CAPÍTULO XXIV

Mis distracciones en San Isidro. -- La danza de negros y el arpa del

saboyano. -- Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de

abandonar temporalmente la Trocha. -- Pido mi licencia absoluta. --

Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. -- Un

mes en el hospital de San Miguel.

La temporada transcurrida en San Isidro, aparéceseme hoy borrosa y

gris como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada

día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho,

sin más consuelo y asistencia --vamos al decir-- que los prodigados por

un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente.

No obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis

alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse

indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez comencé

a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas

melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire

libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia

miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de

la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes

parecíame algo así como una insolencia...

Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban

lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgias por la

patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas, entregándose a

zambras alegres y cánticos salvajes.

Era la danza de las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras

ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un

sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre

largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una

voz chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción

acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su

repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:

«Yo fuí quien maté el caimán,

Caimán...

Caimán...

Yo fuí quien maté el caimán.»

Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos

salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.

Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría

a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves

musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan

formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el

_crescendo_ de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al

frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de

aquel violentísimo ejercicio.

Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos

de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.

Por aquella época, la Isla de Cuba era sima de soldados. Y como la

recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa,

apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje

de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito,

agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas,

y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos

extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos

saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España

cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.

Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la

enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su

rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico.

Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla,

había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual

solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este

soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la

fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos,

además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para

el ansiado día de la repatriación.

Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida

y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le

daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro,

y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire

con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en

exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas

y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una

vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi

situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.

Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis

o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios.

El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible

hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor

Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre.

Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré

un esfuerzo por reemplazarle.»

Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia

que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar

que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible

a los efectos de aquella atmósfera deletérea.

Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio:

pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la

carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una

instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades

sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el

resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se

negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó,

sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...

Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh

ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas

como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie

quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa

del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas

líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del

_Bagá_ o del _Este_, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente

al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos

inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar

las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi

solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente,

en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla

personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la

resolución del Capitán general.

Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en

diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo

a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto _caso

clínico_.

Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos,

pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad

oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el

doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente;

fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre

o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas

de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta

insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario

que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego.

Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la

general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto

de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla

contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que

las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios

administrativos.

Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro,

soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis

vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter

violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad

no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho

jefe --enfermo de tuberculosis grave-- dió en la manía de llamar a tiros

de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido,

creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún

enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de

mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed

devoradora y administrarle medicinas.

Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el

Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier

bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener

la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito

inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en

Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de _caquexia

palúdica grave_, incompatible con todo servicio.

Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía

al _adelanto_ de la licencia[46], tomé la vuelta de la Habana, donde

debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.

[46] La orden de anticipo de la licencia absoluta se expidió con

fecha de 15 de Mayo de 1875. El pasaporte es de 21 de Mayo de

1875; en él se hace constar que, hallándome enfermo, mi traslado

a la Península corre a cargo de la Administración militar.

Como _inutilizado en campaña_ tenía derecho a pasaje gratuito. Pero

mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A

causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en

la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes,

cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.

A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la

previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente

mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la

letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el

cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la

consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero,

a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin

dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por

100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con

que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de

retorno.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 30 / 45 题