CAPÍTULO XX

Mis catedráticos de Medicina. -- D. Manuel Daina y el premio de

Anatomía topográfica. -- Un singular procedimiento de examen. --

Nuestro decano, D. Genaro Casas. -- Mis petulancias polémicas. -- Notas

breves acerca de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en

sus clases.

A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin

tropiezos, aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A

decir verdad, sólo estudié con esmero la _Anatomía_ y la _Fisiología_;

a las demás asignaturas --las _Patologías médica y quirúrgica_, la

_Terapéutica_, la _Higiene_, etc.--, consagré la atención estrictamente

precisa para obtener el _aprobado_. A lo que debió quizás contribuir

algo cierto Ministro de la _Gloriosa_, quien, por devoción al

igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a

dos: _aprobado_ y _suspenso_. Confieso que jamás he logrado percibir

la ventaja educativa de la supresión de las notas. En una edad en que

la pereza y las distracciones hallan tantas ocasiones de asaltar la

voluntad, ¿qué mal hay en fomentar la emulación y hasta la vanidad

misma? Hágase el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón del

estudiante queda un residuo de pasión malsana, pronto se encargará la

vida de disiparlo. Lo esencial es acrecentar el patrimonio científico

adquirido y mantener el hábito del trabajo.

Se dirá que para los alumnos aficionados a las distinciones académicas

quedaba el recurso de los premios. Pero no todos los jóvenes aplicados

poseen la pretensión y audacia necesarias para tales competiciones.

Recuerdo que el temor de parecer presumidos u orgullosos fué causa de

que la mayoría de los premios de la Facultad quedaran desiertos. Y no

ciertamente por ausencia de jóvenes aventajados. Excluyéndome yo, que

sólo podía aspirar al diploma en las asignaturas anatómicas, figuraban

entre mis condiscípulos mozos sobresalientes. Recuerdo ahora a Pablo

Salinas, Victorino Sierra, Severo Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín

Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José Rebullida y otros. Por mi

parte, sólo tenté fortuna en la _Anatomía topográfica y operaciones_,

asignatura de que era titular D. Manuel Daina. Y aunque favorable

el resultado, quitóme las ganas de reincidir. Mas el suceso merece

contarse, para que se vea que en eso del estudio, como en otras muchas

cosas, lo mismo cabe pecar por carta de más que por carta de menos.

Tenía D. Manuel Daina verdadera debilidad por mí. En su bondad me

consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan lisonjero

concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas,

de que, como _Ayudante disector_, estaba oficialmente encargado. Se

comprenderá, pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente

el profesor la solicitud del premio y que yo deseara complacerle,

preparándome concienzudamente para el certamen.

Sabido es que en todo programa, además de las lecciones corrientes,

figuran ciertas materias fundamentales o simplemente difíciles, donde

el alumno puede lucir su aplicación y memoria. Mis lectores médicos

recordarán que en los dominios de la _Anatomía topográfica_ estos temas

de prueba son: la _región del cuello_, la _inguinal_, la _crural_,

la _perineal_ y el _hueco poplíteo_. Por arduas y complicadas las

había disecado con cariño y reproducido más de una vez en mis láminas

anatómicas.

Llegó el concurso; estuve solo; tocóme el _anillo inguinal_; escribí

largo y tendido; decoré la descripción con varios esquemas y llevé

mi preocupación del detalle hasta precisar las dimensiones en

milímetros. Ufano durante la lectura, esperé después largo rato el

fallo del tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir

acaloradamente. «¿Qué pasará?», me decía un tanto escamado. Al fin,

supe que el jurado me había adjudicado el premio. Al salir Daina y

su compañero me abrazaron, felicitándome. Pero D. Nicolás Montells

(profesor de Patología quirúrgica) se me acercó, diciéndome en tono

desabrido: «Conste que a mí no me la pega usted. ¡Eso está copiado!»...

En vano intenté respetuosamente sacarle de su error. Para el bueno

de Montells, era imposible que un alumno recordara en milímetros

los diámetros del conducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro

Daina, que me conocía bien, defendióme briosamente. Con su exquisita

prudencia previno, además, el estallido de mi cólera, pasión a la que

entonces era yo extraordinariamente propenso. Todo se arregló, pero el

incidente contribuyó decisivamente a que, en lo sucesivo, desistiese de

semejantes concursos.

Merece D. Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De simpática figura y

carácter afable, gozaba de la reputación y estima que proporcionan el

talento y la ecuanimidad, asistidos de espléndida posición social.

La misma sencillez y elegancia con que vestía, resplandecían en su

palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva y matizada, a veces

con rasgos de elegante escepticismo. Era, acaso, don Manuel el más

_europeo_ de nuestros profesores, quizá el único que había ampliado

en el extranjero su educación profesional y científica. Había sido

discípulo de las grandes figuras quirúrgicas de París. Nos embelesaba

cuando refería las hazañas operatorias de Nélaton y Velpeau, así

como los errores imperdonables a que conducen la superficialidad

del reconocimiento y el criminal afán de sumar estadísticas de

intervenciones temerarias. Mucho valía como operador, pero valía

todavía más como cirujano.

Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema

muy original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos

a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido

estoy --nos dijo-- de que no hay profesor, por atento que sea, que

conozca tan bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí.

En consecuencia, he resuelto que ustedes, en representación de sus

camaradas, formulen las calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho

de la rectitud y formalidad de ustedes, de antemano apruebo lo que

hagan».

Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el

delicado honor, prometiendo --según era de rigor-- guardar el secreto.

Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos

de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación

y asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo,

las notas. Entre los indultados --hubo, naturalmente, bastante manga

ancha-- recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas

asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los

irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos

sendos _sobresalientes_[26]. Al repasar la lista y notar la racha de

indultos y rectificaciones, experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero

sonrió bondadosamente y aprobó la propuesta. Claro es que después de

tal acuerdo los exámenes fueron pura fórmula.

[26] Por aquel año (1872), otro ministro de la Revolución

restableció las calificaciones de examen.

[Ilustración: Lám. XIII, Fig. 21.--Don Genaro Casas, decano de la

Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.]

Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué

D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron

la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia

voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme,

que se desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro,

Decano y casi creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de

ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía talento

oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos

latinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente.

Imperaba entonces en las escuelas médicas el _vitalismo_ de Barthez,

inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente

partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de

Madrid. Natural era que los profesores de aquel tiempo --que podíamos

llamar _era prebacteriana_-- reaccionaran con alguna viveza contra las

tendencias materialistas u organicistas de la química, histología y

más tarde de la bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido,

supo siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas

ciencias, cuyos datos interpretaba muy hábilmente en el sentido de

su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la exposición magistral que

nos hizo de la _Patología celular_, de Virchow, libro esencialmente

revolucionario, aparecido por entonces. Naturalmente, D. Genaro

aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro está que los

distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus discípulos;

pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle

con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo

y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por la

enseñanza era tan grande como su talento y su bondad.

Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable

benevolencia del maestro. Referiré el incidente --que hoy recuerdo

con pena--, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de

mi carácter y la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído

la citada _Patología celular_ de Virchow y algunos otros libros

anatomo-patológicos a la moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo

insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como

un ser vivo, autónomo, protagonista exclusivo de los episodios

patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad orgánica, tan cara

a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad venía a ser

algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de

ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con

poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por

el sistema nervioso.

Infatuado y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame

ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los

procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque

llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca

de las _lesiones de la inflamación_, y después de exponer los hechos

descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de

oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba

asustado, manifesté que: «La hiperemia y la exudación no constituían

actos defensivos del principio vital, sino meros efectos de la

irritación y multiplicación de las células. En mi concepto --añadía--,

las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no intervienen para

nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de existir

inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios, etc.»[27]. Ante

mis arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.

[27] Comprenderá el lector que, después del tiempo transcurrido,

no puedo precisar los términos de la polémica, pero sí los

argumentos y el espíritu que los animaba.

No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse

de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató de persuadirme

de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva

contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos

exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la

hiperemia, puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos

de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas

reacciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de

sus estragos, implicaba lógicamente un principio superior de unidad y

coordinación».

Pero yo mantuve tercamente mi punto de vista, y asiéndome, algo

deslealmente, al sentido literal de las palabras del maestro, manifesté

«que no se me alcanzaba cómo donde no había vasos ni sangre (el

cartílago y la córnea), podía hablarse de hiperemia». En fin, que dí en

clase un espectáculo deplorable, y causé grave disgusto al buenísimo de

D. Genaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le

dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan díscolo

y obstinado, que como él crea tener razón no callará, aunque de su

silencio dependiera la vida de sus padres».

Lo más grave de aquella impertinencia mía fué que, en el fondo,

D. Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido después de mi

irreverencia, no volvió a repetirse el espectáculo. Y aquella salida de

chiquillo petulante fué olvidada por el paternal maestro. Y cuando años

después, al transformarse nuestra Facultad de provincial en oficial,

nuestro veterano profesor ganó en honrosa lid su cátedra de _Clínica

médica_, nadie se alegró más sinceramente que yo.

Con algo menos relieve surgen en mi memoria las figuras prestigiosas de

otros maestros. Destaca entre ellas D. Pedro Cerrada, catedrático de

Patología general, concienzudo clínico y reflexivo docente, abierto a

todas las novedades de la ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan

modesta como profética: «Siento no saber bastante química; soy viejo

para aprenderla, pero ustedes deben estudiarla, porque ahí está el

secreto de muchos procesos patológicos». Merecen también un recuerdo

afectuoso: el Dr. Comín, profesor de Terapéutica, cabeza sólida y

admirablemente cultivada, orador facilísimo y elegante; D. Manuel

Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico admirable y

maestro venerado de Patología médica; D. Jacinto Corralé, catedrático

de Anatomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento de

su deber y bondadoso con sus discípulos; Eduardo Fornés, catedrático

de Medicina legal (hijo de D. Manuel), estudioso, simpático y tan

caballeroso como su padre, de quien heredó el decoro y la gravedad

de dicción y pensamiento; a Ferrer, profesor de Obstetricia, algo

arrebatado y confuso al exponer, pero estimable clínico y excelente

persona; en fin, a Valero, encargado de la cátedra de Fisiología,

dotado de gran vivacidad de palabra y de notables condiciones de

pedagogo. Todos sembraron algo útil en mi espíritu y a todos estoy

cordialmente reconocido. ¡Lástima que la ausencia de Laboratorios y el

insuficiente material clínico esterilizaran, en parte, sus desvelos!

Para completar estos rasgos descriptivos de mis profesores, paso a

referir algunas anécdotas tocantes a las cátedras de Valero y de Ferrer.

Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el difícil arte de

estimular a sus discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a ultranza

el libro de texto y se salió con la suya. A tal propósito nos

preguntaba diariamente a todos, escogiendo de preferencia los

puntos más difíciles. Y cuando la cuestión se le atragantaba a un

alumno, hacíala correr por toda la clase hasta topar con alguien

capaz de declarar la dificultad. Entonces prorrumpía en alabanzas

del afortunado, que se sentía halagado y feliz. En estos escarceos

y honrosas competiciones brillaban Cenarro, Pastor, Senac, Sierra,

Rebullida, y particularmente Pablo Salinas, el más aplicado y brillante

de nuestros condiscípulos[28]. Y es que el pundonor bien administrado

hace milagros. Véase cómo un profesor que no era un águila en su

especialidad (por lo menos, en la fisiología experimental), nos hizo

amar la asignatura. Preocupados con evitar una plancha, aprendíamos

hasta las notas del texto. Y no era flojo volumen éste: nada menos que

la _Fisiología experimental_ de Beclard, en 4.º mayor, con más de 800

páginas de letra diminuta. Naturalmente, en aquella clase, como en las

demás, jamás se efectuó un experimento. Y así nuestra aplicación vino a

ser casi infecunda.

[28] D. Pablo Salinas vive aún y es actualmente un jefe

prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar. ¡Lástima que

contrariedades de la suerte le hicieran desistir de la carrera

del profesorado, para la cual poseía vocación y talento

singulares!

De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo un recuerdo

regocijado. Cierto día reprendíame, con razón, mi escasa asistencia a

clase, rechazando, indignado, la excusa alegada por mí, de que los

trabajos de la sala de disección me privaban del gusto de escucharle

todos los días. «Sin embargo --añadí jactancioso--, estudio diariamente

las lecciones del programa y creo estar regularmente preparado.»

--Eso vamos a verlo ahora mismo --replicó, irritado, el profesor. Y,

creyendo ponerme en grave aprieto, preguntóme acerca de la génesis

de las _membranas del embrión_, tema que él había desarrollado con

amor. Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me aproximé

solemnemente al encerado y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé

más de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases

evolutivas del _blastodermo_, _vesícula umbilical_, _alantoides_, etc.,

y explicando, al mismo tiempo, lo que aquellas figuras representaban.

¡Estuve verdaderamente épico!...

El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó aplastarme, y me

proporcionó triunfo resonante. La clase entera aplaudió al compañero.

Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que

la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante

mal, dióle tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar

mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para los exámenes

con la nota de _sobresaliente_, aunque no asistiese más a clase». «La

conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus

negligencias.» Yo abusé cuanto pude del permiso. Sólo de vez en cuando

me permitía presentarme en clase, como quien concede un favor.

Habrá adivinado el lector que mi ruidoso triunfo fué simple golpe de

fortuna. A causa de mis aficiones a la anatomía había yo estudiado

escrupulosamente el desarrollo de los órganos, y, por tanto, la

formación del embrión. Si mi candoroso profesor me hubiera explorado

en otras lecciones del programa, habría comprobado mi supina ignorancia.

Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de la credulidad del

maestro y me hicieron la gracia de guardar el secreto. Por lo demás,

por seguro doy que, a la postre, todos vendríamos a quedar iguales,

porque en aquellos tiempos la Facultad carecía de clínica de partos. Y

estudiar _posiciones_ y _presentaciones_ sin haber asistido a un parto,

es como aprender el manejo del fusil sin fusil.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 26 / 45 题