Mis nuevos compañeros de algaradas. -- Reyertas estudiantiles. --
Graves consecuencias de llevar gabán largo. -- Accidente en un
estanque. -- La religión del color y diccionario cromático. -- No hay
rosas sin espinas.
A pesar de los mejores propósitos, mis aficiones artísticas, así como
el afán de acción incesante y de emociones dramáticas, siguieron en
_crescendo_, pues hallé en Huesca muchos camaradas que compartían
mis gustos y me secundaban en las más descabelladas travesuras. El
sentimentalismo soñador, cierto carácter puntilloso, que no toleraba
fácilmente agravios ni humillaciones, fueron causa de varios percances
y aun de verdaderos peligros, de que sólo mi robusta naturaleza pudo
librarme.
Omito referir los más de los episodios lastimosos de aquel año; si tal
hiciera, mi relato resultaría interminable. Para no poner demasiado a
prueba la paciencia del lector y permanecer fiel al plan adoptado, me
limitaré a contar algunos de los lances y peripecias que dejaron más
honda huella en mi memoria.
Por suerte, en el Instituto de Huesca no se estilaban _novatadas_; pero
en cambio había algo tan deplorable: el abuso irritante del fuerte
contra el débil, y el matonismo a todo ruedo, regulando los juegos y
relaciones entre mozalbetes.
Todo recién llegado que, por su facha, indumentaria o carácter,
desagradaba a los _gallitos_ de los últimos cursos, se veía obligado,
para librar con bien, o a recogerse prudentemente en casita durante las
horas de asueto o a implorar el amparo de algún otro grandullón capaz
de hacer frente a los insolentes perdonavidas.
Yo tuve la desdicha de resultar antipático a los susodichos caciques,
puesto que sin causa justificada, y desde mi aparición en los patios
del Instituto, me maltrataron de palabra y obra, obligándome a meterme
en trapatiestas y jollines, de que salía casi siempre mal librado.
Entre los que más abusaban de sus fuerzas para conmigo, recuerdo a
un tal Azcón, natural de Alcalá de Gállego, pigre crónico que había
interrumpido varias veces sus estudios. Frisaría en los dieciocho
o diecinueve años; su torso cuadrado y fornido, su recio y tostado
pescuezo, y sus morenos y vigorosos brazos, denunciaban a la legua al
gañán que ha endurecido sus músculos guiando el arado y empuñando la
azada.
Este salvaje conoció bien pronto el flaco de mi carácter, y dispuesto
siempre a armar camorra y divertirse a mi costa, cuantas veces topaba
conmigo en los alrededores del Instituto, llenábame de improperios.
Entre otros motes que yo, en mi candidez, estimaba mortificantes,
púsome los de _italiano_ y _carne de cabra_. (Este último remoquete
dábase entonces por burla a todos los ayerbenses).
En cuanto al apodo de _italiano_, exige una explicación. Mi buena
madre, extraordinariamente hacendosa y económica, me hizo con el
paño de cierto antiguo sobretodo del autor de mis días amplio gabán
de abrigo. Lo malo fué que, preocupada con mi rápido crecimiento y
anticipándose un tanto a los sucesos, dejó los faldones del gambeto
algo más largos de lo prescrito por la moda de entonces. ¡Forzoso es
reconocerlo!... Mi facha recordaba bastante a la de esos errabundos
saboyanos que por aquellos tiempos recorrían la Península tañendo el
arpa o haciendo bailar al son del tambor osos y monas.
Entre aquellos señoritos vestidos _à la dernière_, la súbita aparición
de mi extraño gabán produjo regocijada sorpresa. Y una voz recia
y dominante --la del referido Azcón-- tradujo de repente la idea
imprecisa que bullía en aquel coro de zumbones.
--¡Mirad al italiano, al saboyano!...
--Es verdad --repitieron sus alegres compinches.
--Sólo le falta el arpa --decía uno.
--¿Dónde has dejado el mico? --exclamaba otro.
Y en _crescendo_ siguieran pullas y chirigotas, si la cólera y el
despecho, a duras penas reprimidos hasta entonces, no me hubieran
obligado a volver por los fueros de la que yo creía dignidad ultrajada.
Y, sin replicar palabra, lancéme como un tigre sobre Azcón y sus
insolentes amigos, repartiendo a diestro y siniestro puñetazos y
puntapiés.
Otro muchacho más prudente y cuerdo habría adoptado la discreta actitud
propia de estos casos: callarse o tomar las cosas a broma. De este modo
el mote habría sido pronto olvidado; pero yo, que ignoraba el conocido
consejo: «para que no se burlen de tus defectos, sé el primero en
burlarte de ellos», tomé el asunto por lo trágico. Y el resultado fué
que, repuestos de su sorpresa, los agredidos devolviéronme con creces
la agresión, propinándome monumental paliza. ¡Bien se cobraron los
indinos!..., porque, además de molerme a patadas, me arrojaron al suelo
y culebrearon buen rato sobre mis espaldas, con riesgo de asfixiarme.
Cuando se cansaron de golpearme, levantéme como pude; recogí los restos
de mis libros; limpiéme el sudor y el polvo y, desencuadernado y
cojeando, retiréme a casa jurando vengarme del atropello.
Creerá acaso el lector que, tras escarmiento tan contundente, mi
bilis quedaría apaciguada, adoptando para lo sucesivo temperamentos
de tolerancia y mansedumbre. Todo lo contrario. Pocos días después,
al salir de clase, enfronté con el mismo corro de zumbones, que,
prevalidos de la presencia de Azcón, lanzáronme cobardemente al rostro
el consabido apodo. Presa de ciego furor, acometí temerariamente a
los insolentes, que cerraron sobre mí con las mismas deplorables
consecuencias de la pasada vez... Y así sucesivamente, durante dos o
tres meses... Mis camaradas no sabían qué admirar más, si la crueldad
de Azcón y sus acólitos o la impasibilidad y constancia con que yo
provocaba sus atropellos.
Cuántas veces, al recogerme en casa mohino y cabizbajo, abollado el
sombrero, anhelante el pecho por la emoción y rojos y húmedos los ojos
de corajina y despecho, me decía filosóficamente: «¡Y pensar que todo
esto me pasa por cuatro dedos de tela que pudieron cortarse a tiempo!»
Al hacerme tan triste reflexión me equivocaba de medio a medio. Lo que
a mí me sucedía les pasaba también, aunque en menor escala --gracias
a su prudencia--, a otros pipiolos de los primeros años, no obstante
vestir a la última moda. El pretexto no faltaba nunca. Precisamente
concurrían en mí dos circunstancias que, más temprano o más tarde,
me habrían señalado a la animadversión de aquellos salvajes: la bien
ganada fama de audaz y arriscado traída de Ayerbe, patria de calaveras
y solar fecundo de guapos y matones; y la indignación que me han
producido siempre la injusticia y el abuso.
Todos estos conflictos infantiles, que a muchos parecerán puras
chiquilladas, tienen decisiva importancia, no sólo para la formación
del carácter, sino hasta para la conducta ulterior durante la edad
viril. El estudiante más formal y pacífico, obligado a sufrir
agresiones inicuas, acaba por adoptar, según su temperamento, una de
estas tres actitudes: el halago y la lisonja hacia los atropelladores,
la invocación a la autoridad de los superiores o, en fin, el ejercicio
supraintensivo de los músculos, combinado con la astucia.
Éste fué el partido escogido por mí. Los dos primeros teníalos por
deshonrosos. «Para tener a raya a los fuertes --pensaba-- es preciso
sobrepujarles o, por lo menos, igualarles en fortaleza.»
Pero ¿cómo alcanzar esa superioridad, y sobre todo alcanzarla luego?
Mis insolentes adversarios se permitían tener más años que yo. Y
además ellos eran muchos y yo estaba solo. «¡Bah! --me decía--, si yo
logro triunfar de Azcón, todos serán aliados míos.» Y esto ocurrió,
precisamente.
Afortunadamente, conocía yo bien los efectos eminentemente tónicos
de la gimnasia y del trabajo forzado. Había observado cuánta ventaja
llevan siempre en las riñas, pedreas, saltos y carreras los muchachos
recios y trigueños recién llegados de la aldea y acostumbrados al peso
de la azada, a los señoritos altos y pálidos, de tórax angosto, zancas
largas y delgadas, criados en las angostas calles de la ciudad y al
suave calor del halda maternal.
En consecuencia, resolví entregarme sistemáticamente a los ejercicios
físicos, a cuyo fin me pasaba solitario horas y horas en los sotos y
arboledas del Isuela, ocupado en trepar a los árboles, saltar acequias,
levantar a pulso pesados guijarros, ejecutando, en fin, cuantos actos
creía conducentes a precipitar mi desarrollo muscular, elevándolo a
la máxima potencia, compatible con mis pocos años. Esperaba yo que,
al cabo de algunos meses, lo más largo en el próximo curso, las cosas
cambiarían radicalmente, y que hasta los perdonavidas más soberbios me
habrían de mirar con respeto.
Esta consoladora esperanza --a primera vista tan ilusoria-- se realizó
en gran parte en los cursos próximos.
Según verá el lector más adelante, la gimnasia forzada y mi pundonor
exasperado hicieron milagros. Porque en medio de mis graves defectos,
fuí siempre dócil a las enseñanzas de la experiencia, la cual, con
relación a éste y a otros semejantes casos, se encierra en una máxima
tan vulgar como poco practicada. «Si quieres triunfar en las arduas
empresas acomételas con toda tu voluntad, preparándote de antemano con
más tiempo y trabajo de los manifiestamente necesarios». Que, al fin y
al cabo, el sobrante de esfuerzo jamás daña, antes bien, halla adecuado
empleo en otra ocasión; mientras la insuficiencia, aún exigua, expone a
lamentables fracasos.
El fruto de mi _entrenamiento_, como ahora se dice, fué soberbio. Desde
el tercer curso, mis puños y mi habilidad en el manejo de la honda y
del palo infundieron respeto a los matones de los últimos años, y hasta
el atlético Azcón tuvo que capitular, acabando por hacerse amigo mío.
Verdad es que habíale anunciado que, en cuanto se insolentase conmigo,
le incrustaría en la cabeza una peladilla de arroyo. Y mi amenaza no le
sonó a necia baladronada; porque al presenciar diariamente mis proezas
de hondero, quedó persuadido de que podría ser cumplida la oferta.
Huelga decir que el alias humillante cayó en olvido.
Un suceso de muy distinto género de los referidos me proporcionó amarga
enseñanza acerca del egoísmo de los niños y del miedo, como innato, que
en España se siente a la justicia.
Cierto día del mes de Enero nos divertíamos varios amigos retozando y
patinando en la balsa de un molino. El frío era glacial y la capa de
hielo del estanque tan espesa, que soportaba perfectamente nuestros
cuerpos. A poca distancia de la orilla, unos galopines se divertían
arrojando grandes piedras al hielo, con que abrieron anchuroso agujero,
por donde rezumaba el agua, denunciadora por su matiz verde obscuro de
la gran profundidad del fondo. Fiado en mi agilidad, y tentado por el
diablo, propuse a mis camaradas brincar por encima del amplio boquete,
y para animarlos salté yo primeramente. Dispuso mi mala estrella que,
en uno de mis brincos, resbalase en un témpano movedizo y, cayendo de
espaldas, me hundiese en el agua. Mi angustia fué grande, pues aunque
sabía nadar, hallábame bajo recia costra de hielo y no podía atinar con
el boquete ni, por tanto, respirar. Forcejeando ansiosamente, acerté
con la brecha; agarréme a los quebrantados carámbanos de los bordes,
que cedían en parte a la presión de mis manos, y, en fin, en virtud de
supremo esfuerzo conseguí sacar la cabeza y resollar. Vi entonces con
estupor que mis camaradas, creyéndome, sin duda, ahogado, habían huído.
En aquella incómoda postura, aterido y como paralizado por el frío, no
podía incorporarme; para ello hubiera sido necesario ejecutar lo que
en el _argot_ de los gimnastas se llama la _dominación doble_; además,
el suelo estaba demasiado hondo para afianzar los pies. Por fortuna,
pataleando y tanteando en todas direcciones, topé con una estaca que
me prestó el ansiado apoyo y, sacando, por fin, el tronco del agujero,
libréme de una muerte cierta.
Calado hasta los huesos y sintiendo frío glacial, púseme en marcha;
pero advertí que el agua del pantalón comenzó a congelarse,
impidiéndome andar. Temeroso de helarme, desnudéme enteramente; escurrí
lo posible el agua de la ropa, que tendí a secar en la margen de un
campo resguardado del cierzo. Mientras tanto, cobijéme encogido y
tiritando en cierto pajar, bañado por los rayos del sol poniente, que
apenas tuvieron calor suficiente para enjugar mi aterida piel. Para
entrar en calor, eché a correr vertiginosamente por el vecino barbecho
durante cerca de una hora, que fué el tiempo que tardó en secarse
algo la camisa. Poco después (serían las cinco de la tarde) acabé de
vestirme; fuíme corriendo a casa; sustituí la ropa, todavía húmeda, por
otra, y reaccioné franca y saludablemente.
El lector que haya seguido el relato precedente, imaginará, sin duda,
que la citada aventura polar tuvo graves consecuencias para mi salud,
provocando alguna de las muchas inflamaciones _a frigore_ catalogadas y
descritas minuciosamente en los libros de Patología. ¡Pues ni siquiera
me constipé!...
No hay torpeza de la cual no quepa extraer alguna útil enseñanza;
y yo, del tremendo remojón, saqué dos apotegmas, uno fisiológico y
otro moral: 1.º Digan lo que quieran los patólogos, el frío, obrando
como condición exclusiva, no constipa ni causa pulmonías. 2.º Los
sentimientos de filantropía y compasión en los jóvenes son tan
frágiles, que no resisten al riesgo de mojarse un poco los puños de la
camisa ni a la molestia de tener que declarar ante el juez, en caso de
desgracia.
* * * * *
La necesidad de fortalecerme para repeler las continuas agresiones de
los chicos, no fué poderosa a hacerme olvidar el culto de lo bello;
antes bien, mis inclinaciones pictóricas hallaron pábulo e incentivo
en el nuevo género de vida. Antes de la que podríamos llamar _era
muscular_ de mi existencia, mis ensueños artísticos tenían por tema
el hombre en acción. Pero ahora, con ocasión de mis paseos solitarios
por los sotos y verjeles del Isuela, comencé a admirar la soberana
hermosura del reino de las plantas y de los insectos y a atender los
sordos rumores de la vida animal en perpetua renovación.
Verdad vulgar es que el hombre copia lo que ama. Y en el mundo de la
vida, como en el del espíritu, amar es reproducir. Carece de fervor
quien, por un acto de abstracción, no descarta o empalidece en su mente
las imágenes vulgares o indiferentes, para hacer destacar vigorosamente
la representación favorita; quien no anhela a todas horas detenerse
morosamente en la contemplación de la misma, donde además se nos
ofrece la realidad interpretada, simplificada y embellecida. Como que
es algo nuestro, puesto que le hemos comunicado lo mejor de nuestra
sensibilidad y de nuestra fantasía constructiva.
Fiel a la citada ley psicológica, pinté yo cuanto embelesaba mis ojos.
Las páginas del álbum llenáronse de diseños de rocas y árboles, de
ramilletes de flores silvestres, de mariposas de vistosas libreas, de
arroyos deslizados entre juncos y nenúfares.
Mis dibujos, empero, distaban mucho de satisfacerme desde el punto
de vista técnico. La forma y el claro-obscuro dejábanse captar con
relativa facilidad, pero el color se me resistía. La crudeza cromática
de mis copias corría parejas con la falta de perspectiva aérea.
Agobiábame, sobre todo, la riqueza inagotable de los matices de
tierras, follajes, flores y encarnaciones humanas. Al modo de
la mayoría de los aficionados neófitos, discernía bien la nota
fundamental; pero desconocía el difícil manejo del gris e ignoraba
que la naturaleza apenas ofrece un color absolutamente simple. Sabido
es que en la sensación cromática del paisaje, como en la acústica,
sólo hay acordes variados; al color se mezcla siempre, en varias
proporciones, el blanco y el negro, que son algo así como el silencio y
el ruido de la percepción sonora.
En el niño, tales deficiencias de apreciación son inevitables. Sin
apercibirse de ello, simplifica y esquematiza el color. A la manera
del músico de oído, que sólo traduce la melodía, desentendiéndose de
la armonía, el pintor en cierne copia exclusivamente la tonalidad
dominante. ¿Quién no recuerda las coloraciones rabiosas de los
dibujantes de plazuela? Y en presencia de una exposición de cuadros,
¿quién no descubre a la primera ojeada, por lo chillón del colorido,
la obra infeliz del chapucero o del pretencioso modernista, que por
_snobismo_ rinde culto al género _criard_, regresando inconscientemente
a la fase infantil del arte?
Yo incurría, pues, por inexperiencia, en todos los citados deplorables
defectos. Algo me corregí, sin embargo, en el curso de mis ensayos, y
acabé por discriminar, en parte, los tonos armónicos. Por ejemplo: en
la escala de los verdes, que yo primitivamente reducía al verde franco
del césped, conseguí al fin diferenciar el verde azul del olivo, el
verde amarillo del boj, el verde gris de la encina y del pino y el
verde negro del ciprés. Estos modestos progresos condujéronme a refinar
la observación de los objetos naturales y a desconfiar de la memoria,
que tiende, indefectiblemente, a simplificar formas y tonalidades.
Por cierto que, con ocasión de los referidos estudios de color, concebí
un proyecto pueril, en que trabajé ahincadamente algún tiempo. Para
ejercitarme, me propuse reproducir en grueso álbum todos los matices
variadísimos ofrecidos por los objetos naturales, ejecutando una
especie de diccionario pictórico, donde, a falta de nombre, cada color
complejo, figuraba con número de orden. A guisa de ejemplo añadíale la
imagen del objeto correspondiente. Era algo así como la conocida gama
cromática de Chevreuil (que yo ignoraba entonces), pero más completa,
puesto que contenía, aparte los tonos simples más o menos saturados, el
producto de la mezcla de todos los colores, incluyendo naturalmente el
blanco y negro.
La ejecución del citado álbum salió a pedir de boca, mientras escogí
para la reproducción rocas, insectos y flores silvestres; mas en cuanto
abordé las flores cultivadas, choqué con imprevistos inconvenientes.
Los claveles, rosas, jacintos, pensamientos, alhelíes, etc., no eran
libres; tenían dueño, y a falta de dinero, había que arrancarlos a viva
fuerza de macetas y pensiles.
Y, según era de esperar, ocurriéronme algunos lances desagradables.
Citaré sólo dos, asociados, por ironía de la suerte, a la redacción del
capítulo de las rosas.
Cierto camarada, confidente de mis gustos y empresas, como me viese
contrariado por carecer de ejemplares de una hermosa rosa llamada en
Huesca _de Alejandría_, flor tan notable por su color como por su
fragancia, propúsome el asalto de cierto jardín donde abundaban esa y
otras flores admirables. Acepté gustoso la proposición, que tenía para
mí además el atractivo de peligrosa aventura y acordamos dar el golpe
a las nueve de la noche del siguiente día. Llegada la hora, acudió
puntualmente mi amigo, con dos compañeros seducidos igualmente por
la codicia del inocente botín; nos aproximamos cautelosamente a las
tapias del huerto, por encima de las cuales descollaba alto emparrado
y brillaban a trechos guirnaldas de magníficos rosales trepadores.
Preciso era, antes de lanzarnos al escalo, averiguar si los dueños, o
acaso el hortelano, habitaban la casa de campo. Para salir de dudas,
recurrimos al candoroso ardid de disparar dos o tres piedras al tejado.
Nadie reaccionó al estrépito: ni una voz, ni un rumor. Animados por el
silencio, nos acercamos a un punto accesible de la pared, trepamos a lo
alto, salvamos las varillas del emparrado y saltamos, no sin emoción,
sobre el paseo que circundaba el jardín.
Apenas habíamos cogido algunas de las codiciadas rosas, cuando salieron
de la casa dos gañanes que, armados de sendas trancas, vinieron
furiosos hacia nosotros. Repuestos de la desagradable sorpresa,
emprendimos vertiginosa carrera por las calles del jardín. Mas ¿cómo
escapar? Cerradas las puertas y altísimas las bardas del cercado,
resultaba imposible encaramarse antes de que los coléricos hortelanos
nos alcanzaran con sus amenazadoras estacas. En tan angustioso trance,
el instinto nos impuso la estrategia de correr desalentados alrededor
del huerto, a fin de cansar a los gañanes, o al menos de ganarles en la
carrera tal ventaja que nos fuera dable disponer de los pocos segundos
indispensables al asalto de la pared. Pero ¡ay, todo esto eran cuentas
galanas!... A decir verdad, durante el primer cuarto de hora las cosas
no marcharon mal del todo: la costumbre de correr y el acicate del
miedo nos permitieron conservar sobre nuestros enemigos una ventaja
de más de 20 metros. Pero transcurridos veinte minutos la distancia
disminuía progresivamente; a los veinticinco minutos, poco más o menos,
era de 15; y a la media hora de menos de 10. La angustia nos devoraba.
No desmayábamos, sin embargo, en aquella suprema lucha por el espacio
y por el tiempo. En tan supremo trance el alma entera se había pasado
a los músculos, y el corazón, otro músculo también, trabajaba a toda
presión, prefiriendo estallar a rendirse...
Pero, ¡oh dolor!, la recia musculatura de nuestros rudos persecutores
no se fatigaba todavía; y, en cambio, nuestras piernas comenzaban a
flaquear; el corazón palpitaba vertiginosamente; las fauces secas por
el potente resoplido pulmonar demandaban refrigerio imposible; en fin,
sudores de angustia invadían nuestro ser. ¡Y a todo esto la distancia
disminuía terriblemente! Las trancas de nuestros enemigos volaban por
el aire y golpeaban furiosamente nuestras piernas, anunciándonos la
proximidad del temido desenlace. Oíase cercano el vibrar de los puños
y el resuello de los pulmones. Paralizado por el cansancio, cae uno
de los camaradas; sus ayes y alaridos llegan a nosotros, sirviéndonos
de supremo acicate. La rendición del compañero sirviónos de tregua,
permitiéndonos respirar y cobrar alguna ventaja. Renació la esperanza;
pero, ¡ah!, para desvanecerse pronto, porque nuestros enemigos,
indignados por tanta obstinación y deseosos de atraparnos a ultranza,
dividieron sus fuerzas: uno de ellos continuó corriendo en línea recta;
el otro marchó en dirección contraria. ¡Íbamos a ser cogidos entre dos
fuegos!...
No había tiempo que perder. Tenía yo mi plan, madurado en los cortos
instantes en que, al doblar las esquinas, perdía de vista a los
persecutores y podía explorar a mi sabor las tapias y árboles del
paseo. Aprovechando, pues, una de esas pausas, en un supremo esfuerzo,
salté a las ramas de un manzano, desde el cual gané la tapia y me
puse en franquía. Gran oportunidad, porque segundos después sonaban
gemidos desgarradores. Eran mis pobres compañeros de infortunio que,
agarrados por los feroces guardianes, mordían el polvo bajo lluvia de
golpes. Indignado por el abuso de que juzgaba víctimas a mis amigos,
tuve todavía la desfachatez de encaramarme en la tapia y de disparar
cuatro o cinco gruesos guijarros sobre los sañudos vapuleadores, en los
cuales debí hacer blanco, porque se volvieron airados hacia mí. Tuve,
naturalmente, la prudencia de no esperarlos.
Así acabó aquella famosa aventura de las _rosas de Alejandría_. El
molimiento fué tal, que mis compañeros faltaron a clase varios días:
una de las víctimas, si mal no recuerdo, cayó enferma de cuidado. A
la verdad, la paliza fué formidable, y aun yo, que salí relativamente
bien librado del lance, me resentí por mucho tiempo de las contusiones
causadas en mis espaldas por las estacas volantes.
* * * * *
Más sabor cómico que dramático tuvo otro episodio desarrollado en
los jardines de la estación del ferrocarril. Cultivábanse allí unas
preciosas rosas de té, cuyas elegantes formas y suavísima fragancia
excitaban diariamente mi codicia. No pudiendo resistir la tentación de
completar mi colección de dibujos con la reproducción de tan exquisitos
ejemplares, cierta tarde, aprovechando la ausencia del guarda, salté
el vallado y apoderéme de las rosas. Quiso mi mala estrella que,
traspasada ya la empalizada, me sorprendiese el guardafreno, quien,
escopeta en mano y en actitud resuelta, echó a correr en pos de mí.
En vano dióme el alto, ordenándome me rindiera a discreción para
evitar una perdigonada. No le hice caso y continué mi carrera a campo
traviesa, sin cuidarme de mirar atrás.
Pocos minutos después me creía salvado, cuando quiso mi mala estrella
que, al saltar una ancha acequia bordeada por bancos de cieno, cuya
desecación superficial fingía a la vista sólida margen, cayese en la
opuesta orilla y me hundiese en el légamo hasta medio cuerpo. Forcejeé
ansiosamente por salir del atasco; mas cada contorsión contribuía a
clavarme más en el barro, donde quedé cogido como pájaro en liga. Por
fortuna, unas pobres mujeres que lavaban no lejos de allí, acudieron
en mi ayuda. Sacáronme del lodazal hecho una lástima. Estaba
absolutamente impresentable. Desnudeme, pues, para lavarme la ropa; mas
no lo consintieron mis caritativas salvadoras, que, apoderándose de mis
prendas, limpiáronlas cuidadosamente. Durante esta operación tuve que
permanecer escondido, acurrucado y en camisa bajo una mata de mimbres.
Se me olvidaba decir que antes de esto llegó el furioso guarda, quien,
al verme de aquel talante y no sabiendo por donde asirme sin detrimento
de su limpio uniforme, acabó por soltar el trapo. En realidad, mi
coraza de pestilente légamo hacíame invulnerable.
Los citados episodios, y otros que no cuento por no ser demasiado
difuso, parecerán inverosímiles en los actuales tiempos. ¿Qué mozalbete
o señorito expondría hoy el pellejo por el placer de contemplar una
rosa y de enriquecer un álbum?
[Ilustración]