LOS CONQUISTADORES
_Es propiedad._
_Copyright by Rafael Caro Raggio 1918._
_Derechos reservados para todos los países._
Imprenta y litografía de Rafael Caro Raggio.
_JOSE MARIA SALAVERRIA_
LOS
CONQUISTADORES
EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA
[Illustration]
RAFAEL CARO RAGGIO: EDITOR
VENTURA RODRÍGUEZ, 18
1918
CAPÍTULO PRIMERO
VISIÓN DE EXTREMADURA
Hay en España un territorio desviado de la ruta de los turistas, en
cierto modo desconocido e impenetrable. Sólo se ven allí terrenos de
cultivo, sierras de pastoreo y algunas minas de poco renombre.
Es la comarca que une a Extremadura con Andalucía, país tan bello como
sugerente, que ahora estimo recorrer con el alma abierta a las grandes
recordaciones históricas. Por aquí pasaban, en efecto, los soldados y
capitanes de Extremadura buscando el glorioso valle del Guadalquivir y
los muelles de Sevilla, donde las galeras de empinada popa reclutaban a
todos los hombres de buena voluntad que soñasen con el oro y la gloria
de las Indias.
Por estos montes de encinas y olivos, gratos a la vid, transitaban los
conquistadores a lomo de sus ágiles caballos, portando su espada y su
rodela, y allá dentro del pecho un animoso corazón.
Los llanos y las dehesas de Extremadura llenáronse un día de fastuosas
revelaciones; hasta el país escondido y mediterráneo había llegado la
buena nueva, y en la Tierra de Barros, en la Serena, en Cáceres, en
Trujillo, los hidalgos de templada musculatura y lanza en astillero
comentaban bajo los portales: «Allá abajo, hacia Sevilla, hay banderas
donde engancharse para las empresas del Nuevo Mundo... ¡Todo lleno de
oro y plata y perlas preciosas!»
Mientras el tren me lleva a Extremadura, es imposible librar a la mente
de la obsesión de América; los objetos modernos tratan de llamarme y no
lo consiguen. La Historia se sube, en ocasiones, a la cabeza con la
misma aptitud delirante que un vino rancio. Veo los pueblos y los
hombres cuotidianos; las máquinas a vapor y los artefactos científicos
de un coto minero; los periódicos y los trajes me hablan con
obstinación de los afanes contemporáneos, y yo insisto, a pesar de todo,
en transportarme a la época de los conquistadores.
Asisto con curiosidad a las variaciones del paisaje, y principalmente
deseo sorprender la aparición de Extremadura. El tren parece
corresponder a mi impaciencia y corre por una comarca fronteriza y
solitaria, alta y desierta. Es la región de la divisoria hidrográfica,
límite de las cuencas del Guadalquivir y del Guadiana medio. De pronto,
pasado un túnel, el paisaje ha cambiado.
No cambia, sin embargo, tan radicalmente como por la parte de
Despeñaperros; allí se salta de la meseta centro-española, fría y
elevada, a las felices tierras andaluzas, donde el naranjo florece y se
yergue la cimbradora palmera; mientras que entre Andalucía y Extremadura
no existe violencia ni el tránsito puede decirse que sea fundamental. La
gente sigue pronunciando el castellano con el mismo dejo gracioso y
ceceante de los andaluces, y las palmas datileras, asomándose por los
bardales de los huertos, muestran bien pronto que estamos en un país
fértil y caliente, donde el régimen estepario de la Mancha se ha
sustituido por el clima atlántico-meridional.
Al paso de las estaciones del ferrocarril yo me apresuro a observar las
gentes, el lenguaje, los gestos y el orden de los cultivos. ¿Cómo son
los descendientes de aquellos hombres extraordinarios en quienes la
voluntad, el valor y el don de iniciativa alcanzaron un límite que pocas
veces ha sobrepasado la naturaleza humana?
Veo un territorio montañés y risueño, bien poblado y cultivado en forma
de bancales, lleno de alquerías blancas, que adornan con su candidez la
reciente verdura de la primavera. Pronto se allana el país y se hace más
fecundo y rico. Entramos en la Tierra de Barros, célebre por su
fertilidad. Grandes y opulentos pueblos surgen en la llanura, cuyas
gruesas tierras de labor florecen con los cultivos más caros: frondosos
olivares, campos de mies, prósperos viñedos. Con frecuencia se divisan,
desde el tren, amplias y hermosas casas de labor, de denso aspecto
señorial.
Miro las personas entre tanto, y celosamente examino sus rasgos, su
talante, sus gestos. Es el extremeño un hombre de varonil y hermosa
presencia, robusto y bien proporcionado. Desde luego se advierte en él
un cierto aire reservado, escaso de gesticulaciones. No puede llamarse
adustez a ese aire como reconcentrado; tampoco le conviene el nombre de
tímido, ni el de triste o fosco. Es una gravedad tan digna y viril, como
exenta de empaque provocativo. Unase el castellano con el andaluz
occidental, agréguese un poco de portugués, y se tendrá el extremeño.
Es notable la salud y belleza de la raza. Los chiquillos que corren
descalzos, las niñas de pintarrajeados pañolones, muestran un rostro
lindo y carnoso, unos ojos grandes y honestos, unas mejillas morenas con
vivas rosas de salud. Hay un tipo de hombre cenceño, de ojos obscuros y
talante firme, y no abundan menos los rostros claros, rubios,
especialmente en las muchachas. Las mujeres seducen por su aire
honesto, pudoroso; más simpáticas aun porque carecen de melindres y
estudiadas gazmoñerías.
He aquí el país raro de grasas llanuras y boscosas sierras; país de
vastas soledades, encinares espesos y solitarios rebaños; tierra de
encalmados horizontes, donde los mansos ríos buscan el camino del mar...
Como los ríos, también los hombres persiguieron el ensueño de la remota
e inaudita navegación. Un sueño de mar infinito, una quimera de las
frondosas playas indianas exaltó esa tierra que no conoce el mar, pero
que lo presentía con el amor infuso de un navegante predestinado. Tierra
densa y grave, enigmática por su especie de mudez, que dió ejemplares de
voluntad férrea como Pizarro, y al mismo producía el alma mística del
divino Morales, y aquella otra alma ascética de Zurbarán...
Llegando a Mérida he concluido de empaparme en unción histórica, y
lentamente he vagado por las ruinas romanas, por el teatro de rotas
columnas y bajo las arcadas del ingente acueducto. Es una serena tarde
de abril, y desde el borde del larguísimo puente milenario contemplo
los recios trozos de las antiguas murallas, que caen rectas sobre el río
y dan una veraz sensación de esa grandeza impasible, cesárea, de todo lo
romano. El Guadiana, ensanchado en esta parte de su curso, pasa lento y
grandioso, como poniéndose a tono con la aspiración de majestad que
expresan las murallas y el puente cesáreos.
Y en el silencio de la tarde, apenas malogrado por el tintineo de un
rebaño que vuelve al redil, sube de la tierra y fluye en el ambiente
todo una profundidad recordatoria. Los siglos parecen fundirse y
decantarse en la última llama del sol poniente, y el aire sin duda está
lleno de memorias ilustres, de polvo de siglos, de ideales huellas de
almas.
* * * * *
Mientras la pluma traza estas líneas, los torreones y campanarios de
Trujillo esparcen su severa sombra por la plaza incomparable. Veo a
través de los cristales erguirse un caserón arruinado; y en tanto
escapa la imaginación hacia los países vitales y frondosos del Nuevo
Mundo... ¡Qué remotos y antagónicos los dos cuadros! Aquí las sombras y
las ruinas de las torres abolengas de Trujillo; allá lejos se desgrana
el collar de las mil ciudades opulentas y las veinte naciones dinámicas.
Sin embargo, la duda es ociosa; aquéllo ha nacido de ésto. Y la obra
infinitamente transcendental la consumaron unos obscuros hidalgos de
espada y de iniciativa que nacieron a la sombra de estas torres de
Extremadura, ahora calladas y vacías.
Es así, teniendo siempre fija la idea de América, como adquieren supremo
valor los campos extremeños. El ánimo se impresiona a cada punto al
sorprender la memoria de los conquistadores, viva siempre en todo este
país desviado, labradiego y pastoril. Y en esta nostálgica evocación de
epopeyas, el pueblo extremeño confunde a los héroes más dispares,
hacinándolos, después de todo, con una cierta lógica. Cortés y Pizarro
se mezclan con García de Paredes, el de las hazañas hercúleas en
Italia, como si hubieran combatido juntos, y pasando a caballo por la
sierra de Santa Cruz, nos cuenta el guía que en algún escondrijo de
aquellos cerros está oculto e incólume el sepulcro de Viriato.
Suena a hierro Extremadura. De sus encinares brotó la flor estimada que
tiene el nombre de voluntad. ¡Oh gloriosa América, eres el fruto de una
voluntad inquebrantable, infinita, y nada, si no fuese ella, te hubiese
desprendido de la noche de tu sueño aborigen! Las manos que te alzaron a
la luz desde el fondo de las selvas y las cordilleras, eran manos
decisivas e incansables, que no conocían la renunciación. Sólo una casta
de gigantes pudo cumplir la enorme tarea. Casta de Balboa, de Cortés, de
Pizarro, para quienes las empresas más absurdas se domesticaban, se
humillaban, por lo mismo que los propios dioses se amedrentan frente a
la inexorable decisión genial del héroe.
La ancha plaza de Trujillo aparece a mis ojos toda llena de muchachos
endomingados, que celebran la Fiesta de la Pascua Florida llevando un
cordero votivo. Bulle y ríe la gente en la bucólica romería. Los
corderillos, adornados con cintas y cascabeles, ponen su nota cándida en
el regocijo muchachil. Y arriba, en un estupendo anfiteatro, la ciudad
vieja se encarama por las vertientes de la pequeña loma, ofreciendo la
muda solemnidad de sus casonas y torres almenadas.
Desde lo alto de la acrópolis, entre marcial y mística, me he detenido a
ver las ruínas venerables y la solitaria inmensidad de los campos
labrados. Los alcotanes giran, en largo vuelo, sobre las rotas murallas
del castillo. Unas cigüeñas, lentas y suntuarias, agregan majestad al
melancólico panorama.
Los blasones nobiliarios viven entre las ruínas, y vive siempre, como en
una grave penumbra, la sombra del Conquistador. En lo más alto, una
pobre mujer señala un muro: «Ahí nació Francisco Pizarro.» Me aproximo a
ver la gacha y ruda ojiva del portal. Sólo un lienzo de la casa queda en
pie; todo ha caído menos el tosco y simple escudo de la estirpe: un
árbol con dos cerdos rampantes...
CAPÍTULO II
EL SELLO ANDALUZ
Cuando se ha visitado Andalucía y Extremadura, después de haber
recorrido algunas partes de América, acude a la mente la idea clara del
prodigio, y hallamos que el milagro adquiere explicación y realidad.
Esto ocurre principalmente porque entre las comarcas que produjeron a
los conquistadores y los pueblos americanos, existe ahora mismo una
admirable identificación. Un siglo entero de independencia más o menos
irritada no ha podido desintegrar o desunir lo que desde el principio
enlazó el esfuerzo poderoso de unas personalidades densas. El sello
andaluz pervive en América y Sevilla, esa graciosa perla del
Guadalquivir, es el origen cívico de lo americano.
Hay en algunas ciudades una simpatía irresistible, que nos obliga a
hablar de ellas en tono exaltado; el mismo nombre de Sevilla es por sí
solo una voz melodiosa, fuente de ilustres sugericiones. Digamos también
que las gracias y los buenos hados suelen visitar de tarde en tarde a
los pueblos, y así no hay duda que en la creación de Andalucía ha
presidido un genio benévolo; los andaluces tienen razón cuando llaman a
su risueño país la tierra de María Santísima.
Sería poco, sin embargo, si Andalucía poseyera únicamente el prestigio
de su cielo, de su fino aire y de su amabilidad. Tiene, además, la
fuerza, el contenido genial y la aptitud para todo género de grandeza.
Asombra de veras esa región positivamente prócer, que en ningún momento
de la Historia ha dejado de ser visitada por el soplo divino de la
inteligencia. Consideremos que es Andalucía el país a que se refieren
las prehistóricas noticias de los iberos, que tenían leyes, versos y
escritura mucho antes de que abordaran a las playas españolas los
vajeles fenicios y griegos. Y en los grandes museos de Europa, en las
vitrinas que corresponden al período de la piedra tallada, siempre hay,
junto a las reliquias de Creta, Sicilia o el Peloponeso, unas piedras
finamente labradas por manos andaluzas.
Esa gente hábil y despierta, que conoce la cultura tan de antiguo como
las razas más príncipes, no ha cesado de mantener contacto con la
civilización, y hoy mismo, a través de todas las invasiones que el genio
andaluz absorviera y mejorara, se nos muestra Andalucía como un núcleo
vivo, palpitante y armónico que acaso está pronto para un nuevo
renacimiento.
La idea que se tiene de lo _meridional_ es en cierto sentido desdeñoso,
especialmente ahora que los pueblos septentrionales imponen la ley en
arte, ciencia y política. Lo _meridional_ quiere decir un poco inferior,
decadente, brillante, frívolo, de corto aliento, muelle y externo. Pero
Andalucía nos asombra también en este caso, porque siendo una típica
expresión de lo _meridional_ contiene, no obstante, hondura y fuerza.
¿Esto es, probablemente, a causa de que Andalucía no participa en todo
de las características mediterráneas? Andalucía parece un país orientado
hacia el Atlántico mejor que al Mediterráneo, como su río esencial, el
Guadalquivir, lo indica. Por otra parte, la gran cuenca del Guadalquivir
es una cosa castellana más bien que levantina.
Diremos, en suma, que Andalucía es lo meridional de Castilla, como
Castilla es una consecuencia del Cantábrico. Así se realiza, pues, un
desplazamiento de españolismo integral que va del Cantábrico a Castilla
y de la Mancha a Andalucía, resolviéndose por el Guadalquivir, que da
sus aguas al Atlántico, la unión anular de los dos extremos étnicos. El
_meridionalismo_ de Andalucía, por cuanto se halla investido de gracia y
de fuerza, deberemos situarlo en la calidad del de los pueblos, como
Atenas y Florencia, que pudieron cultivar conjuntamente el arte y la
energía.
La virtud andaluza estriba en esa facultad de la multiplicación de las
aptitudes. He ahí el pueblo que sabe ser fino y muelle, duro y
resistente. El retrato que el viejo historiador hace del Marqués de los
Vélez, hombre terriblemente valeroso y hercúleo, está muy lejos de la
imagen que el vulgo compone a propósito de la gente andaluza.
En un sitio de Sevilla, en aquello que llamaríamos la acrópolis
sevillana, los siglos han realizado una insuperable síntesis
arquitectónica. El Alcázar muestra su encanto árabe y la delicia de sus
íntimos jardines; cerca de él alza su mole gótica la Catedral; la
Giralda, acierto de grandiosidad y finura, echa al espacio su encajería
de ladrillo; un trozo de Ayuntamiento, también cercano, ofrece su
filigrana plateresca; la Lonja, entre el Alcázar y la Catedral,
reproduce la serenidad del Renacimiento; y para que nada falte, allí
está la portada churrigueresca del palacio arzobispal.
Todo lo contiene Andalucía, y es por esto la verdadera síntesis o
expresión de España. Las otras porciones de la nación no expresan ni
contienen todos los lados españoles; el Cantábrico, Galicia, Aragón,
Cataluña y Levante, la misma Castilla, son fragmentos españoles. Sólo
en Andalucía se cumple la totalidad. Por eso aciertan algunos
extranjeros cuando imaginan una España del corte y el tono de Andalucía.
Por eso muchos extranjeros se defraudan cuando el tren les lleva por las
interminables vías castellanas.
Lo verdaderamente español, plenamente español, es Andalucía. En algún
momento histórico ha girado la vida española en el seno andaluz, y
entonces encontraba España su centro de gravedad.
No debe olvidarse que los principales hechos españoles han sido
apadrinados por Andalucía. La Reconquista tuvo allí sus naturales campos
de batalla, sus decisivas acciones; en Andalucía adquirió, además, el
arabismo un concepto de civilización que no adquiriera en el resto de
España, a pesar del oasis de Toledo. Frente a Granada se cerró el broche
de la unidad española. ¿Y no fué en Andalucía donde el mismo idioma
castellano se pulió, se afinó, se hizo abundante y flexible? Las huestes
de Gonzalo de Córdoba, que ilustraron el nombre militar de España en
Italia, iban formadas por caballeros y nobles andaluces. La iniciación,
el arreglo, la forma, la obra entera de América, partieron de Andalucía.
Aptos para los trabajos de la inteligencia, los andaluces nos abruman
con la cifra de sus poetas, humanistas, escritores de todo género,
oradores y artistas. Tienen el desenfado y la violencia de Hurtado de
Mendoza, la grandiosidad verbal de Herrera, la fuga mística de Granada,
la gracia abundante de Góngora. Sus escultores llegan al punto máximo de
la religiosidad. Sus pintores son varios, múltiples, y entre todos
completan los distintos caracteres de la personalidad española. Murillo
es dulce y perfecto; Velázquez asume la realidad y la elegancia; Valdés
Leal se reserva la violencia dramática y el barroquismo lacerante de la
expresión. El propio Zurbarán, casi del todo andaluz, acude a completar,
con su pasmoso y magistral misticismo, la empresa de conjunción española
que se cumple en Andalucía.
Pero Andalucía ha creado sobre todo a América. Cuando oímos decir que en
América perviven las formas y el espíritu de España, debemos entender
que esas formas y ese espíritu son andaluces. De manera que América
recibió el ser de España a través de Andalucía, en cuanto Andalucía
representa el concepto español más puro, auténtico, y, por consiguiente,
total.
Fué una suerte para América que se hubiera encargado Andalucía de
infundirle el ser y la civilización; Andalucía era por sí misma un
mundo, una nación, un núcleo civilizado en absoluto. Las otras porciones
de España no podían arrostrar el trabajo de fecundar un continente. El
territorio cantábrico era de sentido rural; Cataluña fallaba por el
idioma y en aquella época carecía de virtud expansiva; Castilla estaba
lejos del mar y era ella misma incompleta, insuficiente.
Mientras que Andalucía lo poseía todo, y en aquel momento hasta tuvo el
instinto de su misión y la ráfaga emocional del entusiasmo. En Andalucía
estaba madura la civilización, y el Renacimiento sopló bien pronto en
sus palacios y ciudades. Henchida de savia propia y original, Andalucía
traspasó a América su contenido cívico y religioso, sus costumbres y su
carácter. Toda esa bella zona que comprende desde el valle del
Guadalquivir hasta el mar, con la zona adyacente y correlativa de
Extremadura, ha sido el país que pobló primeramente América, y que la
selló para siempre con su cuño. Las modalidades de esa zona
guadalquivireña y extremeña, están ahora mismo palpables en todo lo
ancho del nuevo continente. El rumbo y el empaque, el aire de señorío,
la repugnancia por la tacañería, el don dadivoso, la hospitalidad
caballeresca, el sentido hidalgo y señorial de la vida... todo eso, tan
hispano-americano, es de directa progenie andaluza. Esas cualidades
pueden hallarse dispersas en otras comarcas españolas; pero todas
juntas, en un haz, sólo es posible encontrarlas en Andalucía.
La fuerza expansiva y el pronunciado carácter andaluz son tales, contra
lo que supone la frivolidad del vulgo, que Andalucía, en efecto, no
consintió, no dió lugar, hizo imposible que otra cualquiera influencia
interviniese en el resellamiento de la sociedad americana. América, en
rigor, no puede llamarse castellana, ni siquiera española; es
propiamente andaluza. Si cabe llamarla castellana y española, será tan
solo por cuanto Andalucía representa en una medida excelsa y
perfeccionada la idea de Castilla, y, consiguientemente, el concepto de
España.
¡Qué madura y qué llena, cuán brillante y animosa aquella Sevilla del
1500; bella por su luz y sus flores; prestigiosa por sus palacios y
monumentos; ilustre por sus señores y sus artistas!... Y rica, además,
en realidades de oro y en quimeras de remotas aventuras.
Era entonces el núcleo más atrayente de la Península, cuando Toledo
declinaba y Madrid no había logrado aún absorber la vida nacional. A las
márgenes del Guadalquivir acudían, como a un cauce lógico, todos los que
exigían algo de la gloria y de la fortuna, y en algunos autores, como
Cervantes, la idea vuela continuamente al escenario de Sevilla, el más
digno, por tanto, de cualquier ficción literaria y el único sitio que
verdaderamente merecía la pena de ser vivido y narrado.
Poco esfuerzo necesita hacer nuestra imaginación para concebir la
complicación de aquella ciudad en aquel tiempo, cuando los naturales
motivos de esplendor que posee la comarca se aumentaban con el inaudito
trajín de los muelles, punto exclusivo de arranque para las flotas de
Indias. Todo espíritu ambicioso tenía que afluir a Sevilla, sede de la
pompa religiosa y tablado eximio de las letras; acudían los mercaderes y
los armadores, los cartógrafos y los pilotos, los caballeros de mesnada,
los simples soldados, los propios pícaros. Junto con ellos se
congregaban los ambiciosos de otras naciones: franceses y flamencos y
alemanes, y los insuperables maestros de rapacidad, los genoveses. En
aquella muchedumbre cosmopolita y heterogénea existían los útiles
necesarios para toda expedición. Era una abastecida síntesis del mundo.
Así es explicable cómo en las flotas que partían para América marchaban
tan completas las cosas y los hombres, de modo que arribando a las
Indias era como si una ciudad de Europa se desbordase allí para
florecer rápidamente.
Un rumor de fantasía palpitaba en los muelles sevillanos, y las mentiras
de los que tornaban, uniéndose a las presunciones de los candidatos de
Ultramar, daba cariz supersticioso a los navíos de dorados puentes que
flameaban en el cielo andaluz sus banderolas. ¡Qué mágica visión de las
nuevas tierras! ¡Qué gran puerta se abría al ensueño en aquellas
márgenes del río opulento!... Las señas estaban allí bien evidentes; no
valía pensar en subterfugios ni en engañifas. Allí reposaban los fardos
de cacao y de pimienta, de azúcar, de café y de cuantos frutos preciados
originaba el Nuevo Mundo. Allí bullían también los esclavos inauditos.
Del vientre de las naves salían aquellas arcas evidentes, palpables,
todas llenas de pasta de oro. ¿Y no era igualmente cierta la llegada de
los señores, cubiertos de preseas y servidos por numerosos criados, que
antes partieran pobres y con el matalotaje tomado a préstamo?
En aquel jubileo de las Indias pronto los mitos clavaron su espina
impaciente en las imaginaciones. La leyenda de Jauja, la versión de
Potosí, el sueño del Cerro de la Plata, el país de la Florida y sobre
todo, por encima de todas las quimeras, el mito de Eldorado...
Todo era indispensable, sin embargo. El énfasis de la fantasía ha podido
siempre obligar al hombre a osar lo inaudito, y sin la ayuda de la
quimera hubiera sido imposible que aquellos hombres arrostraran tales
trabajos, y pudieran, en fin, entre martirios y fracasos, alzar, para la
vida civilizada, la realidad de un continente.
CAPÍTULO III
PLUS ULTRA
Rozamos las monedas con los dedos y apenas si nunca nos fijamos en el
blasón de su anverso; pasamos nuestras miradas distraídas sobre el
escudo nacional que campea en los edificios públicos, y no nos detenemos
a reflexionar acerca de su sentido emblemático. El eterno desgaste
cotidiano roba religiosidad a las cosas y los símbolos más sublimes.
Las dos columnas que encuadran el escudo español, ¡he ahí el símbolo
verdaderamente sublime, por el cual nunca morirá el recuerdo de España
en el mundo! Las dos columnas quieren significar la superstición y la
limitación del mundo entero. «No hay más allá», decía el miedo y la
ignorancia de los hombres. De pronto hubo alguien que osó la
investigación de lo desconocido, y las columnas fueron sobrepasadas, y
el orgullo de los audaces pudo escribir ese mote altanero que abre a la
Humanidad una nueva era. «Plus ultra.»
Siempre será imposible arrancar al hombre la facultad de adoración, y el
ser más soberbio y rebelde siente alguna vez el prurito de prosternarse
ante cualquiera representación de lo sobrenatural o de lo infinito. El
hombre no puede prescindir de los símbolos, porque ellos son los lazos
materiales que nos unen al ideal. El «Plus ultra» nos descorre
milagrosamente un escenario mental, y mudos de asombro vemos levantarse
esa creación fantástica, resplandeciente, que se llama América.
Detrás del mote escueto, y por fortuna sonoro, contemplamos una suerte
de milagros y de grandezas cuya visión nos aturde. La misma forma
geográfica del continente ayuda al goce admirativo. Parece, en efecto,
un país providencial, único, separado de los otros continentes,
surgiendo como un jardín del seno de los océanos; parece el Paraíso de
las narraciones primitivas, el cual, si fué sustraído al hombre por sus
pecados, estaba, en cambio, reservado a las edades posteriores como un
premio por los afanes y sacrificios humanos. América es el don de los
dioses, que perdonan finalmente al hombre. Es el Paraíso arrebatado y
luego restituído.
Pues bien, los dioses habían escogido a su pueblo amado para que
consumase la obra milagrosa de la restitución del Paraíso.
Verdaderamente, sólo España podía consumar el milagro de América.
El mundo estaba incompleto, el mundo era una cosa imprecisa e
indelimitada que se cernía en el caos geográfico. Entonces se levantó
España, y con un ademán que llamaríamos sencillo, por estar exento de
teatralidad y de dolor, ensanchó en toda su extensión el mundo, recorrió
los mares en todo su misterio, alumbró los continentes y dió, en fin,
realidad a la redondez de la tierra.
Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un
mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa
para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si
perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación
europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción
de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su
curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza
no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes.
Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el
obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va
realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo
contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para
consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en
otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo
diferencial que España debe reclamar sobre todo.
Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed
exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas;
cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales,
entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización
de América.
¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede
perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la
consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a
América.
No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política;
se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como
Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de
los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es
como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas
obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo
importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y
darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra
trascendental.
A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal
adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense
con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de
América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu
más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero
ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros
mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o
combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la
empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo,
desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo
dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura,
sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus
sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace
una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?
Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede
llamarse madre. La América española no es un país extraño que al
libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse
nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.
CAPÍTULO IV
LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA
Desde muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido
descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América.
Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de
Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos
admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo
modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.
El mundo se sobresaltó y quedó estupefacto cuando empezaron a correr las
primeras noticias de las Indias, que eran llevadas, naturalmente,
agrandadas y envueltas en hipérbole, por los pilotos, mercaderes,
aventureros y embajadores. Aquellas noticias hablaban de tierras y
pueblos, que venían a reproducir y confirmar las relaciones
semiolvidadas de Marco-Polo. Un mundo distinto, fresco de originalidad,
radiante de juventud y de riquezas, asomaba por el lado de Occidente, ni
más ni menos que como un regalo milagroso. Y este regalo venía a caer en
la corona de España, ya desde antes favorecida tan grandemente por la
Providencia. Pero cuando Cortés entró en Méjico y sujetó aquel imperio
al dominio de Carlos V, y cuando un poco después mostró Pizarro la
maravilla de su hazaña y el tesoro increíble del Perú, el mundo no supo
cómo expresar su asombro. Lo cierto es que el nombre de España, entre el
vulgo de Europa, iba adscrito a una idea de fuerza militar, palpable en
los campos de Italia, Africa y Francia, y a una idea de oro, pero de oro
manante, torrencial, inexhausto.
No debe extrañarnos que Europa procurase reaccionar, y bien pronto, en
efecto, saltaron las primeras objeciones. Especialmente fué el siglo
XVIII, ese siglo de casacas y de ilustración empolvada, el que mejor
objetó y criticó la obra de España en América. Ese siglo racionalista y
pacifista era incapaz de _sentir_ el vuelo épico de los conquistadores.
Nada, en verdad, tan antagónico como la energía brusca y _española_ de
los conquistadores y el intelectualismo sedentario del siglo XVIII.
La conquista de América fué una acción a la _española_. Cada nación
imprime a sus actos el sello que fluye de su propia naturaleza, siempre
que esa nación tenga la virtud de la originalidad. No sería prudente que
aquí nos detuviéramos a esclarecer si otra nación de Europa del siglo
XVI hubiera podido descubrir, dominar y civilizar rápidamente el Nuevo
Mundo, como en realidad lo consiguió España. A Portugal le faltaban,
indudablemente, fuerzas, densidad y otros elementos; Italia y Alemania
no existían como verdaderos Estados homogéneos; Francia carecía de la
aptitud colonizadora. En cuanto a Inglaterra, ¿cuántos siglos habría
necesitado para completar la obra americana con su sistema de los
colonos y las factorías que hubo de inaugurar en los Estados Unidos? En
tiempo de Wáshinton las colonias británicas apenas si lograban alejarse
algunas leguas de la costa del mar, y todo el interior era una sombra
medrosa por donde corrían los indios y los bisontes.
Si América había de ingresar prontamente en el acerbo civilizado, era
preciso que osase la empresa un pueblo escogido. Los dioses eligieron a
España para esa empresa. Y España se lanzó a la obra, poniendo en ella
su _sentido heroico_ de la acción. Este sentido heroico de la actividad,
que ha formado alguna vez y eficazmente el espíritu español, dió
nacimiento a América. Así ha nacido América a la vida, y nadie puede
evitar que así sea. Y España, con su empresa de América, ha cerrado,
efectivamente, en la Historia el ciclo de la epopeya romántica,
legendaria y milagrosa.
Las objeciones del mundo se han dirigido precisamente contra los
personajes de esa epopeya. Con un espíritu cominero y sedentario, lleno
de dengues y ascos, se ha querido reducir el tamaño de los
conquistadores. Se les ha tomado la cuenta exacta de cada una de sus
muertes y de todas las gotas de sangre que necesitaron verter. No se ha
mirado al conjunto de la obra ni al total de los resultados; no se ha
visto el edificio entero de América, que al cabo del mismo siglo XVI
estaba ya concluído y era tan majestuoso. Sólo se han visto y contado
las muertes y los abusos, como si alguna epopeya pudo nunca ser
realizada por ángeles puros. Ni se ha visto, a través de la sordidez
puritana y de las gafas de los racionalistas del siglo XVIII, la nube
caballeresca y como mística que envuelve a los conquistadores; tan
distintos, ciertamente tan incomprensibles para todas las mentes que no
sientan y perciban el genio español.
Una literatura de acarreo se ha obstinado en presentar a los
conquistadores como personas bajas y soeces, brutales, con la más ruda
brutalidad del más ignorante soldado. Se ha repetido el estúpido lugar
común de que América fué conquistada y poblada por las peores gentes de
España, y yo escuché a bastantes americanos hacer la misma relación de
ese vicio de origen, que les asignaba tan miserables predecesores.
Pero si repasamos las crónicas de la Conquista, constantemente
hallaremos ocasión de rectificar al vulgo. Lo cierto es que en las
expediciones que se dirigían a América, junto con los inevitables
marineros toscos y soldados soeces, marchaba una gruesa multitud de
caballeros, aristócratas, hidalgos, segundones, personas de pro, buenos
capitanes y gente de toga y de iglesia. Es absolutamente erróneo que
embarcase para América lo peor de España. En aquellos tiempos España
tenía una verdadera plenitud de caballeros e hidalgos que eran
suficientes para acudir a las empresas de Europa y a la aventura de
Ultramar. Por eso era fuerte entonces España, por la multitud y densidad
de su aristocracia, aquella aristocracia de pequeños caballeros y
fuertes hidalgos, que se dispersaron y perdieron, por desgracia, en
tantas dilatadas empresas; los cuales, al desaparecer, dejaron a España
como sin hueso y sin brío, puesto que los falsos hidalgos de nueva
promoción, que después acudieron, ya no tenían la virtud íntimamente
aristocrática de los primitivos.
Es indudable que las expediciones se formaban con la flor de las gentes
de Andalucía, de Extremadura, de Castilla y del Cantábrico. Buenos
pilotos de Vizcaya, de Galicia, de las marinas de Huelva y de las
riberas del Guadalquivir; cartógrafos y hasta hombres de letras;
artilleros como Candía, el que siguió a Pizarro, y el Catalán, que
acompañaba a Cortés; caballeros, en fin, de toda España. Cuando Hurtado
de Mendoza quiere fundar a Buenos Aires, lleva, según los cronistas, una
multitud de señores y brillantes capitanes, que van en una armada
poderosa, todos seducidos por el prestigio del ya famoso y un poco
quimérico Río de la Plata. Y en la relación que envían los fundadores de
Veracruz al emperador Carlos V, dicen que «Hallándose con deseo de
poblar muchos caballeros e hijos-dalgos...»
Efectivamente, las fundaciones de ciudades y la toma de posesión de las
tierras descubiertas no se ejecutan rudamente y al modo que harían unos
soldados facinerosos. La mayor solemnidad jurídica, el formulismo más
civil y ceremonioso preside esos actos, verdaderamente memorables y
conmovedores. Blasco Núñez de Balboa penetra solo y armado en la mar del
Sur, que acaba de descubrir, y con el estandarte en una mano y la espada
en la otra, asesta al mar las cuchilladas de ritual y proclama, en
estilo caballeresco: «si hay algún hombre que quiera desdecirle sobre
aquella posesión, y si le hay, que salga a defender su protesta».
Lo mismo hace Cortés, lo mismo todos los conquistadores. Y enseguida que
se arma una expedición, por modesta que fuere, tienen cuidado de llevar
un clérigo y un hombre de toga para que vigilen la campaña, tomen nota
del oro que se _rescata_, reserven el _quinto_ para el rey y pongan
orden y decoro formal a todo. En la primera expedición al Yucatán, unos
cien soldados, pobres de suyo y sin más propósito que _rescatar_ oro,
empeñan sus caudales y llegan a poder armar unos pequeños navíos; a
pesar de su modestia en recursos, y ser una simple expedición
accidental, se apresuran a contratar un sacerdote para que les diga
misa, y un magistrado para los efectos formales y jurídicos.
Las mayores formalidades preceden a la fundación de las poblaciones, que
inmediatamente nombran sus cabildos y justicias, y que desde el primer
momento adquieren el sentido foral y ciudadano, verdaderamente
_democrático_ a la _española_. Véase la fundación de Veracruz; la
formalidad es suprema y convincente. En efecto, convenido que han la
necesidad de fundar una villa, el jefe de la expedición, que es Hernán
Cortés, reune a los señores y soldados y nombra los alcaldes y regidores
que se precisan. Hecho esto, al día siguiente se reunen los alcaldes y
regidores y _mandan llamar a Hernán Cortés_ en nombre de la Corona, y le
piden que les muestre los poderes y ejecutorias de que dispone.
Examinados estos poderes, los magistrados de la villa fallan, por tanto,
que el poder legal de Hernán Cortés ha terminado en aquel instante. El
poder civil recupera sus derechos y procede con plena soberanía.
Entonces, puesto que la armada necesita un capitán, los alcaldes y
regidores deliberan concienzudamente y deciden elegir a Cortés como
jefe...
Seguramente, aquí se trata de una maniobra que cualquier político
moderno, de cualquier aldea constitucional, conoce y sabe tramar. Es
claro que Hernán Cortés conocía previamente la decisión del cabildo de
Veracruz; pero él y sus hombres tenían un hondo sentido de la autoridad,
y no osaban hacer nada sin anteponer el formulismo y la ceremonia de las
leyes y de la Justicia.
Antes de entrar en batalla contra los indios, ¿no vemos a los españoles,
aún a riesgo de empeorar su situación estratégica, destacar un heraldo y
amonestarles seriamente para que se vengan a razones y se sometan al rey
de España? Esta casi cómica protestación se repite muchas veces; es como
si los españoles quisieran exculparse del crimen que ellos no desean
hacer, pero que la necesidad del momento les obliga a hacer... Pero
todos sus formulismos, todas sus formalidades jurídicas fueron vanas;
la posteridad les ha llamado rudos aventureros, soldados foragidos,
gentes sin Dios y sin Ley.
La brillante y lucida hueste que Hernán Cortés preside y lleva a la
conquista de Méjico es una hermosa armada de quinientos hombres
esforzados, empavesada de banderolas y trémula por el ruido y resplandor
de las armas. Es una síntesis de España; es un pedazo de Europa que
contiene todo lo estimable de la civilización cristiana y europea.
Caballeros, capitanes, clérigos, magistrados, oficiales y artífices;
nadie falta allí para completar la síntesis. Es un pequeño mundo que
avanza hacia la virginidad del mundo ignorado. No falta ni siquiera la
literatura; el propio Hernán Cortés describirá sus actos, como antes
César, y allí va con ellos Bernal Díaz del Castillo, que habrá de
escribir su famosa historia de _La conquista de la nueva España_. Es un
mundo pequeño, es una tropa pequeñísima para osar tan enorme empresa;
pero lleva consigo un aliento excepcional, con el que sabrán incluir
aquellos extensos países en el seno de la civilización europea.
El propio Bernal Díaz del Castillo se entusiasma y toma un tono lírico
cuando considera la obra que han realizado los españoles. El valiente
capitán y rudo historiador, viejo ya en su retiro de Guatemala, echa la
mirada hacia atrás, recuerda lo que fué América y lo que es en el
momento, y habla con acento emocionado y con legítimo orgullo de todo
cuanto le debe el mundo a los conquistadores. Enumera el horror de las
idolatrías sanguinarias que los españoles han suprimido; el ferviente
cristianismo en que viven las poblaciones indias; el número de
monasterios e iglesias que se han erigido en todas partes. Habla de los
muchos oficios en que diestramente se emplean los indios, enseñados por
los españoles, y cómo los pueblos tienen sus cabildos y justicias y
viven en sosiego.
«Digamos cómo todos los demás indios, naturales de estas tierras, han
deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre
nosotros. Y tienen sus tiendas de los oficios, y obreros, y ganan de
comer a ello... Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y
componer libros de canto llano... Y han plantado en sus tierras y
heredades de todos los árboles y frutas que hemos traído de España... Y
demás desto, miren los curiosos lectores qué de ciudades, villas y
lugares están poblados en estas partes de españoles... Y tengan atención
a los obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy
insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias reales... Y miren
qué hay de hospitales... Y también tengan cuenta cómo en Méjico hay
Colegio Universal (Universidad), donde estudian y deprenden la
gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y
estudios, e hay moldes y maestros de _imprimir libros_...»
Esto se escribía en 1568, cuarenta años después de la conquista de
Méjico. Aproximadamente por aquel tiempo, otro historiador-soldado, tan
sabio como discreto, Pedro de Cieza de León, exclama en su _Crónica del
Perú_:
«Y no me paresce que debo pasar de aquí sin decir alguna parte de los
males y trabajos que estos españoles y todos los demás padecieron en el
descubrimiento destas Indias, porque yo tengo por muy cierto que ninguna
nación ni gente que en el mundo haya sido, tantos ha pasado. Cosa es muy
digna de notar que en menos de sesenta años se haya descubierto una
navegación tan larga y una tierra tan grande y llena de tantas gentes;
descubriéndola por montañas muy ásperas y fragosas y por desiertos sin
camino, y haberlas conquistado y ganado, y en ellas _poblado de nuevo
más de doscientas ciudades_...»
CAPÍTULO V
EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA
La obra del Nuevo Mundo es hija del heroísmo. Tiene un hondo sabor de
aventura, y jamás el tiempo ha de borrar esa huella aventurera y heroica
de los orígenes. Y es, además, acaso la última gran empresa heroica y
aventurera que la historia ha producido.
Las obras que nacen del heroísmo mantienen eternamente un sello
excepcional que las hace más eficaces y bellas. Esta verdad la han
conocido todos los pueblos, y es efectiva la voluntad de poseer orígenes
heroicos que manifiestan las civilizaciones todas. De la cabeza de
Minerva armada quiere Atenas nacer, y la misma Roma, nido de algo como
bandoleros al principio, se hace inventar la leyenda de aquellos
guerreros de Troya, origen de la estirpe romana.
La superstición guerrera, común a todas las razas, podría parecer un
prejuicio que hubiera impuesto a las gentes la casta militar, dominante
y temible antiguamente. Pero una casta militar no pudo sostener en toda
hora su pensamiento imperativo ni sobornar constantemente a los
filósofos, poetas y artistas, y lo cierto es que todos, hombres de
meditación o de fantasía, otorgaron siempre al heroísmo su entusiasmo,
sus cantos y sus obras panegíricas.
Es porque comprendían que el soplo heroico hace grandes, fértiles y
duraderas a las cosas. Sabían que el espíritu del heroísmo es el más
fecundo en idealidad, porque inspira y estimula las virtudes próceres
humanas: la virtud, el honor, la lealtad, la generosidad, el sacrificio.
Y porque de estas virtudes príncipes nacen las ideas bellas, y, por lo
tanto, las mismas actitudes y los gestos bellos.
Del poema de _La Ilíada_ se nutre Grecia hasta su final. Y tanto o más
que la interpretación de los símbolos o personajes religiosos, le
interesa al espíritu heleno interpretar las luchas y los personajes de
la guerra de Troya. Un mundo de estatuas y ánforas, una floración de
inefable estética brota del alma cálida de Grecia al contacto de aquella
idea de heroísmo.
Las obras que fecunda el heroísmo, por su virtud de aristocracia y de
sublimidad, diríase que superan la resistencia del tiempo y están por sí
mismas sinceradas. El aura de valor y de nobleza en que se envuelven las
hace respetables, hermosas, temibles. ¡Qué infecunda y fea la
civilización que no ha nacido del heroísmo! Todos los bajeles y riquezas
de Fenicia fueron inútiles para el mundo e inaptos para el arte y la
idealidad, porque carecieron de heroísmo. Las colonias, los palacios y
las actividades de Cartago son estériles porque les falta la ráfaga
heroica; sólo al morir la ciudad prosaica halla en Aníbal el hombre que
podrá justificar a su patria ante la Historia.
Por las páginas de la _La Biblia_ corre ese soplo heroico más de una
vez; con rumor de espadas están llenos sus libros, y las estrofas
sagradas vibran gloriosamente y tienen un alto tono de alegría triunfal
cuando narran las guerras contra los filisteos, aquellas luchas por la
conquista de un territorio que Dios concede a su pueblo para que lo
nutra con heroísmo. La figura de David ilumina como una llama heroica
los libros santos.
Heroico es el cristianismo, y no solamente mártir. ¿No es un alma
profundamente heroica la de San Pablo, y alma íntimamente marcial? ¿Es
algo más que heroísmo la voluntad de vencer de los cristianos en la Edad
Media? Las Cruzadas, los poemas caballerescos en Tierra Santa, la
expulsión de los moros de España, ¿no son conceptos en que el heroísmo
se funde, como la mas alta y no igualada fusión, con el misticismo? ¿Y
no tienen carácter heroico las aventuras temerarias de los fundadores y
los evangelistas?
Glorioso es el Renacimiento por sus humanidades, su arte y su ciencia;
pero es además grande y glorioso por sus esencias heroicas. El siglo
XVI crea verdaderos portentos humanos, personas de excepción, héroes
extraordinarios y numerosos. Es la hora radiante en que la personalidad
heroica se manifiesta con más brillo y hasta sus últimas consecuencias.
Del heroísmo ha nacido América. Un soplo, entre místico y marcial,
empujó las carabelas inaugurales. Bajo la cruz pintada en el velamen,
las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada
América, y nunca será esto rectificado.
Los españoles crearon América a su modo, al modo heroico. Salían del
poema largo de los moriscos; recordaban los actos del Cid, el que
lograba ciudades y reinos con la fuerza de la lanza; estaban impregnados
de lecturas caballerescas... En las Indias, puesto que la dirección de
los gobernantes de la península era nula, aquellos españoles
emprendieron la obra según su propio e íntimo ser, espontánea e
inspiradamente. Por ser obra libre de la espontaneidad de los
conquistadores y pobladores, América es el acto más puramente español.
Tal vez por eso también es América una cosa tan inexorablemente
española.
La virtud heroica sabe hacer estos milagros. Y si una colonización de
comerciantes, como la holandesa, deja al cabo de los siglos que Java y
Sumatra no pesen nada en el mundo, sino como almacenes de azúcar y como
viveros de gentes anónimas, las naciones americanas que España creó
heroicamente son cosas personales, únicas, y posibilidades magníficas en
el porvenir. Ni Méjico ni el Perú carecerán nunca de valor en la
Historia.