CAPÍTULO II

Excursión tardía a mi pueblo natal. -- La pobreza de mis paisanos. --

Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.

Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré

ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné

a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo

alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han

sido parte a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido

solamente a solicitar, recibir y pagar serie inacabable de _fées_ de

bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en virtud de

la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante

estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme

dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos

patrióticos, que han podido correr más libremente por el ancho y

generoso cauce de la España plena.

Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande

supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más

de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde

nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de

monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger,

y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá

siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis

primeros juegos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi

retina virgen y desentumeció mi cerebro.

Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace pocos

años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su

posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el enrevesado

itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en

camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa

ribereña del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y

última, Petilla.

Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en

los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta

de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura,

flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo,

en muchos parajes, por ramblas y barrancos.

Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púseme

en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto dejamos atrás

las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica,

la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático

de los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal.

Sabido es que en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar

la esperanza al agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente

dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes fecundos

aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y nueva denudación de valles y

laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas y pedregales. Para

apagar la sed y calmar el calor hice escala en dos o tres humildes

aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos de la

pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado

monte donde se asienta el pueblo.

A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí

inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar

el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás

lo hubiera impresionado.

No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental. Al

regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean anticipadamente

el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia; en su

espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras;

todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los

alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un

recuerdo de alegría o de pena. «Yo sólo --me decía-- tendré el triste

privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad,

acaso algo hostil, y el silencio de los corazones. Nadie me espera,

porque nadie me conoce.»

Y sin embargo, me engañaba. El cura y el ayuntamiento habían barruntado

mi visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un

episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se alza la aldea,

cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y que

se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el

rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en

hito, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que

ser el hijo de D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!...

¡No me lo niegue usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su

madre, le dí a usted de mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena

y qué hermosa era!...»

Felicité a la pobre octogenaria por su admirable memoria y excelentes

sentimientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión

a Petilla.

Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto

Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las

vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana

de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y

angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen

el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses

que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes,

inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español,

excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera

que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos

aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.

Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y

empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el

terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.

[Ilustración: Lám. III, Figs. 3 y 4.--Dos vistas de Petilla: la

primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.]

El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede

ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo

de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de

castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña,

áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con

su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando

la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre

rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas

del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses,

aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en

graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias

torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la

cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el

horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes

hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún

cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada

todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las

humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas

sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan

grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento

rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas,

siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni

el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún

sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al _confort_.

Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas

viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una

existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de

rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.

Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así

viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros

aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen

los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya

brevedad compensan.

Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está

reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia

es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión

cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por

el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es

la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta

persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue

decoroso al humilde pastor de almas.

En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis

meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre

y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema

manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar

a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una

sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista

de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones

piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de

humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin

esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud

de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos.

Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos

llamar _el copo de la felicidad_, es decir, alcanzar los dones de la

fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.

Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba

entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria

y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza

tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales

aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento;

por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer

amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí

alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente

suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra

suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía

vital necesidad, ¿qué sería --decíame para mis adentros-- de estas

existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas

abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora

monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la

sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo

adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos,

sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando

impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y

de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las

doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos

esperan los muertos queridos y llorados?

Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo

perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente

deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.

¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!...

Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones

estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático

alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la

brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y

vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes

de los _países de yerba_, desprecian o desdeñan a los amojamados,

cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas

castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño

nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo

inclemente...

Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a

mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes

agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro

lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa

hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente

algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban

sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena

voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y

para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas

giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas

del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina

sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del

pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende

florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con

suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde

casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de

gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se

ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme

la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las

hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura

todavía.

Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos,

oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero

llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no

volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica

que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al

espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que

aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del

trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.

Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones

bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el

agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina

con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva

visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente,

tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que

no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del

afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el

amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las

representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria.

Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se

enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y

adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.

Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber

casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre

no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana

toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la

tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación

humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las

primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria

es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más

crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los

años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde

el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.

[Ilustración]

Recuerdos de mi vida (tomo 1 de 2) · 第 8 / 45 题