CAPÍTULO VII

Mi traslación a Jaca. -- Las pintorescas orillas del Gállego. -- Mi tío

Juan y el régimen vegetariano. -- El latín y los dómines. -- Empeño

vano de los frailes en domarme. -- Retorno a los devaneos artísticos.

Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad,

decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde

había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar muy

bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos

y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos

reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la

pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza,

ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí

que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e

inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder

tiempo y dinero.

Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de

mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y

antojadizo.

Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y

practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se

lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como

profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música,

hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino

ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente

voltaria y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía

ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto,

la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como

enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son:

tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo

metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.

Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino,

contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores

de historia con demasiada _historia_ y poco dinero; de literatos que se

criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos

secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular a

Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de

villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que,

cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada

mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones

quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo

de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria.

No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven

sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí,

por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a

trabar conocimiento con los frailes.

En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió

mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como

laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo,

en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La

contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de

mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.

El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de

Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre

cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había

sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la

muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del

taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle

a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque

desinteresado acreedor.

Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación

en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado,

convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el

hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.

Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque

si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba

toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de

recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para

procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes,

alimentación y regalo que para sí deseara.

Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis

amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al

maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de

Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de

mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.

Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el

equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las

lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.

Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes.

Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga

melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al

desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el

cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros

maestros.

Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo

pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.

El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy

interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del

trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas

rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas,

mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por

entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.

No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos

del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre

otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi

retina: los gigantes _mallos_ de Riglos, que semejan columnatas de un

palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse

sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal,

el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable

cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el

sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de

Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del

Aragón.

[Ilustración: Lám. VII, Fig. 11.--El monte Uruel (Jaca), visto por el

Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y

apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde

el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.]

Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas

perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos

el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas,

cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad,

sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud

transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que

las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra

civil.

Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera

providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios,

a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran

severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto

diera para ello el menor motivo.

El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este

punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor

de primero de Latín, que era por entonces el terrible _desbravador_

de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún

rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la

estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine,

que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y

me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».

Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los

frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno

mejor preparado para la segunda enseñanza.

Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y

esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida

los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé

entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo

mismo.

Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso;

vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi

primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le

acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que

abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de

esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a

evitar el despilfarro y la indigestión.

Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y

de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa

compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí _farinetas_,

que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas

y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de

imaginativa, dió en la flor de asar las _farinetas_ sobrantes del

almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en

un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de

buena voluntad, por aristocrático _pudding_. Nuestro postre habitual

eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.

Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a

las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos

de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del

cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los

sabrosos tropezones para otros comensales!

Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho

exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas

manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al

natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y

adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de

vinagre.

Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que

más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis

facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de

maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues,

según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon

para imprimir en ellos algunos pocos latines.

Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró

muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus

correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco

después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con

aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el

_menú_ se hizo más variado y suculento.

No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de

mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con

promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo,

que no fueron condición única de mis extravíos. La _loca de la casa_

con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose,

a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos,

contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.

Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a

la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de

reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter

en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared.

Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico,

seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.

Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha

sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual

lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos

del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las

divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión,

en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación

parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas

caricaturas.

Mis textos latinos --el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio,

etc.-- vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en

álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus

estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban

harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «_escapadas

al ideal_», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no

fuera todo márgenes!»

Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para

divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los

golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y

era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 13 / 45 题