Me traslado a la Habana, donde recaigo de mi dolencia. -- Mi regreso
en el vapor _España_. -- Cadáveres de soldados arrojados al mar. --
Tahures trasatlánticos. -- El amor y el paludismo. -- Vuelta al estudio
de la Anatomía.
Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el
pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería
aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al
verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y
precisamente en el ansiado momento de la liberación!...
Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente,
cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor _España_
con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos
soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos
como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados
en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco
reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y
alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del
pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo
contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por
fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban
la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban
con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales:
la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de
incorporarse al seno de la familia.
Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar.
A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin
fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!...
Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la
anemia.
Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una
nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y
de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus
más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por
consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las
clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y
ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios,
algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan
perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro.
Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores
de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir
continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros
compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los _indianos_
opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales
con pacotilla.
Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos
enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía
con esa fastuosidad presuntuosa y cursi característica del plebeyo
enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia;
y deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi
estado, invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual,
gracias a las habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar
infaliblemente.
--Yo no tallo nunca --decíame con ademán modesto--; limitóme no más a
apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o
cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes --y
éste es mi secreto--, hago puestas de importancia, ganando siempre.
Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió:
--¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a
una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una sesión se
gana usted tres o cuatro mil pesos.
Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el
tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas
deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su
protección, jamás he tenido la superstición de la _suerte_. Ni sentí
nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: _auri
sacra fames_. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se
desenlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia
de toda influencia mística.
Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura
de prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura
intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero
como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien todos
deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en
la categoría profesional de faquín, mandadero o chulo, categoría de
que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales
inmerecidas.
Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos,
invitados como yo a _coincidir_ en las puestas con el citado gancho,
quedaron perfectamente desplumados. Los infelices habían liquidado en
pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de austeras
economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le
condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que
pensaba establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.
Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de Junio de 1875.
Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes.
Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa
vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de
varias personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha
faja de clima francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la
cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El resto deja no
poco que desear, desde el punto de vista del régimen pluvial[47].
[47] Más adelante (creo que en 1876) hice breve excursión al
Mediodía de Francia en compañía de antiguo camarada (hijo
del Sr. Choliz, de Valpalmas), que se educaba en Oloron para
el comercio. Penetramos en el territorio galo por Sumport y
visitamos Pierrefitte, Oloron y Pau. La sorpresa recibida
al contemplar la excepcional riqueza del suelo francés fué
indescriptible. Al observar aquellos frondosos trigales, donde
podía ocultarse un hombre puesto de pie; las praderas, verdes y
mojadas hasta en Agosto; los frutales y hortalizas prosperando
sin riego; la holgura y bienestar del campesino, cuyas aseadas y
cómodas viviendas tanto contrastan con la ruindad y pobreza de
las habitadas por nuestros labriegos; la proximidad y riqueza
de villas y ciudades populosas, etc., tuve por primera vez la
melancólica visión de las causas físicas de la secular debilidad
de España. Sólo entonces empecé a comprender su accidentada
historia y a explicarme, no su decadencia (porque esto constituye
mero tópico gratuito de neos y progresistas), sino su radical
impotencia para luchar, tanto en el terreno de las armas como en
el de la concurrencia científica, industrial y comercial, con la
próspera y poderosa Francia y demás naciones europeas, que gozan
de geografía y meteorología más afortunadas.
De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral
y sus interesantes monasterios de las _Huelgas_ y de la _Cartuja_.
Y después de descansar un par de días en la Corte, tuve al fin la
indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y
hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que
daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...
Aunque no recobré la antigua _pujanza_ ni logré sacudir enteramente
la _anemia palúdica_, repusiéronme mucho el aire de la tierra,
alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados maternales. De
tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina mostrábase
más eficaz.
Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir.
Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi
padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del
profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya
que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi
salud, bastante achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el
servicio de la clientela urbana, donde el joven doctor debe estrenarse
precisamente con clientes de cuarto piso o de guardilla.
* * * * *
A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce,
voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.
Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta
señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas
durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí dulce
consuelo.
Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al
lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme bien, pero
sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres
años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas
entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.
Naturalmente, dada mi situación de enfermo y licenciado distaba yo
bastante de ser lo que se llama un _buen partido_. Con mi malhadado
viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues,
forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.
Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del
verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o
afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena educación?
¿Tendría acaso otro pretendiente?
Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví hacer un experimento
decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como instintivos
que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como
irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida
ante la impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva
pudibundez, la prueba revestía caracteres de extrema gravedad.
Reconozco que el _beso_ deja bastante que desear como reactivo del
amor. Y más tratándose de ósculos improvisados, superficiales y
puramente epidérmicos. A propósito de lo cual recuerdo ahora la
ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada por
cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso
conforme a la siguiente gradación: besos _cutáneo-cutáneos_, besos
_mucoso-cutáneos_ y besos _mucoso-mucosos_. Yo no juzgué prudente
comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y todo,
practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso
dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...
Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y anodino, llegó
el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué
irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo
consabido...
Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y
retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y
lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de instintiva
repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende usted
gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación
y mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo
prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal
caballeros que son capaces de contar en los corrillos del café las
debilidades y complacencias de sus novias...»
Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas
balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí melancólica
mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas
felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...
La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre
enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba justificado
y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones
harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y
profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me
llegó el que una dama me creyera tan mal caballero. Ciertas villanías
sólo pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar
en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada
hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las
demasías --llamémoslas así-- de un novio de sobra impetuoso.
Más adelante supe por tercera persona que mi novia estaba completamente
desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a su prometido.
Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y
violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto
quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en
plena pobreza tiene poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba
en ella el _genio de la especie_, que tiene siempre razón.
Véase, pues, cómo el _protozoario_ del paludismo contraído en servicio
de la patria me dejó, primero, sin sangre, y, después, sin novia.
Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y fríamente
calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de
Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos
ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente
bello restaurar a fuerza de ternura y maternales cuidados una salud
quebrantada y devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo
consiguen.
El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Caí pronto
en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como
el problema de España, según Costa, era de _escuela y despensa_. Y
de _botica_, agregaría yo. Importaba, ante todo, restaurar energías
físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir. Y esto sólo
podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo demás
se me daría por añadidura.
[Ilustración: Lám. XVIII, Figs. 24 y 25.--Retratos del autor hechos en
Zaragoza, repuesto ya del paludismo. El primero corresponde a la época
de mi auxiliaría en la Facultad; el segundo es uno o dos años posterior
(1876) y fué tomado por mi amigo H. Villuendas cuando me preparaba para
oposiciones a cátedras.]
Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los
abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi preparación
para oposiciones a cátedras.
Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor D. Jenaro
Casas, se me nombró por la _Comisión mixta de estudios médicos_
Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber anual[48].
Dos años después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina
de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de
_Profesor auxiliar interino_, cargo que durante aquellos tiempos (la
Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las
numerosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar
tres lecciones diarias. Con esos cargos y el producto de algunos
repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para no ser enteramente
gravoso a la familia.
[48] Por entonces la Facultad de Medicina de Zaragoza no
era todavía oficial, estando sostenida conjuntamente por la
Diputación y el Ayuntamiento. Una Comisión de concejales
y diputados provinciales regía los estudios y expedía las
credenciales. Mi nombramiento lleva la fecha de 10 de Noviembre
de 1875.
Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter
excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger
briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era
posible) a mi patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo,
tantas veces repetido por nacionales y extranjeros, de no haber
colaborado en la obra magna del conocimiento científico. Y firme en
este anhelo patriótico --que todos mis compañeros estimaban pura locura,
cuando no pretensión petulante--, trabajé por alcanzar el modesto pasar
y el ocio tranquilo indispensables para mis ambiciosos proyectos. Esta
_aurea mediocritas_ cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del
maestro.
En el próximo volumen referiremos las batallas que mi candor e
inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón de
catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios
a las tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada
simpático y de carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores,
vino a ser, andando el tiempo, investigador laborioso y estimado de los
sabios extranjeros.