nacieron en el punto y hora en que les ocurrió trasladarlos al papel
ó á los pergaminos á algunos escritores más amantes de lo nacional
y menos pagados de la muerta lengua latina y de la extranjeriza
literatura, que el común de los escritores suponían como únicamente
dignas de escribirse. Efectivamente, un idioma y un género poético
no nacen en un día ni brotan en un pueblo al amanecer de un hoy tras
un ayer de muchos siglos, durante los cuales ese pueblo viviera sin
literatura y sin idioma. Al finalizar el siglo IV, todo latín había
desaparecido de los labios de las gentes, habíase trocado de latín
vulgar en otras hablas vulgares, que ya no se podían llamar latín.
Para llegar á aquel acontecimiento largos años habían pasado que se
hablaban ya esas otras hablas populares, pues los truecos de idiomas,
la evolución de uno en otro, como de padre á hijo, no son acaecimientos
que pidan menos de varios siglos. Cuando Cristo vino al mundo se
hablaba, por consiguiente, en España, latín y castellano á la vez:
latín por los colonos romanos y por las personas cultas y aun acaso,
más ó menos estropeado y entendido, por los vecinos, originariamente
españoles, de los Conventos jurídicos, Colonias romanas y poblaciones á
medio latinizar; castellano por las gentes del campo y de las aldeas,
que eran los más. Creer que los aldeanos llegaron jamás en España á
hablar latín, olvidando enteramente el idioma nacional prerromano, es
un sueño, del cual puede suavemente despertar quienquiera que repare
en que más de la mitad del caudal léxico castellano, inexplicable
para los romanistas, no es latino, sino de origen ibérico; en que
la pronunciación castellana es ibérica y no latina; en que no pocos
sufijos derivativos y algunas construcciones pertenecen al habla
prerromana de los españoles. De haberse hablado en toda España latín,
olvidada enteramente aquella habla nacional, evolucionando después
el latín hasta convertirse en romance, no estaría éste empapado de
elementos ibéricos tan sustanciales como son la pronunciación, la
mitad del caudal léxico y no pocos sufijos y construcciones, porque no
hay idioma vulgar que vaya á tomar voces, sufijos y fonetismo de otra
lengua ya muerta, mayormente de lengua no erudita ni escrita, cual era
el habla prerromana de los españoles.
Que el castellano naciera del latín no era para puesto en duda;
que naciera del latín vulgar, no del literario, tocaba averiguarlo á
la moderna filología; pero cuándo y cómo naciera ya son puntos más
espinosos, de pocos sabios conocidos, y aun esos pocos traen contienda
sobre ello. ¿Qué latín vulgar era aquél del cual nació nuestro romance?
Para deslindarlo hay que cifrar en pocas palabras la historia de la
lengua latina. Hay que distinguir la lengua hablada de la escrita ó
literaria: la primera la hubo desde que hubo romanos en el mundo; la
segunda nació más tarde, puede decirse que con Livio Andrónico (514
de Roma), el primer autor en fecha de la literatura latina. Sabemos
con toda certeza que, además del latín literario de los libros,
hubo un lenguaje que los autores latinos llaman _sermo vulgaris_,
_plebeius_, _usualis_, _cottidianus_, _inconditus_, _proletarius_,
_prisca latinitas_, ó acaso varios lenguajes de la gente patricia y de
la gente plebeya, y esto según los diversos tiempos, pero con alguna
distinción entre las dos clases sociales, pues le contraponen el _sermo
urbanus_, _eruditus_, _perpolitus_ de los patricios, el cual siempre
se ha diferenciado en todas partes del habla puramente literaria. Lo
primero que echa de ver el que conoce comparativamente las lenguas
indo-europeas, es que el antiguo latín vulgar, la _prisca latinitas_,
tal cual se transparenta en las inscripciones más añejas, en los versos
saturnios ó nacionales y hasta en los mismos autores clásicos que
afectan arcaísmos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas
de la familia y á las otras itálicas en particular, que no al latín
literario clásico de la época de Cicerón y de Augusto. Baste recordar
el que _e_, _o_, del antiguo latín, de varios dialectos itálicos y de
las demás indo-europeas, toman en latín literario el timbre más estable
de _i_, _u_; que los antiguos diptongos, debidos al esfuerzo ó guna,
por el cual _deico_ se asemeja á _deic-numi_, etc., etc., se contraen
en _i_, _u_ al llegar al latín literario. No menos manifiesto es que
las tendencias del literario van poco á poco obrando con mayor fuerza,
dando sello particular á esta lengua semioficial conforme adelantan
los tiempos, pues se les ve apuntar en los más viejos escritores
y generalizarse en la época clásica. De modo que en sus comienzos
el literario apenas difiere del vulgar; pero poco á poco estas dos
lenguas, evolucionando conforme á sus particulares tendencias, que son,
comúnmente hablando, la vulgar hacia el dialecto úmbrio y la literaria
hacia el osco, van apartándose entre sí cada vez más. En un principio,
la pequeña diferencia es de creer naciera de la diferente pronunciación
y gusto entre la plebe y la clase patricia, más latina ésta, aquélla
más montañesa y que se iba acrecentando con los sabinos y otros que
se les iban allegando. La misma gente patricia, cuando se comenzó á
escribir, de creer es que escribieron en su propia habla, no en la de
la plebe: por manera que siempre, en la época clásica, antes y después,
el lenguaje hablado por las personas de cuenta en Roma se parecía
más al literario que no al _plebeius_, _vulgaris_, _proletarius_.
De estas tres variedades, el vulgar hablado, el hablado urbano y el
literario, sólo el primero fué el que pasó á las provincias, después de
colorearse con los matices de los dialectos itálicos en sus correrías
por toda Italia, y el que dió nacimiento á los romances. Tenemos,
pues, una _prisca rusticitas_, más conforme al indo-europeísmo y al
dialecto úmbrio y que encerraba en germen las tendencias que después se
desenvolvieron, dando su carácter analítico y fonético á las lenguas
románicas, y junto á ella un latín más culto y parecido al osco, que
llevado á la literatura, da otra variedad, la del lenguaje literario,
el cual, tomando otro sendero opuesto al vulgar, y acompañado siempre
de cerca por el hablado de las personas más granadas, se desarrolla y,
apoyado en la fuerza de la política y de la cultura y caracterizado,
ó digamos mejor, extranjerizado no poco con la lengua y literatura
helénica, de la cual abraza vocablos y construcciones, se aparta cada
vez más del pueblo para vivir en los libros. En la época clásica
apenas suena para nada el habla vulgar, que corre por lo más hondo sin
meter ruido y evolucionando por todo el imperio. El literario es el
único que aparece y domina, crece en poder por ser el habla oficial,
se impone por la Administración central, por el establecimiento de
escuelas, por el mismo esplendor de la literatura. Desde Augusto á los
Antoninos lucha con el habla vulgar y aun parece arrollarla en todas
partes; pero declinando el poder imperial, mejor digamos, perdiéndose
el arte literario verdadero con mayor velocidad de lo que tardó
en desenvolverse, puede decirse que al fin del siglo II fenece la
literatura clásica y su lenguaje, el habla urbana de Roma. Renace la
literatura en el siglo IV, pero ya es otra: la literatura cristiana.
Los autores desde aquel tiempo los más son cristianos y escriben en
una lengua muerta, especie de jerga que ni es latín literario clásico
ni latín vulgar hablado, sino mezcla hechiza de entrambos; los pocos
escritores gentiles que aún quedan no escriben mejor, antes Lactancio y
otros cristianos sobrepujan á todos. Con la venida de los bárbaros en
el siglo V todo latín hablado desaparece, pues el mismo vulgar tiempo
había que, no sólo en las provincias habíase convertido en verdadero
romance en labios de los indígenas, pero aun en las ciudades más cultas
de ellas y en la misma Roma, se confundían los casos, se perdían las
terminaciones, sustituyéndolas por las preposiciones, se usaban los
participios con los auxiliares, etcétera, etc. El lenguaje literario
cristiano, lengua muerta de hecho y puramente erudita, apenas lo
malsaben algunas personas instruidas, por más que se siga enseñando en
las escuelas que quedan en pie y aun se emplee en el púlpito, siendo
entendido de la selecta sociedad. Los pocos que lo escriben lo malean
más y más latinizando los vocablos extraños que los bárbaros traen ó
que las naciones diversas del mismo imperio emplean en sus romances y
que corren con las legiones en continuo trasiego de una parte á otra.
Tal es el llamado bajo latín, latinización erudita de todo el léxico
vulgar, de cualquier procedencia que fuesen las palabras, en manos de
los escritores.
=3.= Cualquiera que conozca el espíritu de los antiguos sabe
de sobra que para las personas cultas de aquellos tiempos
no había más latín que el literario. Á nadie se le ocurrió
jamás escribir en aquella jerga vulgar, que se consideraba
como una degeneración del latín culto, torpemente desfigurado
y estropeado en labios de la gente plebeya. Tal es la causa
de que las únicas noticias que tenemos del latín vulgar
las debamos á la investigación científica, que por medios
indirectos ha llegado á rastrear algunos datos: de ahí la
dificultad del problema. Y aquí ocurre una observación crítica
de la mayor importancia. Ese menosprecio y extravagante
manera de considerar el habla vulgar se mantuvo aun después
de fenecido el Imperio. Hasta bien adelantada la Edad Media,
las personas instruidas no se pusieron á escribir en romance
por creerlo indigno instrumento para la literatura; mas, antes
del siglo XII todos creían que su habla era el latín, bien que
estropeado. Sólo así se explica que los autores modificaran el
romance vulgar, acercándolo en su ortografía al latín cuanto
podían, y que emplearan todos los términos latinos que les
venían á la cabeza con sólo darles un ligero tinte castellano.
De aquí esa dualidad lingüística en un mismo autor, que emplea,
no sólo términos desconocidos del vulgo, sino aun los vulgares,
con una ortografía semilatina ó etimológica y semifonética. Es
imposible que en tiempo de Berceo sonara de tres maneras el
mismo verbo: _dannar_, _danpnar_, _damnar_. Estas variantes
ortográficas respondían á _dañar_, que era como únicamente
se decía entonces, lo mismo que ahora. Pero hubieran creído
estropear el latín, si lo escribían tal como lo pronunciaban.
Tenían un lenguaje para escribir y creían echarlo á perder al
hablar su _roman paladino_. Y aquí han tropezado no pocos,
aduciendo esas variantes ortográficas como formas que realmente
sonaron tal como están escritas y que, por consiguiente, eran
las formas comprobantes intermedias de la evolución, en las
cuales vemos convertirse el latín en castellano, vemos nacer á
nuestro romance.
Esta observación crítica se aplica lo mismo á los escritos
latinos que á los castellanos de aquellos tiempos, y es de tal
importancia para la investigación de la etimología y origen del
castellano, que voy á descender á casos particulares.
Está tan lejos de ser cierto que en los escritos medievales
se vea nacer el castellano, que, por el contrario, lo que se ve
nacer en ellos es el latín. El castellano aparece, la primera
vez que se le halla escrito, como una lengua robusta y acabada,
y los vocablos sueltos que aparecen en los documentos latinos
más antiguos son tan castellanos como hoy día. Antes bien, las
formas que aparecen antes son las más castellanas y poco á
poco se van acercando más á las latinas. Es que los escritores
iban sabiendo mejor el latín conforme adelantaban los tiempos.
Por ej., _linde_ se encuentra en el Fuero de Évora el año 1166
(_M. P. Leges_, p. 392): "Qui _linde_ alieno crebantaverit,
pectet quinque solidos, et septem ad Palacio". En la segunda
recensión, Fuero de Abrantes en 1179, y de Corucha en 1182
(ibid., págs. 419 y 427): "Qui _limde_ alienum quebrantaverit".
En la tercera, F. de Palmella en 1185 (ibid., pág. 430): "Qui
_limede_ (al. _limide_) alieno crebantar...". En la cuarta,
F. de Covilhan del 1186 y de Centocellas del 1194 (ibid.,
páginas 457 y 487): "Qui _limitem_ alienum fregerit...". En
la quinta, F. de San Vicente de Beira en 1195 (ibid., pág.
495): "Qui _limidem_ alienum fregerit". Á la verdad, aquí no
se ve nacer el castellano, sino diríase que el latín: _linde_,
_limde_, _limede_, _limitem_, _limidem_. Otro tanto sucede
con el término _azor_ y el _azorera_, que aparecen antes que
_acetore_ y _aceptore_. De las formas _arroyo_, _arroio_ y
_arrogio_, la primera es la más antigua, del año 841, en la
donación de Alfonso _el Casto_ á la catedral de Lugo. En la
era 916 hallamos _quoto_: "factum est in supradicto quoto
8 idibus junias"; y después, en las eras 937, 940 y 983,
_cautum_; y en la de 984, _cautamus_. No parece sino que el
castellano va á convertirse otra vez en latín; y es que la
cultura adelantaba, y lo único que pretendían era escribir en
latín, haciéndolo cada vez mejor. Siendo para ellos el habla
vulgar un latín corrompido, lo saqueaban latinizándolo en sus
escritos: abatire de abatir, abadagium, acampanare, acannizare,
alcanzare, advescit == consuevit (_Glos. gót. Card._) de
avezar, "dña Thereysia mea _ama_", del ama castellano, attondus
(era 1100, _Arch. Arlam._) ó atuendo en ablativo (ch. Ferdin.
I, SOTA), del vascuence atondo, "terras cultas vel _barbatas_"
de vervactum == barbecho (ch. Adeph. imper., era 1117. _Arch.
Naj._), campidator de campeador, campear (ch. Adeph., 1111,
SOTA), cargas de feno, carnerus, cavalcator, cerrus de cerro,
collacius de collazo, collata, ganare, ganatus, autero de
otero, heretarius de heredero, ingamno de engaño, quadrare,
quitare, sacare, spolas. Sería insensatez figurarse que
tales formas latinas hayan pertenecido jamás al habla: son
vocablos castellanos, sin origen latino muchos de ellos, pero
latinizados por los pendolistas de aquellos tiempos. El que sin
criterio quiera amontonar los términos intermedios entre los
castellanos y los latinos, los hallará todos en los documentos;
pero no son términos medios de la evolución natural del latín
hasta hacerse castellano, sino muchas veces, al revés, es
la latinización cada vez más perfecta del habla vulgar. Por
ejemplo. En Berceo hallamos miraculo (_Mil._, 46), miraclo
(íd., 869) y miraglo (_S. Dom._, 315). "Berceo nos conserva
tres de las cinco formas por que ha pasado miraculum para
fijarse en milagro", dice Lanchetas. Si esto fuera verdad,
en tiempo de Berceo aún no habría nacido el castellano, ni
aun siquiera el latín vulgar, pues el miraclo del vulgar
latino es posterior al miraculo de Berceo. Lo que hay es que,
menospreciándose entonces el romance vulgar, los escritores
creían que debían escribirlo lo más parecido al latín, única
lengua literaria para ellos; de modo que en vez de escribir
siempre miraglo, que es como se decía en el pueblo, escribían
á veces miraclo por acercarse al latín, y aun miraculo, tomado
del latín clásico, del cual no había salido miraglo, sino del
vulgar miraclo. Siempre la reacción literaria corrigiendo el
habla vulgar.
No se pueden tomar sin discernimiento todas las formas que
hallamos escritas en los autores: la más vulgar es la única
fehaciente; las otras son préstamos eruditos del latín y no
reflejan el castellano hablado. Mixtura por mezcla en Berceo
(_Duel._, 40) es de origen muy posterior respecto de mesturar
por mezclar y de mesta por cosa mezclada, así como lo es
misto. La x de mixtura denuncia un préstamo del latín; hoy ya
ha pasado misto al pueblo, pero ha perdido la x, que ni los
romanos pronunciaban, cuanto menos los riojanos del tiempo de
su poeta Berceo. Modrar (_S. Mill._, 27, 1), aunque erudito de
origen, ya ha perdido la e; la reacción posterior originó el
moderar, calcándolo sobre moderare. Como modrar no se usaba
entre el pueblo, desapareció ante moderar. Aquí se ve cómo
la lengua erudita vive en parte enteramente divorciada del
habla vulgar, puesto que en cada época ha tomado los vocablos
latinos, modificándolos, no según el fonetismo castellano,
sino conforme al uso que los eruditos tenían en la adaptación,
mayor ó menor, según las épocas, á ese mismo fonetismo. Hoy la
reacción latina es mayor y lo ha sido cada vez más desde el
renacimiento. Hoy no nos parece bien se quite la e á moderare
y decimos moderar, con sólo quitarle la e final para que quepa
dentro de la turquesa de los infinitivos. No se atrevían á
tanto los clérigos del siglo XIII, y decían modrar; pero
ambas formas han flotado y flotado sobre el habla vulgar,
sin penetrar en ella, como escoria erudita que va y viene y
se cambia conforme al capricho de los que la emplean en sus
escritos y aun en la conversación. El mismo Berceo emplea ya
modulado: "Odi sonos de aves dulces e _modulados_" (_Mil._,
7); pero ese préstamo es posterior al que convirtió modulus
en molde, que también es erudito, pero de época anterior, de
mod(u)lus, perdida la u, que nunca sonó en el latín vulgar, y
con la metátesis común que afectaron los eruditos más antiguos
al transcribir vocablos parecidos, como tilde, si viene de
titulus, espalda de spat(u)la. Hoy no nos atreveríamos á
derivar con tales metátesis, porque nos picamos de mejores
latinistas y tenemos menos cariño al fonetismo nacional. ¿Quién
se atrevería hoy á decir motral junto á mortal, como se atreve
Berceo? Muebda por movida es de formación erudita de aquel
tiempo (_S. Dom._, 119), como debda de debita; mover, movido, á
ser vulgares, huberan perdido la v. También hay mueda = causa
motiva (_S. Mill._, 387), ya más castellanizado, como muedo
por modo (_Mil._, 29), que nadie se atrevería hoy á decir,
aunque es conforme al cambio sin excepción de ŏ acentuada en
ue, lo mismo que muesso por mordisco (_Loor._, 77) de morsus,
perdida la r según ley. En cambio multo (_Mil._, 259) es una
condescendencia por multum, que hoy nadie la tendría, como
no diría nadie nodicia, que dice Berceo (_S. Mill._, 164),
suavizando legítimamente la t de notitia, ni nudrir ó nodrir
por nutrire (_S. Dom._, 59, 528). No creo que odir ni udir
se dijeran en tiempo de Berceo juntamente con oir, aunque
él escriba de estas tres maneras (_Sacr._, 56, _S. Dom._,
312, _Duel._, 209); la d es por reacción erudita, como en
odiendo por oyendo. Tampoco creo sonara palomba como escribe
junto á paloma (_S. Or._, 40, 46), sino que la b era otra
condescendencia de escritor hecha al latín. Toda cautela es
poca cuando de los escritos queremos deducir lo que realmente
debemos atribuir al romance hablado, separándolo de lo que
los escritores añadían de su cosecha, por la creencia de que
sólo el latín era un lenguaje digno de escribirse y de que el
romance, no siendo más que un mal latín, debía purificarse lo
más posible para hacerlo digno de emplearse en los escritos, y
que se podía y aun debía echarse mano de todo el vocabulario
latino, por ser latín lo que se escribía y no ser más que
una misma lengua la hablada y la escrita. Otro tanto sucedía
en Italia. Dante pensaba que el italiano y el latín eran una
misma cosa; llamaba al italiano habla vulgar y gramática al
latín, como quien dice: el italiano es un mal latín y el
latín sólo merece estudiarse; ó de otra manera, el latín
es la lengua literaria (gramática no significa otra cosa),
y el italiano es latín mal pronunciado. Petrarca juzgaba
lo mismo y menospreciaba el toscano, que en sus escritos
levantaba á idioma literario. Tal es el poder de una lengua
literaria cuando ha pertenecido á un gran imperio y á una gran
civilización. Esas mismas creencias indican que el romance no
nació de un golpe, sino que fué, sin solución de continuidad,
el mismo latín que, hablado, mejor ó peor, en España en tiempo
de los romanos, había ido evolucionando insensiblemente hasta
el punto de no cambiar de nombre.
=4.= En los últimos tiempos del Imperio, verificada ya la
fusión de razas, cuando las provincias, adquiridos todos los
derechos de los antiguos ciudadanos de Roma por el edicto de
Caracalla (212), se tuvieron por tan romanas como la misma
ciudad de Rómulo, despertando el espíritu patriótico de la
nacionalidad romana ante los pueblos bárbaros ó extranjeros que
por todas partes rondaban las fronteras, el adjetivo _romanus_,
aplicado antes á solos los habitantes y cosas de Roma, hubo de
generalizarse á todo el Imperio, en oposición al de _barbarus_.
Orosio llamó _Romania_ á todo el conjunto de razas y países
comprendidos dentro del Imperio, como se llamaban Hispania,
Britannia, Graecia, Gallia cada uno de ellos. Lo más propio de
la Romanía, su idioma, llamóse, por lo mismo, _lengua romana_,
hablar en _roman_, _romanice_, _en romance_, era hablar el
lenguaje de la Romanía, del Imperio romano, era lo mismo que
hablar en _latín_. El tipo de esa habla era, naturalmente,
el latín literario oficial de la administración, que era el
que más se acercaba al literario; pero el habla vulgar de las
provincias no se creía ser más que ese mismo latín, bien que
algo estropeado. Ese mismo latín siguió hablándose por varios
siglos; pero ¡qué diferencias no había causado la evolución
incesante! Virgilio Cordobés, citado por Sarmiento[1], escribía
en el siglo IX: "Ille est vituperandus qui loquitur _latinum
circa romancium_, maxime coram laicis, ita quod ipsimet
intelligunt totum... Et ita debent omnes clerici loqui _latinum
suum obscure_ in quantum possunt et non _circa romancium_". En
este notable pasaje se traslucen algunos hechos históricos de
la mayor importancia. En aquel mismo siglo (842) se redactó
el convenio entre Carlos _el Calvo_ y Luis de Alemania en
francés ó romance del Norte de la Galia, el primer monumento
que poseemos en lengua vulgar[2], del cual dice Sarmiento que
lo podrían entender los gallegos sin necesidad de versión.
Los clérigos hablaban _su latín_--dice el autor cordobés--,
es decir, un latín de cocina, que distaba bastante, por una
parte, del latín clásico y por otra del habla vulgar, puesto
que les aconseja que lo empleen entre sí delante de la gente
lega, cuando conviene que ésta no les entienda. Por donde se
verá el craso error de Martínez Marina al sostener que sólo á
principios del siglo XII pudo hablarse de tal manera que se
tuviese el romance por distinto de la lengua latina.
Por lo mismo, cuando se querellaba[3] Álvaro Cordobés de que
el _latín_, habla de los cristianos, lo hubiesen olvidado los
españoles que andaban entre los moros, teniendo en mayor estima
la lengua arábiga, puesto que se refiere al pueblo español,
trata del romance vulgar español llamado por él latín por
las razones antes apuntadas, no trata del latín clásico que
sin género de duda hacía siglos sólo habían conocido algunos
privilegiados eruditos, ni siquiera del latín vulgar que para
el siglo IX ya había desaparecido. Les dice, pues, Virgilio que
hablen su mal latín, _latinum suum_, lo menos parecidamente
al habla vulgar, _obscure et non circa romancium_. Ese _circa
romancium_ ó _romance_ ya no era el _romano_ ó habla romana
y latina de la Romanía, y con todo conserva el nombre. ¿Qué
habla fué la de la Romanía, es decir, qué fué el llamado latín
vulgar? Por las dichas creencias, nadie escribió en ese latín;
no tenemos ni el menor documento redactado verdaderamente
en esta lengua: de ahí la dificultad del problema. Se trata
de reconstruirla por el estudio comparativo de las lenguas
románicas, sus sucesoras; por el estudio del latín vulgar
antiguo, sólo conocido en los arcaísmos y vulgarismos de
Plauto y otros autores y en las escasas inscripciones latinas
de la época republicana; por el estudio de los dialectos
itálicos, el úmbrio, el osco, el falisco, el volsco, etc.,
que sin duda modificaron el latín de los conquistadores antes
de llevarlo éstos á las demás provincias; por los defectos
que á los lapidarios se les escapaban en las inscripciones de
la época imperial, á causa de las diferencias entre el habla
vulgar y el latín oficial en que las redactaban; por las
correcciones de los gramáticos latinos, en las que enmiendan
defectos de pronunciación y ortografía debidos al habla común
y popular; por los glosarios vulgares coleccionados algo
posteriormente, sobre todo por autores africanos y españoles,
en los que hicieron notar las diferencias dialectales de estas
provincias[4]. Pero todas estas fuentes de información ó no
bastan ó no se han estudiado á la vez con el único empeño de
sacar á luz el latín vulgar. Los romanistas, que son los que
más interesados están en hacer ese estudio, ocupados en el
de las mismas románicas, tienen que formarse para su propio
uso un sistema é idea particular de esa lengua problemática,
encomendando su investigación exprofeso á los indo-europeístas.
Estos, en cambio, la dejan para los romanistas, por verse
atareados con las antiguas lenguas de nuestra familia.
Resultado: que sólo tenemos hechos sueltos, algunos jalones
cronológicos y geográficos; pero que nos falta conocer, no
sólo esa lengua, pero hasta su cronología y su geografía, los
dos ojos que nos la permitirían ver. Estoy, pues, muy lejos de
pretender hacer yo la historia del latín vulgar; sólo propondré
algunas ideas, algunos hechos indispensables para conocer el
fonetismo latino-castellano.