Así es como a los españoles del Perú llegó la noticia de un país remoto,

el _país de la canela_, que estaba más allá de las montañas y los ríos,

y que sin duda era preciso descubrir y conquistar. Y al señuelo de

aquella maravilla, Gonzalo Pizarro, hermano del conquistador, pidió

venia para desencantar al árbol de la canela, y reunió más de quinientos

compañeros, con los que partió de la ciudad de Quito hacia el Oriente.

¡Qué de trabajos, guerras y peripecias soportaron aquellos héroes del

nuevo vellocino! Tribus hostiles, comarcas desiertas, serranías heladas

y pantanos tropicales; pero hallaron, efectivamente, el _país de la

canela_, y pudieron regocijarse ante el árbol prodigioso que

generosamente otorga el fruto excitante. Entonces fué cuando la

expedición, impulsada por el sabor de los prodigios, se lanzó en busca

de nuevas maravillas a través de las selvas espantosas. La fantasía y el

gusto de lo maravilloso los empujaba por aquellos parajes mortíferos e

imposibles de abarcar. Descienden por la ribera del Amazonas y se ven

constreñidos a armar un bergantín; hacen hornos de fundición y emplean

las herraduras de los caballos para hacer clavos; en lugar de estopa

usan el paño de sus mismos trajes harapientos; la brea la sustituyen con

el caucho. Y cuando el bergantín, llevando un buen grupo de gente,

navega por el Amazonas, su capitán, Orellana, se alza y revela, y

descendiendo hasta el mar toma la vuelta de España.

Quedan Gonzalo Pizarro y sus compañeros abandonados en aquella

inmensidad. Deciden tornar a Quito. Las ropas ya no existen, los

caballos y los perros se los han comido, las espadas carecen de vaina y

están enmohecidas. Muchos de los hombres se arriman a un árbol y mueren

allí de inanición... Ya llegan por fin a la proximidad de Quito; ya han

enviado mensajeros a la ciudad.

«Y así recibieron el socorro y comida en la tierra de Quito; besaron la

tierra, dando gracias a Dios que los había escapado de tan grandes

peligros y trabajos; y entraban con tanto deseo en los mantenimientos,

que fué necesario ponerles tasa, hasta que poco a poco fuesen habituando

los estómagos a tener qué digerir. Y Gonzalo Pizarro y sus capitanes,

viendo que en los caballos y ropas que les habían traído no había más

que para los capitanes, no quisieron mudar traje ni subir a caballo,

_por guardar en todo igualdad, como buenos soldados_.» (Agustín de

Zárate, _Historia del Perú_.)

Las expediciones no terminaban siempre con felicidad, seguramente.

Estaban los españoles propensos a la fantasía y a la locura, y una vez

era la tierra de la Florida la quimera que les llevaba al desastre, o el

sueño del _Dorado_ ocasionaba exploraciones febriles y catastróficas por

territorios inaccesibles. La conquista del _país de la canela_ ya hemos

visto cuán duros sufrimientos acarreó a los visionarios que salieron de

Quito. Pero el árbol prodigioso estaba al fin desencantado.

En cuanto a las riquezas metálicas que ingresaban por Sevilla, los

embajadores venecianos tenían razón: no se sabía nada de verdad. Lo

cierto es que el oro, la plata y las perlas venían en flotas desiguales,

y para la modestia de aquellos tiempos debían ser preciosos gajes con

que el tesoro real se aliviara y los pueblos y provincias se

enriquecieran.

Mr. Haebler investiga en el Archivo de Indias y deduce que en 1514

entraron 27.089.165 maravedises, o sean 199.185 pesetas. Esto ocurría

antes de lo de Méjico y Perú. En 1551, estando las minas en explotación,

entran 459.941.187 maravedises, que hacen 3.381.920 pesetas, las cuales,

trasferidas al valor actual de la moneda, serían 10.145.760 pesetas.

En el año 1516 hay una cifra mínima para el Tesoro, correspondiente de

los impuestos y quintos reales: 13.148.222 maravedises. La cifra máxima

corresponde al año 1554, y es: 522.426.216 maravedises.

Dentro de su zona de dudas, los embajadores venecianos ensayan algunos

cálculos, y el señor Nicolo Tiépolo asigna al Tesoro una renta de Indias

de 150.000 ducados anuales, en tanto que Mariano Cavalli, diez y nueve

años después (1551), hace subir la renta a 400.000 ducados.

Francisco de Jerez, el cronista del Perú, nos proporcionará nuevos y

minuciosos datos. Cuenta este testigo cómo algunos compañeros de

Francisco Pizarro pudieron licenciarse y volver a España; el

conquistador les otorgó permiso, y pronto las márgenes del Guadalquivir

comenzaron a recibir nuevas positivas de la fortuna del Perú.

«Nuestro señor los trujo a Sevilla--dice Francisco de Jerez--, adonde

hasta ahora son venidas cuatro naos, las cuales trujeron la siguiente

cantidad de oro y plata.»

En la primera nao venía su capitán Cristóbal de Mena con 8.000 pesos de

oro y 950 marcos de plata; venían también el clérigo Juan de Sosa, con

6.000 pesos de oro y 80 marcos de plata; además, otros pasajeros de esta

misma nave traían 38.946 pesos de oro. La segunda nao conducía a

Hernando Pizarro, hermano del conquistador; traía para el rey 153.000

pesos de oro y 5.048 marcos de plata, y entre los pasajeros reunían

310.000 pesos de oro y 13.500 marcos de plata. En esta misma nave venían

para el rey muchas joyas y grandes figuras de oro y plata como ídolos,

vasijas, ornamentos.

«Este tesoro fué descargado en el muelle y llevado a la casa de

contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veintisiete cajas,

que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.»

Las otras dos naos a que se refiere Jerez trajeron 146.518 pesos de oro

y 30.511 marcos de plata.

¡Qué tentación para las almas aventureras, ver entrar estas naves

henchidas de oro, de gloria y de frutos desconocidos!...

Pero estas naves que volvían eran necesarias para la obra de

civilización que los españoles se habían impuesto a la faz del mundo.

Cada nave en retorno, cada caja de oro que se descargaba en el muelle

servía de gancho, y ningún sargento inglés ha podido nunca usar mejores

arbitrios para la recluta de soldados como aquellas flotas índicas. Y

los reclutas marchaban. Iban los artesanos y los mercaderes, los

evangelistas y los educadores, los mozos de valiente ánimo, los

soldados; y entre todos, y bien rápidamente, consumaban la obra

gigantesca.

En una relación de los buques que parten y tornan en la ruta de las

Indias, hallo para el año 1504 tres naves salidas... y ninguna entrada.

Cuatro años más tarde salen de Sevilla 46 y entran 21. El año 1520 salen

71 y tornan 37. En 1549 hay una cifra respetable: 101 naves salidas y 75

entradas. Hay siempre una desproporción bastante grave entre los barcos

que van y los que vuelven. ¡La obra de América no se ha realizado sin

enormes y desgarradores sacrificios!

Entre las relaciones demasiado crudas de los ingresos, quintos y rentas

de oro, no faltan verdaderas notas galantes, sensibles y caballerescas,

como aquel inciso que dice: «Tres talegones de perlas enviadas a S. A.»

O aquel otro todavía más galante: «Seis onzas de pedrería que se

_compraron_ para la reina...»

CAPÍTULO IX

EL VALOR

El descubrimiento, conquista y colonización de América son el fruto del

genio español. Pero el genio por sí solo resulta insuficiente si la obra

exige una voluntad heroica, y la empresa de las Indias se hubiera, en

efecto, retardado o mal cumplido de no intervenir desde el primer

momento la ráfaga valerosa, el ímpetu y el valor español.

Algunos historiadores, arrastrados por su sordidez objecionista, han

pretendido disminuir en lo posible la hazaña de América con capciosos

distingos. Una de estas objeciones consiste en suponer que los indios

americanos carecían de armas convenientes y de un valor militar

experimentado o bastante estratégico; en cambio adjudican a los

españoles el poder y el enorme predominio del arte militar europeo:

cañones, arcabuces, caballos, imponentes baterías.

Hay aquí una ficción que interesa desvanecer.

Cuando el historiador desea disminuir una empresa, fácilmente halla

argumentos fiscales que pueden coaccionar la imaginación distraída de

los lectores. Y si el lector moderno no se previene contra la sugestión

de una falsa literatura, creerá, verdaderamente, que los _indios_ han

sido siempre y en todos los países unos pobres salvajes indefensos, y

que la civilización europea ha poseído siempre y en todas las ocasiones

los mismos recursos de poder y fuerza que hoy admiramos. Por tanto, si

el lector no se previene y se deja seducir por la falacia de un hábil

historiador, pensará que los españoles de Cortés y de Pizarro acometían

a los indios con grandes y numerosos cañones de tiro rápido, con

nutridas descargas de fusilería y con fuertes escuadrones de húsares.

En el siglo XVI existían, es verdad, grandes y poderosos ejércitos, con

buenos parques de artillería y fuertes reservas. Pero después de tocar

sus trompetas y mandar decir pregones, Hernán Cortés pudo reunir un

ejército de _quinientos ocho soldados_; menos fortuna tuvo Francisco

Pizarro, el cual, de su viaje a Extremadura y de su recluta de Tierra

Firme, reunió para conquistar el Perú _ciento sesenta y cuatro_ hombres

de guerra...

También es cierto que en el siglo XVI había en Europa cañones y

mosquetes. Pero los conquistadores no pudieron contratar baterías,

regimientos de artilleros ni compactas compañías de fusileros, sin duda

porque en aquel tiempo costaban mucho tales artefactos y porque en

América no abundaban todavía los elementos de guerra. De modo que Hernán

Cortés sentíase muy alegre porque pudo reclutar _tres_ artilleros (o

sean hombres que entendían de cosas de pólvora). Pizarro, siempre más

modesto, hubo de contentarse con _un_ artillero, Candía el cretense. Y

cuando Cortés hizo el _alarde_ de su tropa en la playa de Gozumel, halló

que poseía _cuatro_ falconetes, _trece_ escopeteros y _treinta y dos_

ballesteros. Los falconetes eran pequeñas piezas de difícil y lento

manejo, que disparaban balas de piedra; las escopetas o mosquetes eran

de corto alcance y sus disparos no podían repetirse mucho ni

rápidamente. En cuanto a Pizarro, contó en su tropa _tres_ escopeteros y

_veinte_ ballesteros.

Si existía, pues, de alguna parte superioridad en las armas arrojadizas,

no hay duda que los indios eran superiores; estaban habituados al manejo

del arco y de la flecha y presentábanse en las primeras algaradas como

verdaderas nubes de flecheros, cuyos tiros estrechaban y aturdían a los

españoles. Estos sufrían graves bajas de resultas de las flechas, contra

las cuales no bastaban siempre los cascos, las rodelas y las corazas

_acolchadas_, especie de almohadillado de algodón con el que se

protegían los cuerpos. Los españoles tenían que fiar el éxito a sus

armas blancas. Entonces sí, en la lucha cuerpo a cuerpo, en la pelea a

_manteniente_, ¡entonces, asistidos por su valor, adquirían superioridad

los españoles!

Su táctica militar, su maniobra de pequeños escuadrones, su formación en

_haces_, la combinación calculada de los caballos, el envolvimiento, el

ataque a fondo del núcleo o frente enemigo; todo eso, que era

inteligencia europea y escuela militar civilizada, prestaba a los

conquistadores efectiva superioridad ante los indios. Y además, sobre

todo, poseían el ánimo, la energía, el brío, el ímpetu en el ataque, el

espíritu, el _valor_.

Después que hayamos salvado la mentira de los cañones y de la fusilería,

un espíritu moderno se encontrará desconcertado, perplejo, porque

considerará los enormes núcleos militares que actualmente son precisos

para asaltar una trinchera, y no podrá comprender cómo un puñado de

hombres se aventuraban a tales conquistas y tales peleas.

También en esto hay una ficción anacrónica. Nosotros conocemos el

soldado actual: buen ciudadano, generalmente sumiso a la orden que le

manda ir a la guerra, y, por lo regular, dotado de suficiente valor.

Nuestro soldado conoce el manejo de su fusil en un grado prudencial;

dispara cien o mil cartuchos, en la inteligencia de que muchos días

habrá de consumir sus cartucheras perfectamente en vano. De cada veinte

soldados modernos, puede contarse apenas un tirador cuyos tiros posean

cierta consciencia o cierta probabilidad de eficacia. Compréndese, pues,

que las acciones actuales de guerra necesiten el concurso de cada vez

mayores _masas_ de soldados; la deficiencia personal del individuo se

debe suplir con el número de los actuantes, y la inconsciencia o escasa

efectividad del tiro y del golpe ha de subsanarse con el empleo de

nutridas series de disparos. Hoy se _siembra_ de millones de proyectiles

el campo, con la esperanza de poder derribar uno o varios combatientes;

mientras que el soldado antiguo, sobre todo el conquistador, ahorraba

tentativas y daba directo con su espada en el pecho enemigo.

Hernán Cortés se percata pronto de las condiciones especiales de aquella

guerra contra los indios. Comprende que el interés de los españoles está

en rematar cuanto antes las escaramuzas, por acometidas rápidas y

audaces, antes de que la masa contraria logre envolverlos y abrumarlos a

ellos como una nube densísima. No se trata allí de fuerzas semejantes,

en número y armas y esgrima; hay una diferencia monstruosa que es

necesario suplir con una táctica especial. Dice a sus soldados de

infantería que omitan los tajos y cuchilladas, y a sus caballeros

encarga que dirijan la lanza al rostro y renuncien a los botes. Llevando

la lanza baja, como en la esgrima europea se usara con el intento de

alzar del arzón al adversario, corríase el peligro de que los indios,

formados en montón compacto, prendieran la lanza con las manos y la

rompieran, como en efecto ocurrió en Tlascala. Eran un país y una guerra

diferentes, que los conquistadores necesitaron aprender a costa de

apuros. Así también el tajo y la cuchillada usábanse en los encuentros

europeos entre ejércitos iguales o proporcionados; la cuchillada no

compromete tanto al que la da, pues tiene la rodela para resguardarse;

los duelos duraban mucho tiempo, en pleno combate, y una herida somera

o la prisión daba fin a la pelea. Pero el español que caía en manos de

los indios, pronto iba a regar con su sangre los santuarios de los

ídolos repugnantes. Y era preciso romper aquellas masas de combatientes,

que avanzaban como olas... Tirarse a fondo, embestir de punta, arrostrar

la estocada directa, matar de un único golpe; esto lo imponían la

necesidad de aquella guerra diferente.

El soldado antiguo se dedicaba a las armas como un profesional. No se

parecía al soldado recluta de hoy; era guerrero de oficio, y entraba en

el oficio por virtud de una selección. Esgrimista, acorazado, batido por

infinitas pruebas, aquel _hombre de armas_ se apartaba en todo del

burgués o del simple ciudadano.

Esta selección del hombre de armas antiguo, todavía se apuraba y

refinaba más entre los conquistadores. Quien no tuviera el brazo duro y

el ánimo templado, podía quedarse en las poblaciones tranquilas. El

clima, los trabajos y las batallas iban omitiendo a los débiles y

desanimados. Poco después de desembarcar en Méjico, unos cuantos

soldados hubieron de perecer, «a causa, dice el capitán Bernal Díaz, del

calor y del peso de las armas, porque eran gentes jóvenes y delicadas».

No; los delicados no debían seguir. Y no era necesario destituirlos,

porque la misma naturaleza de la campaña los suprimía con los fatales

medios de la verdadera selección: la muerte.

Francisco Pizarro exagera como nadie el método seleccionador. No

obstante lo exiguo de su tropa, a pesar del precio que en una aventura

como aquella tenía el hombre, el capitán quiere que sus soldados no sean

valores numéricos, sino positivas personalidades guerreras. Y antes de

aventurarse en los terrores andinos y en el enigma de Caxamalca, dice a

sus hombres que lo piensen bien... El que no se sienta bastante animado

tendrá benigna y honrosa licencia para tornarse a la costa. Esta última

selección no fué estéril; sin duda había en la mesnada algunos soldados

flojos. Cinco españoles de a caballo y cuatro de a pie aceptan la

invitación y retroceden a la ciudad de San Miguel. Entonces declara

Pizarro que, en último caso, él marchará a conquistar el Perú con los

hombres que le queden, «pocos o muchos».

Nosotros estamos habituados a la idea de multitud, mientras que en

algunas épocas ha disfrutado el hombre solo una consideración que

ciertamente nos extraña. El ejemplar del caudillo, del campeón, del

héroe, es un concepto para nosotros bastante vago y casi inverosímil.

Pero es verdad que en ciertos momentos el profesional de las armas ha

sido una persona temible, poderosísima y hasta invulnerable. El tipo de

Aquiles, de Rolando y del Cid no podemos achacarlo ligeramente a la

hipérbole de los pueblos o de los poetas; ha existido de veras y

lógicamente.

Habituados nosotros a la ley democrática de la recluta, olvidamos que

otras veces la recluta era de índole aristocrática y alcanzaba sólo a

los aptos, a los mejores. Hoy todos tienen derecho al empleo del

soldado, siempre que dispongan de ciertas medidas o proporciones

físicas; la resistencia corporal, el ánimo y el valor, se les suponen, y

basta.

En otros tiempos no podía ser soldado quien quisiera. El peso de las

armas era excesivo, y la esgrima obligaba a un largo aprendizaje. Hábil

en saberse cubrir con el escudo, diestro en la espada, blandiendo con

facilidad la pica y cubierto de oportunas defensas, aquel hombre de

guerra era ciertamente poderoso. Si entre todos sobresalía el soldado de

fuerte musculatura, de gran salud y de un brío imperativo, entonces no

parece difícil que el capitán, el héroe, arrostrase las mayores

empresas.

En las tropas de los conquistadores resaltan numerosos estos ejemplares

de héroes. Los principales, como Hernán Cortés y Pizarro, absorben

nuestra atención demasiado; si miramos junto a ellos, veremos que

marchan a la gloria asistidos de muchos capitanes, que son, cada uno,

aptos para ultimar iguales empresas que las de los mismos caudillos a

quienes sirven.

La fuerza, el ánimo resistente, el valor más sublime se muestra en

aquellos hombres y en aquellos encuentros, donde las hazañas homéricas

adquieren realidad. Parece que por último hallan evidencia las

enormidades de los libros de caballerías. Aquellas versiones

medioevales, en que un caballero solo defiende la puerta de una ciudad

contra un ejército entero, resultan, pues, veraces y comprensibles. No

diez, sino cien, cientos de indios pugnaban a veces contra cada español;

los soldados se fatigaban de herir, y no era tan horrible el peligro de

la pelea como el pensar en lo insuperable y monstruoso de aquella masa

inextinguible, entre cuyos recodos y senos no podían apenas maniobrar

los caballos ni jugar las escopetas. De esta especie de sofocamiento,

dentro de una masa tupida y pertinaz, padecieron mucho los soldados de

Cortés.

Si los indios mostrábanse, en ocasiones, tímidos y medrosos, otras veces

peleaban fanatizados, con una obstinación furiosa, que no cedía hasta la

muerte. Algunos pueblos eran valerosos y muy aguerridos. Pronto, además,

adoptaron los sistemas defensivos de los españoles, aprendiendo a

cubrirse con petos de algodón acolchado, con rodelas, con yelmos. Su

astucia y su aptitud para la doblez y el espionaje, con el veneno en que

untaban sus saetas, hacían que los conquistadores viviesen en constante

inquietud y soportaran heridas y trabajos penosísimos.

Sólo unas almas de tan recio temple como aquéllas podían superar tales

contrariedades, que eran, en efecto, dignas de gigantes.

CAPÍTULO X

EL CONQUISTADOR BRILLANTE

En otro capítulo anterior hemos apuntado la gran ráfaga heroica que hizo

nacer América a la luz de la civilización europeocristiana, y cómo fué

posible la obra del Nuevo Mundo gracias a esa actividad heroica _a la

española_. Rápidamente brotaron del fondo español numerosos héroes

representativos, incontables evangelistas, soldados y pobladores, cuya

fisonomía moral nos ha de ser tan grato hacer resurgir. Comencemos por

el más famoso de estos héroes representativos, el _conquistador_ típico:

Hernán Cortés.

Los que regatean cualidades espirituales a nuestros conquistadores,

necesitan hacer una forzosa salvedad en la persona radiante y

caballeresca de este bizarro extremeño, que era un noble hidalgo de

buenas luces y de elevada educación, apto para las letras como para las

armas. No se trata, no, de un bandolero ni de un soldado ignorante; no

es el aventurero reclutado en los bajos fondos de la sociedad, ni el

tipo del pirata o el filibustero que bien pronto habían de arrojar sobre

el mar de las Antillas otras naciones del Centro y Norte de Europa.

Dice Bernal Díaz del Castillo que nuestro héroe «era latino, y oí decir

que era bachiller en leyes, y cuando hablaba con letrados y hombres

latinos, respondía a lo que le decían en latín. Era algo poeta, hacía

coplas en metros y en prosa, y en lo que platicaba lo decía muy apacible

y con muy buena retórica...»

Había nacido en la baja Extremadura, ese rico país de fecundas y grandes

heredades, donde los prósperos pueblos elevan sus muros sobre las

gruesas tierras que el olivo y las mies embellecen. Es un país hermoso,

apto para producir hombres de varonil señorío. Hernán Cortés era un

señor, no porque naciera de ilustre y acaudalada familia, sino porque,

apenas modesto hidalgo, tenía naturaleza de señor. Y porque además el

hado misterioso lo señalara desde la cuna para las altas empresas

señoriales. En suma, porque quería siempre, porque aspiraba

fervorosamente a la vida de señor.

Sus contemporáneos lo pintan como el hombre que posee la virtud señorial

y todo su intento se dirige a superarse, a mejorarse, a lograr el

supremo lustre del señorío. Pero no como un vulgar indiano o como un

rastacuero de nuestros días. «Los vestidos que se ponía eran según el

tiempo y usanza, cuenta Bernal Díaz, y no se le daba nada de no traer

muchas sedas ni damascos ni rasos, sino llanamente y muy pulido; ni

tampoco traía cadenas grandes de oro, salvo una cadenita de oro de prima

hechura, con un joyel con la imagen de Nuestra Señora la Virgen Santa

María, con su hijo precioso en los brazos... Y también traía en el dedo

un anillo muy rico con un diamante, y en la gorra, que entonces se

usaba de terciopelo, traía una medalla; mas después, el tiempo andando,

siempre traía gorra de paño sin medalla.»

Vemos aquí al hombre de instintos aristocráticos que gusta de portar una

cadenita de oro, un joyel devoto; cosas de lujo integral, pulidas y

estimadas, que toda naturaleza noble prefiere para su regocijo personal

y no para la ostentación. Hernán Cortés vivía en el siglo del

Renacimiento, cuando Italia sugería al mundo el amor del boato y de las

fastuosas preseas, pero no podía renunciar al sentido español de la

altiva modestia, y de uno como masculino y católico (estoico) rubor ante

el demasiado engalanamiento.

En cambio aceptaba a veces como una necesidad la ostentación, por lo

mismo que ayudaba a su política. Quería encumbrarse, y bien conocía la

condición humana que tanto se deja deslumbrar por el brillo, y que a

veces toma lo externo del brillo por lo esencial del señorío. Para

conseguir su éxito de gran señor, y sin duda como maña de político,

Hernán Cortés sabe en ocasiones admirar a su gente con dádivas, con

ostentaciones y con prestancias lujosas.

«Deleitábase de tener mucha casa y familia, mucha plata de servicio y de

respeto. Tratábase muy de señor, y con tanta gravedad y cordura, que no

daba pesadumbre ni parecía nuevo.» Esto dice López de Gomara. Y Bernal

Díaz del Castillo corrobora y agrega: «Servíase ricamente, como un gran

señor, con dos maestresalas y mayordomos y muchos pajes, y todo el

servicio de su casa muy cumplido, e grandes vajillas de plata y de oro.»

En cuanto a sus apetitos, véanse cuan simples, hidalguescos, militares,

eran: «Comía a medio día bien y bebía una buena taza de vino aguado, que

cabría un cuartillo, y también cenaba, y no era nada regalado ni se le

daba nada por comer manjares delicados ni costosos, salvo cuando veía

que había necesidad que se gastase o los hubiese menester.»

Los Conquistadores: El origen heróico de América · 第 3 / 7 段