Naturalmente, cuanto antes fué colonizada una provincia,

tanto más arcaico hubo de ser el latín que formó la primera

base del romance. Los autores de glosarios y compiladores de

arcaísmos son africanos, precisamente porque allí se usaban

tales términos: Nonio, Fulgencio, Plácido, que escribió en

África ó tal vez en España; Charisio, de origen africano; el

mismo Apuleyo de Madaura, en África. Estos autores hicieron

lo que nuestro San Isidoro cuando recogía los términos

característicos del habla vulgar de España. El comienzo de la

colonización de nuestra patria fué á fines de la República

por colonos italiotas, con muchos auxiliares pelignianos,

marrucios, campanos, samnitas. El italismo aparece aquí antes

que en ninguna parte. Sertorio quiso tal vez formar una

nueva Italia en España, en la que todos los de nacionalidad

italiana gozasen de los mismos derechos. Su Senado constaba

de 300 miembros después de habérsele unido Perpenna el año

77, tanto de italiotas como de romanos. Escipión el africano

fundó en 204 á Itálica famosa, favoreciendo la colonización

de los mismos italiotas. Sus habitantes, coloni italicenses,

formaban parte de la tribu Sergia. Eran, pues, políticamente

romanos; pero italiotas de origen, sabinos, faliscos, marsos,

oscos; y sin duda entre los vencidos en la guerra social no

faltarían quienes vinieran á buscar aquí una nueva patria. Tal

es la causa de que el castellano contenga bastantes elementos

de la antigua rusticitas del Lacio y de las lenguas itálicas,

elementos procedentes de los siglos II y I antes de J. C. Por

ej., cueva de cova, ñūdo por nōdus, por la ū del osco, del

sabino, en vez de la ō latina. Varron dice del coenāculum

falisco que se empleaba por comedor en Faleria, Lanuvio y

_Córdoba_. Ya hemos visto que isse por ipse era dialectal, y

que en úmbrio se decía essu y eso: es nuestro ese, eso, que

sin duda viene del úmbrio, pues en Cerdeña es usadísimo (issu,

su), y en España se encuentra (ipse) en las inscripciones en

vez de los demás demostrativos. La contracción de au átono

en o, excepto delante de sílaba con u, procede del úmbrio y

era propia del antiguo latín vulgar; el influjo literario

restauró después en gran parte el au. La 3.ª p. plural -unt,

legunt, sustituyó durante el Imperio por reacción erudita á la

itálica antigua -ent del osco-úmbrio stahint, benurent; pero

se conservó donde ya había echado hondas raíces, en Cerdeña y

en España: elien, fachen y piden, abren, cogen. La preposición

per en vez de prō se encuentra en todos nuestros documentos

más antiguos, como en el testamento de Odoar del año 747:

"_Per_ suis terminis": es el per úmbrio empleado con ablativo,

tota-per, nomne per, como περί, empleado por el antiguo latín,

de donde el per italiano, el per del antiguo castellano, del

cual derivan pero, para y por. Conocida es la i del plural

italiano, que colorea con este timbre delgado toda aquella

lengua. Ni en España ni en Cerdeña se halla. Ninguna lengua

itálica formó el nominativo plural en ī, excepto el latín: aun

en las inscripciones antiguas latino-itálicas se ven formarse

nominativos como filios, vireis, scalas. En úmbrio la primera

declinación lleva -as en el nom. plural, urtas, anglar por

rotacismo, en vez del -ai latino, musai. Lo mismo en osco:

pas exaisc-en ligis scrif_tas_ set == qu_ae_ hisce legibus

scrip_tae sunt_. En la segunda declinación el úmbrio lleva -us,

prinuvatus; el osco lo mismo, Abellanus; mientras que el latín

-i, domini. Sólo, pues, por la reacción erudita del tiempo

del Imperio se explica esa -i italiana; pero esa reacción

nada pudo en Cerdeña ni en España. El dativo pronominal -uī,

-eī de formación reciente, masc. illuī, fem. illeī, por el

epiceno illī, hállase en todas las románicas y aparece en

las inscripciones italianas desde los primeros siglos del

Imperio. Sólo falta en castellano-portugués y en sardo; en

España y África no aparece ni en una sola inscripción. Estos

hechos prueban varias cosas. En primer lugar, el influjo de la

antigua rusticitas y del úmbrio en el latín de España y en el

castellano. En segundo lugar, que la reacción erudita no fué

tan poderosa en España como en Italia, contra lo que asevera

Mohl, el cual parece que con insistir en esta aseveración ya

da satisfacciones cumplidas á los defensores de la unidad del

latín vulgar y á los que dicen que las lenguas indígenas no

influyeron en las románicas. Cuanto más distanciadas estaban,

dice Mohl, estas lenguas del latín, tanto más puro se habló

el latín, tanta mayor influencia tuvo la reacción literaria,

y tanto mejor se olvidaron los idiomas indígenas; y por

eso, aunque el latín, viniendo á España antes que á otras

provincias, hubo de tener elementos arcaicos y dialectales

itálicos y evolucionar antes que las otras románicas; pero

la reacción literaria, mayor aquí, niveló pronto el latín de

España con el resto del Imperio. Tal parece discurrir, ó debe

de discurrir, de mantener el dogma de la unicidad del latín

vulgar. Pero los hechos desmienten este razonamiento y prueban

que los elementos arcaicos y dialectales duraron en España sin

que la reacción erudita pudiera borrarlos, y que, por lo mismo,

si el latín de toda la Romanía fué esencialmente el mismo, en

concreto hubo diferencias dialectales de tanta monta como las

que acabamos de ver y otras que irán apuntándose. Sólo añado

por ahora la no existencia en España, demostrada por el mismo

Mohl, del hic y del dativo reaccionario, que dió lui y leur á

casi toda la Romanía, pero que no entró en España. La verdad

es que no acabo de entender la última decisión de Mohl cuanto

á la doctrina de la unicidad del latín vulgar: los hechos

se la hacen negar unas veces, otras la opinión general le

arrastra tras sí. La teoría generalmente admitida entre los

romanistas es que los romances provienen de un latín vulgar,

idéntico en todo el Imperio, entre los siglos II y IV después

de J. C., es decir, después de la conquista de la Cisalpina

en el siglo II, y sobre todo durante la romanización de la

Transalpina. Esta teoría supone que sólo el celtismo pudo

influir en ese latín vulgar, y que no influyeron ni el latín

antiguo (antiqua rusticitas), ni las lenguas itálicas. En esta

época fué realmente cuando el latín hablado llegó en todo el

Imperio á ser más uniforme y á parecerse más al latín literario

y oficial, por razón de la mayor unificación y centralización

política y del mayor apogeo de la literatura. De aquel latín

vulgar común provienen los caracteres comunes de todas las

románicas y cuanto se encuentra de común en todas ellas. Es

más: de entonces viene el trasiego de vocablos y radicales á

todas las regiones de la Romanía, los cuales eran indígenas de

una ó de otra exclusivamente. El léxico románico, compuesto

de radicales latinos y no latinos se fundió entonces y se

generalizó en toda la Romanía. En esta doctrina se apoyan

los romanistas para inventar una forma latino-vulgar que

explique cualquiera otra forma de cualquier romance. De tales

formas latinas bien se puede repetir lo que dijo Sittl: "Das

Vulgärlatein, mit welchem die Latinisten operieren, ist ein

Phantasiegebilde" (_Jahresb. Fortsch. Klass. Altert._, t.

LXVIII, páginas 526-540): es un latín de pura fantasía. Seduce

la precisión matemática con que se reconstruye de esta manera

el léxico latino y con que se deducen de tales formas forjadas

todo un sistema de leyes fonéticas, que después se aplican

mejor ó peor á otros vocablos. Y como para que quepan todas las

variantes románicas no hay más que ensanchar la fórmula latina,

el negocio es fácil: no hay más que poner fórmulas generales.

Se trata--dice Mohl--de explicar la contradicción entre el

it. orzo y el cast. orzuelo ante el prov. ordi y fr. orge. Se

dice que en latín vulgar -di- en hiato después de consonante

todavía no había consonantizado la i, que en todo el Imperio se

pronunciaba *ordĕu ú ordĭu. Con esto, las formas más modernas

provienen de aquella época, lo mismo que las antiguas: en la

fórmula caben todas ellas. Es lo que hacen los indo-europeístas

al explicar todas las formas de las lenguas indo-europeas, sin

tener en cuenta la cronología ni la evolución particular de

cada una de ellas. Tal es el sistema _comparativo_, cuando á

la vez no es _histórico_: se exagera y convierte en teórico

y ultrametafísico. Si el latín vulgar no es más que lo que

podamos deducir de las románicas, ese latín siempre será una

lengua típica y formularia, que explique las románicas, y nada

más, una lengua de abstracciones. Y claro está, no teniendo

en cuenta la investigación histórica, prescindiendo de la

cronología de las formas, la ilusión de rigor científico que

presenta este procedimiento teórico arrastra y satisface.

Pero la realidad es harto más compleja. Cuando se nota la

predilección en España por los pronombres iste, ipse, y lo

raro de hic, y la ausencia completa de huic, huius en toda

nuestra epigrafía, mientras se menudea tanto en otras partes,

no puede menos de ocurrir la sospecha de que el latín de

España en algo difería del de Francia é Italia, y que es una

ilusión pretender poner como tipos del latín vulgar general

hic, huic, illuī, illūius, que en España no aparecen jamás.

Los elementos arcaicos, que no pueden menos de confesarse,

se tratan de explicar como formas aisladas y de acarreo, con

tal de que subsista en pie la unidad del latín vulgar. Pero

las tesis deben desaparecer cuando los hechos claman contra

ellas. Además, esta tesis lleva prácticamente á querer hallar

un vocablo latino para cada vocablo románico, como si las

románicas no tuvieran formas debidas á su propia evolución.

Este elemento idiomático, originado dentro de la vida de los

romances, es, precisamente, el más interesante para cada uno de

ellos, y es el que con mayor empeño pretendo yo que resalte en

mis estudios acerca del castellano, sin negar nada de lo que

legítimamente ha de atribuirse á la lengua común latino-vulgar.

Desde la guerra social, el latín oficial y literario lucha

contra el latín hablado y contra todas las tendencias

dialectales, que había ido recogiendo al través de Italia y en

su marcha triunfante por las provincias. Esta reacción erudita

va creciendo á la par que el poder y la centralización oficial

romana hasta Augusto y sus primeros sucesores. Las escuelas, la

administración oficial, el arte literario, son sus principales

palancas. Desde los Antoninos, en el siglo II, la lengua

literaria y oficial comienza á decaer, vencida en toda la

línea, y á principios del siglo IV desaparece. Las provincias

más tardíamente conquistadas recibieron, por consiguiente, un

latín más parecido al literario, Portugal ó Lusitania y el

norte de la Galia. Mientras en España _conocer_ y en Italia

_conoscere_ provienen del antiguo y vulgar _conōscere_, en

Portugal el erudito _cognōscere_ dió _conhecer_, en Francia

_conoistre_ con _n_ por _gn_; pero al sur _conoscere_ junto á

_cognātus_, prov. _conhat_, cast. _cuñado_. El latín hablado

en todo el Imperio adquiere en esta época su mayor unidad,

ayudando poderosamente el continuo trasiego de las legiones,

que pasan de un punto á otro, llevando á todas partes las

variantes dialectales de todas.

En algunos centros españoles, el latín literario debió

reaccionar poderosamente. Conocida es la completa latinización

de parte de Andalucía: las escuelas de Córdoba fueron famosas,

más todavía que las de Narbona, fundadas para romanizar la

Provenza. Sólo en Provenza y en España hay el pluscuamperfecto,

que era rarísimo en latín vulgar, y cuyo empleo en estas dos

regiones parece deberse al influjo literario. Otro tanto se

diga de los tipos del perfecto de subjuntivo, fuerim, habuerim,

cantaverim, que no hay ni en Cerdeña: fuere, hubiere, cantare,

en portugués fôr, houver, cantar, no vienen del vulgar latino,

sino de la reacción literaria. Pero no es completamente

exacto el dicho de Mohl: Sin el latín literario no se hubiera

uniformado el latín vulgar y los romances hubieran aparecido

cuatro siglos antes. ¿Acaso el latín se plantó en España sin

evolucionar, aguardando á que se le llevara á las últimas

provincias conquistadas? ¿Ó tuvo tal poder la reacción

literaria que deshizo todo lo producido, evolucionando durante

ese espacio de tiempo? No desaparecieron los arcaísmos y

dialectalismos itálicos, ni se volvió atrás en su evolución

el latín de España: por consiguiente, siempre hubo de tener

algunos caracteres que le fueron propios.

Hay, pues, en nuestro romance una mezcla de elementos eruditos

con otros arcaicos, debidos á que, cuando vino por primera

vez el latín vulgar, el literario todavía no estaba del todo

fijado ni había influido sobre el habla vulgar, llena de

italianismos. Este doble carácter distingue á nuestro romance

de todos los demás; conviniendo con el sardo en el elemento

arcaico y diferenciándose de él en el literario, que en Cerdeña

dejó muy pronto de influir en la época imperial. Cadiello viene

del katel úmbrio, como catellus en Reichenau, no del catulus.

El influjo úmbrio dominó durante el Imperio extendiendo _-el_

de nominativo á los demás casos, haciendo olvidar el _-olo-_,

lat. _-ulus_, _-ulum_: catel, acus. catello (úmbrio katlu): de

aquí el vulgar _-ello_, cast. _-iello_, luego _-illo_, cuchillo

de cultellus, preferido con vitellus por Plauto á los clásicos

catulus, vitulus. Estas huellas itálicas deben de durar más

claras y en mayor número en los patois italianos, donde siempre

hubo de haber dialectos rústicos del latín vulgar: al finalizar

el Imperio se hablaba mejor el latín en algunas poblaciones

de España y Provenza que en Italia. La lucha entre el latín

literario y el vulgar termina en el siglo III, en el que vence

el vulgar en los autores cristianos; en el siglo IV Claudiano

y los puristas versifican ya en un idioma literario muerto.

El latín de Dacia ó su descendiente el rumano merece especial

interés, pues nos presenta el latín que hablaban las legiones

imperiales en los siglos II y III, ya que pronto quedaron allí

los colonizadores como separados del resto de la Romanía y

nunca hubo especial influencia literaria.

En Italia, el latín, en tiempo de los Gracos, se componía de

infinidad de patois locales, que fueron unificándose hacia la

guerra social en una lengua común bastante uniforme. En Dacia,

el país estaba abandonado casi enteramente al invadirlo los

romanos; el latín militar llevado por Trajano era el general

del Imperio durante los siglos II y III de nuestra era. Los

colonos eran "ex toto orbe romano" (Eutropio, VIII, 6), sobre

todo eran legionarios, unos 25.000 hombres; la literatura no

influyó allí, pues no hubo escuelas por no haber bárbaros

que latinizar, la dominación fué efímera. El rumano presenta

el latín vulgar común del Imperio á fines del siglo II: los

plurales -i, -e, las segundas personas en -i, la caída de las

consonantes finales, o, u, como representantes del au átono,

el tratamiento de las paladiales, son fenómenos comunes al

rumano y al italiano, y de Italia debieron de partir la mayor

parte de los colonos de Dacia. Después del fondo italiano

contribuyeron más al latín de Dacia el de Rethia y el de España

por medio de los auxiliares militares de las legiones, pues

los de la colonia trajana, según aparece por las listas de

Goos, son casi todos españoles, retos y sirios. Los hispanismos

del rumano actual son manifiestos. El verbo ajuná, macedonio

adzuná = ayunar. Al finalizar de la República jā- átona se

hace jē- en literario, Plauto no conoce más que iāiūnus,

iānuārius quedó junto al iēnuario vulgar á causa de Iānus. De

modo que iāiūnus es más antiguo que iēiūnus, y Thurneysen cree

que antes fué *ēiūnos, skt. ājūna-. En Philoxeno ēiūnat, de

donde por asimilación iaiunat, luego por reacción literaria

ieiunat, ó tal vez de eiunus salió aiunos. La legión VII

galbiana, compuesta de tarraconenses y llevada por Galba á

Roma y al Lacio (TAC. _Hist._, I, 6, SUET., _Galba_, 10),

fué la que más hispanismos llevó á Roma y á la Campania. Un

hispanismo es la general suavización de las explosivas, sin

excepción en España, acaso por influencia itálica anterior.

En Italia la reacción erudita se opuso á la generalización de

la ley. En úmbrio las explosivas tendían á suavizarse ante r,

l: subra = lat. supra, kabru y kapru, mandraclo, podruhpei;

en osco también: embratur = imperator; peligniano empratois,

osco Aderl(ú) = Atella, úmbrio adro, adrer = āter, en Igubium

-br- por -pr-. En el latín imperial de Italia las mudas ante

r nunca llegaron á suavizarse del todo, pietra, padre, ladro;

capra, cavriulo en Toscana. La -t final cae pronto en las

inscripciones provinciales; en Roma y el Lacio al revés, tarda

mucho en caer. En Pompeya (siglo I) pedikaud, liciid, ya se

suaviza en -d, como en osco, luego las formas sin dental,

muy generales al Norte, se generalizan. Del siglo IV al V

sólo persiste la dental ante vocal. Después de los Antoninos,

sobre todo desde el siglo III, el latín imperial hablado se

descompone, perdiendo la unidad que en mayor ó menor grado

había conseguido apoyándose en el lenguaje literario y oficial.

Las provincias caen en la cuenta de la debilidad del poder

central, despiértanse sus iniciativas y su autonomía política y

administrativa, la disolución comienza en la lengua como en la

política.

Al retirarse en 329 Constantino á Bizancio da á entender que

no podía ya conservar la unidad política, abandona el Occidente

á su propia suerte, á la futura civilización que ya despuntaba.

Teodosio, en 395, no hizo más que confirmar oficialmente esta

escisión, dividiendo para siempre el Imperio. Las lenguas

románicas habían sofocado, no sólo á la lengua literaria, sino

á la latina vulgar, de la cual habían nacido. Cuando Odoacro

destruyó el Imperio de Occidente, en 476, todo latín había

dejado de hablarse--dice Gröeber[8]--. Francia quedó libre de

toda relación con el Imperio romano en 538; España entre el 615

y el 623; Italia en 650[9].

Pero el latín literario continuó siendo la lengua oficial

y diplomática, el habla de la ciencia y de la cultura. Se

enseñaba exclusivamente en las escuelas, y era el único

instrumento de comunicación para todo el que escribía. Los

romances eran considerados como no diferentes del latín,

eran el latín mal pronunciado, que no podía escribirse. Sin

embargo, la cultura iba decayendo, y los escritores aprendían

cada vez peor esta lengua oficial. Además, las instituciones y

costumbres traían consigo sus términos propios en las lenguas

vulgares, ya derivados del latín vulgar, ya de las lenguas

nacionales, ya de las que trajeron los bárbaros del Norte,

ya del griego en el culto católico, etc., etc. Parte por la

necesidad de tener que nombrar nuevos objetos, parte por

ignorancia del buen latín clásico, los mismos escritores de

los tiempos medios se veían precisados á latinizar todos esos

términos vulgares. Ese latín medieval es el llamado bajo latín,

y es de suma importancia tener entendido que ese latín no fué

jamás lengua vulgar que se hablara; era la lengua literaria

antigua, bien que no bien sabida, con latinización de muchos

vocablos vulgares; era una lengua muerta y artificial, como lo

era en el siglo XVI entre los teólogos y filósofos y aun entre

los autores de cualquiera materia que escribiesen, cuando lo

hacían en latín. Es, por consiguiente, un crasísimo error el

creer que los escritos en mal latín de los siglos VIII y IX,

X y XI están en la lengua vulgar hablada, y deducir de aquí

que en tales escritos se ve cómo se transforma el latín en las

lenguas romances. Tales documentos son latinos, escritos en una

lengua artificial y muerta ya hace siglos; aunque á veces es

tan malo el latín que induce á creer que era el latín que se

iba corrompiendo y transformando en romance. Si el _Fuero de

Avilés_ estuviese redactado en lengua vulgar, se daría el caso

de que desde él hasta las _Partidas_, la evolución lingüística

hubiera sido cien veces más rápida y mayor que desde las

_Partidas_ al _Quijote_. El _Fuero de Avilés_ quiso escribirse

en latín, y resultó escrito en una mezcla de lenguas, parte

reales, parte imaginarias: es el documento más polilingüe que

hay, el arlequín de los documentos.

=5.= _Bibliografía._--Sobre el latín vulgar: Edélestand Du

Méril, _Poessies populaires latines_, París, 1843; Emil Hübner,

_Inscriptiones Hispaniae christianae_, Berolini, 1871, con

suplemento en las _Inscriptiones Britanniae christianae_,

Berolini, 1876; Mardquardt, _Römische Staatsverwaltung_, I,

1873; Budinszky, _Die Ausbreitung der lateinischen Sprache_,

1881; J. Jung, _Die romanischen Landschaften des römischen

Reichs_, 1881; F. Mohl, _Introduction à la chronologie du

latin vulgaire_, 1899; O. Densusianu, _Histoire de la langue

Roumaine_, 1902; C. Jireczck, _Die Romanen in den Städten

Dalmatiens_, Denkschr. O. Wien. Akad. Phil. Hist. Kl., t. 48;

A. Carnoy, _Le latin_ _d'Espagne d'après les inscriptions_, 2.ª

ed. París, 1906; Schuchardt, _Vokalismus der Vulgärlateins_;

H. Keil, _Grammatici latini_, 1857-1880; _Appendix Probi_,

edic. Heräus, _Arch. lat. Lex._, XI, 301-331, y K. Ullmann,

_Rom. Forsch._, VII, 145-225; G. Loewe, _Prodromus corporis

glossariorum latinorum_, 1876; G. Götz, _Corpus glossariorum

latinorum_, II-VII, 1888-1903; Lindsay, _Nonius Marcellus_,

1901; G. Götz, _Liber Glossarum_, Abh. d. kgl. sächs Ges.

d. Wiss. phil. hist. Kl., 13, 211-290 (glosas de voces

latino-hispanas de la primera mitad del siglo VIII); _Corpus

Inscript. latin._, en el t. II las de España, por Hübner;

Wölfflins, _Archiv für lateinische Lexikographie_.

=6.= La lengua primitiva de los españoles, que los griegos llamaron

íberos, de los ribereños del Ebro, fué el éuscaro ó lengua vascongada,

por la cual se declaran la mayor parte de los nombres propios, de los

nombres geográficos y algunos otros citados por los autores griegos y

romanos. Esta teoría del iberismo, sustentada por Larramendi, Erro,

Astarloa y Humboldt, sigue sosteniéndose entre los sabios, fuera de

ciertos autores franceses, que con haber corregido algunas de las

etimologías vascongadas de las traídas por Humboldt en _Los primeros

habitantes de España_, se dan á entender haber derrumbado enteramente

lo que confirman muchedumbre de otras, que no han podido desechar.

Veintidós siglos de lucha del latín y de su sucesor el castellano, de

la literatura, de la cultura y de la política no han bastado para hacer

desaparecer del suelo español su primitivo lenguaje, que, acorralado,

fuése retirando poco á poco hasta reducirse á las provincias vascas.

Todo en torno de ellas, en Álava, Navarra, Huesca, hay una zona de

tierras donde los euscarismos muestran haber pasado por allí el

vascuence al retirarse, y fuera de esa zona, en el castellano de toda

España, vulgar y literario, no sólo han quedado huellas del idioma

primitivo, sino que en varios puntos vence al latín. El fonetismo del

castellano es contrario al latino y es puramente eusquérico, porque

el fonetismo y pronunciación, como dijo Hervás, es lo último que se

pierde, si llega del todo á perderse alguna vez en la raza que habló

un idioma. Sólo el castellano, entre todas las románicas, tiene las

cinco vocales puras, que ni el mismo latín tenía; pero que es carácter

distintivo del vascuence. Solos los españoles y los aquitanos, que

rodean el país vasco, convirtieron la _f_ latina en la aspiración

_h_ y confundieron la _b_ y la _v_. Solos los españoles pronuncian

tan recia la _rr_ y tan suaves las explosivas _b_, _d_, _g_, como

los vascongados, y hasta el siglo XVI no conocieron la pronunciación

moderna de la _f_, y propio de unos y de otros es el uso de las

palatizadas _ll_, _ñ_, _ch_. De los grupos de consonantes, que el

latín admitía y siguen admitiendo las demás románicas, sólo sufrió

el castellano los que permite el vascuence, desechando todos los

demás. De aquí que el fonetismo castellano sea el que más se acerca

al vascongado, y por lo mismo es el más armónico y á la vez brioso

de las lenguas de Europa. Los feos sonidos _f_, _j_, _z_, nacieron

en el siglo XVI, perdiéndose, en cambio, lo sonidos de la _j_ y _ch_

francesas, que hasta entonces el castellano tuvo y se conservan en todo

el litoral de la Península, así como la aspiración de la _h_; pero este

mismo cambio de sonidos venía preparado por el fonetismo eusquérico de

la raza. (CEJADOR, _Lengua de Cervantes_, I). Por años que vivan en

España un inglés, un francés, un catalán, siempre los distinguiréis

en la pronunciación; el vascongado, con ser su idioma tan ajeno á las

románicas é indo-europeas, en aprendiendo el castellano no se distingue

en la pronunciación del resto de los españoles, hecho que demuestra,

sin género de apelación, que el fonetismo castellano proviene del

fonetismo del éuscaro ó primitiva lengua de España.

Muchedumbre de sufijos, los más vulgares, son vascongados, así como

el matiz de las vocales en los llamados diminutivos y despectivos,

como _-aco_, _-ico_, _-uco_, _-acho_, _-ucho_, etc. Fuera de algunos

fenómenos morfológicos vascongados, queda sobre todo en castellano

el inmenso caudal léxico, que sobrepuja al caudal latino en el habla

vulgar, quiero decir prescindiendo del caudal latino traído por los

eruditos y no debido á la primitiva evolución del latín en romance.

(Véase CEJADOR, _Tesoro de la lengua castellana_).

De las demás lenguas habladas en España antes de la llegada de los

romanos, el fenicio, el griego, el celta, no se conoce en el castellano

palabra alguna que con certeza á ellas pertenezca. Cuanto griego

encierra nuestro idioma vino latinizado á España. Del celta no podía

esperarse otra cosa, puesto que son contadísimas las voces que le debe

el mismo francés, con haber sido céltico el idioma principal prerromano

de Francia. El fonetismo céltico es lo único que influyó en las hablas

del Este y Noroeste de la Península, formando el portugués, el gallego

y el llamado dialecto leonés, cuya manera más propia es el bable de

Asturias, rodeado del leonés oriental, que corre por parte de León,

Palencia y Santander, y el occidental por León, Zamora, Salamanca y

buena parte de Extremadura. Dialectos lemosines son el catalán, el

mallorquín y el valenciano. En la parte Nordeste de Huesca se nota

otra variante más desleída, por influjo, sin duda, del catalán. El

llamado aragonés, fuera de algunas salpicaduras catalanas en los

antiguos escritos, en el habla vulgar, desde que se conoce, no difiere

sustancialmente del castellano: sólo en el léxico de voces de pura cepa

castellana hay diferencia, tan antiguas las más, que se usan en León; á

Murcia pasó el habla aragonesa y allí se conserva con la misma riqueza

léxica. Algo más se distingue el dialecto andaluz, sobre todo en el

fonetismo, y se debe al influjo semítico de fenicios y árabes, que

señorearon por tantos siglos aquellas tierras.

=7.= Acerca del cuándo y cómo naciera el romance castellano, parece

que fué al primer choque entre el éuscaro ó lengua nacional de los

españoles con el latín vulgar que traían los romanos, esto es en cuanto

las gentes vulgares de España, que carecían de la instrucción romana de

algunos españoles romanizados en las Colonias y Conventos jurídicos,

quisieron darse á entender en latín, puesto que pronunciándolo según

el fonetismo éuscaro, mezclando á medio latinizar muchas voces y

radicales éuscaras, añadiendo sufijos latinos á éstos y sufijos

vascongados á radicales del latín y perdiendo más de lo que lo estaban

las desinencias flexionales, verbales y nominales, hubo de resultar en

sus labios una habla que, sin ser éuscaro ni latín, con gramática más

latina, pero con fonetismo y léxico más vascongado, era el verdadero

romance castellano. Este chapurreo y transformación hubo de verificarse

durante bastantes años, pasando de región á región, desde los centros

romanos hasta las partes más alejadas de su trato. Así se hallan

todavía huellas de vascuence en gran parte de España hasta la época de

los árabes, y hoy en día aún no ha sido del todo vencido en España,

conservándose en las provincias vascas.

=8.= No hay que figurarse que al día siguiente de haber puesto

el pie en España los romanos ya los españoles habían tenido

la humorada de dejar su lengua para aprender el _Musa musae_.

Baste decir que, si en Cartago se hablaba todavía el púnico

en el siglo IV, como afirma S. Agustín, y si, como ha probado

Budinszky (_Ausbreit. der latein. Spr._, pág. 115), el galo

no desapareció de las Galias hasta el siglo VI ó más tarde

(Cfr. DIEFENBACH, _Oríg. Europ._, pág. 158), en España, donde

la tenacidad del patriotismo llegó hasta el extremo de ser la

última provincia dominada, habiendo sido la primera en ser

invadida y atacada, de haber luchado doscientos años por su

independencia, la lengua indígena tuvo que vivir más acá del

siglo VII. Las primeras colonias que vinieron á España no

tuvieron trato particular con los españoles, que preferían

la alianza con los cartagineses, sus antiguos amigos. Hasta

que Augusto emprendió la latinización sistemática de las

provincias, la población indígena no había hablado latín.

Por medio de la nueva organización administrativa, por medio

de escuelas romanas, por el traslado continuo de grandes

muchedumbres, por la abolición ó inobservancia de las leyes

restrictivas del _ius connubii_, por la atribución progresiva

del derecho de ciudadanía á todas las provincias, el Imperio

fué latinizándose desde Augusto; pero antes de Jesucristo las

colonias romanas eran las únicas que habían hablado latín en

España. Situadas en las costas y en los grandes ríos y demás

vías comerciales, sólo habían tenido intento á asegurar el

dominio político, la posesión de las minas, la percepción

de los impuestos y á facilitar el comercio y el cultivo de

las tierras por los colonos romanos é italiotas. Poquísimos

hubieron de ser los españoles que supieran entonces latín; el

número de bilingües en las provincias fué rarísimo, dice Gröber

(_Sprachquellen und Wortg._, _Arch. Lat. Lex._, I, 43). No

mueren ni se dejan matar así como así las lenguas indígenas.

El griego no desapareció de Sicilia y de Italia hasta la Edad

Media, vencido por el árabe y el italiano (BUDINSZKY, pág. 44);

de Nápoles tenemos inscripciones griegas hasta el siglo VII

de nuestra Era. En el siglo I se hablaba la lengua indígena

en España. No sólo entre los vetones, en Tormes, donde cuenta

Tácito (_Ann._, IV, 45) que un labriego, atormentado por el

pretor L. Pisón, apostrofó á los romanos _sermone patrio_,

"lo cual indica, dice Mohl, que el latín era generalmente

desconocido en el país; no sólo en Galicia, donde dice Pomponio

Mela que aún eran celtas sus habitantes, _etiam nunc celticae

gentis_, es decir, que seguían apartados de toda influencia

romana (MOHL, pág. 59), sino que hasta el año 74, en que

Vespasiano concedió el _ius civitatis optimo iure_ á todas

las ciudades de España, municipales ó federadas, no cesaron

las ciudades españolas de batir moneda, con su escritura y su

leyenda propias é indígenas[10].

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 4 / 59 段