CAPÍTULO XIV

En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de

aprendiz en una barbería. -- Mi hermano Pedro. -- El Sr. Acisclo. --

Majos y conspiradores. -- Las pedreas. -- Escaramuza con la fuerza

pública. -- El placer de los dioses. -- Alarma del público con ocasión

de las pedreas.

Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun

verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la

atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso

de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si,

mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo

del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla

solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en

el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos

vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.

A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis

recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65

interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo

carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que

los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en

este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de

bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de

España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en

la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.

De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó

el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo

también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano,

que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento

como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas

y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron

poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del

estudio.

Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia,

temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión,

separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado

decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis

distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar

respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines:

desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías

y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día

ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad

prematura.

No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en

Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en

contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar;

y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna

modestia anejo a la pobreza laboriosa.

Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en

qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la

honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con

los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...;

que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular

las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a

empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de

vergüenza!

Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi

necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables.

Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica,

que a todo se acomoda prontamente.

No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo[9] --que así se llamaba

el amo-- a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que

prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo

conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma,

trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho!

Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de

orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas

haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el

momio de tres duros al mes, amén de las propinas».

[9] Fallecido mi patrón hace muchos años, no tengo por qué

disfrazar su nombre. Su establecimiento, desaparecido hoy, estaba

en la calle de la Correría, no lejos de la Plaza de la Catedral.

¡Bonito porvenir!

Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo

género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y

tolerable mi sujeción. Además, pocas semanas después intimé con

el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra y

alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del

amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo,

consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición

porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta

maritornes esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a

mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás

tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de

pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.

Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en

la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los

legítimos rapabarbas son parlanchines, entrometidos, aficionados a

toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio

que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin

embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra

ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus

radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra

flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión

de la _guapeza_. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas

y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas,

punzadas, jabeques y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos

había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices

de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni

hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias,

refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que

había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y

siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía:

«O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me

encuentra siempre».

Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las

muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que

el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes

autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra

y caballerosidad callejera.

La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre

política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué

noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así

tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad,

generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a

punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros

y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la

revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas _ominosas_

Instituciones.

Aquellos inofensivos _ojalateros_ frotábanse las manos de gusto,

saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional

y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.

Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las

esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil

delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche, según

ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y

se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo.

A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían

zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por

presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una

barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático,

que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi

ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento

del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.

Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos

liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las

revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad. Por

cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más

me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la

hermosa barba patriarcal.

Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí

calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana

dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello

había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los

sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos

de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo

de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de

poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor

de mis días.

El encuentro casual de un pequeño _tesoro_, hecho por ambos hermanos,

agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las

inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en

un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos

y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh

felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían,

por fortuna, todavía las _onzas_, aquellas famosas _peluconas_,

convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para

asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda,

y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil,

acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón

imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia

en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas

y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que

resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin

embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.

Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra

intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar

antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de

tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable

mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún

gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en

nuestras manos.

Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los

condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo

que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos

de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el

tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del

disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras

éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la

época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento

de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme

espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté,

según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya

entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.

Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo

de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate.

Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi

denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la

psicología infantil.

Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había

reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la

perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.

No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el

gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el

pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería

histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los

salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy

doctamente los psicólogos modernos[10], los cuales advierten cuánto

importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo,

la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su

expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva

de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de

autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente

que, en cuanto ponía cara _feroche_ y avanzaba impertérrito hacia los

adversarios, éstos solían emprender la fuga.

[10] Recuérdese el ejemplo clásico de Campanella, citado por

James, «para conocer el estado mental de alguno, remedaba sus

gestos».

Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas

frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo

de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han

dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La

ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes

y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los

pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados

ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento

loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y

admiración de los iguales; nunca --y esto sólo bastaría para hacer

simpáticos a los niños-- el sórdido interés.

Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo

en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán

principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad

enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas

a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero

aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles

satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que

pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando

sus brazos y templando sus armas.

Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el

manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla;

fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como

proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar,

para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente

titulado _Estrategia lapidaria_, donde se contenían reglas prácticas

para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios

proyectiles.

Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría,

habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que

mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir

de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no

encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar

en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la

montera.

Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado.

Rindamos, en lo posible, culto al consabido _non bis in idem_ de los

latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente

la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente

interesantes.

Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano.

Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto,

ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los

primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían

levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el

temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un

rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes

de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro

extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios,

aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad,

canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la

hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la

desbandada, y perseguida quizá por los _guindillas_, había sufrido de

manos de éstos los consabidos cintarazos.

La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar

a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los

guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada,

se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los

_guindillas_, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y

uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.

¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de _las infalibles_,

dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores, quien,

transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo

blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de

mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad,

en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del

puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es

decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo. Sólo

un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos,

un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para

poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos _guindillas_ invadieron

nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras

de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y

traspuesto, finalmente, el río y la alameda.

Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios

días, según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes;

afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso

hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del atentado

contra la _autoridad_, no lo consiguió, al menos en lo que a mí

respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los

_guindillas_, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por

unos días en casa de un correligionario.

* * * * *

La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el

nombre de _paliza del montañés_. Batíame solo, desde un campo próximo

a la carretera, contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto

de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba, para igualar las

condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo más recio del

zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un sombrero enemigo,

veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbolando

formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba

pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre

confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus

primeras palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla

le habían arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y

sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En

vano alegué mi inocencia señalándole la posición de mis adversarios,

eclipsados por mi mala ventura en aquellos graves momentos. Sin

atender a razones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza.

Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé molido y maltrecho.

Pero yo hervía en ira y juré vengarme del atropello, para lo cual la

disposición del terreno otorgábame inestimables ventajas. Renqueando

por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el cercano muro;

me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las

derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que

caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca

que le esperaba. En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros

y los arrojé sobre el ansotano con vertiginosa rapidez. Espantóse la

recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién podría contar la corajina

del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro proyectiles

de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la muralla, ni

abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún

obstáculo, juraba y pateaba como un condenado.

En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al Alcalde; pero las

Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no

tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer.

Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las

niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de

alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me

cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos

verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de

miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían

dormir la siesta, habíanle dicho pestes de _Santiagué_, el chico del

médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a

correr desalada, hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.

¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza, en que apenas reparé

por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!...

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 20 / 45 题