CAPÍTULO XVI

Vuelta al estudio. -- Matricúlome en dibujo. -- Mis profesores de

Retórica y Psicología. -- Impresión causada por las enseñanzas

filosóficas. -- Una travesura desdichada. -- En busca de aventuras.

Había transcurrido un año de mi vida zapateril cuando mi padre,

satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado de

mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle

sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme

en dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica,

y sobre todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales.

Accedió, por fin, no sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi

quietud y formalidad en lo futuro, asentóme de mancebo en la barbería

de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis

recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia

sagrada, Latín y Retórica y Poética.

Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué

con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria

fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las

figuras enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los

tres meses agoté la colección oficial de modelos litográficos. Mi

profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición

pictórica, puso galantemente a mi disposición sus colecciones privadas

de dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar

durante las veladas invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos

resultaba la citada labor, en la cual me pasaba, infatigable, los días

de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las nobles líneas

de los héroes griegos y la expresión beatífica de las espirituales

madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la satisfacción

del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero; la

felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de

ideal en las puras corrientes de la belleza clásica.

Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado

sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y por

último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de

mis trabajos, considerándome --según declaró más de una vez-- como el

discípulo más brillante de cuantos habían pasado por su Academia.

Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según era de esperar,

llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota de

_sobresaliente_ y premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente

maestro hizo más: se tomó la molestia de visitar a mi padre en Ayerbe,

a quien instó encarecidamente para que, sin vacilar un momento, me

consagrara al hermoso arte de Apeles, en el cual me esperaban, en

su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor, extremó

los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué

persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas

de su retoño había algo más que pasajero dilettantismo.

No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho

la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien con mis gustos

y tendencias. El _retórico_ don Cosme Blasco (hermano del ilustre

escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y atildada,

bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte

exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de

estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección

a todos; tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a

ellas nos ordenaba en los bancos. Yo salía casi siempre airoso de

las conferencias; sin embargo, a despecho de mis buenos deseos, no

conseguí pasar nunca del segundo o del tercer lugar. El puesto de

honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes que, a la

aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva verbal

y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos[17]. Ese

don exquisito que los psicólogos modernos llaman _memoria espontánea

u orgánica_; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces

inconexas; ese precioso capital orgánico, archivo de la razón,

descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cualidad

en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad

de retener corresponde casi exclusivamente a la _memoria lógica o

sistemática_, que se nutre con la atención y asociación, y opera

solamente a condición de establecer concatenación natural y lógica

entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido

bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un

texto científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa

facilidad las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al

evocarlas en la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de

forma y de matiz. Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o

propiedad de la reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt,

James y otros psicólogos, a saber: que el recuerdo o imagen no es mera

copia de la percepción, sino nuevo acontecimiento mental, resultado

de síntesis especial que entraña elementos preexistentes añadidos.

La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de contribuir a

desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de que

me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público,

renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal

para mi carrera?

[17] Nuestro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que

llegó y no pasó de médico militar. Jamás pudimos arrancarle el

número primero de la clase.

Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy, mirando las cosas de

más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como una fortuna.

El talento oratorio --que se nutre, como es sabido, en el terreno de

una gran retentiva de voces y giros retóricos-- como la hermosura,

representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a

la holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición

de orador «_vir bonus dicenti peritus_» debía ser sustituída por

esta otra: «el que es capaz de hablar bien de lo que no entiende». Y

pudo añadir que muchas de nuestras celebridades oratorias, al verse

aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo, acaban por encontrar

superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede ser

baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso.

Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición del ánimo

y por mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos,

estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta asignatura,

D. Vicente Ventura, era maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal

deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de profundo

sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en

la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras

traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del

filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo,

de vibrantes apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el

error materialista y la impiedad protestante. Ferviente admirador de

la escolástica, para él no habían existido sino dos grandes genios

filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando, arrastrado

por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como chupa de

dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire.

Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de

una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les

censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los

racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.

Arma dificilísima de esgrimir es la indignación retórica. A poco que

se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud abandona al

orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en víctima.

Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar

el _trop de zèle_ del diplomático francés y la ley psicológica de

la _inversión de los efectos_, comparable a la fisiológica de la

producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas

diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas

habrán propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado?

Me gustaría saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber!

Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia,

no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por

aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental.

Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en

Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el

razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara

con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos

métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las

alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales

y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que

debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles

postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con

argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de

Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida

común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas

de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre

infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las

afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme

sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad

reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente,

estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que

la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente

a la aprehensión del entendimiento humano.

Pero dejemos estas digresiones[18], impropias de una autobiografía, y

reanudemos el hilo de la narración.

[18] Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas

reflexiones tocantes a cuestiones psicológicas y metafísicas

(problema crítico, criterios de certeza, fronteras entre el _yo_

y el _no yo_, tipos intelectuales, etc.), que figuraban en la

primera.

Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales

esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró

mis esperanzas.

Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no

lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia

recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos

de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía

tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a

las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y

carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el

diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de

mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica,

D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados,

prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador

--lo confieso-- hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y

sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la

legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma,

la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño,

apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios

chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes

y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad

el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura,

acompañando el acto con toda suerte de dicterios.

Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos

llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del

fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada

coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.

Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse

escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los

chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad

si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la

caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno

de sus amigos más estimados!...

¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente

día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en

un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera

de sí!

Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de

emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero,

con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en

lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y

por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la

descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La

indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas,

arrojóme violentamente del aula... Era preciso --según decía-- que la

oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño.

Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de

aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me

admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante

mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los

suspensos por derecho propio.

No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al

estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos --el hoy

ilustre Salillas, entre otros-- fueron testigos de las largas horas

pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el

jugo oculto en los conceptos enrevesados de _substancia y accidente_,

_esencia y existencia_, _transcendencia e inmanencia_.

Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me

propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir

airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo,

tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de

fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como

los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador

pusiese el cebo en el _principio_ del artificio pirotécnico, y en que

la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se

mojó.

Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura,

presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y

aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y

dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:

«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de

examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda

acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada

rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión,

califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que

en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de

su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de

truhanes y a la befa del populacho.»

Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen,

y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado

atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme

la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi

vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. --Hace usted

muy mal --me respondió con agrio gesto uno de los jueces-- desconfiando

de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están

muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si

positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»

Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el

texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para

obtener el _aprobado_, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción

que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna,

metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más

de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces

me despidieron satisfechos.

A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la

agradecí y no la olvidé nunca.

¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa?

¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a

un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada

gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis

maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes

desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia...

Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles

el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos

lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los

proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza,

sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de

aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban

imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la

providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...

En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como

el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado

Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío

suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos

solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con

baile y algazara en la plaza y _mayos_ en las calles. Satisfecho de ver

a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro

nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos

diez horas de un tirón.

Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas

tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito

de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los

románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del

baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado

en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.

Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos

sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al

honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas

perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante

nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica,

el sombrío pasado al glorioso porvenir...

Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de

ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la

negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de

Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 22 / 45 题