Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones. -- Mis manías
literaria, gimnástica y filosófica. -- Proezas musculares. -- La Venus
de Milo. -- Un desafío a trompada limpia. -- Amores quijotescos.
Mis tareas de disector, y la mediana atención consagrada a las últimas
asignaturas de la carrera, dejábanme horas de asueto, que yo empleaba
en satisfacer mis aficiones pictóricas y otros entretenimientos.
Precisamente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mí tres nuevas
manías: la _literaria_, la _gimnástica_ y la _filosófica_.
Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento.
_Grafomanía._--Fué un ejemplo típico de contagio. Reinaba en España,
durante la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con
la persistente inoculación del romanticismo francés. Con ocasión de
cualquier acontecimiento político, brotaban en los diarios himnos y
odas a granel. Los prosistas escribían párrafos nobles y entonados,
que parecían poesía (recuérdese al pobre Bécquer, a Donoso Cortés,
Quadrado y Castelar) y los poetas componían estrofas que semejaban
música. En la novela, nuestro ídolo era Víctor Hugo; en el género
lírico, Espronceda y Zorrilla, y en la oratoria, Castelar. Débiles
ante la avasalladora sugestión del medio, muchos jóvenes fuimos
gravemente atacados de la enfermedad a la moda. Según era de temer, los
temperamentos sentimentales como el mío sufrieron mayor estrago que
las cabezas frías y utilitarias. Caí, pues, en la tentación de hacer
versos, componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años,
sobrevino al fin la convalecencia, y con ella el amargo desengaño. Si
no estoy trascordado, de entre mis condiscípulos poetas, sólo Joaquín
Jimeno continuó escribiendo hasta convertirse en director de un diario
político[29]. Pero Jimeno, que llegó a ser después profesor de la
Facultad de Medicina y político hábil y prestigioso (pertenecía al
partido posibilista), disponía de preparación excelente en gramática y
humanidades y de un paladar literario de que yo, por desgracia, carecía.
[29] A decir verdad, hubo otro compañero, Fernández Brizuela, que
siguió cultivando las musas con estimable éxito. Este excelente
amigo, coleccionista infatigable (coleccionaba hasta los dibujos
y ensayos poéticos de sus condiscípulos), murió joven, después de
haber ejercido la Medicina muchos años en Zaragoza.
¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación servil de Lista,
Arriaza, Bécquer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este último,
cuyos cantos al Pirata, a Teresa, al Cosaco, etc., considerábamos
los jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica. Aparte la música
cautivadora del verso y la pompa y riqueza del lenguaje, lo que más
nos seducía en la poesía del vate extremeño, era su espíritu de audaz
rebeldía, tan semejante al de Lord Byron, conforme hizo notar con
sangrienta ironía el Conde de Toreno. Gracias a los buenos oficios del
amigo Jimeno, ciertos periódicos locales publicaron bondadosamente
algunos de mis versos, plagados, según advertí después, de ripios y
lugares comunes. Recuerdo que de todos mis ensayos, el que más éxito
alcanzó entre mis condiscípulos, fué cierta oda humorística escrita con
ocasión de ruidosa huelga estudiantil[30].
[30] Recientemente, uno de los pocos condiscípulos
supervivientes, el Dr. Irañeta, me ha mostrado la citada oda
humorística, escrita para celebrar la entereza con que los
alumnos de Fisiología del Dr. Valero persistimos en nuestra
huelga hasta recibir plena satisfacción de ciertas frases
molestas proferidas por el profesor en momentos de acaloramiento.
Titulábase _La Commune estudiantil_, y está escrita con tal
inocencia, que no merece los honores de la impresión.
Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas
científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fué tanta, que,
a imitación de las obras _De la tierra a la luna_, _Cinco semanas en
globo_, _La vuelta al mundo en ochenta días_, etc., escribí voluminosa
novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban las
dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo,
al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces
mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica.
Con relación a aquellos colosos de la vida, nuestro explorador medía
la talla de un microbio: era, por tanto, invisible. Armado de toda
suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba
su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la
sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas
entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones
visual, acústica, muscular, etc., y, en fin, arribado al cerebro,
sorprendía el secreto de la vibración del pensamiento y del impulso
voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados --claro
es-- de las obras histológicas de la época (Henle, van Kempen, Kölliker,
Frey, etc.), ilustraban el texto y mostraban al vivo las conmovedoras
peripecias del protagonista, el cual, amenazado más de una vez por
los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil,
librábase del peligro merced a ingeniosos ardides. Siento haber perdido
este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las
nuevas revelaciones de la histología y bacteriología, en obra de amena
vulgarización científica[31].
[31] Poco después publicó el brillante escritor D. Amalio Gimeno,
futuro catedrático de San Carlos, cierta novela de asunto
bastante semejante, titulada, si mal no recuerdo, _Aventuras de
un glóbulo rojo_.
_Manía gimnástica._--Criado en los pueblos y endurecido al sol y al
aire libre, era yo a los dieciocho años un muchacho sólido, ágil y
harto más fuerte que los señoritos de ciudad. Ufanábame de ser el más
forzudo de la clase, en lo cual me engañaba completamente. Harto, sin
duda, de mis bravatas, cierto condiscípulo[32] de porte distinguido,
poco hablador, de mediana estatura y rostro enjuto, invitóme a luchar
_al pulso_, ejercicio muy a la moda entre los jóvenes de entonces. Y,
con gran sorpresa, advertí que mi contrincante me dominó fácilmente.
Mi amor propio sufrió profunda humillación. Quise averiguar cómo había
adquirido mi rival aquella fortísima musculatura, y me confesó ser
ferviente cultivador de la gimnasia y de la esgrima. «Si en hacer
gimnasia consiste el tener fuerza --contesté con arrogancia--, continúa
preparándote, porque antes de cuatro meses habrás sido vencido.» Una
sonrisa escéptica acogió mi baladronada. Pero yo poseía un amor propio
exasperado, y el bueno de Moriones no sabía con quién trataba.
[32] Mi contrincante fué José Moriones, sobrino del general de
este nombre, temperamento caballeresco y excelente camarada.
Ingresó, como yo, en Sanidad Militar, donde hizo brillante
carrera.
Al día siguiente, y sin decir nada a mi padre, presentéme en el
gimnasio de Poblador, situado entonces en la Plaza del Pilar. Después
de algunos regateos, convinimos en cambiar lecciones de fisiología
muscular (que él deseaba recibir para dar a su enseñanza cierto tono
científico), por lecciones de desarrollo físico. Gracias a este
concierto, mi padre, que no debía desembolsar un cuarto, ignoró que su
hijo se había agenciado una distracción más.
Comencé la labor con ardor extraordinario, trabajando en el gimnasio
dos horas diarias. Además de los ejercicios oficiales, me impuse
cierto programa progresivo, ora añadiendo cada día peso a las bolas,
ora exagerando el número de las contracciones en la barra o en las
paralelas. Y sostenido por una fuerza de voluntad que nadie hubiera
sospechado en mí, no sólo cumplí mi promesa de triunfar del amigo
Moriones, sino que antes de finar el año vine a ser el joven más
fuerte del gimnasio. Poblador estaba orgulloso de su discípulo, y
yo entusiasmado al reconocer cuán fácilmente habían respondido mis
músculos al estímulo del sobretrabajo.
Mi aspecto físico tenía poco del de Adonis. Ancho de espaldas, con
pectorales monstruosos, mi circunferencia torácica excedía de 112
centímetros. Al andar, mostraba esa inelegancia y contoneo rítmico
característicos del Hércules de feria. A modo de zarpas, mis manos
estrujaban inconscientemente las de los amigos. El bastón, transformado
en paja a causa de mi sensibilidad embotada, debió ser sustituído por
desaforada barra de hierro (pesaba 16 libras), que pinté al óleo,
imitando un estuche de paraguas. En suma, vivía orgulloso y hasta
insolente con mi ruda arquitectura de faquín, y ardía en deseos de
probar mis puños en cualquiera.
De aquella época de necio y exagerado culto al _biceps_ guardo dos
enseñanzas provechosas: Es la primera la persuasión de que el excesivo
desarrollo muscular conduce casi indefectiblemente a la insolencia y
al matonismo. Hace falta ser un ángel para enfrenar de continuo fibras
musculares hipertróficas inactivas, ansiosas, digámoslo así, de empleo
y justificación. Y como no es cosa de servirse de ellas cargando
fardos, se experimenta singular inclinación en utilizarlas sobre las
espaldas del prójimo. Con las energías corporales ocurre lo que con los
ejércitos permanentes: la nación que ha forjado el mejor instrumento
guerrero acaba siempre por ensayarlo sobre las naciones más débiles o
harto descuidadas.
La segunda enseñanza fué averiguar un poco tarde que el ejercicio
físico en los hombres consagrados al estudio debe de ser moderado y
breve, sin traspasar jamás la fase del cansancio. Fenómeno vulgar,
pero algo olvidado por los educadores a la inglesa, es que los
deportes violentos disminuyen rápidamente la aptitud para el trabajo
intelectual. Llegada la noche, el cerebro, fatigado por el exceso
de las descargas motrices --que parecen absorber energías de todo el
encéfalo--, cae sobre los libros con la inercia de un pisapapeles. En
tales condiciones, parece suspenderse o retardarse la diferenciación
estructural del sistema nervioso central; diríase que las regiones
más nobles de la _substancia gris_ (las esferas de _asociación_) son
comprimidas y como ahogadas por las regiones motrices (centros de
_proyección_). Tales procesos compensadores explican por qué la mayoría
de los jóvenes sobresalientes en los deportes y demás ejercicios
físicos (hay excepciones) son poco habladores y poseen pobre y rudo
intelecto.
Yo estuve a punto de ser víctima irremediable del embrutecimiento
atlético. Y aun creo que ciertos defectos mentales tardíos, de que
nunca he logrado corregirme, representan el fruto de aquella funesta
manía acrobática. Por fortuna, las enfermedades adquiridas más tarde
en Cuba, debilitando mi sangre y eliminando sobrantes musculares,
trajéronme a una apreciación más noble y cuerda del valor de la vida.
El prurito de lucir el esfuerzo de mi brazo me arrastró más de una vez,
contra mi temperamento nativamente bonachón, a parecer camorrista y
hasta agresivo. Deseo referir una aventura típica, que retrata bien,
aparte los efectos de mi energía física, el estado de espíritu de
aquella generación candorosamente romántica y quijotesca.
Vivía en la calle del Cinco de Marzo cierta bellísima señorita de
rostro primaveral, realzado por grandes ojos azules. A causa del
clasicismo impecable de sus líneas y de la pompa discreta de sus
formas, llamábamosla la _Venus de Milo_. Varios estudiantes rondábamos
su calle y mirábamos su balcón, sin que la candorosa niña se percatara,
al parecer, del culto platónico de que era objeto.
Más que amor verdadero, sentía yo hacia ella admiración y entusiasmo.
Era el arquetipo, la hermosura ideal, el excelso modelo de diosa
que, de ser posible, hubiera trasladado al lienzo, con veneración y
recogimiento casi religiosos. Mis sentimientos fueron tan respetuosos
y platónicos, que jamás osé escribirla. Mi pasión --si tal puede
llamarse aquel singular estado sentimental--, se satisfacía plenamente
mirándola en el balcón o en la calle, o contemplando cierta fotografía
que, mediante soborno, me procuró un aprendiz del establecimiento
fotográfico de Júdez. Sólo una vez la hablé, y no a cara descubierta,
sino disfrazado por Carnaval, y aprovechando cierta fiesta celebrada
en la plaza de toros. Parecióme joven discreta y de bastante
instrucción. Habiéndola oído celebrar las bellezas del Monasterio de
Piedra, le remití por correo un precioso álbum de fotografías de aquel
admirable lugar, álbum que yo guardaba cual tesoro inestimable. Ni
siquiera tuve el valor de dedicarle el obsequio.
Cierta noche paseaba yo, como de costumbre, por la referida calle
del Cinco de Marzo, haciendo sonar aparatosamente en las aceras
mi formidable garrote, cuando vino a mi encuentro un joven de mi
edad, macizo, cuadrado y robusto. Sin andarse con presentaciones ni
andróminas, el tal sujeto prohibióme terminantemente pasear la calle
donde vivía la señora de nuestros coincidentes pensamientos, so pena
de propinarme monumental paliza. Ante tanta audacia, mi dignidad de
perdonavidas quedó asombrada. No conocía a mi rival; pero al notar sus
arrestos, caí en la cuenta de que debía ser un tal M., alumno de la
carrera de Ingenieros, el cual, a fuerza de repartir garrotazos, había
llegado a ser dueño casi exclusivo del cotarro.
Naturalmente, habríame creído deshonrado accediendo a tan descortés
invitación; de ello hubieran protestado, además de la negra honrilla,
los millones de fibras musculares inactivas que deseaban lucirse a poca
costa. Quedó, pues, concertado un lance a estacazo limpio, que se había
de efectuar aquella misma noche en los sotos del Huerva. Por cierto que
las frases altivas cambiadas entre ambos campeones mientras caminaban
río arriba, en dirección del campo del honor, fueron tan fanfarronas
como risibles.
--¿Qué carrera cursa usted? --interrogó mi adversario.
--Estudio la de Medicina y pienso graduarme el próximo año.
--¡Lástima que esté usted tan adelantado!...
--¿Y usted? --pregunté yo a mi vez un tanto escamado.
--Me preparo para la de Ingenieros de caminos, y pienso ingresar este
mismo curso.
--Menos mal --repliqué yo, devolviéndole la zumba.
En estas y otras arrogancias, llegamos al terreno. Nos despojamos de
los abrigos. En vista de la desigualdad de los garrotes (he dicho que
el mío era una barra), convinimos en acometernos a puñetazo limpio,
debiendo considerarse vencido quien primeramente fuera derribado. Era
una especie de lucha greco-romana, según se estila ahora, aunque sin
tantos miramientos. Nos cuadramos, y acordándome yo sin duda de los
ingleses al comenzar la batalla de Fontenoy, exclamé: «Pegad primero,
caballero M.».
Ni corto ni perezoso, mi contrincante me asestó en la cabeza tres o
cuatro puñetazos estupefacientes que levantaron ronchas y me impidieron
después encasquetarme el sombrero. Por dicha, disfrutaba yo entonces
de un cráneo a prueba de bombas y soporté impertérrito la formidable
embestida. Llegado mi turno, tras algún envión de castigo, cerré
sobre mi rival, levantéle en vilo y, rodeándole con mis brazos de oso
iracundo, esperé unos instantes los efectos quirúrgicos del abrazo. No
se hicieron esperar: la faz de mi adversario tornóse lívida, crujieron
sus huesos y, perdido el sentido, cayó al suelo cual masa inerte. Al
contemplar los efectos de mi barbarie, sufrí susto terrible, pues
sospeché que lo había asfixiado o que, por lo menos, le había producido
alguna grave fractura.
No fué así, afortunadísimamente. Movido a compasión y arrepentido de
mi brutalidad, socorríle solícito y tuve la alegría de verle salir de
su aturdimiento y recobrar el resuello. Ayudéle a levantar y vestir;
limpié su ropa, manchada con la arena húmeda del Huerva, y sus labios,
enrojecidos por la sangre; y en vista de que caminaba difícilmente,
ofrecíle mi brazo y le acompañé hasta su casa.
Antes de entrar en ella, mi rival balbuceó con acento de triste
resignación: «Puesto que me ha vencido usted, renuncio a mis
pretensiones y queda usted dueño del campo». «No hay tal», repliqué,
haciendo alarde de generosidad y nobleza. «Disputamos sobre la posesión
de algo que carece de realidad. Ni usted ni yo nos hemos declarado
al objeto de nuestras ansias. Escribámosle sendas cartas. Que ella
decida entre los dos, si desea decidirse.» Al verme tan razonable y
desinteresado, excusó anteriores arrogancias, confesándome que aquella
mujer le tenía sorbido el seso. Estaba decidido a casarse con ella en
cuanto acabara la carrera.
Días después M., repuesto ya del lance, volvió a la calle, saludóme
afectuoso y me dijo con aire de profunda amargura:
--He sabido una cosa tremenda, que me ha contrariado
extraordinariamente: la señorita X, a quien creíamos pobre, posee
una dote de 50.000 duros. Desisto, pues, con hondísima pena, de mis
pretensiones. Si la escribo y acepta mi pretensión, ¿no pensarán todos
que le hago la corte por codicia?
--Tiene usted razón --respondí, consternado--. Abandonemos una empresa
imposible.
Y, en efecto, no volvimos a pensar en la famosa Venus de Milo[33].
[33] A mi vuelta de América, supe con sorpresa que la _Venus de
Milo_, tan admirada y solicitada por su milagrosa hermosura, no
llegó a casarse, aunque tuvo ventajosísimos pretendientes. Una
tisis galopante la arrebató en la flor de la edad. ¡Ella, que era
un modelo de sana belleza y de salud moral!... ¡Convengamos en
que los microbios saben escoger!
¡Así éramos entonces!... Entre los jóvenes de hoy, ¿habrá alguno que
no encuentre ridículo o imbécil nuestro candor?
M. y yo acabamos por ser excelentes camaradas. Gran celebrador de mis
músculos, quiso conocer el secreto de su fuerza. Y cuando le señalé
el gimnasio de Poblador, acudió a él lleno de entusiasmo. Mi rival de
un día transformóse a su vez en formidable atleta. Algo taciturno,
sumamente formal y discreto, ferviente cultivador de las matemáticas,
M. acabó brillantemente su carrera de ingeniero[34].
[34] Mi amigo M. vive todavía, y figura hoy entre los jefes más
prestigiosos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Si lee estas
líneas, ¡cuánto se reirá de aquellas chiquilladas!
A riesgo de incurrir en pesadez, paso a referir brevemente otros dos
pequeños éxitos de vanidad muscular. Sírvame de disculpa la devoción,
hoy muy a la moda, hacia la llamada _cultura física_.
Ocurrió el primer lance en el pueblo de Valpalmas, que visité a
los veinte años, encargado por mi padre de cobrar algunos créditos
atrasados. Alojéme en casa de antiguo amigo de mi familia, el Sr.
Choliz, comerciante rumboso que me colmó de atenciones y agasajos.
Cumplida en parte la comisión, fuí invitado a presenciar las fiestas,
que se inauguraban dos días después. Conforme a usanza general en
Aragón, los festejos proyectados consistían en carreras a pie y en
sacos, cucañas, funciones de _piculines_ (saltimbanquis), juegos de la
barra y de pelota, etc.
Mi afición a los deportes me llevó cierta mañana a presenciar el airoso
y viril juego de la barra, celebrado al socaire del alto muro de la
iglesia; y cuando más embebido estaba en el espectáculo, uno de mis
acompañantes me dijo con sorna:
--Éstos no son juegos _pa_ señoritos... _Pa_ ustedes el dominó, el
billar, ¡y gracias!...
--Está usted equivocado --le respondí--. Hay señoritos aficionados a
los ejercicios de fuerza, y que podrían, con algo de práctica, luchar
dignamente con ustedes.
--¡Bah! --continuó el socarrón--. _Pa_ manejar la barra son menester
manos menos finas que las de su _mercé_. La _juerza_ se tiene manejando
la azada y dándole a la dalla.
Y cogiendo el pesado trozo de hierro, me lo puso en las manos,
diciendo: ¡_Amos_ a ver qué tal se porta el _pijaito_!...
Picado en lo más vivo del amor propio, empuñé enérgicamente la poderosa
barra, me puse en postura, y haciendo formidable esfuerzo, lancé el
proyectil al espacio. ¡Sorpresa general de los matracos!: contra lo que
se esperaba, mi tiro sobrepujó a los más largos.
--¡Caray con el señorito y qué nervios tiene!... --exclamó un mirón.
Pero mi guasón, mozo fornido y cuadrado, no dió su brazo a torcer;
antes bien, haciendo una mueca desdeñosa, añadió:
--¡Bah!... Esto es _custión d’habilidá_... Probemos algo que se pegue
al riñón. ¿A que no se carga usted _tan siquiera_ una talega de trigo?
(cuatro fanegas).
Al llegar a este punto, mi orgullo de atleta, contenido hasta entonces
por consideración al huésped y a los acompañantes, se sublevó del todo.
Y a mi vez osé interrogarle:
--Y usted que presume de bríos, ¿cuánto peso carga usted?
--_Pus_ estando _descansao_ no me afligen siete fanegas. Pero los más
forzudos del pueblo _pueden_ con el cahiz (ocho fanegas).
--Venga, pues, ese cahiz de trigo y veamos quién de los dos _puede_ con
él.
Formóse corro, acudió el alcalde, y de común acuerdo, nos trasladamos
a casa de cierto tratante, en cuyo _patio_ (portal) yacían muchos
sacos de trigo. Buscóse una saca de grandes dimensiones; se midieron a
conciencia las ocho fanegas, aferré con ambos brazos la imponente mole,
y merced a poderoso impulso, el señorito de cara pálida y huesosa cargó
con el cahiz. ¡Me porté, pues, como un hombre!... En cambio, mi zumbón
no pasó de las siete consabidas fanegas.
El asombro de los matracos llegó al colmo. A los ojos de aquellos
labriegos, adoradores de la fuerza bruta, adquirí de repente enorme
prestigio. Y el triunfo sobre mi contrincante se celebró alegremente
con baile y _lifara_ (alifara) al aire libre. Por cierto que en la
clásica jota tomaron parte mozas arrogantes con quienes de niño había
yo correteado y jugado a los pitos. Algunas de ellas me dirigían
miradas que parecían caricias.
La otra hazaña gimnástica tuvo carácter acrobático. Cierta noche en que
toda mi familia regresaba tarde del teatro, se encontró con que, por
extravío de la llave del portal, no podía entrar en casa. Era domingo,
la una de la madrugada y desesperábamos de encontrar cerrajero. En
un santiamén trepé a los balcones del primer piso, afianzándome en
las rejas del entresuelo; me deslicé temerario por las cornisas de la
fachada; abrí después un balcón; penetré en la habitación, y en fin,
abrí la puerta por dentro. Mi arrojo y serenidad hallaron aquella noche
gracia a los ojos de mis padres, que veían recelosamente mi creciente
ardor por la gimnasia.
_Manía filosófica._--Después de la chifladura gimnástica caí, por
reacción compensadora, en la locura filosófica. Diríase que las pobres
células cerebrales de _asociación_, postergadas por el cultivo excesivo
de las motrices, invocaban a gritos su derecho a la vida. Amainé,
pues, poco a poco en mi necia vanidad atlética, echando de ver, al fin,
que había cosas harto más respetables y apetecibles que el alarde de
la fuerza bruta. Aun en el terreno de la competición personal, acabé
por encontrar más meritorio reducir a un adversario con razones que con
trompadas. Volví, pues, a mis abandonados libros de filosofía. A los
volteos acrobáticos sucedieron las piruetas dialécticas. En mi afán de
saber cuanto acerca de Dios, el alma, la substancia, el conocimiento,
el mundo y la vida habían averiguado los pensadores más preclaros,
leí casi todas las obras metafísicas existentes en la biblioteca de
la Universidad y algunas más proporcionadas por los amigos. A decir
verdad, esta _manía razonadora_ no era nueva en mí, según consta en
capítulos anteriores: asomó ya durante mis estudios del Instituto;
pero después de la Revolución (años de 1871 a 75) tuvo peligroso
recrudecimiento.
Paréceme que por aquel tiempo esta afición no era del todo sincera;
lo fué, sin duda, más adelante. Pero entonces, antes que meditar
honradamente sobre tan altos asuntos, deseaba apropiarme los ardides
de la sofística para asombrar a los amigos. Con este espíritu de
frívola curiosidad fueron leídas, y no siempre entendidas, las obras de
Berkeley, Hume, Fichte, Kant y Balmes. Por fortuna, las obras de Hegel,
Krause y Sanz del Río no figuraban en la biblioteca universitaria.
Yo me perecía por las tesis radicales y categóricas. Adopté, por
consiguiente, el _idealismo absoluto_. A la verdad, el gallardo
idealismo de Berkeley y Fichte teníanme cautivado. Ni se ha de olvidar
que, por aquella época, era yo ferviente y exagerado espiritualista.
Con un ardor, digno de mejor causa, pretendía refutar, ante mis
camaradas un poco desconcertados, la existencia del mundo exterior, el
_noumenon_ misterioso de Kant, afirmando resueltamente que el _yo_,
o por mejor decir, mi _propio yo_, era la única realidad absoluta y
positiva. Como es natural, los amigos Cenarro, Pastor, Senac, Sierra y
otros, a quienes mortificaba a diario con mis _latas_, se resistían a
ser considerados como meros _fenómenos_ o creaciones de mi autocrático
_yo_, y protestaban enérgicamente contra mis sofismas de guardarropía.
En el fondo, estaba tan seguro como ellos de la objetividad del mundo;
pero me seducían las paradojas y los malabarismos dialécticos.
Excusado será advertir que tan pueril juglarismo de leguleyo contribuyó
muy poco a mi formación espiritual, a menos que se consideren
como ganancias positivas cierta agilidad de pensamiento y algo de
sano escepticismo. Sin embargo, la citada afición a los estudios
filosóficos, que adquirió años después caracteres de mayor seriedad,
sin transformarme precisamente en pensador, contribuyó a producir en
mí cierto estado de espíritu bastante propicio a la investigación
científica. De ello trataremos oportunamente.
[Ilustración]