CAPÍTULO XV

Inquina de mi catedrático de griego. -- Decide mi padre escarmentarme

convirtiéndome en aprendiz de zapatero. -- Mis proezas en obra prima.

-- El ataque de Linás. -- Consideraciones en torno de la muerte.

Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y

literaria progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego

me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de España, que

consistían en retahila insoportable de fechas y abrumadora letanía de

nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el

enojo de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo[11].

[11] Sin embargo, las obras históricas ojeadas en la biblioteca

del confitero y algunos libros que pude proporcionarme después,

despertaron mi afición a este orden de estudios, que sólo

interesan a los jóvenes a condición de introducir en la narración

pormenores descriptivos de batallas y elementos dramáticos

y anecdóticos. Yo era entonces --lo he dicho ya-- fervoroso

patriota; por tanto, no extrañará que ciertos episodios de

nuestra historia me pusieran de mal humor. Iniciativas que hoy

disculparía teniendo en cuenta el ambiente moral de la época,

el concepto patriarcal de la realeza y la pobre mentalidad de

políticos y generales, causáronme entonces graves enojos.

Cierto que yo me entusiasmé con la epopeya --un poco lenta-- de

la Reconquista, la patriótica unión de los reinos peninsulares

y el estupendo descubrimiento y conquista de América, donde

tanto brillaron las épicas hazañas de Cortés, Pizarro,

Almagro y Vasco Núñez de Balboa; pero me sacaban de quicio,

exasperándome hasta lo indecible, las alteraciones y rebeldías

constantes de prelados, nobles y municipios, y sobre todo la

lenta y sistemática _despañolización_ de la política de España

con el advenimiento de los Austrias y su séquito de flamencos

y alemanes. Yo, que no pude perdonar al habilísimo Fernando

el Católico, tan alabado por Maquiavelo, su incomprensible

desconfianza hacia el _Gran Capitán_ (el único caudillo genial

que tuvo España por entonces), menos había de perdonar al sombrío

burócrata Felipe II, su manía de regir el mundo desde su butaca

(en una época en que todos los reyes batían el cobre en el campo

de batalla) y su imprevisión y ligereza al encargar el mando de

la _Invencible_ a un general de salón, sabiendo que tenía que

habérselas con ingleses y holandeses, los mejores marinos del

mundo. Mi fibra patriótica vibraba de indignación al advertir

cómo nuestros reyes, haciendo gala de menosprecio o desconfianza

hacia el talento hispano, confiaban casi siempre el mando de

ejércitos y escuadras a caudillos extranjeros (marqués de

Pescara, Alejandro Farnesio y Filiberto de Saboya), y nombraban

al portugués Magallanes jefe de la gloriosa expedición que dió la

vuelta al mundo.

¡Qué de glorias perdidas --pensaba yo-- a consecuencia de esta

incomprensible conducta!...

Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el

catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no

me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que no

extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus

lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y

sibilitante palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones

la causa principal, sino cierto defecto fisiológico de que nunca he

logrado corregirme.

A la manera de los salvajes y de las mujeres, he adolecido siempre de

lamentable facilidad para soltar la risa: una observación chocante,

un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi

ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del

lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo semblante

estallaba la carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y

era lo malo que, en virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro,

mi espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de

algunos, un no se qué de sarcástico, irritante y provocativo. En vano

me esforzaba para dominar mis nervios y evitar que mi inocente alegría

sacara de quicio al profesor: el aparato inhibidor de mis risores

no fué jamás poderoso a imponerles el reposado continente, ni a mis

ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación serena de la

ciencia.

Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los

bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía mi

jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención

satírica y aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que

no me reía de él, a quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y

salidas de algunos compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente

su irritación, dió en la manía de mortificarme diariamente con vulgares

comparaciones zoológicas y comentarios burlescos. Complacíase también

en citarme como caso representativo de torpeza y de pigricia. Cuando

alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan pigre como

Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que Ramón»; y

otras frases molestas de este jaez.

Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta suerte mis maestros

erraban de medio a medio la terapéutica. En el fondo era yo un infeliz,

de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales y

sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran

sacado mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la

bondad, en lugar de infligirme correcciones acaso excesivas y siempre

exasperantes.

Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen

de pullas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia.

Y considerándome perdido, resolví tomar represalias. Decidí, pues,

atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas bromas, y con

ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo más

vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar

de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de

miliciano nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva

la Constitución!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con

boína descomunal --y ésta era la más negra-- y cabalgado por Espartero,

que parecía cantarle el _trágala_ al oído. Tan grotescos monigotes

regocijaban y desasosegaban a los chicos, que oían al iracundo pedagogo

como quien oye llover.

Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que,

a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó

la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el

ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A

bien que mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve

por contestarle «¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya

desesperada situación.

* * * * *

Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias.

Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente en el

mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a

examen.

Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las

demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar

y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras

artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento

de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido

principio médico: _Contraria contrariis_. «¿Qué es --debió preguntarse

mi progenitor-- lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional

y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte

pictórico? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero

remendón.» Esta última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada

para abatir mis pujos románticos y corregir definitivamente mis

rebeldías.

Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de

medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio --habitábamos entonces

en Gurrea de Gállego--[12] puso por obra su proyecto, asentándome

de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico

y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre, hízome pasar

las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y

destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además

de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices

y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del

granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí

misma y alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones.

Jamás viví vida más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y

consoladoras. En cuanto acababa de cenar, asaltaba ansiosamente mi

cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera, ocupábame en dar forma

y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas del techo,

que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los bastidores

de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis

quimeras.

[12] Allá a fines de 1865, por disgustos habidos con el

Ayuntamiento, dejó mi padre el partido de Ayerbe, trasladándose

primero a Sierra de Luna y luego a Gurrea de Gállego.

Transcurridos dos años, y hechas al fin las paces con el cabildo

ayerbense, retornó al antiguo partido, al cual le ligaban un

crédito profesional bien cimentado y hasta algunos bienes raíces.

Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera

acabado por convertirme en místico exaltado --como a un amante del

yermo-- si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las

berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente

sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano,

conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la generosa

propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita

de catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al

zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida

durante el trajín de reciente cacería[13].

[13] Los condes de Parcent solían pasar entonces los veranos en

Gurrea, centro de sus vastas posesiones señoriales, donde tenían

magnífico palacio. Recuerdo todavía con placer las soberbias

cacerías (con acompañamiento de bocinas, tiendas de campaña,

lujosos trajes de caza, etc.) efectuadas en los bosques próximos,

y a las cuales era mi padre graciosamente invitado a título de

primera escopeta de la comarca. Por cierto que el hermano del

conde pintaba al óleo bastante bien. Aún debe conservarse en mi

casa cierto retrato de mi padre, con robusto y bien entonado

colorido, regalo del aristócrata aficionado.

Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando

a servir a un tal _Pedrín_, de la familia de los Coarasas de Loarre,

zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los aprendices.

Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como

repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la

cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el

autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radicalmente tan

enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún miramiento

y a _cara de perro_, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea,

debían correr a mi cargo las más antiestéticas faenas. Y, en efecto, se

me adjudicaron las poco pulcras ocupaciones de limpiar herramientas,

fabricar cabos untados de pez, coser remiendos (que por cierto me

llenaban las manos de callos y costurones), echar medias suelas y

preparar el engrudo.

Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante la fama de mal genio,

era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así

como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las vilezas y

prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del _menú_.

Un día díjole a mi padre:

--D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es mañoso, todo lo hace

bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas nuevas.

--Y ¿qué tal la comida?

--Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo

devora sin hacer un visaje.

--Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero,

se la pegue a usted.

Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y

no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de

mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del

pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre

mis rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión

personal democratizarme el estómago y _empapuzarme_ (empapujar) hasta

de las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien

intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y convertirme

por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor de pan[14].

[14] El Sr. Pedrín vive aún, y dirige un acreditado taller de

zapatería en Huesca, donde es muy estimado. Hace algunos años, y

poco después de haberse hecho público cierto afortunado triunfo

mío, salióme a recibir a la estación oscense, y sin poder

contener las lágrimas, abrazóme emocionado, exclamando: «¡Y yo

que pensaba que tenías aptitudes excepcionales para el oficio!»

Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un

tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la

población, propuso contratarme por cierto número de años, a condición

de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi

padre indemnizarle _a posteriori_ con dos reales diarios. Cerrado el

trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de

Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena

cara.

Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi

edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los

pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados

entonces _abotinados_, recortando coquetones tacones y dominando

los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes

filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo

amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un

jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto,

para honrar y enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las

señoritas más remilgadas y presumidas; botinas en cuyos altos y

esbeltos tacones labraba primores de ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De

algo habían de servirme el _Arte poética_ de Horacio y mis aficiones

artísticas!

Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de

Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Linás

de Marcuello. General era el descontento contra el Gobierno. El odio

a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de

liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía

presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el

primer relámpago amenazador.

Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los

generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a

alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea

había --al decir de la gente-- sobre 500 hombres comprometidos, que

esperaban no más, para incorporarse a las filas revolucionarias,

recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes

liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón,

habían pernoctado en Murillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos

movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea situada al pie de la

vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en Ayerbe; muchos

juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos.

De improviso apareció en la Plaza baja la columna del general Manso de

Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios

y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire

marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas

corazas y empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés

de los antiguos guerreros y de las épicas luchas de la reconquista.

Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista ofrecido por los

escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda

aquella masa de metal pulido rielaba al sol como oleaje de un mar

rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban deslumbrantes

relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes parecía

como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz.

Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata

traída de bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario

para racionar a los soldados, partió en dirección de Linás, adonde

debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió mucho

tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas,

repercutido por las vecinas montañas.

Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los

chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse

en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos

angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto,

buen golpe de vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia

la sierra, para esperar el desenlace y evitar posibles represalias.

Ardíamos todos en curiosidad e impaciencia por conocer lo ocurrido.

Nuestra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos

escapamos al campo de batalla, caminando a campo traviesa; y llegados

a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea de Linás,

presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales

replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento,

hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes

posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban

a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigo,

acaso por no derramar estérilmente sangre española.

Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al camino por donde la

tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos

coraceros, horas antes tan gallardos e imponentes, marchaban ahora

desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos los

uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie,

macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías

y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos,

cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino,

desgarraban el alma. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió

cual trágica aparición la pálida figura del general Manso de Zúñiga,

agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los piadosos

brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el

uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros

de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca

del infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva

resolución.

Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió

bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que

las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los

lisiados se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los

historiadores no han presenciado batallas, u omiten deliberadamente

cosa tan grave y seria como la tortura física y moral de las víctimas.

Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro.

Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la

escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados en

excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a

Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse

fuertes en los altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los

primeros disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada

resistencia de fuerzas, que supuso indisciplinadas, ordenó el avance

de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas descargas. Debió

ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el desorden de

la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del

terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado

por su bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran

trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso

de carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente,

antes que llegaran a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente

herido. Cuentan que, en aquel momento trágico, cierto colosal ansotano,

mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años apenas, abalanzóse

temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y hacerlo

prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió

en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general

e insuficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque,

retiráronse al cabo, después de recoger los numerosos heridos, que

fueron asistidos y curados en el hospital de Ayerbe[15].

[15] No respondemos de la fidelidad absoluta del precedente

relato. Trasladamos aquí exclusivamente nuestros recuerdos

personales, así como la versión, descartada de anécdotas y de

suposiciones inverosímiles, que por aquellos tiempos corría en

Ayerbe.

Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que

hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la refriega,

así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas

insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en

lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal.

La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los

infelices que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen

poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada librada

cerca de Ayerbe[16] entre carabineros y contrabandistas, trajeron por

primera vez a mi espíritu la terrible enseñanza de la muerte, la más

profunda, filosófica y revolucionaria de todas las realidades de la

vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos, había visto muertos y

presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero mi emoción

harto débil, habíase disipado como espuma en la onda.

[16] Ocurrió este choque cerca de Plasencia, carretera de Ayerbe

a Huesca. Cierta cuadrilla de contrabandistas, a quienes, al

cruzar el Pirineo, había sido arrebatado, con muerte de algún

paquetero prestigioso, valiosísimo contrabando, deseando vengarse

y recobrar el botín, siguió a corta distancia a los carros

portadores del apresado cargamento, recatándose en lo posible

de la escolta de carabineros y fuerzas de infantería que lo

custodiaban. Llegados más allá de Ayerbe, aprovecharon un momento

durante el cual, demasiado adelantada la escolta de infantería,

no quedaba junto a los carros sino una docena de carabineros;

entonces sorprendieron a éstos, que marchaban descuidados;

mataron seis o siete infelices; dispersaron los demás, y cargaron

rápidamente el contrabando en sus recuas. Cuando la compañía de

infantería, que iba a la cabeza del convoy, tuvo noticia de la

audaz y sangrienta acometida, fué ya imposible alcanzar a los

contrabandistas, que tomaron, por veredas de ellos solamente

conocidas, la vuelta de Zaragoza. A cargo de mi padre corrió la

autopsia de los cadáveres, y yo, llevado de mi curiosidad, le

acompañé ayudándole en la fúnebre tarea. Según supe más adelante

(en 1910) precisamente por el jefe de la partida (en Ansó), los

ansotanos tuvieron también algunos heridos, que escondieron en

corrales y aldeas.

En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la idea de la muerte,

que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa en

morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre,

y contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie

inacabable de lustros de espléndida existencia!

La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos

y formidables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en

presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas

sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste de la

máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el

ineluctable desenlace.

Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los

animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el

biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos

que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible

microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica,

choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra

de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos

ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las horas, señalan

los días de la semana, anuncian los meses, las estaciones, los años,

las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen tan sólo de

un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida que

reciben.

Añadamos que la muerte violenta, en plena culminación de la curva

vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso optimismo juvenil.

El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para preparar el

trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza procede

en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente

familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento,

la convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su

representación vulgar parece anunciarse discretamente en el esqueleto,

que asoma progresivamente al través de brazos y mejillas. Mas estos

súbitos desplomes en el cenit de la existencia sacuden profundamente

nuestra sensibilidad y turban todas nuestras ideas sobre la armonía del

mundo y de la vida.

Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la

expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción flagrante

con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a

asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta

trabajo referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto;

antes bien propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un

equivalente estado de conciencia.

¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo absoluto, la dócil

entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de

las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la

naturaleza al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime

espejo cerebral donde se diría que la materia y la fuerza adquieren

conciencia de sí mismas!

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 21 / 45 题