Mis catedráticos de Medicina. -- D. Manuel Daina y el premio de
Anatomía topográfica. -- Un singular procedimiento de examen. --
Nuestro decano, D. Genaro Casas. -- Mis petulancias polémicas. -- Notas
breves acerca de algunos profesores y ciertos incidentes ocurridos en
sus clases.
A despecho de mis escapadas artísticas, continué la carrera sin
tropiezos, aunque sin permitirme el lujo de sobresalir demasiado. A
decir verdad, sólo estudié con esmero la _Anatomía_ y la _Fisiología_;
a las demás asignaturas --las _Patologías médica y quirúrgica_, la
_Terapéutica_, la _Higiene_, etc.--, consagré la atención estrictamente
precisa para obtener el _aprobado_. A lo que debió quizás contribuir
algo cierto Ministro de la _Gloriosa_, quien, por devoción al
igualitarismo democrático, redujo las calificaciones de exámenes a
dos: _aprobado_ y _suspenso_. Confieso que jamás he logrado percibir
la ventaja educativa de la supresión de las notas. En una edad en que
la pereza y las distracciones hallan tantas ocasiones de asaltar la
voluntad, ¿qué mal hay en fomentar la emulación y hasta la vanidad
misma? Hágase el milagro, y hágalo el diablo. Si en el corazón del
estudiante queda un residuo de pasión malsana, pronto se encargará la
vida de disiparlo. Lo esencial es acrecentar el patrimonio científico
adquirido y mantener el hábito del trabajo.
Se dirá que para los alumnos aficionados a las distinciones académicas
quedaba el recurso de los premios. Pero no todos los jóvenes aplicados
poseen la pretensión y audacia necesarias para tales competiciones.
Recuerdo que el temor de parecer presumidos u orgullosos fué causa de
que la mayoría de los premios de la Facultad quedaran desiertos. Y no
ciertamente por ausencia de jóvenes aventajados. Excluyéndome yo, que
sólo podía aspirar al diploma en las asignaturas anatómicas, figuraban
entre mis condiscípulos mozos sobresalientes. Recuerdo ahora a Pablo
Salinas, Victorino Sierra, Severo Cenarro, Simeón Pastor, Joaquín
Gimeno, Pascual Senac, Andrés Martínez, José Rebullida y otros. Por mi
parte, sólo tenté fortuna en la _Anatomía topográfica y operaciones_,
asignatura de que era titular D. Manuel Daina. Y aunque favorable
el resultado, quitóme las ganas de reincidir. Mas el suceso merece
contarse, para que se vea que en eso del estudio, como en otras muchas
cosas, lo mismo cabe pecar por carta de más que por carta de menos.
Tenía D. Manuel Daina verdadera debilidad por mí. En su bondad me
consideraba el mejor de sus alumnos, y yo correspondía a tan lisonjero
concepto esmerándome en la ejecución de las preparaciones anatómicas,
de que, como _Ayudante disector_, estaba oficialmente encargado. Se
comprenderá, pues, que terminado el curso, me instara encarecidamente
el profesor la solicitud del premio y que yo deseara complacerle,
preparándome concienzudamente para el certamen.
Sabido es que en todo programa, además de las lecciones corrientes,
figuran ciertas materias fundamentales o simplemente difíciles, donde
el alumno puede lucir su aplicación y memoria. Mis lectores médicos
recordarán que en los dominios de la _Anatomía topográfica_ estos temas
de prueba son: la _región del cuello_, la _inguinal_, la _crural_,
la _perineal_ y el _hueco poplíteo_. Por arduas y complicadas las
había disecado con cariño y reproducido más de una vez en mis láminas
anatómicas.
Llegó el concurso; estuve solo; tocóme el _anillo inguinal_; escribí
largo y tendido; decoré la descripción con varios esquemas y llevé
mi preocupación del detalle hasta precisar las dimensiones en
milímetros. Ufano durante la lectura, esperé después largo rato el
fallo del tribunal. Desde el vestíbulo oía a los jueces discutir
acaloradamente. «¿Qué pasará?», me decía un tanto escamado. Al fin,
supe que el jurado me había adjudicado el premio. Al salir Daina y
su compañero me abrazaron, felicitándome. Pero D. Nicolás Montells
(profesor de Patología quirúrgica) se me acercó, diciéndome en tono
desabrido: «Conste que a mí no me la pega usted. ¡Eso está copiado!»...
En vano intenté respetuosamente sacarle de su error. Para el bueno
de Montells, era imposible que un alumno recordara en milímetros
los diámetros del conducto inguinal. Afortunadamente, mi maestro
Daina, que me conocía bien, defendióme briosamente. Con su exquisita
prudencia previno, además, el estallido de mi cólera, pasión a la que
entonces era yo extraordinariamente propenso. Todo se arregló, pero el
incidente contribuyó decisivamente a que, en lo sucesivo, desistiese de
semejantes concursos.
Merece D. Manuel Daina un recuerdo afectuoso. De simpática figura y
carácter afable, gozaba de la reputación y estima que proporcionan el
talento y la ecuanimidad, asistidos de espléndida posición social.
La misma sencillez y elegancia con que vestía, resplandecían en su
palabra, que era correcta, tranquila, persuasiva y matizada, a veces
con rasgos de elegante escepticismo. Era, acaso, don Manuel el más
_europeo_ de nuestros profesores, quizá el único que había ampliado
en el extranjero su educación profesional y científica. Había sido
discípulo de las grandes figuras quirúrgicas de París. Nos embelesaba
cuando refería las hazañas operatorias de Nélaton y Velpeau, así
como los errores imperdonables a que conducen la superficialidad
del reconocimiento y el criminal afán de sumar estadísticas de
intervenciones temerarias. Mucho valía como operador, pero valía
todavía más como cirujano.
Por cierto que D. Manuel Daina ensayó en aquel curso cierto sistema
muy original de calificar. La víspera de los exámenes, sorprendiónos
a Cenarro y a mí con el siguiente curioso encargo: «Persuadido
estoy --nos dijo-- de que no hay profesor, por atento que sea, que
conozca tan bien a sus discípulos como ellos se conocen entre sí.
En consecuencia, he resuelto que ustedes, en representación de sus
camaradas, formulen las calificaciones. Ahí va la lista. Como fío mucho
de la rectitud y formalidad de ustedes, de antemano apruebo lo que
hagan».
Expusimos algunas tímidas excusas, pero acabamos por aceptar el
delicado honor, prometiendo --según era de rigor-- guardar el secreto.
Aquella noche Cenarro y yo cambiamos impresiones acerca de los méritos
de nuestros condiscípulos, aquilatamos el talento, grado de aplicación
y asistencia a clase de cada uno, y resolvimos, de perfecto acuerdo,
las notas. Entre los indultados --hubo, naturalmente, bastante manga
ancha-- recuerdo a un tal Pueyo, mozo aplicado y pobre, que apenas
asistía a clase por enfermo y a quien el profesor contaba entre los
irredimibles. Naturalmente, Cenarro y yo comenzamos por adjudicarnos
sendos _sobresalientes_[26]. Al repasar la lista y notar la racha de
indultos y rectificaciones, experimentó D. Manuel alguna sorpresa; pero
sonrió bondadosamente y aprobó la propuesta. Claro es que después de
tal acuerdo los exámenes fueron pura fórmula.
[26] Por aquel año (1872), otro ministro de la Revolución
restableció las calificaciones de examen.
[Ilustración: Lám. XIII, Fig. 21.--Don Genaro Casas, decano de la
Facultad de Medicina de Zaragoza y buen amigo de mi padre.]
Otro de los buenos maestros de la Escuela de Medicina aragonesa fué
D. Genaro Casas, amigo y condiscípulo de mi padre (ambos cursaron
la carrera en Barcelona). Exiguo de estatura, y afeado por lupia
voluminosa implantada en la frente, tenía aspecto enfermizo y deforme,
que se desvanecía en cuanto comenzaba a hablar. Porque D. Genaro,
Decano y casi creador de la Escuela de Medicina aragonesa, además de
ser clínico eminente y modelo de profesores celosos, poseía talento
oratorio de primera fuerza. Pertenecía a la selecta grey de los médicos
latinos y humanistas, hoy perdida casi enteramente.
Imperaba entonces en las escuelas médicas el _vitalismo_ de Barthez,
inspirado en el hipocratismo, doctrina de que fué también ardiente
partidario el Dr. Santero, a la sazón catedrático de Clínica médica de
Madrid. Natural era que los profesores de aquel tiempo --que podíamos
llamar _era prebacteriana_-- reaccionaran con alguna viveza contra las
tendencias materialistas u organicistas de la química, histología y
más tarde de la bacteriología. Pero D. Genaro, vitalista convencido,
supo siempre hacer justicia a las conquistas positivas de estas
ciencias, cuyos datos interpretaba muy hábilmente en el sentido de
su espiritualismo orgánico. Aún recuerdo la exposición magistral que
nos hizo de la _Patología celular_, de Virchow, libro esencialmente
revolucionario, aparecido por entonces. Naturalmente, D. Genaro
aceptaba los hechos, pero repudiaba su espíritu. Claro está que los
distingos del sabio maestro no hacían siempre gracia a sus discípulos;
pero aun los que pasábamos por más avanzados y noveleros, seguíamosle
con respeto en sus loables esfuerzos de conciliación entre lo viejo
y lo nuevo. Todos le venerábamos y queríamos, porque su celo por la
enseñanza era tan grande como su talento y su bondad.
Por cierto que mi petulancia puso un día a prueba la inagotable
benevolencia del maestro. Referiré el incidente --que hoy recuerdo
con pena--, para que se vea hasta qué punto llegaba la rebeldía de
mi carácter y la paternal tolerancia de D. Genaro. Había yo leído
la citada _Patología celular_ de Virchow y algunos otros libros
anatomo-patológicos a la moda, donde, a vueltas de un análisis objetivo
insuficiente, se hacía la apología de la célula, presentándola como
un ser vivo, autónomo, protagonista exclusivo de los episodios
patológicos. Quedaba de esta suerte rota la unidad orgánica, tan cara
a vitalistas y animistas. Por consiguiente, la enfermedad venía a ser
algo así como modesto incidente de fronteras o a modo de motín de
ciudad, que debían reprimir de modo automático las fuerzas locales, con
poca o ninguna intervención de la autoridad central, representada por
el sistema nervioso.
Infatuado y ufano con lecturas bastante mal digeridas, contrariábame
ver cómo D. Genaro interpretaba en sentido vitalista todos los
procesos celulares. Y, no obstante mi timidez y cortedad, el choque
llegó al fin. Cierto día de conferencia preguntóme el maestro acerca
de las _lesiones de la inflamación_, y después de exponer los hechos
descriptivos corrientes, tuve, al interpretarlos, la audacia de
oponerme a su doctrina vitalista. Con un arrojo, de que yo mismo estaba
asustado, manifesté que: «La hiperemia y la exudación no constituían
actos defensivos del principio vital, sino meros efectos de la
irritación y multiplicación de las células. En mi concepto --añadía--,
las fuerzas centrales, caso de ser algo real, no intervienen para
nada en el proceso, como lo prueba el alegato de Virchow, de existir
inflamación en tejidos desprovistos de vasos y nervios, etc.»[27]. Ante
mis arrogancias, los condiscípulos mirábanse estupefactos.
[27] Comprenderá el lector que, después del tiempo transcurrido,
no puedo precisar los términos de la polémica, pero sí los
argumentos y el espíritu que los animaba.
No se enojó D. Genaro por mi falta de respeto; antes mostró alegrarse
de contender con un discípulo. Y con formas suaves trató de persuadirme
de «que el acto inflamatorio representa siempre una reacción defensiva
contra los agentes vulnerantes; hizo notar que, aun en los tejidos
exangües citados por mí (córnea y cartílago) desarrollábase la
hiperemia, puesto que hacia el punto lesionado afluían jugos y glóbulos
de pus, y, en fin, añadió que la indiscutible finalidad de las citadas
reacciones, en orden a la eliminación de las causas y reparación de
sus estragos, implicaba lógicamente un principio superior de unidad y
coordinación».
Pero yo mantuve tercamente mi punto de vista, y asiéndome, algo
deslealmente, al sentido literal de las palabras del maestro, manifesté
«que no se me alcanzaba cómo donde no había vasos ni sangre (el
cartílago y la córnea), podía hablarse de hiperemia». En fin, que dí en
clase un espectáculo deplorable, y causé grave disgusto al buenísimo de
D. Genaro. El cual, al encontrarse con mi padre al siguiente día, le
dijo estas palabras, que recuerdo muy bien: «Tienes un hijo tan díscolo
y obstinado, que como él crea tener razón no callará, aunque de su
silencio dependiera la vida de sus padres».
Lo más grave de aquella impertinencia mía fué que, en el fondo,
D. Genaro tenía razón. Por fortuna, arrepentido después de mi
irreverencia, no volvió a repetirse el espectáculo. Y aquella salida de
chiquillo petulante fué olvidada por el paternal maestro. Y cuando años
después, al transformarse nuestra Facultad de provincial en oficial,
nuestro veterano profesor ganó en honrosa lid su cátedra de _Clínica
médica_, nadie se alegró más sinceramente que yo.
Con algo menos relieve surgen en mi memoria las figuras prestigiosas de
otros maestros. Destaca entre ellas D. Pedro Cerrada, catedrático de
Patología general, concienzudo clínico y reflexivo docente, abierto a
todas las novedades de la ciencia, y de quien recuerdo esta frase tan
modesta como profética: «Siento no saber bastante química; soy viejo
para aprenderla, pero ustedes deben estudiarla, porque ahí está el
secreto de muchos procesos patológicos». Merecen también un recuerdo
afectuoso: el Dr. Comín, profesor de Terapéutica, cabeza sólida y
admirablemente cultivada, orador facilísimo y elegante; D. Manuel
Fornés, ya muy anciano entonces, dotado de criterio clínico admirable y
maestro venerado de Patología médica; D. Jacinto Corralé, catedrático
de Anatomía, algo rudo y candoroso, pero puntual en el cumplimiento de
su deber y bondadoso con sus discípulos; Eduardo Fornés, catedrático
de Medicina legal (hijo de D. Manuel), estudioso, simpático y tan
caballeroso como su padre, de quien heredó el decoro y la gravedad
de dicción y pensamiento; a Ferrer, profesor de Obstetricia, algo
arrebatado y confuso al exponer, pero estimable clínico y excelente
persona; en fin, a Valero, encargado de la cátedra de Fisiología,
dotado de gran vivacidad de palabra y de notables condiciones de
pedagogo. Todos sembraron algo útil en mi espíritu y a todos estoy
cordialmente reconocido. ¡Lástima que la ausencia de Laboratorios y el
insuficiente material clínico esterilizaran, en parte, sus desvelos!
Para completar estos rasgos descriptivos de mis profesores, paso a
referir algunas anécdotas tocantes a las cátedras de Valero y de Ferrer.
Valero, nuestro profesor de Fisiología, poseía el difícil arte de
estimular a sus discípulos. Se empeñó en encasquetarnos a ultranza
el libro de texto y se salió con la suya. A tal propósito nos
preguntaba diariamente a todos, escogiendo de preferencia los
puntos más difíciles. Y cuando la cuestión se le atragantaba a un
alumno, hacíala correr por toda la clase hasta topar con alguien
capaz de declarar la dificultad. Entonces prorrumpía en alabanzas
del afortunado, que se sentía halagado y feliz. En estos escarceos
y honrosas competiciones brillaban Cenarro, Pastor, Senac, Sierra,
Rebullida, y particularmente Pablo Salinas, el más aplicado y brillante
de nuestros condiscípulos[28]. Y es que el pundonor bien administrado
hace milagros. Véase cómo un profesor que no era un águila en su
especialidad (por lo menos, en la fisiología experimental), nos hizo
amar la asignatura. Preocupados con evitar una plancha, aprendíamos
hasta las notas del texto. Y no era flojo volumen éste: nada menos que
la _Fisiología experimental_ de Beclard, en 4.º mayor, con más de 800
páginas de letra diminuta. Naturalmente, en aquella clase, como en las
demás, jamás se efectuó un experimento. Y así nuestra aplicación vino a
ser casi infecunda.
[28] D. Pablo Salinas vive aún y es actualmente un jefe
prestigioso del Cuerpo de Sanidad Militar. ¡Lástima que
contrariedades de la suerte le hicieran desistir de la carrera
del profesorado, para la cual poseía vocación y talento
singulares!
De Ferrer, nuestro profesor de Obstetricia, guardo un recuerdo
regocijado. Cierto día reprendíame, con razón, mi escasa asistencia a
clase, rechazando, indignado, la excusa alegada por mí, de que los
trabajos de la sala de disección me privaban del gusto de escucharle
todos los días. «Sin embargo --añadí jactancioso--, estudio diariamente
las lecciones del programa y creo estar regularmente preparado.»
--Eso vamos a verlo ahora mismo --replicó, irritado, el profesor. Y,
creyendo ponerme en grave aprieto, preguntóme acerca de la génesis
de las _membranas del embrión_, tema que él había desarrollado con
amor. Yo entonces, cogiendo la ocasión por los cabellos, me aproximé
solemnemente al encerado y, sin azorarme en lo más mínimo, me pasé
más de media hora dibujando esquemas en color tocantes a las fases
evolutivas del _blastodermo_, _vesícula umbilical_, _alantoides_, etc.,
y explicando, al mismo tiempo, lo que aquellas figuras representaban.
¡Estuve verdaderamente épico!...
El bueno de Ferrer me seguía embobado. Creyó aplastarme, y me
proporcionó triunfo resonante. La clase entera aplaudió al compañero.
Mi seguridad y aplomo al disertar sobre cuestiones embriológicas, que
la mayoría de los alumnos de Obstetricia suelen aprender bastante
mal, dióle tan alta idea de mi aplicación, que, después de aceptar
mis anteriores excusas, declaró que «podía contar para los exámenes
con la nota de _sobresaliente_, aunque no asistiese más a clase». «La
conferencia que acaba usted de darnos vale esta nota y compensa sus
negligencias.» Yo abusé cuanto pude del permiso. Sólo de vez en cuando
me permitía presentarme en clase, como quien concede un favor.
Habrá adivinado el lector que mi ruidoso triunfo fué simple golpe de
fortuna. A causa de mis aficiones a la anatomía había yo estudiado
escrupulosamente el desarrollo de los órganos, y, por tanto, la
formación del embrión. Si mi candoroso profesor me hubiera explorado
en otras lecciones del programa, habría comprobado mi supina ignorancia.
Los compañeros, que me conocían bien, sonreían de la credulidad del
maestro y me hicieron la gracia de guardar el secreto. Por lo demás,
por seguro doy que, a la postre, todos vendríamos a quedar iguales,
porque en aquellos tiempos la Facultad carecía de clínica de partos. Y
estudiar _posiciones_ y _presentaciones_ sin haber asistido a un parto,
es como aprender el manejo del fusil sin fusil.
[Ilustración]