CAPÍTULO IX

Continúan mis distracciones. -- Los encierros y ayunos. -- Expedientes

usados para escaparme. -- Mis exámenes. -- Retorno a Ayerbe y vuelta a

las andadas.

Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los

estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología

y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente

más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre;

época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo

exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase

contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva,

y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto,

gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las

matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy

tardíamente, como veremos más adelante.

Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las

conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina,

atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la

ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos,

ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al

dedillo.

Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de

domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía,

empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra

los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines

ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un

libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero

del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían

de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por

día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para

enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse

algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones

afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y

mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas

y las torturas de mi estómago.

Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la

clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche.

Poco a poco me transformé en comensal _veinticuatreno_, con harto

contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al

principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi

piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.

¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del

pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar

por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable --el

temible _suspenso_-- teníalo ya descontado, acabé por echarme la

vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a

distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin,

todo género de burlas y desafueros.

Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen

dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al

ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo,

y evitando así la _dilatación_ estomacal, obligada consecuencia

de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos

recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa

merecía ensayarse y se ensayó.

En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros,

motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los

padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja

de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca;

cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón,

cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer

diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que

se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.

Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela,

averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome

pasar, además, por la afrenta de vestirme de _rey de gallos_.

Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal,

ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica

tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre

Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le

miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi

dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza

mejor podía tomar contra mis verdugos?

En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de

tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.

Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de

libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula,

acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta

y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer,

excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y

la insensibilidad de mis guardianes.

Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante

las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme

de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba

estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín

del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y

exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la

posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado

y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente

día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una

especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender

desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para

realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las

tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del

edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del

emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres

parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad,

dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.

Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio,

escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané

el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin,

reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran

sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de

tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez

saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las

pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me

encontraban con aire tranquilo y resignado.

Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de

mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo.

Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas,

a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro,

averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo,

sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos,

la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la

pared, y cogidos _in fraganti_, precisamente en el momento de ganar el

patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de

ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.

La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de

expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al

barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de

asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del

lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían

reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a

mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable

como todo caso de fuerza mayor.

No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación

y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado

estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que

éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus

sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los

escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en

consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los

diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.

Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de

mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos

produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve,

pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el

mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido

estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes

intervalos, cual molleja de buitre.

Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los

exámenes. El _suspenso_ era irremisible. Pero a fin de parar el golpe,

si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los

catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de

examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura,

gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y

obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a

su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.

Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi

suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio

equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o

más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara

de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto

de la clase.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 15 / 45 题