=13.= En el castellano primitivo, formado del latín vulgar y del

éuscaro, hay que distinguir: 1.º, el elemento éuscaro de voces las

más corrientes y que expresaban los conceptos más tradicionales; 2.º,

el elemento vulgar latino, de voces también comunes y de otras que el

buen tono de la sociedad romana ponía de moda y de las que la cultura

latina trajo como ideas nuevas para los indígenas; 3.º, finalmente,

el elemento de evolución, que fué formando nuevas voces y acepciones,

barajando los radicales y sufijos de entrambas lenguas. Por cima de

esta habla vulgar, los eruditos, romanos y españoles, fueron añadiendo

el elemento _erudito_, que no llegando al pueblo, no entraba de lleno

en la turquesa fonética castellana, y cuando á medias entraba, formaba

voces que decimos _semieruditas_. Unas y otras comenzaron á usarse

desde el principio y han seguido tomándose del latín literario, como

son las eclesiásticas, que el cristianismo trajo á poco; las forenses,

las gramaticales, literarias y artísticas, etc. Como espuma que flota,

han sido usadas unas un tiempo, olvidadas otras. Desde el renacimiento

el prurito por estos vocablos ha ido creciendo, sobre todo en la época

del gongorismo, y hoy más á imitación del francés (idioma que fué

perdiendo la herencia evolutiva popular, sustituyéndola por otro léxico

latino muerto y erudito, sacado del diccionario) lleva nuestro idioma

el mismo camino, de arte que en nuestro diccionario sobrepuja el número

de estas voces á las evolutivo-vulgares, menospreciándose éstas en

cambio, que no hallan en él cabida, aunque entre la gente popular sigan

vivas y lozanas. Así se divorcia el habla erudita de la nacional cada

vez más.

El elemento griego ha llegado siempre al castellano pasando primero

por el latín, esto es, latinizado, lo mismo las palabras que desde

el principio vinieron, que se atienen á las leyes fonéticas de la

evolución latino-castellana, como las que después fué trayendo la

erudición, ya sean puramente eruditas, ya semieruditas. Hoy se traen

infinitas técnicas, pronunciándolas á la latina para que pasen por la

hilera tradicional.

Una vez formado el romance al choque del latín vulgar con el éuscaro,

resultando un latín vulgar pronunciado á la española, perdidas las

terminaciones casuales, con la mitad del léxico éuscaro, los idiomas

que después influyeron en él tan sólo le tocaron en la superficie,

prestándole algunas palabras sueltas, sin modificar en nada la

gramática, la estructura ni apenas la derivación.

=14.= "La lengua, ha escrito Novicow[12], caracteriza por

excelencia las facultades mentales de los pueblos: el

vocabulario de una lengua es como una enciclopedia popular,

porque no se da nombre más que á las cosas de que se tiene

noción; la gramática y la sintaxis son la quintaesencia de

la lógica de un pueblo; la lengua es la trama más íntima de

las facultades mentales". Cada pueblo se mueve dentro de un

círculo de ideas propias y á ellas corresponden los vocablos

de su idioma: diferentes son las ideas de un francés moderno

de las de un esquimal y de las de un griego de la antigüedad.

El pueblo español prelatino se movía en un círculo de ideas

bastante diferente del romano. Por muy adelantados que

supongamos á los españoles de entonces, hay que convenir en

que la cultura latina era mucho más extensa. Aun descartando

los elementos esotéricos de cultura, propios de un número poco

considerable de romanos, en la religión, en la filosofía, en

la política, en las ciencias y en las artes, los cuales no

pudieron generalizarse en España sino muy poco á poco, todavía

quedan bastantes otros más exotéricos y populares que, en mayor

ó menor grado, todo romano poseía. Estos elementos populares de

cultura, que no tenían los españoles, los trajeron los primeros

colonizadores romanos á España, y desde el primer momento en

que al choque del latín con la lengua indígena quedaron como

esbozadas las primeras líneas del nuevo romance, éste tuvo que

apropiarse los vocablos latinos correspondientes á las ideas

de esos nuevos elementos de cultura, que acá no tenían propia

expresión.

Tal es el _estrato de cultura_, cuyos vocablos, ciertamente,

formaron parte del habla que entonces nacía entre los españoles

que se latinizaban y los romanos que se españolizaban; pero no

respondiendo á ideas genuinamente españolas, hay que colocarlos

en una capa superior, menos primitiva, menos general, menos

castiza en una palabra, que los de las capas de que voy á

hablar en seguida: son el terreno terciario del romance.

Vengamos al _estrato de aristocracia_. Al nacer el romance por

el choque del latín con la lengua indígena de España, sucedió

lo que siempre sucede: que ni los españoles (hablo de la masa

popular) hablaban latín, ni los romanos podían hablar latín

con los españoles, ni la lengua indígena, que no conocían;

los españoles latinizaban sus vocablos propios y los romanos

españolizaban los suyos. Pero en esta lucha y entrechoque de

elementos lingüísticos ya se podía conjeturar cuál sería el

vencedor: el más fuerte. No el más fuerte por las armas, pues

godos y árabes no pudieron con ellas vencer y matar la lengua

nacional, ni el más fuerte por el número, pues los árabes

conquistadores impusieron su lengua en Persia y Egipto, y los

romanos en España, á pesar de ser menos en número que los

pueblos vencidos; sino el más fuerte por la civilización, que

es lo que, al fin y al cabo, se impone siempre, como se impuso

la civilización indígena española á la gótica y arábiga, y como

á la española se impuso la romana. Ya no trato aquí de los

elementos de cultura, sino del poder debido á la civilización y

á esa misma cultura. Veamos lo que pasa hoy día. Las naciones

más civilizadas imperan moralmente: Francia impone sus modas

en todos los países latinos: en Italia, España, Portugal y

América, y aun, en parte, puede decirse que en toda Europa; en

el siglo XVI las imponía España. Si el trato de los franceses

con los españoles fuera más íntimo y doméstico, si vivieran con

nosotros, en nuestros mismos hogares, sucedería respecto de los

vocablos lo que hoy sucede respecto de las modas en el vestir,

de la quincallería y juguetes de la industria parisiense, de

la literatura y de otras muchas cosas. Quiero decir que, así

como en todas éstas la moda francesa se impone, por una especie

de poderío como _aristocrático_ que ejerce, haciendo que en la

opinión pública pase como de buen tono lo que viene de Francia,

así en los españoles de aquellos tiempos influía ese poder

mágico como aristocrático y de buen tono de cuanto llevase el

sello romano, y mucho más de los vocablos y modos de decir. Los

términos indígenas se menospreciarían y se irían arrinconando

poco á poco, prefiriéndose los términos latinos de moda, quizá

menos expresivos, pero de mejor tono. Las clases sociales

superiores, que estaban más en contacto con los romanos,

serían las primeras en aceptar, en procurar distinguirse por

el empleo de dichos términos, y, como hoy sucede, las clases

inferiores seguirían más ó menos gustosamente á las clases como

aristocráticas. Es lo que vemos suceder en el país vascongado,

que teniendo vocablos eusquéricos prefieren, los que viven en

contacto con los castellanos, emplear los vocablos castellanos,

y esto aun cuando hablen en vascuence, y, por el contrario,

castellanizan no pocos vocablos vascongados, resultando, por

ejemplo, el _patois_ bilbaíno que se habló hasta hace poco en

Bilbao, ó la mezcolanza que se nota en todas las poblaciones

vascongadas. Hasta los predicadores piensan en castellano y,

por consiguiente, sus discursos vascongados están empedrados

de términos castellanos con las terminaciones eusquéricas,

y mucho más el pueblo, al hablar su lengua, la rellena de

castellanismos, y al revés, cuando hablan castellano emplean

muchos vocablos, terminaciones y giros vascongados. Pero el

castellano va ganando terreno por estar de moda y ser de

buen tono: y lo mismo en otros tiempos iba ganando terreno

el latín, aun en el empleo de vocablos comunes á las dos

lenguas que luchaban por su independencia. Tal es el _estrato

aristocrático_, ó de moda, si se quiere, el cual está formado

por términos latinos, pero más castizos que los del estrato de

cultura, en cuanto que responden á ideas no traídas de fuera,

sino propias del pueblo indígena, como que tenían sus términos

propios en el país, sino que fueron cediendo ante la moda y el

poder cuasi aristocrático de los términos latinos.

Y á este estrato, que podemos comparar al terreno secundario,

creo yo que corresponde el influjo del latín en nuestro

romance, cuanto á los elementos gramaticales: por ese influjo,

el habla indígena de los españoles entró en la gramática latina

tan de lleno, que el nuevo idioma vino á ser un _romance_.

Y si no, véase lo que pasa en las poblaciones vascongadas,

que han abandonado ó están abandonando y olvidando su propia

lengua en nuestros días. La gramática castellana es la que

impera: muchas terminaciones, muchos vocablos y, sobre todo,

el fonetismo, son eusquéricos: ni más ni menos que en nuestro

castellano respecto del latín, ó sea el latín que hablamos en

España respecto del éuscaro. El castellano es un latín por la

gramática y por la mitad ó más de sus vocablos; pero contiene

muchísimos eusquéricos, casi la mitad de su vocabulario

doméstico y popular; contiene muchas terminaciones derivativas

eusquéricas, y el fonetismo, la pronunciación, es del éuscaro

casi exclusivamente.

El estrato de _formación_, el terreno primitivo, como quien

dice, de nuestro romance, está formado por un corto caudal de

verbos sobre todo, demostrativos y nombres latinos, que son del

uso más vulgar y necesario para la vida ordinaria. Los verbos

_decir_, _hablar_, _haber_, _tener_, _ser_, _estar_, _ir_,

_llevar_, _traer_, _coger_, _dar_, _recibir_, _ver_, _oir_;

los nombres de los miembros corporales, de los utensilios más

comunes en el ajuar doméstico, pertenecen á este estrato, el

más castizo y primitivo, el que concurrió desde el principio á

la formación del romance.

Por estos tres estratos, el terciario, el secundario, el

primario, es por lo que el latín puede decirse que es padre

del castellano, sobre todo por el primario y secundario, por

los cuales le infundió su gramática y la parte esencial de su

vocabulario.

=15.= Respecto del elemento _semierudito_ del castellano,

las leyes fonéticas más esenciales se guardan en parte también

en todos sus vocablos; pero aun esas mismas y las que obraron

después de la primera formación del castellano dejan de

guardarse, haciendo que las tendencias fonológicas del idioma

los modifiquen á medias. Los escritores en las diversas épocas

los allegan al latín cuanto pueden; el pueblo los castellaniza:

resultado, que viven en continuo vaivén, sin acabar de entrar

enteramente en el molde castellano. La reacción erudita

comenzó á oponerse al curso evolutivo natural de las lenguas

románicas desde su mismo nacimiento. ¿Cómo explicar la unidad

del latín vulgar y de las románicas sin ese poderoso freno que

las contenía? ¿Cómo pudo aguardar el latín en España cuatro

siglos, hasta aparearse con las demás y presentar idénticos

fenómenos? Durante todo ese tiempo en España no pudo quedarse

estacionario el latín; evolucionaba. Pero la lengua oficial lo

tenía á raya y lo iba atrayendo hacia sí, y cuando ya el latín

se había extendido por todo el Imperio, la reacción del habla

oficial y la mutua comunicación entre las provincias igualó

el habla de todas ellas, por lo menos superficialmente, como

por medio de un rasero. No hay dialecto románico alguno que no

posea términos abstractos: todos ellos son de origen erudito,

como ha notado Mohl. Esos abstractos, dejados á merced de la

evolución popular, se hubieran modificado; pero la reacción

erudita estaba siempre allí para no permitir se alejasen de

la latinidad. Los verdaderos abstractos nacionales son los

posverbales, abstracto-concretos propiamente. Artificialmente

ha ido renovando á la continua esa misma reacción erudita

todos los términos de menor empleo entre el vulgo y de uso

cotidiano entre las personas instruidas, que siempre tendían

hacia el latín. La palanca principal de esta reacción fué

siempre la Iglesia, conservadora en sus ritos y entre su clero

del latín más ó menos clásico. De la Iglesia eran los que algo

sabían y escribían, eran clérigos, ellos mismos se llamaban

del mester de clerecía: en sus escritos tenían que mezclar

el latín, y por la preocupación de que el romance no era más

que latín estropeado, se creían obligados á reformarlo, á

volverlo siempre hacia el tipo latino, único para ellos castizo

y perfecto. Cierto es que el latín de la Iglesia, nacido

precisamente como ella, de entre el pueblo, distaba bastante

del clasicismo ciceroniano. Pero una vez que la jerarquía

eclesiástica subió al poder, gobernó el mundo europeo y quedó

dueña exclusiva de la enseñanza y de la cultura, tendió hacia

el clasicismo cuanto se lo permitieron los tiempos. Si no

llegó del todo á él, sino en contado número de escritores,

fué porque siempre se resentía su latín de su vulgar origen,

porque el pueblo, á quien se dirigía, llevaba la dirección

opuesta, porque la literatura clásica era una literatura

muerta, que sólo admitía imitación más ó menos lejana. Pero

todos los términos eclesiásticos son eruditos en su origen, y,

cuando llegados al pueblo, empiezan á evolucionar, arrastrados

por el cauce común, la erudición eclesiástica los renueva

otra y otra vez. Así se explican las mil variantes de tales

términos: cabildo, capitol y capítulo, deán y decano. Pero en

los primeros tiempos el agente principal de la restauración

fué la administración romana, oficial y letrada por oficio. La

sintaxis apenas pudo modificarse; pero sí los términos sueltos,

el fonetismo particular. El ejército es un gran instrumento

nivelador, y no lo fué menos durante el Imperio. Las escuelas,

donde sólo el latín clásico se aprendía, eran focos de

reacción contra las tendencias vulgares. La literatura, con su

autoridad, presentaba la forma típica, á la que trataban de

amoldarse en lo posible en su manera de hablar las personas

cultas y los funcionarios todos imperiales. Todos estos

elementos dieron cierta unidad al latín vulgar de aquella época

y reaccionaron sobre muchas tendencias que llevaba consigo

desde la época de la antigua rusticitas y desde la época

republicana, en la que había tomado tantos elementos itálicos.

Una vez muerta la lengua literaria, su poder fué menor; pero

nunca cesó de reaccionar, más ó menos, según la mayor ó

menor cultura de los tiempos. En los siglos más decadentes,

los romances, dejados libremente, fueron subdividiéndose y

multiplicándose, á la par que políticamente se subdividían y

multiplicaban los pequeños Estados. La tendencia que después

llevó á éstos á unirse en grandes nacionalidades, llevó

también á las hablas populares á unirse, predominando unos

dialectos sobre otros. El castellano ha ido oscureciendo

los antiguos dialectos y provincialismos, borrando casi las

pequeñas variantes navarras, aragonesas, leonesas, salmantinas,

extremeñas, andaluzas, murcianas. La lengua va adonde la

llevan la unidad ó la multiplicidad de la política. Pero en

todos tiempos todas las hablas románicas hallaron un freno y

un elemento reaccionario que las volvía hacia el latín, en los

eruditos, escritores y eclesiásticos.

Como elemento erudito que influye en el lenguaje hay que poner

la escritura, que en otros tiempos apenas podía reaccionar por

el corto número de personas que sabían escribir y leer; pero

que en el presente, merced á la vulgarización de la cultura,

pone en grave peligro el lenguaje. Á pesar de lo natural que

parece el principio de que la escritura debe acomodarse á la

pronunciación, puesto que no es más que un instrumento para

perpetuarla, no han faltado quienes hayan proclamado que la

pronunciación debe acomodarse á la escritura, por la especiosa

razón de que ésta se halla menos expuesta á corromperse que

no aquélla. Es el triunfo de lo artificial sobre lo natural,

que se verifica en todos los órdenes y asuntos de la sociedad

humana, que de suyo parece tender al convencionalismo, á la

falsedad y á la rutina. Todas las instituciones sociales, todas

las obras humanas, degeneran en convencionalismos: _omnis

homo mendax_. Hoy se aprenden las lenguas por los ojos, más

bien que por los oídos; no sólo las lenguas extrañas, sino

hasta, en parte, la lengua materna. La mitad del vocabulario

castellano lo hemos aprendido por la lectura, puesto que

entre el pueblo no se usa, fuera de alguno que otro de esos

infinitos términos latino-eruditos, que la generalización de la

cultura va sedimentando y haciendo penetrar hasta en las más

hondas capas sociales. Naturalmente todos esos vocablos los

aprendemos y pronunciamos como los hallamos escritos, es decir,

como quisieron propinárnoslos los eruditos que los trajeron,

no del latín hablado, sino del latín escrito. Tomaron esos

cadáveres seculares, que son las palabras latinas escritas, y

medio vistiéndolos á la española, nos los dieron como seres

vivos; pero no son más que monigotes, maniquíes que se mueven

mecánicamente por el resorte de la escritura.

Llegará un día en que pronunciemos _septiembre_, _obscuro_

y _substancia_, porque así han querido los eruditos que

escribamos estos términos, que todo el mundo pronuncia

_setiembre_, _oscuro_, _sustancia_. La psíquica, en el

lenguaje, tiene poder para todo eso y mucho más. Porque mucho

más es lo que ha conseguido: es una máquina que tritura y

modifica cuanto se le eche en la tolva. El castellano rechazó

la _f_ latina, la cual en antiguo castellano sólo servía como

signo de otra articulación muy diferente, de cierta aspiración.

Pero vinieron los ignorantes eruditos y, viendo escrita la

_f_, dieron en pronunciarla á la latina, y hoy no sólo decimos

_fatuo_, sino _fuego_, y hasta en _Folgaba el rey Rodrigo_

pronunciaremos la _f_, que nunca sonó, porque era mera variante

ortográfica de _h_, letra añadida á _olg-aba_, de _olga_,

_olgueta_ en éusquera. En _halagar_, por el contrario, no

suena _f_, por haberse sustituido _h-_ por _f-_, _falagar_, y

esa sustitución ortográfica ha cambiado la forma hablada. Los

castellanos pronuncian tan suave la _b_, que pudo escribirse

_falagar_ el _balaka-tu_ vascongado; pero en su variante

_empalagar_ tenían la etimología bien clara. En _fecha_ la _f_

es puramente ortográfica; pero ha servido para distinguir de sí

mismo al vocablo, que sin ella es _hecha_, _hecho_.

Por centenares se cuentan en Madrid los rótulos en los que

se lee _carnecería_: pronto diremos todos _carnecería_ en vez

de _carnicería_. Debió ocurrir á algún mentecato, si no fué

á algún erudito consultado, que debía decirse _carnecería_,

puesto que de _carne_ se trata y no de _carni_; mandó ponerlo

así en su rótulo, y los demás lo han seguido. Ó tal vez fué

algún aragonés el que lo puso de moda, trayéndolo de Aragón,

donde por etimología popular se dice _carnecería_. Pero esta

palabra no viene de carne directamente, sino de _carnic-ero_,

y nadie dice _carnecero_, como que _carnicero_ deriva de

_carn-iza_, ó sea el despojo de las carnes, las carnes,

como quien dice, despojadas, partidas, de las que trata el

_carnicero_ ó cortador. Con haber puesto la Academia en su

Diccionario _vagabundo_, quitando el _vagamundo_ castizo, los

escritores escribirán _vagabundo_ y _vagabundear_, verbo no

castellano, pero derivado de ese esqueleto _vagabundo_. La

etimología de _vagamundo_ es popular, por creerse que encerraba

los vocablos _vagar_ por el _mundo_, ya que _-bundo_ nada dice

á los oídos castellanos, como no sea á los eruditos, que nos

han traído _treme-bundo_, _nausea-bundo_, _lacrima-bundo_,

_furi-bundo_, etc. Nuestros padres decían _dino_, y así lo

escribían; pero los latinizantes y etimólogos escribieron

después _digno_ para vestirlo á la latina, siendo así que en

castellano _gn_ da _ñ_, y _dino_ es de préstamo posterior: hoy,

á fuerza de leer _digno_, lo pronunciamos como lo leemos. Es

tan antipático al castellano el núcleo _gn_, que por evolución

natural dió _ñ_, _cuñado_ de _cognatus_, _empeño_ de _pignus_;

y tomado después _digno_ por los eruditos, por la misma

tendencia tuvieron que reducirlo á _dino_. Otra vez vienen

los eruditos y nos escriben _digno_: esta vez la escritura ha

vencido, y _digno_ decimos todos los que sabemos leer y aun

los que no saben y no quieren pasar por rústicos. De _electus_

la evolución fónica hubiera hecho _elecho_, como _pecho_ de

_pectus_; pero yo estoy seguro que se dirá siempre _electo_; y

que el pueblo no erudito dirá _eleto_. ¿La razón? La escritura,

que se impone á la evolución. ¡Bonita lengua vamos á trasmitir

á nuestros nietos! Como dijo á este propósito Darmesteter: "La

lengua escrita deforma la lengua hablada", es la gran palanca

en manos de los eruditos y de las Academias, con la cual antes

no contaban.

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 6 / 59 段