CAPÍTULO VIII

El padre Jacinto, mi dómine de latín. -- Cartagineses y romanos. --

El régimen del terror. -- Mi aversión al estudio. -- Exaltación de mi

fiebre artística y romántica. -- El río Aragón, símbolo de un pueblo.

No trato de disculpar mis yerros. Confieso paladinamente que del mal

éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un

lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios

imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados

de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por

arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como

aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que

hizo _mi caso_ cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.

Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén

por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el

régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.

Como único método pedagógico, reinaba allí el _memorismo_ puro.

Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas

pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno,

sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma

de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía

hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba

fonográficamente, es decir, disparándola en chorro continuo y con gran

viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado

aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la

expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.

A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar

de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria,

el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de

gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.

Como se ve, el viejo adagio _la letra con sangre entra_, reinaba entre

aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la

sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio

penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio

inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad

cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos,

sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios.

Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban,

con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines

humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de

alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y

vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela

calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al

padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba,

pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.

Obedeciendo, sin duda, a la regla del _perfecto amolador_, que

consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de

asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves,

el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos

del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.

Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más

severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya

en el anterior capítulo. Era natural de Egea y estaba en posesión

de los bríos y acometividad característicos de los matones de las

Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba

en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes,

caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la

montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales.

Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente

su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del _gato de siete

colas_, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas

no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.

Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de _cartagineses y

romanos_, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado

del aula. Tocóme en suerte ser _cartaginés_, y acredité bien pronto

el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible

dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos.

Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca

los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua.

Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando,

y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no

dábamos pie con bolo. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de

un verbo o del que balbuceaba en la declinación del _quinam quaenam_,

_quodnam_ o del no menos estrafalario _quicumque_! Los correazos caían

sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su

retentiva.

¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora

su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron

acabar con el latín, como acabaron con los latinos!

Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la

alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al

día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas,

no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la

terrible correa del dómine.

El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de

no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin

las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del

halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el

niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse

llamar _torpe_, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza

carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas.

Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que

era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos,

puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar

filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro

remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra

ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era

hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.

Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva

verbal era algo infiel; faltóme siempre --y de ello hablaré más

adelante-- esa viveza y limpidez de palabra característica de los

temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad

exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas,

sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi

padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis

preceptores, diciéndoles: --Tengan ustedes cuidado con el chico. De

concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al

pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle

ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco

propias. Déjenle explicarse, que él se explicará--. Desgraciadamente,

pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás

aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...

El mal nace --según nota muy bien Herbert Spencer-- de que el maestro

debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa,

por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la

tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende,

por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus

maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros

de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de

este grave defecto hablaré más adelante.

Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación

de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la

sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos

que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el

espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza

por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.

No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la

retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento

privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra

sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la

experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas

facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que

no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su _Examen de ingenios_,

hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden

fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las

ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de

Locke, por ejemplo.

He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto.

Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso

que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un

infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado

no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que

lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo

menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió

el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las

astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más.

Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años

antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante.

Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres

se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con

recurrir a la autoridad judicial.

[Ilustración: Lám. VIII, Figs. 12 y 13.--Vistas de Jaca. La primera

muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas

principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto

habitual de las correrías de los chicos.]

Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos

rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba

de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se

embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y

hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no

era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario

que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos

vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran

los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la

conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago

y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada

mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento

potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para

manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los

castigos corporales.

* * * * *

Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación

de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración

de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón,

olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.

Porque el panorama del valle de Jaca es uno de los más bellos y

variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el

horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas

nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura,

asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental,

regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada

que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado

oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales

emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent;

y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra

llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de

las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar

obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de

las gloriosas empresas.

La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear

las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las

murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en

lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía

medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis

ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en

cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano

sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista.

Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa

de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio

derruido y fácil de escalar.

* * * * *

Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes

compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense,

nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en

arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte

hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde

ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban

grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto

deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores

y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas,

roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito

de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo

insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente

al riguroso clima montañés.

[Ilustración: Lám. IX, Figs. 14 y 15.--La primera copia la calle

principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta

el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico

del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por

el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de

empequeñecer notablemente los últimos planos.]

Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los

paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar

al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso

cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio.

Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos

raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados

pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente

de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano,

copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las

pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.

A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el

suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre

los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis

ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las

fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a

poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía

traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida

de heroicas gestas y de doradas leyendas...

--Éste es --exclamaba-- el río sagrado del solar aragonés; el que

fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió

nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en

los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos

veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente

en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y

libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de

la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos

móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías

corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas

son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de

la voluntad obstinada de la raza...

Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus

fuentes e _ibones_ y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne

a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué

habrá allí --me preguntaba a menudo-- tras esos picos gigantes,

blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus

verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién

sabe si desde la ingente cumbre del _Coll de Ladrones_ o de la cresta

divisoria del _Sumport_ no aparecerán lagos cristalinos y serenos

bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones

se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un

lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para

emprender tan largas excursiones.

Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan

resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una

ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de

Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e

informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para

ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando

mustio y cariacontecido.

Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude

ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas

seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier

cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con

inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme

a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y

lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance

extraordinario.

De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la

hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 14 / 45 题