Comienzo en Zaragoza la carrera médica. -- El Ebro y sus alamedas. --
Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. -- Cobro
afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre.
Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del
grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno,
me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año
preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías,
me acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y
condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y
como hombre a carta cabal.
La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por
grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste decepción.
Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y fatigas,
recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en
su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos,
y a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me
llegó al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De tan merecida
frialdad, empero, sólo era yo responsable. No se alejaron ellos de mí;
fuí yo quien se alejó de ellos al retrasarme en la carrera.
Consoléme entonces, no sin devorar algunas humillaciones, conforme
suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces expuesto, bañando
el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus frondosas y
umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desilusión
y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e
inconstantes efusiones de la amistad.
Para los hombres capaces de saborear sus bellezas, es el campo soberano
apagador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué
añade a nuestra alma --se ha dicho por alguien-- un cielo azul y una
vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que,
alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo;
pero mucho, muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los
esplendores del cielo y a las armonías del mundo.
Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las
pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones artísticas y mi sentido
de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta
afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender
sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el
primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad
hidrológica.
«¿De dónde proviene --pensaba-- este formidable raudal de agua cuyas
ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar,
parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos
heroicos?»
Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes
hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca
de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el deseo
romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana.
Por cierto que este antojo infantil por conocer los manantiales del
Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con ocasión de un
veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa fuente
del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna,
arco o estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar
donde emergen las aguas de la corriente simbólica que mereció por su
grandeza dar nombre a la tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!,
en vez del monumento conmemorativo a la vieja Iberia, algo semejante
a la majestuosa estatua del Nilo conservada en la galería capitolina
de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones de piedras,
cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales
asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente
profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas.
* * * * *
Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y
es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano
D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D. Marcelo
Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por
entonces encargado de la ampliación de Química.
Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente puedo decir que sus
lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no
muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la _gloriosa_),
sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y
teatrales.
Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Ballarín y Solano,
maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor.
El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, de
quien fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la
augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado, dotado de
imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí
defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y
experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el
ejemplo; y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban
altamente instructivas, ya que se daban respectivamente en el Museo y
en el Jardín Botánico.
¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más joven a D. Florencio,
cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era
ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de humor,
triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus
reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad
entre la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas
furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas
y a que nos llenara de improperios.
Cierto día me preguntó las arterias de los miembros superiores. En un
lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas, «que la
arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... --Pero hombre --me
interrumpió indignado-- _¡a lo largo!_ ¡Cualquiera diría que es usted
sastre y está tomando medida de mangas!...»
Una de sus buenas costumbres docentes --hoy casi enteramente
abandonada-- consistía en señalar periódicamente cierto tema de
discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus
camaradas debían dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante:
dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanismo de la hematosis.
El disertante, mi buen amigo el Dr. Senac, hoy ilustrado médico
militar[23] y uno de tantos talentos obscurecidos por falta de
ambición, hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y
desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en boga, de que la
sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido carbónico en
ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que
había bebido en las mismas fuentes (la _Fisiología_ de Beclard), le
dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido
carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno,
ya consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los
tejidos».
[23] Murió hace algunos años de una afección cardíaca.
Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa
y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no pudiendo
sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que
conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no
entendí la frase ni, por tanto, la intención mortificante.
De este estreno oratorio saqué en limpio una enseñanza: que el hijo
de mi madre no había venido al mundo para ser diputado, ni siquiera
charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos
oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos
hombres privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y
hasta aplaudidos!
Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era benemérito maestro a
quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos
porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto,
y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente.
¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra malhumorado, la cara
cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de contrariedad... y daba
comienzo a la tarea mascullando gangosa e ininteligiblemente la palabra
«Seño... res...», todos, como movidos de un resorte, requeríamos el
sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la puerta...,
con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza de
su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa
la dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud,
¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos
resolver.
Cosa sabida es que los profesores, aun los más refractarios a la
rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas frases
y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal
le ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay
condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al
tratar de la escala de dureza de los minerales.
«Señores --decía--: el diamante ocupa el núm. 7 de la escala de
la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero
entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la
fractura. Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí
tienen ustedes --añadía-- el testimonio irrecusable de esta lamentable
propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por encima de la
mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura
estrellada. Y a seguida refería que, durante cierta disputa, no sé si
científica o política, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle
en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del agresor, el cráneo
del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8 en la
consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el
precioso diamante... Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada
general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín.
Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de D. Bruno
Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones,
su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e
interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las
aventuras del oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible
conquistador de la virginidad de los simples; las crueles venganzas
del hidrógeno, celoso amante responsable de tanta viudez molecular, y
las intrigas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas
capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios más unidos y
estables...
¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad
para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los
puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y estropajosas!
Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés Tyndall, y
más aún al incomparable divulgador A. Fabre.
Acude a mi memoria una exclamación feliz de D. Bruno, con ocasión de
cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los productos de
destilación de la hulla, del tan celebrado _pan de la industria_, y el
conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló en cátedra
los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de carbón
mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del
poco agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose
las narices: «¡Qué mal huele! --No tal --rugió D. Bruno--, ¡huele a
progreso!»
Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel heroico rasgo
tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia Natural
del Instituto de Zaragoza? Tocaban a su fin los ejercicios, y D.
Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático, no
compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se
suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano.
Halláronle tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna
de Arístides: «Me retiro porque me he persuadido de que uno de los
opositores sabe más que yo, y no quiero dar ocasión a una injusticia».
Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto auxiliar de
Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de sus
lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada.
Llena está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores
de que el amor a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia
el vil metal. Tiempos después, alcanzó, en honrosa oposición, la
propiedad de su cátedra.
Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las cosas que más me
entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus pláticas
diarias en el _Café Suizo_, donde se congregaban sus íntimos y
admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande
como merecida. Eso que después se ha llamado _extensión universitaria_,
fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para
los privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran
público, creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra
y el taller, el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que
la ciencia debe asociarse a la vida, para inspirarla y dirigirla.
Su exquisita sensibilidad de artista y de pensador le permitían
descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista superiores.
[24] Solano murió joven a consecuencia de una operación
quirúrgica.
Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un
escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes
literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos
artículos científicos y de vulgarización, insertos en los diarios
zaragozanos, y singularmente, el bellísimo discurso de apertura
universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna.
* * * * *
Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos
maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía
en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez
regresé a mis viejas aventuras de tronera.
Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo despejado y algo
camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi
honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día la _Historia
natural_, le prestase mi concurso en cierto encuentro que debía
efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y
femateros, o entre _pijaitos_ y _matracos_. Tuve la debilidad de caer
en la tentación.
Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y
contribuí al triunfo de los _señoritos_, a pesar del refuerzo que a
última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia
de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas,
tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la
informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete
años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el
preparatorio, y matricularme en el primer curso de Medicina.
Por aquella época (creo que fué en 1870) trasladóse mi familia a
Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de
cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la práctica
médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia
provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital
aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y
condiscípulo suyo D. Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de
Medicina, le confirió el cargo de profesor interino de disección.
Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía, y su vocación
decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo y
ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a
su hijo en hábil disector.
Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como suele decirse. ¡Y
con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos
en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo
Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada
maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas
que nos contaban los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica,
protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vino, empero,
la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la _muerte_, con su
cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.
A medida que adelantaba en el estudio objetivo del cuerpo humano,
crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin --me decía-- el
maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis
de la creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase
a su gusto. Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo
había hasta entonces contemplado el desierto, es decir, el árido
esqueleto. ¡Quizás se encontraba allí la isla ideal con que sueña todo
investigador, ese mundo virgen, prometedor de inacabables sorpresas!...
Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable
de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados
por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las
dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos
enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a
mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas.
Incansable él, no consentía fatiga en torno suyo.
¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una minucia; cuando,
por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o anómala,
o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah
farsantes! --exclamábamos--. Vosotros os copiáis rutinariamente,
describís sin observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba
pronto, convirtiéndose en admiración en cuanto los venerados textos
acertaban en puntos difíciles. Fuerza es confesar que los descuidos
de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos. El encuentro
de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la
persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y
definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver.
Sólo en sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo,
residía la verdad.
Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender;
que no hay profesor más celoso que el que aprende para enseñar. Mi
lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a
los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto
mostraban las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción cuando, a fuerza
de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto
_ganglio oftálmico_ con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en
su escondrijo el enrevesado foco ganglionar _esfeno-palatino_, o, en
fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del _peñasco_, los
sutiles _nervios petrosos_! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba
carácter objetivo a mis conocimientos.
Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio,
del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo
llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de cierto _Atlas
anatómico_ iluminado, destinado a dejar, según él, tamañitos a los
famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido resueltamente
la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo hubiera
consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de
cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron
mejores otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto
de Cuba, publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario
que cursaba la carrera por deporte[25].
[25] En el momento mismo en que corrijo estas cuartillas (10 de
Junio de 1917) me entero por los periódicos del entierro del
viejo amigo. Como veremos más adelante, yo le soy deudor de
algunos importantes servicios.
Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el bochornoso atraso de
las artes gráficas en España! A despecho del más sincero patriotismo,
el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero,
en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o
histológica.
Para cerrar este capítulo añadiré que, en vista de mi laboriosidad y
relativa pericia en el arte de disecar, al final del primer año se
me otorgó una plaza de _ayudante de disección_. Este cargo oficial,
halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones anatómicas.
Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones
particulares de anatomía práctica.
[Ilustración]