CAPÍTULO XVIII

Revolución de Septiembre en Ayerbe. -- Ruptura de las campanas. -- El

odio del pueblo a los guardas rurales. -- Mis profesores de Física,

Matemáticas, etc. -- Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el

Álgebra, aunque algo tarde. -- Concluyo el bachillerato.

Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de

Septiembre, suceso que tanta importancia había de tener en la vida

moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida

en todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía

permanecer indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto

el telégrafo trajo la nueva de la batalla de Alcolea, mis paisanos

se sublevaron también, proclamando el credo progresista y creando, a

imitación de las capitales, la indispensable _Junta revolucionaria_.

Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras

horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud

extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en

la plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y

Zaragoza. Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se

oían vítores entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim.

Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el

que, contra la costumbre, la Guardia civil permaneciese encuartelada,

sin meterse con los alborotadores, y que la _Guardia rural_, terror

de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según dijeron,

equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una

consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje

de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que

parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho

personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado

un retén o guardia permanente, que se instaló en el palacio de los

marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja

bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del pueblo, a los que nos

sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la población, marchando a

los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los gritos de

«¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!» Con

las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por

la citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos

de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el

retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y

denuestos de plebe alborotada.

Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento

de cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que

ordenaba «que todas las campanas, menos las de los relojes, fueran

descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el Comité

revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y

las redujo a añicos.

Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y

complacerme como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto

de inútil vandalismo me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué

positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid sus campanas

para acuñar unos puñados de _cuadernas_? Ninguno.

Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los

destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron que rompían

también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos...

que renegaban de fechas inolvidables?...

Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien

que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas.

Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos

organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de

la Guardia rural y bastantes fusiles proporcionados por ardientes

patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana,

Nivela y otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos

democráticos les habían valido, en los ominosos tiempos de González

Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos beneméritos

patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante

la efervescencia y desorden de los primeros días no ocurriera un

solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus odios a la

reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando

guardias, retenes, revistas y ejercicios.

Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y

ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra de

gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía,

cierto carpintero, radical exaltado, apodado _Carretillas_. Antiguo

miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las

formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de

veterano y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración

y envidia. Como era de esperar, el morrión de _Carretillas_ sugestionó

a los chicos, que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo

progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de

quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzados con una

especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral

con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el

mote: ¡Viva la libertad!

En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas

personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario

conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente

los proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia

y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que pudiera

traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la

vida. Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia

de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón de los

desheredados.

Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos

versos son harto significativos:

Ya pensaban los rurales

que nunca s’acabaría

el cobrar los ocho riales

sin saber d’onde salían.

El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe[20] es también

muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de

gritar: «¡Abajo los Borbones!», le preguntaron:

--Pero, ¿sabes tú quiénes son los _Borbones_?

Y el interrogado contestó con aire de profunda convicción:

--¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino... los _rurales_?

[20] Muchos de estos datos los debo a la amabilidad de mi

estimado amigo y condiscípulo Dr. Ricardo Monreal, ilustrado

médico de Ayerbe, que ha querido reforzar mis borrosas

reminiscencias con el rico caudal de sus recuerdos.

¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la

propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por

el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía

territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias

molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la

cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el

ladrón formal del infeliz, que, aguijado por la miseria, cogía en el

monte esparto para hacer un _vencejo_, o arrancaba menguada carga de

aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las dudosas lindes de una

propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados recíprocamente

por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta los

chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto

nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un

árbol, aunque fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental

paliza o formulaban una denuncia en regla, seguida de la multa

correspondiente.

Pese a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los

empigorotados y orondos paladines del individualismo, empeñados en

no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales de

los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que

libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero

que estas dos palabras significan cosas distintas; que la libertad

sólo es un medio para la conquista de la dicha material, la cual no

es patrimonio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre

ejercicio de sus facultades, vienen el _paro_ forzoso y la miseria,

debe resignarse a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la

esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para el pobre

puros _tiquis miquis_, cuando no burlas sangrientas.

Del desdén del proletariado por las conquistas democráticas y el

ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La libertad

de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo

interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan

del ocio indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después

vivir bien y luego cooperar moral y materialmente a la seguridad y

engrandecimiento de la patria. El _primum vivere deinde philosophare_

se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de

la colonia a quien no tiene garantizada la propia? Medicinas, no

libertades, pide el doliente.

Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a nuestro egoísmo,

que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es

esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía

de los fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de

la libre concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre

las víctimas. El liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por

instituciones de tendencia socialista, se traducirá indefectiblemente

para el obrero en la menguada libertad de escoger el amo y la clase de

fatiga que le resulten más llevaderas y menos dolorosas.

Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la zoología y

antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de libertad

completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia

rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de

respetos y amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva de

la civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas

de hormigas, abejas y _termites_. En aras de la regularidad alimenticia

y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el

parasitismo y la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el

_microbio_ y el _amibo_ arrastran una existencia tan ruin y precaria

como breve.

* * * * *

Réstame, para dar término a la narración de mis estudios del

bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan

importantes como la _Física_, las _Matemáticas_ (Geometría,

Trigonometría y Álgebra) y la _Historia natural_.

Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar

la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza

casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y

gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la

_Física_, la _Química_ y la _Historia natural_.

Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas,

amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara

de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática,

_deshuesaba_ las lecciones de ecuaciones e integrales. En cambio,

cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante experimentos

concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad

juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos

aquel en que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y

extraños aparatos de latón, muy especialmente las formidables máquinas

eléctricas de tensión entonces a la moda.

Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los

milagros. La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces

caían bajo el epígrafe general de _fluidos imponderables_), con sus

maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es que las nociones

adquiridas entonces fueron harto elementales.

Arrastrado por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada

la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la admirable _Física

médica_ de Wundt y de la _Óptica fisiológica_ del genial Helmholtz.

Tales estudios, aparte satisfacer inclinaciones imperativas de mi

espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de la visión y del

microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wundt la doctrina de

las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna. Por

cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos,

que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense.

Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes descuidados en

vías de regeneración y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en

sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después autodidácticamente

y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la ausencia

de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de la

_cantidad_ llegué hasta engolfarme en el _Cálculo diferencial e

integral_. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber,

volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de _Geometría_ y

_Trigonometría_, tan distraídamente leídos en Huesca.

Abordando tales estudios episódicamente, durante las horas libres

que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico aprovechó para

_comprender_, pero no para _retener y dominar_ el alto cálculo.

Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático,

esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo

de ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tratados

modernos de física, ha de consagrar a este orden de estadios la

totalidad de sus esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la

época admirablemente plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los

veintiún años, amén de rendir después a dichas tareas asiduo culto.

Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de

_oculística_ y de _hidráulica_ (estudio físico de la circulación de

la sangre, determinación de las aberraciones de refracción del ojo,

etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo. Esencialmente

descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusivamente

sobre la _cualidad_, que escapa a toda determinación cuantitativa.

Mucho he deplorado después el tiempo neciamente perdido en el

bachillerato y durante el año del preparatorio. No culpo de mi

desaplicación a mis beneméritos profesores del Instituto oscense y de

la Facultad de Ciencias de Zaragoza. De mi penuria matemática --que

después he tratado de reparar-- fueron, ante todo, responsables mis

irresistibles tendencias objetivas, aparte maleantes distracciones.

Séame, empero, lícito expresar que en mi desdén por la ciencia de

Viète, Descartes y Lagrange y Euler, colaboró también el desdichado

método de enseñanza seguido en los Institutos. Rindiendo culto al

hábito general, y por sumisión al método de los textos, que entonces

--si no recuerdo mal-- se imponían de Real orden, nuestros profesores

de Matemáticas se dirigían casi exclusivamente a la memoria de sus

discípulos. La forma de exposición, excesivamente austera y abstracta,

desdeñaba todo antecedente histórico y todo ornamento anecdótico,

susceptibles de promover el gusto y atraer el interés del oyente. No es

de extrañar, pues, que la mayoría de los alumnos oyéramos las reglas,

teoremas y corolarios con absoluta indiferencia, a veces con tedio

mortal. Nuestros rutinarios profesores parecían empeñados en hacernos

creer que las nociones geométricas y algébricas representan inútiles

cavilaciones de hombres ociosos, sin más interés práctico que algunas

vulgares aplicaciones a la contabilidad mercantil, a la agrimensura y a

la arquitectura.

Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años no tuve yo idea

de la enorme transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo bien

cómo fué ello. Disponíame a leer las celebradas obras de Laplace (que

figuraban en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza), y deseoso

de prepararme para comprenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar

algunos libros de vulgarización astronómica, entre otros, los tan

conocidos y populares de Flammarion y algunos de J. Fabre, el genial

observador de los insectos.

Los libros de Flammarion me deleitaron mucho, pero no saciaron

plenamente mi afán de comprender. Encuéntranse en ellos lirismo

desbordante, emoción comunicativa, descripciones pomposas, pero pocas

demostraciones. En cambio, el pequeño Manual de Fabre, titulado

_Le ciel_, fué para mí luminosa revelación. Aquí campea también la

retórica, usada con discreción y mesura (sabido es que el «_príncipe de

los insectos_» fué excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas.

Y en todas las páginas del libro late la preocupación de iniciar al

principiante en el mecanismo esencial de los métodos geométricos, con

ayuda de los cuales fueron descubiertas las estupendas verdades de la

cosmografía y astronomía[21].

[21] A causa de la maravillosa aptitud de Fabre para iniciar a la

juventud en el estudio de las ciencias, el ministro Duruy, que le

conocía bien, quiso nombrarlo preceptor del príncipe imperial;

pero no lo consiguió porque el _Solitario de Sérignan_ no tenía

madera de cortesano.

Allí, en aquel librito, que principia con la definición de un

triángulo y acaba con la demostración de las más sublimes conquistas

astronómicas, me reconcilié al fin con la desdeñada _Geometría_ y con

la execrada _Trigonometría_. Allí advertí con asombro que la _ciencia

del espacio_, sin más instrumentos que un _grafómetro_, algún jalón y

unas cuantas líneas trazadas sobre el papel, había dado cima a proezas

del tenor siguiente: medir la dimensión y determinar la forma real

de la tierra; fijar la distancia y el tamaño de la luna; averiguar

el volumen y lejanía del sol; determinar la forma de las órbitas

planetarias, etc. Y, descendiendo a más modestas empresas: conocer la

elevación y anchura de una torre o de una montaña sin remontarlas;

averiguar la amplitud de un río sin vadearlo, fijar la posición de un

barco perdido en el mar, etc., etc.

Y todas estas estupendas hazañas habíalas realizado --repito-- la maga

_Geometría_, con métodos tan sencillos como elegantes; plantando un

jalón, midiendo una base, trazando en el papel los ángulos formados por

la visual del objeto y la dirección de aquélla (cuando se trata de la

determinación de la distancia de la luna, la base, naturalmente, debe

ser enorme, casi un meridiano completo). En conclusión; todo consistía

en recomponer figuras ideales a medio trazar, en completar hábilmente

triángulos mutilados, ofrecidos pródigamente por la naturaleza, como

otros tantos llamamientos a nuestra curiosidad. En especial, la

ingeniosísima demostración geométrica de la distancia del sol, dada

hace más de dos mil años por Hiparco de Samos, me llenó de ingenua

admiración. Ciertamente, la trigonometría nos proporciona hoy métodos

mucho más exactos y hacederos para la resolución de éste y de otros

magnos problemas; justo es reconocer, sin embargo, que el astrónomo

griego, al revelarnos el sublime poder de la geometría, fué de los

primeros que abrieron el camino.

Y entrando en otro orden de aplicaciones, supe también, con igual

asombro, que aquellas _curvas_, cuyas propiedades y ecuaciones tanto

nos aburrieron en el Instituto (la _elipse_, la _parábola_, la

_hipérbola_), _coinciden casual y milagrosamente_ con las órbitas

de los astros y las trayectorias de los móviles; que los triviales

cuadritos de _coordenadas_ y _abscisas_, tan menospreciados a los

catorce años, sirven para presentar, gráfica y clarísimamente, la

trayectoria de un móvil, y en general, la marcha de un fenómeno en

función de espacio y tiempo; en fin, que aquellas enrevesadas y, al

parecer, inútiles ecuaciones del álgebra, expresan también, por otra

_estupenda casualidad_, las relaciones cuantitativas de muchas leyes

físicas y hasta biológicas.

En conclusión: caí un poco tarde en la cuenta de que las verdades

matemáticas, que rutinarios y secos pedagogos consideran, no sin

cierta aristocrática infatuación, cual construcción deductiva

(cadena de verdades cuyo primer eslabón se hunde en la esencia del

espíritu), surgida _a priori_, a espaldas y hasta con menosprecio

de la experiencia, representan, por el contrario, imposición

ineluctable del mundo objetivo, algo así como la quinta esencia de los

conceptos derivados de la percepción y escrupulosamente depurados de

contingencias, a fin de que la lógica racional pueda manipularlos ágil

y cómodamente. Y, sabido esto, no me sorprendió ya que los axiomas y

fórmulas de la geometría y del álgebra se acoplen tan estrechamente a

la realidad exterior, puesto que, en último análisis, de la realidad

proceden.

Pero tan luminosas verdades penetraron --insisto-- harto tardíamente en

mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni brillante.

La _Historia natural_ me gustó casi tanto como la Física; pero no

sació, sino muy imperfectamente, mis apetitos intelectuales. Con

tedio consideraba aquellas bárbaras nomenclaturas y complicadas

clasificaciones, tan abrumadoras para la memoria como refractarias a la

lógica; la fatigosa enumeración de los caracteres externos de plantas

y animales, y los criterios harto arbitrarios de la determinación de

las especies. Verdad es que entonces no había nacido o no se había

divulgado entre nosotros el evolucionismo, única doctrina susceptible

de introducir algún orden, claridad y comprensión en el caos de los

fenómenos biológicos.

Bastante más tarde, allá por los años 74 o 75, llegaron a mi noticia

las obras fundamentales de Lamarck, Spencer y Darwin, y pude saborear

las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente exageradas hipótesis

biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la

primera refutación del famoso libro del _Origen de las especies_ de

Darwin, llegada a mis manos, fué escrita por Cánovas del Castillo!...

Tratábase de cierto discurso de Ateneo, tan briosamente escrito

como flojamente documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno de los

fervientes admiradores del insigne estadista.

Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato,

séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del

Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos

académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de

España fué uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo

Monreal, Tobeñas y otros, formaba la grey de los muchachos formales y

aplicados; empero, de vez en cuando, su natural inquieto y un tanto

aventurero le arrastraba a tomar parte en nuestras zalagardas. En las

siguientes consideraciones, publicadas en _El Liberal_ hace ya muchos

años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el presente libro:

«=La isla de Cajal.=--El anuncio de la publicación de la

autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar vivamente

la época en que lo conocí.

Y la recuerdo por un detalle singular.

El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo

año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto

de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del

montón.

Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que

ya puede llamarse su personalidad histórica.

Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que

no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es

constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme

voluntad, de su esclarecido intelecto.

No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo.

Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se

aislaba siempre que podía y que por su actitud de reconcentración

reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los

caracteres que, según Juan Huarte --otro escolar de la Universidad

de Huesca--, llaman los toscanos _caprichosos_ por su semejanza

con las cabras, que viven aisladas en los cerros.

Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún

catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!

El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni

estímulo.

Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio.

Su inclinación era muy otra.

Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre,

solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo

secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas

expediciones sentía siempre la contrariedad de tener que volver...

La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome

una novela que escribía e ilustraba.

No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante.

Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la

clasificaría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio,

la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la

continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la

flora, la fauna y los salvajes pobladores.

Todo esto no tendría nada de particular en la historia del

autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer

literatura, el fantasear y también el hacer _monos_, aunque se

hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el

mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.

Lo importante es que la novela coincida con la acción personal,

y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un

resultado efectivo.

Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la

representamos juntos más de una vez.

Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares,

caracterizó la escena del naufragio.

En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se

vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo

de la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando

con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.

No fué un juego, fué una representación.

Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela

se realizara.

Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y

avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces,

conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de

correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con los

hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición

motivadora: la de salir suspensos, la de perder curso.

Éramos tres[22]. Yo fuí el único a quien la condición no le

comprometía; pero asistí lleno de inquietudes a los preparativos

de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí con los

ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena

semejante.

[22] Alude a la escapatoria camino de Zaragoza. En realidad, los

expedicionarios fuimos cuatro y, naturalmente, de lo peorcito del

curso.

Sin poderlo disimular rompí en llanto de desesperación, y

alarmados mis padres les tuve que decir entre sollozos lo que

les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban.

Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción

empezara a no tener éxito.

Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi

compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron

sus descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que

entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los

descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de

asunto.

Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida,

y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis

directriz.

¡Lo que importa es creer y poder!

Así fueron los conquistadores y descubridores en la epopeya del

descubrimiento de América.

Así son los investigadores científicos.

En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la idea

semilegendaria de las aventuras náuticas.

Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó

victoriosamente.

¡La isla existía!

En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se

encuentra efectivamente la _Isla de Cajal_.»

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 24 / 45 题