=22.= La primera y más sencilla manifestación del arte

popular es el refrán, que pudiera clasificarse como poesía

épico-didáctica; pero que abraza todos los géneros y es como el

germen de todos ellos. Ni el único fin de los refranes es la

enseñanza, ni es hacer una obra bella; en los refranes, como

en toda obra popular, se barajan tan hondamente el fondo y la

forma, que hacen un todo, inconscientemente nacido del pueblo:

así pertenecen tanto á la filosofía como á la literatura,

mezclando _utile dulce_. Si en su forma no hubiera brotado

bello el modo de expresar el pensamiento, no hubiera corrido

como refrán, pues cabalmente se repite y corre como tal el

pensamiento que ha hallado su bien entallada expresión; y una

expresión, por bella que parezca, no corre como refrán si no

entraña un pensamiento digno de retenerse por su provecho

común. Como los pensamientos de esta laya abarcan todas las

disciplinas y la vida entera, así el campo de las ideas donde

brotan refranes es inmenso y abarca todo linaje de doctrinas.

Igualmente en la forma artística, ya cuanto al estilo y

figura retórica de la expresión, ya cuanto al metro y ritmo,

la variedad es infinita, y no nace cada refrán vaciado en

determinada encella, aunque siempre suena á manera de verso, de

un metro ú otro, no pensado de antemano, y con una expresión,

metáfora ó comparación, que parece venirle como nacida. Sólo

cuando fondo, forma y sonido se ajustan entre sí acabadamente

y que, andando de boca en boca, nadie da en lo que pudiera

mejorarlo, es tenido como refrán y cunde bien asegurada su

inmortalidad. Tan sólo de tiempo en tiempo y muy á la larga,

suele remozarse alguna palabra de él, cuando ya la vieja es tan

desusada y oscura que ha menester nuevo ropaje para lucir entre

las gentes.

Al hablar de los refranes no pueden pasarse por alto las

palabras de Mal Lara en el _Preámbulo_ de _La Philosophia

vulgar_, donde se declara lo espontáneo y natural del saber

vulgar y su infalible certeza. "En los primeros hombres..., al

fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría

heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran

merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro

esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias

y en ingenios humanos; y, según dize Aristóteles, parescen

los Proverbios ó Refranes ciertas Reliquias de la antigua

Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los

hombres, y quedaron aquéllas como antiguallas... No hay refrán

que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es

de burla, como dize Hesiodo...". _Libro natural_ llama á los

refranes, y añade: "Antes que hubiese filósofos en Grecia,

tenía España fundada la Antigüedad de sus refranes... ¿Qué

más probable razón habrá que la que todos dizen y aprueban?

¿Qué más verisímil argumento que el que por tan largos años

han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades

y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los

campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno...? Es grande

maravilla que se acaben los superbos edificios, las populares

ciudades, las bárbaras Pirámides, los más poderosos reynos, y

que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reyno, divido en

todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por

todo el mundo de boca en boca, según moneda que va de mano en

mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma

ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la

señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas

por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus

lumbres".

La riqueza de formas que revisten los refranes castellanos

es maravillosa en lo ingenioso y profundo, en lo socarrón y

grave, en lo sentido y sentencioso, en lo chistoso y severo,

en lo cortado y dramático. Cuanto á la métrica, tienen parte

el paralelismo, la aliteración, la acentuación, el número

de sílabas y la rima. La rima la busca el pueblo en los

refranes; pero el metro nace como exigido por la expresión

misma espontáneamente. De aquí la grandísima variedad: 4 + 6,

4 + 7, 4 + 8, 5 + 6, 6 + 5, 6 + 7, 7 + 4, 7 + 6, 7 + 9, 8 +

6, 8 + 10, 9 + 4, 9 + 8, 4 + 6 + 4, 5 + 5 + 7, 8 + 8 + 8 + 9,

etcétera, etc. Abundan los pareados de 4 + 4, 5 + 5, 6 + 6, 7

+ 7, 8 + 8, que pueden considerarse como hemistiquios rimados

de octosílabo, de decasílabo, arte mayor, pentámetro y pie de

romance. Cuanto al acento, no siempre se sujetan los refranes

á las leyes prosódicas, como en el verso de once sílabas, el

acento en la sexta ó en la cuarta y octava; en el de diez

sílabas, el acento en la tercera y sexta; en el de nueve, en

la octava; en el de ocho, en la séptima y en la primera y

tercera ó en la segunda, quinta y octava, etc. Cuanto á la

rima, hay versificación libre, semi-rima ó concordancia de

vocales finales ó rima imperfecta ó asonante, tanto llana como

aguda, rima perfecta ó consonante, aguda ó llana, aliteración ó

congruencia de sonidos en la sílaba radical de las dos palabras

principales que se componen ó contraponen, aliteración y á la

vez asonante ó consonante, consonancia completa ó de todas las

sílabas, ó sea repetición de una misma palabra al final de los

versos y, finalmente, rima interior. Las combinaciones rítmicas

son variadísimas.

=23.= Tras los refranes vienen las canciones ó cantares,

expresión del lirismo popular, del dolor, de la alegría, del

amor con todas sus consecuencias. Las formas más populares de

la canción son la copla ó redondilla y la seguidilla, entrambas

de cuatro versos, aunque posteriormente la seguidilla tomó los

otros tres versos del estribillo. La música requiere cinco ó

seis versos, pero se repite el primero una vez al principio,

ó dos veces: una al principio, y otra al fin. Los cantares

son unas veces circunstanciales, ya por un acontecimiento

social, ya por lo que al que canta le sucede particularmente;

otras veces encierran un pensamiento ó un sentimiento común

y trascendental. En el primer caso, el cantar vive poco, aun

los de acontecimientos sociales suelen olvidarse á las pocas

generaciones; en el segundo, pueden llegar á tener vida tan

larga como los refranes, y así corren siglos y siglos, más ó

menos modificados. Si los refraneros tardaron en escribirse,

mucho más tardaron los cancioneros populares, los cuales

puede decirse que comienzan á compilarse en nuestra edad. Los

eruditos apreciaban más las canciones cortesanas y artísticas,

y así, ni un cancionero popular se imprimió en el siglo XVI

entre los muchos eruditos que vieron la luz pública. Todo lo

más, hállanse en ellos, y glosados aparte, cantares sueltos,

verdaderamente tradicionales y tan proverbiales como los mismos

refranes. Nuestro pueblo los hace con facilidad asombrosa é

ingenio estupendo. Los improvisan los mozos en sus serenatas

y rondallas tan chispeantes, tan hondos y sentimentales, que

es un duelo no se recogieran en los tiempos pasados, como

hoy se va haciendo en colecciones de las varias provincias,

sobresaliendo en esta parte los cantares baturros ó cantas de

Aragón, y los cantares y cantes andaluces y flamencos. Toda

admiración queda aquí sobrepujada por la realidad. Esta vena

fecundísima del pueblo español es de todo punto imposible que

no haya corrido en todo tiempo en esta tierra de cantares sin

fin ni cabo, tan en todo tiempo como las tonadas regionales,

que son antiquísimas, de variadísimas tonalidades en cada

tierra: en Galicia, en Asturias, en la Euscalerría, en Navarra,

en Aragón, en Andalucía, etc., etc. Aires vascongados hay

que se salen de las medidas y compases conocidos, y deben

proceder de los íberos. Podemos, pues, asegurar que desde que

se habló castellano hubo cantares populares en España, y á

ellos se alude en los escritos de todos tiempos. Un pueblo

que verdaderamente nada en un mar de sentidísimos cantares

que chorrean ingenio y delicadeza tiene que ser poeta. Grima

da pasar los ojos por los farragosos cancioneros eruditos sin

hallar una sola flor, una flor que huela, que robe las miradas,

cuando, al revolver de la esquina, se oyen, al caer de la

noche, por esas calles, á montones, sin que nadie se bajara

durante tantos siglos á recogerlas. El metro más común en las

coplas es el octosílabo, rara vez adulteradas con algún verso

de siete ó nueve sílabas, porque tal es el verso más propio

del castellano, como veremos al hablar del pie de romance,

cuyo hemistiquio es igualmente octosílabo. En cantarcillos ó

coplillas se usa el verso de seis, á veces el de cinco; en

las seguidillas, de siete y cinco alternados. Los eruditos

prefirieron en lo antiguo los metros franceses ó yámbicos, de

siete y nueve sílabas; pero presto desaparecieron, quedando

vencedores los metros trocaicos españoles, hoy los únicos que

se cantan, pues si alguna vez se hacen de siete ó nueve, el

cantor los acomoda á la música de los octosílabos por medio de

la sinalefa, sinéresis, apócopes y paragoges: tan contrarios

son á la métrica castellana. La rima de los cantares es de

dos, tres, cuatro y hasta ocho versos, todas las combinaciones

de los refranes, pareados, monorrimos, rimas alternas,

encadenadas, etc. En los de cuatro versos, la más frecuente

combinación es _abcb_, asonante ó consonante: rara es _abba_, y

más todavía _aabb_; las seguidillas, _abcbede_.

=24.= De los pueblos europeos sólo el pueblo griego tuvo un

arte y una literatura enteramente nacional, popular, castiza,

por eso fué grande y sin par el arte y la literatura de la

Grecia. El arte y la literatura son como las plantas, que

no pueden vivir sino arraigando en la tierra, y no medran

y se desenvuelven bien sino en la tierra suya propia; en

trasplantándose á otras tierras de diferente calidad,

condiciones, clima, bastardean. Verdad es que se dan plantas

lozanísimas en otras tierras de las que fueron originarias,

pero es porque en el mundo hay lugares y tierras de condiciones

muy parecidas y apropiadas para cada planta. La nación es la

tierra del arte y de la literatura, y no hay dos naciones

iguales ni casi parecidas, como hay parecidas tierras cuanto á

la aclimatación de las plantas. Por eso, toda arte ó literatura

trasplantada á otra nación bastardea y vive como en terreno

impropio. Tal es el gran principio del arte y de la literatura.

Robusteceráse y quedará aclarado con otra comparación. Toda

obra de arte es tanto mejor cuanto más personal sea, cuanto más

individual y propia de su autor y más distinta de las obras de

los demás. Porque la obra de arte es la expresión del autor que

la fragua. Y tanto más expresiva será de su autor, cuanto más

propia suya é individual y más distinta de los demás autores.

El sello de la personalidad de su autor engrandece las obras

del arte. Si todos los hombres supieran expresar su alma,

serían todos los hombres artistas; sonlo los pocos que pueden

hacerlo, y sonlo en tanto que lo pueden hacer: así la obra de

arte es más levantada, más sobresaliente, cuanto el autor pudo

poner en ella más de su alma individual, de su propia persona.

Ahora bien, cada nación, respecto de las demás, es lo que

respecto de los demás es cada individuo: cada nación tiene su

alma propia y su personalidad, tanto más sobresaliente cuanto,

¡oh, paradoja!, cuanto sobresale de las demás, cuanto menos

adocenada y común. El arte, pues, cuanto más nacional será más

expresiva del alma de una nación, y se distinguirá más del arte

de las demás naciones. Tal es la doctrina del casticismo en el

arte, en la literatura y en el idioma, que es la obra artística

por excelencia de cada nación.

Contra ella no valen ni pesan todos los reparos que los

innovadores oponen á los defensores de lo castizo en el habla.

Los extranjerismos, bien se ve, por este principio, que no

enriquecen el idioma, antes lo empobrecen. Porque lo que en

el árbol no salga de su propio tronco y savia, no sólo no

le adorna, sino que lo afea y le daña. Colgad de sus ramas

púrpuras y joyas: hasta el más rústico patán os gritará

que quitéis de él esas ricas preseas. Los extranjerismos

cuelgan, como ellas, del idioma; no sirven más que para

quitarle el calor vivificante del sol, para embarazar la

respiración pulmonar de sus hojas, para secarlo y encanijarlo,

empobreciéndole la savia y acabándole la vida. Por cada

palabra ó construcción extraña que se mezcle en el idioma, se

olviden, no una, sino muchedumbre de palabras, construcciones

y frases equivalentes, pero idiomáticas y propias. Las voces

así perdidas eran expresivas del alma nacional, llevaban el

calor y el color, el pensar y el sentir de la nación; por ellas

se usan las extrañas que saben, suenan, huelen á extraño, no

dicen nada á los oídos nacionales, porque extraña es su raíz

y procedencia, no arraigan en el suelo nacional y no pueden

llevar su savia ni su alma.

Lo que en el idioma, pasa en la literatura y en el arte en

general. No respondiendo al alma nacional, si se traen de

allende, la necesidad obliga á desfigurarlas. La expresión de

la personalidad nacional, que forzosamente ha de manifestarse

en sus obras artísticas y literarias, se ve mezclada con la

expresión propia y diferente de la nacionalidad que ellas traen

de fuera consigo, y el forzoso resultado es una mezcla, que ni

es cosa propia ni extraña, sino común. Y expresión común ó arte

común no puede ser arte ni expresión sobresaliente, artística.

Trasplántese á España la arquitectura del Norte, y la necesidad

la transformará en breve plazo. Tráigase la pintura francesa,

elegante y de salón, pero por lo mismo demasiado idealizada, y

el artista español, todo realismo y verdad, hará un pisto ni

francés ni español, pero menos español que francés. ¿Y habrá

necio que se atreva á luchar con otro en expresar el alma del

otro, contraria á la suya propia? El pintor español que quiera

vencer á los franceses en pintar á la francesa es un loco,

porque tendrá que inventar lo que los franceses, llevándolo

dentro, no tienen más que manifestarse para conseguirlo. Loco

será el francés que pretenda escribir una historia de pícaros á

la española, porque, no llevando esa española picardía en las

venas, tendrá que ceñirse á imitar las historias picarescas

hechas por españoles, y toda imitación queda por debajo del

modelo.

Ahora se verá claramente por qué la literatura latina clásica,

imitación de la griega, trasplante de Grecia, tuvo que ser

flor de un día, entretenimiento de unos cuantos poderosos,

que no pudo gozar el pueblo romano, porque no arraigaba en el

alma nacional, ni pudo quedar sino por debajo de su modelo.

¿Fué expresión del alma romana aquella literatura, griega en

las creencias y en los dioses, en el estilo, en gran parte de

las voces? Ni lo fué, ni, por lo mismo, fué literatura romana,

más que á medias, ni más que á medias literatura griega. Los

dioses, que en Grecia lo eran de veras, fueron monigotes ó

nombres de monigotes en Roma, con los cuales jugueteaban

los literatos rebutiendo de ellos sus versos como de borra

helénica, elegante, pero borra al cabo. Las tragedias de

Terencio agradaban á los cultos, porque oían en latín lo que

en griego admiraban; el pueblo dejaba á Terencio y se iba tras

Plauto, no por lo griego, que también tenía, sino por sus

gordas sales romanas y sus romanas sentencias. La filosofía,

que en Grecia había desmenuzado los seres todos, que había

escudriñado el alma humana, perdió los vuelos de sus levantadas

elucubraciones, que se las cortó el romano, práctico hombre

de mundo y nada amigo de soñar científicamente: así patulló

por el suelo en Roma, rotas las alas, la filosofía helénica.

La tragedia, expresión ritualista de la religión griega,

vióse convertida, al llegar á Roma, en ejercicios retóricos,

lírico-prosopopeicos, para recitación de los palacios y

palmoteo interesado de algunos señorones. Y en la misma

Roma, la elocuencia, fruta verdaderamente tan romana como la

jurisprudencia, una vez quitada la libertad, terreno propio

que la hizo nacer, vióse convertida en retórica de escuela, y

retórica de escuela ha seguido siendo en las naciones nacidas

del Imperio, hasta que volvió á ellas la libertad política.

Las literaturas europeas nacieron nacionales, naturalmente;

pero sólo cuanto á las obras del pueblo; las obras eruditas,

que se sobrepusieron á las populares y las obscurecieron, la

que se llama _literatura_, rebrotó como retoño de la literatura

decaída, retórica y de imitación helénica, que vivía muriendo

en los últimos tiempos del Imperio romano. Sólo en algunos

momentos históricos, en que las nuevas naciones europeas se

sintieron fuertes y poderosas, capaces de romper las cadenas

extrañas y tradicionales, en que se fundieron en una recia

personalidad nacional las clases popular y erudita, se dieron

frutos literarios propios, nacionales, sinceros y de verdadero

valer estético, ó cuando algún ingenio sobresaliente se sintió

tan de su pueblo que, dejándose de erudiciones peregrinas, se

levantó como eco de los sentimientos de su raza. Tal en Italia

Dante, que supo interpretar el alma cristiana medieval; tal en

España el cantor de _Mio Cid_; tal el Arcipreste de Hita; tal

Cervantes en la novela caballeresca; tal Lope en el teatro.

Tal España entera en el siglo XVI, cuando el Renacimiento para

los mejores ingenios sólo sirvió de acicate, que les movió á

buscar dentro de la tradición misma española, en las entrañas

mismas del pueblo, asuntos y lenguaje, el arte entero, que

los adocenados no sabían hallar más que entre las piltrafas

desenterradas de la cultura greco-latina.

=25.= El realismo y la moral práctica en nuestro idioma,

en nuestra literatura popular y aun en la erudita cuando

es verdaderamente nacional, son notas tan manifiestas como

en nuestra filosofía. De ésta lo ha proclamado claramente

Bonilla (_Hist. de la Filosofía española_, Madrid, 1908-1911,

2 vols.). Séneca es el dechado de nuestra filosofía y lo es

de la _filosofía práctica, física y moral_; parece ignorar

la metafísica griega y hasta las elucubraciones abstractas

acerca de la teodicea y de la física. Cierto que esta nota es

propia de los romanos todos y en ella convenimos con ellos

los españoles; pero el realismo es acá harto más pujante y

dominador. Acaso la falta de cabeza idealizadora hizo que

Lucano no diese unidad á su obra y le tacharan de haber sido

más historiador que poeta épico, mientras que Virgilio fué más

épico y de historiador no tiene nada; que poeta, fuélo Lucano,

no á la manera de Virgilio ú Homero, sino á la española,

pintando lo real de la manera más viva y realista posible.

Lo maravilloso que en su obra hay se le pegó de la educación

helénica; en la literatura popular castellana no hay nada de

maravilloso. Hadas, silfos, enanos, ondinas, dríadas, gnomos,

gigantes, todo eso se queda para griegos y germanos. Las

exageraciones, como las del _Roland_ francés y de los libros

caballerescos, las deificaciones de la mujer á lo caballeresco

y provenzal, no son cosas españolas. Hasta lo caballeresco y lo

heroico tratado en los romances muda de tono y pierde todo el

extraño idealismo que trajeron de fuera. Don Quijote y Sancho

entierran con su realidad viva todos esos sueños. Acaso no

haya obra más simbólica é ideal que el _Criticón_, de Gracián,

una de las más extraordinarias obras del mundo; con todo, es

un simbolismo tan cuajado en seres concretos y vivos, que la

Virtud, la Verdad y todas las demás personificaciones obran y

hablan como personas de carne y hueso, hechos y palabras de

eterna verdad, que vive en los hechos y palabras de todos los

mortales. No hay allí metafisiquerías, maravillas ni músicas

celestiales de ninguna especie: son las ideas platónicas, como

si las hubiera hecho bajar á la tierra y vivir en el mundo.

Nuestra mística no sabe desprenderse de la ascética en sus más

levantados arrobos. Nuestra novela es la realísima picaresca.

Nuestra épica, el Romancero y _Mio Cid_. Nuestra lírica, la

copla popular.

NOTAS:

[1] _Memor. para la Hist. de la poesía cast._, I, pár. 252.

[2] Puede verse en el núm. 36 del Prólogo al Glosario de Du Cange.

[3] _Esp. Sagr._, XI, 274.

[4] Merece especial mención el _Appendix Probi_, donde se corrigen

formas del latín de Cartago del siglo III (_G. Paris_).

[5] Hasta el 450 antes de Jesucristo, poco más ó menos, el etrusco, con

su propio alfabeto, fué en Roma la única lengua literaria. (LEPSIUS,

_De Tabul. Eugub._, pág. 23).

[6] _Introd. à la Chronologie du latin vulgaire._

[7] Hay que hacer hincapié en esta idea por lo mismo que muchos hoy

parecen prescindir de ella. El elemento arcaico del latín vulgar es más

considerable de lo que creen los que se empeñan en convertirlo casi en

latín literario en la época imperial: "was wir als spätlateinisch zu

betrachten gewohnt sind, oft viele Jahrhunderte früher schon in der

alten Volkssprache gelebt hat". (VÖLFFLIN, _Arch. Lat. Lex._, I, 100).

[8] _Arch. Lat. Lex._, I, 44.

[9] Meyer-Lübke dice que las naciones romanas comienzan el año 600.

[10] HÜBNER, _Monum. ling. iber._, Berlín, 1894.

[11] LOTH, _Les mots latins dans les langues britanniques_, _Annales de

Brétagne_, VI, 561.

[12] _El porvenir de la raza blanca_, pág. 87.

ÉPOCA ROMANA

(SIGLOS I-IV)

=26.= La más añeja noticia que de las letras españolas nos ha llegado

es la que nos dejó escrita Estrabón, autor grave de la época de

Augusto, el cual nos dice que los ribereños del Betis, llamados

turdetanos, de raza española, tenían literatura y conservaban escritas

sus antiguas historias, poesías y leyes, en verso, había seis mil años,

según ellos contaban, siendo los más sabios de los españoles, y que

todos los demás indígenas también entendían de literatura y no sólo de

la del propio idioma, sino aun de las demás lenguas que en España se

hablaban. Alude, sin duda, á las literaturas romana, griega y fenicia,

que sabemos tenían los extranjeros de estas naciones avecindados en

España y con cuya comunicación muchos españoles eran bilingües y

conocían varias lenguas.

Cicerón, en su oración _Pro Archia poeta_, menciona los vates llevados

de España á Roma, el año 682, por Metelo Pío, muerto ya Sertorio,

fundador de los estudios romanos en Huesca. Nacidos aquellos poetas en

Córdoba, y discípulos, quizá, de Asclepiades, sonábale á Cicerón algo

toscamente su habla, ó ya que se resintiera del origen úmbrio de los

colonos italiotas de las orillas del Guadalquivir, ó que le chocase al

orador romano el tonillo provincial que de Córdoba traían. Pero por

los autores consta que los puros españoles tenían sus cantos y danzas

nacionales, que son, sin duda, los precedentes de lo que todavía se usa

en toda España.

Todo ello se confirma con las inscripciones y monedas españolas, que

las había, y se conservan en fenicio, griego, latín y en los caracteres

propios de estos idiomas; pero sobre todo, con las inscripciones y

monedas batidas por las ciudades puramente españolas, en caracteres

nacionales, llamados celtibéricos ó de letras desconocidas, y en el

idioma nacional.

=27.= Strab., III, i: σοφώτατοι δ' ἐξετάζονται τῶν Ἰβήρων

οὗτοι, καὶ γραμματικῇ χρῶνται, χαὶ τῆς παλαιᾶς μνήμης ἔχουσι τὰ

συγγράμματα, καὶ ποιήματα, καὶ νόμους ἐμμέτρους ἑξακισχιλίων

ἐτῶν, ὥς φασι· καὶ οἱ ἄλλοι δ' Ἴβηρες χρῶνται γραμματικῇ,

οὐ μιᾷ ἰδίᾳ· oὐδὲ γὰρ γλώττῃ ἰδίᾳ. Sarmiento, siguiendo á

Palmerio, espantado con la cifra de _seis mil años_, cree que

por ἐτῶν deba leerse ἐπῶν, _seis mil versos_. (_Memorias para

la hist. de la poesía y poét. esp._, párrafo II, n. 46). El

ἰδίᾳ alude á la lengua _propia_, además de la cual los doctos

entre los íberos sabían griego y fenicio, lenguas extrañas de

los colonos, que se les habían venido al olor de las minas

y habían asentado, en las costas sobre todo. "Asclepiades

Mirleano, que enseñó gramática (griega) en la Turdetania y

dió á luz una descripción de las naciones que habitaban la

tierra". (Strab., III, IV): καὶ Ἀσκληπιάδης ὁ Μυρλεανός, ἀνὴρ

ἐν τῇ Τουρδιτανιᾷ παιδεύσας τὰ γραμματικὰ καὶ περιήγησιν τινα

τῶν ἐθνῶν ἐκδεδωκὼς τῶν ταύτῃ. Bueno será recordar que en los

dos textos la voz _gramática_ significaba literatura. Cic.,

_De orat._: "In grammaticis poetarum pertractacio, historiarum

cognitio, verborum interpretatio, pronuntiandi quidam sonus".

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 9 / 59 段