Mi estancia en Valpalmas. -- Los tres acontecimientos decisivos de mi
niñez: los festejos destinados a celebrar nuestras victorias de África,
la caída de un rayo en la escuela y el eclipse de sol del año 60.
Durante los últimos años pasados en Valpalmas (pueblo de la provincia
de Zaragoza, no lejos de Egea), ocurrieron tres sucesos que tuvieron
decisiva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron
éstos: la conmemoración de las gloriosas victorias de África; la caída
de un rayo en la escuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso
eclipse de sol del año 60. Tendría yo por entonces siete u ocho años.
Los festejos acordados por el Ayuntamiento de Valpalmas para celebrar
los triunfos de nuestros bravos soldados en África, fueron rumbosos
y proporcionados al entusiasmo patriótico que reinaba entonces en
toda España. «Por fin --oía yo decir--, las lanzas y espadas a menudo
esgrimidas contra nosotros mismos, se han vuelto contra los odiados
enemigos de la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la gloriosa bandera
española no había flameado sobre los muros de extranjera ciudad!
No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí, readquiriendo
conciencia de su propio valer. Aquellos eran los mismos esforzados
infantes de Pavía y San Quintín.
¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos
soldados de África, y singularmente a los generales Prim y O’Donnell!
¡Cuán orgullosos estábamos de la derrota de Muley-el-Abbas y de
la sangrienta toma de Tetuán, y cuán indignados también contra la
diplomacia inglesa --la pérfida Albión, como se decía entonces, con
olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nuestra
guerra contra los franceses-- por haber detenido con un gesto de
altivez y de mal humor el avance triunfal de nuestras tropas!... No
tenía yo entonces representación muy clara del carácter de las ofensas
recibidas, de la legitimidad y necesidad de la venganza, ni de las
ventajas morales y materiales que la guerra podía traernos; pero, al
ver alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y alborocé
también, aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros
rudos, pero patrióticos ediles de Valpalmas, quisieron exteriorizar la
gran satisfacción y noble orgullo que rebosaba en todos los corazones.
Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras
tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles y jotas,
ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no
sé dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y
en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por
Cervantes en las bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas. Al
compás de la ruidosa orquesta, circulaban de mano en mano, y sin darse
punto de reposo, botas rebosantes de excelente vino de la tierra,
así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se comprenderá bien,
no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la fiesta y el
jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica, nos
pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto.
Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con plena
conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa, por
lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante
la adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones
precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones
exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo
el amor al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la
región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan
y odian al unísono con nosotros; que, en suma, hablan la misma lengua
y tienen iguales origen y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad
se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de las hazañas de
sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el culto
hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra
las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo
de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si
preciso fuera, en el altar sagrado de la patria.
Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento aludido, acaso por el
concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué muy precoz.
Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la
escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea
de mi nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para
que me considerase orgulloso de haber nacido en España.
Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él
afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a
la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación
hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban
en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del
patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces
de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al
_feroz marroquí_, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el
odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado
nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía
una injusticia que más adelante corregí.
Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que,
en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los
pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han
prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes.
No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara
progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar
sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado
de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la
historia del mundo y en las empresas de la civilización europea
brillante papel[4].
[4] De la faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en
1900, tenemos actualmente en España dolorosos ejemplos. Con
ocasión de la horrenda catástrofe europea, los españoles que
leen --afortunadamente son los menos-- aparecen divididos en
dos bandos, encarnizadamente enemigos: los _neutrófilos_, en
realidad _germanófilos_, y los _anglófilos_ o _aliadófilos_.
Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama
a nadie; todos aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa
de sus ínfulas de raza superior y su concepción autocrática
del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por haber sido
cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y
de las libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es
el amor sincero a España y el convencimiento de que sólo por
el esfuerzo enérgico y consciente de sus hijos podrá venir su
engrandecimiento político y elevación cultural.
De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han
entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo
positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para
inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que
vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.
El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el _rayo
caído en la escuela_, con circunstancias y efectos singularmente
dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera
vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza
ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de
los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y
dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de
malvados.
He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una
tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra,
a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan
piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas
ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y
retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando
de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes
aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos
de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de
raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente
la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos
de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de
azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados,
corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo
unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos
ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o
menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta,
y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos,
sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable.
La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo
ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido
la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo
se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.
Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos
inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que
nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que
íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención
acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil
del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso
humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre
sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca
con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a
socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el
cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él,
mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido
sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin
embargo, al maestro.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella
había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi
electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos,
penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo
del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte
de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió
violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro
del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho
boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared.
Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.
Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la
idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la
naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de _ley_,
penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias
enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta,
sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo
estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la
certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en
las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran
artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos.
Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico
del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su
infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones
a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna
componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad
humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados;
los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de
mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides
cuajados de frutos...
Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos
los niños, había formado, se tambalea. La riente paleta del sublime
Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia.
Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me asaltaron. ¿Será
cierto --pensaba-- que el Dios de la Doctrina cristiana y de la
Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su
fervor religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés
que inspiramos a la Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el
mismo rasero que a las más humildes bestezuelas? Si realmente lo puede
todo y es infinitamente bueno, según aseguran formalmente el cura y
el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto una mano piadosa en el
furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte de un santo
varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y mi
fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas
conjeturas.
Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo el campo a más
vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del
pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado
desde hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida
(libro que no he publicado porque, a la luz de la crítica moderna,
carece de toda novedad esencial), tuvo su germen en el luctuoso
acontecimiento referido.
Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la
filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida
es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar,
de modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por
irresistible instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y
la gimnasia espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese
continuo curioseo y exploración del espectáculo de la Naturaleza.
El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral
importante, fué el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los
periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas
personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a
cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el
sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los
eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero,
un resto de desconfianza. ¿No se distraerá la luna de la ruta señalada
por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana,
que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz,
sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a
millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz de
explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro
pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar
lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de
vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no
fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis
sentimientos de entonces.
Es justo reconocer que la casta Diana no faltó a la cita, cumpliendo
a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía como que
los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices,
empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el
lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el
eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible
inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a
ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y
de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de
la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse parece
constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de
las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la
vida.
Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna
inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el
hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las
fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y
universal instrumento de previsión y de dominio.
--¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No --me contestaba
mi padre--; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e
impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente
geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los
datos de las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades,
la ciencia acierta y prevé; pero cuando los términos se complican,
y las incógnitas crecen y los símbolos son insustituíbles por
valores cuantitativos, la mente humana se ofusca y sufre las tristes
consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza procede muchas
veces como aquella famosa esfinge de Tebas, tan citada por literatos y
filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro”.
»El hombre de ciencia, que con tan maravillosa precisión ha sabido
calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la distancia
de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz,
no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo,
o si durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En
el arduo fenómeno de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana
debe confesar humildemente su impotencia. El científico que tan
penetrantemente ha sabido explorar los arcanos del mundo geométrico,
sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí mismo; de donde
resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de pesar
los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y
esclarecer la estructura y la función de esas células cerebrales, con
ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.»
No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre; pero ellas
envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones.
El eclipse de sol del año 1860 contribuyó poderosamente a mi afición
por los estudios astronómicos. Mi cariño a la cosmografía llegó más
adelante hasta leer no sólo todas las obras de popularización escritas
por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y esencialmente
matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el alto
cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para
fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación.
[Ilustración]