[153.] Si la esencia de los cuerpos consistiese en la extension tal

como se ofrece á nuestros sentidos, habiendo igualdad de extension

habria igualdad de esencia; las esencias de los cuerpos estarian

sujetas á medida como lo están las dimensiones: dos globos de

diámetros enteramente iguales serian dos cuerpos esencialmente

iguales; á esto se opone la experiencia y hasta el sentido comun. Se

nos dirá que no basta la pura dimension en cuanto sujeta á medida,

para formar igualdad de esencias; sino que es necesaria la igualdad de

naturaleza de extension de ambos cuerpos; pero yo preguntaré qué

significa _naturaleza_ de extension? Si la palabra _naturaleza_ no ha

de ser aquí una palabra sin sentido, deberá significar algo distinto

de la extension en cuanto sometida á nuestra sensibilidad; en cuyo

caso inferiré que así como para diversificar las esencias de los

cuerpos se finge algo que no se encierra en la extension en cuanto

sujeta á la intuicion sensible, tambien se podrá fingir algo que sea

capaz de actividad, y que por consiguiente ofrezca á nuestro

entendimiento una idea accesoria que vivifique por decirlo así ese

fondo muerto que hallamos en la extension, considerada como simple

objeto de las ideas puramente geométricas.

[154.] La experiencia es incapaz de demostrarnos la imposibilidad de

que los cuerpos sean activos. La inaccion absoluta no puede

afectarnos, y de consiguiente no podemos conocerla por experiencia. Lo

que podemos experimentar es la accion ó sea el ejercicio de la

actividad; pero la inaccion ó sea el estado de una cosa absolutamente

inactiva, no puede ser objeto de experiencia: esto es contradictorio.

CAPÍTULO XV.

CONJETURAS SOBRE LA EXISTENCIA DE LA ACTIVIDAD CORPÓREA.

[155.] Ateniéndonos á la experiencia, lejos de que debamos inferir la

inercia absoluta de los cuerpos, nos hallamos inclinados á creer que

están dotados de actividad. Aunque los sentidos no nos ofrezcan la

intuicion de ninguna actividad corpórea, nos presentan no obstante una

continua serie de mudanzas, con un órden fijo en los fenómenos del

mundo corpóreo; y si algo valen para inferir la verdadera actividad de

unos sobre otros, la coincidencia de sus relaciones en el espacio y en

el tiempo, la constante sucesion con que vemos que los unos vienen

despues de los otros, la invariable experiencia de que para que se

sigan los unos basta poner los otros; es necesario que admitamos en

los cuerpos verdadera actividad. Esta razon, valga lo que valiere en

el tribunal de la metafísica, ha sido en todos tiempos bastante

poderosa para convencer á la generalidad de los hombres, y así es que

el negar á los cuerpos el carácter de activos se halla en oposicion

con el sentido comun.

[156.] Si atendemos á las relaciones que tenemos con el mundo

corpóreo, todo nos induce á creer que hay en los cuerpos verdadera

actividad. Sea cual fuere nuestra ignorancia sobre el modo con que son

producidas en nosotros las sensaciones, lo cierto es que las

experimentamos en presencia de los cuerpos, que están ligadas con

estos por relaciones de espacio y tiempo en un órden fijo y constante,

que nos autoriza para pronosticar con toda seguridad lo que debe

suceder en nuestros sentidos, si tales ó cuales cuerpos son puestos en

relacion con nuestros órganos. La idea de actividad nos ofrece la de

un principio de mudanzas en otros seres; los cuerpos las están

produciendo de continuo en nosotros, real ó aparentemente. El

ejercicio de las facultades sensitivas, implica una comunicacion con

los seres corpóreos; y en esta comunicacion el ser sensitivo recibe de

los cuerpos una multitud de impresiones, que le hacen sufrir continuas

mudanzas.

[157.] Se dice que la experiencia enseña que los cuerpos son

indiferentes para el reposo ó el movimiento; y se asienta como cosa

indudable en los preámbulos de algunas obras de física que un cuerpo

puesto en quietud permaneceria en el mismo estado por toda la

eternidad, y que puesto en movimiento se moveria tambien por toda la

eternidad en línea recta y siempre con la misma velocidad que

recibiera desde un principio. No sé cómo se han podido conocer por

experiencia semejantes proposiciones; yo sostengo que no solo no se

han podido conocer, sino que la experiencia parece indicar todo lo

contrario.

[158.] ¿Dónde se ha encontrado jamás un cuerpo indiferente para el

movimiento ó el reposo? En todos los terrestres hallamos una tendencia

al movimiento, cuando nó de otra clase, de gravitacion hácia el centro

de la tierra. Los celestes que hemos podido observar, están todos en

movimiento; y el cálculo de acuerdo con la experiencia nos los

manifiesta sometidos á la atraccion universal: ¿dónde está la

indiferencia para el reposo ó el movimiento, atestiguada por la

experiencia? Mas bien deberemos decir que la experiencia nos atestigua

una inclinacion general de los cuerpos hácia el movimiento.

[159.] Se nos objetará tal vez que esta inclinacion no dimana de

ninguna actividad de los cuerpos, sino que es un simple efecto de una

ley del Criador. Sea en buen hora; pero al menos no se diga que la

experiencia nos presenta los cuerpos como indiferentes para el

movimiento y el reposo; si se quiere, explíquese el movimiento sin

actividad, sosténgase que no hay actividad, no obstante las

apariencias _experimentales_; pero no se diga que estas apariencias

demuestran la falta de actividad.

[160.] Si pongo sobre mi bufete un cuerpo, permanece en reposo, y allí

le encuentro al dia siguiente y le encontraré á la vuelta de muchos

años. El cuerpo sin embargo, no está indiferente para el movimiento ó

el reposo; allí se está quieto, pero va ejerciendo continuamente su

actividad; así lo muestra su presion sobre el bufete que le sustenta.

Este ejercicio es incesante, se le experimenta en todos los momentos,

como lo prueba el que si se le quiere levantar ofrece resistencia, si

se aparta el bufete se cae, si se le pone la mano debajo la comprime,

y hace cambiar de forma los cuerpos blandos sobre que pesa.

[161.] El decir que la atraccion del centro de la tierra obra sobre el

cuerpo, no prueba nada contra la actividad corpórea, antes bien la

confirma; pues que este centro es otro cuerpo, y así quitando la

actividad al uno la damos al otro. Además segun todas las

observaciones, la atraccion es recíproca, y por consiguiente la

actividad atraente se halla repartida entre todos los cuerpos.

[162.] El mundo corpóreo, lejos de ofrecernos una masa inerte, nos

presenta mas bien la apariencia de una actividad que desplega fuerzas

colosales. Colosal es la masa de los cuerpos que se mueven por los

espacios; colosal es la órbita que describen; colosal la velocidad con

que la recorren; colosal la influencia, al menos aparente, que ejercen

los unos sobre los otros; colosal la distancia al través de la cual se

ponen en comunicacion. ¿Donde está la falta de actividad atestiguada

por la experiencia? Raudales de luz inundan los espacios produciendo

en los seres sensitivos los admirables fenómenos de la vision;

raudales de calórico se extienden en todas direcciones y llevan por

todas partes el movimiento y la vida; ¿dónde está la falta de

actividad atestiguada por la experiencia? La vegetación que cubre

nuestro globo, los fenómenos de la vida que experimentamos en nosotros

mismos y en esa muchedumbre de animales que nos rodean, ¿no han

menester de un continuo movimiento de la materia, de un flujo y

reflujo por decirlo así, de acciones y reacciones que los cuerpos

ejercen los unos sobre los otros, en la realidad ó en la apariencia?

Los fenómenos de la electricidad, del magnetismo, del galvanismo ¿no

nos ofrecen mas bien principios de mucha actividad, orígen de

movimiento donde quiera que se hallen, que no objetos indiferentes

para el movimiento ó para el reposo? Las ideas de actividad, de

fuerza, de impulso, nos han sido sugeridas no solo por nuestra

actividad interna, sino tambien por la experiencia del mundo corpóreo

que desplega á nuestros ojos bajo leyes constantes, una continua

variedad de escenas magníficas, cuyo orígen parece indicar un fondo de

actividad incalculable.

[163]. Véase pues cuán sin fundamento se apela á la experiencia para

combatir la existencia de una causalidad corpórea, y cuánto mas

acordes van con dicha experiencia los filósofos que otorgan á los

mismos cuerpos una actividad verdadera. Al señalar los límites de

nuestra intuicion en lo tocante á la causalidad y actividad en sí

mismas (Cap.^s XI y XIII) he dicho lo bastante para que no se crea que

juzgo posible el demostrar metafísicamente la existencia de actividad

en el mundo corpóreo; pero no puedo menos de insistir en que si algo

vale en favor de la causalidad la relacion constante de los fenómenos

en el espacio y en el tiempo, si algo vale la sucesion invariable de

unas cosas despues de otras; es preciso inclinarse á la opinion de que

hay en los cuerpos verdadera actividad: que en un órden secundario se

halla en los unos la razon de las mudanzas en los otros; y que por

consiguiente hay en el mundo corpóreo un encadenamiento de causas

segundas hasta llegar á la primera donde está el orígen y la razon de

todo.

CAPÍTULO XVI.

CAUSALIDAD INTERNA.

[164.] La conciencia nos atestigua que hay en nosotros una verdadera

facultad productiva de ciertos fenómenos internos. Es indudable que

concentrando la atencion por medio de un acto libre de la voluntad,

experimentamos una produccion de imágenes y de ideas. Las obras de

imaginacion, son una muestra irrecusable de nuestra actividad interna.

Las sensaciones nos suministran los materiales en bruto; pero con

ellos levanta la fantasía edificios admirables. Aquella nueva forma

¿quién se la ha dado sino nosotros mismos? Preciso es confesar que si

carecemos absolutamente de actividad, la naturaleza nos alucina

completamente, haciéndonos creer que somos muy activos.

Los simples recuerdos nos ofrecen otra muestra de verdadera actividad.

Nos proponemos pensar en un país que hemos visto detenidamente, y

deseamos recordar sus pormenores: al imperio de la voluntad la

imaginacion se excita y va desplegando á nuestra intuicion las escenas

que viéramos en otro tiempo. Se dirá que estas imágenes ya existian y

que solo ha sido necesario despertarlas, pero no se puede negar que no

existian en acto pues que no teníamos de ellas conciencia actual; y

que para lograr su reaparicion ha sino necesario y _suficiente_ el

imperio de nuestra voluntad. Esta presencia nueva algo añade á su

estado habitual; pues bien, ese algo se ha producido dentro de

nosotros, con solo quererlo.

Es verdad que no conocemos el _modo_ de esta produccion; pero lo

cierto es que la conciencia nos asegura de que sigue inmediatamente á

un acto de nuestra voluntad: y que por tanto tenemos cuando menos un

vehemente indicio, de que con respecto á esas imágenes, hay en

nosotros una fuerza productiva del tránsito de su estado habitual al

actual. Lo mismo se puede decir de todos los recuerdos; y si bien

experimentamos con harta frecuencia que no podemos recordar todo lo

que queremos, esto solo prueba que nuestras facultades activas son

limitadas por ciertas condiciones de que no se pueden libertar.

[165.] Prescindiendo de los recuerdos ¿quién no ha experimentado la

elaboracion de conceptos al meditar sobre una materia? ¿Nuestras ideas

son las mismas cuando comenzamos á reflexionar sobre un objeto, que

cuando hemos meditado sobre él durante largas horas? nó ciertamente. Á

veces no hemos recogido ningun dato nuevo, no hemos leido ningun libro

ni oido ninguna observacion que nos pudiera ilustrar, y sin embargo

por sola la fuerza de la reflexion propia, nos hemos formado ideas

claras y distintas, cuando antes solo las teníamos confusas. Con decir

que las nuevas ideas son el resultado de otras que se hallaban ya en

nuestro espíritu no se prueba que no haya en el entendimiento

verdadera actividad; porque este resultado, sea cual fuere su orígen,

es siempre una cosa nueva; produce en el alma un nuevo estado; porque

ahora sabe perfectamente lo que antes ignoraba del todo, ó conocia muy

en confuso. En una curva la relacion de la subsecante á la secante, y

la de la subtangente á la tangente son ideas geométricas que se hallan

al alcance de los entendimientos mas comunes; así como la semejanza de

los triángulos que se pueden excogitar para comparar unas líneas con

otras, y la aproximacion sucesiva con que la subsecante se acerca á la

subtangente, y la secante á la tangente; pero de aquí á reducir todos

estos elementos á un punto de donde brota con vivísima luz la

admirable teoría del cálculo infinitesimal, hay una distancia inmensa;

¿se dirá que los genios que salvaron esta distancia, no pensaron nada

nuevo, porque tenian en sí los elementos de cuya combinacion resulta

la teoría?

[166.] Si en algunos fenómenos se ve con toda claridad la actividad

productiva, es ciertamente en los actos de la voluntad libre: ¿á qué

se reduce la libertad, si el alma no produce sus voliciones? Si estas

no son mas que fenómenos producidos por otro ser, y en los cuales el

alma no tiene otra parte que el ser sujeto de los mismos, la libertad

no significa nada. Es hasta contradictorio el decir que el alma sea

libre, y negarle al mismo tiempo que sea el principio de sus

determinaciones.

[167.] La simple inteligencia, hasta la mera sensibilidad, y en

general todo fenómeno que implica conciencia, parece ser el ejercicio

de una actividad; y en este sentido llevo explicado (Cap. XII) que

tenemos intuicion de la actividad interna. Si entender, si querer, si

el tener conciencia de que se siente, no son _acciones_, no sé dónde

podremos hallar el tipo de una verdadera accion. El percibir una cosa;

el quererla; el acto imperativo de la voluntad para emplear los medios

que puedan proporcionárnosla son indudablemente acciones: y la accion

es el ejercicio de la actividad. La idea de la vida nos representa la

actividad en su grado mas perfecto; y entre los fenómenos vitales, los

mas perfectos son los que implican conciencia; si á estos no los

llamamos acciones, es preciso decir que no tenemos ninguna idea de

accion ni actividad.

Aunque no conozcamos el _modo_ de la produccion, tenemos conciencia de

esta produccion; tenemos intuicion de la accion en sí misma. Cuando

vemos un movimiento corpóreo, vemos una modificacion pasiva; pero

cuando experimentamos en nosotros los fenómenos de conciencia, vemos

una accion, y por consiguiente tenemos intuicion del ejercicio de

nuestra actividad.

[168.] Aquí se ofrece una objecion. Si los fenómenos internos, son

verdaderamente acciones, ¿cómo es que con tanta frecuencia, son

independientes de nuestra voluntad? Sufrimos dolores, á pesar nuestro;

nos ocupan ideas que quisiéramos desechar; nos ocurren á veces

pensamientos con una instantaneidad y espontaneidad, que mas bien

parecen inspiraciones que fruto de nuestro trabajo; en casos

semejantes, ¿dónde está la actividad? ¿No deberemos decir que estos

fenómenos son puramente pasivos?

[169.] Esta objecion á primera vista tan concluyente, no prueba nada

contra la actividad interna. En primer lugar, podria responderse que

el estar el alma pasiva en algunos casos, no prueba que lo esté en

todos; y que para afirmar la existencia de la actividad interna, nos

basta que haya ciertos fenómenos producidos por ella. Pero ni siquiera

es necesario conceder que la actividad no se encuentra en los casos

que nos recuerda la objecion; pues que examinándolos á fondo se

descubre que aun en ellos, el alma ejerce verdadera actividad.

El nervio de la dificultad consiste en que aparecen en nuestro

interior algunos fenómenos sin el curso de nuestra voluntad, y á veces

á pesar de ella; mas esto solo nos conduce á inferir que hay en

nuestra alma funciones independientes del libre albedrío, sin

obligarnos á creer que estas funciones no sean activas. Con esta

observacion se desvanece la dificultad. Hay en nuestro interior

fenómenos que nosotros no hemos querido, antes que apareciesen, ni

despues; es verdad; luego hay en nuestro interior fenómenos en que el

alma está puramente pasiva; lo niego. La consecuencia es ilegítima; lo

único que se puede inferir es que hay en nuestra alma fenómenos para

cuya aparicion ó conservacion no es necesario el concurso de nuestra

voluntad.

Una cosa semejante experimentamos con respecto al cuerpo: hay

funciones que se ejercen independientemente de nuestro libre albedrío,

como la circulacion de la sangre, la respiracion, la digestion, la

asimilacion de los alimentos, la transpiracion y otras semejantes;

pero las hay tambien que no se ejercen sino por el imperio de la

voluntad, como el comer, el andar, y en general todo lo que se refiere

al movimiento y posiciones de los miembros. ¿Quién prohibe pues que

suceda en el alma una cosa semejante, y que haya facultades activas

que se desenvuelvan, y produzcan varios fenómenos sin el concurso de

la voluntad.

No creo que se pueda replicar nada á esta solucion; sin embargo,

todavía me propongo ampliarla con algunas observaciones sobre el

carácter de los fenómenos en que se quiere suponer que nuestra alma

está puramente pasiva.

[170.] Se habla en la objecion de sensaciones dolorosas, las cuales

efectivamente presentan un caso en que al parecer la actividad no

existe de ningun modo. ¿Quién podria afirmar que un hombre á quien se

le aplica un hierro candente, y que experimenta dolores atroces,

ejerce en aquello mismo la actividad de su alma? ¿no es mas conforme á

razon, el decir que el alma se halla puramente pasiva, y en un estado

muy semejante al de un cuerpo que se comprime por la presion de otro

cuerpo? Actividad, si alguna se ejerce en semejantes casos, es mas

bien de reaccion contra la sensacion dolorosa. Si bien se reflexiona,

en estas observaciones no hay ninguna dificultad cuya solucion no se

halle en lo que acabo de exponer en el párrafo anterior. Convengo en

que la sensacion dolorosa no depende de la libre voluntad del que la

sufre, y que la accion libre de este se ejerce contra la misma

sensacion; pero esto no quita que haya en el alma una verdadera

actividad en el mero hecho de sentir, y sí únicamente que el ejercicio

de esta actividad se halla sometido á condiciones necesarias, las

cuales cuando existen, son mas poderosas para el desarrollo de ella,

que no lo es nuestra voluntad para impedirle. Nada mas cierto que el

desarrollo de ciertas facultades activas, independientemente de

nuestro libre albedrío: ¿qué cosa mas activa que las pasiones

vehementes? y sin embargo, muchas veces nos es imposible dejar de

sentirlas; y es necesario todo el imperio de la voluntad libre, para

que no traspasen los límites de la razon.

[171.] La sensacion en sí misma, no puede ser toda pasiva; y los que

sostienen esta opinion manifiestan haber meditado poco sobre los

hechos de conciencia. Estos hechos son esencialmente individuales; y

en cuanto hechos de conciencia, son absolutamente incomunicables. Otro

puede experimentar un dolor muy parecido y aun igual al que yo siento;

pero no puede experimentar el mismo dolor _numéricamente_ considerado;

porque mi dolor es tan esencialmente mio, que si no es mio no existe.

Luego el dolor no puede serme comunicado como una entidad individual;

y para producirle en mí, lo único que se puede hacer es excitar mi

fuerza sensitiva para que lo experimente.

Esta observacion manifiesta que las sensaciones no pueden ser hechos

meramente pasivos. La modificacion pasiva es _recibida_ toda; el

sujeto paciente _no hace_ nada. Desde el momento que el sujeto tiene

en sí algun principio de su modificacion, no es puramente pasivo. La

sensacion no puede ser _recibida_ toda; debe _nacer_ en el sujeto

sensitivo, por tal ó cual influencia, con tal ó cual ocasion; pero el

ser que la experimenta ha de contener un principio de su propia

experiencia, de lo contrario es un ser _sin vida_; no puede sentir.

[172.] En la objecion se habla de sensaciones dolorosas como si su

necesidad fuera una excepcion de la regla general; pero es de notar

que no hay aquí excepcion ninguna, y que todas las sensaciones, sean

gratas ó ingratas, son necesarias igualmente, con tal que nuestras

facultades sensitivas se hallen bajo condiciones en que pueden

desplegarse. Tan necesario es el sentir dolor en la mano si me aplican

á ella un carbon encendido, como la vista de un cuadro halagüeño, si

me lo ponen delante de los ojos.

[173.] La espontaneidad de los fenómenos internos, en el órden

intelectual puro, ó en el de la imaginacion ó sentimiento, confirma la

existencia de una actividad independiente de nuestro libre albedrío, y

de ningun modo indica que semejantes fenómenos sean puramente pasivos.

Aquí es de notar una circunstancia importante. El ejercicio de las

funciones del alma está ligado con los fenómenos de la organizacion.

La experiencia enseña que segun la disposicion del cuerpo, el espíritu

se siente con mas ó menos actividad: es una verdad conocida de muy

antiguo que ciertos licores generosos tienen su fuerza inspiradora. El

estado de la digestion causa sueños pesados y abruma la fantasía con

apariciones espantosas; la fiebre exalta la imaginacion ó la abate; á

veces produce un aumento de fuerzas intelectuales, á veces causa un

estupor en que la inteligencia se extingue. Estos fenómenos cuando se

presentan en su grado mas alto, como sucede en una fuerte perturbacion

de las funciones orgánicas, ofrecen mas cuerpo á la observacion: pero

esto mismo indica que antes de llegar al extremo hay una extensa

escala; de suerte que algunos fenómenos cuya aparicion espontánea nos

parece inexplicable, dependerán quizás de ciertas condiciones

desconocidas á que se hallara sometida nuestra organizacion. Sea cual

fuere la opinion que se adopte sobre la igualdad ó desigualdad de las

almas humanas, nadie duda de que las diferencias en la organizacion

pueden influir en el talento y en la índole; y que ciertos espíritus

de facultades extraordinarias deben una parte de sus dotes á una

organizacion privilegiada.

De estas consideraciones se infiere que lo que se llama, espontaneidad

del alma, y que tanto llama la atencion de algunos filósofos modernos,

es un fenómeno muy generalmente conocido, que ni destruye la actividad

interna ni nos dice nada nuevo sobre el carácter de esta actividad.

Es cierto que hay en nuestra alma ciertos fenómenos independientes del

libre albedrío; pero tambien es indudable que la presencia de ellos es

á veces inesperada y repentina, porque nos son desconocidas las

condiciones de organizacion con las cuales se encuentra ligada. Esto,

si bien se considera, no es mas que extender á mayor número de casos,

lo mismo que observamos frecuentemente en los hechos psicológicos,

efectos de causas morbosas; y que además experimentamos constantemente

en las sensaciones. ¿Qué es una sensacion, sino una aparicion

repentina de un fenómeno en nuestra alma, por efecto de una alteracion

del estado de los órganos?

[174.] No quiero decir con esto que todos los pensamientos

espontáneos, y en general todos los fenómenos que aparecen

repentinamente en nuestro interior sin preparacion conocida, nazcan de

las afecciones de la organizacion; solo he querido recordar un hecho

fisiológico y psicológico, cuyo olvido puede producir divagaciones

inútiles, y hasta perjudiciales. Al leer las obras de algunos

filósofos modernos que tratan de este punto, parece que se proponen

allanar el camino para sostener luego que la razon individual no es

mas que un fenómeno de la razon universal y absoluta; y que las

inspiraciones, y en general todos los fenómenos espontáneos

independientes de nuestro libre albedrío, son indicios de que la razon

absoluta se aparece á sí misma en la razon humana; que lo que llamamos

nuestro yo, es una modificacion del ser absoluto; y que la

personalidad de nuestros seres no es mas que una fase de la razon

absoluta é impersonal.

[175.] Lo que se llama la espontaneidad, la intuicion de los tiempos

primitivos, no puede ser otra cosa á los ojos de la razon y de la

crítica, que la primitiva enseñanza que recibió de Dios el linaje

humano; todo cuanto dicen en contra algunos filósofos modernos, es una

repeticion, bien que algo disfrazada, de los sofismas de los

incrédulos de todas épocas, presentados bajo engañosas galas por

hombres que abusan de su talento. Léanse con reflexion los escritos á

que aludimos, despójeselos de algunas palabras altisonantes y

enigmáticas, y no se encontrará en ellos nada que no dijeran á su modo

Lucrecio y Voltaire.

CAPÍTULO XVII.

ACLARACIONES SOBRE LA ESPONTANEIDAD.

Filosofía Fundamental, Tomo IV · 第 17 / 21 段