CAPÍTULO XXV

Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. -- Mi regreso

en el vapor _España_. -- Cadáveres de soldados arrojados al mar. --

Tahures trasatlánticos. -- El amor y el paludismo. -- Vuelta al estudio

de la Anatomía.

Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el

pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería

aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al

verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y

precisamente en el ansiado momento de la liberación!...

Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente,

cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor _España_

con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos

soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos

como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados

en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco

reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y

alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del

pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo

contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por

fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban

la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban

con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales:

la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de

incorporarse al seno de la familia.

Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar.

A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin

fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!...

Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la

anemia.

Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una

nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y

de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus

más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por

consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las

clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y

ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios,

algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan

perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro.

Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores

de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir

continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros

compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los _indianos_

opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales

con pacotilla.

Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos

enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía

con esa fastuosidad presuntuosa y cursi característica del plebeyo

enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia;

y deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi

estado, invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual,

gracias a las habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar

infaliblemente.

--Yo no tallo nunca --decíame con ademán modesto--; limitóme no más a

apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o

cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes --y

éste es mi secreto--, hago puestas de importancia, ganando siempre.

Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió:

--¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a

una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una sesión se

gana usted tres o cuatro mil pesos.

Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el

tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas

deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su

protección, jamás he tenido la superstición de la _suerte_. Ni sentí

nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: _auri

sacra fames_. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se

desenlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia

de toda influencia mística.

Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura

de prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura

intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero

como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien todos

deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en

la categoría profesional de faquín, mandadero o chulo, categoría de

que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales

inmerecidas.

Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos,

invitados como yo a _coincidir_ en las puestas con el citado gancho,

quedaron perfectamente desplumados. Los infelices habían liquidado en

pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de austeras

economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le

condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que

pensaba establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.

Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de Junio de 1875.

Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes.

Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa

vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de

varias personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha

faja de clima francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la

cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El resto deja no

poco que desear, desde el punto de vista del régimen pluvial[47].

[47] Más adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al

Mediodía de Francia en compañía de antiguo camarada (hijo

del Sr. Choliz, de Valpalmas), que se educaba en Oloron para

el comercio. Penetramos en el territorio galo por Sumport y

visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida

al contemplar la excepcional riqueza del suelo francés fué

indescriptible. Al observar aquellos frondosos trigales, donde

podía ocultarse un hombre puesto de pie; las praderas, verdes y

mojadas hasta en Agosto; los frutales y hortalizas prosperando

sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas y

cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de

las habitadas por nuestros labriegos; la proximidad y riqueza

de villas y ciudades populosas, etc., tuve por primera vez la

melancólica visión de las causas físicas de la secular debilidad

de España. Sólo entonces empecé a comprender su accidentada

historia y a explicarme, no su decadencia (porque esto constituye

mero tópico gratuito de neos y progresistas), sino su radical

impotencia para luchar, tanto en el terreno de las armas como en

el de la concurrencia científica, industrial y comercial, con la

próspera y poderosa Francia y demás naciones europeas, que gozan

de geografía y meteorología más afortunadas.

De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral

y sus interesantes monasterios de las _Huelgas_ y de la _Cartuja_.

Y después de descansar un par de días en la Corte, tuve al fin la

indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y

hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que

daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...

Aunque no recobré la antigua _pujanza_ ni logré sacudir enteramente

la _anemia palúdica_, repusiéronme mucho el aire de la tierra,

alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados maternales. De

tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina mostrábase

más eficaz.

Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir.

Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi

padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del

profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya

que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi

salud, bastante achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el

servicio de la clientela urbana, donde el joven doctor debe estrenarse

precisamente con clientes de cuarto piso o de guardilla.

* * * * *

A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce,

voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.

Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta

señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas

durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí dulce

consuelo.

Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al

lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme bien, pero

sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres

años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas

entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.

Naturalmente, dada mi situación de enfermo y licenciado distaba yo

bastante de ser lo que se llama un _buen partido_. Con mi malhadado

viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues,

forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.

Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del

verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o

afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena educación?

¿Tendría acaso otro pretendiente?

Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví hacer un experimento

decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como instintivos

que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como

irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida

ante la impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva

pudibundez, la prueba revestía caracteres de extrema gravedad.

Reconozco que el _beso_ deja bastante que desear como reactivo del

amor. Y más tratándose de ósculos improvisados, superficiales y

puramente epidérmicos. A propósito de lo cual recuerdo ahora la

ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada por

cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso

conforme a la siguiente gradación: besos _cutáneo-cutáneos_, besos

_mucoso-cutáneos_ y besos _mucoso-mucosos_. Yo no juzgué prudente

comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y todo,

practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso

dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...

Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y anodino, llegó

el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué

irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo

consabido...

Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y

retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y

lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de instintiva

repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende usted

gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación

y mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo

prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal

caballeros que son capaces de contar en los corrillos del café las

debilidades y complacencias de sus novias...»

Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas

balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí melancólica

mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas

felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...

La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre

enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba justificado

y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones

harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y

profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me

llegó el que una dama me creyera tan mal caballero. Ciertas villanías

sólo pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar

en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada

hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las

demasías --llamémoslas así-- de un novio de sobra impetuoso.

Más adelante supe por tercera persona que mi novia estaba completamente

desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a su prometido.

Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y

violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto

quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en

plena pobreza tiene poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba

en ella el _genio de la especie_, que tiene siempre razón.

Véase, pues, cómo el _protozoario_ del paludismo contraído en servicio

de la patria me dejó, primero, sin sangre, y, después, sin novia.

Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y fríamente

calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de

Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos

ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente

bello restaurar a fuerza de ternura y maternales cuidados una salud

quebrantada y devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo

consiguen.

El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Caí pronto

en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como

el problema de España, según Costa, era de _escuela y despensa_. Y

de _botica_, agregaría yo. Importaba, ante todo, restaurar energías

físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir. Y esto sólo

podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo demás

se me daría por añadidura.

[Ilustración: Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.--Retratos del autor hechos en

Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la época

de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior

(1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para

oposiciones a cátedras.]

Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los

abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi preparación

para oposiciones a cátedras.

Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor D. Jenaro

Casas, se me nombró por la _Comisión mixta de estudios médicos_

Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber anual[48].

Dos años después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina

de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de

_Profesor auxiliar interino_, cargo que durante aquellos tiempos (la

Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las

numerosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar

tres lecciones diarias. Con esos cargos y el producto de algunos

repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para no ser enteramente

gravoso a la familia.

[48] Por entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza no

era todavía oficial, estando sostenida conjuntamente por la

Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de concejales

y diputados provinciales regía los estudios y expedía las

credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de Noviembre

de 1875.

Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter

excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger

briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era

posible) a mi patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo,

tantas veces repetido por nacionales y extranjeros, de no haber

colaborado en la obra magna del conocimiento científico. Y firme en

este anhelo patriótico --que todos mis compañeros estimaban pura locura,

cuando no pretensión petulante--, trabajé por alcanzar el modesto pasar

y el ocio tranquilo indispensables para mis ambiciosos proyectos. Esta

_aurea mediocritas_ cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del

maestro.

En el próximo volumen referiremos las batallas que mi candor e

inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón de

catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios

a las tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada

simpático y de carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores,

vino a ser, andando el tiempo, investigador laborioso y estimado de los

sabios extranjeros.

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 31 / 45 题