[28.] La identidad de la substancia corpórea bajo sus diversas

transformaciones, tampoco podemos asegurar hasta qué punto continúa.

Los partidarios de la filosofía corpuscular consideran todas las

transformaciones como simples movimientos locales, y todas las

variaciones que vemos en los cuerpos, como simples resultados de la

diferente posicion de las moléculas entre sí. Leibnitz resuelve la

materia en una infinidad de mónadas, que no son los átomos de Epicuro,

pero que conducen tambien á la invariabilidad substancial de los

cuerpos, los cuales segun él, no son mas que el conjunto de

substancias indivisibles llamadas mónadas. Los aristotélicos creian

que de las mudanzas de los cuerpos, unas eran accidentales, como la de

figura, movimiento, densidad, calor, frio etc. etc., otras

substanciales, como el tránsito de la madera á ceniza. Pero en medio

de esta variedad de sistemas, es notable el acuerdo en admitir algo

permanente sujeto de las mudanzas. Con respecto á los atomistas, y á

Leibnitz, es claro que admitian la identidad del sujeto; y por lo que

toca á los aristotélicos, aunque la mudanza que inducia una forma

substancial diferente de la primera, transformaba substancialmente el

ser, de suerte que despues de la mudanza de la forma substancial, no

podia decirse que el uno era substancialmente el otro; no obstante

opinaban que habia un sujeto comun en esas mismas trasformaciones

substanciales, que ellos llamaban _materia prima_. Tan claro, tan

evidente es, que en medio de las transformaciones del mundo corpóreo

hay algo permanente, que se encuentra reconocida esta verdad en todos

los sistemas filosóficos.

[29.] Si esta substancia corpórea es una realidad, como lo es en

efecto, es necesario que no solo exista, sino que sea algo

determinado. A esta determinacion substancial del cuerpo, á esto que

le constituye tal cosa, y que le distingue en su íntima naturaleza, en

su esencia, de todos los demás cuerpos de otras especies, á esto

llamaban los aristotélicos forma substancial; y al sujeto de esa

forma, de esa actualidad, á ese sujeto comun á todos los cuerpos, le

apellidaban _materia prima_, que era una pura potencia, una especie de

medio entre el puro nada, y el ser en acto.

[30.] Sobre estos puntos se ha disputado desde que hay escuelas

filosóficas y es probable que se disputará en adelante; pero siempre

con escaso fruto. Del mundo corpóreo conocemos su existencia,

conocemos sus relaciones con nosotros, conocemos sus propiedades y sus

leyes, en cuanto está sujeto á nuestra observacion; pero á su íntima

naturaleza no alcanzan nuestros sentidos, no llegan nuestros

instrumentos. A medida que adelanta el hombre en sagacidad de

observacion y fuerza y delicadeza de instrumentos, descubre nuevos

misterios, y ve que las barreras que él creía un _non plus ultra_, se

retiran mas allá, en la inmensidad de un océano. ¿Las alcanzará algun

dia? ¿Podrá dar la vuelta á ese mundo científico? ¿Está reservado al

porvenir un conocimiento de la íntima naturaleza del sujeto de esa

infinidad de fenómenos que nos asombran? difícil es creerlo. El

telescopio á medida que se perfecciona, extiende los límites del

universo, y parece caminar á lo infinitamente grande; la perfeccion

del microscopio siguiendo la direccion opuesta, parece caminar hácia

lo infinitamente pequeño. ¿Dónde están los límites? Es probable que el

encontrarlos no es permitido al débil mortal, mientras habita sobre la

tierra. El espíritu humano, tan activo, tan fecundo, se lanza

sucesivamente hácia los dos extremos: pero cuando se lisonjea de

llegar al último confín, siente que algo le detiene antes de alcanzar

el objeto de sus nobles deseos; es la cadena que le une al cuerpo

mortal, y que no le permite el libre vuelo de los espíritus puros.

CAPÍTULO VI.

SUBSTANCIALIDAD DEL YO HUMANO.

[31.] Al considerar las substancias corpóreas, no hemos encontrado la

perfecta unidad; todas cuantas se sujetan á nuestros sentidos se

resuelven en muchas otras, que á su vez son substancias tambien:

resultando que los cuerpos, mas bien son agregados de substancias, que

una sola substancia. La unidad no la encontramos en ellos; nosotros se

la atribuimos, ó en cuanto forman un lazo comun de nuestras

sensaciones, ó en cuanto esas diversas substancias las consideramos

subordinadas á una que las vivifica y dirige. Así las partes de un

cuerpo animado, constituyen una especie de unidad, en cuanto están

subordinadas al principio que las anima.

[32.] De aquí no debemos inferir que la unidad verdadera no existe ni

aun en los mismos cuerpos; si pudiésemos conocer su esencia misma, la

hallaríamos sin duda, ya sea en las mónadas escogitadas por Leibnitz,

ya en otra cosa mas ó menos semejante. Aunque este conocimiento de las

esencias nos falte, sin embargo el raciocinio nos conduce á esta

unidad. Lo compuesto se forma de partes; si este á su vez se compone

de otras, y así sucesivamente, al fin hemos de llegar á algo que no se

descompone: allí está lo indivisible; ó mejor, la verdadera unidad.

Este raciocinio vale, aun suponiendo que la materia es divisible hasta

lo infinito. La divisibilidad hasta lo infinito supondria infinidad de

partes en que se podria dividir: estas partes pues existirian; esos

elementos infinitésimos serian reales, en ellos estaria la unidad.

[33.] Independientemente del mundo corpóreo, encontramos la idea de

substancia, su aplicacion real, su unidad perfecta, en nosotros

mismos, en el testimonio de nuestra conciencia. Esta nos cerciora de

que pensamos, de que deseamos, de que sentimos, de que experimentamos

una infinidad de afecciones, las unas sujetas á nuestra voluntad, y

como hijas de la actividad que hay allá en el fondo de nosotros

mismos; otras independientes de nosotros, que nos vienen sin nuestra

voluntad, á veces contra ella, y cuya reproduccion no está siempre en

nuestra mano.

Ese flujo y reflujo de ideas, de voliciones y sentimientos, tienen un

punto en que se enlazan, un sujeto que los recibe, que los recuerda,

que los combina, que los busca, ó los evita, ese ser de que tenemos

conciencia íntima, que los filósofos han dado en llamar el _yo_. Este

es uno, idéntico bajo todas las transformaciones; y esa unidad, esa

identidad es para nosotros un hecho indisputable, un hecho atestiguado

por la conciencia. ¿Quién seria capaz de hacernos dudar, que el _yo_

que piensa en este momento, es el mismo que pensaba ayer y años atrás?

No obstante la variedad de los pensamientos y deseos; á pesar del

cambio de opiniones y voluntad, y de la oposicion de unos actos con

otros, ¿quién nos quitaria la conviccion profunda, incontrastable, de

que somos nosotros mismos quienes lo experimentamos, de que hay algo

aquí dentro que sirve de sujeto á todo?

[34.] Si en nosotros no hubiese algo permanente en medio de tanta

variedad, la conciencia del _yo_ seria imposible. Entonces no habria

en nosotros mas que una sucesion de fenómenos inconexos, y por tanto

serian imposibles la memoria y la combinacion. El pensamiento es un

absurdo, si no hay algo que piense, permaneciendo idéntico bajo la

variedad de las formas del pensar. En nosotros pues hay un sujeto

simple que todo lo enlaza, en el cual se verifican esas mudanzas; hay

pues una substancia. En ella hay una unidad; esa unidad que no

encontramos en las substancias corpóreas, sino despues de haber

recorrido una serie infinita de descomposiciones, se nos presenta en

la substancia espiritual en el primer momento, como un simple hecho

interno, sin el cual son absurdos todos los fenómenos que sentimos en

nuestro interior, y nos es imposible toda experiencia del mundo

externo. Sin la unidad del _yo_, no hay sensaciones; y sin estas nada

podemos experimentar de los seres que nos rodean.

CAPÍTULO VII.

RELACIONES DE LA PROPOSICION =YO PIENSO=, CON LA SUBSTANCIALIDAD DEL YO.

[35.] Si no admitimos que el alma es substancia, la proposicion _yo

pienso_, carece de sentido. Entonces la filosofía pierde su punto de

apoyo; todo cuanto experimentamos en nuestro interior, es una serie de

fenómenos inconexos, incapaz de ser observada, y de estar sometida á

ninguna regla.

[36.] Mi pensamiento de ahora no es individualmente mi pensamiento de

ayer; como mi pensamiento de mañana, no será mi pensamiento de hoy;

estos pensamientos considerados en sí, con precision de un sujeto en

el cual se hallen, no tienen nada que ver el uno con el otro: quizás

versan sobre objetos sin ninguna relacion, quizás son contradictorios;

quizás el pensamiento de hoy es negacion del de ayer.

[37.] Lo mismo se verifica en todos los pensamientos, en todos los

actos de voluntad, en todos los sentimientos, en todas las

representaciones imaginarias, en todas las sensaciones, y en general

en todo cuanto experimento en mí mismo. Fijando la consideracion en

todas las afecciones internas, sean las que fueren, no veo en ellas

mas que una serie de fenómenos, una especie de rio de existencias que

pasan y desaparecen, unas para no volver, otras para reaparecer de

nuevo en tiempo diferente, y ofreciéndome _expresamente_ esta

diferencia. La reaparicion no es individual, sino de semejanza; esto

es, que la afeccion repetida, no es la misma que antes hubo, sino otra

semejante. Cuando la afeccion vuelve, tengo conciencia de su

actualidad en el momento presente, y conciencia de su actualidad en un

tiempo anterior: esta doble conciencia que constituye el recuerdo, me

hace distinguir entre las dos afecciones, é implica necesariamente el

juicio de que la una no es la otra. La afeccion recordante

(permítaseme la expresion) que se identificase con la afeccion

recordada, no seria recuerdo: una cosa se _presenta_ á sí misma, mas

no se _recuerda_.

[38.] Luego en nuestro interior todo pasa para no volver; el flujo es

real; el reflujo no es mas que aparente; lo que deja de ser, no vuelve

á ser jamás; habrá una cosa semejante, pero nó la misma; lo que fué,

pasó; y el tiempo no vuelve atrás.

[39.] Luego la serie de los fenómenos internos, considerados en sí

solos, y prescindiendo de un sujeto en que residan, es por necesidad

inconexa, y no hay medio para subordinar sus términos á una ley ni á

ningún lazo.

[40.] Sin embargo esta ley existe en todos nuestros actos

intelectuales; una razon sin leyes que la gobiernen, es el mayor de

los absurdos; este lazo se encuentra en todas nuestras afecciones: el

flujo de ellas, con su distincion y sus diferencias y semejanzas, es

un hecho presente á nuestro interior, hecho al cual estamos sometidos

como á una condicion primitiva é indeclinable de nuestra existencia.

[41.] La proposición: _yo pienso_, incluyéndose en la palabra _pensar_

todas las afecciones internas, no se refiere tan solo á fenómenos

aislados, sino que implica por necesidad un punto en que se enlazan,

al cual llamamos el _yo_. Si este punto no existe, si no es uno, si no

es idéntico, el pensamiento de hoy no tiene ningun lazo con el de

ayer: siendo dos cosas distintas, que se hallan en tiempos diversos, y

que quizás son contradictorias: cuando hoy digo _yo pienso_ y entiendo

decir que este _yo_ es el mismo de la proposicion, _yo pensaba ayer_,

mi lenguaje es absurdo; si no hay mas que los puros fenómenos, los dos

pensamientos sin un punto de enlace, el _yo_ no es nada, no puedo

decir _yo pensaba_, _yo pienso_; debo decir _habia_ pensamiento, _hay_

pensamiento. Si entonces se me pregunta, _dónde_, en _quién_, deberé

responder que no hay dónde, que no hay quién; deberá negar el

supuesto, y limitarme á repetir: _habia_ pensamiento, _hay_

pensamiento.

[42.] Para decir _yo_, es necesario suponer una realidad permanente:

realidad, porque lo que no es real es nada; permanente, porque lo que

pasa desaparece, deja de ser y no puede servir de punto para unir

nada.

CAPÍTULO VIII.

CONSIDERACIONES SOBRE LA INTUICION QUE EL ALMA TIENE, Ó PUEDE TENER, DE SÍ

MISMA.

[43.] La realidad permanente _del yo_, considerada en sí misma y

prescindiendo de las cosas que pasan en ella, es un hecho que sentimos

en nuestro interior, y expresamos en todas nuestras palabras. Si á

esta presencia, esta experiencia íntima, se la quiere llamar intuicion

del alma, nosotros tenemos intuicion de nuestra alma. Esta intuicion

se halla reproducida en todas las intuiciones particulares, y en

general en todas las afecciones internas; porque si bien son fenómenos

aislados, implican la intuicion del _yo_, por lo mismo que implican

conciencia de sí propio.

[44.] La misma variedad de los fenómenos aislados, lejos de probar

nada contra la unidad de la intuicion del _yo_, la confirma hasta la

evidencia. Si concebimos un pensamiento solo, fijo, idéntico, no

necesitamos tanto de unirle la idea de un sujeto en que resida; pero

cuando hay muchedumbre de fenómenos diversos, y aun contradictorios en

su coexistencia, debemos referirlos á una cosa constante, so pena de

convertir el mundo interno en un caos absoluto.

[45.] Hay pues cierta intuicion del alma en sí misma; esto es, hay una

presencia de sentimiento de su unidad entre la muchedumbre, de su

identidad entre la diversidad, de su permanencia entre la sucesion, de

su duracion constante entre la aparicion y desaparicion de los

fenómenos. O es necesario admitir esto, ó renunciar á la legitimidad

del testimonio de toda conciencia; lo que produciria el escepticismo

mas completo que ha existido jamás, extendiéndole á los dos mundos

externo é interno.

[46.] Encontramos pues que los conceptos indeterminados de _ser_,

_unidad_, _permanencia_, _sujeto de modificaciones_, se hallan

realizados en nuestro interior: esta realizacion nos la asegura la

conciencia, y nos la confirma el análisis lógico de la serie de los

fenómenos en sus relaciones con un punto de enlace.

[47.] _Ser_, _uno_, _permanente_, _sujeto de modificaciones_, incluye

todo cuanto se encierra en la idea de substancia finita: esto lo

encontramos en el alma, con la experiencia lo sentimos, nos afecta

íntimamente; si á esto se lo quiere llamar intuicion, la tenemos de la

substancialidad del alma.

[48.] El sujeto pensante no solo se siente á sí propio, sino que se

conoce como un objeto real, al cual aplica por medio de la reflexion

las ideas indeterminadas de ser, unidad, permanencia, sujeto de

modificaciones. Luego el alma puede ser un verdadero predicado en

proposiciones que tengan el doble apoyo de la conciencia y de la

lógica.

[49]. Puede preguntarse si nosotros tenemos otra intuicion del alma

que la que acabamos de explicar; á esto respondo que nó, mientras

estamos en esta vida; pero pregunto al mismo tiempo, si es cierto que

en esta materia haya otra intuicion posible, que la del sentido

íntimo. Acostumbrados á las intuiciones sensibles que implican la

extension en el espacio, preguntamos ¿qué es el alma en sí misma? y

parece que no quedamos satisfechos porque no vemos su retrato.

Abstrayéndonos del órden de la sensibilidad, levantándonos á la esfera

intelectual pura, ¿quién sabe si podríamos decir que no hay otra

intuicion del alma que la que tenemos ahora; que ella, en sí misma, en

su entidad una, simple, es esta misma fuerza que sentimos; que esta

misma fuerza es el sujeto de las modificaciones, que es la substancia,

sin que sea preciso excogitar otro fondo muerto digámoslo así, en que

resida esta fuerza? ¿por qué la misma fuerza no podrá ser subsistente?

¿por qué debemos imaginar otro _substratum_ en el cual se apoye? Y si

esto fuese así, si fuese aplicable á la substancia del alma lo que

pensaba de todas las substancias el gran Leibnitz, haciendo consistir

la idea de substancia en la idea de fuerza, ¿por qué no podríamos

decir que la presencia de sentido íntimo, la conciencia de sí propia,

es toda la intuicion que el alma puede tener de sí misma?

[50]. Me preguntais qué _es_ el alma separada del cuerpo, qué sentirá

de sí, qué conocerá de sí, cuando se hallará _sola_. ¿Acaso en la

actualidad no siente y no conoce _sola_? ¿Acaso los órganos de que se

vale, sienten ni piensan? ¿Sabe por ventura de qué manera se sirve de

ellos, ni sabria que se sirve de ellos, sino por la experiencia? ¿No

se halla sola en las profundidades de su actividad, con sus

pensamientos, con sus actos de voluntad, con sus sentimientos, con su

alegría, con su tristeza, con sus placeres, con sus dolores? En hora

buena, dígase que tal vez no nos formamos ideas bastante claras del

_modo_ de conciencia que tendremos de nosotros mismos despues de esta

vida; dígase que quizás son posibles otras intuiciones de nosotros

mismos; pero no se pinte como una cosa inconcebible el alma sola:

dejadme el pensamiento, la voluntad, el sentimiento, todo presente en

lo íntimo de mi conciencia; para hallarme á mí propio, no necesito

mas: dadme comunicacion con otros seres que me afecten ó á quienes yo

afecte, que me trasmitan sus pensamientos y sus voluntades, que me

causen placeres ó dolores, y no necesito nada mas para tener un mundo

que concibo muy bien: me falta el conocimiento de la calidad de los

pormenores, nó de su posibilidad: el alma muda de estado, nó de

naturaleza.

CAPÍTULO IX.

EXÁMEN DE LA OPINION DE KANT SOBRE LOS ARGUMENTOS CON QUE SE PRUEBA LA

SUBSTANCIALIDAD DEL ALMA.

[51]. Los argumentos psicológicos en favor de la substancialidad del

alma, son meros paralogismos en la opinion de Kant, y si bien prueban

una substancia ideal, no pueden nunca conducir á una substancia real.

Este filósofo, á mas de las razones con que ataca la prueba

psicológica de la substancialidad del alma, tenia una personal, que

era muy poderosa para él, atendida la flaqueza del corazon humano: ó

debía poner en duda la substancialidad del alma, ó consentir en la

ruina de todo su sistema. «Seria, dice, un grande, y hasta el único

escollo de toda nuestra crítica, la posibilidad de demostrar _à

priori_ que todos los seres pensantes son substancias simples, y que

por consiguiente tienen necesariamente la personalidad y la conciencia

de su existencia separada de toda materia; porque de este modo

habríamos dado un paso fuera del mundo sensible, habríamos entrado en

el campo de los _noumenos_, y nadie nos disputaria el derecho de

desmontar este terreno, de edificar en él y tomar posesion del mismo,

segun que lo permitiria la fortuna de cada uno» (Dialéctica

trascendental, libro 2, cap. 1).

[52.] En concepto de Kant, el primer paralogismo de la psicología pura

en favor de la substancialidad del alma, es el siguiente. «Aquello

cuya representacion es la _substancia absoluta_ de nuestros juicios, y

que no puede servir de determinacion á otra cosa, es substancia. El

_yo_, como ser pensante, es la substancia absoluta de todos sus

juicios posibles, y esta representacion de sí mismo no puede ser el

predicado de otra cosa; luego el yo como ser pensante, es substancia.»

En estos términos presenta en la primera edicion de su _Crítica_ el

discurso psicológico que se propone combatir; en la segunda edicion,

queriendo ser mas claro, ó quizá mas obscuro, expresa el mismo

raciocinio en otros términos. «Lo que no puede ser concebido sino como

sujeto, no existe sino como sujeto, y por consiguiente es substancia;

es así que el ser pensante, considerado simplemente como tal, no puede

ser pensado sino como sujeto; luego no existe sino como tal, es decir,

como substancia.» Preciso es confesar que si la psicología no tuviese

expositores mas claros que Kant, y en sus demostraciones hubiese de

emplear las formas de que se vale este filósofo en los pasajes que se

acaban de ver, haria muy escasos prosélitos, por la sencilla razon de

que pocos entenderian su lenguaje. Estoy seguro que la mayoría de los

lectores no queda convencida por los silogismos favorables á la

substancialidad del alma, tales como los presenta Kant: de este modo

la posicion del filósofo es muy ventajosa, porque debe probar que no

tiene fuerza un argumento, cuya fuerza en verdad no se ha sentido.

Pero supongamos que un filósofo se digna descender del olimpo de las

abstracciones incomprensibles, y no se desdeña de hablar el humilde

lenguaje de lo mortales, presentando el argumento psicológico bajo una

forma mas sencilla, ¿quién sabe si la conviccion producida seria algo

mas difícil de destruir? ensayémoslo.

[53.] Por substancia entiendo un ser ó una realidad permanente, en la

cual se verifican diferentes modificaciones, continuando ella idéntica

á si misma. Es así que en mi interior hay esa realidad, que

permaneciendo idéntica, tiene variedad de pensamientos, de actos de

voluntad, de sentimientos, de sensaciones, como me lo atestigua la

conciencia; luego esto que hay en mi interior es substancia.

Creo que se puede desafiar á todos los filósofos del mundo, á que

señalen en este silogismo una proposicion falsa, ni dudosa, ó indiquen

un vicio en la consecuencia, si no quieren ponerse en abierta

contradiccion, por una parte con el testimonio de la conciencia, y por

otra con todas las leyes de la razon humana.

[54.] Pretende Kant que el raciocinio en favor de la substancialidad

del alma no es concluyente, porque las puras categorías, y por

consiguiente la de la substancia, no tienen absolutamente ningun valor

objetivo, sino en cuanto son aplicadas á la diversidad de una

intuicion sometida á las mismas; esto es, que el concepto de

substancia es una pura funcion lógica que no vale nada ni significa

nada objetivamente, sino en cuanto se refiere á cosas sensibles; y que

tan pronto como sale de la esfera de la sensibilidad, no puede

conducir á ningun resultado. Es evidente que la substancialidad del

alma no puede ser objeto de la intuicion sensible; y por consiguiente,

aplicar al alma la idea de substancia es extender el concepto mas de

lo que permite su naturaleza. Menester es confesar que el raciocinio

de Kant es concluyente, si se admiten sus principios; y en esto

tenemos una prueba de la necesidad de combatir ciertas teorías que á

primera vista parecen inocentes por estar en el mundo de las

abstracciones, pero que en realidad son funestísimas por los

resultados á que conducen. Tal es el sistema de Kant sobre la falta de

valor objetivo de las categorías puras; y por esto le he combatido

(Lib. IV, Cap. XIII, XIV, XV, XVI, XXI, XXII) demostrando: 1.° Que los

conceptos indeterminados y los principios generales que en ellos se

fundan, tienen un valor objetivo fuera del campo de la experiencia

sensible, con respecto á los seres que de ningun modo están sujetos á

nuestra intuicion. 2.° Que no es verdad que solo tengamos intuicion

sensible; pues que conocemos intuitivamente un órden intelectual puro,

superior á la esfera de la sensibilidad. Con esta doctrina queda

arruinado el argumento de Kant, porque se deshace el fundamento en que

estriba.

Filosofía Fundamental, Tomo IV · 第 6 / 21 段