como se ofrece á nuestros sentidos, habiendo igualdad de extension
habria igualdad de esencia; las esencias de los cuerpos estarian
sujetas á medida como lo están las dimensiones: dos globos de
diámetros enteramente iguales serian dos cuerpos esencialmente
iguales; á esto se opone la experiencia y hasta el sentido comun. Se
nos dirá que no basta la pura dimension en cuanto sujeta á medida,
para formar igualdad de esencias; sino que es necesaria la igualdad de
naturaleza de extension de ambos cuerpos; pero yo preguntaré qué
significa _naturaleza_ de extension? Si la palabra _naturaleza_ no ha
de ser aquí una palabra sin sentido, deberá significar algo distinto
de la extension en cuanto sometida á nuestra sensibilidad; en cuyo
caso inferiré que así como para diversificar las esencias de los
cuerpos se finge algo que no se encierra en la extension en cuanto
sujeta á la intuicion sensible, tambien se podrá fingir algo que sea
capaz de actividad, y que por consiguiente ofrezca á nuestro
entendimiento una idea accesoria que vivifique por decirlo así ese
fondo muerto que hallamos en la extension, considerada como simple
objeto de las ideas puramente geométricas.
[154.] La experiencia es incapaz de demostrarnos la imposibilidad de
que los cuerpos sean activos. La inaccion absoluta no puede
afectarnos, y de consiguiente no podemos conocerla por experiencia. Lo
que podemos experimentar es la accion ó sea el ejercicio de la
actividad; pero la inaccion ó sea el estado de una cosa absolutamente
inactiva, no puede ser objeto de experiencia: esto es contradictorio.
CAPÍTULO XV.
CONJETURAS SOBRE LA EXISTENCIA DE LA ACTIVIDAD CORPÓREA.
[155.] Ateniéndonos á la experiencia, lejos de que debamos inferir la
inercia absoluta de los cuerpos, nos hallamos inclinados á creer que
están dotados de actividad. Aunque los sentidos no nos ofrezcan la
intuicion de ninguna actividad corpórea, nos presentan no obstante una
continua serie de mudanzas, con un órden fijo en los fenómenos del
mundo corpóreo; y si algo valen para inferir la verdadera actividad de
unos sobre otros, la coincidencia de sus relaciones en el espacio y en
el tiempo, la constante sucesion con que vemos que los unos vienen
despues de los otros, la invariable experiencia de que para que se
sigan los unos basta poner los otros; es necesario que admitamos en
los cuerpos verdadera actividad. Esta razon, valga lo que valiere en
el tribunal de la metafísica, ha sido en todos tiempos bastante
poderosa para convencer á la generalidad de los hombres, y así es que
el negar á los cuerpos el carácter de activos se halla en oposicion
con el sentido comun.
[156.] Si atendemos á las relaciones que tenemos con el mundo
corpóreo, todo nos induce á creer que hay en los cuerpos verdadera
actividad. Sea cual fuere nuestra ignorancia sobre el modo con que son
producidas en nosotros las sensaciones, lo cierto es que las
experimentamos en presencia de los cuerpos, que están ligadas con
estos por relaciones de espacio y tiempo en un órden fijo y constante,
que nos autoriza para pronosticar con toda seguridad lo que debe
suceder en nuestros sentidos, si tales ó cuales cuerpos son puestos en
relacion con nuestros órganos. La idea de actividad nos ofrece la de
un principio de mudanzas en otros seres; los cuerpos las están
produciendo de continuo en nosotros, real ó aparentemente. El
ejercicio de las facultades sensitivas, implica una comunicacion con
los seres corpóreos; y en esta comunicacion el ser sensitivo recibe de
los cuerpos una multitud de impresiones, que le hacen sufrir continuas
mudanzas.
[157.] Se dice que la experiencia enseña que los cuerpos son
indiferentes para el reposo ó el movimiento; y se asienta como cosa
indudable en los preámbulos de algunas obras de física que un cuerpo
puesto en quietud permaneceria en el mismo estado por toda la
eternidad, y que puesto en movimiento se moveria tambien por toda la
eternidad en línea recta y siempre con la misma velocidad que
recibiera desde un principio. No sé cómo se han podido conocer por
experiencia semejantes proposiciones; yo sostengo que no solo no se
han podido conocer, sino que la experiencia parece indicar todo lo
contrario.
[158.] ¿Dónde se ha encontrado jamás un cuerpo indiferente para el
movimiento ó el reposo? En todos los terrestres hallamos una tendencia
al movimiento, cuando nó de otra clase, de gravitacion hácia el centro
de la tierra. Los celestes que hemos podido observar, están todos en
movimiento; y el cálculo de acuerdo con la experiencia nos los
manifiesta sometidos á la atraccion universal: ¿dónde está la
indiferencia para el reposo ó el movimiento, atestiguada por la
experiencia? Mas bien deberemos decir que la experiencia nos atestigua
una inclinacion general de los cuerpos hácia el movimiento.
[159.] Se nos objetará tal vez que esta inclinacion no dimana de
ninguna actividad de los cuerpos, sino que es un simple efecto de una
ley del Criador. Sea en buen hora; pero al menos no se diga que la
experiencia nos presenta los cuerpos como indiferentes para el
movimiento y el reposo; si se quiere, explíquese el movimiento sin
actividad, sosténgase que no hay actividad, no obstante las
apariencias _experimentales_; pero no se diga que estas apariencias
demuestran la falta de actividad.
[160.] Si pongo sobre mi bufete un cuerpo, permanece en reposo, y allí
le encuentro al dia siguiente y le encontraré á la vuelta de muchos
años. El cuerpo sin embargo, no está indiferente para el movimiento ó
el reposo; allí se está quieto, pero va ejerciendo continuamente su
actividad; así lo muestra su presion sobre el bufete que le sustenta.
Este ejercicio es incesante, se le experimenta en todos los momentos,
como lo prueba el que si se le quiere levantar ofrece resistencia, si
se aparta el bufete se cae, si se le pone la mano debajo la comprime,
y hace cambiar de forma los cuerpos blandos sobre que pesa.
[161.] El decir que la atraccion del centro de la tierra obra sobre el
cuerpo, no prueba nada contra la actividad corpórea, antes bien la
confirma; pues que este centro es otro cuerpo, y así quitando la
actividad al uno la damos al otro. Además segun todas las
observaciones, la atraccion es recíproca, y por consiguiente la
actividad atraente se halla repartida entre todos los cuerpos.
[162.] El mundo corpóreo, lejos de ofrecernos una masa inerte, nos
presenta mas bien la apariencia de una actividad que desplega fuerzas
colosales. Colosal es la masa de los cuerpos que se mueven por los
espacios; colosal es la órbita que describen; colosal la velocidad con
que la recorren; colosal la influencia, al menos aparente, que ejercen
los unos sobre los otros; colosal la distancia al través de la cual se
ponen en comunicacion. ¿Donde está la falta de actividad atestiguada
por la experiencia? Raudales de luz inundan los espacios produciendo
en los seres sensitivos los admirables fenómenos de la vision;
raudales de calórico se extienden en todas direcciones y llevan por
todas partes el movimiento y la vida; ¿dónde está la falta de
actividad atestiguada por la experiencia? La vegetación que cubre
nuestro globo, los fenómenos de la vida que experimentamos en nosotros
mismos y en esa muchedumbre de animales que nos rodean, ¿no han
menester de un continuo movimiento de la materia, de un flujo y
reflujo por decirlo así, de acciones y reacciones que los cuerpos
ejercen los unos sobre los otros, en la realidad ó en la apariencia?
Los fenómenos de la electricidad, del magnetismo, del galvanismo ¿no
nos ofrecen mas bien principios de mucha actividad, orígen de
movimiento donde quiera que se hallen, que no objetos indiferentes
para el movimiento ó para el reposo? Las ideas de actividad, de
fuerza, de impulso, nos han sido sugeridas no solo por nuestra
actividad interna, sino tambien por la experiencia del mundo corpóreo
que desplega á nuestros ojos bajo leyes constantes, una continua
variedad de escenas magníficas, cuyo orígen parece indicar un fondo de
actividad incalculable.
[163]. Véase pues cuán sin fundamento se apela á la experiencia para
combatir la existencia de una causalidad corpórea, y cuánto mas
acordes van con dicha experiencia los filósofos que otorgan á los
mismos cuerpos una actividad verdadera. Al señalar los límites de
nuestra intuicion en lo tocante á la causalidad y actividad en sí
mismas (Cap.^s XI y XIII) he dicho lo bastante para que no se crea que
juzgo posible el demostrar metafísicamente la existencia de actividad
en el mundo corpóreo; pero no puedo menos de insistir en que si algo
vale en favor de la causalidad la relacion constante de los fenómenos
en el espacio y en el tiempo, si algo vale la sucesion invariable de
unas cosas despues de otras; es preciso inclinarse á la opinion de que
hay en los cuerpos verdadera actividad: que en un órden secundario se
halla en los unos la razon de las mudanzas en los otros; y que por
consiguiente hay en el mundo corpóreo un encadenamiento de causas
segundas hasta llegar á la primera donde está el orígen y la razon de
todo.
CAPÍTULO XVI.
CAUSALIDAD INTERNA.
[164.] La conciencia nos atestigua que hay en nosotros una verdadera
facultad productiva de ciertos fenómenos internos. Es indudable que
concentrando la atencion por medio de un acto libre de la voluntad,
experimentamos una produccion de imágenes y de ideas. Las obras de
imaginacion, son una muestra irrecusable de nuestra actividad interna.
Las sensaciones nos suministran los materiales en bruto; pero con
ellos levanta la fantasía edificios admirables. Aquella nueva forma
¿quién se la ha dado sino nosotros mismos? Preciso es confesar que si
carecemos absolutamente de actividad, la naturaleza nos alucina
completamente, haciéndonos creer que somos muy activos.
Los simples recuerdos nos ofrecen otra muestra de verdadera actividad.
Nos proponemos pensar en un país que hemos visto detenidamente, y
deseamos recordar sus pormenores: al imperio de la voluntad la
imaginacion se excita y va desplegando á nuestra intuicion las escenas
que viéramos en otro tiempo. Se dirá que estas imágenes ya existian y
que solo ha sido necesario despertarlas, pero no se puede negar que no
existian en acto pues que no teníamos de ellas conciencia actual; y
que para lograr su reaparicion ha sino necesario y _suficiente_ el
imperio de nuestra voluntad. Esta presencia nueva algo añade á su
estado habitual; pues bien, ese algo se ha producido dentro de
nosotros, con solo quererlo.
Es verdad que no conocemos el _modo_ de esta produccion; pero lo
cierto es que la conciencia nos asegura de que sigue inmediatamente á
un acto de nuestra voluntad: y que por tanto tenemos cuando menos un
vehemente indicio, de que con respecto á esas imágenes, hay en
nosotros una fuerza productiva del tránsito de su estado habitual al
actual. Lo mismo se puede decir de todos los recuerdos; y si bien
experimentamos con harta frecuencia que no podemos recordar todo lo
que queremos, esto solo prueba que nuestras facultades activas son
limitadas por ciertas condiciones de que no se pueden libertar.
[165.] Prescindiendo de los recuerdos ¿quién no ha experimentado la
elaboracion de conceptos al meditar sobre una materia? ¿Nuestras ideas
son las mismas cuando comenzamos á reflexionar sobre un objeto, que
cuando hemos meditado sobre él durante largas horas? nó ciertamente. Á
veces no hemos recogido ningun dato nuevo, no hemos leido ningun libro
ni oido ninguna observacion que nos pudiera ilustrar, y sin embargo
por sola la fuerza de la reflexion propia, nos hemos formado ideas
claras y distintas, cuando antes solo las teníamos confusas. Con decir
que las nuevas ideas son el resultado de otras que se hallaban ya en
nuestro espíritu no se prueba que no haya en el entendimiento
verdadera actividad; porque este resultado, sea cual fuere su orígen,
es siempre una cosa nueva; produce en el alma un nuevo estado; porque
ahora sabe perfectamente lo que antes ignoraba del todo, ó conocia muy
en confuso. En una curva la relacion de la subsecante á la secante, y
la de la subtangente á la tangente son ideas geométricas que se hallan
al alcance de los entendimientos mas comunes; así como la semejanza de
los triángulos que se pueden excogitar para comparar unas líneas con
otras, y la aproximacion sucesiva con que la subsecante se acerca á la
subtangente, y la secante á la tangente; pero de aquí á reducir todos
estos elementos á un punto de donde brota con vivísima luz la
admirable teoría del cálculo infinitesimal, hay una distancia inmensa;
¿se dirá que los genios que salvaron esta distancia, no pensaron nada
nuevo, porque tenian en sí los elementos de cuya combinacion resulta
la teoría?
[166.] Si en algunos fenómenos se ve con toda claridad la actividad
productiva, es ciertamente en los actos de la voluntad libre: ¿á qué
se reduce la libertad, si el alma no produce sus voliciones? Si estas
no son mas que fenómenos producidos por otro ser, y en los cuales el
alma no tiene otra parte que el ser sujeto de los mismos, la libertad
no significa nada. Es hasta contradictorio el decir que el alma sea
libre, y negarle al mismo tiempo que sea el principio de sus
determinaciones.
[167.] La simple inteligencia, hasta la mera sensibilidad, y en
general todo fenómeno que implica conciencia, parece ser el ejercicio
de una actividad; y en este sentido llevo explicado (Cap. XII) que
tenemos intuicion de la actividad interna. Si entender, si querer, si
el tener conciencia de que se siente, no son _acciones_, no sé dónde
podremos hallar el tipo de una verdadera accion. El percibir una cosa;
el quererla; el acto imperativo de la voluntad para emplear los medios
que puedan proporcionárnosla son indudablemente acciones: y la accion
es el ejercicio de la actividad. La idea de la vida nos representa la
actividad en su grado mas perfecto; y entre los fenómenos vitales, los
mas perfectos son los que implican conciencia; si á estos no los
llamamos acciones, es preciso decir que no tenemos ninguna idea de
accion ni actividad.
Aunque no conozcamos el _modo_ de la produccion, tenemos conciencia de
esta produccion; tenemos intuicion de la accion en sí misma. Cuando
vemos un movimiento corpóreo, vemos una modificacion pasiva; pero
cuando experimentamos en nosotros los fenómenos de conciencia, vemos
una accion, y por consiguiente tenemos intuicion del ejercicio de
nuestra actividad.
[168.] Aquí se ofrece una objecion. Si los fenómenos internos, son
verdaderamente acciones, ¿cómo es que con tanta frecuencia, son
independientes de nuestra voluntad? Sufrimos dolores, á pesar nuestro;
nos ocupan ideas que quisiéramos desechar; nos ocurren á veces
pensamientos con una instantaneidad y espontaneidad, que mas bien
parecen inspiraciones que fruto de nuestro trabajo; en casos
semejantes, ¿dónde está la actividad? ¿No deberemos decir que estos
fenómenos son puramente pasivos?
[169.] Esta objecion á primera vista tan concluyente, no prueba nada
contra la actividad interna. En primer lugar, podria responderse que
el estar el alma pasiva en algunos casos, no prueba que lo esté en
todos; y que para afirmar la existencia de la actividad interna, nos
basta que haya ciertos fenómenos producidos por ella. Pero ni siquiera
es necesario conceder que la actividad no se encuentra en los casos
que nos recuerda la objecion; pues que examinándolos á fondo se
descubre que aun en ellos, el alma ejerce verdadera actividad.
El nervio de la dificultad consiste en que aparecen en nuestro
interior algunos fenómenos sin el curso de nuestra voluntad, y á veces
á pesar de ella; mas esto solo nos conduce á inferir que hay en
nuestra alma funciones independientes del libre albedrío, sin
obligarnos á creer que estas funciones no sean activas. Con esta
observacion se desvanece la dificultad. Hay en nuestro interior
fenómenos que nosotros no hemos querido, antes que apareciesen, ni
despues; es verdad; luego hay en nuestro interior fenómenos en que el
alma está puramente pasiva; lo niego. La consecuencia es ilegítima; lo
único que se puede inferir es que hay en nuestra alma fenómenos para
cuya aparicion ó conservacion no es necesario el concurso de nuestra
voluntad.
Una cosa semejante experimentamos con respecto al cuerpo: hay
funciones que se ejercen independientemente de nuestro libre albedrío,
como la circulacion de la sangre, la respiracion, la digestion, la
asimilacion de los alimentos, la transpiracion y otras semejantes;
pero las hay tambien que no se ejercen sino por el imperio de la
voluntad, como el comer, el andar, y en general todo lo que se refiere
al movimiento y posiciones de los miembros. ¿Quién prohibe pues que
suceda en el alma una cosa semejante, y que haya facultades activas
que se desenvuelvan, y produzcan varios fenómenos sin el concurso de
la voluntad.
No creo que se pueda replicar nada á esta solucion; sin embargo,
todavía me propongo ampliarla con algunas observaciones sobre el
carácter de los fenómenos en que se quiere suponer que nuestra alma
está puramente pasiva.
[170.] Se habla en la objecion de sensaciones dolorosas, las cuales
efectivamente presentan un caso en que al parecer la actividad no
existe de ningun modo. ¿Quién podria afirmar que un hombre á quien se
le aplica un hierro candente, y que experimenta dolores atroces,
ejerce en aquello mismo la actividad de su alma? ¿no es mas conforme á
razon, el decir que el alma se halla puramente pasiva, y en un estado
muy semejante al de un cuerpo que se comprime por la presion de otro
cuerpo? Actividad, si alguna se ejerce en semejantes casos, es mas
bien de reaccion contra la sensacion dolorosa. Si bien se reflexiona,
en estas observaciones no hay ninguna dificultad cuya solucion no se
halle en lo que acabo de exponer en el párrafo anterior. Convengo en
que la sensacion dolorosa no depende de la libre voluntad del que la
sufre, y que la accion libre de este se ejerce contra la misma
sensacion; pero esto no quita que haya en el alma una verdadera
actividad en el mero hecho de sentir, y sí únicamente que el ejercicio
de esta actividad se halla sometido á condiciones necesarias, las
cuales cuando existen, son mas poderosas para el desarrollo de ella,
que no lo es nuestra voluntad para impedirle. Nada mas cierto que el
desarrollo de ciertas facultades activas, independientemente de
nuestro libre albedrío: ¿qué cosa mas activa que las pasiones
vehementes? y sin embargo, muchas veces nos es imposible dejar de
sentirlas; y es necesario todo el imperio de la voluntad libre, para
que no traspasen los límites de la razon.
[171.] La sensacion en sí misma, no puede ser toda pasiva; y los que
sostienen esta opinion manifiestan haber meditado poco sobre los
hechos de conciencia. Estos hechos son esencialmente individuales; y
en cuanto hechos de conciencia, son absolutamente incomunicables. Otro
puede experimentar un dolor muy parecido y aun igual al que yo siento;
pero no puede experimentar el mismo dolor _numéricamente_ considerado;
porque mi dolor es tan esencialmente mio, que si no es mio no existe.
Luego el dolor no puede serme comunicado como una entidad individual;
y para producirle en mí, lo único que se puede hacer es excitar mi
fuerza sensitiva para que lo experimente.
Esta observacion manifiesta que las sensaciones no pueden ser hechos
meramente pasivos. La modificacion pasiva es _recibida_ toda; el
sujeto paciente _no hace_ nada. Desde el momento que el sujeto tiene
en sí algun principio de su modificacion, no es puramente pasivo. La
sensacion no puede ser _recibida_ toda; debe _nacer_ en el sujeto
sensitivo, por tal ó cual influencia, con tal ó cual ocasion; pero el
ser que la experimenta ha de contener un principio de su propia
experiencia, de lo contrario es un ser _sin vida_; no puede sentir.
[172.] En la objecion se habla de sensaciones dolorosas como si su
necesidad fuera una excepcion de la regla general; pero es de notar
que no hay aquí excepcion ninguna, y que todas las sensaciones, sean
gratas ó ingratas, son necesarias igualmente, con tal que nuestras
facultades sensitivas se hallen bajo condiciones en que pueden
desplegarse. Tan necesario es el sentir dolor en la mano si me aplican
á ella un carbon encendido, como la vista de un cuadro halagüeño, si
me lo ponen delante de los ojos.
[173.] La espontaneidad de los fenómenos internos, en el órden
intelectual puro, ó en el de la imaginacion ó sentimiento, confirma la
existencia de una actividad independiente de nuestro libre albedrío, y
de ningun modo indica que semejantes fenómenos sean puramente pasivos.
Aquí es de notar una circunstancia importante. El ejercicio de las
funciones del alma está ligado con los fenómenos de la organizacion.
La experiencia enseña que segun la disposicion del cuerpo, el espíritu
se siente con mas ó menos actividad: es una verdad conocida de muy
antiguo que ciertos licores generosos tienen su fuerza inspiradora. El
estado de la digestion causa sueños pesados y abruma la fantasía con
apariciones espantosas; la fiebre exalta la imaginacion ó la abate; á
veces produce un aumento de fuerzas intelectuales, á veces causa un
estupor en que la inteligencia se extingue. Estos fenómenos cuando se
presentan en su grado mas alto, como sucede en una fuerte perturbacion
de las funciones orgánicas, ofrecen mas cuerpo á la observacion: pero
esto mismo indica que antes de llegar al extremo hay una extensa
escala; de suerte que algunos fenómenos cuya aparicion espontánea nos
parece inexplicable, dependerán quizás de ciertas condiciones
desconocidas á que se hallara sometida nuestra organizacion. Sea cual
fuere la opinion que se adopte sobre la igualdad ó desigualdad de las
almas humanas, nadie duda de que las diferencias en la organizacion
pueden influir en el talento y en la índole; y que ciertos espíritus
de facultades extraordinarias deben una parte de sus dotes á una
organizacion privilegiada.
De estas consideraciones se infiere que lo que se llama, espontaneidad
del alma, y que tanto llama la atencion de algunos filósofos modernos,
es un fenómeno muy generalmente conocido, que ni destruye la actividad
interna ni nos dice nada nuevo sobre el carácter de esta actividad.
Es cierto que hay en nuestra alma ciertos fenómenos independientes del
libre albedrío; pero tambien es indudable que la presencia de ellos es
á veces inesperada y repentina, porque nos son desconocidas las
condiciones de organizacion con las cuales se encuentra ligada. Esto,
si bien se considera, no es mas que extender á mayor número de casos,
lo mismo que observamos frecuentemente en los hechos psicológicos,
efectos de causas morbosas; y que además experimentamos constantemente
en las sensaciones. ¿Qué es una sensacion, sino una aparicion
repentina de un fenómeno en nuestra alma, por efecto de una alteracion
del estado de los órganos?
[174.] No quiero decir con esto que todos los pensamientos
espontáneos, y en general todos los fenómenos que aparecen
repentinamente en nuestro interior sin preparacion conocida, nazcan de
las afecciones de la organizacion; solo he querido recordar un hecho
fisiológico y psicológico, cuyo olvido puede producir divagaciones
inútiles, y hasta perjudiciales. Al leer las obras de algunos
filósofos modernos que tratan de este punto, parece que se proponen
allanar el camino para sostener luego que la razon individual no es
mas que un fenómeno de la razon universal y absoluta; y que las
inspiraciones, y en general todos los fenómenos espontáneos
independientes de nuestro libre albedrío, son indicios de que la razon
absoluta se aparece á sí misma en la razon humana; que lo que llamamos
nuestro yo, es una modificacion del ser absoluto; y que la
personalidad de nuestros seres no es mas que una fase de la razon
absoluta é impersonal.
[175.] Lo que se llama la espontaneidad, la intuicion de los tiempos
primitivos, no puede ser otra cosa á los ojos de la razon y de la
crítica, que la primitiva enseñanza que recibió de Dios el linaje
humano; todo cuanto dicen en contra algunos filósofos modernos, es una
repeticion, bien que algo disfrazada, de los sofismas de los
incrédulos de todas épocas, presentados bajo engañosas galas por
hombres que abusan de su talento. Léanse con reflexion los escritos á
que aludimos, despójeselos de algunas palabras altisonantes y
enigmáticas, y no se encontrará en ellos nada que no dijeran á su modo
Lucrecio y Voltaire.
CAPÍTULO XVII.
ACLARACIONES SOBRE LA ESPONTANEIDAD.