Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de mis paisanos. --
Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.
Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré
ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné
a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo
alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han
sido parte a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido
solamente a solicitar, recibir y pagar serie inacabable de _fées_ de
bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en virtud de
la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante
estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme
dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos
patrióticos, que han podido correr más libremente por el ancho y
generoso cauce de la España plena.
Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande
supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más
de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde
nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de
monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger,
y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá
siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis
primeros juegos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi
retina virgen y desentumeció mi cerebro.
Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace pocos
años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su
posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el enrevesado
itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en
camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa
ribereña del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y
última, Petilla.
Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en
los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta
de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura,
flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo,
en muchos parajes, por ramblas y barrancos.
Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púseme
en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto dejamos atrás
las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica,
la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático
de los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal.
Sabido es que en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar
la esperanza al agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente
dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes fecundos
aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y nueva denudación de valles y
laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas y pedregales. Para
apagar la sed y calmar el calor hice escala en dos o tres humildes
aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos de la
pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado
monte donde se asienta el pueblo.
A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí
inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar
el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás
lo hubiera impresionado.
No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental. Al
regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean anticipadamente
el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia; en su
espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras;
todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los
alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un
recuerdo de alegría o de pena. «Yo sólo --me decía-- tendré el triste
privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad,
acaso algo hostil, y el silencio de los corazones. Nadie me espera,
porque nadie me conoce.»
Y sin embargo, me engañaba. El cura y el ayuntamiento habían barruntado
mi visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un
episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se alza la aldea,
cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y que
se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el
rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en
hito, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que
ser el hijo de D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!...
¡No me lo niegue usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su
madre, le dí a usted de mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena
y qué hermosa era!...»
Felicité a la pobre octogenaria por su admirable memoria y excelentes
sentimientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión
a Petilla.
Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto
Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las
vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana
de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y
angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen
el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses
que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes,
inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español,
excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera
que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos
aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.
Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y
empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el
terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.
[Ilustración: Lám. III, Figs. 3 y 4.--Dos vistas de Petilla: la
primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.]
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede
ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo
de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de
castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña,
áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con
su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando
la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre
rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas
del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses,
aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en
graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias
torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la
cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el
horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes
hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún
cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada
todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las
humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas
sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan
grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento
rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas,
siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni
el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún
sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al _confort_.
Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas
viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una
existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de
rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así
viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros
aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen
los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya
brevedad compensan.
Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está
reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia
es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión
cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por
el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es
la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta
persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue
decoroso al humilde pastor de almas.
En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis
meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre
y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema
manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar
a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una
sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista
de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones
piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de
humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin
esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud
de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos.
Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos
llamar _el copo de la felicidad_, es decir, alcanzar los dones de la
fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.
Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba
entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria
y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza
tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales
aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento;
por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer
amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí
alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente
suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra
suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía
vital necesidad, ¿qué sería --decíame para mis adentros-- de estas
existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas
abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora
monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la
sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo
adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos,
sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando
impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y
de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las
doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos
esperan los muertos queridos y llorados?
Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo
perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente
deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.
¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!...
Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones
estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático
alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la
brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y
vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes
de los _países de yerba_, desprecian o desdeñan a los amojamados,
cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas
castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño
nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo
inclemente...
Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a
mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes
agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro
lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa
hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente
algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban
sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena
voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y
para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas
giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas
del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina
sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del
pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende
florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con
suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde
casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de
gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se
ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme
la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las
hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura
todavía.
Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos,
oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero
llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no
volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica
que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al
espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que
aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del
trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.
Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones
bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el
agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina
con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva
visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente,
tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que
no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del
afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el
amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las
representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria.
Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se
enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y
adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.
Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber
casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre
no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana
toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la
tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación
humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las
primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria
es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más
crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los
años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde
el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.
[Ilustración]