éuscaro, hay que distinguir: 1.º, el elemento éuscaro de voces las
más corrientes y que expresaban los conceptos más tradicionales; 2.º,
el elemento vulgar latino, de voces también comunes y de otras que el
buen tono de la sociedad romana ponía de moda y de las que la cultura
latina trajo como ideas nuevas para los indígenas; 3.º, finalmente,
el elemento de evolución, que fué formando nuevas voces y acepciones,
barajando los radicales y sufijos de entrambas lenguas. Por cima de
esta habla vulgar, los eruditos, romanos y españoles, fueron añadiendo
el elemento _erudito_, que no llegando al pueblo, no entraba de lleno
en la turquesa fonética castellana, y cuando á medias entraba, formaba
voces que decimos _semieruditas_. Unas y otras comenzaron á usarse
desde el principio y han seguido tomándose del latín literario, como
son las eclesiásticas, que el cristianismo trajo á poco; las forenses,
las gramaticales, literarias y artísticas, etc. Como espuma que flota,
han sido usadas unas un tiempo, olvidadas otras. Desde el renacimiento
el prurito por estos vocablos ha ido creciendo, sobre todo en la época
del gongorismo, y hoy más á imitación del francés (idioma que fué
perdiendo la herencia evolutiva popular, sustituyéndola por otro léxico
latino muerto y erudito, sacado del diccionario) lleva nuestro idioma
el mismo camino, de arte que en nuestro diccionario sobrepuja el número
de estas voces á las evolutivo-vulgares, menospreciándose éstas en
cambio, que no hallan en él cabida, aunque entre la gente popular sigan
vivas y lozanas. Así se divorcia el habla erudita de la nacional cada
vez más.
El elemento griego ha llegado siempre al castellano pasando primero
por el latín, esto es, latinizado, lo mismo las palabras que desde
el principio vinieron, que se atienen á las leyes fonéticas de la
evolución latino-castellana, como las que después fué trayendo la
erudición, ya sean puramente eruditas, ya semieruditas. Hoy se traen
infinitas técnicas, pronunciándolas á la latina para que pasen por la
hilera tradicional.
Una vez formado el romance al choque del latín vulgar con el éuscaro,
resultando un latín vulgar pronunciado á la española, perdidas las
terminaciones casuales, con la mitad del léxico éuscaro, los idiomas
que después influyeron en él tan sólo le tocaron en la superficie,
prestándole algunas palabras sueltas, sin modificar en nada la
gramática, la estructura ni apenas la derivación.
=14.= "La lengua, ha escrito Novicow[12], caracteriza por
excelencia las facultades mentales de los pueblos: el
vocabulario de una lengua es como una enciclopedia popular,
porque no se da nombre más que á las cosas de que se tiene
noción; la gramática y la sintaxis son la quintaesencia de
la lógica de un pueblo; la lengua es la trama más íntima de
las facultades mentales". Cada pueblo se mueve dentro de un
círculo de ideas propias y á ellas corresponden los vocablos
de su idioma: diferentes son las ideas de un francés moderno
de las de un esquimal y de las de un griego de la antigüedad.
El pueblo español prelatino se movía en un círculo de ideas
bastante diferente del romano. Por muy adelantados que
supongamos á los españoles de entonces, hay que convenir en
que la cultura latina era mucho más extensa. Aun descartando
los elementos esotéricos de cultura, propios de un número poco
considerable de romanos, en la religión, en la filosofía, en
la política, en las ciencias y en las artes, los cuales no
pudieron generalizarse en España sino muy poco á poco, todavía
quedan bastantes otros más exotéricos y populares que, en mayor
ó menor grado, todo romano poseía. Estos elementos populares de
cultura, que no tenían los españoles, los trajeron los primeros
colonizadores romanos á España, y desde el primer momento en
que al choque del latín con la lengua indígena quedaron como
esbozadas las primeras líneas del nuevo romance, éste tuvo que
apropiarse los vocablos latinos correspondientes á las ideas
de esos nuevos elementos de cultura, que acá no tenían propia
expresión.
Tal es el _estrato de cultura_, cuyos vocablos, ciertamente,
formaron parte del habla que entonces nacía entre los españoles
que se latinizaban y los romanos que se españolizaban; pero no
respondiendo á ideas genuinamente españolas, hay que colocarlos
en una capa superior, menos primitiva, menos general, menos
castiza en una palabra, que los de las capas de que voy á
hablar en seguida: son el terreno terciario del romance.
Vengamos al _estrato de aristocracia_. Al nacer el romance por
el choque del latín con la lengua indígena de España, sucedió
lo que siempre sucede: que ni los españoles (hablo de la masa
popular) hablaban latín, ni los romanos podían hablar latín
con los españoles, ni la lengua indígena, que no conocían;
los españoles latinizaban sus vocablos propios y los romanos
españolizaban los suyos. Pero en esta lucha y entrechoque de
elementos lingüísticos ya se podía conjeturar cuál sería el
vencedor: el más fuerte. No el más fuerte por las armas, pues
godos y árabes no pudieron con ellas vencer y matar la lengua
nacional, ni el más fuerte por el número, pues los árabes
conquistadores impusieron su lengua en Persia y Egipto, y los
romanos en España, á pesar de ser menos en número que los
pueblos vencidos; sino el más fuerte por la civilización, que
es lo que, al fin y al cabo, se impone siempre, como se impuso
la civilización indígena española á la gótica y arábiga, y como
á la española se impuso la romana. Ya no trato aquí de los
elementos de cultura, sino del poder debido á la civilización y
á esa misma cultura. Veamos lo que pasa hoy día. Las naciones
más civilizadas imperan moralmente: Francia impone sus modas
en todos los países latinos: en Italia, España, Portugal y
América, y aun, en parte, puede decirse que en toda Europa; en
el siglo XVI las imponía España. Si el trato de los franceses
con los españoles fuera más íntimo y doméstico, si vivieran con
nosotros, en nuestros mismos hogares, sucedería respecto de los
vocablos lo que hoy sucede respecto de las modas en el vestir,
de la quincallería y juguetes de la industria parisiense, de
la literatura y de otras muchas cosas. Quiero decir que, así
como en todas éstas la moda francesa se impone, por una especie
de poderío como _aristocrático_ que ejerce, haciendo que en la
opinión pública pase como de buen tono lo que viene de Francia,
así en los españoles de aquellos tiempos influía ese poder
mágico como aristocrático y de buen tono de cuanto llevase el
sello romano, y mucho más de los vocablos y modos de decir. Los
términos indígenas se menospreciarían y se irían arrinconando
poco á poco, prefiriéndose los términos latinos de moda, quizá
menos expresivos, pero de mejor tono. Las clases sociales
superiores, que estaban más en contacto con los romanos,
serían las primeras en aceptar, en procurar distinguirse por
el empleo de dichos términos, y, como hoy sucede, las clases
inferiores seguirían más ó menos gustosamente á las clases como
aristocráticas. Es lo que vemos suceder en el país vascongado,
que teniendo vocablos eusquéricos prefieren, los que viven en
contacto con los castellanos, emplear los vocablos castellanos,
y esto aun cuando hablen en vascuence, y, por el contrario,
castellanizan no pocos vocablos vascongados, resultando, por
ejemplo, el _patois_ bilbaíno que se habló hasta hace poco en
Bilbao, ó la mezcolanza que se nota en todas las poblaciones
vascongadas. Hasta los predicadores piensan en castellano y,
por consiguiente, sus discursos vascongados están empedrados
de términos castellanos con las terminaciones eusquéricas,
y mucho más el pueblo, al hablar su lengua, la rellena de
castellanismos, y al revés, cuando hablan castellano emplean
muchos vocablos, terminaciones y giros vascongados. Pero el
castellano va ganando terreno por estar de moda y ser de
buen tono: y lo mismo en otros tiempos iba ganando terreno
el latín, aun en el empleo de vocablos comunes á las dos
lenguas que luchaban por su independencia. Tal es el _estrato
aristocrático_, ó de moda, si se quiere, el cual está formado
por términos latinos, pero más castizos que los del estrato de
cultura, en cuanto que responden á ideas no traídas de fuera,
sino propias del pueblo indígena, como que tenían sus términos
propios en el país, sino que fueron cediendo ante la moda y el
poder cuasi aristocrático de los términos latinos.
Y á este estrato, que podemos comparar al terreno secundario,
creo yo que corresponde el influjo del latín en nuestro
romance, cuanto á los elementos gramaticales: por ese influjo,
el habla indígena de los españoles entró en la gramática latina
tan de lleno, que el nuevo idioma vino á ser un _romance_.
Y si no, véase lo que pasa en las poblaciones vascongadas,
que han abandonado ó están abandonando y olvidando su propia
lengua en nuestros días. La gramática castellana es la que
impera: muchas terminaciones, muchos vocablos y, sobre todo,
el fonetismo, son eusquéricos: ni más ni menos que en nuestro
castellano respecto del latín, ó sea el latín que hablamos en
España respecto del éuscaro. El castellano es un latín por la
gramática y por la mitad ó más de sus vocablos; pero contiene
muchísimos eusquéricos, casi la mitad de su vocabulario
doméstico y popular; contiene muchas terminaciones derivativas
eusquéricas, y el fonetismo, la pronunciación, es del éuscaro
casi exclusivamente.
El estrato de _formación_, el terreno primitivo, como quien
dice, de nuestro romance, está formado por un corto caudal de
verbos sobre todo, demostrativos y nombres latinos, que son del
uso más vulgar y necesario para la vida ordinaria. Los verbos
_decir_, _hablar_, _haber_, _tener_, _ser_, _estar_, _ir_,
_llevar_, _traer_, _coger_, _dar_, _recibir_, _ver_, _oir_;
los nombres de los miembros corporales, de los utensilios más
comunes en el ajuar doméstico, pertenecen á este estrato, el
más castizo y primitivo, el que concurrió desde el principio á
la formación del romance.
Por estos tres estratos, el terciario, el secundario, el
primario, es por lo que el latín puede decirse que es padre
del castellano, sobre todo por el primario y secundario, por
los cuales le infundió su gramática y la parte esencial de su
vocabulario.
=15.= Respecto del elemento _semierudito_ del castellano,
las leyes fonéticas más esenciales se guardan en parte también
en todos sus vocablos; pero aun esas mismas y las que obraron
después de la primera formación del castellano dejan de
guardarse, haciendo que las tendencias fonológicas del idioma
los modifiquen á medias. Los escritores en las diversas épocas
los allegan al latín cuanto pueden; el pueblo los castellaniza:
resultado, que viven en continuo vaivén, sin acabar de entrar
enteramente en el molde castellano. La reacción erudita
comenzó á oponerse al curso evolutivo natural de las lenguas
románicas desde su mismo nacimiento. ¿Cómo explicar la unidad
del latín vulgar y de las románicas sin ese poderoso freno que
las contenía? ¿Cómo pudo aguardar el latín en España cuatro
siglos, hasta aparearse con las demás y presentar idénticos
fenómenos? Durante todo ese tiempo en España no pudo quedarse
estacionario el latín; evolucionaba. Pero la lengua oficial lo
tenía á raya y lo iba atrayendo hacia sí, y cuando ya el latín
se había extendido por todo el Imperio, la reacción del habla
oficial y la mutua comunicación entre las provincias igualó
el habla de todas ellas, por lo menos superficialmente, como
por medio de un rasero. No hay dialecto románico alguno que no
posea términos abstractos: todos ellos son de origen erudito,
como ha notado Mohl. Esos abstractos, dejados á merced de la
evolución popular, se hubieran modificado; pero la reacción
erudita estaba siempre allí para no permitir se alejasen de
la latinidad. Los verdaderos abstractos nacionales son los
posverbales, abstracto-concretos propiamente. Artificialmente
ha ido renovando á la continua esa misma reacción erudita
todos los términos de menor empleo entre el vulgo y de uso
cotidiano entre las personas instruidas, que siempre tendían
hacia el latín. La palanca principal de esta reacción fué
siempre la Iglesia, conservadora en sus ritos y entre su clero
del latín más ó menos clásico. De la Iglesia eran los que algo
sabían y escribían, eran clérigos, ellos mismos se llamaban
del mester de clerecía: en sus escritos tenían que mezclar
el latín, y por la preocupación de que el romance no era más
que latín estropeado, se creían obligados á reformarlo, á
volverlo siempre hacia el tipo latino, único para ellos castizo
y perfecto. Cierto es que el latín de la Iglesia, nacido
precisamente como ella, de entre el pueblo, distaba bastante
del clasicismo ciceroniano. Pero una vez que la jerarquía
eclesiástica subió al poder, gobernó el mundo europeo y quedó
dueña exclusiva de la enseñanza y de la cultura, tendió hacia
el clasicismo cuanto se lo permitieron los tiempos. Si no
llegó del todo á él, sino en contado número de escritores,
fué porque siempre se resentía su latín de su vulgar origen,
porque el pueblo, á quien se dirigía, llevaba la dirección
opuesta, porque la literatura clásica era una literatura
muerta, que sólo admitía imitación más ó menos lejana. Pero
todos los términos eclesiásticos son eruditos en su origen, y,
cuando llegados al pueblo, empiezan á evolucionar, arrastrados
por el cauce común, la erudición eclesiástica los renueva
otra y otra vez. Así se explican las mil variantes de tales
términos: cabildo, capitol y capítulo, deán y decano. Pero en
los primeros tiempos el agente principal de la restauración
fué la administración romana, oficial y letrada por oficio. La
sintaxis apenas pudo modificarse; pero sí los términos sueltos,
el fonetismo particular. El ejército es un gran instrumento
nivelador, y no lo fué menos durante el Imperio. Las escuelas,
donde sólo el latín clásico se aprendía, eran focos de
reacción contra las tendencias vulgares. La literatura, con su
autoridad, presentaba la forma típica, á la que trataban de
amoldarse en lo posible en su manera de hablar las personas
cultas y los funcionarios todos imperiales. Todos estos
elementos dieron cierta unidad al latín vulgar de aquella época
y reaccionaron sobre muchas tendencias que llevaba consigo
desde la época de la antigua rusticitas y desde la época
republicana, en la que había tomado tantos elementos itálicos.
Una vez muerta la lengua literaria, su poder fué menor; pero
nunca cesó de reaccionar, más ó menos, según la mayor ó
menor cultura de los tiempos. En los siglos más decadentes,
los romances, dejados libremente, fueron subdividiéndose y
multiplicándose, á la par que políticamente se subdividían y
multiplicaban los pequeños Estados. La tendencia que después
llevó á éstos á unirse en grandes nacionalidades, llevó
también á las hablas populares á unirse, predominando unos
dialectos sobre otros. El castellano ha ido oscureciendo
los antiguos dialectos y provincialismos, borrando casi las
pequeñas variantes navarras, aragonesas, leonesas, salmantinas,
extremeñas, andaluzas, murcianas. La lengua va adonde la
llevan la unidad ó la multiplicidad de la política. Pero en
todos tiempos todas las hablas románicas hallaron un freno y
un elemento reaccionario que las volvía hacia el latín, en los
eruditos, escritores y eclesiásticos.
Como elemento erudito que influye en el lenguaje hay que poner
la escritura, que en otros tiempos apenas podía reaccionar por
el corto número de personas que sabían escribir y leer; pero
que en el presente, merced á la vulgarización de la cultura,
pone en grave peligro el lenguaje. Á pesar de lo natural que
parece el principio de que la escritura debe acomodarse á la
pronunciación, puesto que no es más que un instrumento para
perpetuarla, no han faltado quienes hayan proclamado que la
pronunciación debe acomodarse á la escritura, por la especiosa
razón de que ésta se halla menos expuesta á corromperse que
no aquélla. Es el triunfo de lo artificial sobre lo natural,
que se verifica en todos los órdenes y asuntos de la sociedad
humana, que de suyo parece tender al convencionalismo, á la
falsedad y á la rutina. Todas las instituciones sociales, todas
las obras humanas, degeneran en convencionalismos: _omnis
homo mendax_. Hoy se aprenden las lenguas por los ojos, más
bien que por los oídos; no sólo las lenguas extrañas, sino
hasta, en parte, la lengua materna. La mitad del vocabulario
castellano lo hemos aprendido por la lectura, puesto que
entre el pueblo no se usa, fuera de alguno que otro de esos
infinitos términos latino-eruditos, que la generalización de la
cultura va sedimentando y haciendo penetrar hasta en las más
hondas capas sociales. Naturalmente todos esos vocablos los
aprendemos y pronunciamos como los hallamos escritos, es decir,
como quisieron propinárnoslos los eruditos que los trajeron,
no del latín hablado, sino del latín escrito. Tomaron esos
cadáveres seculares, que son las palabras latinas escritas, y
medio vistiéndolos á la española, nos los dieron como seres
vivos; pero no son más que monigotes, maniquíes que se mueven
mecánicamente por el resorte de la escritura.
Llegará un día en que pronunciemos _septiembre_, _obscuro_
y _substancia_, porque así han querido los eruditos que
escribamos estos términos, que todo el mundo pronuncia
_setiembre_, _oscuro_, _sustancia_. La psíquica, en el
lenguaje, tiene poder para todo eso y mucho más. Porque mucho
más es lo que ha conseguido: es una máquina que tritura y
modifica cuanto se le eche en la tolva. El castellano rechazó
la _f_ latina, la cual en antiguo castellano sólo servía como
signo de otra articulación muy diferente, de cierta aspiración.
Pero vinieron los ignorantes eruditos y, viendo escrita la
_f_, dieron en pronunciarla á la latina, y hoy no sólo decimos
_fatuo_, sino _fuego_, y hasta en _Folgaba el rey Rodrigo_
pronunciaremos la _f_, que nunca sonó, porque era mera variante
ortográfica de _h_, letra añadida á _olg-aba_, de _olga_,
_olgueta_ en éusquera. En _halagar_, por el contrario, no
suena _f_, por haberse sustituido _h-_ por _f-_, _falagar_, y
esa sustitución ortográfica ha cambiado la forma hablada. Los
castellanos pronuncian tan suave la _b_, que pudo escribirse
_falagar_ el _balaka-tu_ vascongado; pero en su variante
_empalagar_ tenían la etimología bien clara. En _fecha_ la _f_
es puramente ortográfica; pero ha servido para distinguir de sí
mismo al vocablo, que sin ella es _hecha_, _hecho_.
Por centenares se cuentan en Madrid los rótulos en los que
se lee _carnecería_: pronto diremos todos _carnecería_ en vez
de _carnicería_. Debió ocurrir á algún mentecato, si no fué
á algún erudito consultado, que debía decirse _carnecería_,
puesto que de _carne_ se trata y no de _carni_; mandó ponerlo
así en su rótulo, y los demás lo han seguido. Ó tal vez fué
algún aragonés el que lo puso de moda, trayéndolo de Aragón,
donde por etimología popular se dice _carnecería_. Pero esta
palabra no viene de carne directamente, sino de _carnic-ero_,
y nadie dice _carnecero_, como que _carnicero_ deriva de
_carn-iza_, ó sea el despojo de las carnes, las carnes,
como quien dice, despojadas, partidas, de las que trata el
_carnicero_ ó cortador. Con haber puesto la Academia en su
Diccionario _vagabundo_, quitando el _vagamundo_ castizo, los
escritores escribirán _vagabundo_ y _vagabundear_, verbo no
castellano, pero derivado de ese esqueleto _vagabundo_. La
etimología de _vagamundo_ es popular, por creerse que encerraba
los vocablos _vagar_ por el _mundo_, ya que _-bundo_ nada dice
á los oídos castellanos, como no sea á los eruditos, que nos
han traído _treme-bundo_, _nausea-bundo_, _lacrima-bundo_,
_furi-bundo_, etc. Nuestros padres decían _dino_, y así lo
escribían; pero los latinizantes y etimólogos escribieron
después _digno_ para vestirlo á la latina, siendo así que en
castellano _gn_ da _ñ_, y _dino_ es de préstamo posterior: hoy,
á fuerza de leer _digno_, lo pronunciamos como lo leemos. Es
tan antipático al castellano el núcleo _gn_, que por evolución
natural dió _ñ_, _cuñado_ de _cognatus_, _empeño_ de _pignus_;
y tomado después _digno_ por los eruditos, por la misma
tendencia tuvieron que reducirlo á _dino_. Otra vez vienen
los eruditos y nos escriben _digno_: esta vez la escritura ha
vencido, y _digno_ decimos todos los que sabemos leer y aun
los que no saben y no quieren pasar por rústicos. De _electus_
la evolución fónica hubiera hecho _elecho_, como _pecho_ de
_pectus_; pero yo estoy seguro que se dirá siempre _electo_; y
que el pueblo no erudito dirá _eleto_. ¿La razón? La escritura,
que se impone á la evolución. ¡Bonita lengua vamos á trasmitir
á nuestros nietos! Como dijo á este propósito Darmesteter: "La
lengua escrita deforma la lengua hablada", es la gran palanca
en manos de los eruditos y de las Academias, con la cual antes
no contaban.