El padre Jacinto, mi dómine de latín. -- Cartagineses y romanos. --
El régimen del terror. -- Mi aversión al estudio. -- Exaltación de mi
fiebre artística y romántica. -- El río Aragón, símbolo de un pueblo.
No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal
éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un
lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios
imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados
de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por
arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como
aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que
hizo _mi caso_ cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.
Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén
por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el
régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.
Como único método pedagógico, reinaba allí el _memorismo_ puro.
Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas
pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno,
sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma
de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía
hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba
fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran
viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado
aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la
expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.
A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar
de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria,
el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de
gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.
Como se ve, el viejo adagio _la letra con sangre entra_, reinaba entre
aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la
sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio
penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio
inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad
cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos,
sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios.
Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban,
con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines
humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de
alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y
vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela
calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al
padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba,
pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.
Obedeciendo, sin duda, a la regla del _perfecto amolador_, que
consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de
asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves,
el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos
del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.
Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más
severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya
en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión
de los bríos y acometividad característicos de los matones de las
Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba
en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes,
caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la
montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales.
Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente
su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del _gato de siete
colas_, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas
no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.
Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de _cartagineses y
romanos_, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado
del aula. Tocóme en suerte ser _cartaginés_, y acredité bien pronto
el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible
dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos.
Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca
los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.
Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando,
y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no
dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de
un verbo o del que balbuceaba en la declinación del _quinam quaenam_,
_quodnam_ o del no menos estrafalario _quicumque_! Los correazos caían
sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su
retentiva.
¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora
su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron
acabar con el latín, como acabaron con los latinos!
Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la
alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al
día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas,
no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la
terrible correa del dómine.
El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de
no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin
las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del
halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el
niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse
llamar _torpe_, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza
carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas.
Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que
era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos,
puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar
filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro
remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra
ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era
hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.
Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva
verbal era algo infiel; faltóme siempre --y de ello hablaré más
adelante-- esa viveza y limpidez de palabra característica de los
temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad
exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas,
sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi
padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis
preceptores, diciéndoles: --Tengan ustedes cuidado con el chico. De
concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al
pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle
ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco
propias. Déjenle explicarse, que él se explicará--. Desgraciadamente,
pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás
aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...
El mal nace --según nota muy bien Herbert Spencer-- de que el maestro
debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa,
por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la
tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende,
por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus
maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros
de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de
este grave defecto hablaré más adelante.
Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación
de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la
sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos
que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el
espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza
por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.
No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la
retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento
privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra
sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la
experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas
facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que
no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su _Examen de ingenios_,
hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden
fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las
ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de
Locke, por ejemplo.
He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto.
Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso
que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un
infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado
no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que
lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo
menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió
el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las
astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más.
Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años
antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante.
Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres
se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con
recurrir a la autoridad judicial.
[Ilustración: Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera
muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas
principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto
habitual de las correrías de los chicos.]
Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos
rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba
de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se
embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y
hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no
era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario
que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos
vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran
los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la
conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago
y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada
mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento
potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para
manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los
castigos corporales.
* * * * *
Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación
de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración
de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón,
olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.
Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y
variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el
horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas
nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura,
asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental,
regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada
que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado
oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales
emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent;
y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra
llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de
las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar
obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de
las gloriosas empresas.
La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear
las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las
murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en
lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía
medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis
ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en
cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano
sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista.
Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa
de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio
derruido y fácil de escalar.
* * * * *
Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes
compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense,
nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en
arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte
hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde
ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban
grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto
deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores
y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas,
roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito
de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo
insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente
al riguroso clima montañés.
[Ilustración: Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle
principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta
el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico
del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por
el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de
empequeñecer notablemente los últimos planos.]
Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los
paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar
al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso
cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio.
Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos
raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados
pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente
de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano,
copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las
pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.
A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el
suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre
los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis
ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las
fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a
poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía
traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida
de heroicas gestas y de doradas leyendas...
--Éste es --exclamaba-- el río sagrado del solar aragonés; el que
fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió
nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en
los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos
veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente
en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y
libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de
la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos
móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías
corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas
son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de
la voluntad obstinada de la raza...
Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus
fuentes e _ibones_ y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne
a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué
habrá allí --me preguntaba a menudo-- tras esos picos gigantes,
blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus
verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién
sabe si desde la ingente cumbre del _Coll de Ladrones_ o de la cresta
divisoria del _Sumport_ no aparecerán lagos cristalinos y serenos
bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones
se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un
lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para
emprender tan largas excursiones.
Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan
resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una
ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de
Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e
informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para
ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando
mustio y cariacontecido.
Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude
ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas
seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier
cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con
inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme
a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y
lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance
extraordinario.
De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la
hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.
[Ilustración]