Sabemos con toda certeza que además del latín escrito, que

conocemos por las obras literarias, hubo el habla de los

romanos, algo diferente de ese latín literario y diferente

en las diversas épocas. Á esa habla se refieren los mismos

autores latinos, cuando mientan los términos vagos de _sermo

vulgaris_, _plebeius_, _usualis_, _cottidianus_, _inconditus_,

_proletarius_, _prisca latinitas_, etc., etc., en oposición á

los de _sermo urbanus_, _eruditus_, _perpolitus_, etc. Unas

y otras desaparecieron de hecho con la caída del Imperio,

ahogadas y puestas en olvido por las lenguas románicas, que

habían ido formándose insensiblemente en las provincias al

evolucionar el habla vulgar romana entre razas tan diferentes,

que habían hablado antes sus idiomas indígenas y tenían sus

particulares tendencias fonéticas y semánticas, efecto de

la idiosincrasia fisiológica y psicológica de cada raza. Lo

primero que echa de ver el que ha estudiado comparativamente

las lenguas indo-europeas es que el latín antiguo vulgar,

tal cual se transparenta en las inscripciones, en los mismos

autores clásicos que afectan arcaísmos y en los más viejos

documentos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas

de la familia y á las otras lenguas itálicas en particular,

que no el latín clásico de la época de Cicerón y de Augusto.

Luego veremos algunos casos prácticos que lo demuestran

palpablemente: baste decir en general que e, o del antiguo

latín, de muchos dialectos itálicos y de las demás I E, toman

en el latín literario un timbre más estable, i, u; que los

antiguos diptongos debidos al refuerzo ó guna, por el que

deico es paralelo á δείκ-νυμι, etc., etc., se contraen en

latín literario en i, u, etc. No menos manifiesto es que las

tendencias del literario van formando y dando carácter cada vez

más idiomático á esta lengua semioficial conforme adelantan los

tiempos, pues se les ve apuntar en los más antiguos escritores

y ya generalizarse en la época clásica. De modo que en sus

principios el literario no se diferencia apenas del vulgar;

pero poco á poco cada una de estas lenguas, evolucionando

conforme á sus particulares tendencias, va diferenciándose más

y más. Con todo, al paso que crece la potencia del literario,

por ser habla oficial é imponerse por la administración

central, por el establecimiento de escuelas, por el mismo

influjo del esplendor de la literatura, la reacción, por

decirlo así, oficial y erudita, entabla lucha mortal con el

habla ordinaria del Imperio y llega en la época del mayor

esplendor literario político, desde Augusto á los Antoninos, á

influir poderosamente en esa habla ordinaria. Pero declinando

el poder imperial, enflaquecida esa fuerza impuesta, el latín

vulgar prosigue su camino, arrolla al literario y lo vence,

haciéndole desaparecer de la escena. Tenemos, pues, una _prisca

rusticitas_, más conforme al indo-europeísmo y que encerraba

en germen las tendencias que después se desenvolvieron, dando

su carácter analítico y aun su fonetismo á las románicas; y

junto á ella un latín _literario_, que, tomando otra dirección,

se desarrolla, y apoyado en la fuerza de la política y de la

literatura, trata de matar el habla común, sucesora de la

_prisca rusticitas_, influye en ella, pero á su vez vencida y

avasallada al faltarle el apoyo oficial, muere á sus manos.

Esta victoria del elemento democrático sobre el aristocrático

podría dar margen á largas y profundas consideraciones en el

terreno sociológico y en el lingüístico; pero no me detendré

más y paso adelante.

Aquella _prisca rusticitas_, verdadero representante romano

del habla aria en Roma, siguió su camino, desenvolviendo sus

tendencias analíticas, como siguieron desenvolviendo las

mismas tendencias las germánicas y el griego vulgar en Europa

y las lenguas ario-iranias en la India, en la Persia y en la

Armenia, pasando sobre los cadáveres de las lenguas literarias,

que buscaron su sepultura en el efímero engalanamiento del

artificio de un día. La naturaleza sola es duradera; lo

artificial momentáneo. El latín literario, una variante del

verdadero ó antiguo latín vulgar, por haberse separado de

éste para acomodarse á las modas de unos cuantos literatos y

al modo de ser extranjerizo del griego, atrofiado en manos

de los mismos literatos y helenizantes, fosilizado en las

brillantes oraciones ciceronianas, el autor más clásico y

el ápice del latín literario, hubo de fenecer con la misma

literatura y pinchado en la misma lengua del orador romano. La

diferenciación había comenzado probablemente con la formación

de la misma ciudad y pueblo de Roma[5]. Sus dos clases de puros

latinos, que fueron luego el patriciado, y de sabelios y otras

gentes itálicas, oriundas, sobre todo, de la montaña, y de los

demás elementos allegados de la llanura ó Campania, llevaban

en sus labios todos los gérmenes de idiomas algún tanto

diversos. Esta divergencia fué agrandándose, cual se separan

los dos lados de un ángulo, ya por la natural tendencia de la

aristocracia á distinguirse de la plebe, ya por el prurito,

poco después avasallador, de helenizarlo todo, mayormente desde

que Andrónico llevó á Roma el culto artístico de los helenos.

Verdadero dialecto del latín común y distinguiéndose apenas

del habla popular en un principio, fué separándose cada vez

más, quedando enteramente fijado por los autores del siglo

de Augusto. Pero como el lenguaje no puede detenerse en su

curso, so pena de quedar petrificado como la mujer de Loth,

esa sanción literaria le condenó á muerte. La historia suele

repetirse, y un mismo sol alumbró en distanciadas regiones dos

acontecimientos gemelos. El idioma védico siguió al pasar el

Ganjes su evolución; pero los Himnos de los antiguos Richis se

refugiaron en los conventos, donde toda la civilización del

Sapta-Sindhu, encerrada cual crisálida en su capullo, había de

convertirse en la esplendente civilización brahmánica. Allí

nació Brahma, endiosamiento del lenguaje, de los Vedas, y

allí entre las glosas, prātiçākhyas y casuísmos gramaticales,

políticos y religiosos de los monjes, guardadores del depósito

sagrado, nació el habla perfecta, el sánskrit, que pudo

consignarse después por escrito cerca ya de la Era cristiana en

un alfabeto tan divino como le correspondía, en la escritura

devanāgarī.

El elemento semidemocrático alzóse contra los tiranos

Brahmanes, valiéndose de los mismos principios sobre que

se levantaba todo su artificioso poder, y con el nombre

de Budismo luchó á brazo partido y se llevó de calle

los pueblos orientales. Aquél fué el momento en que los

adoradores de Brahma sacaron su Verbo, y el sánskrit clásico,

desenclaustrado, comenzó su era de esplendorosa literatura,

reaccionando contra el Budismo y contra su instrumento el Pali.

Tan artificial como el latín clásico, obtuvo el sánskrit largos

siglos la hegemonía; pero las hablas vulgares que, en vez de

estacionarse entre los laureles gramaticales de los Paninis ó

Quintilianos, siguen adelante en su natural evolución, dejaron

fosilizada aquella habla divina, hoy sacada de su sarcófago por

los indianistas, como de su sarcófago habían sacado al latín

literario los del Renacimiento.

Las lenguas románicas no mataron al latín vulgar; fueron sus

continuadoras en la Romanía. Pero antes de salir de Italia

y conquistar el Mediodía de la Europa occidental, aquella

prisca latinitas hubo de recorrer toda la Península, y si

logró imponerse y triunfar de las lenguas todas itálicas, no

fué sino á costa propia, coloreándose de los matices de todas,

enriqueciéndose con sus despojos, al par que perdía algo de su

original personalidad.

Es menester no conocer las antiguas lenguas de Italia, no

haber hecho el cernido del latín vulgar, ya en sus elementos

fonéticos, ya en los lexicológicos, para creer que el latín

llevado á las provincias por los conquistadores era el latín

puro de la antigua Roma, y mucho menos el de las familias

aristocráticas. Conocemos por Tito Livio (XXVII, 9, 10) las

colonias latinas que hasta Aníbal (208 antes de J. C.) se

habían desparramado por Italia. Desde este momento para el

habla de los Romanos hubo de empezar una nueva era. Hasta la

guerra social, época en que se extinguen las últimas protestas

patrióticas de los pueblos subyugados, y sobre todo hasta Sila,

los dialectos meridionales llevan al latín nuevos elementos

lingüísticos, y las diversas hablas de Italia se constituyen

todas ellas cual dialectos latinos, pero seguramente matizados

por el fonetismo local. Sin admitir la hipotética división de

dialectos, sugerida por Mohl[6], en general su idea no puede

rechazarse; la unidad del latín vulgar, si tal vez no llegó

jamás á realizarse de una manera completa, á pesar del dicho de

Quintiliano de que el latín era en toda Italia sensiblemente

uniforme (lo cual puede entenderse del vulgar tanto como del

literario), mucho menos se había realizado por aquella época en

que, vivaces aún al dar el último suspiro las lenguas itálicas,

no tenían por enemigos la mayor centralización posterior, las

escuelas que después en las provincias se establecieron y la

literatura, que aún no había difundido su pujante influencia.

Aún bastante más tarde asevera Quintiliano (_Inst._, I, v.

56) que los italiotas se distinguen en la pronunciación como

los metales. Suetonio (_Oct._, 88) habla de un funcionario

palatino que disgustó á Augusto por decir isse en vez de ipse:

era vulgar, como se ve por las inscripciones de Pompeya, en

osco essuf, en úmbrio essu, isoc, eso. En Plinio (_Ep._, IX,

23) se pregunta: "¿Italicus es an provincialis?". La _lex

Julia municipalis_, al fijar el latín como lengua oficial

de toda Italia, dió el golpe mortal á todas las lenguas de

la Península, que desde aquel momento fueron despeñándose

más y más y acabaron por fenecer más tarde ó más temprano.

Pero en aquella lucha, en que había de vencer, el latín hubo

de colorearse con no pocos matices de las lenguas vencidas,

tanto más cuanto mayor era el parecido fonético. "Neque solum

_rusticam_ asperitatem, sed etiam _peregrinam_ insolentiam

fugere discamus", escribía Cicerón (_De Orat._, III, XII, 44).

La lengua que primero y más decisivamente influyó en la

antigua rusticitas de Lacio fué el úmbrio, por el mayor

parecido en sus tendencias con aquel latín vulgar y por las

circunstancias históricas en las que se fusionaron. Conquistada

y colonizada la Úmbria desde el siglo IV antes de J. C., sus

habitantes fueron siempre amigos de los romanos y de los más

favorecidos en todos los derechos políticos. Siguió hablándose

el úmbrio, pero influyendo en el latín y perdiendo cada día

terreno. Abandonóse el alfabeto nacional, que era el etrusco,

hacia el siglo III antes de J. C., conservándose tan sólo en

los escritos rituales. En el siglo I, por la ley Julia, todo se

latiniza y el úmbrio sólo quedó como lengua religiosa. Así se

escribieron las _Tablas Eugubinas_ con letras etruscas y con

letras latinas, sirviendo el texto latino para el uso ordinario

y el otro como documento testificativo y religioso de la

venerable antigüedad.

Fuera de las II y IV, todas las tablas son del reinado de

Augusto; de modo que los documentos úmbrios que poseemos

son del II ó I siglos antes de J. C. y del I después de J.

C. La parte escrita con caracteres latinos no puede, por su

epigrafía, ponerse antes del principio del siglo I después de

J. C. El latín vulgar, influido poderosamente por el úmbrio,

fué el núcleo del latín hablado de Italia. El osco y demás

dialectos del Sur de la Península influyeron menos y tenían

tendencias más parecidas á las del latín literario que no á las

de la antigua rusticitas.

Si el úmbrio influyó sobre el latín hablado, el osco parece

debió influir más bien sobre el latín literario. Según Tito

Livio (IX, 36), el etrusco era todavía la lengua literaria de

los romanos cuando los pueblos de lengua osca recibieron los

primeros establecimientos de los vencedores en el siglo IV,

Capua en 342, Luceria en 320, Venusa en 290. La cultura de

estas ciudades era muy superior á la de los entonces toscos

romanos, merced á la influencia helénica; el osco, tras un

glorioso pasado, llegaba á lo sumo de su apogeo literario, y

pudo educar la naciente literatura latina. Ennius, Pacuvius,

Lucilius eran naturales de países donde se hablaba el osco; un

samnita hacía tragedias griegas en Catana (PLUT., _Timol._,

31, 1); un orador lucano peroraba en Siracusa (DION CRISOST.,

_Or._, II, pág. 113); había filósofos samnitas discípulos de

los griegos (CIC., _Senect._, 41). El latín apenas adelantó

un paso en la Italia meridional hasta la época de la guerra

social, en que la fuerza venció todas las resistencias

patrióticas. Por lo demás, las vocales, los diptongos, las

consonantes del osco convenían casi enteramente con los

sonidos latinos y su fonetismo fué el fonetismo que distinguió

al latín literario del latín vulgar. El osco, refractario á

la contracción de diptongos y á la debilitación de i en e,

de u en o, fenómenos propios del úmbrio y del latín vulgar,

se opuso á que éste, modificado ya por aquél, pasase al Sur

de la Península. En el siglo I después de J. C. todavía se

empleaba el osco en las actas oficiales, nada menos que en

Nápoles, cuando ya el úmbrio sólo se conservaba entre literatos

y sacerdotes, y siguió hablándose durante el Imperio en las

ciudades y en los campos. En el latín de Cartago es donde más

influjo tuvieron las lenguas de la Italia meridional. El osco

tuvo que empezar á perder terreno desde la guerra social,

sobre todo cuando, despoblado casi el Samnium y traídos

habitantes de otras regiones además de las colonias militares

romanas, echó Sila las bases de la latinización completa de

Italia, abandonando la antigua política romana de dejar la

administración y la lengua indígena en los países conquistados.

Esta política de Sila fué la que siguieron después Augusto y

sus sucesores en las provincias, originando así la uniformidad

mayor ó menor del latín hablado en todo el Imperio, ayudándose

mutuamente, como suele suceder, la unidad política y la unidad

de idioma. El latín que las legiones romanas llevaron á sus

primeras conquistas fué el latín vulgar, no influido todavía

por el literario, y cargado en cambio de los arcaísmos de

la antigua rusticitas[7] é impregnado ya con toda suerte de

elementos itálicos. Tal es el primer fondo del latín vulgar

de España y de Cerdeña, que contiene rasgos arcaicos y

dialectales itálicos, no encontrados en las demás provincias.

Conviene recordar el orden en que fué introducido en éstas

el latín: Italia, Cerdeña (siglo III antes de J. C.), España

(siglo II), Cisalpina, África, Iliria, Provenza (125), Galia

septentrional, Rethia, Dacia. En lo que se refiere á España,

Artemidoro de Éfeso, que escribía hacia la época de la guerra

social, dice en un fragmento de su _Periplo_ que algunas tribus

españolas de las costas hablaban, no el latín, sino la lengua

de los italiotas: «γραμματικῇ δὲ χρῶνται τῇ τῶν Ἰταλῶν οἱ παρὰ

θάλασσαν οἰκοῦντες τῶν Ἰβήρων» (Cfr. SCHUCHARDT, _Vok._, I,

93). Era, sin duda, el latín cargado de umbrismos de la Italia

central, que entonces empezaba á bajar también hacia el Sur de

la Península italiana.

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 3 / 59 段