popular es el refrán, que pudiera clasificarse como poesía
épico-didáctica; pero que abraza todos los géneros y es como el
germen de todos ellos. Ni el único fin de los refranes es la
enseñanza, ni es hacer una obra bella; en los refranes, como
en toda obra popular, se barajan tan hondamente el fondo y la
forma, que hacen un todo, inconscientemente nacido del pueblo:
así pertenecen tanto á la filosofía como á la literatura,
mezclando _utile dulce_. Si en su forma no hubiera brotado
bello el modo de expresar el pensamiento, no hubiera corrido
como refrán, pues cabalmente se repite y corre como tal el
pensamiento que ha hallado su bien entallada expresión; y una
expresión, por bella que parezca, no corre como refrán si no
entraña un pensamiento digno de retenerse por su provecho
común. Como los pensamientos de esta laya abarcan todas las
disciplinas y la vida entera, así el campo de las ideas donde
brotan refranes es inmenso y abarca todo linaje de doctrinas.
Igualmente en la forma artística, ya cuanto al estilo y
figura retórica de la expresión, ya cuanto al metro y ritmo,
la variedad es infinita, y no nace cada refrán vaciado en
determinada encella, aunque siempre suena á manera de verso, de
un metro ú otro, no pensado de antemano, y con una expresión,
metáfora ó comparación, que parece venirle como nacida. Sólo
cuando fondo, forma y sonido se ajustan entre sí acabadamente
y que, andando de boca en boca, nadie da en lo que pudiera
mejorarlo, es tenido como refrán y cunde bien asegurada su
inmortalidad. Tan sólo de tiempo en tiempo y muy á la larga,
suele remozarse alguna palabra de él, cuando ya la vieja es tan
desusada y oscura que ha menester nuevo ropaje para lucir entre
las gentes.
Al hablar de los refranes no pueden pasarse por alto las
palabras de Mal Lara en el _Preámbulo_ de _La Philosophia
vulgar_, donde se declara lo espontáneo y natural del saber
vulgar y su infalible certeza. "En los primeros hombres..., al
fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría
heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran
merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro
esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias
y en ingenios humanos; y, según dize Aristóteles, parescen
los Proverbios ó Refranes ciertas Reliquias de la antigua
Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los
hombres, y quedaron aquéllas como antiguallas... No hay refrán
que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es
de burla, como dize Hesiodo...". _Libro natural_ llama á los
refranes, y añade: "Antes que hubiese filósofos en Grecia,
tenía España fundada la Antigüedad de sus refranes... ¿Qué
más probable razón habrá que la que todos dizen y aprueban?
¿Qué más verisímil argumento que el que por tan largos años
han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades
y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los
campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno...? Es grande
maravilla que se acaben los superbos edificios, las populares
ciudades, las bárbaras Pirámides, los más poderosos reynos, y
que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reyno, divido en
todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por
todo el mundo de boca en boca, según moneda que va de mano en
mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma
ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la
señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas
por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus
lumbres".
La riqueza de formas que revisten los refranes castellanos
es maravillosa en lo ingenioso y profundo, en lo socarrón y
grave, en lo sentido y sentencioso, en lo chistoso y severo,
en lo cortado y dramático. Cuanto á la métrica, tienen parte
el paralelismo, la aliteración, la acentuación, el número
de sílabas y la rima. La rima la busca el pueblo en los
refranes; pero el metro nace como exigido por la expresión
misma espontáneamente. De aquí la grandísima variedad: 4 + 6,
4 + 7, 4 + 8, 5 + 6, 6 + 5, 6 + 7, 7 + 4, 7 + 6, 7 + 9, 8 +
6, 8 + 10, 9 + 4, 9 + 8, 4 + 6 + 4, 5 + 5 + 7, 8 + 8 + 8 + 9,
etcétera, etc. Abundan los pareados de 4 + 4, 5 + 5, 6 + 6, 7
+ 7, 8 + 8, que pueden considerarse como hemistiquios rimados
de octosílabo, de decasílabo, arte mayor, pentámetro y pie de
romance. Cuanto al acento, no siempre se sujetan los refranes
á las leyes prosódicas, como en el verso de once sílabas, el
acento en la sexta ó en la cuarta y octava; en el de diez
sílabas, el acento en la tercera y sexta; en el de nueve, en
la octava; en el de ocho, en la séptima y en la primera y
tercera ó en la segunda, quinta y octava, etc. Cuanto á la
rima, hay versificación libre, semi-rima ó concordancia de
vocales finales ó rima imperfecta ó asonante, tanto llana como
aguda, rima perfecta ó consonante, aguda ó llana, aliteración ó
congruencia de sonidos en la sílaba radical de las dos palabras
principales que se componen ó contraponen, aliteración y á la
vez asonante ó consonante, consonancia completa ó de todas las
sílabas, ó sea repetición de una misma palabra al final de los
versos y, finalmente, rima interior. Las combinaciones rítmicas
son variadísimas.
=23.= Tras los refranes vienen las canciones ó cantares,
expresión del lirismo popular, del dolor, de la alegría, del
amor con todas sus consecuencias. Las formas más populares de
la canción son la copla ó redondilla y la seguidilla, entrambas
de cuatro versos, aunque posteriormente la seguidilla tomó los
otros tres versos del estribillo. La música requiere cinco ó
seis versos, pero se repite el primero una vez al principio,
ó dos veces: una al principio, y otra al fin. Los cantares
son unas veces circunstanciales, ya por un acontecimiento
social, ya por lo que al que canta le sucede particularmente;
otras veces encierran un pensamiento ó un sentimiento común
y trascendental. En el primer caso, el cantar vive poco, aun
los de acontecimientos sociales suelen olvidarse á las pocas
generaciones; en el segundo, pueden llegar á tener vida tan
larga como los refranes, y así corren siglos y siglos, más ó
menos modificados. Si los refraneros tardaron en escribirse,
mucho más tardaron los cancioneros populares, los cuales
puede decirse que comienzan á compilarse en nuestra edad. Los
eruditos apreciaban más las canciones cortesanas y artísticas,
y así, ni un cancionero popular se imprimió en el siglo XVI
entre los muchos eruditos que vieron la luz pública. Todo lo
más, hállanse en ellos, y glosados aparte, cantares sueltos,
verdaderamente tradicionales y tan proverbiales como los mismos
refranes. Nuestro pueblo los hace con facilidad asombrosa é
ingenio estupendo. Los improvisan los mozos en sus serenatas
y rondallas tan chispeantes, tan hondos y sentimentales, que
es un duelo no se recogieran en los tiempos pasados, como
hoy se va haciendo en colecciones de las varias provincias,
sobresaliendo en esta parte los cantares baturros ó cantas de
Aragón, y los cantares y cantes andaluces y flamencos. Toda
admiración queda aquí sobrepujada por la realidad. Esta vena
fecundísima del pueblo español es de todo punto imposible que
no haya corrido en todo tiempo en esta tierra de cantares sin
fin ni cabo, tan en todo tiempo como las tonadas regionales,
que son antiquísimas, de variadísimas tonalidades en cada
tierra: en Galicia, en Asturias, en la Euscalerría, en Navarra,
en Aragón, en Andalucía, etc., etc. Aires vascongados hay
que se salen de las medidas y compases conocidos, y deben
proceder de los íberos. Podemos, pues, asegurar que desde que
se habló castellano hubo cantares populares en España, y á
ellos se alude en los escritos de todos tiempos. Un pueblo
que verdaderamente nada en un mar de sentidísimos cantares
que chorrean ingenio y delicadeza tiene que ser poeta. Grima
da pasar los ojos por los farragosos cancioneros eruditos sin
hallar una sola flor, una flor que huela, que robe las miradas,
cuando, al revolver de la esquina, se oyen, al caer de la
noche, por esas calles, á montones, sin que nadie se bajara
durante tantos siglos á recogerlas. El metro más común en las
coplas es el octosílabo, rara vez adulteradas con algún verso
de siete ó nueve sílabas, porque tal es el verso más propio
del castellano, como veremos al hablar del pie de romance,
cuyo hemistiquio es igualmente octosílabo. En cantarcillos ó
coplillas se usa el verso de seis, á veces el de cinco; en
las seguidillas, de siete y cinco alternados. Los eruditos
prefirieron en lo antiguo los metros franceses ó yámbicos, de
siete y nueve sílabas; pero presto desaparecieron, quedando
vencedores los metros trocaicos españoles, hoy los únicos que
se cantan, pues si alguna vez se hacen de siete ó nueve, el
cantor los acomoda á la música de los octosílabos por medio de
la sinalefa, sinéresis, apócopes y paragoges: tan contrarios
son á la métrica castellana. La rima de los cantares es de
dos, tres, cuatro y hasta ocho versos, todas las combinaciones
de los refranes, pareados, monorrimos, rimas alternas,
encadenadas, etc. En los de cuatro versos, la más frecuente
combinación es _abcb_, asonante ó consonante: rara es _abba_, y
más todavía _aabb_; las seguidillas, _abcbede_.
=24.= De los pueblos europeos sólo el pueblo griego tuvo un
arte y una literatura enteramente nacional, popular, castiza,
por eso fué grande y sin par el arte y la literatura de la
Grecia. El arte y la literatura son como las plantas, que
no pueden vivir sino arraigando en la tierra, y no medran
y se desenvuelven bien sino en la tierra suya propia; en
trasplantándose á otras tierras de diferente calidad,
condiciones, clima, bastardean. Verdad es que se dan plantas
lozanísimas en otras tierras de las que fueron originarias,
pero es porque en el mundo hay lugares y tierras de condiciones
muy parecidas y apropiadas para cada planta. La nación es la
tierra del arte y de la literatura, y no hay dos naciones
iguales ni casi parecidas, como hay parecidas tierras cuanto á
la aclimatación de las plantas. Por eso, toda arte ó literatura
trasplantada á otra nación bastardea y vive como en terreno
impropio. Tal es el gran principio del arte y de la literatura.
Robusteceráse y quedará aclarado con otra comparación. Toda
obra de arte es tanto mejor cuanto más personal sea, cuanto más
individual y propia de su autor y más distinta de las obras de
los demás. Porque la obra de arte es la expresión del autor que
la fragua. Y tanto más expresiva será de su autor, cuanto más
propia suya é individual y más distinta de los demás autores.
El sello de la personalidad de su autor engrandece las obras
del arte. Si todos los hombres supieran expresar su alma,
serían todos los hombres artistas; sonlo los pocos que pueden
hacerlo, y sonlo en tanto que lo pueden hacer: así la obra de
arte es más levantada, más sobresaliente, cuanto el autor pudo
poner en ella más de su alma individual, de su propia persona.
Ahora bien, cada nación, respecto de las demás, es lo que
respecto de los demás es cada individuo: cada nación tiene su
alma propia y su personalidad, tanto más sobresaliente cuanto,
¡oh, paradoja!, cuanto sobresale de las demás, cuanto menos
adocenada y común. El arte, pues, cuanto más nacional será más
expresiva del alma de una nación, y se distinguirá más del arte
de las demás naciones. Tal es la doctrina del casticismo en el
arte, en la literatura y en el idioma, que es la obra artística
por excelencia de cada nación.
Contra ella no valen ni pesan todos los reparos que los
innovadores oponen á los defensores de lo castizo en el habla.
Los extranjerismos, bien se ve, por este principio, que no
enriquecen el idioma, antes lo empobrecen. Porque lo que en
el árbol no salga de su propio tronco y savia, no sólo no
le adorna, sino que lo afea y le daña. Colgad de sus ramas
púrpuras y joyas: hasta el más rústico patán os gritará
que quitéis de él esas ricas preseas. Los extranjerismos
cuelgan, como ellas, del idioma; no sirven más que para
quitarle el calor vivificante del sol, para embarazar la
respiración pulmonar de sus hojas, para secarlo y encanijarlo,
empobreciéndole la savia y acabándole la vida. Por cada
palabra ó construcción extraña que se mezcle en el idioma, se
olviden, no una, sino muchedumbre de palabras, construcciones
y frases equivalentes, pero idiomáticas y propias. Las voces
así perdidas eran expresivas del alma nacional, llevaban el
calor y el color, el pensar y el sentir de la nación; por ellas
se usan las extrañas que saben, suenan, huelen á extraño, no
dicen nada á los oídos nacionales, porque extraña es su raíz
y procedencia, no arraigan en el suelo nacional y no pueden
llevar su savia ni su alma.
Lo que en el idioma, pasa en la literatura y en el arte en
general. No respondiendo al alma nacional, si se traen de
allende, la necesidad obliga á desfigurarlas. La expresión de
la personalidad nacional, que forzosamente ha de manifestarse
en sus obras artísticas y literarias, se ve mezclada con la
expresión propia y diferente de la nacionalidad que ellas traen
de fuera consigo, y el forzoso resultado es una mezcla, que ni
es cosa propia ni extraña, sino común. Y expresión común ó arte
común no puede ser arte ni expresión sobresaliente, artística.
Trasplántese á España la arquitectura del Norte, y la necesidad
la transformará en breve plazo. Tráigase la pintura francesa,
elegante y de salón, pero por lo mismo demasiado idealizada, y
el artista español, todo realismo y verdad, hará un pisto ni
francés ni español, pero menos español que francés. ¿Y habrá
necio que se atreva á luchar con otro en expresar el alma del
otro, contraria á la suya propia? El pintor español que quiera
vencer á los franceses en pintar á la francesa es un loco,
porque tendrá que inventar lo que los franceses, llevándolo
dentro, no tienen más que manifestarse para conseguirlo. Loco
será el francés que pretenda escribir una historia de pícaros á
la española, porque, no llevando esa española picardía en las
venas, tendrá que ceñirse á imitar las historias picarescas
hechas por españoles, y toda imitación queda por debajo del
modelo.
Ahora se verá claramente por qué la literatura latina clásica,
imitación de la griega, trasplante de Grecia, tuvo que ser
flor de un día, entretenimiento de unos cuantos poderosos,
que no pudo gozar el pueblo romano, porque no arraigaba en el
alma nacional, ni pudo quedar sino por debajo de su modelo.
¿Fué expresión del alma romana aquella literatura, griega en
las creencias y en los dioses, en el estilo, en gran parte de
las voces? Ni lo fué, ni, por lo mismo, fué literatura romana,
más que á medias, ni más que á medias literatura griega. Los
dioses, que en Grecia lo eran de veras, fueron monigotes ó
nombres de monigotes en Roma, con los cuales jugueteaban
los literatos rebutiendo de ellos sus versos como de borra
helénica, elegante, pero borra al cabo. Las tragedias de
Terencio agradaban á los cultos, porque oían en latín lo que
en griego admiraban; el pueblo dejaba á Terencio y se iba tras
Plauto, no por lo griego, que también tenía, sino por sus
gordas sales romanas y sus romanas sentencias. La filosofía,
que en Grecia había desmenuzado los seres todos, que había
escudriñado el alma humana, perdió los vuelos de sus levantadas
elucubraciones, que se las cortó el romano, práctico hombre
de mundo y nada amigo de soñar científicamente: así patulló
por el suelo en Roma, rotas las alas, la filosofía helénica.
La tragedia, expresión ritualista de la religión griega,
vióse convertida, al llegar á Roma, en ejercicios retóricos,
lírico-prosopopeicos, para recitación de los palacios y
palmoteo interesado de algunos señorones. Y en la misma
Roma, la elocuencia, fruta verdaderamente tan romana como la
jurisprudencia, una vez quitada la libertad, terreno propio
que la hizo nacer, vióse convertida en retórica de escuela, y
retórica de escuela ha seguido siendo en las naciones nacidas
del Imperio, hasta que volvió á ellas la libertad política.
Las literaturas europeas nacieron nacionales, naturalmente;
pero sólo cuanto á las obras del pueblo; las obras eruditas,
que se sobrepusieron á las populares y las obscurecieron, la
que se llama _literatura_, rebrotó como retoño de la literatura
decaída, retórica y de imitación helénica, que vivía muriendo
en los últimos tiempos del Imperio romano. Sólo en algunos
momentos históricos, en que las nuevas naciones europeas se
sintieron fuertes y poderosas, capaces de romper las cadenas
extrañas y tradicionales, en que se fundieron en una recia
personalidad nacional las clases popular y erudita, se dieron
frutos literarios propios, nacionales, sinceros y de verdadero
valer estético, ó cuando algún ingenio sobresaliente se sintió
tan de su pueblo que, dejándose de erudiciones peregrinas, se
levantó como eco de los sentimientos de su raza. Tal en Italia
Dante, que supo interpretar el alma cristiana medieval; tal en
España el cantor de _Mio Cid_; tal el Arcipreste de Hita; tal
Cervantes en la novela caballeresca; tal Lope en el teatro.
Tal España entera en el siglo XVI, cuando el Renacimiento para
los mejores ingenios sólo sirvió de acicate, que les movió á
buscar dentro de la tradición misma española, en las entrañas
mismas del pueblo, asuntos y lenguaje, el arte entero, que
los adocenados no sabían hallar más que entre las piltrafas
desenterradas de la cultura greco-latina.
=25.= El realismo y la moral práctica en nuestro idioma,
en nuestra literatura popular y aun en la erudita cuando
es verdaderamente nacional, son notas tan manifiestas como
en nuestra filosofía. De ésta lo ha proclamado claramente
Bonilla (_Hist. de la Filosofía española_, Madrid, 1908-1911,
2 vols.). Séneca es el dechado de nuestra filosofía y lo es
de la _filosofía práctica, física y moral_; parece ignorar
la metafísica griega y hasta las elucubraciones abstractas
acerca de la teodicea y de la física. Cierto que esta nota es
propia de los romanos todos y en ella convenimos con ellos
los españoles; pero el realismo es acá harto más pujante y
dominador. Acaso la falta de cabeza idealizadora hizo que
Lucano no diese unidad á su obra y le tacharan de haber sido
más historiador que poeta épico, mientras que Virgilio fué más
épico y de historiador no tiene nada; que poeta, fuélo Lucano,
no á la manera de Virgilio ú Homero, sino á la española,
pintando lo real de la manera más viva y realista posible.
Lo maravilloso que en su obra hay se le pegó de la educación
helénica; en la literatura popular castellana no hay nada de
maravilloso. Hadas, silfos, enanos, ondinas, dríadas, gnomos,
gigantes, todo eso se queda para griegos y germanos. Las
exageraciones, como las del _Roland_ francés y de los libros
caballerescos, las deificaciones de la mujer á lo caballeresco
y provenzal, no son cosas españolas. Hasta lo caballeresco y lo
heroico tratado en los romances muda de tono y pierde todo el
extraño idealismo que trajeron de fuera. Don Quijote y Sancho
entierran con su realidad viva todos esos sueños. Acaso no
haya obra más simbólica é ideal que el _Criticón_, de Gracián,
una de las más extraordinarias obras del mundo; con todo, es
un simbolismo tan cuajado en seres concretos y vivos, que la
Virtud, la Verdad y todas las demás personificaciones obran y
hablan como personas de carne y hueso, hechos y palabras de
eterna verdad, que vive en los hechos y palabras de todos los
mortales. No hay allí metafisiquerías, maravillas ni músicas
celestiales de ninguna especie: son las ideas platónicas, como
si las hubiera hecho bajar á la tierra y vivir en el mundo.
Nuestra mística no sabe desprenderse de la ascética en sus más
levantados arrobos. Nuestra novela es la realísima picaresca.
Nuestra épica, el Romancero y _Mio Cid_. Nuestra lírica, la
copla popular.
NOTAS:
[1] _Memor. para la Hist. de la poesía cast._, I, pár. 252.
[2] Puede verse en el núm. 36 del Prólogo al Glosario de Du Cange.
[3] _Esp. Sagr._, XI, 274.
[4] Merece especial mención el _Appendix Probi_, donde se corrigen
formas del latín de Cartago del siglo III (_G. Paris_).
[5] Hasta el 450 antes de Jesucristo, poco más ó menos, el etrusco, con
su propio alfabeto, fué en Roma la única lengua literaria. (LEPSIUS,
_De Tabul. Eugub._, pág. 23).
[6] _Introd. à la Chronologie du latin vulgaire._
[7] Hay que hacer hincapié en esta idea por lo mismo que muchos hoy
parecen prescindir de ella. El elemento arcaico del latín vulgar es más
considerable de lo que creen los que se empeñan en convertirlo casi en
latín literario en la época imperial: "was wir als spätlateinisch zu
betrachten gewohnt sind, oft viele Jahrhunderte früher schon in der
alten Volkssprache gelebt hat". (VÖLFFLIN, _Arch. Lat. Lex._, I, 100).
[8] _Arch. Lat. Lex._, I, 44.
[9] Meyer-Lübke dice que las naciones romanas comienzan el año 600.
[10] HÜBNER, _Monum. ling. iber._, Berlín, 1894.
[11] LOTH, _Les mots latins dans les langues britanniques_, _Annales de
Brétagne_, VI, 561.
[12] _El porvenir de la raza blanca_, pág. 87.
ÉPOCA ROMANA
(SIGLOS I-IV)
=26.= La más añeja noticia que de las letras españolas nos ha llegado
es la que nos dejó escrita Estrabón, autor grave de la época de
Augusto, el cual nos dice que los ribereños del Betis, llamados
turdetanos, de raza española, tenían literatura y conservaban escritas
sus antiguas historias, poesías y leyes, en verso, había seis mil años,
según ellos contaban, siendo los más sabios de los españoles, y que
todos los demás indígenas también entendían de literatura y no sólo de
la del propio idioma, sino aun de las demás lenguas que en España se
hablaban. Alude, sin duda, á las literaturas romana, griega y fenicia,
que sabemos tenían los extranjeros de estas naciones avecindados en
España y con cuya comunicación muchos españoles eran bilingües y
conocían varias lenguas.
Cicerón, en su oración _Pro Archia poeta_, menciona los vates llevados
de España á Roma, el año 682, por Metelo Pío, muerto ya Sertorio,
fundador de los estudios romanos en Huesca. Nacidos aquellos poetas en
Córdoba, y discípulos, quizá, de Asclepiades, sonábale á Cicerón algo
toscamente su habla, ó ya que se resintiera del origen úmbrio de los
colonos italiotas de las orillas del Guadalquivir, ó que le chocase al
orador romano el tonillo provincial que de Córdoba traían. Pero por
los autores consta que los puros españoles tenían sus cantos y danzas
nacionales, que son, sin duda, los precedentes de lo que todavía se usa
en toda España.
Todo ello se confirma con las inscripciones y monedas españolas, que
las había, y se conservan en fenicio, griego, latín y en los caracteres
propios de estos idiomas; pero sobre todo, con las inscripciones y
monedas batidas por las ciudades puramente españolas, en caracteres
nacionales, llamados celtibéricos ó de letras desconocidas, y en el
idioma nacional.
=27.= Strab., III, i: σοφώτατοι δ' ἐξετάζονται τῶν Ἰβήρων
οὗτοι, καὶ γραμματικῇ χρῶνται, χαὶ τῆς παλαιᾶς μνήμης ἔχουσι τὰ
συγγράμματα, καὶ ποιήματα, καὶ νόμους ἐμμέτρους ἑξακισχιλίων
ἐτῶν, ὥς φασι· καὶ οἱ ἄλλοι δ' Ἴβηρες χρῶνται γραμματικῇ,
οὐ μιᾷ ἰδίᾳ· oὐδὲ γὰρ γλώττῃ ἰδίᾳ. Sarmiento, siguiendo á
Palmerio, espantado con la cifra de _seis mil años_, cree que
por ἐτῶν deba leerse ἐπῶν, _seis mil versos_. (_Memorias para
la hist. de la poesía y poét. esp._, párrafo II, n. 46). El
ἰδίᾳ alude á la lengua _propia_, además de la cual los doctos
entre los íberos sabían griego y fenicio, lenguas extrañas de
los colonos, que se les habían venido al olor de las minas
y habían asentado, en las costas sobre todo. "Asclepiades
Mirleano, que enseñó gramática (griega) en la Turdetania y
dió á luz una descripción de las naciones que habitaban la
tierra". (Strab., III, IV): καὶ Ἀσκληπιάδης ὁ Μυρλεανός, ἀνὴρ
ἐν τῇ Τουρδιτανιᾷ παιδεύσας τὰ γραμματικὰ καὶ περιήγησιν τινα
τῶν ἐθνῶν ἐκδεδωκὼς τῶν ταύτῃ. Bueno será recordar que en los
dos textos la voz _gramática_ significaba literatura. Cic.,
_De orat._: "In grammaticis poetarum pertractacio, historiarum
cognitio, verborum interpretatio, pronuntiandi quidam sonus".