Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la
fotografía. -- Mi iniciación en los estudios anatómicos. -- Saqueo
macabro. -- La memoria de las cosas y la de los libros. -- La aurora
del amor.
No deja de ser instructivo conocer la actitud del niño en presencia de
las grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar
tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdadera
vocación.
Fué el _ferrocarril_, entonces novísimo en España, el primero de mis
asombros. Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a
Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia.
Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de
setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien,
después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse
al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudevar) el
trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era
entonces consumado jinete).
Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente.
Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible
descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos[19].
Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de
mi ánimo, preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren,
experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana
hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable
artilugio era poco tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente
y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas,
palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal
apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón.
Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros
de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de
hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo
sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa
impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos,
negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al
anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al
reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles,
roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y
rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente,
doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por
completo...
[19] Este siniestro acaeció precisamente el día que se inauguró
la línea de Tardienta a Huesca.
Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no me embarco!...
Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal antepasado,
quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia.
Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices.
Encontréme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas,
gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas.
Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto:
la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado
a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata interminable de
aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo, trajinantes
polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo avanzábamos,
me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de viajar.
Llegados a Vicien, mi tranquilidad era completa.
En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño,
entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico
descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo
e irrefrenable _hacia lo desconocido_, cuando se presenta con aspecto
imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen los
psicólogos, de un _instinto humano primario_, modificable, sin embargo,
a impulsos de la razón y de la experiencia.
Más adelante, libre de emociones deprimentes, admiré la admirable
creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia
social. Repitamos una idea, convertida actualmente en vulgarísimo lugar
común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la ciencia
(el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación,
etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia,
suprimiendo el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable
curiosidad, y de enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas
de nuevas y gratísimas sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino
el presentimiento, bastante obscuro, de tan grandiosas perspectivas.
Ante los crecientes milagros de la industria moderna, se me ocurre
hoy esta duda: El pequeño cerebro humano, organizado en vista de una
vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado para encerrar escaso
número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar impunemente la
sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas maneras de
sentir, gozar y conocer?
* * * * *
La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que
en 1868, en la ciudad de Huesca. Ciertamente, años antes había topado
con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda
de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal,
practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre.
Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran
necesarios varios minutos de exposición.
Pero el daguerreotipo se transformó rápidamente en la invención
admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método,
las materias fotogénicas empleadas eran el _yoduro_ y _bromuro de
plata_, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban
veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un
buen _clisé_. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase
conseguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas,
ya que de una _negativa_ se sacaban en papel cuantas _positivas_ se
desearan.
Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude
penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro. Ello fué en Huesca.
Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa
iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir
con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables
a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel
albuminado, destinado a la imagen positiva.
Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una
de ellas, la _revelación_ de la imagen latente, mediante el ácido
pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa me parecía
sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en
la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la
cámara obscura, residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto
a aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud
prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé y ese como alarde
analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas más
difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque
hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna,
guijarro o cabello!...
Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros
sin la menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual.
De la contestación a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos
les tenía completamente sin cuidado la teoría de la _imagen latente_.
Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme
solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que
esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre.
¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de conocimiento científico
en pleno siglo XIX!... ¡Pero entonces el mundo está lleno de
enigmas, de cualidades ocultas, de fuerzas desconocidas!... Por
consiguiente, la ciencia, lejos de estar agotada, brinda a todos con
filones inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora
del conocimiento de la naturaleza; puesto que nos rodea aún nube
tenebrosa, sólo a trechos rasgada por la humana curiosidad; si, en
fin, el descubrimiento científico se debe tanto al genio como al
azar..., entonces todos podemos ser inventores. Para ello bastará jugar
obstinada e insistentemente a un sólo número de esta lotería... Todo es
cuestión de paciencia y perseverancia...
Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo menos de estampar una
reflexión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado
temprano! Los que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la
niñez y adolescencia, ¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías
de nuestra edad pueril y, sobre todo, las de nuestros queridos
progenitores en plena florescencia de energía y juventud? ¡Qué dicha
sería contemplar ahora la lozana belleza de nuestras madres, de
quienes cuantos pasamos de los sesenta recordamos tan sólo la efigie
desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la maternidad en
complicidad con las injurias del tiempo!...
De cualquier modo, el conocimiento rudimentario adquirido en Huesca del
mecanismo fotográfico fué el _primum movens_, andando el tiempo, de una
pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y cinco. Conforme
notaremos más adelante, el cultivo de la cámara obscura, además de
servir de sucedáneo a vehementes y nunca satisfechas apetencias
artísticas, fué en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de
pretericiones e injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias
físicas y morales.
* * * * *
El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los
estudios anatómicos.
Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre había sido, durante su
carrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la anatomía humana.
Solía decir que los éxitos quirúrgicos debíanse, más que a la lectura
de los libros, a la exploración de los cadáveres.
Importa recordar, para comprender lo que sigue, que aquellos tiempos
eran la edad de oro de la cirugía artística, de precisión y escamoteo.
Frescos aún los laureles conquistados en Francia por Velpeau y Nélaton,
y en España, por Argumosa y Toca, los médicos noveles, expertos en
achaques de disección, salían del aula resueltos a emular, con nuevas
audacias operatorias, la gloria de tan altos maestros. Y fuerza es
confesar que la empresa era entonces más ardua que hoy. Antaño los
héroes del bisturí triunfaban solamente cuando se habían tomado
el trabajo de escudriñar el organismo hasta en sus más recónditos
repliegues. Pero hogaño, gracias a las conquistas de la asepsia y de
la anestesia, el cirujano se atreve a todo; porque sabe que si logra
impedir la agresión de los microbios del pus, de la erisipela, el
tétanos y la septicemia, la piadosa naturaleza perdonará los pecados
artísticos y distracciones anatómicas cometidos.
Ocioso es advertir que en aquella época no había nacido la
microbiología. Ni Pasteur ni Koch habían dado a luz sus descubrimientos
inmortales, de que tan bien ha sabido aprovecharse el arte operatoria.
La garantía del éxito dependía, pues, casi enteramente de la pulcritud
y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad
con que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de
desflorar la virginidad de los órganos, la complicada máquina viviente.
El operador de buena cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la
marcha del bisturí a través del dédalo de músculos, nervios y vasos,
con la misma precisión con que prevé el artillero, al desarrollar sus
ecuaciones, la trayectoria de un proyectil.
Después de lo dicho, hallará natural el lector que mi padre resolviera
aficionarme a la anatomía harto tempranamente. Fundándose, sin duda, en
el aforismo vulgar «quien da primero da dos veces», decidió inculcar
a su hijo, inmediata y vigorosamente, las nociones eminentemente
intuitivas de la osteología humana.
«Pesado y árido te parecerá el estudio de los huesos --me decía--;
pero hallarás en él, por compensación, introducción luminosa al
conocimiento de la medicina. Casi todos los médicos adocenados lo
son por haber flaqueado en los comienzos. El estudiante que aprende
concienzudamente los huesos, toma gusto al estudio de músculos, vasos y
nervios; quien domina la anatomía halla fáciles y llanas la fisiología
y patología; en fin, el que ha profundizado la máquina sana y enferma,
resulta en definitiva médico óptimo y prestigioso cirujano. Y sabe de
cierto que la anatomía es más necesaria al cirujano que al médico.
La patología interna tiene no poco de ciencia contemplativa; al modo
de la astronomía, prevé eclipses que no sabe evitar; mientras que la
patología externa, como ciencia de acción y de dominio, a todo se
arroja, mudando y suspendiendo a capricho el curso de los procesos
orgánicos. Y quisiera persuadirte eficazmente de que tu provecho y
conveniencia se cifran en ser cirujano y no médico; porque has de
notar que las gentes agradecen el trabajo, no en razón del mérito
intrínseco, sino de la evidencia del servicio y de lo cruento y audaz
de la intervención. Para los efectos del premio existirá siempre entre
el cirujano y el médico la misma relación que entre el diplomático y
el caudillo. Quien persuadiendo triunfa, granjea opinión, no libre
de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la envidia
misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla
sin alcanzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante
la gloria roja! Un poco de sangre realza el esplendor del éxito,
marcándolo con el cuño de la popularidad.»
Por estas razones, que traduzco naturalmente con amplia libertad, fué
demostrada la supremacía científica y social de la cirugía sobre la
medicina, y quedó justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi
educación anatómica, comenzando por la osteología, base y fundamento
de todo el edificio médico. Tengo para mí que el futuro _disector_ de
Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador
modesto, pero tenaz y activo que vine a ser andando el tiempo, fueron
el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un
granero. A casi todos los hombres les sucede lo mismo. La jerarquía
social, así como la función peculiar desempeñada en la vida colectiva,
dependen, a menudo, de una viva y persistente sugestión producida en
la adolescencia; acción inductora, baladí en sí misma, pero que a
la manera de la aguja del guardafreno, tuvo la virtud de encarrilar
definitivamente nuestra actividad y de marcar rumbo definitivo a
la obra del porvenir. Lo que no logró mi padre, según veremos más
adelante, es que su hijo resultara renombrado cirujano ni siquiera
clínico mediocre.
Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material
científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré
aquí en algunos pormenores.
Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido
crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz. Sabía harto que la
naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación directa, sin
velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa que
índices de nombres y clasificaciones de hechos.
Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche
de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y
asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del
terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la
hierba, varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o
desahucios en masa que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de
espacio, imponen los vivos a los muertos.
¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de
aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche,
aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales
trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como
el armazón de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la
emoción, y temerosos de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos
comienzo a la colecta, escogiendo en aquel banco de humanas conchas los
cráneos, las costillas, las pelvis y fémures más enteros, nacarados y
rozagantes. Preferíamos las calaveras blancas y jóvenes, cuyos huesos,
como las ideas, se habían mantenido elásticos y movibles, a las cabezas
duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas.
Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la
espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame percibir, en
el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los
difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos
atajara el paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte.
Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso, tan grata a mi
enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel episodio
macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera
apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el
inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos.
En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés
fué el libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el
Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la tierra de
promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró
todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes
de la conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada
una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la
_sensibilidad analítica_, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado
y nuevo en lo al parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó
por reparar en la morfología interior y exterior de cada pieza del
esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar las inertes conchas del
organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que las agitaron y
las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso velamen,
el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La
carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne.
Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas
manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para mi sensibilidad,
la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de cosas
objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad
que se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban
más positivos y patentes que la dialéctica de D. Ventura y las
lucubraciones de la metafísica. Sentía, además, especial delectación
en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza, el reloj orgánico, y
esperaba entender algún día algo de su intrincado mecanismo.
Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió,
al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del
Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían
contado. Y en los optimistas vaticinios que todo padre gusta hacer
sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería
reducido a vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de
vestir, andando el tiempo, la honrosa toga del maestro!
Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo --harto
excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro-- cuando,
en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis
conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente:
¿Qué órganos pasan por la _hendidura esfenoidal_ y el agujero _rasgado
posterior_? ¿Con qué huesos se articula la _apófisis orbitaria_ del
palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler,
tocar cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la _cresta del
ilíaco_ y en la _línea áspera_ del fémur? Y otras mil cuestiones
de este jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los
circunstantes.
Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba
plaza --y así era la verdad-- de poco memorioso, hubiese logrado
retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres
enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones
de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! --solía exclamar con acento
entre severo y acariciador-- tu falta de memoria es la excusa con que
pretendes disculpar tu gandulería.»
En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según dejo apuntado ya, mi
retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los
conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se atenuaba mucho
en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas con
alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy
bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que
se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un
objeto reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia
de excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel
equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer
en las cosas; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir.
Todavía no he olvidado, después de cerca de cincuenta años, la anatomía
aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las imágenes del
_etmoides_, del _esfenoides_, del _coronal_, etc., danzan en mi caletre
con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada sería más fácil
para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos. Cuéntase
que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos
importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se
descubriese un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos
cuya utilidad pasó o perdió casi del todo su primitiva importancia.
Tales representaciones álzanse en la mente con la firmeza y perennidad
de construcciones ciclópeas, ocupando en el cerebro un terreno
que desearíamos conservar vacío para registrar y organizar nuevas
adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa lugar» es
uno de los mayores desatinos que han podido decirse.
* * * * *
Para que no sea todo referir monótonas aventuras de chicuelo o
discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a
guisa de _intermezzo_ sentimental, de lo que, con frase espiritual,
designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la _aurora del amor_, es
decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros
años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.
Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas
Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las largas
noches invernales, junto al hogar, en unión de algunas amigas íntimas.
Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera llamábase María.
Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y soñadores,
mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves ondulaciones
del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras para
breve plazo de espléndida floración de mujer.
Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando
por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me
era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me
contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada
de algún mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre
mí irresistible ascendiente. Érame grato prodigarla mil atenciones y
menudos servicios. Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a
ser bordados; regalábala dulces y estampas; prestábala, cuando podía,
algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus gustos,
defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con
sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla
hasta su casa.
Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud
tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual.
Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que,
no obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase
bastante atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes
fervorosamente entregados a los ejercicios físicos.
Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración
explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza
me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes,
esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan
fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este mundo
hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve
además todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel
desengaño. ¡Preferible es la reserva y la indecisión alimentadoras de
la esperanza!... De este modo la fantasía desatada puede forjar las más
gratas ilusiones.
Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno día pasional, y menos
en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es
perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su
constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede,
por tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario
en el joven: el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún
años señálase por honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar
radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para seguir carrera y
labrarse un porvenir; por consiguiente, ve asediada su sensibilidad por
toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que distracciones y olvidos
malogren encariñamientos tempranamente comenzados!...
Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores me asaltaran,
sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así, pues,
la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria.
Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla
y hablarla; pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin,
cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus
padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela
de muchos nietos.
La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en cierne. Séame
permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso
romanticismo.
Cuentan los naturalistas que la hembra de la _efémera_, llegada la fase
de mariposa, renuncia a alimentarse (carece de órganos digestivos o los
tiene notablemente atrofiados), entregándose exclusiva y fervorosamente
al amor. Grácil, elegante, aérea, despliega solamente sus poderosas
alas a los efectos del vuelo nupcial; sus ojos grandes y de admirable
arquitectura sírvenle no más para descubrir y contemplar al codiciado
amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de la especie,
el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia
existencia.
Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo, que debía ser la
mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más preocupación
que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo, con
ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo
de anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color sana, las
mejillas turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre,
la perfecta ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis
ojos!...
[Ilustración]