Entregados a su iniciativa, obedientes a su espontaneidad, los españoles

vertieron en América su ser entero; todo su contenido social, político y

religioso. Con una rapidez que asombra, las catedrales y las

universidades levantaban sus torres en el aire americano. Los cabildos,

como copia de la vida municipal de España, se transplantaban a las

Indias y daban a aquellas regiones el tono cívico y libre que desde el

principio ostentaron. El afán de _poblar_ se mezcla con el afán

heroico, y tan pronto como se ve algo exento de dificultades, Pizarro

insiste en fundar la ciudad de Lima, en cuyos planos y replanteo

interviene, y de cuya fundación y grandeza está tan orgulloso, tan

enamorado.

CAPÍTULO VI

EL CID COMO PRECURSOR DE LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA

Los hombres varían poco a través del tiempo, en cuanto a los caracteres

y modos fundamentales; variamos nuestro modo de vestir, cambiamos la

forma de las leyes y de los sistemas de locomoción, pero en lo íntimo

somos consecuentes.

Leyendo las incomparables estrofas de _Mío Cid_ nos encontramos con

relatos y episodios que parecen escritos por un cronista del siglo XVI.

Y todo el que _sienta_ hondamente la epopeya de América, reconocerá que

los conquistadores, expresa o infusamente, estaban influídos por el

poema del _Cid_.

Muchos de los conquistadores, por su rudimentaria cultura, no conocían

directamente el viejo poema castellano; pero a través de los romances,

cuentos y tradiciones, es seguro que España entera se hallaba saturada

del espíritu y hasta los pormenores del héroe de Vivar.

Este era un hombre representativo que asumió todas las esencias del alma

española, y que, por ley natural que nunca falla, sirvió de guía y

modelo a las generaciones sucedentes. El Cid, como perfecto héroe

nacional, dió el tono a España, y para comprender esto no necesitamos

acudir a los ejemplos literarios, como son los romances y las numerosas

comedias que han surgido de los episodios del Cid; la influencia más

viva y práctica la tenemos en la conquista de América.

Lo cierto es que Hernán Cortés y Francisco Pizarro efectúan sus empresas

en una forma que en ocasiones parece copiada del mismo poema de _Mío

Cid_.

Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas,

verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de

Valencia.

«Quien quiere perder cuenta e venir a rritad,

viniese a «Mío Cid» que ha sabor de cabalgar.

Cercar quiere a Valencia para cristianos la dar.

Al sabor de la ganancia non lo quieren detardar;

grandes yentes se le acogen de la buena cristiandad...»

Allí veremos a Pizarro gozoso de haber entrado en las puertas del Perú y

sorprendido ante las primeras riquezas que apresan sus manos. Lo primero

que decide es un acto de política y de fidelidad: aparta el quinto del

botín y corre a llevárselo a su rey. No de otro modo el Cid, cinco

siglos antes, encargó a Minaya.

«Enviar vos quiero a Castiella con mandado

desta batalla que habemos arrancado;

al rey Alfonso que me ha airado

quiérol enviar en don treinta cavallos,

todos con siellas e muy bien enfrenados,

señas espadas de los arzones colgando.»

Vemos después a Pizarro llegar hasta el remoto Cuzco, domar los

ejércitos enemigos y posesionarse del extraño país maravilloso. Le vemos

reunir las riquezas de los incas y hacer las particiones entre sus

gentes, dando al caballero y al peón su parte equitativa, de manera que

aquellos temerarios aventureros se hicieron _todos ricos_ en un

instante. También en este caso parece que el episodio y los mismos

detalles hubieran sido calcados del poema del Cid.

Así en la batalla contra el conde de Barcelona, vencido éste y librado

del cautiverio por la bondad del caudillo castellano,

«...tornós el de Bivar,

junto con sus mesnadas, compesós de alegrar

de la ganancia que han fecha maravillosa e grand;

tan ricos son los sos, que no saben qué se han...»

Pasa por todo el poema de _Mío Cid_ un aire de aventura y de conquista,

de esperanza y de botín, de largas caminatas por territorios

extranjeros, y este aire heroico-adquisitivo es como el preludio de la

gran aventura de las Indias. En tal sentido, el Cid es un precursor de

los conquistadores o, mejor todavía, el primer conquistador.

Se dirá que la guerra era igual en sus formas y en sus fines durante los

siglos medioevales. Marchar contra el enemigo, vencerlo, esclavizarlo y

apresar inmediatamente el botín; tal era, en efecto, el sentido y la

moral de las guerras en la Edad Media. Pero por encima de las formas

usuales o universales, las mesnadas del Cid se reservan una

originalidad. Desde luego ellas operan sobre un adversario infiel y

perverso, como es el moro, el cual, por añadidura, está ocupando un

territorio que, justamente, no le pertenece. Por tanto, ir contra el

moro no es lo mismo que hacer la guerra a un rey o estado de cualquier

otro país de Europa. El héroe español hace sus campañas sobre un país

tres veces enemigo: enemigo como infiel, como usurpador del territorio y

como adversario formal.

El Cid, además, no es un conde ni un rey que desea extender sus estados

o vengarse de un vecino poderoso; simplemente es un _hidalgo_ fornido y

valiente, apto y capaz, verdadero ejemplar del caudillo que recluta sus

hombres y va a la buenaventura, a conquistar tierras y ciudades, a

vencer reyes y ensanchar el cristianismo. Ni siquiera le ayuda el rey;

hasta rompe los vínculos legales que le atan al rey, puesto que está

desterrado. Solo con sus fuerzas, aislado en el mundo, fiando en su

capacidad, marcha por la tierra adelante a conquistar ciudades y lograr

la riqueza, el poder y la gloria... Este tipo de _conquistador_ es único

en Europa; y es tan español, que los conquistadores de América no hacen

más que reproducirlo y calcarlo.

Hay en el Cid un tono de _aventura a la española_ que parece un anticipo

o un presagio de lo que más tarde habría de ocurrir en América. El

aventurero de Vivar, por virtud del incomparable verismo del espíritu

estético español, no pretende nunca engañar a sus hombres con

entelequias ni fantasías literarias; les habla el lenguaje de la verdad,

con un acento masculino y heroico tan lleno de humana emoción. Y la

verdad para sus hombres de hierro no puede dispersarse en vanas

quimeras; se trata de ganar botín, de cobrar honra y de expulsar a los

infieles.

Esta trinidad de propósitos práctico-idealistas está asistida

constantemente por un sentido de conmovedora fraternidad, que después

habrán de reproducir los conquistadores de América haciéndose, el

capitán y los soldados, camaradas a quienes une entre sí tanto el amor

como la ambición. El Cid trata a sus soldados como a hijos, los protege

y guía, los ama de todo corazón, al modo que después los aventureros de

Indias no escucharán de sus jefes ninguna altivez, ningún ultraje, ni le

acusarán de abusos. Fraternalmente se repartirán los tesoros, como

hermanos de peligro y de fortuna que en efecto son.

¿Pero qué hay, además, en el Cid de distinto, de íntimamente español, de

presagio americano? Sin duda es aquel vuelo y fuga mística que cobra en

la epopeya de Indias su mayor significación, y que en el poema de _Mío

Cid_ ya estaba expresado. Poco antes de marchar contra las tierras de

moros, que son vasallos del conde de Barcelona, el Cid cree necesario

hablar a sus gentes, y al efecto les da con pocas palabras una especie

de sistema o filosofía del heroísmo, del aventurero, del conquistador.

«Ya caballeros decir vos he la verdad:

qui en un logar mora siempre, lo so puede menguar.»

¡Aquí está, sin duda, el principio y la definición de la historia de

España! «Quien mora siempre en un lugar, lo suyo, lo que posee, puede

disminuirse...» ¿No es ésta una verdadera filosofía del progreso, que

estima, en contra del sentido quietista y parsimonioso, necesario

cambiar, osar, variar y decidirse? ¿Pero no reside en esas rudas

palabras un presentimiento de la acción española, impetuosamente lanzada

hacia una ambición de dominio y de gloria?

El poeta de _Mío Cid_ añade en seguida:

«Cras a la mañana pensemos cabalgar,

dexat estas posadas e iremos adelant...»

Es decir: «Puesto que mañana nos manda el destino que sigamos la

ventura, dejad estas posadas o lugares deliciosos donde hemos triunfado

y gozado, y marcharemos adelante...» ¡Oh, sublime y transcendental

palabra _adelante_, que al oído del soldado suena como la voz de un

deber sobrehumano, como la voz de la raza, como el imperativo de la

Historia! ¡Dejad estas posadas y seguid adelante! ¡Tierras adentro,

hasta la mar, hasta más allá del mar, más adelante, siempre adelante!

Al finalizar la Edad Media, a causa de la tradición del Cid y de las

conquistas en tierras de moros, estaban acaso los españoles en una

posición particular respecto a los otros europeos; me atreveré a decir

que los españoles eran los europeos que más sinceramente sentían y

practicaban la _caballería_. Los _libros de caballería_, por tanto,

tenían en España una realidad de cosa viviente. ¿No podría explicarnos

esto la actitud de Cervantes, que reserva su mejor talento para escribir

el _Quijote_, acerba condenación de la _caballería_? Ningún otro país

europeo necesitó la cura genial de un libro extraordinario para una

dolencia que, en efecto, sólo en España adquiría gravedad.

El _quijotismo_ estaba en el aire y producía los consiguientes daños. La

leyenda del Cid, conquistador de ciudades y opresor de reyes, venía

corroborada por las continuas empresas contra los moros y por la última

romántica empresa de la toma de Granada. Los libros de caballería no

eran, pues, vagamente fantásticos para los españoles. Pero mientras la

gente leía las absurdas hazañas de aquellos libros, ¿no estaban

realizando otros españoles las absurdas, las maravillosas empresas de

Méjico y del Perú?

Cervantes asumió en este caso la voz de la mediocridad prudente y

criticista, moralizadora y tímida; se hizo abogado del _filisteo_;

combatió la _caballería_ y todo el trastorno imaginativo y social que

comporta el espíritu de aventura. Sin duda estaba ya muy viejo. A los

veinte años él mismo hubiera cantado la _caballería_, puesto que él la

practicó en Lepanto. Pero había fracasado como aventurero, y toda su

vida era ya un fracaso.

Sentíase viejo y tomó el partido de los _negadores_, de los

_pesimistas_, de los _críticos_, de los prudentes y los _filisteos_; de

todas las gentes sesudas y sedentarias que condenan lo extremoso y lo

aventurero. Los espíritus sensatos y tímidos de España, los tenderos y

los bachilleres, debían lamentar mucho que el Cid y los conquistadores y

los aventureros no fuesen encerrados bajo tres vueltas de llave. Por

último, encontraron su agente en la pluma de Cervantes. ¡Y así recibió

España, como compensación a la pérdida del idealismo aventurero, la

indemnización del _Quijote_!

CAPÍTULO VII

LA CODICIA

Se ha querido reducir el mérito de la conquista de América con la

alegación de que los españoles únicamente perseguían el oro.

Hay dos maneras de afrontar la grandeza de los hechos y de las almas. Y

es bien cierto que para un espíritu noble que ama lo sublime, los actos

memorables se presentan revestidos de un aura magnífica, y se esmera en

mirar en ellos las esencias ideales por las que el hombre adquiere cada

día mayor beneficio de nobleza, de cultura y de elevación moral. Este

modo de considerar el heroísmo y los grandes hechos heroicos, requiere,

es verdad, que el alma se halle propensa al heroísmo y contenga en

algún grado la aptitud ideal.

Por el contrario, un espíritu descontento y que ama el ras de la tierra,

cualquier acto extraordinario lo mirará prolijamente, avaramente, con el

sentido de la justicia y de la verdad que puede tener un administrador o

cajero de oficina bancaria. Sometido a este régimen de regateo, ningún

acto memorable resiste la comprobación. El espíritu pequeño estudia los

detalles, suma los gastos, toma nota de las muertes y daños causados,

descubre la paga que se cobró el héroe, y el acto sublime se disuelve en

tierra y en prosa. Es el caso de las famosas «cuentas» del Gran Capitán,

y sin duda el conquistador de Nápoles hubo de verse en gran apuro cuando

la administración avara le pidiera nota de los «gastos». El Gran Capitán

sabía vencer a los caballeros franceses y deslumbrar a Europa con sus

hazañas; no sabía, sin embargo, justificar sus cuentas... y lo cargó

todo, conquistas y hazañas y glorias, al capítulo de «picos, palas y

azadones».

Si un espíritu pequeño pone su trabajo en desmenuzar la obra de las

Cruzadas, fácil le habrá de ser descubrir un número exorbitante de

soldados, caballeros y señores que iban a Oriente con el propósito de

ganar tierras o cobrar un rico botín; otros iban a ganar el perdón de

sus pecados, con lo que negociaban el rescate del infierno. ¡Sería tan

posible descubrir el _interés_ hasta en la vida de los mayores mártires!

Pero en el sitio donde bullen y se enroscan los sentimientos bajos o

mezquinos, vuelan y se remontan las ideas y los propósitos sublimes; y

junto con la marinería y soldadesca que embarcaba a las Cruzadas, allí

iban también los príncipes y los monjes y los mancebos que perseguían la

ideal ambición de conquistar el Santo Sepulcro. Y entre la misma ruda

soldadesca, brillando entre la grosería de los propósitos de la

soldadesca, ¿acaso no relucía allí mismo, en aquellos espíritus

humildes, la llama oculta del ideal? El último soldado, que no vacila en

matar, violar y saquear, tiene sus treguas íntimas, sus momentos

graves, en que triunfa la conciencia, y entonces está presto a perder

todo su botín de concupiscencia por defender a su jefe, a su Dios, a su

bandera.

Entre la turba de soldados y marineros, sobre las solicitaciones de la

multitud que marcha a la procura del oro, allí Hernán Cortés levanta la

mira de sus sueños, y no es el oro lo que más le importa, sino la

gloria. Por la gloria van otros muchos conquistadores. Por servir al

rey, por orgullo de conquistar, por el anhelo patriótico de ensanchar

todavía más la grandeza de España. Y casi todos los conquistadores, en

efecto, mueren en América, muchos de ellos pobres, y trabajando hasta el

fin en la perfección de su obra. Vasco Núñez de Balboa se ocupaba en

componer su precaria vivienda, cuando lo detienen para ajusticiarlo.

Francisco Pizarro se enorgullecía de su ciudad de los Reyes, que él

mismo trazara, y en ella pereció peleando espada en mano, porque ni de

viejo ni para morir tuvo reposo.

La codicia es uno de los primeros y más grandes conductores de la

actividad humana. La codicia estaba también entonces allí, en la obra

de América, ocupando los puestos avanzados.

Antes de que América surgiese a la mirada del europeo, su ensueño, su

posibilidad o su destino estaban impregnados de codicia. Las tierras de

Catay, los mares de perlas, los imperios rebosantes de oro, todo eso

había impregnado la imaginación de Europa a través de los relatos

hiperbólicos de los viajeros venecianos. Los españoles iban a América

bajo la impresión de ese suelo áureo. Y esta idea de la riqueza

americana, que ha durado cuatro siglos y que ahora mismo no pierde su

sabor de quimera y de milagro, los primeros expedicionarios la llevaban

en sus almas, naturalmente propensas a la hipérbole y a la superstición

milagrosa.

La superstición de la riqueza súbita y fastuosa era tan viva, que a

veces, entre episodios trágicos, da ocasión a incidentes grotescos y

graciosos. Los pobres soldados veían por todas partes brillar montañas

de oro, y lo mismo que al alma simple le aparecen fantasmas divinas en

cualquier pliegue de las nubes, a ellos les aparecían fantasmas de oro y

de perlas.

Pasando por una aldea de indios, los soldados de Cortés observan unas

hachas doradas que portan algunos habitantes, y creen que son de oro

bajo. Las cambian por bujerías y cuentas de cristales, o las roban,

sencillamente. Las hachas doradas menudean, y los indios traen muchas,

viendo que tanto les agradaban a los cristianos; y cuando los cristianos

se van y toda la tropa de peones y marineros anda preocupada en esconder

aquel botín de la vigilancia del general... ¡se descubre que no son de

oro bajo las hachas, sino de bronce! Y la tropa suelta la carcajada,

riéndose de su propio fracaso.

Otra vez, «Vueltos a embarcar, siguiendo la costa adelante, desde a dos

días vimos un pueblo junto a tierra que se dice el Aguayaluco, y andaban

muchos indios de aquel pueblo por la costa con unas rodelas hechas de

conchas de tortugas, que relumbraban con el sol que daba en ellas, y

algunos de nuestros soldados porfiaban que eran de oro bajo, y los

indios que las traían iban haciendo grandes movimientos por el

arenal...»

Otro día salen las gentes de Cortés hacia el pueblo de Cempoalla, a

invitación del cacique, y atraviesan un espléndido país cubierto de

vegas, prados, bosques, palmeras, lleno de frescos arroyos, poblado de

aves bonitas, alegre como un pensil tropical. Los cansados y pobres

conquistadores penetran en la ciudad y son recibidos con flores y

vítores. De pronto, unos soldados de a caballo que iban en avanzada

vuelven temblando de emoción: ¡habían visto las casas chapeadas de

plata!... Después se descubrió que era un barniz o pintura brillante que

cubría las paredes de las chozas. Y otra vez la tropa rompió a reir a

carcajadas.

Y una vez que un indio, emisario de Moctezuma, se fijó en el yelmo de un

soldado, con ingenuidad de primitivo lo tomó, le hizo gracia, y suplicó

al soldado que se lo cediera; quería llevárselo al emperador como objeto

de curiosidad. Entonces el soldado, con una sorna muy de soldado, dijo

que bueno, que se lo llevase a Moctezuma... ¡y que volviese el yelmo

lleno de oro! En efecto, volvió el casco marcial todo henchido de oro

hasta los bordes.

¡Ah, cómo encendían estas cosas la brasa impaciente de aquellos

soldados! ¡Cómo se avivaba su imaginación y se afianzaban sus corazones!

¡Qué país tan imaginativo, fantástico, estupefaciente, aquel país en que

las maravillas saltaban a cualquier hora, y en que las emociones

variaban con bruscos golpes, desde el terror a la gloria, desde el

hambre a la hartura, desde la miseria y el descalabro a la opulencia!

¡Y aquel desgraciado Moctezuma, cómo pretendía que se marchase Cortés,

si le ofrecía el espectáculo de un imperio pasmoso con cuya conquista

ganaría más honra y lustre que todos los capitanes de España! ¡Cómo

presumía que los soldados se fuesen de Méjico otra vez a su patria, si

les anteponía la tentación de los regalos de oro!

Los emisarios de Moctezuma traen a los españoles ricos presentes. Traen

sobre todo dos planchas «tan grandes como ruedas de carro», una de oro

y otra de plata. Y repiten a los españoles «que se marchen del país...»

¡Cómo podían marcharse! ¡Qué corazón valiente se hubiera marchado! Van,

al contrario, adelante, y se meten en una aventura espantosa que les

acarreará batallas terribles, derrotas tristísimas, trabajos y

mortaldades sin ejemplo.

La leyenda y superstición del oro hallaban de repente un sitio exacto en

la realidad, y los mismos ensueños podían ser alguna vez superados. Así

la tropa de Francisco Pizarro, cuando en Caxamalca se repartió el

rescate del Inca, se encontró toda ella rica, pero rica de veras, rica

en buenos lingotes de oro y de plata. Aquella distribución de botín es

el hecho militar más inaudito, más único de la Historia. Tiene de

particular que es un hecho confrontado, corroborado por los cronistas,

presidido por el general, anotado por los magistrados, con nota de los

nombres y cantidades.

«De todo lo demás--dice Francisco de Je----, sacado el quinto real y los

derechos del fundidor, repartió el gobernador entre todos los

conquistadores que lo ganaron, y cupieron a los de caballo a ocho mil y

ochocientos y ochenta pesos de oro y a trescientos y sesenta y dos

marcos de plata, y los de pie a cuatro mil y cuatrocientos y cuarenta

pesos de oro y a ciento y ochenta y un marcos de plata...» El dinero

valía entonces dos o tres veces más que hoy.

¡Todos ricos, repentinamente ricos!... Aquella noticia debió de correr,

paulatinamente agrandándose, a través del continente y de las islas, por

España entera, por Europa. Y el nombre del Perú se hizo sinónimo de

riqueza. Y la enfermedad o el ensueño de América arraigó para siempre en

las imaginaciones europeas. Y de ese ensueño, de esa codicia de que se

impregnó el nombre de América, salieron las emigraciones que han hecho

próspero al Nuevo Mundo.

Y cuenta en seguida el mismo Francisco de Jerez que «Muchas cosas había

que decir de los crecidos precios a que se han vendido todas las cosas,

y de lo poco en que era tenido el oro y la plata. La cosa llegó a que

si uno debía a otro algo, le daba de un pedazo de oro a bulto, sin lo

pesar, y aunque le diese el doble de lo que le debía, no se le daba

nada, y de casa en casa andan los que debían, con un indio cargado de

oro, buscando a los acreedores...»

Sí, seguramente; los pobres soldados no serían ricos mucho tiempo.

Siempre ha seguido el mercader al soldado, y siempre el mercader se alzó

con los gajes de toda empresa heroica.

CAPÍTULO VIII

LAS RIQUEZAS

Los embajadores de Venecia en España, en su misión de espionaje

comercial, todos comienzan lo mismo sus informes cuando descargan sus

pesquisas al Senado: de las Indias no se puede saber la verdad, no se

sabe de cierto nada...

Una atmósfera de hipérbole, en efecto, envolvía al continente americano,

y para que los datos verosímiles faltaran todavía más, quería la suerte

que los navegantes, conquistadores y mercaderes desembarcasen en

Sevilla, con lo que el natural vuelo imaginativo de los andaluces

empeoraba aquel proceso de fantasías.

Pero es innecesario recurrir a la imaginación andaluza. Toda Europa, en

aquel tiempo, era propensa a la hipérbole, a la leyenda y a la

superstición. Y estando la sociedad tan preparada a las fugas

imaginativas, y en un momento histórico en que los libros de caballería

pasaban de mano en mano, he ahí que repentinamente realizaban unos

hombres de carne y hueso cuantas proezas y aventuras inventaron los

noveladores. Se abría, pues, a las mentes estupefactas de los europeos

aquel país inaudito, maravilloso, que rezumaba néctar de frutas

tropicales y que extendía generosamente montes de joyas y auténticas

maravillas de oro.

En la Edad Media había padecido Europa una especie de rigor ascético,

impuesto primeramente por la disciplina cristiana, y luego, con más

motivo, por el aislamiento geográfico a que se condenó desde la caída

del Imperio de los Césares. Europa vivía de sus recursos, propios de los

climas fríos y templados; los frutos bellos y dulces, incitantes y

olorosos, todo lo que la zona tórrida tiene de rico, muelle y

lujuriante, estaba en poder de los infieles. Las vías de Oriente

hallábanse en manos de los sarracenos, y las vías del mar oceánico

quedaban cercadas por el terror. En forma precaria y con un coste

fabuloso, el acceso a Oriente y a los frutos tropicales hacíase por

intermedio de las Repúblicas italianas, con lo que ciertas delicias

orientales solamente podían gustarlas los príncipes y los señores.

Y ved ahí que repentinamente llegan a Europa las especies picantes, los

sabrosos frutos, las cosas más ricas y bellas... Los conquistadores

vuelven a España y se entretienen en la ponderación de unas tierras

donde sin esfuerzo nacen las plantas benéficas. Pronto corre entre el

vulgo, mixtificada con un poco de sorna, la quimera de Jauja, aquel país

de cielo radiante, aquella tierra sin lluvias, y no obstante frondosa;

aquel edén donde el oro salta a la mano y donde no es preciso trabajar

para ser feliz... Sin embargo, el paraíso de Jauja era cierto.

Los que volvían de América hablaban de unas islas exhuberantes,

frondosas como canastillos de flores, circuídas por un mar de profundo

azul. Referían la variedad de los frutos nunca vistos: maíz, patata,

boniato, cazabe. Y después, ¡qué viciosa y divina tentación en aquella

existencia de prodigio! El azúcar manando de los alambiques; la

exquisita molicie del café; el tónico y excitante chocolate; la pasión

del tabaco, saboreado por primera vez en las veladas del campamento...

La coca, la pimienta, la vainilla, la canela, ¡todas las delicias

tórridas se les brindaban a los exploradores, y el último soldado se

transformaba en un opulento señor nada más que por la opción de tanta

molicie!

Estos ricos frutos encantados producían a veces la misma sugestión que

el oro en los conquistadores. La busca de un árbol maravilloso daba

también lugar a aventuras caballerescas, en que se arriesgaban los

campeones por deshacer el encantamiento o esclavitud de un simple

arbusto.

Los Conquistadores: El origen heróico de América · 第 2 / 7 段