CAPÍTULO V

Ayerbe. -- Juegos y travesuras de la infancia. -- Instintos guerreros

y artísticos. -- Mis primeras nociones experimentales sobre óptica,

balística y el arte de la guerra.

Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico

de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas

profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que

Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus

hijos.

Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por

sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha

ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera

estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense

al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece

coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal.

En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio

espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre

ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta

mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe.

Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una

rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En

cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a

mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a

pedrada limpia.

¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún

hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa

sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre

siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los

hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en

quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los más groseros

impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la

rusticidad y la ignorancia.

Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del

pueblo. Vestido humildemente --porque la estricta economía que reinaba

en mi casa no consentía lujos--, de cara trigueña y aspecto amojamado,

que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie

me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba

calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó

para que entre aquellos zafios pasara por señorito.

Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada

por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño,

verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes

y aragoneses antiguos. Allí se decía: _forato_ por _agujero_, _no pas_

por _no_, _tiengo_ y _en tiengo_ por _tengo_ o _tengo de eso, aivan_

por _adelante_, _muller_ por _mujer_, _fierro_ y _ferrero_ por _hierro_

y _herrero_, _chiqué_ y _mocete_ por _chico_ y _mocito_, _abríos_ por

_caballerías_, _dámene_ por _dame de eso_, _en ta allá_ por _hacia

allá_, _m’en voy_ por _me voy de aquí_, y otras muchas voces y

locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.

[Ilustración: Lám. IV, Fig. 5.--Vista desde Ayerbe de las faldas del

monte del Castillo.]

[Ilustración: Lám. IV, Fig. 6.--La _plaza baja_ de Ayerbe con la torre

del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de

vecindad.]

En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido

inverosímiles elipsis, toda vez que _el_, _la_, _lo_, se habían

convertido en _o_, _a_ y _o_, respectivamente. Diríase que estábamos en

Portugal.

A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano

relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y

Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el

_forano_ (_forastero_).

Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa

de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al

revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi

memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.

He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes

solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero

en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas,

por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos

huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde

lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas

grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando

parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla

a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los

chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.

Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales,

en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con

las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes

de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del

valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las

aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu

para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño

que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre

está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en

nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños

gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración

de la realidad objetiva.

«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir

y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño,

objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre

he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente

necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el

cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas

preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral

e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir.

Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el

que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez

mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las

biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar

cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada

dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes

consecuencias en la lucha por la existencia.

En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo,

concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los

juegos del peón, del tejo, de la _espandiella_, del marro, sin olvidar

las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas

diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos

nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la

energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo

dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente

Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad

del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido

de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la

inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor

mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir

conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se

vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en

esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre

muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud

para la agresión inopinada.

Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos

inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más

arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin

consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis

traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper

faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia,

hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas

de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de

contarme.

Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo,

a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a

explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe

contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño

por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad

de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo

derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía

motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los

chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas,

teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a

mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y

otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos

servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de

frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran

problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído

hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción

del peligro.

Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y

empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando

pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega

prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de

sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente.

Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el

representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir

de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras _tuyo_ y

_mío_. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y

comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus

miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A

semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que

piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento

querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente

con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados:

obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el

padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón,

garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.

A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos:

la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de

las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en

abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su

autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por

el alcance de sus fuerzas y osadía.

No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es

inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza

es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión,

hállanse en él muy poco desarrollados.

Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así

como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña

de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios

consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo,

con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué

el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y

cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes,

o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en

un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la

insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.

Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que

sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo».

Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un

fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada

de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada,

prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía

y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis

entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para

mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron

cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron

sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban,

superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides,

picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que

consagrábamos nuestras horas de asueto.

Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas

que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a

Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que

vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven

que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor,

mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un

saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una

tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo

de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los

nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda,

con singular tino y maestría.

Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en

efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar

a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de

Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos,

viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los

más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos

melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en

espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura,

ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la

civil, nos tenían completamente sin cuidado.

En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas

y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los

muchachos a quienes los padres ponen en el _Índice_ de _las malas

compañías_. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género

de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en

que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi

superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para

cosa buena.

¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas

o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y

cencerros y fabricando las flautas y _chifletes_, que hacía de caña,

con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una

observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado

las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen

los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las

lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de

dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me

ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares,

ser tomado por músico ambulante.

¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues

yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que

hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más

de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar

mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía

progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres

al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud

la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!

¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para

los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y

sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran

pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino

que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de

observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar

pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el

hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil

no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con

esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos

o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las

leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza,

pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de

caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa

de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente

encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me

aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas

las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme

la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales

con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me

proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del

regalo de una de ellas.

Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con

camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban

exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también

para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y

gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se

presentaban.

Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme

soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque

mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se

mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya

responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material,

bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como

instigador a su comisión.

Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en

día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación

cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas

domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las

manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte

a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento

de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome

constantemente en la estacada.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 11 / 45 题