CAPÍTULO XI

Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios. --

Exploración de la ciudad. -- La catedral, San Pedro, San Jorge y

Monte-Aragón. -- Nuestros profesores.

Fué por Enero o Febrero de 1864 cuando mi padre, desengañado del método

de enseñanza de los frailes, resolvió, por fin, trasladar mi matrícula

al Instituto de Huesca, contrariando así íntimos anhelos míos, ya que

el autor de mis días creía --y acaso con razón-- que su hijo, alejado de

los Escolapios, no dominaría jamás el latín.

Muy acertadamente nota Goethe que todo padre desea para sus hijos

aquello que no le fué dado alcanzar a él. El mío, que no tuvo ocasión

durante su adolescencia de estudiar la lengua del Lacio, deseaba

vivamente que su primogénito saliera gran latino y consumado humanista.

Tales aspiraciones sólo aparentemente contradecían sus principios

severamente utilitarios. Larga experiencia de la vida le había enseñado

que la autoridad y prestigio social del doctor proceden, antes que

de su ciencia, de su trato social, de sus modales y, sobre todo, de

su cultura general. La frecuente razón inversa de la aptitud clínica

y del buen carácter, del sólido saber y de la vacua pedantería, del

juicio reflexivo y de la insubstancial verbosidad, pasa inadvertida

del vulgo, que se atiene siempre en sus apreciaciones a la primera

impresión. Seamos, empero, indulgentes con la clientela. ¡Qué va a

hacer el gran público sino juzgar a los hombres de ciencia por el único

lado accesible a su comprensión!...

Yo debía resultar, conforme demostrará patentemente mi vida de hombre,

la contraposición ideal o, mejor dicho, el complemento psicológico del

autor de mis días. Y no ciertamente en el terreno de las humanidades,

y menos aún en el de la gramática parda y arte de vivir, sino en lo

atinente al cultivo del arte por el arte, en la afición a la ciencia

teórica, precisamente por ser teórica, y en la pasión decidida por

la filosofía, la más superflua, cuando no la más perjudicial, de las

disciplinas humanas.

Pero de ello tendremos ocasión de hablar a su tiempo; y entonces

verá el lector cómo, en ocasiones, las aficiones más radicalmente

antifinancieras dan de vivir, y hasta con holgura, contra todos los

desanimadores vaticinios de los hombres prácticos.

Cediendo, pues, según dejo apuntado, a mis deseos, el autor de mis

días, gestionó la traslación de la matrícula al Instituto de Huesca.

Poco después me acompañó a la antigua capital del reino de Aragón,

donde me instaló en modesta casa de huéspedes, sosegada y quieta,

albergue y paradero habitual de sacerdotes y seminaristas. Estaba

situada cerca de la catedral, en el llamado _arco del Obispo_; y su

gobierno corría a cargo de patrona viuda muy religiosa y de excelentes

sentimientos.

[Ilustración: Lám. X, Fig. 16.--Fachada del Instituto de Huesca.]

[Ilustración: Lám. X, Fig. 17.--Puerta principal de la catedral de

Huesca. Fotografías del autor.]

Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre los cuales hallé

amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de casa,

excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y

D. Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y

consumado latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi

padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no

dejarme de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa

lengua de Horacio y de Virgilio.

No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción hice mi entrada en

la famosa y antiquísima _Osca_, ilustrada por las hazañas de Sertorio.

Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción encomiástica

que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la

ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en

pegar a sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que

los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito

para alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente

las encomiásticas narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos,

mis primeras visitas fueron, naturalmente, para las famosas eras de

Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos, luchas y

algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela,

poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la

elegante oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro

habitual de las expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la

ciudad.

En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto de mi voluntad y de

unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar papel y caja de

colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones artísticas.

A los doce años, la brusca inmersión en la vida ciudadana constituye

revolucionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos

sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre

la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan

y adornan; el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas

chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se

transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las

librerías aparecen: con ellas se abre una ventana hacia el Universo

ignorado y prohibido.

Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la

sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del campesino,

del cura y del maestro --las solas formas posibles de humanidad

en la aldea--, añádense ahora infinidad de especies y variedades

profesionales, antes ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del

niño se dilata en el espacio como en el tiempo: en el espacio, porque

reclama su atención muchedumbre de novísimas realidades; en el tiempo,

porque toda ciudad constituye, según es notorio, archivo de recuerdos

históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el protoplasma

de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.

Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el

jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes en barbecho.

Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional

librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el

aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de

una ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación

plástica, la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga

mejor. Por donde se ve que se acercan mucho a la verdad quienes

relacionan la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la

ciudad donde transcurrieron su niñez y mocedad.

[Ilustración: Lám. XII, Fig. 20.--Huesca. Retablo de mármol de la

Catedral.]

Si la aldea aparece como fijada en el presente y estrictamente

atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad --lo hemos

dicho ya-- sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas

directoras de la comunidad; es decir, los hombres selectos que

piensan y recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la

raza. Desconocedor de su propia historia, el pobre aldeano vive

condenado a marchar siempre a remolque de la ciudad, de donde, si

recibe el beneficio del maestro, del médico y del cura, recibe también

las plagas del cacique, del reclutador y del comisionado de apremios.

Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi

sensibilidad sobreexcitada me arrastraba irresistiblemente a curiosear

las cosas más que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación

romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de la vieja

ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de

Quadrado, _Recuerdos y bellezas de España_, infolio que figuraba en la

biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas

litografías me tenían cautivado.

Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los estados de alma causados

por la contemplación de las antigüedades de la histórica ciudad del

Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos monumentos visité

ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el primer

ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos.

Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos,

Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del

arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada torre

del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el siglo XIV por

el vizcaíno Juan de Olótzaga; la majestuosa puerta gótica, guarnecida

por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con esculturas

de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles

y pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón

que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave

central y del crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos

capiteles se descomponen hacia la bóveda en nerviaduras caprichosamente

entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los capiteles y

rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment,

o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil

fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.

Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de _San Pedro

el viejo_, la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que

sirvió de capilla a los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la

conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica bizantina, sobria

de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe de sus

fundadores.

No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por sus lóbregos y

misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio enterrados

por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los

sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de

Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de

la famosa campana.

Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo

borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de

las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu

el pensamiento desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa

y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate entre el

espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores

de los agentes naturales.

[Ilustración: Lám. XI, Figs. 18 y 19.--La primera, presenta, según

fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre _Campana de

Huesca_; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de

San Pedro el viejo.]

En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración

de otros edificios henchidos de recuerdos históricos: las antiguas

murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas

e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en parte,

es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a

Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los

antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy

transformado en Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se

conserva todavía la famosa campana, donde, según la leyenda, ordenó el

rey monje el sacrificio de la levantisca nobleza aragonesa; las Casas

Consistoriales, coronadas de altos torreones, y en cuyas estancias

dictaba antaño sus fallos el _Justicia_ de la ciudad; la románica

iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela,

y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos,

los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo

de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los

cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San

Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario

de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar

de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de

Monte-Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los

primeros años de la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros,

rasgados por grandes ventanales, parecen conservar todavía el calor del

terrible incendio que dió en tierra con la grandiosa fábrica.

Pero dado de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es

ya ocasión de que hable algo de mis profesores y camaradas.

D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario

del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano, bondadoso y casi

ciego, carecía de la indispensable entereza para luchar con aquellos

diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían

novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a la

baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y

pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en

medio de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera

y sordera de aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los

autores de tantas insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la

misma edificación con que debe oir una tribu de salvajes al heroico

misionero a quien esperan merendarse.

Referir menudamente las diabluras que allí se ejecutaban sería cuento

de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares.

Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en

clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron

el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire,

arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras

veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine,

las cuales, prendidas al hilo que sostenía un pillete, abandonaban

suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho de

maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor.

Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de

papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del

venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta

osadía y desconsideración, echábanos con cajas destempladas a la

calle...

Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más

audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo

varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas.

Con todo eso, debí purgar más de una vez, en unión de camaradas más

desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de

cuadra aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante

veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto

ocurría, lejos de aburrirme servíame el encierro para dar rienda suelta

a mis delirios pictóricos, dibujando con tiza y carbón en las paredes

batallas campales entre bedeles y alumnos, en las cuales llevaban los

primeros, según es de presumir, la peor parte.

Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de

Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de

complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en

sus palabras y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos

respeto y temor. El alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con

sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Sabíamos además

que las faltas de atención eran registradas cuidadosamente y que, a

menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método,

y sus lecciones acabaron por interesarnos.

Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho

partido de las explicaciones del _geógrafo_; para lo cual favorecióme

sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo,

nos hacía copiar del _Atlas_ señalado de texto, islas y continentes,

ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba nuestra atención y

se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan de mi gusto

resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un

santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria

el contorno de todas las naciones con sus provincias, sin atascarme

siquiera en la complicada geografía de la confederación germánica ni en

la enrevesada de las Repúblicas hispanoamericanas.

El diverso comportamiento de los escolares en las dos citadas

asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores observaciones han

confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de alumnos de

diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito

de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas

víctimas de la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para

quienes la quietud y la compostura constituyen verdadero suplicio. Es

el segundo, que los educandos demasiado jóvenes muéstranse incapaces,

salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio de las lenguas y de

comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al castigo

puede obligar a galopines que están todavía en la _época muscular_ y

_sensorial_ de la existencia a soportar a pie firme largas tiradas

de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de binomios y

polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde los

catorce o quince años.

Acredita la experiencia que, salvo precocidades excepcionales, el

muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con placer

solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria

exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la

_Cosmografía_, la _Geografía_ y algunos rudimentos de _Aritmética_,

_Física_ y de _Historia natural_.

Las _Lenguas_ muertas, la _Gramática_, la _Psicología_, la _Lógica_,

el _Álgebra_, la _Trigonometría_ y la _Física_ con fórmulas, debieran

reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante

entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza

verdaderamente la fase reflexiva de la evolución mental.

Pero a este error pedagógico sancionado por la ley, añádense todavía

los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y

excesivamente abstracta en que se expone la ciencia. Preocupado con

el rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a

menudo una cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas

inteligencias, ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto

del alumno; pero de este punto, de capital transcendencia para la

función educadora, diré algo más adelante.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 17 / 45 题