Vuelta al estudio. -- Matricúlome en dibujo. -- Mis profesores de
Retórica y Psicología. -- Impresión causada por las enseñanzas
filosóficas. -- Una travesura desdichada. -- En busca de aventuras.
Había transcurrido un año de mi vida zapateril cuando mi padre,
satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado de
mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle
sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme
en dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica,
y sobre todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales.
Accedió, por fin, no sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi
quietud y formalidad en lo futuro, asentóme de mancebo en la barbería
de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis
recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia
sagrada, Latín y Retórica y Poética.
Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué
con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria
fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las
figuras enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los
tres meses agoté la colección oficial de modelos litográficos. Mi
profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición
pictórica, puso galantemente a mi disposición sus colecciones privadas
de dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar
durante las veladas invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos
resultaba la citada labor, en la cual me pasaba, infatigable, los días
de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las nobles líneas
de los héroes griegos y la expresión beatífica de las espirituales
madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la satisfacción
del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero; la
felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de
ideal en las puras corrientes de la belleza clásica.
Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado
sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y por
último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de
mis trabajos, considerándome --según declaró más de una vez-- como el
discípulo más brillante de cuantos habían pasado por su Academia.
Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según era de esperar,
llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota de
_sobresaliente_ y premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente
maestro hizo más: se tomó la molestia de visitar a mi padre en Ayerbe,
a quien instó encarecidamente para que, sin vacilar un momento, me
consagrara al hermoso arte de Apeles, en el cual me esperaban, en
su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor, extremó
los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué
persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas
de su retoño había algo más que pasajero dilettantismo.
No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho
la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien con mis gustos
y tendencias. El _retórico_ don Cosme Blasco (hermano del ilustre
escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y atildada,
bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte
exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de
estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección
a todos; tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a
ellas nos ordenaba en los bancos. Yo salía casi siempre airoso de
las conferencias; sin embargo, a despecho de mis buenos deseos, no
conseguí pasar nunca del segundo o del tercer lugar. El puesto de
honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes que, a la
aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva verbal
y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos[17]. Ese
don exquisito que los psicólogos modernos llaman _memoria espontánea
u orgánica_; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces
inconexas; ese precioso capital orgánico, archivo de la razón,
descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cualidad
en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad
de retener corresponde casi exclusivamente a la _memoria lógica o
sistemática_, que se nutre con la atención y asociación, y opera
solamente a condición de establecer concatenación natural y lógica
entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido
bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un
texto científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa
facilidad las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al
evocarlas en la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de
forma y de matiz. Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o
propiedad de la reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt,
James y otros psicólogos, a saber: que el recuerdo o imagen no es mera
copia de la percepción, sino nuevo acontecimiento mental, resultado
de síntesis especial que entraña elementos preexistentes añadidos.
La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de contribuir a
desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de que
me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público,
renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal
para mi carrera?
[17] Nuestro modelo de estudiantes aplicados era Arizón, que
llegó y no pasó de médico militar. Jamás pudimos arrancarle el
número primero de la clase.
Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy, mirando las cosas de
más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como una fortuna.
El talento oratorio --que se nutre, como es sabido, en el terreno de
una gran retentiva de voces y giros retóricos-- como la hermosura,
representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a
la holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición
de orador «_vir bonus dicenti peritus_» debía ser sustituída por
esta otra: «el que es capaz de hablar bien de lo que no entiende». Y
pudo añadir que muchas de nuestras celebridades oratorias, al verse
aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo, acaban por encontrar
superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede ser
baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso.
Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición del ánimo
y por mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos,
estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta asignatura,
D. Vicente Ventura, era maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal
deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de profundo
sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en
la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras
traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del
filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo,
de vibrantes apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el
error materialista y la impiedad protestante. Ferviente admirador de
la escolástica, para él no habían existido sino dos grandes genios
filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando, arrastrado
por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como chupa de
dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire.
Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de
una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les
censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los
racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.
Arma dificilísima de esgrimir es la indignación retórica. A poco que
se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud abandona al
orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en víctima.
Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar
el _trop de zèle_ del diplomático francés y la ley psicológica de
la _inversión de los efectos_, comparable a la fisiológica de la
producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas
diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas
habrán propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado?
Me gustaría saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber!
Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia,
no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por
aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental.
Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en
Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el
razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara
con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos
métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las
alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales
y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que
debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles
postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con
argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de
Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida
común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas
de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre
infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las
afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme
sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad
reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente,
estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que
la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente
a la aprehensión del entendimiento humano.
Pero dejemos estas digresiones[18], impropias de una autobiografía, y
reanudemos el hilo de la narración.
[18] Omito en la presente edición, por inoportunas, ciertas
reflexiones tocantes a cuestiones psicológicas y metafísicas
(problema crítico, criterios de certeza, fronteras entre el _yo_
y el _no yo_, tipos intelectuales, etc.), que figuraban en la
primera.
Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales
esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró
mis esperanzas.
Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no
lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia
recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos
de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía
tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a
las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y
carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el
diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de
mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica,
D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados,
prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador
--lo confieso-- hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y
sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la
legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma,
la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño,
apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios
chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes
y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad
el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura,
acompañando el acto con toda suerte de dicterios.
Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos
llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del
fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada
coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.
Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse
escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los
chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad
si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la
caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno
de sus amigos más estimados!...
¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente
día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en
un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera
de sí!
Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de
emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero,
con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en
lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y
por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la
descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La
indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas,
arrojóme violentamente del aula... Era preciso --según decía-- que la
oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño.
Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de
aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me
admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante
mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los
suspensos por derecho propio.
No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al
estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos --el hoy
ilustre Salillas, entre otros-- fueron testigos de las largas horas
pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el
jugo oculto en los conceptos enrevesados de _substancia y accidente_,
_esencia y existencia_, _transcendencia e inmanencia_.
Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me
propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir
airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo,
tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de
fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como
los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador
pusiese el cebo en el _principio_ del artificio pirotécnico, y en que
la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se
mojó.
Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura,
presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y
aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y
dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:
«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de
examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda
acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada
rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión,
califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que
en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de
su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de
truhanes y a la befa del populacho.»
Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen,
y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado
atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme
la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi
vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. --Hace usted
muy mal --me respondió con agrio gesto uno de los jueces-- desconfiando
de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están
muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si
positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»
Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el
texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para
obtener el _aprobado_, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción
que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna,
metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más
de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces
me despidieron satisfechos.
A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la
agradecí y no la olvidé nunca.
¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa?
¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a
un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada
gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis
maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes
desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia...
Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles
el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos
lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los
proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza,
sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de
aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban
imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la
providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...
En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como
el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado
Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío
suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos
solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con
baile y algazara en la plaza y _mayos_ en las calles. Satisfecho de ver
a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro
nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos
diez horas de un tirón.
Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas
tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito
de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los
románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del
baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado
en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.
Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos
sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al
honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas
perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante
nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica,
el sombrío pasado al glorioso porvenir...
Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de
ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la
negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de
Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.
[Ilustración]