CAPÍTULO XIII

Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. -- Descubrimiento de una

biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi furor romántico. -- El

Robinsón y el Quijote.

Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son

cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo

de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente

diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios,

que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la

esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala

de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir

correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras

capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo

que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del

llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin

trabas las actividades del espíritu.

Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de

las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar.

Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y

bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de

los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas,

tampoco tropecé con las temidas calabazas.

A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis

viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y

mostré mis dibujos y monigotes.

Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el

lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que,

dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos,

consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las

asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas,

para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto,

este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año

siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre

mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.

No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que

me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de

la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas,

dieron al traste con tan razonables propósitos.

Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el

fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse

en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas

exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete

de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de

habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto

al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y

desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que

pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca

conforme vamos a ver.

Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento

de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de

las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza,

una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el

contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y

con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía

ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote

o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.

Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado,

donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo

detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano;

sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro

lúgubre y melancólico.

Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan

papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que

fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones

funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y

chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados _La

desesperación_, y las famosas _Noches lúgubres_, de Cadalso.

Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío

ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando

en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi

pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad

como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes

eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en

los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las

macabras escenas de cementerio.

Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos pretensiones, una

acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y peladas

montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas,

como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en

el fondo cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente

melancólico, enorme luna verdosa, medio velada por densos nubarrones;

sobre las rocas del primer término, veíanse algunos buhos y lechuzas,

que juzgué inexcusables para extremar el tinte lúgubre de la

estrafalaria composición.

* * * * *

Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un

suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros

gustos literarios y artísticos.

Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo.

Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero

recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en

su sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer

la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi

madre, a hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de

premio de nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna

novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde sus tiempos

de soltera. Eran, lo recuerdo bien: _El solitario del monte salvaje_,

_La extranjera_, _La caña de Balzac_, _Catalina Howard_, _Genoveva de

Brabante_ y algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi

memoria. Ocioso es decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos

entusiasmados, de un tirón, a hurtadillas de la vigilancia paterna.

Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse

reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien

era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos

e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían

a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y

objetos de escritorio.

Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances

arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía

haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas

mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de

Dumas (padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor

Hugo y de nuestro romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía

en deseos de saborear estos prodigios de la imaginación humana; por

desgracia, las personas graves del pueblo, dueñas de tan valiosos

tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un travieso

rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo,

las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca.

Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros malos deseos.

Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas

arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino

confitero[7] y contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos

viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas,

copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías

y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad,

el tan celebrado _Conde de Montecristo_ y _Los tres Mosqueteros_, de

Dumas (padre); _María o la hija de un jornalero_, de E. Sué; _Men

Rodríguez de Sanabria_, de Fernández y González; _Los mártires_, _Atala

y Chactas_ y el _René_ de Chateaubriand; _Graziella_, de Lamartine;

_Nuestra Señora de París_ y _Noventa y tres_, de Víctor Hugo; _Gil Blas

de Santillana_, de Le Sage; _Historia de España_, por Mariana; _Las

comedias de Calderón_, varios libros y poesías de Quevedo, _Los viajes

del capitán Cook_, el _Robinsón Crusoe_, el _Quijote_ e infinidad de

libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se

echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba

solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.

[7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó

perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes

relaciones.

Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos

minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena

fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de explotación

de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas

del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental

prudencia me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y

apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero

echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría

la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión,

decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de

los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo

cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.

Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé,

libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca,

sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis

padres sorprendieran mis ausencias del palomar.

¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas

sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría que

me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.

¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables

novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron!

Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde

la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del

hombre, en _Atala_; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en

_Los Mártires_; la gentil y angelical figura de _Graziella_; la pasión

exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en _Nuestra Señora de París_;

la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables

_Artagnan_, _Porthos_ y _Aramis_, en _Los tres Mosqueteros_, y en fin,

la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del _Conde de

Montecristo_, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario.

Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los

épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo

voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones

más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por

entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos

héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud,

siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas.

Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me

asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando

toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico

en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en

la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y

conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y

borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.

Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron

los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no

apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza

mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas

creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que

diputé entonces superiores al _Fausto_, al _Gil Blas de Santillana_ y

hasta --rubor me da confesarlo-- al asombroso _Don Quijote_.

Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente

estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos

extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de

la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente

adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica

y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente

y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales.

Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a

la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa

de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes.

Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias

objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del

arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis

sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al

través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de

irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través

de una lente divergente que todo lo achica y envilece.

[8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante

deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca

de este interesante punto, se encuentran en los estudios de

Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc.

Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la

impresión que me causaran el _Robinsón_ y _Don Quijote_.

El _Robinsón Crusoe_ (que volví a leer más adelante con verdadera

delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la

naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble

orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla

salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse,

gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en

deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser --pensaba-- explorar

una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y

flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor

como preciado galardón de su heroísmo!»

En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía

que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su

amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en

su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en

las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por

los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente

en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de

fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!...

Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo

valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con

las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de

caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me

desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo

había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar

mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don

Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado

caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras.

Además --¿por qué no decirlo?-- aquella melancólica derrota de

Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva

decepción. «¡Eso no!... --exclamaba en mis arrebatos románticos--;

el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real

triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra

de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el

protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y

alcanzar gloriosa apoteosis.»

Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime

terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le

degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín

de la virtud. ¡Qué desencanto!...

Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la

grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates

de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los

sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo

las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con

elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar,

edificar y deleitar.

Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis

emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que

el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más

tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo

haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a

gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y

elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa

armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don

Quijote y Sancho; personajes que --según se ha dicho muchas veces--

con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales

concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del

sentir y del pensar humano.

Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la

narración.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 19 / 45 题