Continúan mis distracciones. -- Los encierros y ayunos. -- Expedientes
usados para escaparme. -- Mis exámenes. -- Retorno a Ayerbe y vuelta a
las andadas.
Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los
estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología
y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente
más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre;
época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo
exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase
contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva,
y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto,
gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las
matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy
tardíamente, como veremos más adelante.
Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las
conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina,
atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la
ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos,
ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al
dedillo.
Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de
domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía,
empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra
los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines
ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un
libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero
del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían
de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por
día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para
enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse
algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones
afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y
mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas
y las torturas de mi estómago.
Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la
clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche.
Poco a poco me transformé en comensal _veinticuatreno_, con harto
contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al
principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi
piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.
¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del
pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar
por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable --el
temible _suspenso_-- teníalo ya descontado, acabé por echarme la
vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a
distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin,
todo género de burlas y desafueros.
Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen
dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al
ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo,
y evitando así la _dilatación_ estomacal, obligada consecuencia
de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos
recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa
merecía ensayarse y se ensayó.
En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros,
motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los
padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja
de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca;
cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón,
cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer
diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que
se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.
Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela,
averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome
pasar, además, por la afrenta de vestirme de _rey de gallos_.
Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal,
ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica
tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre
Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le
miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi
dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza
mejor podía tomar contra mis verdugos?
En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de
tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.
Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de
libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula,
acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta
y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer,
excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y
la insensibilidad de mis guardianes.
Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante
las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme
de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba
estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín
del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y
exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la
posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado
y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente
día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una
especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender
desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para
realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las
tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del
edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del
emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres
parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad,
dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.
Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio,
escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané
el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin,
reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran
sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de
tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez
saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las
pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me
encontraban con aire tranquilo y resignado.
Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de
mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo.
Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas,
a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro,
averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo,
sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos,
la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la
pared, y cogidos _in fraganti_, precisamente en el momento de ganar el
patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de
ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.
La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de
expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al
barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de
asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del
lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían
reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a
mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable
como todo caso de fuerza mayor.
No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación
y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado
estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que
éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus
sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los
escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en
consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los
diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.
Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de
mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos
produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve,
pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el
mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido
estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes
intervalos, cual molleja de buitre.
Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los
exámenes. El _suspenso_ era irremisible. Pero a fin de parar el golpe,
si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los
catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de
examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura,
gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y
obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a
su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.
Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi
suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio
equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o
más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara
de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto
de la clase.
[Ilustración]