Las vacaciones. -- Pinturas fúnebres. -- Descubrimiento de una
biblioteca de novelas. -- Se recrudece mi furor romántico. -- El
Robinsón y el Quijote.
Se ha dicho hartas veces que la felicidad y la monotonía son
cosas incompatibles; la dicha, aun relativa, exige cierto ritmo
de percepciones y emociones antagonistas o al menos ligeramente
diferentes. La ley del contraste o de los colores complementarios,
que tanto contribuye al deleite artístico, impera igualmente en la
esfera intelectual. Porque el reposo (que es el cero en la escala
de la sensibilidad) no constituye verdadero placer. Gozar es sentir
correr libremente nuestros impulsos y ejercitar sin cortapisas nuestras
capacidades psicológicas y fisiológicas dominantes; y del mismo modo
que el horizonte limitado del valle nos hace desear las amplitudes del
llano o del mar, la tensión excesiva del estudio, invita a expandir sin
trabas las actividades del espíritu.
Esta conocida ley de los contrastes da cuenta del placer delirante de
las vacaciones estudiantiles, tras la tiranía del horario escolar.
Ocúrrenseme las precedentes reflexiones, al recordar el jovial y
bullicioso entusiasmo con que solemnicé el verano de 1864, después de
los exámenes de Junio en los que, si no merecí honrosos diplomas,
tampoco tropecé con las temidas calabazas.
A mi llegada a Ayerbe, mi primer cuidado fué ponerme al habla con mis
viejos camaradas, a quienes referí con vanagloria mis aventuras y
mostré mis dibujos y monigotes.
Calmada mi sed de efusiones cordiales y de alocadas correrías por el
lugar, llamóme mi padre a capítulo y me comunicó su resolución de que,
dejándome de fútiles pasatiempos y de ridículos desvaríos artísticos,
consagrase toda la canícula al estudio, repasando desde luego las
asignaturas recientemente aprobadas, pero medianamente aprendidas,
para acometer en seguida los textos del futuro curso. En su concepto,
este anticipado ejercicio facilitaría notablemente las tareas del año
siguiente. Semejante decisión fué un jarro de agua fría arrojado sobre
mi cabeza, enardecida por el ansia de dar rienda suelta a mis instintos.
No tuve más remedio que allanarme al consejo paterno y aun creo que
me propuse sinceramente cumplirlo; pero, el demonio nunca domado de
la indisciplina y mis tenaces y empalagosas inclinaciones artísticas,
dieron al traste con tan razonables propósitos.
Ocurre muy a menudo a los muchachos desobedientes, aunque buenos en el
fondo que, deseosos de ahorrar disgustos a los padres, transfórmanse
en redomados hipócritas. A pretexto de que mis asíduas lecturas
exigían silencio y recogimiento absolutos, imposibles en el gabinete
de estudio, solicité y obtuve del autor de mis días el permiso de
habilitar como cuarto de trabajo el palomar, habitación situada junto
al granero, una de cuyas ventanas daba al tejado de vecina casa, y
desde cuya puerta podía yo atisbar cómodamente a las personas que
pretendiesen vigilar mi conducta. El ardid salió a pedir de boca
conforme vamos a ver.
Así y todo no me consideraba completamente seguro. Por refinamiento
de cautela, sobre el tejado vecino, junto a una chimenea al abrigo de
las miradas indiscretas, fabriqué con tablazón, palitroques y broza,
una especie de confesionario u hornacina bajo cuyo asiento escondía el
contrabando de papel, lápices, colores y novelas. De vez en cuando y
con el fin de disimular, retornaba al palomar (sobre todo cuando oía
ruido de pasos) y poníame muy seriamente a traducir el Cornelio Nepote
o a estudiar la psicología de Monlau y el álgebra de Vallín y Bustillo.
Fuera de estos breves instantes, mi retiro era la jaula del tejado,
donde me entregaba al dibujo, mi distracción favorita. No recuerdo
detalladamente los temas profanados por mi pincel durante aquel verano;
sólo sé que por aquellos tiempos cultivé de preferencia el registro
lúgubre y melancólico.
Notorio es que, en las volubles aficiones de los chicos, desempeñan
papel importante la sugestión y la imitación. No sé quién (creo que
fué en Huesca) habíame prestado cierto cuaderno de composiciones
funerarias y elegiacas, entre las cuales recuerdo los manoseados y
chabacanos versos atribuídos gratuitamente a Espronceda, titulados _La
desesperación_, y las famosas _Noches lúgubres_, de Cadalso.
Inducido por tan desesperadas lecturas, creí inexcusable deber mío
ponerme a tono con el sombrío humor de los protagonistas, afectando
en mis palabras y en mis dibujos la más negra melancolía. Y así, mi
pincel, que marcaba las oscilaciones de mi enfermiza sensibilidad
como la aguja del galvanómetro señala la dirección de las corrientes
eléctricas, se complacía morosamente en los paisajes grises, en
los desiertos desolados, en las angustias de los náufragos y en las
macabras escenas de cementerio.
Acude a mi memoria, entre otros diseños de menos pretensiones, una
acuarela donde aparecía valle rocoso cercado de abruptas y peladas
montañas, semejantes a bordes de cráteres lunares; sus cimas pardas,
como calcinadas por la erupción de un volcán, destacaban por claro en
el fondo cárdeno del cielo, al cual prestaba carácter acentuadamente
melancólico, enorme luna verdosa, medio velada por densos nubarrones;
sobre las rocas del primer término, veíanse algunos buhos y lechuzas,
que juzgué inexcusables para extremar el tinte lúgubre de la
estrafalaria composición.
* * * * *
Si mi memoria no me traiciona, al final de aquel verano ocurrió un
suceso que tuvo decisiva influencia en la orientación de mis futuros
gustos literarios y artísticos.
Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo.
Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero
recatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; pues en
su sentir, durante el período educativo, no debían los jóvenes distraer
la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi
madre, a hurtadillas de la autoridad del jefe del hogar, y a guisa de
premio de nuestra aplicación y docilidad, nos consentía leer alguna
novelilla romántica que guardaba en el fondo del baúl desde sus tiempos
de soltera. Eran, lo recuerdo bien: _El solitario del monte salvaje_,
_La extranjera_, _La caña de Balzac_, _Catalina Howard_, _Genoveva de
Brabante_ y algunas otras, cuyos títulos y autores se han borrado de mi
memoria. Ocioso es decir que tanto mis hermanos como yo, las leíamos
entusiasmados, de un tirón, a hurtadillas de la vigilancia paterna.
Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse
reducido hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien
era yo ardiente admirador, y a cierta colección de romances clásicos
e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían
a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y
objetos de escritorio.
Tan mezquino pasto intelectual no bastaba a mi ansia de lances
arriesgados y narraciones maravillosas. Imaginaba, además, que debía
haber algo más artístico y primoroso; porque, oyendo a las personas
mayores, advertí que celebraban las amenas y entretenidas novelas de
Dumas (padre), de Eugenio Sué (entonces en predicamento), de Víctor
Hugo y de nuestro romántico Fernández y González. Naturalmente, ardía
en deseos de saborear estos prodigios de la imaginación humana; por
desgracia, las personas graves del pueblo, dueñas de tan valiosos
tesoros, se hubieran guardado bien de prestarlos a un travieso
rapazuelo. Veíame, pues, condenado a ignorar, quién sabe hasta cuándo,
las más altas y sublimes creaciones de la fantasía novelesca.
Mas el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros malos deseos.
Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas
arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino
confitero[7] y contemplé ¡oh gratísima sorpresa! al lado de trastos
viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas,
copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías
y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad,
el tan celebrado _Conde de Montecristo_ y _Los tres Mosqueteros_, de
Dumas (padre); _María o la hija de un jornalero_, de E. Sué; _Men
Rodríguez de Sanabria_, de Fernández y González; _Los mártires_, _Atala
y Chactas_ y el _René_ de Chateaubriand; _Graziella_, de Lamartine;
_Nuestra Señora de París_ y _Noventa y tres_, de Víctor Hugo; _Gil Blas
de Santillana_, de Le Sage; _Historia de España_, por Mariana; _Las
comedias de Calderón_, varios libros y poesías de Quevedo, _Los viajes
del capitán Cook_, el _Robinsón Crusoe_, el _Quijote_ e infinidad de
libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se
echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba
solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.
[7] Llamábase R. Cuiduras y era persona culta, que educó
perfectamente a sus hijos, con quienes mantuve siempre excelentes
relaciones.
Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos
minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena
fortuna, me dí a imaginar el proyecto más adecuado de explotación
de aquel inestimable tesoro, evitando al mismo tiempo las sospechas
del dueño y las huellas de mis pasos por el desván. La más elemental
prudencia me obligó a respetar, por el momento, los exquisitos y
apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que, si el pastelero
echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas, cerraría o enrejaría
la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión,
decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de
los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo
cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.
Gracias a tales precauciones, a mi serenidad y buena estrella, saboreé,
libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca,
sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis
padres sorprendieran mis ausencias del palomar.
¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas
sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y alegría que
me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.
¡Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables
novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron!
Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde
la vida vegetal desbordante, parece ahogar la insignificancia del
hombre, en _Atala_; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en
_Los Mártires_; la gentil y angelical figura de _Graziella_; la pasión
exaltada y casi monstruosa de Cuasimodo en _Nuestra Señora de París_;
la nobleza, magnanimidad y valor puntilloso de los incomensurables
_Artagnan_, _Porthos_ y _Aramis_, en _Los tres Mosqueteros_, y en fin,
la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del _Conde de
Montecristo_, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario.
Al fin, aunque por medios incorrectos, trabé conocimiento con los
épicos entes de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo
voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones
más que humanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por
entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos
héroes parecen forjados expresamente para subyugar a la juventud,
siempre sedienta de lances extraordinarios y de aventuras maravillosas.
Y llevando mi atención a otro aspecto de la inspiración artística, me
asombré del poder casi divino del poeta y del novelista, que desdeñando
toda representación plástica de los personajes y del ambiente físico
en que se agitan, sin más recursos que la palabra escrita, evocan en
la mente del lector representaciones de tal modo vivas, coloreadas y
conmovedoras, que en su comparación la realidad misma parece pálida y
borrosa imagen, indigna casi de nuestra atención.
Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron
los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no
apartarme mucho de la verdad declarando que hirieron con más viveza
mi imaginación que ningunas otras las amenísimas y caballerescas
creaciones de Dumas (padre) y las ultra-románticas de Víctor Hugo, que
diputé entonces superiores al _Fausto_, al _Gil Blas de Santillana_ y
hasta --rubor me da confesarlo-- al asombroso _Don Quijote_.
Hay cierta psicología de la niñez y mocedad, acaso insuficientemente
estudiada por los especialistas[8]. Si se conociera bien, nos
extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente joven, de
la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente
adora lo hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica
y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente
y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radicales.
Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a
la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso, la pompa
de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes.
Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias
objetivas a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del
arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle frío los análisis
sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo al
través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de
irisaciones; al revés de la vejez, que parece ver las cosas al través
de una lente divergente que todo lo achica y envilece.
[8] Cuando se escribía esto, mi cultura psicológica era bastante
deficiente. Datos valiosos, aunque no siempre coherentes acerca
de este interesante punto, se encuentran en los estudios de
Stanley Hall, Ribot, Ferrier, Dewey, James, Hutchinson, etc.
Pero, antes de terminar este capítulo, quisiera decir algo de la
impresión que me causaran el _Robinsón_ y _Don Quijote_.
El _Robinsón Crusoe_ (que volví a leer más adelante con verdadera
delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la
naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fué el noble
orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla
salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse,
gracias a los milagros de la voluntad y del trabajo inteligente, en
deleitoso paraíso. «¡Qué soberano triunfo debe ser --pensaba-- explorar
una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y
flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor
como preciado galardón de su heroísmo!»
En mi entusiasmo infantil por el bárbaro individualismo, casi sentía
que mi héroe hubiera logrado evadirse del islote para retornar a su
amada patria. Hubiera preferido que la muerte le hubiera sorprendido en
su misterioso retiro. «¡Ahí es nada tener por sepulcro isla perdida en
las brumas del Océano; por epitafio, un nombre repetido eternamente por
los vocingleros papagayos; por panegírico, la obra del espíritu patente
en la transformación de plantas y animales, y en la destrucción de
fieras y alimañas!» ¡Qué desvaríos!...
Aunque no estaba todavía preparado para apreciar en todo su altísimo
valor la inestimable joya de Cervantes, mucho me solacé también con
las épicas aventuras de Don Quijote y con los sabrosos coloquios de
caballero y escudero. Mas, a fuer de ingenuo, debo declarar que me
desagradó la filosofía que se desprende de la genial novela. ¡Cómo
había de gustarme su sentido hondamente realista si venía a contrariar
mi incorregible idealismo! Yo tomaba por lo serio el papel de Don
Quijote; y, así, llegábame al alma lo malparado que el esforzado
caballero quedaba en casi todos sus lances y aventuras.
Además --¿por qué no decirlo?-- aquella melancólica derrota de
Barcelona a manos del prosaico y ramplón Sansón Carrasco prodújome viva
decepción. «¡Eso no!... --exclamaba en mis arrebatos románticos--;
el héroe manchego no mereció ser vencido. Bueno que en el mundo real
triunfen los vulgares campeones del sentido común; pero en la obra
de arte destinada a levantar el corazón y sublimar la virtud, el
protagonista debe flotar sobre las ruindades del ambiente moral y
alcanzar gloriosa apoteosis.»
Pero mi desconsuelo llegaba al paroxismo al ver cómo el loco sublime
terminaba en cuerdo. A mis ojos aquel trivial arrepentimiento le
degradaba, desautorizando lastimosamente su obra casi divina de paladín
de la virtud. ¡Qué desencanto!...
Claro está que, a mi escasa sindéresis, escapaba la idea central de la
grandiosa concepción cervantina: desterrar las locuras y disparates
de las novelas caballerescas para fundar la obra artística sobre los
sólidos cimientos de la experiencia; que, al fin y al cabo, sólo
las narraciones de sucesos verosímiles, ingeniosamente tejidas con
elementos de la vida real, alcanzan la suprema virtud de enseñar,
edificar y deleitar.
Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis
emociones de la adolescencia y juventud, comprenderá el lector que
el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más
tarde, curado o por lo menos aliviado (porque restablecido no creo
haber estado nunca) del empalagoso romanticismo que padecía, aprendí a
gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y
elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa
armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don
Quijote y Sancho; personajes que --según se ha dicho muchas veces--
con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales
concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del
sentir y del pensar humano.
Pero dejemos de reflexiones ociosas y reanudemos el hilo de la
narración.
[Ilustración]