Mis distracciones en San Isidro. -- La danza de negros y el arpa del
saboyano. -- Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de
abandonar temporalmente la Trocha. -- Pido mi licencia absoluta. --
Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. -- Un
mes en el hospital de San Miguel.
La temporada transcurrida en San Isidro, aparéceseme hoy borrosa y
gris como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada
día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho,
sin más consuelo y asistencia --vamos al decir-- que los prodigados por
un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente.
No obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis
alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse
indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez comencé
a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas
melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire
libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia
miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de
la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes
parecíame algo así como una insolencia...
Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban
lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgias por la
patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas, entregándose a
zambras alegres y cánticos salvajes.
Era la danza de las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras
ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un
sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre
largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una
voz chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción
acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su
repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:
«Yo fuí quien maté el caimán,
Caimán...
Caimán...
Yo fuí quien maté el caimán.»
Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos
salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.
Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría
a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves
musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan
formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el
_crescendo_ de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al
frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de
aquel violentísimo ejercicio.
Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos
de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.
Por aquella época, la Isla de Cuba era sima de soldados. Y como la
recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa,
apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje
de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito,
agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas,
y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos
extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos
saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España
cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.
Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la
enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su
rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico.
Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla,
había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual
solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este
soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la
fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos,
además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para
el ansiado día de la repatriación.
Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida
y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le
daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro,
y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire
con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en
exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas
y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una
vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi
situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.
Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis
o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios.
El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible
hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor
Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre.
Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré
un esfuerzo por reemplazarle.»
Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia
que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar
que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible
a los efectos de aquella atmósfera deletérea.
Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio:
pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la
carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una
instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades
sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el
resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se
negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó,
sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...
Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh
ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas
como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie
quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa
del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas
líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del
_Bagá_ o del _Este_, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente
al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos
inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar
las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi
solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente,
en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla
personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la
resolución del Capitán general.
Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en
diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo
a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto _caso
clínico_.
Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos,
pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad
oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el
doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente;
fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre
o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas
de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta
insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario
que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego.
Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la
general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto
de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla
contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que
las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios
administrativos.
Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro,
soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis
vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter
violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad
no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho
jefe --enfermo de tuberculosis grave-- dió en la manía de llamar a tiros
de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido,
creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún
enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de
mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed
devoradora y administrarle medicinas.
Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el
Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier
bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener
la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito
inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en
Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de _caquexia
palúdica grave_, incompatible con todo servicio.
Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía
al _adelanto_ de la licencia[46], tomé la vuelta de la Habana, donde
debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.
[46] La orden de anticipo de la licencia absoluta se expidió con
fecha de 15 de Mayo de 1875. El pasaporte es de 21 de Mayo de
1875; en él se hace constar que, hallándome enfermo, mi traslado
a la Península corre a cargo de la Administración militar.
Como _inutilizado en campaña_ tenía derecho a pasaje gratuito. Pero
mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A
causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en
la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes,
cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.
A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la
previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente
mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la
letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el
cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la
consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero,
a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin
dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por
100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con
que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de
retorno.
[Ilustración]