En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de
aprendiz en una barbería. -- Mi hermano Pedro. -- El Sr. Acisclo. --
Majos y conspiradores. -- Las pedreas. -- Escaramuza con la fuerza
pública. -- El placer de los dioses. -- Alarma del público con ocasión
de las pedreas.
Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun
verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la
atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso
de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si,
mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo
del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla
solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en
el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos
vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.
A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis
recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65
interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo
carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que
los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en
este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de
bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de
España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en
la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.
De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó
el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo
también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano,
que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento
como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas
y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron
poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del
estudio.
Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia,
temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión,
separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado
decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis
distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar
respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines:
desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías
y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día
ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad
prematura.
No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en
Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en
contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar;
y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna
modestia anejo a la pobreza laboriosa.
Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en
qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la
honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con
los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...;
que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular
las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a
empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de
vergüenza!
Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi
necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables.
Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica,
que a todo se acomoda prontamente.
No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] --que así se llamaba
el amo-- a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que
prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo
conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma,
trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho!
Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de
orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas
haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el
momio de tres duros al mes, amén de las propinas».
[9] Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué
disfrazar su nombre. Su establecimiento, desaparecido hoy, estaba
en la calle de la Correría, no lejos de la Plaza de la Catedral.
¡Bonito porvenir!
Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo
género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y
tolerable mi sujeción. Además, pocas semanas después intimé con
el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y
alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del
amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo,
consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición
porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta
maritornes esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a
mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás
tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de
pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.
Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en
la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los
legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a
toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio
que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin
embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra
ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus
radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra
flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión
de la _guapeza_. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas
y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas,
punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos
había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices
de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni
hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias,
refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que
había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y
siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía:
«O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me
encuentra siempre».
Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las
muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que
el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes
autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra
y caballerosidad callejera.
La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre
política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué
noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así
tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad,
generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a
punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros
y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la
revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas _ominosas_
Instituciones.
Aquellos inofensivos _ojalateros_ frotábanse las manos de gusto,
saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional
y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.
Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las
esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil
delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según
ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y
se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo.
A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían
zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por
presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una
barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático,
que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi
ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento
del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.
Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos
liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las
revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por
cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más
me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la
hermosa barba patriarcal.
Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí
calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana
dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello
había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los
sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos
de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo
de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de
poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor
de mis días.
El encuentro casual de un pequeño _tesoro_, hecho por ambos hermanos,
agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las
inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en
un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos
y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh
felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían,
por fortuna, todavía las _onzas_, aquellas famosas _peluconas_,
convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para
asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda,
y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil,
acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón
imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia
en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas
y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que
resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin
embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.
Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra
intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar
antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de
tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable
mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún
gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en
nuestras manos.
Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los
condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo
que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos
de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el
tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del
disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras
éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la
época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento
de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme
espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté,
según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya
entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.
Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo
de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate.
Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi
denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la
psicología infantil.
Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había
reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la
perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.
No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el
gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el
pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería
histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los
salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy
doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales advierten cuánto
importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo,
la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su
expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva
de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de
autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente
que, en cuanto ponía cara _feroche_ y avanzaba impertérrito hacia los
adversarios, éstos solían emprender la fuga.
[10] Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por
James, «para conocer el estado mental de alguno, remedaba sus
gestos».
Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas
frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo
de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han
dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La
ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes
y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los
pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados
ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento
loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y
admiración de los iguales; nunca --y esto sólo bastaría para hacer
simpáticos a los niños-- el sórdido interés.
Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo
en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán
principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad
enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas
a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero
aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles
satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que
pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando
sus brazos y templando sus armas.
Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el
manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla;
fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como
proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar,
para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente
titulado _Estrategia lapidaria_, donde se contenían reglas prácticas
para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios
proyectiles.
Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría,
habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que
mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir
de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no
encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar
en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la
montera.
Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado.
Rindamos, en lo posible, culto al consabido _non bis in idem_ de los
latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente
la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente
interesantes.
Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano.
Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto,
ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los
primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían
levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el
temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un
rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes
de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro
extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios,
aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad,
canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la
hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la
desbandada, y perseguida quizá por los _guindillas_, había sufrido de
manos de éstos los consabidos cintarazos.
La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar
a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los
guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada,
se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los
_guindillas_, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y
uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.
¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de _las infalibles_,
dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores, quien,
transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo
blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de
mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad,
en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del
puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es
decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo
un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos,
un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para
poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos _guindillas_ invadieron
nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras
de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y
traspuesto, finalmente, el río y la alameda.
Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios
días, según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes;
afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso
hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del atentado
contra la _autoridad_, no lo consiguió, al menos en lo que a mí
respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los
_guindillas_, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por
unos días en casa de un correligionario.
* * * * *
La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el
nombre de _paliza del montañés_. Batíame solo, desde un campo próximo
a la carretera, contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto
de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba, para igualar las
condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo más recio del
zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un sombrero enemigo,
veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbolando
formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba
pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre
confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus
primeras palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla
le habían arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y
sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En
vano alegué mi inocencia señalándole la posición de mis adversarios,
eclipsados por mi mala ventura en aquellos graves momentos. Sin
atender a razones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza.
Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé molido y maltrecho.
Pero yo hervía en ira y juré vengarme del atropello, para lo cual la
disposición del terreno otorgábame inestimables ventajas. Renqueando
por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el cercano muro;
me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las
derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que
caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca
que le esperaba. En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros
y los arrojé sobre el ansotano con vertiginosa rapidez. Espantóse la
recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién podría contar la corajina
del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro proyectiles
de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la muralla, ni
abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún
obstáculo, juraba y pateaba como un condenado.
En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al Alcalde; pero las
Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no
tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer.
Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las
niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de
alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me
cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos
verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de
miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían
dormir la siesta, habíanle dicho pestes de _Santiagué_, el chico del
médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a
correr desalada, hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.
¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza, en que apenas reparé
por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!...
[Ilustración]