarse, el charlar

por pasar el rato. Todo esto común nada tiene de típico, de

expresivo, para pintar un guerrero esforzado, noble y justo,

que es lo que trató de pintar el rapsoda castellano. Si á este

elegir y condensar se llama idealismo, semejante idealismo es

tarea de todo artista y no se opone al realismo. El realismo

está en que lo así escogido y condensado, lo característico y

típico, responda á la realidad; en que el Cid sea hombre de

carne y hueso como los demás; que su valentía, su honradez,

su generosidad sean humanas; que sus hechos pasaran realmente

ó pudieran, á lo menos, pasar de hecho y de verdad, conforme

á lo que realmente suele ó puede acontecer á los humanos. Que

un caballero parta de un golpe á su contrario, que desbarate

él solo un ejército, que sea invulnerable, que haya hadas que

le salven con toda seguridad de trances en los que humanamente

no pudiera salir sano y salvo; que haya gigantazos y jayanes,

endriagos y vestiglos de la casta y talle que cuentan los

libros de caballerías: todo ello es quimérico, que jamás

sucede ni puede suceder en la realidad, sino en la fantasía

del poeta, no menos que la intervención de los dioses en la

epopeya griega y el poder de Hércules, de Circe, de Ulises y

todas las demás patrañas míticas de que ella está tejida. Con

mitos griegos y con quimeras caballerescas pueden fraguarse

epopeyas soberanamente artísticas, lo mismo que con hombres

de carne y hueso y con sus humanas empresas; pero aquellas

obras artísticas las llamamos idealistas, imaginarias, si se

quiere; éstas, por el contrario, realistas. Acaso el ideal del

arte griego sea un linaje de belleza más levantada y sublime,

ya que diviniza á sus personajes, proyectando sobre ellos una

luz sobrehumana, olímpica, con algo de eterno, que por lo

mismo suena á sublime; pero el arte realista castellano, por

ser humano y tocarnos más de cerca á los humanos, es posible

que se nos hinque más adentro en el alma, nos impresione más

y nos mueva más reciamente, y el alma así conmovida siente

el estremecimiento estético tanto como el alma arrobada por

lo maravilloso y sobrehumano del vivir del olimpo. El arte

griego es más apolíneo, el castellano más dionisíaco; aquél

más objetivo y sereno, éste más subjetivo y conmovedor; aquél

responde á la civilización pagana, empapada de la visión

religiosa de la naturaleza, de un politeísmo que endiosaba

los fenómenos naturales, en cuyo fondo yacía un verdadero

panteísmo; éste responde á la civilización cristiana, empapada

de la introspección del alma humana, donde se desenvuelve la

eterna lucha entre el bien y el mal; aquél miraba á fuera,

éste hacia dentro; aquél admiraba, éste se estremece; aquél se

derramaba en la serena contemplación de lo extraño á sí; éste

se concentra en la lucha de sí mismo. Muchos caminos llevan

al sentimiento estético, fin del arte: los griegos escogieron

el de la fantasía; los cristianos el del corazón. Esquilo es

puramente helénico, épico, religioso; tras él viene Sófocles

que, serenamente, muestra por de fuera los efectos de la lucha

que dentro padece el alma de Edipo y acaba endiosándolo en

Colonia, como un héroe verdadero que es; pero Eurípides se mete

en el corazón, lo abre chorreando pasiones ante el espectador,

muestra la lucha interna del alma, que sólo en sus lejanos

efectos del ananke, del karma, digamos, mostró Esquilo y en sus

manifestaciones externas en el hombre descubrió Sófocles, y con

Eurípides despunta en el teatro la alborada del sentimiento,

de la psicología, de lo puramente humano, que el cristianismo

ha de traer poco después, como verdadero día del arte moderno.

El arte helénico es divino y heroico; el arte cristiano, el

español, en particular, es humano; por eso aquél hubo de

ser idealista, éste realista. El arte caballeresco es una

mezcla del arte realista cristiano y del fantástico pagano,

empequeñecida la heroicidad y divinidad de sus personajes, por

quedar convertidos los dioses y héroes en viejas hadas, feos

enanos, horribles monstruos, salvajes jayanes, y por exagerarse

lo humano de los caballeros, saliéndose de la raya de hombres,

sin llegar á ser dioses ni hijos de dioses. Sólo el espíritu de

aventuras que encierra hizo que aquella literatura caballeresca

cuajase en la España aventurera del siglo XVI, hasta que el

realismo de Cervantes acabó con ella, mostrándose lo ridículo

de Don Quijote en cuanto caballero andante á la luz del

realismo humano de Sancho, venteros y Maritornes, yangüeses y

prosaicos duques y del mismo Don Quijote, cuando obra y piensa

como cuerdo.

=133.= Sabido es que la voz _romance_, de _romanice_, significó

el habla vulgar como opuesta al latín; pero como las primeras

obras literarias, enteramente populares, se compusieron en

verso, como en todas partes ha sucedido, se empleó pronto la

voz _romance_ para significar la poesía popular, y de aquí el

género de versos más común de los romances viejos. Vese claro

por Berceo, que en la _Vida de San Millán_ (362) contrapone

la poesía popular á la erudita: "Sennores, la facienda del

confesor onrado | no la podríe contar nin romanz nin dictado".

_Dictado_ era poesía erudita; _romanz_, poesía popular. Como

igualmente se ve en el _Libro de Apollonio_, donde la juglaresa

Tarsiana, que era poetisa popular "Quando con su viola hovo

bien solazado, | a savor de los pueblos hovo asaz cantado, |

tornoles á rezar _un romançe_ bien rimado". Entiendo que á la

misma poesía popular alude la ley 20, tít. 5 de la _Partida_

2.ª, cuando, hablando de "las alegrías que debe usar el rey

en las vegadas", pone la lectura "de los romances et de los

otros libros que fablan de aquellas cosas de que los omes

reciben alegría et placer". Porque si _romances_ valiese aquí

lengua vulgar, los otros libros serían los latinos, cosa no

muy hacedera para aquellos reyes; además que hubiera dicho _en

romance_ y no _romances_, que sólo puede significar versos de

los juglares, entonces en uso.

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 17 / 59 段