Ayerbe. -- Juegos y travesuras de la infancia. -- Instintos guerreros
y artísticos. -- Mis primeras nociones experimentales sobre óptica,
balística y el arte de la guerra.
Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico
de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas
profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que
Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus
hijos.
Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por
sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha
ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera
estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense
al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece
coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal.
En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio
espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre
ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta
mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe.
Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una
rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En
cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a
mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a
pedrada limpia.
¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún
hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa
sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre
siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los
hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en
quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los más groseros
impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la
rusticidad y la ignorancia.
Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del
pueblo. Vestido humildemente --porque la estricta economía que reinaba
en mi casa no consentía lujos--, de cara trigueña y aspecto amojamado,
que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie
me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba
calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó
para que entre aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada
por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño,
verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes
y aragoneses antiguos. Allí se decía: _forato_ por _agujero_, _no pas_
por _no_, _tiengo_ y _en tiengo_ por _tengo_ o _tengo de eso, aivan_
por _adelante_, _muller_ por _mujer_, _fierro_ y _ferrero_ por _hierro_
y _herrero_, _chiqué_ y _mocete_ por _chico_ y _mocito_, _abríos_ por
_caballerías_, _dámene_ por _dame de eso_, _en ta allá_ por _hacia
allá_, _m’en voy_ por _me voy de aquí_, y otras muchas voces y
locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.
[Ilustración: Lám. IV, Fig. 5.--Vista desde Ayerbe de las faldas del
monte del Castillo.]
[Ilustración: Lám. IV, Fig. 6.--La _plaza baja_ de Ayerbe con la torre
del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de
vecindad.]
En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido
inverosímiles elipsis, toda vez que _el_, _la_, _lo_, se habían
convertido en _o_, _a_ y _o_, respectivamente. Diríase que estábamos en
Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano
relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y
Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el
_forano_ (_forastero_).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa
de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al
revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi
memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.
He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes
solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero
en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas,
por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos
huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde
lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas
grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando
parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla
a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los
chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.
Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales,
en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con
las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes
de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del
valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las
aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu
para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño
que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre
está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en
nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños
gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración
de la realidad objetiva.
«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir
y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño,
objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre
he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente
necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el
cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas
preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral
e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir.
Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el
que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez
mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las
biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar
cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada
dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes
consecuencias en la lucha por la existencia.
En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo,
concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los
juegos del peón, del tejo, de la _espandiella_, del marro, sin olvidar
las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas
diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos
nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la
energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo
dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente
Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad
del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido
de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la
inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor
mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir
conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se
vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en
esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre
muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud
para la agresión inopinada.
Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos
inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más
arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin
consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis
traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper
faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia,
hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas
de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de
contarme.
Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo,
a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a
explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe
contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño
por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad
de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo
derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía
motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los
chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas,
teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a
mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y
otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos
servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de
frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran
problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído
hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción
del peligro.
Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y
empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando
pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega
prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de
sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente.
Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el
representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir
de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras _tuyo_ y
_mío_. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y
comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus
miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A
semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que
piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento
querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente
con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados:
obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el
padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón,
garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.
A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos:
la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de
las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en
abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su
autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por
el alcance de sus fuerzas y osadía.
No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es
inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza
es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión,
hállanse en él muy poco desarrollados.
Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así
como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña
de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios
consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo,
con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué
el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y
cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes,
o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en
un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la
insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.
Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que
sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo».
Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un
fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada
de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada,
prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía
y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis
entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para
mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron
cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron
sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban,
superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides,
picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que
consagrábamos nuestras horas de asueto.
Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas
que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a
Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que
vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven
que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor,
mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un
saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una
tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo
de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los
nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda,
con singular tino y maestría.
Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en
efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar
a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de
Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos,
viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los
más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos
melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en
espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura,
ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la
civil, nos tenían completamente sin cuidado.
En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas
y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los
muchachos a quienes los padres ponen en el _Índice_ de _las malas
compañías_. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género
de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en
que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi
superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para
cosa buena.
¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas
o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y
cencerros y fabricando las flautas y _chifletes_, que hacía de caña,
con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una
observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado
las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen
los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las
lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de
dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me
ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares,
ser tomado por músico ambulante.
¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues
yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que
hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más
de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar
mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía
progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres
al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud
la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!
¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para
los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y
sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran
pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino
que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de
observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar
pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el
hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil
no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con
esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos
o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las
leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza,
pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de
caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa
de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente
encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me
aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas
las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme
la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales
con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me
proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del
regalo de una de ellas.
Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con
camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban
exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también
para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y
gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se
presentaban.
Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme
soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque
mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se
mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya
responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material,
bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como
instigador a su comisión.
Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en
día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación
cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas
domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las
manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte
a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento
de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome
constantemente en la estacada.
[Ilustración]