esa moneda, ¿vamos á creer que dejó de repente de hablarse
la lengua indígena en que se redactaba la leyenda? Por largo
tiempo se siguió hablando aquella lengua en las mismas
ciudades. Y si el influjo romano no fué aquí mayor que en
Cartago y en Nápoles, aquella lengua duró todavía siglos.
Y si tal acaecía en las ciudades, ¿qué había de suceder en
los pequeños núcleos de población y en los campos? "Caesar
Augustus, dice Justino (_Hist_., XLIV, 5); perdomito orbe
victricia ad eos (Españoles) arma transtulit populumque
barbarum ac ferum legibus ad cultiorem vitae usum traductum
in formam provinciae redegit". Sería extraño que en el siglo
II todavía se hablara etrusco en Italia como lengua general
(AULO GELIO, XI, VII, 4) y se escribieran inscripciones
griegas en Nápoles hasta en el siglo VII, y que en España se
hubiera olvidado la lengua indígena en el siglo II. Cuando
Justino llama bárbaros á los españoles no hay que creer que
eran más que extranjeros para los romanos. Un país donde por
tradición se conservaban poemas, como Estrabón afirma, y de
venerabilísima antigüedad, y que tiene su alfabeto propio, con
el que escriben en su lengua, y donde tantas ciudades baten
moneda, no es un país de bárbaros. El apego á su lengua tenía
que ser conforme á esta cultura, y, más que nada, conforme
al carácter tenaz y conservador de sus habitantes, cuya nota
característica ha sido siempre el apego á sus tradiciones y
costumbres. El famoso pasaje de Estrabón (III, 3): οὐδὲ τῆς
διαλέκτου τῆς σφετέρας ἔτι μεμνημένοι, además de no ser más
que una exageración, como dice Mohl, no reza más que con los
turdetanos, los primeros que se romanizaron, cuyas ciudades,
sobre todo Itálica y Córdoba, eran más romanas que españolas;
en fin, trata de andaluces, los más amigos de novedades y
los primeros en extranjerizarse de todos los españoles en
todo tiempo. Nada de extraño que los colonos romanos de la
Turdetania y los turdetanos que vivían con ellos en los
establecimientos romanos no hablaran más que el latín; y aun
Mohl cree que no eran más que bilingües, como los habitantes
de las cercanías de Marsella y Narbona (ESTRABÓN, IV, I, 12).
Casos aislados que el geógrafo de la antigüedad cita para
ponderar el influjo romano y que comprueban precisamente
que la romanización de las provincias no estaba todavía muy
adelantada. Otro tanto asegura de los samnitas, lucanos y
brutios (VI, I, 2), para halagar al Emperador, diciendo que
habían abandonado enteramente sus antiguas hablas; y con todo,
la epigrafía, que es algo más verídica, prueba lo contrario,
mostrándonos las inscripciones oscas y otros dialectos en las
grandes ciudades, tales como Pompeya, por lo menos hasta el
Imperio, y que, por consiguiente, esos dialectos tuvieron que
durar muchísimos años más, sobre todo en el campo y en las
aldeas. El mismo Estrabón, en otra ocasión, confiesa que aún se
hablaban el tirreno, el véneto, el ligur y el insubrio en la
Cisalpina (V, I, 6). Después de seiscientos años de dominación
romana y de colonización activísima, las lenguas berberiscas
todavía debieron hablarse, por lo menos en el campo, puesto
que aún duran, á pesar del latín, que allí desapareció, y del
árabe, que aún se habla. Señal de que si el latín era el habla
de la gente instruida africana, el habla del pueblo era la
lengua camítica indígena, la cual sobrevivió al latín venido
de fuera. Cuatro siglos duró la dominación romana en la Gran
Bretaña y no pudo implantar el latín como habla popular junto á
la lengua céltica, dejando solamente algunas palabras latinas
en aquellos dialectos córnicos y galos[11].
Por más que se empeñan los defensores de la unidad del latín
vulgar, y por más que queramos conceder á todas las fuerzas
unificadoras de la época imperial, si el latín vulgar hubo
de tomar algo de las lenguas itálicas al salir del Lacio,
no pudo menos de colorearse al llegar á las provincias. Con
razón afirma Sittl que al pasar el Rubicón el latín fué de
alteración en alteración. Algo, ó mucho si se quiere, llegaría
á uniformarse después; pero las modificaciones dialectales,
una vez adquiridas, nunca llegan á desaparecer del todo. Los
autores nos hablan del latín _squamosus_, _pingue sonans_,
_agrestis_, _inquinatus atque barbarus_, que se hablaba y
aun se escribía en las provincias, y los retóricos amonestan
á los que van á viajar por España ó las Galias que tengan
cuidado con las _verba non trita Romae_ (CIC., _Brut._, XL,
VI, 171). "No se trata aquí, dice Mohl, más que del latín
hablado por los colonos romanos, por la población romana ó
italiota establecida en las ciudades y centros provinciales;
no del lenguaje de los campesinos indígenas". Pero si estos
defectos tenía el latín en labios de los colonos romanos, ¿qué
defectos no tendría en labios de los colonos indígenas, que no
eran romanos ni italiotas y que no habían aprendido el latín
más que de esos mismos colonos? ¿Acaso los españoles hablaron
jamás el latín mejor que los que se lo enseñaron? Yo creo que
no. Á las modificaciones que ya traía el latín, debidas á su
paseo por Italia y á los mismos colonos, italiotas en su mayor
parte, hubieron de añadirse las que ese latín tomó al pasar
á labios extraños, á labios españoles. Sería el único caso
en la historia el que los discípulos hubieran sobrepujado á
los maestros y hubieran evitado todos sus barbarismos, sin
añadir otros nuevos, y sería el único caso en la historia el
que una lengua hubiera pasado á raza extraña sin modificarse
en lo más mínimo. Los mismos españoles é ingleses, con sólo
apartarse de la madre patria, van modificando en América el
español y el inglés. ¿Cómo no modificarse más en labios de
criollos ó de otras razas extrañas? Parece increíble; pero,
á pesar de ser cosa tan evidente, los romanistas siguen tan
aferrados á la unidad del latín vulgar y, por consiguiente,
suponen que el latín en nada se modificó en labios de españoles
ó de galos. Lo que hay, en realidad de verdad, es que de tal
modo hubo de modificarse el latín, que, al ser hablado, no
digo por los romanos de España, ó por los primeros prosélitos
que acudían como amigos y se romanizaban viviendo en común
con ellos, pero sí por españoles de pura raza y algún tanto
apartados de los focos romanos, se tuvo que convertir en
romance; es decir, hubo de ser pronunciado á la española y
recibir no pocos términos de la lengua indígena. Lo contrario
no ha sucedido ni puede suceder jamás. Confiésese que no se
conocen esas modificaciones extrañas; pero que no las hubo
desde un principio no puede negarse sin ir contra todas las
leyes históricas y fisiológicas. Puesto que al desenvolverse
aquellas modificaciones, más ó menos patentes en un principio,
dieron por resultado la diferencia del castellano, del francés
y del italiano, hubo esas modificaciones, y las atestiguan los
monumentos más antiguos, en los cuales siempre se notan las
diversas tendencias fonéticas de cada uno de los romances.
Las escuelas fueron un gran instrumento de propaganda; pero
en ellas sólo se enseñaba el latín clásico, y á una minúscula
parte de la población. El pueblo no aprende una lengua extraña
en la escuela, sino en la calle y en el trato ordinario; y en
ese trato ordinario el latín les llegaba bastante alterado,
y ellos lo alteraban más. ¿Qué significa la escuela de Osca,
fundada por Sertorio, ni la bola de oro de los patricios
romanos que se daba á los premiados, con el resto de la
población? Los labriegos de entonces no creo fuesen á que se
les colgara del cuello esa bola, sino que irían á vender y
comprar entre los romanos, dándose á entender de cualquier
manera, es decir, chapurreando y destrozando el latín, no,
ciertamente, hablándolo mejor que sus dominadores. De esas
escuelas saldrán tan buenos escritores como de las escuelas
romanas, y llegó una época en que los mejores literatos de Roma
fueron españoles; pero una cosa es el estudio literario y otra
el habla vulgar aprendida en calles y plazas. La necesidad
y la moda, ésas llevaron el latín á todas partes. Véase lo
que pasa hoy en las provincias vascas. Se tiene en poco el
vascuence, porque el español es el habla de la gente granada de
las poblaciones. Así los pueblos se degüellan á sí mismos con
el mismo cuchillo, que, atraídos por la moda, se escogieron:
"idque apud imperitos humanitas vocabatur, cum pars servitutis
esset", dice Tácito al hablar del cebo con que Agrícola atraía
á los britanos para romanizarlos. Todos quieren seguir á las
personas de más cuenta, aprecian más sus términos extraños
que los propios, por ser éstos usuales entre la plebe, se los
apropian y mezclan en su habla. Poco á poco hablan castellano;
pero con pronunciación vascongada, con no pocos términos y
giros vascongados, y resulta una jerga como el castellano que
hasta poco ha se hablaba en Bilbao. Estamos asistiendo á las
últimas conquistas del latín entre las lenguas bárbaras. Pero
¡qué latín el que lucha hoy día contra el vascuence! Tan latín
como el que luchó en otro tiempo en el resto de España. Latín
es nuestro castellano actual; pero... romanceado. Y tal fué el
latín que habló siempre la masa general del pueblo español.
=9.= Acerca de si se habló latín por todo el pueblo español,
así como del influjo del vascuence en el romance, he tratado
largamente en los _Diálogos sobre el origen del castellano_,
donde pueden verse muchas autoridades. Añado aquí la de Simonet
(_Glosario_, pág. XXXVII): "Aunque el latín logró predominar
y hacerse vulgar en la antigua Iberia bajo la dominación
romana, conservando sus fueros bajo la visigoda, su uso no
debió ser universal y exclusivo. La lengua latina llegó á
ser el idioma oficial, religioso, culto y literario de toda
la Península, y aun el vulgar y corriente en su mayor parte;
pero coexistiendo muchos dialectos vulgares, y, sobre todo,
palabras y locuciones de distintos orígenes. Pruébanlo así:
el dicho de Cicerón de que los españoles no serían entendidos
en el Senado sin intérpretes; los nombres de _sermo patrius y
patria lingua_, que aplican Tácito y Silio Itálico á palabras
y modismos usados por los españoles en aquellos tiempos, y las
voces ó formas no latinas que cita San Isidoro como usadas
vulgarmente en su tiempo por los mismos españoles latinizados:
_vulgus vocat_, _Hispani vocant_, _vocamus_. Quien desee más
sobre esta materia, consulte lo que discurre el señor Ríos en
su mencionada _Hist. crít._, tomo II, ilustr. I.ª, núm. 1,
corrigiendo la opinión de Martínez Marina, quien pretendió
negar la existencia de todo lenguaje español distinto del latín
bajo la dominación romana. Baste á nuestro propósito observar
que la corrupción del latín y su fusión con otros dialectos se
debieron en gran parte á la influencia unificadora del espíritu
cristiano y de la monarquía visigótica. Y aunque este hecho no
puede apreciarse con exactitud en los documentos públicos y
literarios de aquellos siglos, cuyos autores habían de afectar
en lo posible las formas y propiedad latina, nos dan motivo
suficiente para sospechar que en el habla corriente, en la
poesía popular, y siempre que la ignorancia ó la necesidad
no permitía ajustarse á la pureza y rigor clásico, se usaba
ya un lenguaje muy distinto del escrito por los Marciales y
Lucanos y aun por San Isidoro. Finalmente, documentos latinos
del siglo VIII, pertenecientes á la nueva Monarquía asturiana,
acreditan con muchas palabras y frases la gran corrupción en
que había caído el latín y la existencia de un romance hispano
vulgar". Véanse estos documentos en la _Colección de Fueros y
Cartas municipales_, publicada por D. Tomás Muñoz y Romero, y
consúltese al Sr. Ríos, tomo II, pág. 390 y siguientes.
=10.= El latín solo no se hubiera podido modificar tanto en
el corto espacio de dos ó tres siglos para llegar á formar un
idioma tan distinto como el castellano. Aquí hubo una lucha con
alguna ó algunas de las lenguas indígenas. Lo está diciendo
esa misma repentina transformación, que contrasta con el
desenvolvimiento lento de las indo-europeas antiguas y con el
del griego moderno respecto del griego antiguo, y del alemán
respecto del antiguo alemán y godo. Lo está diciendo el que
todavía viva la lengua indígena de España, con la que hubo
de encontrarse frente á frente el latín. Lo está diciendo el
fonetismo castellano, tan opuesto al fonetismo latino y tan
semejante al fonetismo del éuscaro. Lo está diciendo el cúmulo
de sufijos derivativos y gran parte del vocabulario eusquérico,
que forman parte importantísima de nuestra lengua.
Y esa lengua es el éuscaro: si el latín fué el padre, el
éuscaro fué la madre del castellano.
El influjo del éuscaro difiere enteramente del influjo del
latín: en la formación y evolución del castellano influyó, ha
influido y sigue influyendo el latín, puesto que, si no en el
elemento popular, en el erudito ha seguido siempre dando nuevos
vocablos al castellano; el éuscaro influyó solamente en su
primitiva formación, y una vez pasada la primera niñez, durante
la cual lo amamantó á sus pechos, murió, como quien dice, de
sobreparto, dejándolo á su desarrollo propio bajo la tutela de
su padre. Metáforas son éstas y nada más, pero que expresan
de alguna manera lo que yo pretendo decir y resumen en pocas
palabras el problema etimológico de la lengua castellana.
Lo más íntimo del organismo de un idioma es su fonetismo,
pues, no sólo le da todo su aspecto exterior, que pende del
elemento sonoro, sino que él es el que más influye en todo su
desenvolvimiento. No influyó el éuscaro en el castellano más
que hasta el momento de darlo á luz; una vez nacido, hubo por
el mismo hecho de morir la madre. Pero la adaptación continua
del elemento sonoro del mismo latín tuvo que irse verificando
en la hija después de muerta su madre, de la misma manera que
en el período de su gestación. Dado el fonetismo eusquérico
en nuestro romance, las leyes fonéticas que han convertido
al latín en castellano son meras aplicaciones de ese mismo
fonetismo. Y las leyes fonéticas castellanas, manifestaciones
de ese fonetismo eusquérico, son las que más han contribuido al
desenvolvimiento y á la caracterización del idioma.
Proceden igualmente del éuscaro ciertas tendencias
morfológicas del castellano, un gran número de sufijos
derivativos, que lo separan enteramente de las demás
neolatinas, y casi la mitad del vocabulario, esfinge de la
lingüística. Hace, por lo menos, diez y seis á diez y ocho
siglos que el castellano fué destetado de los pechos del
éuscaro, y, sin embargo, es asombrosa la enorme cantidad
de raíces que de él conserva nuestra lengua, y no vocablos
comoquiera, sino raíces fecundísimas, más fecundas que las
raíces latinas, y de un empleo el más vulgar y cuotidiano.
Si hubiera poseído el éuscaro la literatura y la cultura
que el latín, no sólo hubiera entrado éste á formar nuestra
lengua como un elemento muy secundario, sino que ni siquiera
hubiera podido llegar á ser un romance, á tener, digo, el
corte y la estructura del latín, lo cual sucedió con el godo
y el árabe, que traían una escasísima cultura, comparada á
la romana viviente en España, y así sólo pudieron prestarnos
algunos vocablos. Pero la cultura romana en la religión y la
filosofía, en la política y en la literatura, en la ciencia
y en las artes, era tan ingente y avasalladora que arrolló
la precaria cultura índígena, y sus modas se impusieron y su
lengua dió el tono, transformando el idioma indígena en su
gramática y en la mitad de su vocabulario. La lucha de las dos
lenguas que concurrieron á la formación del castellano está
como estereotipada en el mismo castellano. El verbo _comer_ no
ha vencido al indígena _yantar_ hasta el comienzo de la Edad
Moderna. Los españoles empleaban su _yantar_, latinización
del _ianta_ eusquérico; los romanos traían su _comedere_,
que por ser de moda empezarían á emplear las altas clases
sociales españolas; después el _comer_, contracción española
de _comedere_, fué bajando hasta las últimas capas sociales y
fué arrinconando al _yantar_, hoy ya anticuado, pero sin duda
más antiguo en el romance que el _comer_, puesto que lo debió
de usar el pueblo cuando el _comedere_ sólo lo empleaba la
gente alta, y el _comer_ no derivó más que después, cuando el
_comedere_ llegó á los labios del pueblo.
El vocablo de origen latino _joven_ no debió de emplearlo
el pueblo hasta muy posteriormente, puesto que poseía los
de origen eusquérico _chico_, _pequeño_, _mozo_, _niño_,
_muchacho_, y algo se tardaría en convertir _iuven-em_
en _ioven-em_, _ioven_, _xoven_, _joven_. Más moderno es
_párvulo_, de origen eclesiástico y canónico, _entierro de
párvulo_, de donde después _escuela de párvulos_, etc., y que
en la primera formación del castellano lo olvidaron los romanos
españoles, prefiriendo los vocablos indígenas anteriormente
citados. Los de _puer_ y _adolescente_ quedaron perdidos por
completo, pues _adolescente_ es de introducción erudita muy
posterior, como que no ha llegado aún á las últimas capas
sociales del pueblo español.
_Fatigarse_ debió de ser aristocrático y de moda, y nunca
pudo destronar al _cansarse_ de cepa eusquérica, ni siquiera
generalizarse tanto entre el pueblo. Ambos son castizos; pero
no habrá quien no tenga por más castellano el _cansarse_ y el
_cansar_ que el _fatigarse_ y el _fatigar_, como el _halagar_
eusquérico que el _adular_, y los vulgarísimos _asir_,
_agarrar_, _arrebatar_ y _atrapar_, que el _recibir_ y el
mismo _coger_. El _satis_ y _satis esse_ hubieron de ceder
ante _bastante_, _bastar_ y _asaz_. El _quaerere_ tuvo que
cambiar un poco el sentido originando el _querer_, porque el
eusquérico _buscar_ no se daba por vencido, como ni _callar_,
que tapó la boca al _tacere_ y al _silere_. Otro tanto sucedió
al _lucrari_, que hubo de convertirse en _lograr_, mudando de
significación, porque el _ganar_ eusquérico no le dejaba á
sol ni á sombra, y el _eiicere_ no pudo levantar cabeza ante
los eusquéricos y vulgarísimos _echar_, _arrojar_, _lanzar_,
_tirar_ y _botar_. _Soltar_ derivó posteriormente de _suelto_,
pero para entonces ya habían dominado _echar_ y _dejar_, que no
se le han sometido jamás.
Bueno es el _juego_ y el _jugar_ latinos, pero la _holganza_
y el _holgar_ no les van en zaga, y el _divertirse_, si vino
á significar lo mismo, fué porque su primitivo valor lo
tenía acaparado el _dis-traerse_; el _gaudere_ no pudo vivir
entre los españoles, que tenían su eusquérico _gozar_, y aun
_alegre_, _alegrarse_, tomaron su significación, tan distinta
de la de _alacre-m_, porque el _gozo_ para los euscaldunas era
un _esse alacrem_.
=11.= La evolución del romance con casi solos elementos
eusquéricos muestra la energía del elemento popular sobre el
elemento de los conquistadores. Déjase el término _rostrum_
y se conservan los indígenas _pico_, _morros_ y _hocico_ ==
_focico_ de _buz_, con el sufijo _-ico_.
Si el _bec_ céltico hubiera sido el origen de _pico_, no
se hubieran formado los derivados siguientes: _picar_,
_piqu-era_, _pico-ta_, _pico-tero_, _picote-ar_, _pic-udo_,
_pic-aza_, _piqu-illo_, _pic-a_, _pica-cho_, _pica-do_,
_pico-tazo_, _pica-dura_, _pica-joso_ (_picaxo-so_), _pic-aro_,
_picar-esco_, _picar-on_, _picaronazo_, _picar-illo_,
_pic-ardía_, _pica-dero_, _pica-dillo_, _picard-ear_,
_pica-za_, _pi-cara-da_, _picara-za_. Todos estos sufijos son
eusquéricos, excepto el _-ar_ verbal. Añádanse las formas
latinizadas _pica-do_, _pica-nte_, _repicar_, _pica-miento_,
_picante-mente_, _pícara-mente_. De un _bec_ céltico no se
hacen tantos guisos, como no se hacen de un término arábigo ó
gótico, cuyos vocablos, entrando en nuestra lengua, pierden la
fecundidad de reproducirse. Ese _bec_ céltico es el _biko_ del
éusquera pronunciado por los semi-íberos del Sur de Francia.
Ni los nombres sueltos latinos han tenido tanta riqueza de
derivados como los nombres sueltos eusquéricos. De un verbo
latino derivan muchos nombres; pero vinieron ya formados en
su mayor parte del Lacio. No así de las palabras indígenas;
como tenían fuerte arraigo, tomaron multitud de sufijos: unos
puramente eusquéricos, otros latinos, otros comunes á las dos
lenguas. La comunidad de raíces y sufijos fué un gran factor en
la evolución del nuevo romance.
_Carrus_ es término suelto en latín, tomado á los íberos de
la Galia, así es que no tiene equivalente en las I-E, ni
más derivados que _carrūca_ ó silla volante, en Suetonio,
_carrucarius_ y _carrŭlus_, diminutivo y aun la terminación
_-ca_ es ibérica. Pero ese _carrus_ lleva la terminación
latina _-us_; en éuscara, _e-karr-i_, llevar, _kar_, raíz de
todo el verbo. Véanse los derivados del romance: _carr-aca_,
embarcación de acarreo; _carra-co_, viejo tardo; _carr-al_,
barril para llevar vino en carro; _carralero_, _carre-ar_,
_a-carrear_, _carrejar_, dim. _carrello_ == _carrillo_,
_carr-era_, _ca-rrer-illa_, _carrer-a_, _carr-eta_,
_carreta-da_, _carreta-je_, _carreta-r_, _carre-te_,
_ca-rrete-ar_, _carrete-l_, _carret-ela_, _carret-era_,
_carreter-ía_, _carreteri-l_, _carre-ter-o_, _carret-illa_,
_carretill-ero_, _carret-illo_, _carret-ón_, _carreton-ero_,
_carri-car_, con _-ka_ éusc., _carri-ego_, _carri-l_,
_carrill-ada_, _carrill-ar_, _carril-era_, _carr-illo_,
_carrillu-do_, _carri-ño_, _carro-za_, _carroc-ero_,
_carro-cha_, _carro-mato_, _carromat-ero_, _carru-aje_,
_carru-co_, _a-carrear_ y todos sus derivados. Todos éstos no
vienen de _carrus_ ó _carro_, sino que, en su mayor parte,
derivan de la raíz _kar_, habiendo contribuido el uso del
_carrus_ latino, sin duda alguna, á tanta fecundidad. Viene
luego _car-ga_ con _-ga_ eusquérico, y tras él otros tantos
derivados: _cargar_, _des-cargar_, _re-cargar_, _en-cargar_,
cada uno de los cuales cuenta con una nueva prole, y otro
tanto digo de _des-carri-ar_, _des-carrilar_, _en-carrilar_. Y
nótese que ya no se trata de _carro_, sino de _llevar_, idea
del _kar_, _ekarri_, que está aún en el _acarreóme_ muchos
disgustos, etc.
La infinidad de derivados aumenta si pasamos á la variante
_garra_, mano en cuanto coge y lleva, que suena y es la
misma en éusquero que en castellano, y es la misma raíz
suave del _kar_ fuerte. ¡Cuántos derivados no salen de
_garra_, _a-garrar_, _des-garrar_, _gar-za_, _engar-zar_,
_des-engarzar_, _garro_, _garro-te_! ¡Y todavía nos vendrán
con que de _carrus_ viene toda esa balumba de términos! Muchos
de ellos podrían usarse también en éuscaro como en castellano,
mientras que no podrían serlo en latín: es que los sufijos y la
raíz son eusquéricos, mientras que sólo _carrus_ es latino por
préstamo, y ni la raíz _car_ lo es, ni la mayor parte de los
sufijos.
Comparando la masa etimológica que el castellano posee
directamente del latín y del éuscaro, se nota en seguida que
del latín tiene muchos términos en las explosivas _c-_, _p-_,
_t-_, y poquísimos en las suaves _g-_, _b-_, _d-_, y al revés
del éuscaro. La razón es manifiesta: las suaves son en éuscaro
las más numerosas, por eso lo son los términos castellanos
tomados directamente del éuscaro. Por el contrario, como
esas suaves eusquéricas se hicieron fuertes al pasar á las
indo-europeas, y entre ellas el latín, los términos que el
castellano tomó del latín llevan de ordinario esas explosivas
fuertes. Por manera que, cuando en algunos casos el romance
suavizó las fuertes latinas, vino á parar por un círculo
completo á los sonidos primitivos. Por otra parte, cuando el
mismo romance reforzó las suaves eusquéricas, no hizo más
que lo que habían hecho las demás indo-europeas. Y esta ley
de refuerzo, aunque no sin excepciones, se halla en el paso
del éuscaro al castellano, lo mismo que en el del éuscaro á
las demás indo-europeas. Es la ley de Grimm, inexplicable
hasta hoy, pero que en nuestro caso paréceme que se vislumbra
la razón y por qué. El pasar de las fuertes á las suaves no
necesita otra explicación que el principio de la degeneración
fónica, del descuido en articular. Lo difícil está en explicar
el hecho opuesto: el paso de las suaves á las fuertes. La
pronunciación eusquérica y castellana es notable por la
suavidad de los sonidos suaves; relativamente, es mucho más
suave que en las demás lenguas antiguas y modernas. Por eso,
cuando los extranjeros aprenden estas lenguas, pronuncian las
explosivas suaves tan fuertemente, que nos choca, y parécennos
articular más bien las explosivas fuertes. Del _bibere_ hemos
hecho nosotros un _beber_, que mejor se escribiría _wewer_;
viene un francés y le oímos casi _peper_. Por la misma razón se
originaron en castellano la _z_ y la _j_, espirantes nacidas de
la extremada suavidad de _t_ = _d_, _k_ = _g_. Así óyese decir
_Madriz_, _Valladoliz_, y la _j_ casi siempre viene de _x_,
ó sea antiguamente _ch_ francesa y eusquérica. Ahora bien: á
los romanos les pasó, sin duda alguna, lo mismo que les pasa á
los franceses al articular éstos el castellano ó el éuscaro,
aquéllos el éuscaro ó ibero y el naciente romance: hicieron
fuertes las suaves eusquéricas. Esta tendencia se hacía más
necesaria por el deseo de pronunciar claro unos sonidos que
á los oídos poco acostumbrados siempre parecen obscuros,
sobre todo si son suaves. Así acontece que el extranjero,
instintivamente, hace hincapié en cada sonido de la lengua que
le es extraña, por lo mismo que deletrea y recalca cada una de
las sílabas por no poseer todavía la rapidez propia del que,
sin reflexionar, pronuncia en su lengua propia.
=12.= Sobre el éuscaro: W. v. Humboldt, _Prüfung der
Untersuchungen über die Urbewohner Spaniens, vermittelst der
Vaskischen Sprache_, 1821; Emil Hübner, _Monumenta linguae
ibericae_, Berolini, 1893; Edouard Philipon, _Les Ibères_,
París, 1909, y las obras de Erro sobre el alfabeto celtibérico,
Astarloa, Larramendi y demás vascófilos (Allende Salazar,
_Biblioteca del Vascófilo_, y la que después escribió Vinson).
Sobre el celta: H. d'Arbois de Jubainville, _Cours de Litt.
Celt._, t. XII, 1902; íd., _Les celtes en Espagne_, Rev. Celt.,
t. XIV, 1893, página 357; t. XV, 1; t. XVI, 383; K. Müllenhoff,
_Deutsche Altertumskunde_, II^2, pág. 237; Gröber, _Grundriss
der Roman. Philol._, t. I, página 388.
En general, sobre el origen del castellano: Förster,
_Spanische Sprachlehre_, Berlín, 1880; Cejador, _Tesoro de la
lengua castellana_, 10 vols., 1908-1914; íd., _La lengua de
Cervantes_, 2 vols., Madrid, 1905-1906; Gröber, _Grundriss_,
citado; F. Gorra, _Lingua e letteratura spagnuola delle
origine_, Milano, 1898; F. D. M. Ford, _Old Spanish-text_,
Boston, 1906; J. Cejador, _Diálogos sobre el origen del
castellano_, Madrid, 1915.