Mi regreso a Ayerbe. -- Nuevas hazañas bélicas. -- El cañón de madera.
-- Tres días de cárcel. -- El mosquete simbólico.
Cuando regresé a Ayerbe en las próximas vacaciones, mi pobre madre
apenas me reconoció; tal me pusieron las caricias de los dómines y el
régimen de la síntesis alimenticia. De mí podía contarse con verdad
cuanto Quevedo dice en su _Gran Tacaño_ de los pupilos del dómine
Cabra. Seco, filamentoso, poliédrica la cara y hundidos los ojos,
largas y juanetudas las zancas, afilados la nariz y el mentón, semejaba
tísico en tercer grado. Gracias a los mimos de mi madre, a la vida
de aire libre y a suculenta alimentación gradualmente intensificada,
recobré luego las fuerzas. Y, viéndome otra vez lustroso y macizo,
volví a tomar parte en las peleas y zalagardas de los chicuelos de
Ayerbe.
En aquel verano mis juegos favoritos fueron los guerreros, y muy
especialmente las luchas de honda, de flecha y de boxeo.
La flecha y la honda parecíanme cosas de chicos; yo aspiraba al cañón
y a la escopeta. Y me propuse fabricarlos fuese como fuese. Para dar
cima a la ardua empresa, tomé un trozo de viga remanente de cierta
obra de albañilería hecha en mi casa, y con ayuda de gruesa barrena
de carpintero, y a fuerza de trabajo y de paciencia, labré en el eje
del tronco un tubo, que alisé después todo lo posible a favor de una
especie de sacatrapos envuelto en lija. Para aumentar la resistencia
del cañón, lo reforcé exteriormente con alambre y cuerda embreada; y a
fin de evitar que, al cebar la pólvora, se ensanchase el oído y saliese
el tiro por encima, guarnecí aquél mediante ajustado canuto de hoja de
lata procedente de alcuza vieja.
Ufano y satisfecho estaba con mi cañón, que alabaron
extraordinariamente los amigos; todos ardíamos en deseos de ensayarlo.
Fué mi intención añadirle ruedas antes de la prueba oficial; pero mis
camaradas no lo consintieron; tan viva era la impaciencia que sentían
por cargarlo y admirar sus formidables efectos.
Después de madura deliberación, decidimos izar el cañón por encima de
las tapias de mi huerto y ensayarlo sobre la flamante puerta de vecino
cercado, puerta que daba a cierto callejón angosto, bordeado de altas
tapias y apenas frecuentado.
Cargóse a conciencia la improvisada pieza de artillería, metiendo
primero buen puñado de pólvora, embutiendo después recio taco y
atiborrando, en fin, el tubo de tachuelas y guijarros. En el oído,
relleno también de pólvora, fué encajada larga mecha de yesca.
Los momentos eran solemnes y la expectación ansiosa. A favor de un
fósforo puesto en un alambre prendí fuego al cebo, hecho lo cual nos
retiramos todos, con el corazón sobresaltado, a esperar, a prudente
distancia, la terrible explosión.
El estampido resultó horrísono y ensordecedor; pero contra los
vaticinios de los pesimistas, el cañón no reventó; antes bien,
desempeñó austera y dócilmente su contundente función. Un ancho boquete
abierto en la puerta nueva, por el cual, airada y amenazadora, asomó
poco después la cabeza del hortelano, nos reveló los efectos materiales
y morales del disparo, que, según presumirá el lector, no fué repetido
aquel día. Excusado es decir que echamos a correr vertiginosamente,
abandonando en la refriega el cuerpo del delito. Gran suerte fué que
la puerta, descompuesta y entorpecida por la lluvia de astillas, no
acertase a girar en seguida, no obstante las furiosas sacudidas del
colérico huertano; gracias a esta circunstancia, le tomamos gran
ventaja en la carrera, aunque no tanta que dejaran de trompicarnos en
las piernas algunas piedras lanzadas por el energúmeno.
Mi travesura tuvo para mí, de todos modos, consecuencias desagradables.
El bueno del labrador querellóse amargamente al alcalde, a quien mostró
la pieza de convicción, o sea el pesado madero con que fué ejecutada la
hazaña.
El monterilla, que tenía también noticias de otras algaradas mías, asió
gustosamente la ocasión que se le ofrecía para escarmentarme; y así,
viniendo a mi casa en compañía del alguacil, dió con mis huesos en la
cárcel del lugar. Esto ocurrió con beneplácito de mi padre, que vió en
mi prisión excelente y enérgico recurso para corregirme; llegó hasta
ordenar se me privase de alimento durante toda la duración del encierro.
Yo protesté durante el camino contra rumores calumniosos que corrían
sobre mí. Casi todos los delitos que se me imputaban habíanlos cometido
otros granujas. No negué el disparo hecho sobre la puerta; pero me
excusé diciendo que no creí jamás producir tamaño destrozo; y en fin,
alegué la falta de equidad que resultaba del hecho de purgar solamente
yo faltas cometidas entre varios camaradas.
Pero no me valieron excusas, e _incontinenti_ dióse cumplimiento a
la sentencia municipal. Al oir el rechinamiento del cerrojo, que me
recluía quién sabe hasta cuándo; al sentir el rumor, cada vez más
lejano, de las pisadas de mi carcelero, quebró mi serenidad. Comprendí
al fin que mi encierro constituía formal condena que era forzoso
cumplir. De mi estupor sacáronme luego los pasos de gente que se
acercaba a la cárcel; pronto una caterva de chicos y mujeres se agolpó
al pie de las rejas para contemplar y escarnecer al preso. Esto no lo
pude sufrir y, saliendo de mi apatía, agarré un pedrusco y amenacé con
descalabrar a cuantos se encaramaran en la reja.
Supe entonces, y en bien temprana edad (once años), cuán exactas son
aquellas tan repetidas expresiones con que Cervantes encarece las
molestias que amargan la existencia del prisionero; allí, en efecto,
«toda incomodidad tenía su asiento, y todo triste ruido su natural
habitación».
Libre ya de la rechifla de los curiosos, parecióme tiempo de explorar
el hediondo recinto. Después de asegurarme de la solidez de la puerta
y de la imposibilidad de forzar los cerrojos (exploración instintiva
en todo preso), noté con disgusto que mi lecho se reducía a jergón de
paja mohosa, donde crecían y medraban flora y fauna desbordantes. Aquel
hervor de vida hambrienta puso pavor en mi ánimo. Porque allí extendía
sus oscuros tapices el _aspergillus niger_, y campaban por sus respetos
la pulga brincadora, la noctámbula chinche, el piojo vil, y hasta la
friolera _blata orientalis_, plaga de cocinas y tahonas. Todos estos
comensales, que esperaban hacía meses el siempre aplazado festín,
parecieron estremecerse de gusto al olfatear la nueva presa.
Parecióme simpleza alimentar con mi pellejo a tanto buscón hambriento;
y así, llegada la noche, me tendí sobre las duras losas, en paraje
relativamente limpio. Y aunque asombre mi tranquilidad, confesaré que
dormí algo, a despecho del cosquilleo sentido en el vacío estómago y de
las tristes ideas que cruzaban por mi cabeza.
Así transcurrieron tres o cuatro días. Lo del ayuno, sin embargo,
fué pura amenaza; y no porque mi padre se arrepintiese de la dura
sentencia fulminada, sino por la conmiseración de cierta buenísima
señora conocida nuestra, doña Bernardina de Normante, la cual, de
acuerdo sin duda con mi madre, forzó la severa consigna, enviándome,
desde el siguiente día del encierro, excelentes guisados y apetitosas
frutas. El bochorno de mi situación no fué parte a desairar la cariñosa
solicitud de doña Bernardina; quiero decir que a gloria me supieron las
chuletas, tortas, _sequillos_ y _coscaranas_. Con ser muy sincero el
remordimiento que sentía, bien sabe Dios que no me privó del apetito.
De seguro presumirá el paciente lector que el pasado percance me haría
aborrecer las armas de fuego; antes bien, sobreexcitó mi inclinación a
la balística. El solo fruto logrado fué ser más cauteloso en ulteriores
fechorías. Se fabricó otro cañón que disparamos contra una terrera;
pero esta vez, cargada el arma hasta la boca, reventó como un barreno,
sembrando el aire de astillas.
En fin, si no temiera aburrir soberanamente al lector, contaría
detalladamente un lance de que nos salvamos milagrosamente. Para este
nuevo experimento empleóse larga espita de bronce cargada hasta la
boca. Mas en vez de salir el tiro por la boca, estalló el cañón en mil
fragmentos; y, a pesar de las precauciones tomadas, ambos hermanos
fuimos heridos levemente. Ignoro cómo no perdí la vista, pues una
partícula metálica penetró en un ojo, produjo seria inflamación y dejó
en el iris señal indeleble.
Pero nuestro gozo mayor era salir al campo armados de escopeta, que
disparábamos contra los pájaros, y cuando no los había, sobre piedras y
troncos de árboles. Claro es que mi padre tenía encerrada su magnífica
escopeta de caza, amén de las municiones; pero nuestra industria lo
suplía todo. He aquí cómo nos procuramos el arma codiciada.
Corrían tiempos de represión política. Un Gobierno suspicaz y receloso,
que veía conspiradores por todas partes, perseguía y encarcelaba
a cuantos tenían fama de liberales o eran sospechosos de mantener
inteligencias con los generales desterrados. Era operación frecuente la
recogida de armas y la requisa de caballos.
Escarmentado mi padre por la incautación abusiva de cierta magnífica
escopeta, cándidamente entregada a la Guardia civil, se proporcionó un
escopetón enorme, roñoso, que debió de ser de chispa, pero desprovisto
de porta-pedernal y por consiguiente inútil. Tal era el arma que mi
padre conservaba para las requisas. No hay que decir cuán fielmente le
era siempre devuelto el inofensivo mosquete, pasadas las jaranas.
Tal era el fusil que me propuse utilizar en excursiones y cacerías.
Púsele una especie de llave de latón, portadora de yesca encendida;
arreglé la cazoleta, limpié el cañón y el oído, fabriqué la pólvora
necesaria, hice balines y perdigones con trozos de plomo; y, una vez
listos todos los preparativos, nos lanzamos, mi hermano y yo, al cobro
de pájaros, perdices y conejos.
Orgullosos estábamos con nuestra arcaica carabina, que no hubiéramos
cambiado por la mejor escopeta del mundo; imaginábamos, además, en
nuestro infantil candor, que aquella arma formidable nos daba aspecto
terrible. Recuerdo que una vez, en las afueras, cierto grandullón me
amenazó con una tercerola; pero yo, lejos de intimidarme, le encañoné
con mi imponente trabuco. El efecto fué instantáneo; a la vista de la
anchurosa boca del arma, que amenazaba vomitar una nube de metralla,
nuestro bravo se escurrió prudentemente. Si mi contrario dispara,
apurado me hubiera visto para contestar. Mi impresionante mosquete se
asemejaba a ciertos caudillos que desde la tribuna parecen cañones
arrolladores y resultan luego en la acción menos que cachorrillos. El
mío no pasaba de inofensivo cohete, como vamos a ver.
Nada más cómico que nuestro talante, cuando nos descolgábamos por las
bardas del huerto uncidos a nuestro pesadísimo escopetón y emprendíamos
la caminata en busca de aventuras.
En cuanto columbrábamos un pájaro, hacíamos alto; encendía yo la mecha;
enfilaba el armatoste hacia el ave; bajaba gravemente el gatillo, es
decir, la porción inferior del porta-mechas: comenzaba entonces en
la cazoleta cierto chisporroteo de pólvora mojada, y, finalmente,
transcurrido medio minuto o más, y cuando ya el pájaro había volado,
producíase la espantable detonación, que nos llenaba de admiración y de
orgullo.
¡Hermosa candidez de la infancia! ¡Qué felices nos sentíamos con
aquel escopetón inofensivo! Jamás matamos nada, y, sin embargo,
habíamos puesto en él las más lisonjeras esperanzas y el más ferviente
entusiasmo. Verdad es que, en la edad adulta, ocurre casi lo mismo.
Como declara cierta filosofía barata y vulgar, muchas cosas atraen por
su brillo y apariencia, y al lograrlas vemos que no son sino bambolla y
embeleco.
En el fondo de mi afición a las armas de fuego latía, aparte el ansia
de emoción, admiración sincera por la ciencia y curiosidad insaciable
por el conocimiento de las fuerzas naturales. La energía misteriosa
de la pólvora causábame indefinible sorpresa. Cada estallido de un
cohete, cada disparo de un arma de fuego, eran para mí estupendos
milagros.
Falto de dinero para comprar pólvora, procuré averiguar cómo se
fabricaba. Y, al fin, a fuerza de probaturas, salí con mi empeño.
Proporcionábame el azufre en la tienda, el nitro en la cueva de la casa
y el carbón en las maderas ligeras chamuscadas. Obtenida la mezcla,
graneábala con exquisito cuidado y la secaba al sol; menos una vez que,
impacientándome la excesiva humedad de la atmósfera, puse el cacharro
con los ingredientes en baño maría; y quiso el diablo que una chispa
prendiera en la mezcla, encendiendo grande llamarada. Fué suerte que
todas estas operaciones de alquimia las hiciera yo en el tejado de
la casa, a fin de evitar indiscreciones; de ser ejecutadas en las
habitaciones, ¡Dios sabe lo que hubiera podido ocurrir!
[Ilustración]