Desarrollo de mis instintos artísticos. -- Dictamen de un revocador
sobre mis aptitudes. -- ¡Adiós mis ensueños de artista! --
Utilitarismo e idealismo. -- Decide mi padre hacerme estudiar para
médico y enviarme a Jaca.
Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos
cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como
ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar
papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias,
puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de
garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto _afanaba_
una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía
dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción
nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera,
copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje
me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que
guardaba como oro en paño. Holgábame también en embadurnar mis diseños
con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las
paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los
librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores
solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del
color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de
pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a
que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero
para comprarlos.
Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes,
crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter
huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático
arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que,
según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía;
nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y
fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la
severa vigilancia de las personas mayores.
Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad
y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna
mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o
menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo.
Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era
lo que los educadores llaman un puro _intelectualista_.
En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía
en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del
entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para
el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del
corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca
en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción
que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y
percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo
sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida.
«El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana
más útil es a sí y a su familia.»
Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué originaria, sino
adquirida; constituía adaptación harto positivista o equilibración
excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su juventud.
Ese sagrado _temor a la pobreza_, representa a menudo el poso amargo
que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la injusticia
y el abandono.
En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un
tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo dos
consecuencias: _el sobretrabajo_ y _la economía más austera_. Mi
pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles
sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel
régimen de exagerada previsión.
Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis
padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a Zaragoza,
dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y
fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer
que el espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia,
límites que es harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina
rápidamente hacia la tacañería, cayendo en la exageración de reputar
superfluo hasta lo necesario; destierra del hogar la alegría que
brota comúnmente de la satisfacción de mil inocentes bagatelas y
poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la novela,
del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino
necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y
perfecta educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor,
porque los hijos se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes
detentadores de la felicidad del presente. Añadamos aún que nadie
puede vivir teniendo constantemente delante de los ojos el espectro
terrorífico de la muerte: el hombre vive porque olvida que debe morir.
Buena y santa es la previsión que se anticipa a los tristes sucesos y
ampara a la prole de los posibles y aciagos reveses de la fortuna; mas
debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable en cuanto vale la
pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene
sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta
sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y
anodinos placeres de la ancianidad.
Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase
obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que
mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente
los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso
atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran
crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo
hipertrófico que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba,
refugiéme dentro de mí. En el teatro de mi calenturienta fantasía,
sustituí los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres
ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación de la verdad y
de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita
mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas
cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos
y rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes
acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto,
que se detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del
natural vulgar y en los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad
los terribles episodios bélicos; y así, en un santiamén cubría una
pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla,
de héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y coronados de
empenachado yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes.
Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes,
prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire de
faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso
casco, y con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin
mango, caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada.
Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística
y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más
gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que
disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme semejante
manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para
mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras
antiguas eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y
estaban conformes con el principio de la evolución, ya que en ellas
ceñían casi siempre el lauro los exquisitos artistas de la energía, de
la forma y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los
corpulentos, valerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos
y pusilánimes. «En adelante --decía para mis adentros-- no triunfarán
los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado será arrollado por
la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y aquellos
hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones
de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates
gloriosos, fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán
relegados a la triste y baja condición de Hércules de feria.»
De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba
santos, prefería los de acción a los contemplativos, y sobre todo
los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el
lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago
apóstol, patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en
representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea
galopando intrépido sobre una parva de cadáveres de moros, la espada
sangrienta en la diestra y el formidable escudo en la siniestra. ¡Con
qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un poco de gutagamba y
pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las negras barbas
de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual suponía yo
que debía ser la pelambrera de los apóstoles!
Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en papel e iluminada
con ciertos colores que pude añascar en la iglesia, fué causa de mi
perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre,
ya de suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas,
enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y
dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pintura,
decidió mi padre averiguar si aquellos _monos_ tenían algún mérito y
prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos
de un Orbaneja. Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente
competente en achaques de dibujo, recurrió el autor de mis días a
cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo
cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes de la
iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio.
[Ilustración: Lám. V, Figs. 7 y 8.--Para quienes gusten de estas
bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre
mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve
o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador.
Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo
y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe
bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de
Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.]
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa;
miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover
significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne,
exclamó:
--¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene
proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un
artista!...
Aterrado quedé ante el categórico veredicto. --¿Pero de veras no tiene
el chico aptitudes para el arte? --osó mi padre replicar. --Ninguna,
amigo mío --contestó implacable el rascaparedes--. Y dirigiéndose a mí,
añadió: --Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del
apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo,
donde las _ocho cabezas_ prescritas por los cánones han menguado a
siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de
un tiovivo.
Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis
más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una
figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con
la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado
apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros.
Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del
todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto
de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol,
acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las
tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al
colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme
otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en
la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta,
es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted
sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y
razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en
que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin
maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y
el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis
razones.
Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba _ex cathedra_
y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de
mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la
opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una
Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a
los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica.
En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices,
carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del
disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión
favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y
paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan
execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de
entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves
defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en
la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin
estudios, a los ocho años de edad?
Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y
el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra
una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había
de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron
del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis
aspiraciones a ser pintor.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas!
¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y
prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel,
creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el
tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de
médico de aldea!
Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los
artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior,
de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias
y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear
un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba,
además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a
desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las
almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar
los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de
alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en
el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el
trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos
artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento
pienso[5], sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos
de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la
minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color,
la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó
siempre la característica de los grandes maestros --de los cultivadores
de la pintura perenne--, para sustituirlos con miserables engendros que
se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[6]. Pero no
divaguemos y continuemos nuestro relato.
[5] Añado este párrafo en 1917, en plena decadencia del gusto
pictórico.
[6] Aludo a los desdichados cubistas, prerrafaelistas,
impresionistas, a los que lo pintan todo negro, o todo azul,
o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que han
deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto
gusto, si el divino _papel que represento_ no me lo estorbara,
saltaría cada primavera a la arena crítica, y probaría, como tres
y dos son cinco, con la competencia que me da el ser catedrático
de _Anatomía patológica y Teratología_, y aficionado, además,
a la óptica aplicada, las extrañas deformidades anatómicas y
las horribles incongruencias de color, de perspectiva y de
composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte,
¡quién lo dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando
no alabanzas fervorosas!
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos.
Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad,
mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones
de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de
sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi
libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia.
Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la
numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a
los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento
de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del
maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los
pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito
toda la atención deseada.
No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo.
En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos
pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las
afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico
castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los
tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina _sarda_,
bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando
flechazos a los pájaros y buscando nidos de _picaraza_ (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez,
dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en
explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda
y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a
puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido
y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que
venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo
lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la
gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca
los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero
no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas,
cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me
había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades
insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto
había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como
en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y
con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme
por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre
acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa
blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que,
sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en
franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera
abusar de la paciencia del lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y
algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina
monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos
mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para
con nosotros.
El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión
y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se
iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos
verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la
harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello
honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba
por todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y
noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de
nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos
media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de
frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto
a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos
del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de
cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa
disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar
la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario
término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo
susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras
los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir;
pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es
que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman
algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en
nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos,
a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero
o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin
corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro
de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en
caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban
en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles
papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta
de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se
poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso
texto, otros harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi
cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que
más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es
decir, al clásico _cuarto obscuro_; habitación casi subterránea plagada
de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo
miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y
recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la
penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado,
tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi
supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura,
mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué
Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión
daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer,
me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de
luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas
y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y
reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha
del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno
de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y
detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos
luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que
se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del
punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión,
ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso,
aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física,
que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es
que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía
(recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis
entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física
somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible
restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha
ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.
Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al
espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido
de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame
en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían
consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.
«¿Qué me importa --pensaba yo-- carecer de libertad? Se me prohibe
corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a
visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la
realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo
asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo
sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus
diversiones.»
Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que
toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los
hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada
en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los
hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás
también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del
espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos
del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los
átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de
Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen
total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a
distinguir hasta el _electron_ y las partículas del éter (caso de que
no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de
la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural
y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más
remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.
Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de
las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los
camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería,
aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser _cosa
natural_ y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos
obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en
descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores
que eran _cosas naturales y corrientes_, indignas de análisis y
meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la _inadmirabilidad_ de los
ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!
Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones
de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios,
desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin
sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla.
Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en
comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos,
gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden
a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan
prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto
talismán infalibles: llámanse respectivamente _atención_ y _reflexión_.
Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no
podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había
sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino
físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos,
otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente
fenómeno.
[Ilustración: Lám. VI, Figs. 9 y 10.--Dos vistas del Castillo de
Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante
mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho
Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero
desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.]
[Ilustración]