[85.] El ejemplo que aduce Kant manifiesta la grosería de la idea con

que concibe el carácter de la reunion de las representaciones para

formar un pensamiento total. La unidad del pensamiento, dice, es

colectiva, y puede referirse á la unidad colectiva de muchas

substancias, como el movimiento de un cuerpo es el movimiento compuesto

de todas las partes de este cuerpo.» Aquí se presenta de bulto la

equivocacion de Kant: toma el conjunto de las representaciones por el

pensamiento que se refiere á ellas; así no es extraño que no eche de ver

la unidad implicada en la diversidad, supuesto que esta diversidad haya

de ser pensada.

Para llevar la conviccion hasta el último punto atengámonos al mismo

ejemplo del movimiento; supongamos movido un cubo, y llamemos á sus

ocho vértices A. B. C. D. E. F. G. H; todos se mueven; y el conjunto

de sus movimientos, así como de los puntos que están entre ellos,

forma el movimiento total. En el resultado de este concurso de agentes

¿qué hay de comun? nada, sino la yuxtaposicion en el espacio, y la

relacion que van conservando con la velocidad igual del movimiento.

Pero el movimiento del vértice H. no es el del vértice A, como lo

demuestra el que si suponemos que el vértice A. queda cortado del cubo

y permanece quieto, el movimiento del vértice H. podrá continuar sin

ninguna alteracion; luego los dos movimientos eran cosas absolutamente

distintas. Es evidente que lo mismo se verifica respecto á los demás

puntos; luego la unidad del movimiento compuesto es puramente

facticia; lo que hay realmente es una multiplicidad de substancias y

de movimientos, sin mas lazo que una cosa puramente extrínseca: la

relacion de las posiciones en el espacio.

Troquemos ahora los vértices en representaciones y veamos lo que

resulta. ¿Se las supone existentes sin mas lazo que su coexistencia?

entonces no forman un pensamiento, sino un conjunto de fenómenos que

podrá ser considerado como una _reunion_ de cosas, pero nó como un

pensamiento; en tal caso el conjunto de todas las representaciones

será semejante al conjunto de los movimientos, pero no producirá

ningun resultado para el objeto que nos proponemos. Si á estas

representaciones se les señala un punto de reunion, esto es, la

relacion bajo la cual son percibidas, tendremos ya pensamiento; pero

¿qué semejanza hay entre este acto _uno_, simplicísimo, y la totalidad

de muchos puntos que se mueven?

[86.] Si Kant hubiese querido presentar un ejemplo mas seductor, debía

echar mano de una teoría mecánica, cuya aplicacion al presente caso

ofrecia, si nó mas dificultad, cuando menos una apariencia mas

engañosa: hablo de la resultante de un sistema de fuerzas y de su

punto de aplicacion.

Cuando muchas fuerzas obran sobre una línea, un plano, ó un sólido,

producen un efecto igual al de una fuerza única, que se llama

resultante; la que tiene una direccion determinada, y un punto de

aplicacion, cual si fuera simple, ó si no hubiese dimanado de otras;

¿por qué no se podria aplicar lo mismo al pensamiento? ¿por qué, á

pesar de ser una cosa simple, no podria ser el producto del concurso

de varios agentes? Este ejemplo es mas especioso, porque presenta el

resultado de la composicion concentrado todo en un punto; pero bien

examinado tampoco prueba nada para el caso presente.

La disparidad está en que el pensamiento es un acto simple en sí

mismo, y la resultante de las fuerzas lo es únicamente en su relacion

al efecto experimentado, único que nosotros podemos calcular. Cuando

dos fuerzas se aplican á los dos extremos de una recta inflexible, el

efecto es el mismo que si aplicásemos á un punto de la línea una

fuerza sola igual á la suma de las componentes, y en una distancia del

punto de aplicacion de las mismas, inversamente proporcional al valor

de cada una de ellas. Pero la unidad de este efecto depende de la

cohesion de las partes, que no permitiendo movimientos aislados, debe

hacer refluir la fuerza en un solo punto: mas las fuerzas componentes

no dejan de ser distintas, y de estar separadas, de tal suerte que en

el momento que cesase la cohesion, los puntos respectivos sentirian

cada cual la accion de la fuerza que les corresponde, y marcharian en

la direccion y con la velocidad que esta les imprimiese. Si mientras

dura la cohesion fuese posible dar á cada una de las fuerzas

componentes conciencia de la accion que están ejerciendo, habria dos

conciencias realmente distintas, que no llegarian á formar una

conciencia comun, y que no se reunirian en otra cosa que en la

produccion del efecto. Si el punto á que se aplican tuviese conciencia

de la accion que experimenta, podria tener una conciencia semejante al

de la accion de una fuerza sola, igual á la suma de las componentes,

si desconociese el modo con que se le trasmite la accion de estas;

pero desde que tuviese conciencia de la accion respectiva de las

mismas, sabria que el resultado se debe á la imposibilidad de que cada

una de ellas produjese aisladamente el efecto respectivo. Por manera

que si comparásemos el sujeto pensante á este punto de aplicacion de

las fuerzas, deberíamos atribuirle conciencia de la diversidad de

orígen de las representaciones que concurririan á la produccion del

efecto total.

Se nos objetará tal vez, que por el análisis mismo del ejemplo, hemos

proporcionado el triunfo á los adversarios de la simplicidad del alma;

porque merced á suposiciones arbitrarias, hemos venido á parar á un

efecto simple, inherente á una cosa simple, y todo producido por el

concurso de varios agentes; pero si bien se reflexiona, el pretendido

triunfo nunca habia estado mas lejos que en el último caso á que nos

conduce el análisis de las fuerzas. Porque para llegar á un resultado

simple producido por el concurso de varias fuerzas, necesitamos

tambien un punto simple en el cual se concentre dicho resultado.

Entonces, y precisamente solo porque hemos llegado á esta simplicidad,

podemos prescindir de las fuerzas componentes, y considerar la

resultante en la clase de un efecto simple producido por una fuerza

simple, é inherente tambien á un sujeto simple que es el punto

indivisible, al cual se considera aplicada; luego continuando la

comparacion, deberíamos tambien decir que sea cual fuere el número de

agentes que concurren á la produccion del pensamiento, este reside en

un sujeto simple, en cuyo caso está confesada la simplicidad del alma.

Es verdad que entonces se fingiria un cierto número de agentes que

influirian sobre el alma para producir en ella el pensamiento; pero

una vez producido, ella sola seria el sujeto pensante, á la manera que

el punto indivisible es el solo en que se reune toda la fuerza de las

componentes. Así nuestros adversarios no habrian ganado nada sino el

cargar con la ridícula extravagancia del concurso de agentes, para

venir á parar á una substancia simple pensante, que es lo único cuya

existencia nos proponíamos demostrar.

[87.] Pretende Kant que es imposible el sacar de la experiencia la

unidad necesaria del sujeto pensante como condicion de posibilidad de

todo pensamiento; porque la experiencia no hace conocer ninguna

necesidad, y el concepto de la unidad absoluta se halla en una esfera

muy diferente de la que conviene á este caso. Es cierto que la sola

experiencia no nos hace conocer la necesidad, porque limitándose á

hechos particulares, todos contingentes, no se extiende á la razon

universal de los objetos; pero no se verifica lo mismo de la

experiencia considerada objetivamente, esto es, en cuanto al

conocimiento de las razones generales de las cosas: porque si bien

este conocimiento considerado subjetivamente, como un acto individual,

es un hecho contingente, sin embargo, en cuanto existe, nos representa

verdadera necesidad en ciertos objetos, á no ser que queramos

renunciar á la certeza de todas las ciencias, inclusas las

matemáticas.

Es claro que al hablar del pensamiento y del sujeto pensante, no

podemos desentendernos de la experiencia, pues que nos es imposible

prescindir de la base de todas las investigaciones psicológicas, _yo

pienso_, cuya proposicion expresa un hecho de conciencia, un acto de

experiencia interna; pero con esta experiencia se combina la idea de

unidad en general, es decir de la exclusion de la distincion y

multiplicidad en el acto del pensamiento y en el sujeto pensante. Por

manera que la demostracion de la simplicidad del alma sigue los mismos

trámites que cuantas no se limitan á un órden puramente ideal, y que

por consiguiente se forman de una premisa que contiene una verdad

necesaria, y de otra que consigna un hecho de experiencia. La premisa

necesaria es aquí la misma definicion de la unidad y simplicidad: y la

otra expresa el hecho experimentado, esto es la naturaleza del

pensamiento, tal como lo sentimos en nuestra conciencia.

[88.] De esta suerte, la demostracion de la simplicidad de los seres

pensantes no se limita á los espíritus humanos, sino que se extiende á

todos los sujetos donde se halle el hecho de conciencia. Cuando Kant

nos oponga que no podemos extender esta demostracion porque entonces

salimos del campo de la experiencia, le replicaremos con este

raciocinio: nuestra demostracion se funda en la idea de unidad y en el

hecho de conciencia; la idea de unidad es general, y de consiguiente

vale para todos los casos; el hecho de conciencia es una cosa que se

encuentra en todo ser pensante, pues el pensamiento no es concebible

sin un sujeto que pueda decir _yo pienso_; luego procedemos

legítimamente al extender la demostracion de la simplicidad, á no ser

que se pretenda dar á la palabra _pensar_, una significacion muy

diversa de la que le damos todos, en cuyo caso salimos del terreno

filosófico y entramos en una cuestion de palabras.

[89.] La idea de un ser pensante la hemos debido recibir de la

experiencia que hallamos en nosotros mismos; esta idea la dilatamos ó

la restringimos aumentando ó disminuyendo su perfeccion, pero en el

fondo queda siempre la misma: y no concebimos el pensamiento en otro

ser, sin atribuirle algo semejante á lo que sentimos en nosotros. En

este concepto tiene razon Kant cuando dice que al querer

representarnos un ser pensante, debemos ponernos á nosotros mismos en

lugar del objeto. Segun el mismo filósofo no exigimos para el

pensamiento la unidad absoluta del sujeto, sino porque sin esta unidad

seria imposible decir yo pienso; pues que si bien la totalidad del

pensamiento puede estar distribuida entre muchos sujetos, el yo

subjetivo no puede estar dividido ni repartido, y este _yo_ le

suponemos en todo pensamiento. La proposicion, yo pienso, es el

fundamento sobre el cual la psicología edifica sus conocimientos; esto

lo confiesa Kant, y no se comprende por qué admitiendo que esta

proposicion es la forma de la apercepcion que se liga con toda

experiencia y la precede, dice que no es experimental; como si no

estuviese sujeto á verdadera experiencia tanto el pensamiento como su

forma; cuando si bien se considera, mas bien debe ser experimentada la

forma que el mismo pensamiento, supuesto que este es distinto en cada

caso; mientras la forma es idéntica en todos; porque ella en sí no es

otra cosa, que la conciencia de la unidad, idéntica en medio de la

diversidad.

[90.] Al concebir esta unidad absoluta en el yo, no concebimos una

unidad lógica como pretende Kant; sino una unidad real, supuesto que

permanece la misma realmente entre la variedad del pensamiento. Cuando

enunciamos esta unidad en la proposicion, yo pienso, no hablamos de

una forma en abstracto, comun á todas las percepciones, sino de una

cosa positiva que hay en nosotros, y cuya realidad es indispensable

para que el pensamiento sea posible.

[91.] Dice el filósofo aleman: «esta condicion subjetiva de todo

conocimiento no seria justo convertirla en condicion de la posibilidad

de un conocimiento de los objetos, es decir, en un concepto del ser

pensante en general, atendido que nosotros no podemos representarnos

este ser sin ponernos á nosotros mismos en su lugar, con la fórmula de

nuestra conciencia.» No creo que los psicólogos que han pretendido

poder demostrar la simplicidad del alma, se hayan lisonjeado de llegar

á una idea perfecta de los seres pensantes, ni tampoco negado el que

el tipo de esta idea lo sacamos de nuestra experiencia; lo que han

pretendido es que la razon los conducia á inferir que habia unidad

absoluta de sujeto, donde quiera que hubiese un ser pensante; aunque

su pensamiento perteneciese á una escala mas ó menos perfecta que la

nuestra.

[92.] Cuando Kant observa que el sujeto de la inherencia del

pensamiento está solo indicado de una manera trascendental sin que se

descubran sus propiedades, y que por esto no conocemos la simplicidad

del sujeto mismo, consigna un hecho que en algun modo se puede

admitir, pero saca una consecuencia falsa. Es verdad que no conocemos

la substancia del alma sino por la presencia del sentido íntimo, y por

su relacion con los actos; y que por consiguiente ella en sí misma,

con abstraccion de todos los fenómenos que experimentamos, no nos es

dada en intuicion inmediata, y que cuando llegamos á este punto nos

quedamos reducidos á la idea de un ser simple; pero esta

indeterminacion y vaguedad en el conocimiento de la substancia del

alma, no nos impide el conocer su simplicidad, si esta se halla

atestiguada por el sentido íntimo, y además por la naturaleza de los

fenómenos que nos dan á conocer al sujeto pensante.

[93.] Creerán algunos que la indeterminacion en el conocimiento de la

substancia del alma, es un hecho descubierto recientemente por el

filósofo aleman; pero es fácil probar que este hecho habia sido notado

de muy antiguo, hallándose consignado de una manera muy especial y muy

interesante, en los escritos de Sto. Tomás. Este metafísico eminente

se propone la cuestion de si el alma intelectual se conoce á sí misma,

por su esencia; utrum anima intellectiva seipsam cognoscat per suam

essentiam; y despues de varias consideraciones sobre la inteligencia y

la inteligibilidad de los objetos, la resuelve con las siguientes

notabilísimas palabras. «El entendimiento no se conoce pues á sí mismo

por su esencia, sino por su acto, y esto de dos maneras: en

particular, en cuanto Sortes ó Platon percibe que tiene alma

intelectual, por lo mismo que percibe que entiende: y en universal, en

cuanto consideramos la naturaleza de la mente humana por el acto del

entendimiento. El juicio y la eficacia de este conocimiento de la

naturaleza del alma lo tenemos por derivacion de la luz que nuestro

entendimiento recibe de la verdad divina, la cual contiene la razon de

todas las cosas, segun lo dicho mas arriba; de aquí es que san Agustin

en el libro 9 _de Trinitate_ dice: vemos la inviolable verdad, por la

cual en cuanto podemos, definimos perfectamente, nó cuál es el alma de

cada hombre, sino cuál debe ser, segun las razones eternas. Entre

estos dos conocimientos hay una diferencia; porque para tener el

primero, basta la misma presencia del alma, que es principio del acto,

con el cual el alma se percibe á sí misma, y así decimos que se conoce

por su presencia; mas para el segundo conocimiento dicha presencia no

basta, sino que se necesita una investigacion diligente y sutil, y por

esto muchos ignoran la naturaleza del alma y muchos erraron sobre

ella, por lo cual dice san Agustin en el libro 10 _de Trinitate_: no

se busque el alma á sí misma como para ver una cosa ausente, sino

procure discernirse como una cosa presente; esto es, conocer lo que la

diferencia de las otras cosas, en lo que consiste el conocer su

esencia y su naturaleza[2].

[Nota 2: Non ergo per essentiam suam, sed per actum suum se

cognoscit intellectus noster, et hoc dupliciter. Uno quidem modo

particulariter, secundum quod Sortes, vel Plato percipit se habere

animam intellectivam ex hoc, quod percipit se intelligere. Alio modo

in universali secundum quod naturam humanæ mentis ex actu intellectus

consideramus. Sed verum est quod judicium et efficacia hujus

cognitionis, per quam naturam animæ cognoscimus, competit nobis

secundum derivationem luminis intellectus nostri averitate divina, in

qua rationes omnium rerum continentur, sicut supra dictum est. Unde

August, dicit in 9 de Trini. Intuemur inviolabilem veritatem, ex qua

perfecte quantum possumus deffinimus, non qualis sit uniuscujusque

hominis mens, sed qualis esse sempiternis rationibus debeat. Est autem

differentia inder bes duas cognitiones: nam ad primam cognitionem de

mente habendam sufficit ipsa mentis præsentis, quæ est principium

actus ex quo mens percipit seipsam, et ideo dicitur se cognoscere per

suam præsentiom. Sed ad secundam cognitionem de mente habendam, non

sufficit ejus præsentia, sed requiritur diligens et subtilis

inquisitio. Unde et multi naturam animæ ignorant, et multi etiam cirra

naturam animæ erraverunt. Propter quod August. dicit 10 de Trinitate,

detali inquisitione mentis. Non velut absentem se quærat mens cernere,

sed preæsentem quærat discernere, id est cognoscere differentiam suam

ab aliis rebus, quod est cognoscere quidditatem, et naturam suam. (1,

P. Q. 87 Art. 1.)]

[94]. Aquí es de notar que Santo Tomás admite dos conocimientos del

alma para sí misma: el de presencia, en cuanto la sentimos por lo

mismo que pensamos, «percipit se habere animam intellectivam, ex hoc

quod percipit se intelligere,» y despues otro que es el que sacamos

del análisis del acto intelectual discurriendo por consideraciones

generales, ateniéndonos á la luz que las razones eternas arrojan sobre

este hecho de experiencia; hé aquí pues cómo se hallan explicados en

Sto. Tomás el conocimiento de presencia ó de conciencia contenido en

la proposicion, yo pienso; y el general que es el que se saca del acto

mismo intelectual en sus relaciones con la unidad del sujeto que lo

ejerce: este último conocimiento tiene algo de abstracto, de

indeterminado, nadie lo niega; y cuando Kant nos lo hace notar, no nos

dice nada que no hubiese enseñado el Sto. Doctor cuando afirma

expresamente que el alma no se conoce á sí misma por su esencia sino

por su acto: «non per essentiam suam sed per actum suum.» Todo cuanto

se halla de verdad en la dilatada exposicion de Kant sobre la

limitacion de nuestro conocimiento á los actos de conciencia y sobre

la falta del conocimiento intuitivo de la misma substancia del alma,

del sujeto trascendental del pensamiento, está expresado en aquellas

lacónicas palabras: nó por su esencia sino por su acto.

CAPÍTULO XIII.

COMO LA IDEA DE SUBSTANCIA ES APLICABLE Á DIOS.

[95.] En la idea de substancia, tal como nos la formamos por las cosas

que nos rodean, y por el testimonio de nuestra conciencia, hemos

encontrado la relacion á las mudanzas que en ella se verifican, como

en un sujeto ó recipiente. Pero ya hemos observado tambien, que á mas

de esta relacion, habia la negacion de estar inherente á otro ser,

como las modificaciones lo están á ella; cuya negacion supone una

perfeccion que exime de la necesidad de inherencia á que están

sometidos los seres endebles y transitorios que apellidamos accidentes

ó modificaciones. Como nosotros no conocemos la íntima esencia de las

substancias, ignoramos lo que sea esta perfeccion; pero no podemos

dudar que existe en la misma naturaleza del sujeto, y que es

independiente de las modificaciones que le transforman. Así pues, si

en algo se ha de constituir la esencia misma de la substancia, ha de

ser en esa perfeccion, de que tenemos noticia, mas nó conocimiento

intuitivo; y por tanto, cuando se define la substancia con relacion á

los accidentes, «quod substat accidentibus,» mas bien se la define por

el modo con que se nos presenta á nosotros, que por lo que ella es en

sí misma.

[96.] De aquí resulta, que de las dos definiciones que á veces se

daban en las escuelas, «ens per se subsistens,» un ente subsistente

por sí mismo, «id quod substat accidentibus,» el sujeto de los

accidentes; la primera es la mas propia, porque se acerca mas á

expresar la cosa como es en sí. Aunque sea verdad que nosotros no

conocemos las substancias finitas, sino en cuanto se nos revelan por

los accidentes, y hasta nuestro mismo espíritu no se conozca á sí

propio sino por sus actos, la razon nos dice que las cosas para ser

conocidas, es necesario que existan, y que para que nuestro

entendimiento halle en las mismas algo permanente, es preciso que ese

algo esté en ellas. Nuestro conocimiento no es productivo de sus

objetos; para que sean conocidos, es necesario que existan.

[97.] Estas consideraciones nos manifiestan la posibilidad de que

exista una substancia no sujeta á modificaciones, ni á mudanzas de

ninguna clase; y que esta substancia lejos de perder el carácter de

tal, por su inmutabilidad, le poseeria en un grado mucho mas perfecto.

La perfeccion de la substancia no está en las mudanzas, sino en lo

permanente que encierra; no está en tener una sucesion de

modificaciones inherentes á ella, sino en existir de tal modo que no

necesite estar adherida á otro ser. La substancia que reuniese esa

permanencia, esa perfeccion que le diese fuerza para existir por sí

misma, y que al propio tiempo no tuviese ninguna modificacion, no

experimentase ninguna mudanza, seria la substancia por excelencia,

infinitamente superior á todas las demás. Esta substancia es Dios.

[98.] Ahora es fácil resolver la cuestion, si cuando la idea de

substancia es aplicada á Dios se la entiende en el mismo sentido que

al aplicarla á las criaturas; ó hablando en términos de las escuelas;

si se toma en sentido unívoco ó análogo.

[99.] En la idea de toda substancia entra la de un ser; lo que no

existe, no puede ser substancia. En cuanto concebimos el ser como una

realidad, como contrapuesto á la nada, la idea de ser conviene á Dios

y á las criaturas: Dios es, es decir, Dios es una cosa real, nó la

nada. Pero si de esta idea general, tal como nosotros la concebimos,

en oposicion con la nada, pasamos á su realizacion en los objetos, al

modo por decirlo así con que se la aplica, entonces encontramos la

diferencia que va de lo contingente á lo necesario, de lo finito á lo

infinito. Aunque no vemos intuitivamente al ser infinito, ni la

esencia de los seres finitos, no obstante conocemos con toda evidencia

que la palabra _ser_ aplicada á lo infinito, significa una cosa muy

diferente de cuando se la aplica á lo finito.

[100.] En la idea de substancia entra la de una cosa permanente; esta

permanencia conviene tambien á Dios; el ser infinito es permanente por

esencia.

[101.] En las substancias que nos rodean, hallamos esa permanencia

combinada con la sucesion de las modificaciones que las afectan; estas

mudanzas son imposibles en Dios. Esta cualidad de relacion á las

modificaciones, es característica de las substancias finitas.

[102.] Las substancias no están inherentes á otras, como las

modificaciones lo están á ellas; esta no inherencia conviene tambien á

la substancia divina.

[103.] Las substancias deben encerrar algo en sí que las exima de la

necesidad de la inherencia, que las eleve sobre los seres que se

suceden con tanta rapidez, y que en su existencia han menester siempre

de otro que los sustente; esta perfeccion se halla en la substancia

divina, ser por esencia, piélago de perfeccion.

[104.] Resulta de este análisis que todo cuanto se encierra de

perfeccion en la idea de substancia, puede aplicarse al ser infinito;

y que lo único que de esta idea no se le puede aplicar, es lo que

supone negacion, imperfeccion.

CAPÍTULO XIV.

UNA ACLARACION IMPORTANTE; Y UN RESÚMEN.

[105.] Cuando se dice que la substancia es un ser subsistente por sí

mismo, no se entiende que sea un ser que absolutamente no haya

necesitado de otro para su existencia. El confundir estas dos cosas es

dar pié á una monstruosa confusion de ideas, y nace á su vez de otra

confusion no menos monstruosa, de la relacion de causa y efecto, con

la relacion de substancia y accidente.

Filosofía Fundamental, Tomo IV · 第 9 / 21 段