CAPÍTULO XXIII

Llegada a la Habana. -- Soy destinado al hospital de campaña de «Vista

Hermosa». -- Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. -- Aprovecho mi

forzada quietud para aprender el inglés. -- Mi dolencia se agrava y se

me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. -- Iniciada mi

mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del

Este». -- La vida en la Trocha. -- Música a la luz de la luna. -- Mis

cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos administrativos, y

sólo consigo que me empapele el jefe de la fuerza.

La travesía hasta _Puerto Rico_ y _Cuba_ hízose con mar bella y

excelente humor. Por entonces la _Compañía Trasatlántica_ de Comillas

daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la

murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han

interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día

concentraba mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo

de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces

voladores y esas como flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil,

que se llaman _medusas_, _sifonóforos_, etc., etc. Llegada la noche,

me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones

se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta en el negro

oleaje encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se

limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que

irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se

embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de

_noctilucos_, excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como

se ve, mi afán de nuevas impresiones íbase satisfaciendo.

Hacia el día décimosexto de la navegación surgió muy de mañana la

ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y

su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por

pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para

corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido

algunas muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos

días después arribamos a la Habana.

Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana

vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se

impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de

cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la

derecha, dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas

entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan elegantes

palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por

innumerables calas y promontorios, se descubre el puerto, frontero del

barrio comercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas

verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.

Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas

de la Habana y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos

referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente

a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí

parecióme mera continuación de Andalucía. En efecto, _andaluza_ es el

habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; _andaluzas_ las casas

(formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios

y jardines, y _andaluz_ el espíritu fino y soñador, pero lánguido y

perezoso, del criollo.

Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América

española el no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente

para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte,

laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de

recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente,

generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia,

pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la

industria.

Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas,

concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba

ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes

por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores

peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real;

los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y

la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de

bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto

a desatarse en furiosas tormentas; y por encima de aquella naturaleza

desbordante, que parecía entonar un cántico a la vida, el padre sol

cayendo a plomo, y como plomo derretido, sobre nuestras cabezas...

Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la

esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad

palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios.

Por donde vivía como soñando o como sumergido en una especie de

encantamiento.

En algunas cosas, no obstante, sufrí decepción; por ejemplo: en las

famosas _selvas vírgenes_, tan celebradas por los poetas románticos.

Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron

la _manigua_. Pero la impresión causada por ésta fué insignificante. En

vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré

con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos

creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando que

las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de

la primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a

guisa de vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la

naturaleza. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los

compañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...

De la fauna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los

animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni

un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis

correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el

vulgarísimo _gorrión_ cosmopolita, pájaro importado de España; algunos

_cuervos_ y _tordos_, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada

por los guajiros _vigirita_. (Aludiendo sin duda a la flojedad y

delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados designaban _vigiritas_

a los criollos, y particularmente a los _mambises_ o insurrectos; en

cambio, los peninsulares éramos llamados _gorriones_ y _patones_).

Solamente enjaulados, admiré al polícromo _papagayo_ de las Antillas y

algunos preciosos ejemplares de _colibrís_ del Perú.

Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena. En su

lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza negra y

sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían

arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión de

pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de

la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré

entre los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y

salvadas algunas excepcionales complexiones, la raza blanca parecióme

incapaz de resistir los ardores y peligros del clima tropical. El

blanco degenera allí rápidamente. Aludo, naturalmente, al europeo

ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muchedumbre de

parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo,

fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las urbes,

entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y

al rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores

del clima; así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas

inoculaciones de sangre europea.

En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer

cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza,

sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo

espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o

desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría

de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de

aquellas lánguidas e irresistibles hermosuras.

En estas exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes.

Terminado el período de aclimatación, hízose necesario distribuir el

personal médico recién venido de la Península. A tal propósito, fuimos

cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad;

allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de

regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia

en los hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de

campaña.

Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del

autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado

uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en

sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve

de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o,

mejor dicho, la suerte que no quisieran correr mis compañeros; los

cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron

cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital, verdaderas

sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los tontos

o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de

las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y

extraordinariamente insalubres.

Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios

peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía,

además, que, tras algunos días de excursión por la manigua, podría

regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas, remendar

alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.

Por cierto que la enfermería que yo debía regentar era de las más

peligrosas e incomunicadas: la de _Vista Hermosa_, perdida en plena

manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país

asolado y despoblado por la guerra.

Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor que debía

conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados

al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para

cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde

Nuevitas, al través del manigual desierto, a la capital del Camagüey.

Alojéme en la famosa _Fonda del Caballo Blanco_, donde se hospedaron

también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos

algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando

la marcha de una columna volante, encargada de racionar la citada

enfermería de Vista Hermosa.

Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el

techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo

advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café con

algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con

esta pregunta, disparada a quemarropa:

--Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la

conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?

--Creo --murmuré-- que la República conservadora merece la confianza del

Ejército.

--Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora

usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que

cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la

República?...

Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de

la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al

menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo

expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que

el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa

al campo alfonsino.

En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu oportunamente

conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la República,

ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de las

vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en

el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras

del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.

Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en

Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando

nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales

tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la

masa principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o

varias mesas próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto

pequeño contingente, constituído por oficiales o jefes de procedencia

republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singular

de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número

disminuía incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y

eran tratados desconfiadamente y casi con hostilidad por sus camaradas

monárquicos.

Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante. Sabido

es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino la sublevación

de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII.

El pueblo de _Vista Hermosa_ constituía un pequeño poblado extendido

por las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la

eminencia más culminante alzábase sólido fortín cuadrado, construído

con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba

una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes de

un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme

barracón de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En

los ángulos periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos

robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del

fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia,

extendíanse los almacenes y algunas pobres rancherías de chinos y

negros. En los alrededores veíase un descampado, limpio de bosque, cuya

maleza exuberante había que segar con frecuencia, para que no invadiera

los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara, por tanto,

las sorpresas del vigilante enemigo.

Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias

para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de

columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente

incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la

manigua más de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos

los días había tiroteo entre ellos y los centinelas.

Por aquella época, la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de

200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las

columnas volantes de operaciones en el Camagüey.

Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un

cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de cama y

mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de

los soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas

de galletas y azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato

de quinina, la providencia del palúdico en los países tropicales.

Con cajones y latas vacías, dispuse en un rinconcito un laboratorio

fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.

Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al

cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios

con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe

el lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien,

gracias al noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la

lectura.

Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las

expansiones de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero

entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia, compuesta de

pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena

sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al _menú_, de

tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por

algún negro merodeador de ingenios abandonados.

Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de paludismo. Nubes de

mosquitos nos rodeaban: además del _Anopheles claviger_, ordinario

portador del protozoario de la _malaria_, nos mortificaban el casi

invisible _gegén_, amén de ejército innumerable de pulgas, cucarachas y

hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por todas partes.

¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por aquella época,

hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el

mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados,

arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para

evitar o limitar notablemente la hecatombe, habría bastado proteger

nuestros lechos con simples mosquiteros o limpiar de larvas de

_Anopheles_ las vecinas charcas.

Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por

de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía

la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de

reinoculaciones muy próximas del _plasmodium_. Entretanto, había

perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color

hízose terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible _anemia

palúdica_!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes.

Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un

practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de

desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...

¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan

seriamente amenazada como la de los infelices soldados disentéricos,

tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo eso,

abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en

cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en

aprender el inglés, a cuyo efecto habíame procurado en la Habana

buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable

Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la

influencia de aquellos miasmas (entonces se creía en los _miasmas_ de

los pantanos como causa de paludismo), recobraría rápidamente la salud.

Tengo por seguro que mi profunda confianza en la _vis medicatrix_ me

salvó.

Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta alarma que nos reveló

la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando

nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama,

vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga,

emboscada en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto,

vislumbrábase entre los árboles agitación de jinetes y peones, la

mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nuestro

poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia

mí, me ofreció amparo en la fortaleza.

--No tenga usted cuidado --le dije--. Si los mambises atacan el

hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al

lado de los enfermos.

Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión

febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No

obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas,

invitando a los enfermos menos graves a la común defensa. La mayoría de

ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el lecho y

descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron

en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la

cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al

enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.

Mas los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin

intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro,

donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a la guarnición y a

los enfermos.

Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas

contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era

batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de notoriedad, de

vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...

Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista

de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un

mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo (faltaba

personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la capital

del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de

nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida

no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro,

aun en la época de máxima reparación. En realidad, había caído en ese

estado de decadencia orgánica conocido con el nombre de _caquexia

palúdica_, que debía prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas

repercusiones morbosas soy todavía víctima.

[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 25.--Fotografía hecha en Puerto Príncipe,

después de convalecer del paludismo contraído en Vista Hermosa.]

[Ilustración: Lám. XVI, Fig. 26.--Otra fotografía donde aparecen dos

amigos hospedados en la fonda _El Caballo Blanco_. (Puerto Príncipe).]

En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, Dr. Grau,

agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto

Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el

gusto de conocer al Dr. Ledesma[41], que sobresalía ya como operador

habilísimo.

[41] El Dr. Ledesma, hoy jefe prestigioso del Cuerpo de Sanidad

Militar, llegó, como es sabido, por sus méritos profesionales, a

médico de la Real Cámara.

Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi

estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al _Café del Caballo

Blanco_, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente

amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y

tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes

vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad

que no estaba yo para trotes.

El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac

y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran

los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo

ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales

decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban

apuros económicos.

También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas

independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de permanencia

en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos

oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de

haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía

sólo al clásico desbarajuste de la administración española; debióse

también al desfalco de un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital

Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el

cual se fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una

pelandusca.

En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los

médicos militares de servicio en las capitales percibían puntualmente

sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo,

si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del

regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero

los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de

campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la

Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades,

quedábamos frecuentemente desamparados.

Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau mi precaria

situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo

(125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En

aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin

embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel _guante_ en

favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es

éste --decían-- que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna

para vivir?... Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y

sacuda su cortedad de genio»[42].

[42] Los había tan _largos y vivos_ que cobraban tres o cuatro

veces una misma paga en diversos comercios. Pero más vale

no hablar de ciertas combinaciones financieras... Justo es

recordar, en disculpa de los _hábiles_, que el desorden de la

administración llegó por entonces al colmo, justificando en

cierto modo incorrecciones que en época normal habrían parecido

intolerables.

Para que se forme idea de cómo se generalizaba la corrupción

administrativa, transcribimos estas palabras del informe del

general Jovellar al Ministro de Ultramar (13 de Enero de 1874):

«La inmoralidad en todos los ramos de la Administración, sin

exceptuar la de Justicia, es la más corrompida del mundo... Sería

necesario separar las tres cuartas partes, por lo menos, de los

magistrados, jueces y empleados de la Administración civil y

militar concusionarios».

En efecto; yo fuí siempre poco _espabilado_; pero en aquella ocasión

mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡No

se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un desierto, y de

ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué mercader de

Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un pobre

diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a

extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?

El fallecimiento del médico director de la enfermería de San Isidro

en la _Trocha del Este_, puso fin a mi situación provisional de

_profesor de guardia_ en Puerto Príncipe. Sin considerar que había

en disponibilidad otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni

fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada, el Dr.

Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien, por

cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el

cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la

verdad, hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados

antecesores.

La _enfermería de San Isidro_ era uno de los varios hospitales de

campaña anejos a la _trocha militar del Este_, la cual comenzaba en

Bagá, pequeña población de la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada

en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad

que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de superior

facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre San

Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha,

no lejos de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o

_plataforma_, como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital

de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio

fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos pobres bohíos,

habitados por lavanderas y obreros negros de la trocha, completaban

el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los

suministros de víveres y demás operaciones comerciales.

Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De las deficiencias

higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición,

casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho singular

de haber sido escogido dicho paraje --vasta sabana cruzada por

ciénagas-- como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras.

Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso

heroico capaz de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a

humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos

mostraban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por la sencilla

razón de haberse muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho

del dolor...

A poco de mi llegada pude ya comprobar las excelencias de aquel

lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán

borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la _plataforma_

liberadora, con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales

recién cumplidos. Para reemplazarlos, llegaron, a los pocos días,

cierto capitán de Administración Militar medio loco, pero muy listo,

y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres

oficiales de diversas Armas, acusados de promover escándalos y

cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de recreo. Eran

gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos

ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos

recursos para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué

de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...

[Ilustración: Lám. XVII, Fig. 23.--Un fortín de la enfermería de

San Isidro, en la Trocha del Este. La fotografía, tomada por mí al

colodión, presenta en primer término la locomotora de tipo americano,

con enorme chimenea de embudo.]

Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos

semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en

cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación,

arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni un

minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla.

Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que

el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.

Tal fué el idílico y apacible retiro con que me obsequió el Dr. Grau,

en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles. No me quejé

y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el

mochuelo.

* * * * *

No estará demás informar brevemente al lector de la significación del

sistema defensivo de las _Trochas militares_.

Las _trochas_ de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada,

con o sin alambradas de refuerzo, y amparados cada 500 metros por

_blockhaus_, donde vigilaban pequeños destacamentos de soldados. Cada

1.000 o más metros alzábase un fortín de madera, guarnecido por una

compañía o fracción de ella. De distancia en distancia, levantábanse

algunos poblados; en ellos la línea militar era defendida mediante

puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra protectora se

amparaban enfermerías y almacenes.

La llamada _Trocha del Este o del Bagá_, aunque no terminada,

extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros, comprendía tres o cuatro

hospitales de campaña, y secuestraba, en una inmovilidad enervante,

varios miles de soldados. La _trocha de Júcaro a Morón_, mucho más

larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar cada tres o

cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las tres

cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las

enfermerías; por donde quedaban _blockhaus_ y fortines casi abandonados

y a merced del enemigo.

En teoría, el plan --un tanto pueril-- parecía bien pergeñado. Nuestros

técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla

figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras del

territorio en tres principales departamentos: el de _las Villas y

Occidental_, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho

asegurar; el _Central o del Camagüey_, donde la insurrección tuvo

siempre tenaces partidarios, y, en fin, _el oriental_ (Bayamo, Holguín,

Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos

la isla de Norte a Sur --debieron pensar nuestros estrategas-- por las

susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines,

quedarán convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos

estancos. Y una vez acabadas, las trochas serán eficaces desde luego

para preservar del contagio revolucionario al próspero departamento de

las Villas, fuente de valiosos recursos; y además para que un ejército

relativamente pequeño vaya limpiando, sucesiva y metódicamente, de

insurrectos cada compartimento estanco.»

Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin embargo, que las

trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro a Morón

prestó al principio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban

exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos, servicios

positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho a

los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta

en las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones

al Gobierno del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables

murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas

impunemente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres,

el de la trocha del Júcaro realizado por Máximo Gómez en 1874, para

propagar el fuego de la rebelión a las Villas); inmovilizaban sin

fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en operaciones de

persecución activa; aumentaban en grado indecible, particularmente

durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos

fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron

en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas,

entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos,

sumas fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de

la metrópoli, casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas

guerras peninsulares, eran abrumadores.

Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos

las trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas[43].

[43] De las estadísticas, harto incompletas, publicadas acerca

de aquella campaña, se deduce que sólo por enfermedad murieron

cerca de 58.000 soldados y oficiales. Juntando a esta cifra la de

16.000, a que ascendieron los soldados devueltos a la Península

por inutilizados en campaña (y de los cuales buena parte sucumbió

en sus pueblos o en los hospitales de la Península), se obtiene

la suma de 74.000 bajas por enfermedad, muertos casi todos.

Y no contamos aquí los caídos en el campo de batalla ni los

prisioneros y extraviados.

¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros

generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas

épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!

Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe

colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas

de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra

política ultramarina. Es triste reconocer que la característica de

los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente

las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al

día, atentos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo

del porvenir. Ni los episodios desdichados de la emancipación de

América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el consejo de los pocos

políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda, Prim y Pí y

Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oligarquías

turnantes.

Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres

como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba --esa Cuba que nos aborrecía y

cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable-- valía

la pena de sacrificarle España. La frase efectista del célebre

estadista conservador «_hasta el último hombre y la última peseta_», ha

pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede

llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias

para salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más

hábiles fueron, en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a

Portugal y Holanda conservando sus colonias, no obstante las codicias

de las naciones más poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación

a tiempo de nuestro criterio político, en orden al régimen de las

posesiones de Asia y América, hubiera conservado sin mermas el

glorioso patrimonio de nuestros mayores!...

Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba

con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la

política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la

guerra separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la

autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento

emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo político, vemos

hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la

metrópoli[44]. Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al

gobierno colonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen

asimilista. Y cuando, apremiados por las circunstancias, pensamos

en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió planear incoloro

simulacro de autonomía administrativa y política, es decir, una de esas

_medias medidas_, exentas de generosidad, por igual aborrecibles a

criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en su odio

a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.

[44] Mientras escribimos estas líneas, el Canadá, la India, la

Australia, el África del Sur, etc., sienten como suya la guerra

entre Inglaterra y Alemania, y, alardeando de un admirable

patriotismo de raza, envían contingentes militares al teatro de

la lucha. ¡He aquí el fruto de la generosidad política, que no

es, en suma, sino altísima y clarividente habilidad!...

Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba, --que, como todas

las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto-- hubiéramos

cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las

Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley,

como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la _paz del Zanjón_,

habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella

el desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no

supimos nunca ser generosos ni justos.

* * * * *

Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto

además a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.

Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300

los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y

difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas,

disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un

tratamiento ritual.

Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba graves

quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el saneamiento

administrativo del hospital. En San Isidro[45] buena parte de los

empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición hasta los

practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo

llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles

abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud

volvió a quebrantarse seriamente.

[45] Tengo motivos para pensar que ocurría lo mismo en otros

muchos hospitales, y que a ello no se daba ninguna importancia.

He aquí la _técnica_ empleada por los defraudadores para vivir

parásitamente a expensas de la administración.

En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los enfermos sujetos a

ración de gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de las raciones

servidas. Extrañado de la queja, me propuse averiguar a todo trance por

qué las aves de corral habían perdido de pronto su exquisito sabor.

El azar llevóme cierto día a pasear por los alrededores del poblado,

donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente al cocinero

del hospital. Fué tal encuentro para mí rayo de luz en las tinieblas.

Y enlazando los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al

fin el problema, amén de averiguar otros muchos abusos cometidos, con

la complicidad del cocinero y practicantes, a beneficio del jefe y

oficiales de la guarnición.

El escamoteo de las gallinas verificábase de dos maneras: 1.ª De

acuerdo con el cocinero, recibían los enfermos como buenas raciones de

gallina trozos de ésta de que se había extraído precisamente el caldo,

y exentos, por tanto, de substancia. 2.ª Los practicantes cargaban

en la libreta de prescripciones y régimen, firmada diariamente por

mí, cierto número suplementario de raciones. Merced a tan ingeniosa

invención, practicantes y oficiales comían pollo a todo pasto y aún

quedaba algo para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan bellaco

como insolente.

La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las

libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel

por el practicante, me confirmó la realidad del abuso y me reveló,

además, que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi

toda la carne, huevos, Jerez y cerveza consumidos por los oficiales y

practicantes, salía del presupuesto del hospital.

Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes, autores

materiales de la defraudación, se desarrolló la escena consiguiente,

que ellos afrontaron con sorprendente cinismo, como quien tiene

bien guardadas las espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes,

declararon que el chanchullo, si así podía llamarse tan _venial_

irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la enfermería;

que, gracias a su prudente tolerancia, consiguió mi antecesor vivir en

paz con los oficiales, amén de economizar casi enteramente su sueldo;

y, en fin, que yo debía dejarme de chismes y tonterías y allanarme

a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y esto sucedía cuando

yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acudir a la cocina del

hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba

tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga

atrasada!

Todavía si la mencionada _distracción_ hubiera obedecido a la

necesidad, habría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al

contrario, que jefes y oficiales cobraban puntualmente sus haberes. En

cuanto al cocinero y practicantes, hacían con lo defraudado tráfico

vituperable.

De este modo resultó inevitable el choque con el comandante. En

conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé la

imposibilidad moral en que me veía de tolerar tales irregularidades,

ya que pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital;

añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos.

Mi interlocutor se enojó mucho, reprochándome y hasta burlándose de

lo que él llamaba _chinchorrerías_; pero no echó las cosas a barato.

Acaso me creyera incapaz de sanear administrativamente el hospital.

Sin embargo, cuando días después se encontraron jefes y oficiales sin

víveres de _guagua_ y advirtieron que las libretas de pedidos para la

enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron vivamente. Comenzó

entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias;

se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar

las fuerzas morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero

y practicantes veían, no sin regocijo, cómo la enfermedad minaba

rápidamente mi organismo. Otra persona más cavilosa que yo habría

temido un envenenamiento. Afortunadamente, conservaba incurable

optimismo.

Entre las malevolencias con que el comandante trató de molestarme,

hubo una que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal. En

las noches de alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía

encerrar dos caballos suyos en el hospital, al lado de los enfermos,

a fin de protegerlos contra los merodeadores; en justificación del

capricho, alegaba que no cabían en el fortín de su residencia y que

la enfermería era el sitio más seguro para guardarlos. Yo me opuse

siempre a tan antihigiénica pretensión, varias veces renovada, y el

jefe, aunque refunfuñando, acababa por desistir. Perdida ahora la

cordialidad, pensó, sin duda, que no debía respetar mis escrúpulos.

Y cierta noche, en que yo me hallaba acostado con fiebre alta, oí

que traían los caballos a la sala, percibiéndose olor de cuadra

insoportable. Vestíme de prisa y salí casi tambaleándome al encuentro

de los palafreneros, a quienes rechacé a empellones, obligándoles a

retirar el ganado. Noticioso, entretanto, el jefe de lo ocurrido, vino

furioso hacia mí, exclamando con voz alterada por la cólera:

--¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí represento la suprema

autoridad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis órdenes!...

--Dispense usted --repliqué--; dentro de este recinto no hay más

autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del cuidado de

los enfermos, y en conciencia, no puedo consentir que por capricho de

usted se convierta la sala en cuadra inmunda...

Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se

abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto

a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un

momento en que todo lo vi rojo. Afortunadamente, los oficiales,

harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de la

situación y nos separaron y apaciguaron.

Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por

insubordinación y amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las

actuaciones. La causa crecía como la espuma. Mi superior jerárquico

propagó la especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio.

Para hacer buenas sus amenazas, confiaba mucho en cierto tío suyo,

el brigadier X., habitante a la sazón en Santiago y personaje muy

influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de

esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las

autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y los

abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de

San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su

sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso, pues,

nadie volvió a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado

en motivos de salud --allí todos estábamos más o menos enfermos--,

restableció definitivamente la paz en San Isidro.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 29 / 45 题