canciones, romances, se expresa en lenguaje figurado, mientras
que en la ciencia teórica la expresión es directa, lógica;
explica lo invisible por lo visible, habla á la imaginación,
no conoce el lenguaje abstracto ni el análisis en que se
declara la ciencia de los sabios; sus silogismos son vivientes
encarnaciones estéticas, sus verdades no se encasillan en
conceptos abstractos, sino que se vierten en hechos vivos, en
figuras sensibles. El refrán es obra de poesía, de intuición;
la ciencia es obra de abstracción, de razonamiento. El refrán
dice las verdades pintando los hechos; la ciencia, abstrayendo
fórmulas.
Parecidas cualidades encierra el conocimiento histórico
popular, cotejado con la historia erudita. Toda la literatura
sabia puede reducirse á lo de Horacio: _res gestae regumque
ducumque et tristia bella_. La Historia de España es la
historia de sus reyes, no la de la nación española de su vida,
de su cultura, de sus instituciones. Las narraciones populares,
del Romancero y de las gestas, diríanse una protesta contra
esas Crónicas reales, personificando al pueblo en Bernardo
del Carpio, Fernán González, el Cid, contra la monarquía. No
que contra ella vaya el espíritu popular castellano, antes se
muestra amantísimo de sus reyes; sino que se complace en salir
por los fueros del común y goza con sus triunfos y pena con sus
desastres, personificándolo en caudillos que son otros que sus
reyes, retratando así la lucha natural entre el egoísmo de uno
y la sumisión de la muchedumbre. No suelen ser los reyes los
más cantados por la musa popular, sino los personajes, á veces
obscuros, que simbolizan los ideales del pueblo ó sus penas
y sentimientos. Lo que es esencial al cantor é historiador
erudito es secundario á la musa popular, y, al revés, le es á
ella esencial lo que deja en la sombra el escritor erudito.
La verdad histórica en las narraciones populares, tamizadas por
los siglos, es mayor en el fondo, siquiera lo sea menos en los
accesorios: el espíritu es más independiente, la palabra más
ingenua, los juicios más desinteresados é imparciales, porque
el pueblo, al través de los tiempos, por ser impersonal, ni
adula ni teme, ni se inclina á una ú otra bandería más que á
la parte donde le lleva el peso del saber popular encerrado
en sus refranes, de la moral eterna encerrada en el sentido
común. Si fuera parcial, una parte del pueblo no aceptaría la
narración, y así ha de quedar apurada por el parecer de todos
antes de llegar á ser popular. Además, la narración del erudito
queda á veces sacrificada al arte, á un buen dicho, á un rasgo
elegante, á una frase, al afeite exterior, al golpe y efecto
que desea producir en el público; la popular carece de toda
afectación y propósito técnico, es natural, y su arte consiste
en no tenerlo sino inconscientemente.
La musa popular castellana se distingue, además, de la de
otros pueblos por no hacer intervenir lo maravilloso más que
en una justa medida. Cree en apariciones de Santiago y de
otros bienaventurados y en milagros, pero mucho menos que los
autores del mester de clerezia, y todo ello puede reducirse
al providencialismo, que el pueblo español reconoce; pero
no adolece del carácter quimérico y fantástico que saca de
la realidad á la épica arábiga, francesa ó germánica, donde
hormiguean tantos entes de razón, filtros, talismanes,
varillas encantadoras, hadas, jayanes, enanos, nigrománticos,
magas, encantamientos. Solos algunos agüeros, restos latinos,
quedan en la poesía popular castellana como en el pueblo,
y aun en esto, los demás pueblos europeos, y hoy mismo las
clases elevadas de fuera de España, son infinitamente más
supersticiosas. El simbolismo que personifica vicios, virtudes,
doctrinas, no es del genio popular castellano, sino sólo de
los eruditos, que lo mamaron en Italia. Lo más propio de la
narración popular es el predominio de lo concreto sobre lo
abstracto, el pormenor ahoga á la idea del hecho, lo individual
á lo general. El árido cronicón escueto es el comienzo de
la narración erudita; la escena pintoresca, el germen de la
narración popular; las vastas síntesis descuellan en aquélla,
en ésta los hechos particulares. El pueblo no es generalizador,
porque es más poeta; no ama los abstractos conceptos, sino los
cuadros vivos; no labra sus obras con el seco razonamiento que
abstrae fórmulas científicas, sino con la jugosa visión y la
fantasía pintadora de rasgos particulares. Y con todo, en lo
hondo de esas visiones particulares hállase con mayor brío y
con toda la fuerza de la realidad la doctrina abstracta y el
conjunto de hilos que traman la doctrina científica, la cual,
por presentarnos el erudito de un golpe, sacada de los quicios
vivos de la realidad, pierde su fuerza, no se imprime tanto
en el lector y se olvida fácilmente; es una doctrina ahilada
y enclenque, menos fecunda, por lo mismo, en hechos y en la
práctica de la vida, mientras que la doctrina desleída en
hechos de la narración popular, clavándose más hondo, acicatea
continuamente á las grandes y virtuosas acciones. Así resulta
que el arte erudito, al parecer más filosófico, es de hecho
menos filosófico que el arte popular.
=20.= En punto á gustos y criterios estéticos, sabido es
que necedad es escribir. Hombres hay nacidos para todo lo
artificial, convencional, afectado, en suma, para gustar de
la mentira; otros aborrecen cuanto empañe la naturalidad.
Los primeros jamás sabrán apreciar el arte popular. Y el
mejor encomio que del arte popular puede hacerse es que jamás
traspasa las lindes de la naturalidad; la afectación es su
mayor contraria. En cambio, el arte erudito, de letrados, de
cultos, está tan á dos pasos de la afectación, que en ella
bastardea siempre en las épocas de decadencia, y aun en las de
mayor esplendor son contadas las obras eruditas que por alguna
afectación no se vean mancilladas. Ahora bien, la naturalidad
es la primera virtud del arte, y el peor vicio la afectación.
La lucha entre el gusto popular ó natural y el afectado
ó erudito, que, por lo dicho, bien pueden aparearse ambas
tendencias con la virtud y vicio más comunes, se da hasta en
los grandes ingenios, arrastrados por su elevado criterio á
buscar lo popular, y refrenados por la vanidad, que les hace
temer no sean contados entre la gente no leída. La hallamos en
Lope de Vega, mayormente en su _Arte nuevo de hacer comedias_.
"En Lope hay dos hombres, escribe M. Pelayo (_Ideas estét._, t.
II, vol. II, pág. 446), el gran poeta _español_ y _popular_, y
el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con
_la tradición_ latina é italiana. Estas dos mitades de su ser
se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes,
y, según las ocasiones, triunfa la una ó triunfa la otra. Con
su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia más ó menos
clara de la grandeza de su obra... Pero al mismo tiempo se
acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros
llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor ó peor
entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la
mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades.
De aquí contradicción y aflicción en su espíritu... Sobre el
mismo que en la práctica audazmente rompe las cadenas de la
antigua estética, suelen pesar enormemente el prestigio y la
reverencia de mil trivialidades de gramáticos y retóricos...:
unas veces hacía gala de menospreciar su teatro, declarando
que "las comedias eran flores del campo de su vega que sin
cultura nacían"; pero que "él tenía ingenio y letras para más,
como lo mostraban los libros suyos, que corrían por Italia
y Francia", es decir, sus obras líricas y épicas, lo que la
posteridad estima menos". Como si el arte del pueblo y el de
los sobresalientes ingenios necesitase esa _cultura_ erudita,
y como si el _ingenio_ hiciese falta para la erudición á quien
basta el trabajo y un mediano talento. "Otras veces, por el
contrario, anunciaba el advenimiento de una _poética invisible,
que se ha de sacar ahora de los libros vulgares_. Pero llegado
á formular esta Poética, avergonzábase de aparecer como un
ignorante y un bárbaro ante los italianos ó ante los cultísimos
ingenios que componían la Academia Matritense..., y llama
_bárbaro_ de mil modos al pueblo que, teniendo razón contra él,
se obstinaba en aplaudirle, y se llama bárbaro á sí mismo, y
hace como que se ruboriza de sus triunfos por contemplación á
los doctos "refinados y discretos", y se disculpa con la dura
ley de la necesidad, como si hubiese prostituido el arte á los
caprichos del vulgo; y hace alardes pedantescos de tener en la
uña la poética de Aristóteles y sus comentadores".
Del mezclar lo trágico con lo cómico dice que "aunque resulte
un minotauro",
"Buen ejemplo nos da Naturaleza,
Que por tal variedad tiene belleza".
Lo que es belleza en el universo es, pues, monstruoso para
los eruditos. Es la eterna antinomia entre la naturaleza,
inconscientemente sabia, y la docta y presuntuosa reflexión
humana.
Algunos piensan que en España no hubo Renacimiento, porque
así se desviaron nuestros ingenios de la pauta italiana y
aun latina, como Lope en el teatro y Velázquez en la pintura
al romper con Pacheco y la escuela clásica. Si á imitar lo
extraño se hubiesen ceñido, ¿qué linaje de renacimiento fuera?
Renacimiento de aprendices. Los españoles se apropiaron las
ideas del Renacimiento, y, conforme á su verdadero espíritu, se
lanzaron por sí á no esperadas aventuras, poniendo su propio y
nacional sello al Renacimiento español.
"Con los versos extranjeros,
En que Laso y Boscán fueron primeros,
Perdimos la agudeza, gracia y gala,
Tan propia de españoles...
Y así ninguno lo que imita iguala,
Y son en sus escritos inferiores,
Pues ninguno en el método extranjero
Puso su ingenio en el lugar primero".
Así Lope, en _La Filomena_ (parte segunda). Y no le dejemos
sin que nos diga lo que sentía del popular romance (pról. á
las _Rimas_): "Algunos quieren que los romances sean cartilla
de los poetas; yo no lo siento así; antes bien los hallo
capaces, no sólo de exprimir y declarar cualquier concepto con
fácil dulzura, pero de proseguir toda grave acción de numeroso
poema. Y _soy tan de veras español_ en esto, que por ser en
nuestro idioma natural este género, no me puedo persuadir que
no sea digno de toda mi estimación". Y al escribir _La Dorotea_
recomienda la prosa para el drama realista, "porque siendo la
_Dorotea tan cierta imitación de la verdad_, le pareció que
no lo sería hablando las personas en verso, como las demás
que ha escrito... Si algún defecto hubiese en el arte..., sea
la disculpa _la verdad_, que más quiso el Poeta seguirla que
estrecharse á las _impertinentes_ reglas de la fábula".
=21.= No se distingue lo popular de lo erudito en que lo
popular sea producto inmediato de todo el pueblo y lo erudito
de un solo individuo, puesto que siempre es un individuo el
autor inmediato de cualquier obra popular. "La distinción
nace de que la recíproca no es verdadera, diremos con Costa
(pág. 136): el artista no siempre especifica ni declara en sus
creaciones el sentimiento artístico de la colectividad de que
forma parte: no es siempre intérprete fiel de su pueblo; sus
obras no encuentran eco siempre en el alma de éste ni hablan
el lenguaje de la universalidad": tal es el artista erudito.
Por el contrario, lo popular es obra de un individuo, pero como
ministro é intérprete del pueblo todo y su obra á veces la va
perfeccionando ó amoldando el pueblo, limando lo que no es
enteramente conforme á su espíritu, lo que el individuo le pudo
poner de subjetivo y _no popular_.
Entre lo enteramente popular y lo enteramente erudito
caben muchos grados: obras hay populares que tienen dejos
eruditos, y el pueblo, con el tiempo, se los va quitando;
obras eruditas que tienen mucho ó poco de populares, y el
pueblo gusta, más ó menos, en consecuencia, de ellas; obras
eruditas puramente, que para el pueblo son letra muerta.
Así se comprende que haya obras hechas por eruditos, que
el pueblo se apropia tarde ó temprano, por ser populares
en lo principal y costarle más ó menos tiempo al pueblo el
quitarle lo que no le es á él acomodado. Artistas populares
son los que Carlyle llamó _héroes_, los intérpretes que con su
levantado ingenio individual fueron voz de las aspiraciones
más ó menos conscientes del pueblo, hombres que, sintiendo
lo que todos, vieron y supieron expresar lo que ninguno otro
pudo. Otras veces son varias las voces, todas débiles, pero
una entre ellas, la más popular y expresiva de las populares
necesidades vence, y otros intérpretes populares van después
robusteciéndola, como acaece con las costumbres que se van
convirtiendo en leyes; el código es popular; pero en cuanto
salió, por mano de un individuo, de las costumbres populares,
que ya de hecho eran leyes por el uso recibido. Un individuo es
el que supo expresar en forma lapidaria lo que todo el mundo
sentía y no acertaba con su propia expresión. Así nace el
refrán, el cantar, el romance, el poema popular. El pueblo lo
desbasta de lo que no dice con su manera de sentir, de lo que
el individuo puso en él de subjetivo y no común ni popular; el
nombre mismo del autor se olvida al hacerse en cierta manera
obra de todos la que comenzó siendo obra de uno: "Ea quoque
quae vulgo recepta sunt, hoc ipso quod incertum auctorem
habent, velut omnium fiunt". (Quintil., _Inst._, 5, 11). El
autor individual sacrifica su fama por el mismo hecho de ser
enteramente popular; y si no queriendo sacrificarla pone en su
obra más elementos subjetivos, antipopulares, correrá su nombre
entre los eruditos, pero su obra no será apreciada más que por
el escaso número de ellos. Así nacieron las llamadas rapsodias
griegas ó retazos, en las que, como Wolf dijo, "la Grecia se
cantó á sí misma", hasta que en tiempo de los Pisistrátidas,
juntos todos los pedazos por algunos eruditos de Atenas,
salieron en su forma corriente la _Ilíada_ y la _Odisea_. No
hubo, acaso, tal Homero ó autor único; los homeros fueron los
ciegos rapsodas, que cantaban los trozos y los iban aumentando
ó mejorando y añadiendo otros nuevos á los ya conocidos. Muchos
de aquellos retazos desaparecían; los mejores, aprobados por el
pueblo y hechos así populares, duraron y fueron merecedores de
formar la epopeya griega ú homérica. "Toda obra literaria, dice
Costa (pág. 155), es de creación individual: _erudita_, cuando,
por razón de su contenido, es subjetiva ó extemporánea, hija de
la pura individualidad del artista, cuando no reconoce por base
los materiales fragmentarios ofrecidos por la tradición ni ha
bebido su inspiración en el arsenal de los recuerdos vivos y
de las creencias y aspiraciones ideales de la sociedad, cuando
la sociedad no ha sido consultada ni atendida; _popular_,
en el caso contrario, cuando el poeta se ha hecho nación,
raza, humanidad, desprendiéndose de todo elemento egoísta y
particular, empapándose del sentido universal histórico é
informándolo en un cuerpo esplendoroso, cuando el pueblo se
reconoce objetivado en la obra, la acoge y la sanciona con
la aprobación y se la transubstancia, haciéndola carne de su
carne y hueso de sus huesos. En lo cual no difiere un ápice
el refrán ó el romance del poema cíclico ó de la epopeya: la
diferencia es meramente cuantitativa". La colaboración popular
va perfeccionando la obra. El primer romance ó gesta cuenta
el hecho escueto, prosaico; pero en alas de la musa popular,
al pasar de boca en boca, de generación en generación, va
tomando por una parte más color y brío en los pormenores,
como lo toman las noticias, y como ellas, va, por otra parte,
idealizándose y agrandándose y agigantándose, haciéndose hasta
maravilloso y sobrehumano el personaje. Así nacieron, por
evolución, los héroes, y tan héroes son el Cid y Bernardo del
Carpio en España, como Aquiles y Ulises en Grecia. Alrededor de
esos héroes va creando cada región los suyos, de donde nacen
los poemas cíclicos y los ciclos de gestas y romances, todos
eslabonados en torno de una empresa como Troya ó la Reconquista
ó de algunos héroes más sobresalientes. "Quem conta hum conto,
sempre lhe accrescenta hum ponto", dice el refrán portugués.
Ni las leyendas anteislámicas de Antara salieron desgajadas de
un poema único, ni las rapsodias helénicas, ni los romances
castellanos de una gesta; antes los retazos fueron cosiéndose
hasta formar poemas, gestas y leyendas, y la síntesis siempre
fué posterior al análisis. Así es anterior el refrán al cantar,
el cantar al romance, el romance al poema, sin que al nacer
cada uno de estos géneros perezca el anterior, sino que convive
con él y le da siempre nueva savia y acrecentamiento.
Un cantar, copla, quintilla, seguidilla, no es más que el mismo
dicho apodíctico en que consiste el refrán; pero parafraseado,
ensanchado, dispuesto para el canto, y así en todo cantar se
encierra, tácita ó expresamente, un refrán, y todo refrán
puede desdoblarse en un cantar. Refranes se han llamado á
los estribillos de las canciones, que lo glosan y nada más:
"Fecieronle (á D. Jaime I) un cantar, de que non me acuerdo
sinon del refrán: Rey bello que Deos confonda, | tres son esta
con a de Malonda", escribe D. Juan Manuel. Los _Proverbios_
de Santillana son refranes glosados. "Mi madre me lo predica
| y yo la digo: | _Predicar en desierto_ | _sermón perdido._"
"En la isla de León | se pesca con hilo y caña: | _por la boca
muere el pez_; | cuenta con lo que se habla".
Un romance no es más que una canción desarrollada en sus
pormenores, ó varias canciones zurcidas, explicativas del mismo
hecho. Por eso se llamaron _Cantares_ las gestas ó narraciones
largas, y _Coplas_ las composiciones largas, como las de
_¡Ay, panadera!_, ó las del _Provincial_. Cantares glosados,
ampliados, los hay á montones. El cantarcillo "Sí, ¡ganada es
Antequera! | ¡Ojalá Granada fuera!", dió nacimiento al romance:
"¡Sí! me levantara un día...". Otras veces sale de un golpe el
romance entero, y es lo ordinario; pero no es más que un cantar
que necesita muchos versos para exponerse todo el hecho.
La gesta ó poema sale de los retazos ó rapsodias cuando un
poeta junta en un todo lo que se cantaba esparcido acerca de
un mismo asunto. Tal dice hoy la filología que pasó con los
poemas homéricos, y tal debemos concluir que sucedió con muchas
gestas. ¿Quién duda si no, que antes de componerse el _Mio
Cid_ se cantaron trozos sueltos sobre cada uno de los hechos
que esta gesta abarca? Los trozos poéticos que entraron en las
_Crónicas_ creyeron Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo que lo son
de gestas largas; ¿y por qué no de retazos, de pedazos, que
aún no llegaron á coserse ó á fundirse en una gesta ó poema?
Nadie ha probado hubiese tales poemas. Sólo se sabe por las
_Crónicas_ que hubo retazos, pues retazos y no poemas entraron
en ellas. Hubo, pues, rapsodias, romances, digamos, y nada más;
y de ellos sólo llegaron á cuajar algunos poemas ó gestas: el
de Fernán González y los dos del Cid. Los romances viejos de
los siglos XV y XVI son tan rapsodias como las que entraron
en las _Crónicas_. En qué se diferenciaran de las rapsodias ó
romances más antiguos de las _Crónicas_ y de las que cuajaron
en poemas ó gestas largas es otra cuestión; pero los romances
viejos son sucesores de los más antiguos que debemos de suponer
y que sin suposición hallamos diluidos en la prosa de las
_Crónicas_: quiero decir que, en sustancia, es el mismo género,
aunque pudieran diferenciarse accidentalmente, á la manera
que de los romances viejos se diferenciaron los posteriores
eruditos y los mismos populares, que el pueblo sigue cantando.
Todos los días asistimos á la creación de romances: los vemos
componer á propósito de un crimen, de una desgracia privada ó
pública, de un acontecimiento glorioso. No eran los hombres
antaño diferentes de los de hogaño: así hacían romances en el
siglo XV y los hacían en el siglo XII y los hicieron antes.
Cuando el acontecimiento ó el héroe daban de sí por la variedad
de hechos, se hacían otros tantos, contándolos. Llegaba un
ingenio sobresaliente, y, juntando los asuntos de todos los
pertenecientes á un acaecimiento ó héroe, y aun recosiendo
los romances sueltos, fraguaba una gesta ó un poema. Eso se
ha hecho siempre y en todas partes, y no vamos á creer que en
España solamente se hiciera lo contrario, que primero hubo
gestas ó poemas y luego trozos ó romances de ellos descosidos.
Los romances del siglo XV aguardaban un ingenio que con ellos
forjase un poema, ó varios ingenios que recogiesen en un poema
los romances de cada ciclo. No nacieron tales ingenios épicos,
porque los tiempos mejores de la épica habían pasado. Pero hubo
ingenios dramáticos que con ellos hicieron dramas, que no es
otro el drama que la épica de tiempos más cultos, como se ve
en Grecia y en todas partes. ¿Qué otra cosa hicieron Juan de
la Cueva, Matos Fragoso y Lope de Vega con los romances de los
_Infantes de Lara_, al componer sus dramas? La mitad del teatro
de Lope, ¿no está formada sobre leyendas más ó menos cantadas
antes de él? Por eso fué Lope popular, como lo fué Esquilo
y lo fueron sus sucesores, por poner en escena las antiguas
rapsodias y leyendas griegas. _Las mocedades del Cid_, de
Guillén de Castro, son los romances dramatizados. Y esto mismo
puede decirse de todo el teatro español popular, á diferencia
del erudito, que se entretenía en repetir asuntos mitológicos ó
extranjeros, que desconocía el pueblo.
Entender que la primera manifestación artística de Grecia
fueron los poemas homéricos, y la primera española fueron
las gestas de _Mio Cid_ y las que sueñan algunos diluidas en
las _Crónicas_, equivaldría á proclamar las _Doce Tablas_ ó
el _Digesto_ como primera manifestación en Roma del derecho.
Sostener, como Damas-Hinard, que los primeros monumentos de la
poesía popular española fueron poemas hechos y derechos, y que,
efecto de su descomposición posterior, nacieron los romances,
es desconocer el proceso de las obras sociales é individuales,
que es enteramente el inverso. Y eso han sostenido M. Pidal y
M. Pelayo. Todo cantar es breve por tener que acompañarle la
música: el poema ó la gesta es refundición de muchos cantares:
"Arma virunque _cano_", "_Canto_ l'arme pietose", "Eu _canto_ o
peito ilustre Lusitano".
Ahora bien, la primitiva poesía es siempre cantada, y á ello
alude todo el tecnicismo poético. Luego los cantares cortos
fueron antes que los largos ó poemas. "Los primeros principios
de los versos menores en España, dijo el P. Sarmiento
(_Memor. p. hist. poes._, § 404-405) habrán sido los adagios
ó proverbios, y los versos mayores se compondrán de los
menores... No se podrá oponer que el refrán, que se comprende
en un metro, tuvo origen en el metro de los poetas, antes bien
se podría decir que los poetas hicieron ó formaron tal y tal
metro, á imitación de los adagios". "El proverbio se trasformó
en canto" (Wolf, citado por Milá, _Poesía heroico-pop._, pág.
49). Los refranes son tan viejos como los idiomas, aunque su
expresión vaya modernizándose al mismo paso que éstos. Los
himnos ó cantos cortos, esto es, las canciones, son las más
primitivas manifestaciones literarias en todos los pueblos;
pocos son los que llegan á tener poemas y dramas, y siempre
son posterior perfeccionamiento y síntesis de las canciones,
después de desarrolladas en rapsodias ó, digamos, romances.
Como ejemplo práctico de esta evolución de la poesía trae
acertadamente Costa (pág. 213) el refrán: "Entrarásle por la
manga, saldrá por el cabezón", y la leyenda en romances y
en drama y en poema, que lo es el _Moro expósito_, y el de
los Infantes de Lara. Su gesta, que M. Pidal ha visto en las
_Crónicas_, yo no la percibo; sólo veo trozos, rapsodias,
romances, en suma. La gesta, ó poema, ó drama, salió mucho
después bajo la pluma de Lope y de Saavedra.