Mi primera infancia. -- Vocación docente de mi padre. -- Mi carácter y
tendencias. -- Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.
Los primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y
uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la
provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro
coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo
más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del
precedente. En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a
1860; en él nacieron mis dos hermanas Pabla y Jorja.
Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía
cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí
los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero
maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y
a escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física,
aritmética y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más
que obligación inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible
de su espíritu, inclinado, por natural vocación, a la enseñanza.
Despertar la curiosidad, acelerar la evolución intelectual, tan
perezosa a veces en ciertos niños, le resultaba deleite incomparable.
De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócrates blasonaba de
sí, que era excelente comadrón de inteligencias.
Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva
del domador de potros; pero entra también la grata curiosidad del
jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de
la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.
Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento embrionario, gozándose
en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la
paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la
obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y
repetidos, una especie original, un temperamento _sui generis_, capaz
de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros
nuevos: he aquí el gran triunfo del pedagogo.
Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos,
sino con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia
era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de los
deberes.
Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en
enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo
lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo
(Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor
y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en
cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco surge en mi memoria la
imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora,
transcurridos cerca de cincuenta y ocho años, como si los tuviera
presentes.
En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan
rápidamente, que a los seis años escribía corrientemente y con alguna
ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones de geografía,
francés y aritmética.
A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el
secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se
trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en
Medicina y Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar
y de enterarle de los sucesos del partido médico, regentado a la sazón
por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que mis
padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su
hijo, un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.
En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la
mayoría de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta
de la vida de aire libre, incansable cultivador de los juegos atléticos
y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales. Entre
mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás
y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el
curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía
incomprensible por el trato social.
Tales eran la vergüenza y cortedad que experimentaba al verme entre
personas extrañas, que cuando debía comer fuera de casa o había
en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para
hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado
encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi
progenitor juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia
el trato de gentes, no podía menos de retardar mi evolución mental,
originando además rudeza de modales y esquivez y extravagancia de
carácter. De que mi padre fué profeta, da testimonio toda mi historia.
Tengo por indudable que ese deseo de vivir a mis anchas, entregado
a mis caprichos, sustraído constantemente a la coacción moral de
las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me privó de
amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi
carrera.
Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí criatura díscola,
excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática.
Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado
heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca
insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.
Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias
ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes.
Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres
celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos
hacemos la ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos
pone en plena posesión de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se
entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese
la iniciativa mental; las asociaciones de ideas sucédense en el orden
marcado por el interlocutor, que viene a ser en cierto modo dueño de
nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en
adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos
dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos
enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de
esclavitud perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración
parásita del cerebro es que turba las polarizaciones ideales útiles y
nos distrae del trabajo.
¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la
tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de
voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la
cuotidiana labor!
Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y entregado a sus
pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un humor
sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes
alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos
reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.
La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho,
una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de
contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las
alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales,
el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración
variada y pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las
horas de asueto que mis estudios me dejaban, haciendo correrías por
los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes,
peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre,
durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún accidente.
Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por
los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran
colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles
jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y
cuidados.
Mi pasión por los pájaros y por los nidos se extremó tanto, que hubo
primavera que llegué a saber más de 20 de éstos, pertenecientes a
diversas especies de aves. Esta instintiva inclinación ornitológica
aumentó todavía ulteriormente[2]. Recuerdo que frisaba ya en los
trece años, cuando dí en coleccionar huevos de toda casta de pájaros,
cuidadosamente clasificados. Para facilitar la colecta (que mi
padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes una
_cuaderna_ por cada nido que me enseñasen. De este modo, la colección
se enriqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares diferentes.
Mostrábala yo orgullosamente a mis camaradas del pueblo como si
fuera tesoro inapreciable. Desgraciadamente, mi colección --que
guardaba cuidadosamente en una caja especial de cartón dividida en
compartimientos minuciosamente rotulados-- no pudo conservarse: los
ardores del mes de Agosto dieron al traste con mi tesoro, provocando
la putrefacción de las yemas y la rotura de las cáscaras. ¡Grande fué
mi pena cuando me dí cuenta del percance y comprendí toda la extensión
del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver que los huevos de
_engaña-pastor_ (chotacabras), tordo, gorrión, pardillo, pinzón,
_cogullada_ (cogujada), _cudiblanca_, mirlo, _picaraza_ (garza),
cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor, codorniz, etc., mostraban las
cáscaras abiertas y rezumando líquido corrompido y mal oliente.
[2] Aludo a mi estancia, varios años después, en Sierra de Luna,
pueblo de la provincia de Zaragoza.
Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los
animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y
sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé haciéndoles
servir de juguetes, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos
prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (_besque_
o liga, _lienas_[3] con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había
reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los
soltaba o los devolvía, si eran todavía pequeñuelos e implumes, a
sus nidos y a las caricias maternales. En estos caprichos no entraba
para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino
el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir
al maravilloso proceso de la incubación y a la _eclosión_ de los
polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido,
sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de
los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que
ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo
con que toma posesión de las anchuras del espacio.
[3] Trampas hechas con una losa y ciertos palillos fácilmente
desbaratables por el pájaro al picar el cebo. Perdone el lector
las voces aragonesas que empleo; algunas de ellas no figuran en
el Diccionario.
Los instintos admirablemente previsores de los animales, llenábanme
de ingenua admiración; pero no menos me chocaban las inarmonías
que, de vez en cuando, nos ofrece la vida, como acreditando en el
Creador extrañas distracciones y complacencias. Recuerdo que, cuando
me contaron las tretas de que el cuco se vale para criar su prole
(tretas que pude comprobar personalmente), sentí penosa impresión.
Fué ésta la primera incongruencia del orden natural que llegó a mi
noticia; luego conocí otras todavía más graves con relación a los
insectos y crustáceos. Y fué triste cosa pensar que el mal que yo
suponía producción puramente humana, tenía ya sus raíces en la más baja
animalidad...
[Ilustración]