Estas substancias que existirian sucesivamente, y se trasmitirian sus

conciencias, ¿serian algo distinto del acto mismo de la conciencia ó

nó? si fuesen algo distinto, deberíamos admitir un sujeto de la

conciencia que en sí mismo, y en cuanto sujeto, no estaria sometido á

la intuicion sensible, y por consiguiente podríamos argüir _ad

hominem_ y oponerle á Kant la misma dificultad que él nos objetaba

anteriormente (V. Cap. IX). Si estas substancias transitorias no

fuesen nada mas que el acto mismo de la conciencia, resulta que cuando

deja de existir este acto, nada resta de la substancia; y por tanto

nada queda trasmisible.

La trasmision supone algo que se puede trasmitir: si pues el acto de

la conciencia se trasmitiese, resultaria que él en sí seria algo

permanente, al través de la sucesion de las substancias; y hé aquí una

consecuencia bien extraña á que se hallará conducido el filósofo

aleman con su teoría de las trasmisiones. Todos los psicólogos habian

dicho que la substancia del alma es permanente y que sus fenómenos son

transitorios; ahora por el contrario, tendremos que lo transitorio

será la substancia y lo permanente el fenómeno, esto es, el acto de la

conciencia que se irá trasmitiendo.

[66.] Tal vez se responderá que por trasmision no se entiende

comunicacion de algo constante, sino la simple sucesion de fenómenos

unidos entre sí por un lazo cualquiera; de este modo, suponiendo los

instantes de tiempo A. B. C. D., los actos de conciencia a. b. c. d.

que les correspondan, no serán propiamente idénticos en número, sino

sucesivos, y estarán ligados entre sí. Pero esta réplica con que se

evita el reconocer la permanencia del acto de conciencia, tiene el

inconveniente de no explicar nada, y de hacer incomprensible como en

el instante D. por ejemplo, puede haber conciencia de los actos c, b,

a, y con una irresistible inclinacion á creer que en el fondo hay algo

numéricamente idéntico. Cuando d existe, ya no queda nada de c; no

queda substancia porque por el supuesto ó no hay tal substancia, ó es

una cosa transitoria; no queda acto de conciencia, porque el d es

numéricamente distinto del c, y además hemos visto que no se puede

admitir la permanencia del fenómeno; luego es absolutamente

inexplicable, incomprensible, como en el acto d puede haber la

representacion del c.

[67.] Decir que los fenómenos están ligados con un lazo cualquiera, es

eludir la dificultad con un vano juego de palabras. ¿Qué significa

aquí ligar, qué se entiende por lazo? estas son metáforas que si no

carecen de sentido, deben expresar la permanencia de una _cosa_ en la

variedad de los fenómenos; la ligadura, el lazo, debe extenderse á las

varias cosas que liga y enlaza; luego debe ser _comun_ á todas ellas;

y á esto, sea lo que fuere, que permanece constante en la variedad, lo

llamaremos substancia.

[68.] La simple sucesion de los fenómenos ó actos de conciencia, no

basta para que se vaya trasmitiendo la creencia de la identidad

numérica; si esto bastase, se seguiria que todos los hombres tendrian

conciencia de los actos precedentes de los demás. Sean a, b, dos actos

sucesivos de conciencia: si para que el acto b numéricamente distinto

del a, represente identidad numérica de conciencia, es bastante que el

b suceda al a; como esta sucesion se encuentra entre los actos de

conciencia de distintos hombres, resultará que todos tendremos

conciencia de todos los actos de los demás. Risum teneatis? y sin

embargo consecuencia es absolutamente necesaria; y no puede eludirse

con decir que el tiempo es una forma del sentido interno y que la

sucesion se verifica en cada hombre en su respectivo sentido interno,

y por tanto la sucesion de los fenómenos internos del uno está en un

tiempo, en una forma diferente de la en que se hallan los del otro.

Las palabras sentido interno _respectivo_, forma interna de _cada_

hombre, significan algo, si admitimos en nuestro interior una cosa

permanente; pero si no hay mas que fenómenos sucesivos, entonces la

palabra _respectivo_, expresa un absurdo; porque no hay sentido

interno respectivo si no hay nada á que se pueda referir. Puesto que

el hombre M y el N no serán mas que simple sucesion de fenómenos, y en

_cada_ uno, no hay mas que simple sucesion; tanta razon hay para que

se enlacen los fenómenos de M entre sí, como con los de N; luego si en

los de M hay una comunidad de conciencia, y para esto no hay mas razon

suficiente que la simple sucesion, esta comunidad deberá hallarse en

todos, pues que para todos hay la misma razon suficiente.

[69.] Nótese bien que en toda esta argumentacion prescindo de la

naturaleza de la substancia del alma; y solo me propongo demostrar que

es necesario admitir algo constante en medio de la variedad de los

fenómenos internos, y comun á todos ellos. Llámese á esto, lazo,

forma, acto de conciencia, ó como se quiera; ¿es algo real ó nó? si no

es real, quien lo expresa emplea una palabra vacía; si es algo real,

está confesada la substancialidad del alma, pues que está confesada

una realidad permanente en medio de la variedad de los fenómenos. Los

que admitimos esta substancialidad, no pretendemos que el alma pueda

ser dada en intuicion sensible, ni tampoco que podamos expresar en una

definicion exacta sus propiedades íntimas, prescindiendo de los

fenómenos que en ella experimentamos; lo que decimos es que conocemos

su existencia real, y su permanencia, é identidad numérica, entre la

sucesion y la diversidad de los fenómenos; luego desde el momento que

se confiesa que hay en nuestro interior algo real, permanente,

numéricamente idéntico en medio de la diversidad, se confiesa la

substancialidad del alma que nosotros defendemos. Podrán suscitarse

disputas sobre el carácter distintivo de esta naturaleza; sobre si es

ó nó una fuerza como pretendia Leibnitz, ó si su esencia consiste en

el mismo pensar, como opinaba Descartes; pero estas cuestiones son

ajenas de la que ahora ventilamos; ¿hay algo real y permanente entre

la variedad de los fenómenos internos? sí ó nó. Si no hay algo, la

conciencia de la identidad numérica es absurda: si hay algo, queda

demostrada la substancialidad del alma.

[70.] «Aunque la opinion, dice Kant, de algunos filósofos antiguos de

que todo es transitorio y no hay nada constante en el mundo, no sea

sostenible desde que se admiten substancias, no se la puede refutar

por la unidad de conciencia; porque nosotros no podemos ni aun juzgar

por la conciencia, si como algo, somos ó nó permanentes; porque no

atribuimos á nuestro yo idéntico, sino aquello de que tenemos

conciencia; y así debemos necesariamente juzgar que somos precisamente

los mismos en todas las duraciones de que tenemos conciencia.» Nótese

bien; Kant reconoce expresamente que el juzgar que somos los mismos,

lo hacemos por necesidad; esto es, que la identidad del yo es para

nosotros un hecho de conciencia necesario. Difícilmente se puede hacer

una confesion mas ingenua y concluyente para destruir los argumentos

del filósofo aleman. Si estamos precisados á juzgarnos idénticos, si

esto nos lo dice la conciencia, ¿podremos negar ni poner en duda esta

identidad, si no queremos faltar al hecho fundamental de todas las

investigaciones psicológicas, y por consiguiente caer en el mas

completo escepticismo? Si no es valedero el testimonio de la

conciencia, si no es seguro el juicio á que él nos impele por

_necesidad_, ¿de qué podremos asirnos para no precipitarnos en el

escepticismo mas absoluto? ¿dónde podremos buscar un cimiento sólido

para levantar el edificio de nuestros conocimientos?

[71.] «Pero, continúa Kant, desde el punto de vista de un extraño, no

podemos tener por valedero este juicio, porque no hallando en el alma

otro fenómeno constante que la representacion _yo_, que los acompaña y

los une todos, no podemos jamás decidir si este yo (un simple

pensamiento) no es tan pasajero como los otros pensamientos, que están

respectivamente ligados por él.» En hora buena, no se admita que la

representacion del yo, á pesar de representar esencialmente una

identidad, no es valedera; dígase que aunque transitoria, nos induce

_necesariamente_ á la ilusion de la permanencia; pero sáquense todas

las consecuencias de esta doctrina, y sosténgase que la razon humana

no vale nada, absolutamente nada; dígase que el recuerdo es una pura

ilusion, que aunque por necesidad nos hallamos inducidos á creer que

el pensamiento que tenemos ahora, es un recuerdo de otro pensamiento

anterior, todo esto es pura ilusion; que no estamos seguros de que

haya la relacion de recuerdo, y no sabemos mas sino que en la

actualidad tenemos conciencia de un pensamiento que nos _parece_

ligado con otro anterior; dígase que el valor de los raciocinios es

nulo, porque todo enlace de ideas es imposible si nos falta la

memoria; y si á pesar de que una representacion interna nos produce

por necesidad un asenso, no debemos fiarnos del juicio que la

necesidad nos arranque; dígase que todo cuanto pensamos, todo cuanto

sentimos, todo cuanto queremos, todo cuanto experimentamos en nuestro

interior, no puede servirnos para conocer nada, que estamos condenados

á una impotencia completa de adquirir ninguna seguridad sobre nada; y

que el lenguaje de todo filósofo deberá ser el siguiente: «ahora me

parece esto; tengo conciencia de esto; ignoro todo lo demás;

experimento una necesidad de creer tal cosa, pero quizás esta creencia

será una pura ilusion; nada sé del mundo externo; nada sé tampoco del

mundo interno; todo conocimiento me está negado; yo mismo no soy nada

mas que una sucesion de fenómenos que pasan y desaparecen; una

necesidad irresistible me impulsa á creer que estos fenómenos tienen

un lazo comun, pero este lazo no es nada; pues en desapareciendo un

fenómeno, nada queda de él; si confieso una realidad permanente, sea

la que fuere, ya caigo en la substancialidad del alma, que me habia

propuesto no admitir; todo es ilusion, todo es nada; porque no estando

seguro ni aun de los hechos de conciencia, no estoy seguro de la

ilusion misma.» ¿Quién tiene valor para arrostrar semejantes

consecuencias?

CAPÍTULO XI.

SIMPLICIDAD DEL ALMA.

[72.] En los capítulos anteriores me he ceñido á probar la

substancialidad del alma; para lo cual me bastaba demostrar por el

mismo testimonio de la conciencia, que hay dentro de nosotros una

realidad permanente, sujeto de las modificaciones que experimentamos.

Ahora voy á demostrar que esta substancia es simple.

Para proceder con buen método fijemos el sentido de la palabra,

_simple_. Cuando hay muchos seres reunidos que forman un conjunto, el

resultado se llama compuesto; por manera que hay verdadera

composicion, siempre que hay varios seres substancialmente distintos,

pero unidos con un lazo; este lazo puede ser de diferentes especies,

lo que da orígen á la diversidad de compuestos. La simplicidad se

opone á la composicion, de suerte que la idea de simplicidad excluye

esencialmente la de composicion; y como en esta última se comprende un

_número_ de cosas distintas que se reunen para formar un todo, resulta

que la idea de simplicidad excluye esencialmente la de número de cosas

reunidas, para formar un todo; luego lo simple es propiamente uno, y

hay verdadera simplicidad en una substancia, cuando ella no es un

conjunto de substancias.

Al decir pues que la substancia del alma es simple, significamos que

no es un conjunto de substancias, sino que es una substancia.

[73.] Fijada con exactitud la idea de simplicidad, veamos si conviene

á nuestra alma. Como el alma no nos es dada en intuicion á la manera

de las cosas sensibles, y solo la conocemos por la presencia de

sentido íntimo, y por los fenómenos que experimentamos en el fondo de

nuestra conciencia, debemos examinar estos dos manantiales para ver si

encontramos en ellos la simplicidad.

Es un hecho incontestable que en todos nuestros actos, en todas

nuestras afecciones internas, sentimos la identidad del yo (Cap. VI,

VII, VIII, IX, X). No hay identidad entre cosas distintas; y por

consiguiente el sentido íntimo rechaza desde luego la multiplicidad

del alma. Se dirá tal vez que esta identidad no existe entre las

substancias distintas; pero que una substancia compuesta es idéntica

consigo misma, y que quizás la identidad atestiguada por la

conciencia, no es mas que la identidad de un compuesto consigo mismo;

pero esta réplica se desvanece con solo atender al mismo testimonio de

la conciencia. Lo que sentimos vario y múltiplo, no es el yo, sino lo

que sucede en el yo; pensamos, queremos, sentimos cosas diferentes:

pero la conciencia nos atestigua que quien las piensa, las quiere, las

siente, es uno mismo: el yo. Luego con el solo testimonio de la

conciencia está probada la simplicidad del alma; pues nó de otro modo

se puede explicar cómo sentimos dentro de nosotros esa unidad

permanente entre la muchedumbre de fenómenos que se suceden en nuestro

interior.

[74.] Prescindiendo del testimonio del sentido íntimo y ateniéndonos

únicamente á la naturaleza de los fenómenos internos, se puede

demostrar que el sujeto de ellos es una substancia simple. Si esto no

se verifica, la substancia pensante será compuesta de varias

substancias; veamos lo que resulta en este supuesto. Sean las

substancias componentes tres por ejemplo, que llamaremos A B C: digo

que este conjunto no puede pensar. Para demostrarlo hasta la última

evidencia, tomemos este juicio: el metal es cuerpo; y veamos si es

posible que el conjunto de A B C forme dicho juicio. Supongamos que la

representacion del sujeto metal, se halla en la substancia A; que la

idea del predicado cuerpo, está en la B; y la idea general de la

relacion del predicado con el sujeto, ó la cópula _es_, se encuentra

en C; ¿puede resultar un juicio? nó: de ningun modo. A percibirá el

metal; B el cuerpo; C la idea general de cópula, _es_. Cada una de

estas substancias tendrá conciencia de lo suyo; y como no la tendrá de

la que hay en las demás, no formará juicio, que consiste esencialmente

en la relacion del predicado con el sujeto.

[75.] Si se dice que en cada una de las substancias se halla la

representacion de las tres cosas, tendremos tres juicios, y no

resultará un solo ser pensante, sino tres.

Además, ó cada una de las substancias A B C está compuesta de otras ó

nó; si no está compuesta, es simple, y nos hallamos con una substancia

simple y perceptiva; entonces, ¿á qué poner tres bastando una? si está

compuesta, todavía se aumenta la dificultad: porque supongamos que A

está formada de dos substancias que llamarémos m, n; la representacion

de metal que habia en A, tendremos que distribuirla en m, n, en cuyo

caso lejos de poder llegar á un juicio, no tendremos ni aun sujeto,

pues que no será dable formar la representacion de metal, supuesto que

m, n, se la tendrán repartida.

Si no es posible formar un juicio, ni aun idea de un término, es

evidente que no se podrá raciocinar ni pensar de ningun modo: el

raciocinio implica un enlace de juicios pues que se trata de sacar una

consecuencia ligada con las premisas.

[76.] Los actos de voluntad son tambien imposibles en una substancia

compuesta; no hay voluntad cuando no hay conocimiento; y este como

acabamos de ver, es inseparable de la simplicidad. Pero todavía se

puede esforzar mas la demostracion. El acto de voluntad implica una

inclinacion, tendencia ó llámese como se quiera, hácia un objeto

conocido; supongamos que las dos substancias A, B, que componen la

substancia que tiene voluntad, se reparten entre sí lo necesario para

el acto de querer, de modo que el conocimiento del objeto querido se

halle en A, y la inclinacion ó tendencia esté en B; digo que semejante

acto de voluntad es un absurdo. Para sentir la fuerza de esta verdad

supongamos que se pretende formar un acto de voluntad con el

conocimiento de un hombre y la inclinacion de otro, hácia el objeto

conocido; el puro conocimiento del uno no es acto de voluntad; y la

inclinacion del otro hácia un objeto es imposible, si no tiene

conocimiento del objeto á que se ha de inclinar: esto equivaldria á

poner una relacion sin un punto de referencia. Semejantes

contradicciones debe admitir quien niegue la simplicidad de las

substancias que quieren; porque ó debe repartir entre las partes de

las mismas la inclinacion y el conocimiento, ó debe concentrarlo todo

en una, en cuyo caso las otras están de sobras.

Además, las substancias componentes de la substancia que quiere, ó son

simples ó compuestas: si son simples, hemos llegado á substancias

simples que entienden y quieren; si son compuestas, cada acto de

voluntad será un conjunto de la accion de muchas partes, ¿y qué será

un acto de voluntad que consiste en un conjunto?

[77.] La reunion que nosotros concebimos en substancias distintas es,

ó de yuxtaposicion en el espacio, ó de simultaneidad en el tiempo, ó

de concurso de fuerzas para producir un efecto comun: la yuxtaposicion

en el espacio y la simultaneidad en el tiempo, nada nos dicen para

explicar ni el pensamiento ni el acto de voluntad, ni ninguno de los

fenómenos internos; el concurso de fuerzas para producir un efecto

comun, tampoco puede servirnos para resolver el problema. En este

supuesto deberíamos concebir los fenómenos internos como productos de

una elaboracion á que han concurrido varias substancias: admitamos por

un momento semejante absurdo, tampoco se adelanta nada; porque

entonces preguntaremos ¿dónde reside el fenómeno elaborado: si en

todas las substancias juntas, él en sí, será una cosa compuesta, y la

conciencia del mismo deberá ser tambien una cosa compuesta; ninguna de

las substancias componentes podrá decir _yo_, con respecto á dicho

fenómeno; luego habrá multiplicidad de conciencias. Ahora bien; estas

conciencias se reunirán en un punto para formar una conciencia comun ó

nó. Si se reunen, el punto de reunion deberá ser una substancia simple

so pena de caer de nuevo en la multiplicidad de conciencias; si no se

reunen, las muchas conciencias internas de cada hombre se parecerán á

las conciencias de distintos hombres, cada substancia pensará lo suyo,

sin saber nada de lo que piensa la otra.

[78.] Por fin esta divisibilidad de substancias y de conciencias, ó se

llevará hasta lo infinito ó nó; si lo primero, en vez de un ser

pensante habrá infinitos en cada uno de nosotros; si no se lleva hasta

lo infinito la divisibilidad, vamos á parar á substancias simples con

pensamiento y con conciencia, que es precisamente lo que se proponian

huir los adversarios. La misma divisibilidad infinita no los salva

tampoco de la simplicidad; la division separa las partes pero las

supone distintas; luego la division infinita debe suponer una

muchedumbre infinita de seres simples que hagan posible la division.

CAPÍTULO XII.

EXÁMEN DE LA OPINION DE KANT SOBRE EL ARGUMENTO CON QUE SE PRUEBA LA

SIMPLICIDAD DEL ALMA.

[79.] El argumento con que acabamos de probar la simplicidad del alma

lo apellida Kant el segundo paralogismo de la psicología, y lo propone

en estos términos: «aquello cuya accion no puede nunca ser concebida

como el concurso de muchos agentes, es simple; el alma ó sujeto

pensante, se halla en este caso; luego el alma es simple.» Conviene el

filósofo aleman en que este argumento no es un juego puramente

sofístico, imaginado por algún dogmático, para dar á sus aserciones

una ligera apariencia de verdad; y confiesa que es un raciocinio que

parece desafiar el exámen mas atento y la reflexion mas profunda. Sin

embargo, él se lisonjea de poder reducirle á polvo, manifestando que

este principal apoyo de la psicología racional, es un cimiento falso,

y que por consiguiente todo el edificio de esta ciencia se halla

fundado en el aire.

[80.] Kant observa que el _nervus probandi_ del argumento se halla en

que muchas representaciones no pueden formar un pensamiento, sino en

cuanto están contenidas en la unidad absoluta del sujeto pensante;

«pero nadie, dice, es capaz de probar _por conceptos_ semejante

proposicion. En efecto, ¿por dónde comenzaremos la tarea? La

proposicion: «un pensamiento no puede ser sino el efecto de la unidad

absoluta del ser pensante,» no puede ser tratada analíticamente; la

unidad del pensamiento (y todo pensamiento resulta de muchas

representaciones) es colectiva; y en cuanto á los simples conceptos,

del mismo modo puede referirse á la unidad colectiva de substancias

que contribuyen á producir el pensamiento (así como que el movimiento

de un cuerpo es el movimiento de todas las partes de este cuerpo) que

á la unidad absoluta del sujeto. La necesidad de la suposicion de una

substancia simple no puede por tanto ser conocida por la regla de la

identidad en un pensamiento compuesto; quien conozca la razon de la

posibilidad de los juicios sintéticos _à priori_ tal como la hemos

expuesto mas arriba, no osará afirmar que esta proposicion deba ser

conocida sintéticamente, y perfectamente _à priori_ ó por conceptos

puros.» Esta argumentacion es un puro sofisma que voy á desvanecer á

la luz de la evidencia.

[81.] En primer lugar, no es exacto que todo pensamiento resulte de

muchas representaciones; en la percepcion de una idea simple, por

ejemplo ser, no hay muchas representaciones, luego flaquea por su base

el argumento de Kant; pues que si encontramos un solo pensamiento que

exija simplicidad, la tenemos ya demostrada; si el alma es simple para

un caso no dejará de serlo para los otros.

[82.] Examinemos ahora cómo entra la diversidad de representaciones en

los pensamientos que las admiten. Cuando estas forman lo que se llama un

pensamiento, se reunen por decirlo así en un punto que hace necesaria la

unidad de la percepcion y del sujeto que percibe. En el pensamiento

apellidado juicio, se combina variedad de representaciones, la del

sujeto y la del predicado; pero estas varias representaciones, no

constituyen el pensamiento llamado juicio, sino en cuanto se ofrecen

enlazadas con la relacion, que autoriza para afirmar ó negar el

predicado del sujeto; luego en el fondo de la diversidad hay la unidad,

es decir la relacion; luego el pensamiento con que se percibe esta

relacion es uno, y por tanto la accion de percibir es esencialmente una,

á pesar de la variedad de las representaciones.

[83.] No hay en nuestros pensamientos ningun órden sino en cuanto los

comparamos unos con otros: todos nuestros actos intelectuales se

reducen á percepcion de ideas y á comparacion de las mismas; en la

percepcion hay simplicidad; en la comparacion la hay tambien, pues no

hay comparacion de lo vario, sino en cuanto lo vario se reduce á lo

uno, esto es á la relacion que se percibe en la comparacion. Luego en

todo pensamiento hay unidad; luego el pensamiento no puede ser

concebido jamás como el concurso de muchos agentes; luego queda

demostrada esta proposicion que Kant considera indemostrable: muchas

representaciones no pueden formar un pensamiento, sino en cuanto están

contenidas en la unidad absoluta de un sujeto pensante.

[84.] Presentemos la misma demostracion bajo una forma mas rigurosa;

supongamos que han de concurrir á la formacion del pensamiento tres

agentes A B C: cada parte pondrá su contingente; á la primera

supondremos que le corresponda a, á la segunda b, á la tercera c; el

resultado del concurso será el conjunto compuesto de a b c, esto será

el pensamiento; luego será triple, luego no puede constituir jamás un

punto de comparacion; luego, ó es menester rechazar esta hipótesis, ó

negar el pensamiento. El sofisma de Kant se funda pues en que atiende

solo á la diversidad de las representaciones, y prescinde de la unidad

que siempre se encuentra en la percepcion de esta diversidad; así no

es extraño que en el concepto del pensamiento no encuentre la unidad.

Este concepto lo presenta incompleto ó mas bien falso; nos ofrece el

pensamiento como un conjunto de las representaciones, cuando deberia

ofrecérnosle como un punto simplicísimo en que las representaciones se

reunen para ser percibidas en la relacion que entre sí tienen. La

diversidad de las representaciones no forma un conjunto á la manera de

los objetos sensibles; el pensamiento en que se conoce la relacion de

dos triángulos diversos, no puede ser expresado por la suma de las

figuras de los dos triángulos; es algo diferente de ellas; algo que

está en medio de ellas, que las reune comparándolas, y que hace

confluir su diversidad en la unidad de su relacion.

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