Recién Licenciado en Medicina, ingreso en el Cuerpo de Sanidad Militar.
-- Mi incorporación al ejército de operaciones contra los carlistas.
-- El españolismo de los catalanes. -- Mi traslación al ejército
expedicionario de Cuba. -- Coloquio entre dos camaradas ávidos de
aventuras exóticas. -- Mi embarque en Cádiz con rumbo a la Habana.
En Junio de 1873, y a la edad de veintiún años, obtuve el título de
Licenciado en Medicina. Creía mi padre conservarme algún tiempo a su
lado, estudiando a conciencia la _Anatomía descriptiva y general_, con
el objeto de tomar parte en las primeras oposiciones a cátedras de esta
asignatura; pero la llamada _quinta de Castelar_, es decir, el servicio
militar obligatorio ordenado por el célebre tribuno para hacer frente
a la gravedad de las circunstancias políticas, malogró el programa
paterno. Como todos los mozos útiles de aquel reemplazo fuí, pues,
declarado soldado. Víme obligado a dormir en el cuartel, a comer rancho
y hacer el ejercicio.
No duró mucho mi vida de recluta. Anunciáronse por entonces oposiciones
a médicos segundos de Sanidad Militar, y decidí acudir a ellas. Si
tenía la suerte de conseguir plaza, en vez de servir a la República de
soldado raso, la serviría de oficial, con graduación de teniente.
Con estas esperanzas solicité, y obtuve de mis jefes, permiso para
trasladarme a Madrid y tomar parte en el certamen. Estudié de firme
un par de meses, y tuve la satisfacción de ganar plaza, dando con
ello grata sorpresa a la familia. En los ejercicios de oposición, sin
rayar a gran altura, no debí portarme del todo mal, ya que entre 100
candidatos (para 32 plazas) se me adjudicó el núm. 6. A decir verdad,
lo que me prestó cierto lucimiento fué el acto de la operación, con
ocasión de la cual describí minuciosa y metódicamente la anatomía
de la pierna (tratábase de una amputación). En cambio, en los demás
ejercicios estuve perfectamente vulgar.
Por cierto que mi falta de método en la preparación del ejercicio
escrito estuvo a punto de costarme la eliminación. A causa del exceso
de lectura, se me pegaron las sábanas el día de actuar, y llegué al
Hospital Militar (situado entonces en la calle de la Princesa) a
las ocho de la mañana, es decir, una hora después de comenzado el
acto. Entretanto, el tribunal me había excluído. Gran triunfo fué
conseguir la entrada en el local. A fuerza de ruegos logré al fin
enternecer al bondadoso Dr. Losada, jurado del tribunal. Ya en él
salón, transcurrieron más de quince minutos sin que nadie me atendiese,
ni lograra que los opositores, absortos en su trabajo, me hicieran
lugar para escribir. Lleno de impaciencia, y resuelto a todo, gané un
trozo de mesa a fuerza de apretujones, arrebaté al más próximo unas
cuartillas, y comencé a disertar sobre la _Etiología del cólera morbo_,
tema que nos había tocado.
Llevaba apenas escrita una plana cuando, agotado el tiempo, dióse
por concluso el ejercicio. Naturalmente, mi pobre disertación debió
alcanzar pocos, o acaso ningún punto.
[Ilustración: Lám. XIV, Fig. 22.--Esta fotografía, efectuada por mí
por el proceder del colodión (1873), poco antes de ingresar en el
ejército, presenta algunos de mis condiscípulos y amigos, casi todos
fallecidos ya.--1, C. Senac; 2, Simeón Pastor (que fué catedrático de
Terapéutica); 3, Visié (que fué médico militar); 4, H. Gimeno Vizarra;
5, Félix Cerrada (actualmente catedrático de Patología general); 6,
Hilarión Villuendas (ayudante del Museo); 7, Joaquín Benedicto (profesor
que fué de la Escuela de Comercio); 8, Joaquín Vela (después médico
militar y compañero en Cuba).]
Incidentes de este género me han ocurrido más de una vez en
oposiciones, porque entre mis defectos, acaso el más grave, fué siempre
la falta absoluta de método y de mesura en el trabajo.
Después de pavonearme en Zaragoza con mi nombramiento de _médico
segundo_ de Sanidad Militar, y de lucir ante los camaradas envidiosos
el flamante uniforme, recibí orden de incorporarme al regimiento de
Burgos, de operaciones en la provincia de Lérida[35]. Esta fuerza, en
unión de un batallón de cazadores, un escuadrón de coraceros y algunas
baterías de artillería de campaña, componían 1.400 o 1.600 hombres, a
las órdenes del simpático y caballeroso coronel Tomasetti.
[35] Mi pasaporte para incorporarme al ejército de Cataluña, data
del 3 de Septiembre de 1873.
Los lectores contemporáneos de aquellos amenos tiempos de la
Revolución, donde la historia se fabricaba al minuto, recordarán
que, tras la abdicación de D. Amadeo de Saboya y del desenfreno y
anarquía de la República radical, subió Castelar al Poder. Con un
sentido gubernamental de que carecieron sus predecesores, restableció
severamente la disciplina militar, nutrió las filas del desorganizado
ejército con su célebre leva, y restauró, en fin, el extinguido Cuerpo
de Artillería.
Todo auguraba el comienzo de una nueva era de orden y de relativa
tranquilidad, precursora de paz duradera. Pero antes había que vencer
la insurrección cubana y reducir al carlismo, cada día más pujante y
amenazador en las provincias del Norte.
A decir verdad, a mi llegada a Cataluña algo habían mejorado las
cosas. Ya no se oía el vergonzoso «que baile» con que los soldados
indisciplinados insultaban al oficial; ahora los jefes eran obedecidos,
y reinaba en las tropas el mejor espíritu. Las partidas de Savalls, de
Tristany y de otros cabecillas, meses atrás entregadas a toda suerte de
desafueros, batíanse en retirada o evitaban cuidadosamente el contacto
con nuestras columnas.
Muchas poblaciones liberales secundaban la acción de las tropas,
organizando milicias locales y escarmentando más de una vez, como
ocurrió en Vimbodí, a las huestes carlistas. Precisamente nuestra
brigada tenía por principal misión evitar el saqueo de las ricas villas
del llano de Urgel y regiones fronterizas de la provincia de Tarragona.
Por donde se justificaban las continuas marchas y contramarchas desde
Lérida, nuestro cuartel general, a Balaguer y Tremp; de Lérida a
Tárrega; de Tárrega a Cervera; de Cervera a Verdú o a Igualada; de
Tárrega a Borjas y Vimbodí, etc.
En estas idas y venidas nos pasamos cerca de ocho meses sin sorprender
una sola vez al enemigo, no obstante perseguirle incesantemente.
Extrañábame la exactitud cronométrica con que nuestra vanguardia
llegaba a las aldeas ocupadas por los facciosos doce horas justas
después de haberse éstos retirado. Parecía aquello el juego de la
gallina ciega. Claro que, como médico y soldado, no podía quejarme.
En siete meses de guerra --vamos al decir-- no tuve ocasión de oir el
silbido de las balas ni de curar un herido. Los efectos de alguna caída
de caballo, tal cual indigestión y algún regalo de la Venus atropellada
y barata... y pare usted de contar[36].
[36] Y a propósito de Venus, vaya un caso clínico que pudo
costarme un disgusto:
Cierto capitán, casado y con familia en Lérida, presentóseme un
día al reconocimiento con síntomas inequívocos de enfermedad
venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante
corriente en aquella azarosa vida de campaña, no me pareció
indiscreto designar las cosas por sus nombres.
Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse súbitamente y rojo de
cólera exclamó: ¡Cuidado, doctor!... Vengo de Lérida, y ni ahora
ni desde hace muchos años he faltado a la lealtad conyugal... ¡Si
fuera verdad!... ¡La infame!...
Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la manera de reparar
o de atenuar la _plancha_, contesté: «Entonces debe ser otra
cosa». Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?
--Muchísimo; es mi bebida favorita.
--Entonces el diagnóstico está claro. Trátase de simple _catarro
uretral_ provocado por la eliminación del lúpulo, en combinación
por la acción del frío. La cosa carece de importancia...
Y cuando le dejé tranquilo y dispuesto a seguir un tratamiento
enérgico, respiré a pleno pulmón. Con mi estratagema (entonces
corría como válido el efecto irritante de la cerveza) había
evitado quizás drama sangriento; porque el tal capitán poseía
carácter violentísimo y estaba celoso de su mujer, que, dicho sea
de pasada, tenía equívoca reputación.
[Ilustración: Lám. XV, Figs. 23 y 24.--Dos retratos del autor. El
primero cuando contaba veinte años y estaba a punto de terminar la
carrera; el segundo cuando, sorteado para Ultramar, se disponía a
trasladarse a Cuba con el empleo de médico primero.]
Dejo a los técnicos el juicio de aquella campaña. Tengo por indudable
que, evitando las depredaciones carlistas en las prósperas ciudades
catalanas, satisfacíamos primordial necesidad. Pero mi espíritu, ávido
de emociones fuertes y de peripecias bélicas, deploraba la placidez
parsimoniosa de la campaña.
Hoy esta parsimonia, mil veces reproducida en nuestras guerras
civiles, cáusame menos sorpresa. Constituye síntoma de una enfermedad
constitucional irremediable y característica de la raza hispana. Por
algo la reconquista se prolongó siete siglos, y nuestras guerras
civiles duraron siempre seis o siete años. ¡Felices los países en que
la diligencia es una de las formas de la honradez patriótica! Para cada
general _dinámico_, a lo Espartero, Córdova o Martínez Campos, hemos
contado por docenas los tardígrados con fajín. ¡Oh santa pereza, musa
de nuestros políticos y soldados!... ¡Si al menos hubiéramos logrado
propagar nuestra _enfermedad del sueño_ a los extranjeros!... Pero
volvamos al asunto.
Nada interesante puedo referir de lo ocurrido durante mi estancia en
Cataluña. Aquellos paseos militares completaron admirablemente mi
educación física, y me permitieron estudiar a fondo el alma del honrado
payés catalán.
Aunque el médico militar era entonces _plaza montada_, con derecho, por
tanto, a bagaje --de no poseer caballo propio--, yo prefería hacer las
etapas a pie, conversando con los oficiales. En los grandes trayectos,
aprovechábamos la acémila para conducir el equipaje y las provisiones
de boca del asistente y practicante; los cuales, dicho sea de pasada,
ejercían sobre mí irresistible tiranía: me administraban la paga y me
guiaban paternalmente en los mil incidentes y tropiezos de la vida
militar. El asistente, simpático muchacho alicantino, era un zahorí
para husmear provisiones. Hasta en aldeas recién saqueadas por los
facciosos, sabía _afanar_ un pollo oculto o sonsacar algún trozo de
butifarra. Y como en casi todos los pueblos tenían novia, participaba
a menudo de los finos agasajos (tortas, dulces, pañuelos, calcetines,
etc.) con que las pobres muchachas creían asegurarse la volandera
afición de mis acólitos. ¡Oh juventud, y cómo hermoseas a los ojos del
viejo hasta el recuerdo de los más triviales sucesos!...
En cierta ocasión, creí firmemente satisfacer mis ansias dramáticas,
presenciando, al fin, un hecho de guerra formal. Pero se malogró al
cabo, aunque la operación emprendida resultó singularmente penosa aun
para mis excepcionales facultades de peatón.
Pernoctábamos plácidamente en Tárrega, deleitosa Capua del regimiento
de Burgos, cuando cierto día, antes del alba, sonó la diana. Pusímonos
en pie, creyendo que, según costumbre, tomaríamos la vuelta de Agramunt
o de Verdú; pero la jornada fué de prueba, como que se prolongó más
de 14 leguas. Parece que nuestro coronel había recibido, durante la
noche, un parte del capitán general de Cataluña, ordenándole que, lo
más diligentemente posible, se pusiese en marcha para el Bruch, donde
debía escoltar cierto convoy salido de Barcelona con dirección a Berga,
a la sazón asediada por los carlistas. Caminamos, pues, de Tárrega
a Cervera, de Cervera a Calaf, de Calaf a Igualada, y de Igualada
al Bruch. Tras breves horas de descanso en esta última población, y
reunidos al convoy, pernoctamos, llegada la media noche, en Manresa.
Los soldados hallábanse atrozmente fatigados; nuestra impedimenta de
enfermos y rezagados era imponente.
En cuanto a mí, no obstante la fatiga y los efectos de unas malditas
botas recién estrenadas, tuve aún humor para admirar desde el Bruch
las ingentes y rojizas moles del Montserrat, y de fantasear con los
oficiales acerca de la famosa derrota de los franceses en la heroica
villa. En fin, al siguiente día juntáronsenos nuevas fuerzas, y
continuamos la marcha por Sallent, donde pernoctamos, hasta las
inmediaciones de Berga, donde plantamos nuestras tiendas. En cada
etapa tomáronse muchas precauciones, pues temíamos que los carlistas
prepararan una emboscada o nos acometieran en las gargantas del
Llobregat. Pero defraudando mis esperanzas, los facciosos, sabedores
quizás de las respetables fuerzas que escoltaban el convoy, levantaron
el sitio de la plaza. No experimenté, pues, más sensación guerrera que
la impresión agridulce de una noche de campamento en las montañas que
rodean Berga, sin contar un fuerte catarro producido por el relente.
De los catalanes de entonces conservo grato e imborrable recuerdo. En
Tárrega, en Cervera, en Balaguer, etc., se nos recibía con agrado; más
aún, con muestras de cordial simpatía.
Innecesario resultaba a nuestra llegada el reparto de boletas de
alojamiento: cada cual entraba en la casa donde le habían albergado
otras veces, porque sabía que el huésped le acogería cordialmente. Aún
tengo presente a mi buenísimo patrón de Tárrega, honrado comerciante de
paños, padre de varios excelentes y laboriosos hijos, el cual me cobró
tal afición, que me convidaba a su mesa, me regalaba caza y golosinas
y me adelantaba dinero cuando las pagas se retrasaban. Caído una vez
enfermo y no pudiendo seguir a la columna, cuidóme solícitamente, y
llegada la convalecencia, tuvo conmigo la complacencia de facilitarme
numerario y un traje de paisano para hacer rápida jira a Zaragoza[37] y
visitar la familia, en tanto regresaba mi regimiento.
[37] El disfraz de paisano era necesario, porque los carlistas
registraban a menudo el tren que hacía el recorrido de Barcelona
a Zaragoza.
En las casas donde se celebraban reuniones, y hasta en las familias
más modestas, las señoritas tenían a gala hablar castellano, y se
desvivían por hacer agradable nuestra estancia. Consideraban el catalán
cual dialecto casero, adecuado no más a la expresión de los afectos y
emociones del hogar. Y este sentimiento de adhesión al ejército y a
España no latía solamente en las modestas villas del llano de Urgel y
del Priorato, agradecidas a nuestra protección; alentaba en todas las
provincias catalanas.
Siempre recuerdo con gratitud la acogida generosa de mi patrón de
Sallent, cierto médico veterano, padre de numerosa prole. Al verme
calado por la lluvia, fatigado por varias horas de marcha y aterido
de frío, la familia del huésped me recibió afablemente, colmándome de
delicadas atenciones. Encendieron lumbre, no obstante lo avanzado de la
noche; prepararon suculenta cena y abrigáronme con ropa enjuta mientras
se secaba a la llama el uniforme. Por cierto, que una de las hijas del
médico, esbelta y rubia como una _Gretchen_, causóme viva impresión.
En suma, la amable señora e hijas de mi patrón diéronme, con sus
cariñosas solicitudes, la impresión que debe sentir el hijo aventurero
reintegrado al hogar y acogido en el cálido regazo maternal.
¡Entonces los laboriosos catalanes amaban a España y a sus soldados!...
Después... no quiero saber por culpa de quiénes, las cosas parecen
haber variado.
En Abril del año 1874 recibí la orden de trasladarme al ejército
expedicionario de Cuba. Por aquel tiempo recrudecióse la guerra
separatista en la Gran Antilla, motivando en la Sanidad Militar de la
Península nuevos sorteos de personal para cubrir las bajas de Ultramar.
Yo fuí uno de los designados por la suerte. El paso a Cuba implicaba
el ascenso al empleo inmediato, es decir, la graduación de capitán
(_primer ayudante médico_).
Me despedí, pues, con pena de mis paternales patrones de Tárrega y
Cervera, a quienes ya no debía volver a ver, así como del regimiento
de Burgos, en que dejaba inolvidables amigos, entre los cuales
incluyo a mis practicante y asistente. Después, satisfaciendo deseos
largamente incubados, hice una escapada de turista a Barcelona para
admirar el mar, que no conocía (y en el cual iba a navegar dieciocho
días seguidos), curiosear los barcos del puerto y subir al Castillo
de Monjuich. Desde allí contemplé embelesado el soberbio panorama de
la ciudad; la llanura salpicada de fábricas y casas de campo, y el
famoso _Tibidabo_, coronado de pinos. En fin, satisfecha mi curiosidad,
regresé a Zaragoza.
Mi afán de ver tierras y abandonar la Península contrarió mucho a
mi padre. Trató, pues, de disuadirme del viaje, aconsejándome la
petición de la licencia absoluta. Pintóme con los más negros colores
la insalubridad de la isla y el peligro de una campaña en la cual me
exponía a perecer obscuramente; me recordó que mi porvenir se cifraba
en el profesorado y no en la milicia; apuntó, en fin, el temor de que,
a mi regreso de Cuba, naufragaran mis conocimientos anatómicos, tan
laboriosamente adquiridos, dando además al olvido ambiciones generosas.
Mas yo, tenaz siempre en mis propósitos, atajé sus razones, diciendo
que consideraba vergonzoso desertar de mi deber, solicitando la
licencia. «Cuando termine la campaña será ocasión de seguir sus
consejos; por ahora, mi dignidad me ordena compartir la suerte de mis
compañeros de carrera y satisfacer mi deuda de sangre con la patria.»
A fuer de sincero declaro hoy que, además del austero sentimiento del
deber, arrastráronme a Ultramar las visiones luminosas de las novelas
leídas, el morboso prurito de aventuras peregrinas, el ansia de
contemplar, en fin, costumbres y tipos exóticos...
En este afán novelesco --muy viejo en mí como sabe el
lector-- acompañábanme también algunos condiscípulos y, por de contado,
mi hermano Pedro, dos años más joven que yo; el cual, dicho sea
entre paréntesis, cometió calaverada verdaderamente épica. Mostrando
resolución increíble en un muchacho de trece a catorce años, ahorcó
sus hábitos de estudiante, fugándose de casa en compañía de cierto
aventurero seductor. Después de embarcarse en Burdeos, dió con sus
huesos en el Uruguay, donde le ocurrieron las más sorprendentes
peripecias[38]. ¡Contra todas las previsiones de mi padre, el hijo
_formal_, el impecablemente sumiso y obediente, superó de una vez todas
las decantadas audacias del primogénito!... Yo quedé como humillado de
no haber sabido hacer otro tanto.
[38] Allí desempeñó los más variados oficios: fué soldado; héroe
de la pampa; le hirieron en diversas escaramuzas, y llegó a
secretario particular de cierto cabecilla indio que no sabía
escribir, pero que acometía bravamente en las batallas lanza
en ristre. El hijo pródigo regresó ocho o diez años después al
hogar, y, arrepentido de su conducta, se formalizó en el trabajo
y acabó honrosamente los estudios médicos. Convertido hoy en
clínico reputado, figura entre los profesores de la Facultad
de Medicina de Zaragoza. A su tiempo haremos mención de sus
interesantes y fecundas investigaciones sobre la Histología
comparada del sistema nervioso.
Entre mis condiscípulos y amigos, el que con más entusiasmo compartía
mis ensueños románticos, era Cenarro. Recuerdo que, recién acabada la
carrera, discurríamos ambos cierto día por el Paseo de los Ruiseñores;
hablábamos del porvenir, y, en vena de confidencias, nos comunicamos
nuestros más íntimos anhelos. He aquí la esencia, si no la forma de
nuestros coloquios:
--A mí me entusiasma extraordinariamente --decíame Cenarro-- el
_Ejército_, y sobre todo la _Sanidad Militar_. Sólo esta carrera es
capaz de satisfacer el ansia más viva de mi alma, que consiste en
cambiar diariamente de escenario y presenciar espectáculos emocionantes
y pintorescos. Un destino en Puerto Rico, Cuba, África o Filipinas, me
haría el más dichoso de los hombres...
--Coincido --contesté-- en absoluto con tus opiniones. También yo estoy
asqueado de la monotonía y acompasamiento de la vida vulgar. Siento sed
insaciable de libertad y de emociones novísimas. Mi ideal es América,
y singularmente la _América tropical_, ¡esa tierra de maravillas, tan
celebrada por novelistas y poetas!... Sólo allí alcanza la vida su
plena e ideal expansión. En nuestros climas hasta las plantas parecen
raquíticas y como temerosas del inevitable letargo invernal. Orgía loca
de formas y colores, la fauna de los trópicos parece como imaginada por
artista genial, preocupado en superarse a sí mismo. ¡Cuánto daría yo
por salir de este desierto y sumergirme en la manigua inextricable!...
Los dos amigos satisficimos al fin nuestra ardiente curiosidad. Pocos
años después del precedente diálogo, Cenarro, convertido en médico
militar, vivía en Tánger, agregado a la Embajada española. Allí pudo
estudiar a su sabor costumbres exóticas y razas diversas. En cuanto a
mí, transcurridos menos de dos años, encontrábame sumergido en aquella
tan admirada manigua antillana; en aquellas selvas sombrías, tan
tristes y dolorosas en la realidad como seductoras e idílicas en las
teatrales y afectadas descripciones de Bernardino de Saint Pierre. Los
encomiadores de la naturaleza tropical sólo habían olvidado un pequeño
detalle: que aquel paraíso del reino de las plantas es sencillamente
inhabitable para el hombre...
Pero volvamos al asunto. Persuadido mi padre de que la resolución de
su primogénito era inquebrantable, trató de dulcificar en lo posible
mi futura suerte en las Antillas. Al efecto, procuróme cartas de
recomendación para el Capitán general y otros personajes de la isla
de Cuba. Confiaba en que, merced a ellas, se me destinaría a un
puesto relativamente salubre, por ejemplo, a una guarnición en Puerto
Príncipe, Santiago o la Habana.
Provisto, pues, de mis cartas y recibida la paga de embarque, me
trasladé a Cádiz, donde debía zarpar el vapor _España_ con rumbo a
Puerto Rico y Cuba. Allí nos juntamos varios compañeros, entre ellos
A. Sánchez Herrero[39], a quien acompañaba su señora, y Joaquín Vela,
simpático paisano y casi condiscípulo mío, pues había terminado la
carrera un año antes que yo.
[39] D. Abdón Sánchez Herrero abandonó en Cuba la carrera militar
y llegó, por su aplicación y talento, a catedrático de Patología
médica en la Universidad de Valladolid. Después regentó esta
misma cátedra en Madrid, donde murió prematuramente.
La impresión que me produjo la _tacita de plata_, con sus casas
blancas, sus calles aseadas, rectas, cruzadas en ángulo recto y oreadas
por la brisa del mar, fué excelente. No fué tan grata la causada
por los gaditanos. Acaso por mi aire de doctrino, que invitaba a la
burla, o por el hábito consuetudinario de explotar sin conciencia al
forastero, ello es que, en los dos o tres días pasados en la ciudad
andaluza, sólo tuve reyertas y desazones.
Ya, al salir de la estación, topé con una caterva de faquines
y granujas que, sin hacer caso de mis protestas, repartióse
instantáneamente mis efectos; y al llegar al hotel (recuerdo que era
el _Hotel del Telégrafo_), se armó formidable trapatiesta sobre si
éste llevó un paraguas, esotro una maleta, aquél un bastón y el de más
allá creyó recibir la orden de cargar con el baúl, adelantándosele un
compañero... Poco menos que a trompadas tuve que sosegar a aquella
chusma, amén de repartir buen puñado de pesetas; y eso ante las barbas
de los representantes de la autoridad, que lo tomaban todo a chacota.
Llegado el siguiente día, visité algunos comercios. Sorprendióme el
escandaloso precio de las prendas de uso común: por un sombrero que
en Madrid costaba veinticuatro reales, pedíanme en todas las tiendas
cincuenta. Un compañero más avisado que yo me aclaró el enigma,
informándome que los marchantes gaditanos estaban confabulados para
saquear metódica y despiadadamente al forastero, singularmente al
_indiano_, encareciendo hasta el doble el costo de las ropas, sombreros
y artículos de viaje[40]. En las calles, resultaba vejatorio preguntar
a un mirón o a un mozo de cuerda, porque a seguida alargaba la mano
para cobrarse el servicio. Tan en las entrañas de aquella gente estaba
la explotación inconsiderada del extraño, que hasta los mozos del hotel
cobraban un tanto por ciento por cada viajero conducido a tiendas,
cafés o casas de recreo.
[40] Si no recuerdo mal, en la jerga de la ciudad llamaban a los
comerciantes confabulados la _sociedad de los guiris_. Excusado
es decir que de sus redes escapaban los vecinos de la ciudad.
Para terminar con estas enfadosas sacaliñas, referiré lo que me ocurrió
al embarcarme. Ajusté un bote en el puerto para abordar el vapor, y
hacia el comedio de la travesía, se me plantó el patrón. Y dejando los
remos, me advierte «que por reinar furioso levante debía yo, según
tarifa, abonarle el doble y por adelantado». A todo esto faltaba media
hora escasa para la salida del trasatlántico. Exasperado por el cinismo
del patrón y harto de sonsacas y burlas, fuíme derecho al _truchimán_,
y agarrándole por el cuello le grité con voz colérica: «¡O rema usted
con toda su alma, o le rompo ahora mismo el bautismo!...» Por fortuna,
al sentir las rudas caricias de mis puños, amansóse el granuja,
tornando con ardor a la faena y murmurando «que todo había sido pura
broma». El terrible _levante_ se había desvanecido en un santiamén.
Supongo que, desde tan remota fecha, las cosas habrán cambiado mucho,
y que las autoridades locales, celosas del buen nombre de la ciudad y
atentas a la salvaguarda de sagrados intereses económicos, se habrán
dado maña para desterrar tamaños excesos. Porque estas cosas, que
parecen pequeñas, tienen suma trascendencia para la prosperidad de un
emporio comercial. En cuanto a mí, quedé tan escarmentado, que jamás,
ni aun habiendo pasado después varias veces en mis jiras andaluzas
cerca de la patria de Columela, he sentido tentación de visitarla. Hay
abusos que no se olvidan jamás.
Y cuando me dijeron después que toda la actividad comercial y marítima
de Cádiz había sido absorbida por Barcelona, siendo poquísimos los
barcos nacionales y extranjeros que hacían escala en aquella ciudad,
encontré semejante resultado la cosa más natural del mundo.
[Ilustración]