FÚSTER (Justo Pastor). _Biblioteca valenciana de los

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están

indicadas con _guiones bajos_; las palabras en Versalitas se han

escrito en MAYÚSCULAS y las palabras en negrita se indican =así=.

Además, una letra precedida por el signo “^” indica que esa letra es

un superíndice. Por ejemplo ^e representa la letra “e” en tamaño más

pequeño que la escritura del resto del texto, y se encuentra ligeramente

por encima de la línea de escritura. En la obra original aparecen

letras o conjunto de letras con un signo diacrítico que muestra una

línea horizontal (macrón) en la parte superior de esas letras. Algunos

de esos signos no pueden representarse en la versión sin formatear y

en consecuencia están representados con la marca [=texto]; es decir

que ese signo representa la palabra “texto” con una línea horizontal

superior sobre dicha palabra.

En el texto original en algunas partes se emplea el signo del

antiguo et latino. Para esta transcripción se ha utilizado el 2

invertido (ᘔ) para su representación.

Para el texto escrito por Cejador y Frauca, el criterio utilizado para

llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de

la Real Academia Española, vigentes cuando la presente edición de la

obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de

Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Para el texto citado de otros autores, el criterio fue privilegiar

que coincidiese con el texto que figura en la imagen utilizada para

llevar a cabo la transcripción. No se han modificado evidentes

errores tipográficos ni de ortografía en esos textos, estimando que

la intención de Cejador y Frauca fue de preservar la grafía original.

Es por eso que se encontrarán inconsistencias en la forma que están

escritos varios vocablos. Se ha incorporado también la Fe de Erratas

incluida al final en la obra impresa original, pero los errores

indicados en la misma no se han corregido.

El transcriptor ha imcluido un Índice y ha movido la lista de láminas

presentadas en la edición impresa al principio de la obra.

El transcriptor ha modificado la imagen de la cubierta original y la

ha puesto en el dominio público.

* * * * *

HISTORIA DE LA LENGUA

Y

LITERATURA CASTELLANA

(DESDE LOS ORÍGENES HASTA CARLOS V)

POR

D. JULIO CEJADOR Y FRAUCA

CATEDRÁTICO DE LA LENGUA Y LITERATURA LATINAS

DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL

[Ilustración]

MADRID

TIP. DE LA "REV. DE ARCH., BIBL. Y MUSEOS"

_Olózaga, 1.--Teléfono 3.185._

1915

ÍNDICE

Pág.

CARTA A GUISA DE PRÓLOGO v

NACIMIENTO DEL ROMANCE Y DE LA LITERATURA POPULAR 1

ÉPOCA ROMANA (SIGLOS I-IV) 67

ÉPOCA VISIGÓTICA (SIGLOS V-VII) 95

ÉPOCA ARÁBIGA (SIGLOS VIII-XI) 109

ÉPOCA DEL NACIMIENTO DEL IDIOMA LITERARIO Y

DE LA LITERATURA ERUDITA (SIGLO XII) 120

ÉPOCA DE ALFONSO "EL SABIO" (SIGLO XIII) 177

ÉPOCA DIDÁCTICA (SIGLO XIV) 216

ÉPOCA DE DON JUAN EL II

LA POESÍA LÍRICA CORTESANA Y LOS ALBORES DEL RENACIMIENTO

(PRIMERA MITAD DEL SIGLO XV HASTA 1454) 267

ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS

EL ARTE POPULAR. EL RENACIMIENTO Y LOS HUMANISTAS

(SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XV, 1454 HASTA 1516) 335

AUTORES Y OBRAS ANÓNIMAS 495

ERRATAS 506

COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS

Pág.

Lucio Anneo Séneca (Berlín, Altes Museum) 76

San Beato, _Comentario del Apocalipsis_ (Catedral de Gerona) 112

Cofre del Cid (Catedral de Burgos).--Sepulcro del Cid (San Pedro

de Cardeña) 166

Momia de D. Rodrigo Ximénez de Rada. (Discurso de D. Enrique

de Aguilera y Gamboa, Marqués de Cerralbo, en su recepción de

la Real Academia de la Historia, Madrid, 1908) 188

Alfonso X (Ms. de la _Crónica general_ de la época,

Biblioteca Real) 194

_Crónica de Don Jaime el Conquistador_ (siglo XIV,

Códice de Poblet, Biblioteca de San Juan) 224

Sepulcro de D. Juan II (Cartuja de Miraflores, Burgos) 266

Don Enrique de Villena (Del _Arte Cisoria_,

edición Felipe Benicio Navarro) 276

Don Íñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana 286

Don Enrique IV (Códice de 1467, en Stuttgart) 334

Don Gómez Manrique (Monasterio de Fres-del Val) 340

Los Reyes Católicos (Capilla de los Reyes, Granada) 350

Nebrija en su escuela (_Elegancias romanzadas_,

imprenta de su hijo, Granada) 380

_Comedia de Calisto y Melibea_ (Burgos, 1499) 424

CARTA Á GUISA DE PRÓLOGO

Á DON ADOLFO BONILLA Y SAN MARTÍN

Y Á QUIEN MÁS QUISIERE LEERLA

La _Historia de la Literatura castellana_ debióla escribir, como

usted sabe muy bien, querido amigo mío, y nos prometíamos todos que

la escribiese, el maestro don Marcelino Menéndez y Pelayo. Íbala

escribiendo de hecho, á retazos, con el vasto saber y galano decir

que en sus libros admiramos. La _Historia de las ideas estéticas_,

la _Antología de poetas líricos_, los _Orígenes de la novela_, La

_Bibliografía hispano-latina_, los _Prólogos_ á las comedias de Lope,

tantos otros prólogos, bibliografías, estudios y libros, sillares son

y aparejo, piezas artísticamente talladas, con las cuales pensaría

sin duda labrar y levantar el edificio, que su misma inagotable é

insaciable erudición, la demasiada grandeza de sus propósitos y la

súbita y no esperada muerte le impidieron llevar á colmo.

Lo que no pudo hacer el maestro debiera hacer usted, mi querido y

sabio amigo, tan impuesto y enterado como está en todo cuanto atañe

á Literatura española, á Filosofía española, á cultura española y á

bibliografía española, amén del continuo conversar con los antiguos

clásicos, italianos y latinos, en que usted á diario se emplea,

entrando y saliendo por aquellas literaturas tan familiarmente, que no

sé quién, en esta parte, no le reconozca ventaja.

Bien sé yo, por el contrario, que el son de alabanza de estas mis

palabras le habrán de apesadumbrar; pero ¿cómo hemos de sufrir los que

su valer reconocemos que su nombre no suene por ahí dentro de España

tanto como debiera sonar y suena entre los hispanófilos de fuera, por

hallarse modestamente alejado de los acostumbrados conventículos de

donde salen los bombos desaforados que algunos mozos pretenciosos,

hinchados de huera necedad y forrados de grotesca ignorancia, suelen

repartirse entre sí, sin mentar jamás á los que cabalmente por sabios

macizos no meten allí el pie, contentos con trabajar en su retiro?

¿Cómo hemos de sufrir que, con todo el matalotaje de conocimientos

y saber que usted tiene allegado, se nos venga usted, al cabo y

á la postre, con una sencilla traducción de la _Historia de la

Literatura española_, como la que ha hecho del eminente hispanófilo

Fitzmaurice-Kelly, dejando á los que menos valemos la recia tarea de

hacer medianamente lo que con su erudición y saber haría usted por

manera acabada?

Bien conoce usted que no peco de exagerado ni en ensalzarle ni en

abatirme, pues se conoce á sí y me conoce y es en tanta manera verdad,

que se me caía la cara de vergüenza cada vez que pensaba en poner en

sus manos las cuartillas de este mi libro y que le oía decir asombrado

y medio turulato: "Por cierto que el atrevimiento de Cejador sobrepuja

á cuanto yo imaginara y corre parejas con su diligencia y laboriosidad".

Y estará usted en lo cierto. Porque á laboriosidad y diligencia se me

figura que me igualarán pocos, y en atrevimiento ya bien ve usted y

toca con las manos si yo me quedo corto.

Ahora echará usted bien de ver cómo este libro, tan hijo de mi mucho

atrevimiento en escribirlo yo, como de su demasiada modestia en no

haberlo escrito usted, á usted y á nadie más que á usted podía y

tenía que dirigírselo, como se lo dirijo por estos renglones. Porque

de esta manera mi atrevimiento y su modestia podremos decir que se

balancean y el libro queda justificado y en el fiel. Y ya que para

los demás que hayan de leer esta carta he levantado y puesto en su

punto sus merecimientos, quiero apocar y poner en el punto debido los

míos, para que, dando razón de su justo asombro, disculpe con todo eso

mi atrevimiento. He intentado juntar en este libro, á la historia de

nuestra literatura, la historia de nuestro idioma, cifrando en breve

suma cuanto tengo más largamente probado en el _Tesoro de la lengua

castellana_ y en los _Diálogos sobre el nacimiento del castellano_.

De Filología creo entender algo, por lo menos para lo que en España

se usa, y como los españoles tenemos por estilo y costumbre, harto

vieja, menospreciar lo nuestro y á la discreta modestia no se opone

el reconocer el propio valer, me permitirá, mi querido amigo, que

para que alguien no tome el rábano por las hojas, añada que aunque

mis opiniones acerca de los orígenes del castellano sean algún tanto

nuevas y no suenen del todo agradablemente en los oídos de ciertos

filólogos, van fundadas en el conocimiento que tengo de los idiomas

todos que pueden haber contribuido á la formación del castellano.

De este asunto han tratado varones entendidos en uno ó más de estos

idiomas, romanistas, arabistas y vascófilos, por ejemplo. Yo he gastado

toda mi vida en estudiar griego y latín, árabe y hebreo, lenguas

románicas y lenguas germánicas, y muy particularmente el vascuence.

He trabajado en otros muchos y peregrinos idiomas, que no es del caso

mencionar, y he escrito acerca del origen y unidad de las lenguas con

argumentos que todavía nadie ha deshecho ni rebatido. Consecuencia

de todos estos estudios y preparación de mi vida toda son las nuevas

opiniones que sustento acerca del nacimiento de nuestro romance.

Creo, mi querido amigo, tener algún derecho á no dar oídos á calladas

hablillas, que por detrás y sin dar la cara y menos sin redactarlas

honradamente en públicos escritos, se dejan caer por ahí de solapa

ciertos filólogos, cuyos méritos reconozco, pero enteramente ayunos

de la mayor parte de los conocimientos lingüísticos que este asunto

requiere, que podrán estar bien enterados de la Filología románica,

pero que ni entienden dos renglones de cualquier libro griego, árabe,

hebreo y vascongado, y gracias que lean tropezando algunos renglones de

buen latín. He de añadir algo más. Estos filólogos españoles y otros

extranjeros, que tratan cosas de nuestro romance castellano, desconocen

lo que es nuestro idioma. Usted, que ha leído el _Tesoro de la lengua

castellana_, sabe muy bien que del habla vulgar y verdadero castellano

de hogaño y de antaño no conoce el _Diccionario_ de la Academia las

tres cuartas partes, que más que otro tanto de voces, digo mal, más

que tres veces otro tanto de voces corren por ahí y andan en libros

viejos, de las cuales la Academia no tiene noticia, ni de ellas tienen

noticia los romanistas extranjeros. Los cuales, con ceñirse á los

vocablos latinos de nuestro romance ya creen conocerlo enteramente y

fallar sobre su naturaleza y nacimiento. Pero hay otros tantos y más

que no son latinos y ni siquiera los mientan por la mayor parte los

romanistas, porque no los conocen, y de los que conocen suelen dar

etimologías tan chistosas como opuestas á las leyes fonéticas que ellos

admiten en teoría y tienen después que dejar á un lado en la práctica

al quererlos explicar por el latín. Todo esto he tenido que decirlo

por cuanto atañe al castellano, cuya historia resumo en este mi libro.

Ahora, cuanto á literatura castellana, confieso que tiene usted motivos

para asombrarse de mi atrevimiento. Porque ¿qué se me alcanza á mí

de este menester si me comparo con usted y con Rodríguez Marín, el

que más sabe de literatura y folklore andaluz, y aun con otros menos

claros en nombre, más peritísimos en letras españolas, á quienes no

he de nombrar por ser harto conocidos, así como ni á los hispanófilos

extranjeros, que si menos al tanto de ciertas quisicosas del romance,

me dan, en cambio, quince y raya en erudición y verdadero saber? "¿Por

qué, pues, me dirá usted, se ha atrevido á poner sus manos pecadoras en

una _Historia de la literatura castellana_, cuando de sólo pensarlo me

tiemblan á mí las carnes?".

Á ese por qué deseaba responder en esta carta á guisa de prólogo.

Cuando leí el ejemplar, que usted me regaló, de la nueva edición de la

_Historia de la Literatura española_, compuesta por Fitzmaurice-Kelly

y por usted traducida, Madrid, 1913, se me subió la sangre al rostro,

considerando lo desairado del papel que representamos los literatos

españoles al dejar que nos ganen por la mano y se nos adelanten los

hispanófilos extranjeros en cosa tan nuestra, que, por muy conocedores

que sean de nuestras cosas, nunca pueden penetrar en el espíritu de la

raza, que en ellas late y bulle, y mucho menos en cosas tan castizas y

hondas como el idioma y la literatura. Y esta es la disculpa que tiene,

y yo le reconozco, la dicha _Historia_ del eruditísimo hispanófilo

inglés, en no haber acertado, según á mí me lo parece, en bastantes

puntos cuanto á la crítica, siendo, en cambio, tan rica en noticias

bien aseguradas y tan puntual en todo y tan al cabo de los últimos

descubrimientos de la erudición, que hoy camina á más andar, como podía

esperarse de su autor y de muy contados españoles podría esperarse

le llegaran á igualar. Esta mengua en la crítica de algunos libros y

escritores, juntamente con la brevedad sucinta á que el autor quiso

ceñir su obra, están pidiendo se escriba otra, si no tan prolija,

retórica y rebutida de ajenas historias como la de Amador de los Ríos,

obra por otro cabo meritísima, de donde muchos sacaron no poco de lo

que dieron por propio, una _Historia de la literatura castellana_ del

tamaño de la de Ticknor, poco más ó menos, más moderna y más española,

que desenvuelva algún tanto más lo que en la por usted traducida se

halla demasiadamente condensado y ajuste más el criterio estético en el

todo y en las partes.

Eso lo hubiera podido hacer, á lograr más larga vida, el Maestro; eso

lo pudiera hacer usted, si no llevase de calle tantas empresas á la

vez, abrumado de las cuales me persuado que no lo llegará usted á hacer

nunca; eso lo pudiera hacer Rodríguez Marín, si su cargo y ocupaciones

se lo permitieran. Pero ello es que ustedes los que pueden... no

pueden, y así tenemos que hacer un poder los que no podemos. Alguna

disculpa tiene, pues, mi atrevimiento, y si con él lograse echar

no sea más que las zanjas y asentar anchos cimientos, y si no

descontentándoles la traza, ustedes los que saben ú otros que después

vinieren quisieran levantar sobre ellos más gallardo y macizo edificio,

daríame por bien pagado.

Qué traza y criterio sea el mío héselo de apuntar aquí en dos palabras

á los demás que me leyeren, ya que adelante lo han de echar de ver al

leer mi libro; usted ya lo tiene leído, puesto que tan cariñosa como

desinteresadamente se me ofreció á revisar las pruebas y las revisó,

por lo que jamás le quedaré bastantemente agradecido.

Dificultoso es atinar, cuando el público, que desea leer una historia

de la literatura, es tan vario, que unos sólo quieren conocer

ceñidamente los resultados, autores, obras, juicios del historiador y

el cuadro general del desenvolvimiento literario en nuestra patria,

y otros buscan la razón de los hechos, mayores pormenores, la

bibliografía que les encamine para estudios particulares que pudieran

emprender, los fundamentos en que los resultados estriban. Á los

primeros puede satisfacer la obra de Fitzmaurice-Kelly ó la que á su

imitación publicó el benemérito hispanista Ernest Merimée, ó esta mía,

ateniéndose á lo que, mirando á este intento, he hecho imprimir en

letra más gruesa. Para los segundos es lo que va en letra más menuda,

donde he procurado resumir lo más importante que me ha parecido hallar

en tantísimos libros como se han escrito y cuya bibliografía anoto

con particular esmero, valiéndome, sobre todo, de la que usted con

tanta puntualidad ha sabido añadir á la traducción de la obra de

Fitzmaurice-Kelly. Usted mismo, Menéndez y Pelayo, Foulché-Delbosc,

Rodríguez Marín, Fitzmaurice-Kelly, Merimée, Farinelli y otros

hispanófilos extranjeros han escrito páginas admirables sobre puntos

sueltos y sin las cuales este libro no hubiera podido escribirse.

Mayormente la _Revue Hispanique_, dirigida por Foulché-Delbosc,

como usted sabe, el más cumplido de los hispanófilos, es un minero

inagotable de hechos y apreciaciones, indispensable para cualquiera que

desee ahondar un asunto cualquiera. Las _Bibliotecas y Bibliografías_

de Nicolás Antonio, Gallardo, Salvá, Heredia, Brunet, Juan M.

Sánchez, etcétera, etc., son canteras harto conocidas. De todas me he

aprovechado, no para enseñarles á ustedes los que saben más que yo,

pues ustedes pocas cosas han de aprender en este libro y muchas tendrán

que enmendar, y se lo agradezco de antemano, sino para encaminar á los

jóvenes que deseen trabajar en algunos puntos particulares.

Cada vez estoy más persuadido, primero, de que al orden cronológico no

ha de anteponerse el de géneros ni escuelas, y segundo, de que para

comprender el cuadro literario es indispensable hallar junto á él y en

su propio lugar de fecha los demás escritos no literarios, pero que

completan el conocimiento de las letras españolas. "Hasta hoy no se

ha entendido bien la historia de nuestra literatura, dice M. Pelayo

(_Cienc. Esp._, II, 10), por no haberse estudiado á nuestros teólogos

y filósofos". Orden riguroso de años en los cuales se imprimió la

primera obra de cada autor, desde que hubo imprenta, ó en los cuales

se compusieron, antes de haberla, esto es, del tiempo en que cada uno

comenzó á darse públicamente á conocer por sus escritos: tal ha sido mi

pauta. Las obras no literarias van en caracteres menores, como lo demás

que toca á ilustrar el asunto principal. De tales obras de _cultura_

general he escogido las de mayor momento, sin tratar de agotar la

inagotable bibliografía.

Estas dos innovaciones son las que me han movido á emprender este

trabajo, ya que ustedes los que pudieran mejor que yo no lo hacen;

pero queda otro motivo, y es el principal. No me contenta el criterio

de los que hasta hoy han tratado este asunto de la literatura y menos

los que han hablado acerca del castellano. En literatura yo pongo

muy por cima de cualquier obra erudita la menor obra del pueblo, la

comúnmente no escrita, la sancionada en cambio por el consentimiento

de la raza española, como aprecio el habla popular, la única natural,

mucho más que cualquier otra modificación que en ella introduzcan los

eruditos. La razón es clara para los modernos filólogos: lo que los

eruditos añaden al idioma nacional es sencillamente una falsificación

del idioma, bien así como las flores de celuloide ó de papel son falsas

flores para el botánico. Ahora bien, esto corre igualmente respecto

de la literatura. Distinguir bien el elemento popular del erudito en

las obras literarias: tal es mi criterio. Cuanto á la historia del

castellano, que es otra de mis innovaciones, también me aparto de los

romanistas, que son los que acerca de él han tratado, y naturalmente

por ser romanistas no han visto en nuestro idioma otra cosa que lengua

romana, latín y solo latín. Bien sé que disgustaré ya desde aquí á

muchos lectores; pero que contente á la verdad y á los que la buscan es

lo que importa. En casi todas mis obras vengo probando que el éuscaro

ó vascongado ó ibero ha contribuido enormemente á la formación del

castellano. Todavía no se han rebatido mis pruebas; ahí siguen, pues,

en pie, grita que te gritarás. Y éste es mi criterio cuanto al idioma.

Creo que son suficientes motivos para haberme puesto, con atrevimiento

disculpable, á escribir la historia de la lengua y literatura

castellana. El que tenga otros criterios escríbala según ellos, los

míos presentan sus derechos como los de otro cualquiera.

Soy tan devoto y aun apasionado de la literatura helénica como quien

se pasó su vida leyendo y saboreando sus obras maestras; no soy, con

todo eso, ciego por el clasicismo, al modo de los humanistas del

Renacimiento, y aun por lo mismo que he gustado el único verdadero

clasicismo, que es el helénico, distinguiéndolo bien del postizo y de

imitación, salvo raras excepciones, de los romanos y renacentistas.

No quisiera ser un Angelo Policiano, quien por locamente ciceroniano

no alcanzó jamás á escribir como Cicerón. El clasicismo helénico

contenía dos elementos: el uno la naturalidad virginal, nacida de la

nacionalidad en asuntos y modo de decir; el otro de idealismo que

llevaba el arte helénico á ser un eco de la serena Sofrosine del

Olimpo de los dioses. Ni uno ni otro imitaron comúnmente romanos ni

renacentistas, contentos con tomarles los asuntos, la mitología, las

frases y palabras y poco más, lo que jamás debieron tomar, por ser para

los griegos nacional y para los demás extraño y postizo. Imitar el arte

griego consiste en cultivar lo nacional y según las cualidades del

sentir de cada nación. En España cultivar el realismo es imitar á los

griegos cuanto á su idealismo; ahondar en nuestra historia, leyendas y

espíritu es imitarles cuanto á su mitología.

Lo nacional es lo único natural y grande en cada pueblo. Tal es la

razón de mi criterio, que pudiéramos llamar democrático y que no es

mío, sino de la ciencia y de la estética moderna, para la cual vale

más un cantar enteramente popular que el mejor poema erudito, si no

es popular á la vez. Hoy, tanto en pintura como en literatura, se

busca lo primitivo, porque es lo más popular y nacional; se quiere,

por lo mismo, gozar de lo fuerte, recio, natural y realista. Ninguna

nación europea atesora más obras de esta laya que España. "Cuanto á

nacionalidad, ocupa la literatura española el primer puesto", dijo

Federico Schlegel en su _Historia de la literatura antigua y moderna_

(t. I, c. 11). "El romancero es, no solamente _la verdadera Ilíada_

de España, conforme al dicho de Víctor Hugo, sino el monumento más

variado y duradero y la manifestación literaria más curiosa de su vida

pública y privada", dijo E. Merimée en su _Précis d'histoire de la

Littérature Espagnole_ (pág. 165). Ahora bien, el romancero es la obra

más popular de nuestra literatura. Todo ello lo sabe usted de sobra y

no es pequeño regalo para mí el conocer que éste mi criterio lo sea

también suyo, por más que no lo haya sido de la mayoría de nuestros

historiadores literarios, chapados á la antigua, demasiadamente

eruditos, renacentistas y librescos.

Acepte, pues, mi querido amigo, lo que de sano y bueno hubiere dado mi

atrevimiento en este libro, y eche lo malo, que no dejará de hallar

bastante en él, á mi poco saber, que para eso se lo he confesado

honradamente.

JULIO CEJADOR.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

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NACIMIENTO DEL ROMANCE

Y DE LA LITERATURA POPULAR

=1.= Los sabios que tratan de prehistoria nos dicen que hubo en España

gentes de la fuerte raza que llaman de Cro-Magnon; los teósofos añaden

que aquellas gentes fueron atlantes, desgajados de la Atlántida, que

se hundió en el mar entre Europa y América; los hechos y la historia

sólo nos aseguran que las tierras de España conservan todavía, como

los más antiguos nombres que los hombres les pusieron, vocablos

claramente vascongados y que, por consiguiente, la raza vascongada

ó, por su propio nombre, euscalduna, es la más antigua conocida en

España; de haberlo sido otra, no dejarían de haber quedado huellas

en la toponimia. _Iberos_ llamaron los griegos á los euscaldunas

ribereños del _Iber_ ó _Ebro_, nombre éuscaro, extendiendo después

la denominación al resto de los españoles. La de _España_ es voz

vascongada que indica extremo, el _non plus ultra_, que después la

simbolizó traduciendo este nombre, por ser el límite de Europa. Por

acá vinieron y traficaron por el Sur y Levante fenicios y griegos, y

algunas corrientes de celtas por el Noroeste, que corriéndose por la

cuenca del Tajo á la meseta central hacia el Nordeste, formaron con los

íberos los llamados en aquella región celtíberos. Rarísimos rastros

quedan de aquellas gentes en la toponimia é inscripciones. Trajéronnos

los romanos su civilización y dieron su estructura al habla de los

españoles. Bandas de godos, suevos y vándalos, ya romanizados, llegaron

acá, dejándonos algunos vocablos y apellidos, y más de asiento,

dejándonos otras veces algunos árabes de Siria y muchos más africanos,

medio arabizados. El iberismo, que se toca y palpa en las provincias

vascas y Navarra, está en el fondo de todos los españoles, á pesar de

las diferencias que los distinguen, merced á las cualidades de tierras

y climas y á los tintes con que pueblos extraños los colorearon.

Siglos y siglos vivieron apartadas varias regiones, sin que la unidad,

emprendida por los Austrias y continuada por los Borbones, haya pasado

de la política, siendo de hecho más nominal que real.

Galicia, en inmediato trato con Portugal y con la influencia francesa

durante la Edad Media; Andalucía, respirando aire africano y moruno

hasta el siglo XVII, ¿cómo iban á formar un todo verdadero por la

unidad absolutista de algunos reyes? Menos lo habían de formar con

Castilla las regiones de Cataluña y Valencia, apartadas por el idioma y

por la historia durante tanto tiempo. Los elementos que más ayudaron á

la unidad de España fueron la conformación geográfica de la Península,

la cultura romana y la religión católica. Pero el verdadero lazo fué el

idioma, que traba á Castilla con Andalucía y Aragón más apretadamente

que á las regiones donde el habla se desvía del troquel castellano. Con

todo eso, las cualidades, buenas y malas, que tan á la clara se hallan

en los vascongados, se traslucen y aun campean en el común de los

habitantes todos de España, incluyendo á Portugal; distinguiéndose de

los demás, si algunos, los catalanes. En el español el espíritu vence

á la materia, tiene más cerebro que cuerpo, mejores cualidades morales

que físicas. La elevación de sentimientos le lleva á reventar de

hidalgo por no abatirse al trabajo manual, que tiene por servil, dando

en la picaresca y busconería, cegándose así en no ver en ella bajeza

alguna, antes cierta grandeza de guapo dominador y no menor maestría

en el ingenio: tal es la causa de su odio al trabajo, su afición á la

vida apicarada y aventurera y el gusto por la bizarría en el porte,

la majencia en el trato y el matonismo con los demás. El ingenio del

español es brillante, pronto y despierto, más de intuición y fantasía

que de abstractiva inteligencia, más de poeta y soñador que de sabio y

erudito: de aquí su valer como artista y su poca afición á sistematizar

científicamente los hechos, lo plástico y realista de sus creaciones

instintivas y el desvío de lo simbólico, ideal y abstracto. El claro

conocimiento de la justicia hace vivir continuamente al español en

el mundo moral, juzgándolo todo éticamente, más que según el interés

y la conveniencia, moralizando siempre en literatura y fiscalizando

los actos de los demás, sobre todo de los suyos y aun de sí mismo; de

aquí la gravedad en todo su proceder, hasta hacerse pesado y tardo,

perdiendo la oportunidad con la indecisión.

El español es de una voluntad de hierro, tenaz hasta la testarudez,

constante y apegado á sus tradiciones hasta el atraso en la

civilización, religioso por tradición, amante de la independencia como

nadie. No es guerreador por naturaleza, prefiriendo la paz; pero por

la independencia, por cualquier grande ideal de justicia, se echa al

campo y es constante, sufrido y bravo guerrero, sin importarle nada el

perder la vida. Gracias á su claro ingenio y fuerza de voluntad, es el

español extraordinariamente franco y sincero y nada supersticioso ni

dado á ocultismos, ama la luz y aborrece las medias tintas. En suma,

de gran sentido común en las cosas espirituales y de muy escaso en las

materiales, es pensador recio, original y elevado, artista realista y

sincero, de gran corazón, compasivo y valiente y denodado defensor de

la justicia y de toda noble causa; pero no quiere trabajar, odia el

ahorro, menosprecia el propio interés, no se muere por las comodidades

materiales y sólo fué grande cuando los ideales espirituales señoreaban

la opinión pública en los pueblos, quedando aniquilado y por tierra,

sin saberse qué hacer, cuando los materiales del trabajo y del oro

sobrepujaron á todos los demás. El catalán, más europeo y francés, es

trabajador y ahorrador, comúnmente por interés; lo es, no menos, el

vasco, por honradez y hombría de bien. El español lo será, y con ello

será grande, el día que haga lo que el vasco, y lo hará algún día,

porque lleva en su alma los mismos ideales, dormidos hoy por el golpe

que dió al caer de su ahidalgado estado, al volcarse los ideales de la

sociedad; cuando se persuada de que el trabajo, si puede ser cosa vil

y de esclavos, también puede ser una cosa virtuosa y noble, propia de

toda persona honrada é independiente.

El clima en España es extremo: africano unos meses en valles y

mesetas, siberiano otros en mesetas y alturas montañosas. Los ardores

del estío siéntense en toda la Península, los fríos del invierno llegan

á todas partes. Algún tanto se templan estos rigores en las costas, y

en todo el territorio la primavera, y más el otoño, son paradisíacos.

Los tonos más violentos colorean la literatura y el habla de los

españoles. No son literatura y habla de chimenea rusa, de nieblas

londinesas, de gris parisién, ni lo son de arenoso y sofocado Egipto,

de tropical y malsano Ganges. Son de un ambiente atemperado; pero con

los mayores rigores que en un ambiente atemperado pueden darse. Hay más

violencia y rigor en el tránsito de los climas en España que en Italia

y Grecia: el habla y la literatura lo dicen más claro que las líneas

isotérmicas é isobáricas.

=2.= La lengua castellana, como obra de arte popular, vale

infinitamente más que toda su literatura. Hay en los modismos, en las

metáforas, en las frases hechas, en los refranes, mucho más hondura

de pensamiento, mayor sutileza de ingenio, más brillante colorido,

chiste más delicado, que en todas nuestras obras literarias juntas.

Nuestro idioma vulgar, descostrado de la mitad ó más de las voces que

traen los diccionarios y empleamos los cultos, que sólo sirven de

emporcarla, aguarla y empañar su vivo colorido, es la obra maestra del

arte popular nacional, inconsciente si se quiere, pero de hecho hijo

de la reflexión. Alguien fué el primero que dió en el chiste de una

expresión, que pintó el dicho con singular gracejo ó lo vistió con no

esperada metáfora; el pueblo vió al punto que tal era la expresión

propia conforme al genio de la raza, y en la cual los demás no habían

dado, y la abrazó como suya, se la apropió y, olvidado al día siguiente

su autor, corrió ya como cosa corriente, como inconsciente brote del

habla de todos.

Historia de la lengua y literatura castellana, Tomo 1 · 第 1 / 59 段