CAPÍTULO XIX

Comienzo en Zaragoza la carrera médica. -- El Ebro y sus alamedas. --

Mis profesores del preparatorio: Ballarín, Guallart y Solano. -- Cobro

afición a la disección bajo la dirección docente de mi padre.

Aprobadas las asignaturas del bachillerato y hechos los ejercicios del

grado, mi padre, decidido más que nunca a hacer de su hijo un Galeno,

me acompañó a Zaragoza, matriculándome en las asignaturas del año

preparatorio. Y para que no me distrajeran devaneos y malas compañías,

me acomodó de mancebo en casa de D. Mariano Bailo, paisano, amigo y

condiscípulo suyo, que gozaba de excelente reputación como cirujano y

como hombre a carta cabal.

La alegría de verme en una ciudad nueva, populosa y ennoblecida por

grandes recuerdos históricos, cedió bien pronto a triste decepción.

Mis amigos de Huesca, los regocijados camaradas de glorias y fatigas,

recibiéronme con la mayor indiferencia. Adelantados uno o dos años en

su carrera, habían contraído nuevas amistades entre sus condiscípulos,

y a mis deseos de renovar el viejo trato, mostraron un desdén que me

llegó al alma. Fué el primer desengaño de la amistad. De tan merecida

frialdad, empero, sólo era yo responsable. No se alejaron ellos de mí;

fuí yo quien se alejó de ellos al retrasarme en la carrera.

Consoléme entonces, no sin devorar algunas humillaciones, conforme

suelo consolarme siempre, según tengo repetidas veces expuesto, bañando

el alma en plena naturaleza. El Ebro caudaloso y sus frondosas y

umbrías alamedas estaban allí, brindando un lenitivo a mi desilusión

y prometiéndome reemplazar, con suaves distracciones, las vanas e

inconstantes efusiones de la amistad.

Para los hombres capaces de saborear sus bellezas, es el campo soberano

apagador de emociones, irreemplazable conmutador de pensamientos. ¿Qué

añade a nuestra alma --se ha dicho por alguien-- un cielo azul y una

vegetación espléndida? Nada, en efecto, para el hombre altivo, que,

alimentado con sus propias ideas, vive siempre dentro de sí mismo;

pero mucho, muchísimo para quienes saben abrir sus sentidos a los

esplendores del cielo y a las armonías del mundo.

Con todo eso, en los tiempos a que aludo, llevábanme también a las

pintorescas orillas del Ebro mis inclinaciones artísticas y mi sentido

de naturalista. Entre mis tendencias irrefrenables, cuéntase cierta

afición estrafalaria a averiguar el curso de los ríos y a sorprender

sus afluentes y manantiales. Y la circunstancia de ser éste el

primer río caudaloso que veía, excitaba al sumo la citada curiosidad

hidrológica.

«¿De dónde proviene --pensaba-- este formidable raudal de agua cuyas

ondas, después de lamer mansa y suavemente los muros del Pilar,

parecen modular, al estallar fragorosas en el puente de piedra, himnos

heroicos?»

Arrastrado por la curiosidad, remonté más de una vez sus corrientes

hasta llegar a Alagón; otras veces descendí, río abajo, hasta cerca

de Pina. Estimulábame, además, en mis excursiones ribereñas el deseo

romántico de hallar paisajes idílicos no profanados por planta humana.

Por cierto que este antojo infantil por conocer los manantiales del

Ebro, fué satisfecho al fin hace algunos años, con ocasión de un

veraneo en Reinosa. Imaginábame, en mi candor, que la famosa fuente

del Ganges aragonés estaría adornada por algún emblema, columna,

arco o estatua destinados a consagrar el poético y apacible lugar

donde emergen las aguas de la corriente simbólica que mereció por su

grandeza dar nombre a la tierra y a la raza. Pero, ¡oh decepción!,

en vez del monumento conmemorativo a la vieja Iberia, algo semejante

a la majestuosa estatua del Nilo conservada en la galería capitolina

de Roma, mostráronme cerca del poético manantial montones de piedras,

cascos de botella, latas y cacharros rotos, por entre los cuales

asomaban trabajosamente las cristalinas linfas para ser inmediatamente

profanadas por zahareñas lavanderas y alegres juerguistas.

* * * * *

Pero no divaguemos. Juzgo al lector harto de enfadosas digresiones y

es hora de que digamos algo de mis profesores. Eran éstos el veterano

D. Florencio Ballarín, catedrático de Historia Natural; D. Marcelo

Guallart, que explicaba Física, y D. Bruno Solano, auxiliar por

entonces encargado de la ampliación de Química.

Poco recuerdo de D. Marcelo Guallart. Únicamente puedo decir que sus

lecciones, sabias y modestas, pecaban de monótonas, y que su clase, no

muy frecuentada (no hay que olvidar que estaba reciente la _gloriosa_),

sólo se llenaba de bote en bote los días de experimentos aparatosos y

teatrales.

Mayor relieve y colorido tienen mis remembranzas de Ballarín y Solano,

maestros dignos por mil conceptos de ser recordados con fervor.

El anciano D. Florencio Ballarín, contemporáneo de Fernando VII, de

quien fué perseguido por liberal y, además, por irrespetuoso con la

augusta persona del monarca, era un profesor ilustrado, dotado de

imaginación plástica y de verbo cálido. Fué el primero a quien oí

defender con leal convicción la necesidad de la enseñanza objetiva y

experimental, hoy tan cacareada como poco practicada. Predicaba con el

ejemplo; y así sus lecciones de zoología y mineralogía nos resultaban

altamente instructivas, ya que se daban respectivamente en el Museo y

en el Jardín Botánico.

¡Lástima grande que no hubiéramos alcanzado más joven a D. Florencio,

cuando sus facultades culminaban! En los tiempos a que aludimos era

ya setentón y adolecía de esa irritabilidad y desigualdad de humor,

triste y casi inevitable defecto de la senectud. Recuerdo que en sus

reprensiones y castigos faltaba casi siempre la debida proporcionalidad

entre la acción y la reacción. Incorrecciones de lenguaje, sonrisas

furtivas, distracciones momentáneas bastaban a sacarlo de sus casillas

y a que nos llenara de improperios.

Cierto día me preguntó las arterias de los miembros superiores. En un

lenguaje deslabazado y tímido contestéle, entre otras cosas, «que la

arteria humeral se extiende a lo largo del brazo... --Pero hombre --me

interrumpió indignado-- _¡a lo largo!_ ¡Cualquiera diría que es usted

sastre y está tomando medida de mangas!...»

Una de sus buenas costumbres docentes --hoy casi enteramente

abandonada-- consistía en señalar periódicamente cierto tema de

discusión, de cuya defensa se encargaba un alumno, a quien sus

camaradas debían dirigir observaciones. Tocóme el turno de objetante:

dominábame miedo cerval. Tratábase del mecanismo de la hematosis.

El disertante, mi buen amigo el Dr. Senac, hoy ilustrado médico

militar[23] y uno de tantos talentos obscurecidos por falta de

ambición, hizo un bonito discurso, pronunciado con facilidad y

desembarazo. Defendió la tesis, entonces muy en boga, de que la

sangre venosa era nociva al organismo a causa del ácido carbónico en

ella acumulado y del cual debía desprenderse en el pulmón. Yo, que

había bebido en las mismas fuentes (la _Fisiología_ de Beclard), le

dije o intenté decirle «que el daño no estaba en el exceso de ácido

carbónico, gas enteramente inofensivo, sino en la ausencia de oxígeno,

ya consumido en los capilares con ocasión de la respiración de los

tejidos».

[23] Murió hace algunos años de una afección cardíaca.

Mas tan sencillo reparo fué expuesto con frase tan desmañada y sinuosa

y con voz tan entrecortada y balbuciente, que Ballarín, no pudiendo

sufrirme, ordenóme callar con cajas destempladas, añadiendo «que

conservaba todavía el pelo de la dehesa». Mi inocencia era tal, que no

entendí la frase ni, por tanto, la intención mortificante.

De este estreno oratorio saqué en limpio una enseñanza: que el hijo

de mi madre no había venido al mundo para ser diputado, ni siquiera

charlatán. ¡Cuánto he envidiado después, al presenciar escarceos

oratorios, la enorme ventaja que llevan en la lucha por la vida esos

hombres privilegiados que no necesitan tener razón para ser oídos y

hasta aplaudidos!

Pero aparte las citadas rarezas, Ballarín era benemérito maestro a

quien respetábamos y venerábamos. Le estábamos además agradecidos

porque, de vez en cuando, nos concedía graciosamente un día de asueto,

y ciertamente por un motivo que el lector adivinará difícilmente.

¡Ya se sabía!, en cuanto llegaba a cátedra malhumorado, la cara

cuadrada, sumidas las quijadas, el aire de contrariedad... y daba

comienzo a la tarea mascullando gangosa e ininteligiblemente la palabra

«Seño... res...», todos, como movidos de un resorte, requeríamos el

sombrero, nos poníamos en pie y tomábamos tranquilamente la puerta...,

con beneplácito del profesor, que se limitaba a deplorar la flaqueza de

su memoria. ¡Era que el bueno de D. Florencio se había dejado en casa

la dentadura! Este cómodo olvido, tratándose de tan averiada senectud,

¿era voluntario o involuntario? He aquí un problema que nunca pudimos

resolver.

Cosa sabida es que los profesores, aun los más refractarios a la

rutina, repiten fonográficamente todos los cursos ciertas frases

y ejemplos que los alumnos conocen y anuncian a plazo fijo. Tal

le ocurría a Ballarín. Entre los ejemplos estereotipados no hay

condiscípulo que haya olvidado uno famoso, expuesto invariablemente al

tratar de la escala de dureza de los minerales.

«Señores --decía--: el diamante ocupa el núm. 7 de la escala de

la dureza; resulta, pues, el cuerpo más duro que se conoce; pero

entendámonos: la resistencia al rayado no implica oposición a la

fractura. Precisamente el diamante es deplorablemente quebradizo. Ahí

tienen ustedes --añadía-- el testimonio irrecusable de esta lamentable

propiedad.» Y en aquel momento alargaba la mano por encima de la

mesa, mostrando flamante solitario, afeado en su centro por fractura

estrellada. Y a seguida refería que, durante cierta disputa, no sé si

científica o política, no pudiendo persuadir al adversario, descargóle

en la cabeza formidable puñetazo. Por desgracia del agresor, el cráneo

del adversario era de los que merecían figurar con un núm. 8 en la

consabida escala de la dureza, toda vez que rompió en mil trozos el

precioso diamante... Al llegar aquí era de ritual soltar carcajada

general, que no impacientaba en lo más mínimo al bueno de Ballarín.

Muy diferente era el temperamento intelectual y docente de D. Bruno

Solano. Elocuente, fogoso, afable, no exento de severidad en ocasiones,

su cátedra era templo donde oíamos embelesados la pintoresca e

interesante narración de los amores y odios de los cuerpos: las

aventuras del oxígeno, especie de D. Juan, rijoso e irresistible

conquistador de la virginidad de los simples; las crueles venganzas

del hidrógeno, celoso amante responsable de tanta viudez molecular, y

las intrigas y tercerías del calor y electricidad, dueñas quintañonas

capaces de perturbar y de divorciar hasta los matrimonios más unidos y

estables...

¡Qué dicción más agradable y seráfica la suya! ¡Qué suprema habilidad

para hacer comprensivos y amenos, mediante comparaciones luminosas, los

puntos más difíciles o las nociones más áridas, enjutas y estropajosas!

Bajo este aspecto se parecía mucho al célebre físico inglés Tyndall, y

más aún al incomparable divulgador A. Fabre.

Acude a mi memoria una exclamación feliz de D. Bruno, con ocasión de

cierta conferencia pública. Tratábase en ella de los productos de

destilación de la hulla, del tan celebrado _pan de la industria_, y el

conferenciante, para hacer más objetiva su lección, instaló en cátedra

los aparatos correspondientes, y procedió a destilar un trozo de carbón

mineral. Apenas se difundieron por la sala las primeras oleadas del

poco agradable gas, cierto burguesillo petimetre exclamó, tapándose

las narices: «¡Qué mal huele! --No tal --rugió D. Bruno--, ¡huele a

progreso!»

Pues ¿y el hombre moral? ¿Quién no recuerda aquel heroico rasgo

tenido con motivo de sus oposiciones a la cátedra de Historia Natural

del Instituto de Zaragoza? Tocaban a su fin los ejercicios, y D.

Bruno, con asombro del tribunal que iba a votarle catedrático, no

compareció en el último acto de las oposiciones. En consecuencia, se

suspendieron los ejercicios y se envió un emisario a casa de Solano.

Halláronle tranquilamente en su despacho y trajeron una respuesta digna

de Arístides: «Me retiro porque me he persuadido de que uno de los

opositores sabe más que yo, y no quiero dar ocasión a una injusticia».

Al tomar tan grave decisión, Solano era modesto auxiliar de

Universidad. Con el exiguo sueldo del cargo y los escasos gajes de sus

lecciones en colegios particulares, mantenía a su madre idolatrada.

Llena está la vida del sabio profesor de hermosos rasgos, reveladores

de que el amor a la justicia era tan grande en él como su desdén hacia

el vil metal. Tiempos después, alcanzó, en honrosa oposición, la

propiedad de su cátedra.

Confieso que cuando visito Zaragoza, una de las cosas que más me

entristece es la ausencia del malogrado compañero[24]. Sus pláticas

diarias en el _Café Suizo_, donde se congregaban sus íntimos y

admiradores, eran un regalo del espíritu. Su popularidad era tan grande

como merecida. Eso que después se ha llamado _extensión universitaria_,

fué una de tantas iniciativas suyas. No reservó nunca su ciencia para

los privilegiados de la matrícula oficial, sino que la propagó al gran

público, creando lazos intelectuales y afectivos entre la cátedra

y el taller, el laboratorio y la fábrica. Estaba persuadido de que

la ciencia debe asociarse a la vida, para inspirarla y dirigirla.

Su exquisita sensibilidad de artista y de pensador le permitían

descubrir, hasta en las cosas más vulgares, puntos de vista superiores.

[24] Solano murió joven a consecuencia de una operación

quirúrgica.

Pero Solano era además un soberbio temperamento de escritor. ¡Un

escritor que no quiso nunca escribir!... De sus brillantes dotes

literarias dan testimonio esos preciosos, y por desgracia escasísimos

artículos científicos y de vulgarización, insertos en los diarios

zaragozanos, y singularmente, el bellísimo discurso de apertura

universitaria acerca de las orientaciones de la química moderna.

* * * * *

Pero volviendo a mis estudios, debo decir que, gracias a tan buenos

maestros, aproveché bastante, es decir, todo lo que mi juicio, todavía

en agraz, y mis continuas escapadas artísticas consentían. Sólo una vez

regresé a mis viejas aventuras de tronera.

Cierto camarada de Huesca llamado Herrera, mozo despejado y algo

camorrista (tuerto de resultas de una travesura), gran admirador de mi

honda, rogóme encarecidamente que, olvidando por un día la _Historia

natural_, le prestase mi concurso en cierto encuentro que debía

efectuarse en las eras del barrio de la Magdalena, entre estudiantes y

femateros, o entre _pijaitos_ y _matracos_. Tuve la debilidad de caer

en la tentación.

Mi honda hizo de las suyas. Descalabré unos cuantos enemigos y

contribuí al triunfo de los _señoritos_, a pesar del refuerzo que a

última hora recibieron los femateros de sus congéneres de la parroquia

de San Pablo. Sin engreirme con la victoria, y ahíto de chiquilladas,

tuve la fortaleza de no reincidir. Cada cosa a su tiempo. Y el de la

informalidad había pasado. Frisaba yo entonces en los diez y siete

años. Mi relativa aplicación me permitió aprobar sin percances el

preparatorio, y matricularme en el primer curso de Medicina.

Por aquella época (creo que fué en 1870) trasladóse mi familia a

Zaragoza. Deseoso mi padre de dar carrera a sus hijos, vigilarlos de

cerca y sustraerse definitivamente a los sinsabores de la práctica

médica rural, hizo ciertas oposiciones a médicos de la Beneficencia

provincial, y, conseguida una plaza, establecióse en la capital

aragonesa, en donde, a poco de su arribo, el sabio clínico y

condiscípulo suyo D. Genaro Casas, a la sazón Decano de la Facultad de

Medicina, le confirió el cargo de profesor interino de disección.

Conocido el entusiasmo de mi padre por la anatomía, y su vocación

decidida por la enseñanza, adivinará fácilmente el lector el celo y

ardor puestos en el desempeño de su cometido y el empeño en convertir a

su hijo en hábil disector.

Hétenos, pues, a los dos metidos en harina, como suele decirse. ¡Y

con maestro tal, cualquiera escurría el bulto! Tres años nos pasamos

en aquella humilde sala de disección, perdida en la huerta del viejo

Hospital de Santa Engracia, desmontando pieza a pieza la enrevesada

maquinaria de músculos, nervios y vasos, y comprobando las lindas cosas

que nos contaban los anatómicos. Ante la imponente losa anatómica,

protestaron al principio cerebro y estómago; pronto vino, empero,

la adaptación. En adelante vi en el cadáver, no la _muerte_, con su

cortejo de tristes sugestiones, sino el admirable artificio de la vida.

A medida que adelantaba en el estudio objetivo del cuerpo humano,

crecía mi curiosidad. «Voy a admirar por fin --me decía-- el

maravilloso microcosmo de los filósofos, el compendio y síntesis

de la creación.» Mi fantasía de aventurero romántico despachábase

a su gusto. Parecíame aquello un África tenebrosa, de la cual sólo

había hasta entonces contemplado el desierto, es decir, el árido

esqueleto. ¡Quizás se encontraba allí la isla ideal con que sueña todo

investigador, ese mundo virgen, prometedor de inacabables sorpresas!...

Conforme pide el método, para no extraviarnos en la selva inextricable

de vasos y nervios, trabajábamos en presencia de los libros, guiados

por el Cruveilhier y el Sappey. Crecía el ardor al compás de las

dificultades, y, pródigos de tiempo (mi padre por entonces tenía pocos

enfermos), consagrábamos a la tarea todo el vagar que nos dejaban, a

mi progenitor la clientela y a mí los estudios de otras asignaturas.

Incansable él, no consentía fatiga en torno suyo.

¡Pobres Sappey y Cruveilhier cuando marraban en una minucia; cuando,

por ejemplo, estimaban constante disposición contingente o anómala,

o no acertaban a describir un órgano con suficiente claridad! «¡Ah

farsantes! --exclamábamos--. Vosotros os copiáis rutinariamente,

describís sin observar». Pero nuestro enojo, un poco irónico, pasaba

pronto, convirtiéndose en admiración en cuanto los venerados textos

acertaban en puntos difíciles. Fuerza es confesar que los descuidos

de aquellos clásicos tratadistas eran excepcionalísimos. El encuentro

de algunos fué, sin embargo, altamente tónico, pues nos trajo la

persuasión alentadora de que la ciencia dista mucho de ser perfecta y

definitiva. Juez supremo e inapelable en nuestras dudas fué el cadáver.

Sólo en sus hojas de carne, mimosamente desplegadas por el escalpelo,

residía la verdad.

Gran provecho saqué de tal maestro y de semejante método de aprender;

que no hay profesor más celoso que el que aprende para enseñar. Mi

lápiz, antaño responsable de tantos enojos, halló por fin gracia a

los ojos de mi padre, que se complacía ahora en hacerme copiar cuanto

mostraban las piezas anatómicas. ¡Qué satisfacción cuando, a fuerza

de paciencia, conseguíamos desprender de su ganga de grasa el diminuto

_ganglio oftálmico_ con sus tenues radículas nerviosas o atisbar en

su escondrijo el enrevesado foco ganglionar _esfeno-palatino_, o, en

fin, perseguir triunfantes, a través de los túneles del _peñasco_, los

sutiles _nervios petrosos_! Con todo ello enriquecía mis apuntes y daba

carácter objetivo a mis conocimientos.

Poco a poco mis acuarelas anatómicas formaron formidable cartapacio,

del que se mostraba orgulloso el autor de mis días. Su entusiasmo

llegó al punto de proyectar seriamente la publicación de cierto _Atlas

anatómico_ iluminado, destinado a dejar, según él, tamañitos a los

famosísimos de Bourgery y de Bonami. Y habría acometido resueltamente

la empresa si la rudimentaria cromolitografía zaragozana lo hubiera

consentido. Por desgracia, la primera prueba ejecutada en casa de

cierto litógrafo conocido mío resultó abominable estampa. Ni fueron

mejores otras copias que años después (allá por los 76 o 77), ya vuelto

de Cuba, publicó nuestro generoso amigo Molina Mergeliza, un millonario

que cursaba la carrera por deporte[25].

[25] En el momento mismo en que corrijo estas cuartillas (10 de

Junio de 1917) me entero por los periódicos del entierro del

viejo amigo. Como veremos más adelante, yo le soy deudor de

algunos importantes servicios.

Desde entonces ¡cuántas veces he deplorado el bochornoso atraso de

las artes gráficas en España! A despecho del más sincero patriotismo,

el hombre de ciencia se ve en el apuro de recurrir al extranjero,

en cuanto necesita reproducir pulcramente alguna lámina anatómica o

histológica.

Para cerrar este capítulo añadiré que, en vista de mi laboriosidad y

relativa pericia en el arte de disecar, al final del primer año se

me otorgó una plaza de _ayudante de disección_. Este cargo oficial,

halagando mi amor propio, fomentó todavía más mis aficiones anatómicas.

Y me consintió, además, agenciarme algunos gajes, dando lecciones

particulares de anatomía práctica.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 25 / 45 题