poblaban la imaginación de D. Faustino. Á veces veía la muerte cercana,
como si él se resbalase en el borde de una sima, como si ya fuese
cayendo en un abismo obscuro. Por un lado gozaba de amargo deleite al
presentir la paz, el sosiego, el aniquilamiento que le aguardaba.
Parecíale que se disolvía en un mar infinito; que se unía para siempre
con lazo de amor á todos los seres; que la guerra, la lucha, el egoísmo
terminaban. Por otro lado, sentía acerbo dolor de ver que se borraban su
individualidad y hasta su nombre del libro de la vida. Se le antojaba
que se hundía, que se iba á fondo en el piélago de la existencia, sin
dejar rastro, ni huella, ni memoria de haber pasado. Toda aquella
armonía poética de su alma, todos aquellos conceptos divinos que allí
habían germinado, iban á desaparecer, sin despertar eco alguno, sin
abrirse y manifestarse á la luz del día. Al caer en el abismo obscuro,
veía D. Faustino á Costancita, que sonreía graciosamente y le llamaba á
sí, y le brindaba con el amor purísimo de los ángeles, de que hablaba su
carta. D. Faustino quería asirle la mano para que le detuviese; pero
Costancita la retiraba con terror, temiendo que su amante la arrastrase
en su caída. Etelvina, entre tanto, bailaba con maravillosa
desenvoltura, cantaba cancioncillas francesas muy alegres y se burlaba
de todo. El Marqués de Guadalbarbo acudía por otra parte,
exclamando:--¡Qué feliz soy! ¡Mucho me ama Costancita!--D. Faustino
envidiaba su felicidad.
Los recuerdos de Villabermeja, de la Nava, de Rosita, de doña Ana, del
ama Vicenta, acudían en tumulto en otras ocasiones á perturbar la mente
del Doctor, combinándose de mil maneras á cual más fantásticas. La
medida que tiene el tiempo en el mundo real escapaba á la comprensión
del herido; pero ya advertía vagamente que había pasado tiempo bastante,
cuando creyó percibir, como realidad y no como vana fantasía, que le
tomaban la mano, que le miraban con miradas muy tristes, y hasta que le
decían algunas palabras de consuelo el padre Piñón y Respetilla.
Después volvió el letargo; después se hizo más intenso el delirio
febril.
La figura de la coya y la imágen de María se confundieron en un solo
ser, en un solo espectro, que venía á sentarse á la cabecera de la cama
del Doctor, que le cuidaba, que le besaba y posaba sobre su frente
calenturienta una mano suave y amorosa.
Más tarde tuvo el Doctor una visión de mayor dulzura y consuelo. Fué
como si viese su propia alma, la pura esencia de su ser, que, limpia por
el dolor de toda mancha, tomaba forma celestial de portentosa hermosura.
Era una virgen en la primera flor de su lozana juventud. Sus ojos azules
parecían el zafir oriental de serena alborada; su cabellera rubia, oro;
su sonrisa, las santas esperanzas de otra vida mejor; su talle, esbelto
y cimbreante, pimpollo del paraíso; sus mejillas, rosas nacidas en otro
clima más apacible y en más genial y grata primavera. El Doctor se
reconocía á sí propio en aquella visión, en aquella imágen viva. Todos
sus ensueños poéticos, que jamás habían adquirido forma adecuada con el
ritmo y cadencia del verso y del lenguaje; todo lo sano de su filosofía,
exento ya de dudas y de horribles negaciones; toda la virtud de su
voluntad, sin vacilación, sin egoísmo y sin incertidumbre, todo se había
condensado, había tomado cuerpo, se había determinado en aquel
sobrehumano espectro. La virgen, ora fuese ensueño, ora realidad, le
miraba con inefable ternura, y D. Faustino, como si fuese ella su propia
alma, la amaba más que á sí propio, y todos sus pensamientos iban á
ponerse en ella.
Imaginaba D. Faustino que, no bien aquella virgen penetraba en su
estancia, cuando la embalsamaba toda un casto perfume de santidad y de
tranquila beatitud, que traía salud y descanso, y que era harto distinto
del _oppoponax_ de doña Etelvina.
Otras veces veía D. Faustino en aquella visión á su genio bueno, al
ángel de su guarda. Blanca estola cubría sus airosas espaldas y su
virgíneo seno, y de sus espaldas brotaban alas transparentes teñidas de
clara luz y tornasoladas, como el ópalo, con azul, carmín y nácar. No
andaba ella: se deslizaba en el ambiente, alzándose del suelo. El
espíritu del Doctor volaba hasta alcanzarla, y parecía que ella se
remontaba al empíreo con el espíritu del Doctor, y que ambos penetraban
juntos en la morada de los bienaventurados: en un yermo ideal, cubierto
de perennes flores, donde sonaba dulcísima y siempre nueva y encantadora
melodía, y por donde vagaban santas mujeres, piadosos penitentes, sabios
llenos de fe profunda, filósofos que no renegaron jamás, héroes,
mártires, videntes y poetas inspirados, los cuales enseñaron á los
hombres los caminos de la virtud y de la verdadera gloria.
Poco á poco, con el transcurso del tiempo, se fué despejando la mente de
D. Faustino. La niebla, al través de la cual los ojos de su espíritu y
los ojos de su carne se diría que veían las cosas, fué desvaneciéndose y
perdiéndose.
La conciencia acudió de nuevo á D. Faustino, y con ella la intensidad de
los dolores físicos, su debilidad, su miserable estado. Horrible
angustia se apoderó de su alma. Temió haber perdido los deliciosos
ensueños para no ver ni comprender más que una realidad espantable.
Aunque sus ojos estaban secos, llegaron á brotar de ellos dos lágrimas,
que corrieron lentamente por sus hundidas mejillas, en ligero declive,
por hallarse el enfermo tendido boca arriba y con la cabeza levantada en
alto por dos ó tres almohadas. Casi al través de aquellas lágrimas
percibió el enfermo con indecible júbilo, junto á él, con todas las
condiciones de lo real, en un ambiente sin nube ni niebla, á la joven
con quien creía haber soñado. Tenía su propio rostro; era más que su
retrato, si bien revestido de ideal belleza, radiante de juventud,
iluminado de santidad, lleno de inocencia y de puros, inmaculados
esplendores.
Haciendo un esfuerzo, con apagada y bronca voz, dijo entonces D.
Faustino:
--¿Quién eres?
--Irene, soy Irene,--contestó la joven con voz blanda, que sonó en el
alma del doliente como música del cielo.
No bien pronunció aquel dulce nombre entró en el cuarto otra mujer. El
Doctor la vió claramente. Se le había despejado la cabeza. Había
recobrado el uso de todas sus facultades mentales. Aquella mujer era
hermosa aún; pero su vida austera y consagrada á la mortificación, sus
padecimientos morales y los estragos de las grandes pasiones, habían
encanecido sus negros cabellos y marcado su frente con algunas precoces
arrugas. Era María.
El Doctor lo comprendió todo.
--¡Hija del alma!--exclamó--¡María! ¡Esposa!--añadió luego.
Ambas mujeres se inclinaron sucesivamente sobre la cama y besaron las
hundidas mejillas de D. Faustino, recomendándole, por amor de Dios y de
ellas, que permaneciese sosegado.
La patrona, doña Candelaria, estaba de enhorabuena hacía más de una
semana. Todos sus antiguos huéspedes, que pagaban mal, ó poco y tarde,
se habían ido, echados por ella, y en cambio tenía de huéspedes al padre
Piñón y á Respetilla, y lo que es más importante, al rico capitalista D.
Juan Fernández de Villabermeja, con su sobrina doña María y su preciosa
hija la señorita doña Irene, y unos cuantos criados, que apenas cabían
en la casa.
D. Juan Fernández de Villabermeja, á quien todos llamaron después en su
lugar D. Juan Fresco, había adoptado como hija á su sobrina María. Ésta
y su hija Irene habían vivido con él en América, hasta que, hacía poco
tiempo, habían vuelto á Europa y viajado por Italia, Alemania,
Inglaterra y Francia. En París estaban ya cuando recibieron, desde
Madrid, un telegrama del padre Piñón, parecido al que recibió el padre
Piñón del doctor Calvo. Toda aquella familia tomó al punto el
ferrocarril y se vino á esta corte, alojándose en la pobre é incómoda
casa de huéspedes, á fin de velar y cuidar á D. Faustino López de
Mendoza.
María é Irene acudieron con alborozo á ver al tío Juan, después del
reconocimiento, y le dieron aquella nueva de estar despejada la mente de
don Faustino, como señal cierta de su mejoría. D. Juan Fresco aparentó
creer en la mejoría, á fin de no apesadumbrar más á sus sobrinas; pero
en su interior tuvo por mal síntoma el restablecimiento de las
facultades mentales.
Cuando vino el doctor Calvo, y después que vió al enfermo, D. Juan
Fresco habló á solas con él.
El Doctor Calvo le dijo:
--Sr. D. Juan, siento tener que dar á V. la razón. La desaparición del
delirio es un mal síntoma. Acabo de ver á D. Faustino. Me temo que ha
entrado ya en el tercer período de la enfermedad, del cual pocos salen
con vida. Su semblante está más alterado y muy pálido; sus ojos,
espantados y muy abiertos; dilatadas las pupilas; el pulso, más débil y
frecuente; la transpiración, pegajosa, y cascada y seca la tos. Mucho me
temo que esta vuelta del juicio ha sido para que venga la agonía. En la
cara del Sr. D. Faustino empiezan á pintarse todos los rasgos que
caracterizan lo que llaman los médicos _mors peripneumonicorum_.
Afligidísimo D. Juan Fresco, tuvo que preparar á María y casi
descubrirle toda la triste verdad. Ella la recibió con dolor profundo,
pero con la devota resignación de un alma cristiana, bien templada y
probada por mil pesares y disgustos.
La hija del bandido, aunque había llegado á ser, ó por lo mismo que
había llegado á ser una riquísima heredera, y aunque tenía una hija, á
quien deseaba legitimar y dar un ilustre apellido, no había osado pensar
hasta entonces en el matrimonio; ni siquiera había querido buscar de
nuevo á su amante. Temía que éste, arrastrado por la ambición, impulsado
por el orgullo, agitado por otras pasiones, se hastiase de ella luego
que le diese la mano como legítimo esposo. Temía que el espíritu de ella
y el de D. Faustino, que por un fanatismo de amor creía ligados con lazo
estrechísimo, como dos mitades de una existencia completa, si rompían en
la vida presente el vínculo que formasen, se vieran condenados también á
un eterno divorcio en la vida futura.
Todo esto había retraído hasta entonces á María hasta de soñar con ser
la mujer de D. Faustino López de Mendoza.
Ahora no vaciló un instante en dar su mano al moribundo. Llamó al padre
Piñón y le confió todos sus planes.
Exaltada la mente de D. Faustino con la celestial aparición de su
hermosa hija, con la vuelta y el reconocimiento de su _amiga inmortal_,
y con ciertas vislumbres de la eternidad, á cuyas puertas él mismo
conocía que se hallaba, columbrando ya la luz de sus inefables
misterios, volvió á tener fe y volvió á sentir la dulzura consoladora de
las religiosas esperanzas. D. Faustino volvió á ser cristiano como
cuando niño.
Hallando el padre Piñón tan bien dispuesto á D. Faustino, dió las
gracias al Altísimo, y oyó la confesión de su amigo y paisano,
absolviéndole de sus culpas.
Pocas horas después comulgó fervorosamente D. Faustino, y en seguida,
siendo testigos ó hallándose presentes D. Juan Fernández de
Villabermeja, el doctor Calvo, Respetilla, doña Candelaria é Irene, casó
el padre Piñón, provisto del indispensable permiso, á D. Faustino y á
María, celebrándose y solemnizándose aquellas tristes bodas con el
llanto de todos.
[Imagen decorativa]
CONCLUSIÓN
Quiso la suerte, ó más bien quiso el cielo en sus inexcrutables
designios, que contra todas las probabilidades, contra todos los
pronósticos de la ciencia, la vida de D. Faustino se salvara. Vencida la
crisis mortal de la inflamación de la pleura, que también había afectado
los pulmones, la herida se cicatrizó con rapidez, uniéndose del modo que
convenía los tejidos vulnerados. El restablecimiento fué pronto y
completo.
Diez y seis meses después de las tristes bodas, en el mes de Octubre del
año siguiente, apenas si nadie recordaba ya la larga y peligrosa
enfermedad de D. Faustino, su herida y el misterioso lance en que la
había recibido.
Entonces, sin embargo, no era ya D. Faustino un sujeto obscuro é
ignorado, sino un personaje de mucho viso y lustre. Sus riquezas, ó
dígase las de su tío y de su mujer, prestaban brillo, realce y
notoriedad á todas sus buenas prendas.
D. Faustino, con poco más de cuarenta y cinco años, parecía joven aún y
era buen mozo y elegante. En sus cabellos rubios no se descubría una
cana. Vestía con primor y esmero, y sin afectación alguna.
Cuando paseaba en la Fuente Castellana, con su bellísima hija al lado,
en soberbios caballos ingleses, que él y ella manejaban muy bien, ambos
excitaban la admiración y el aplauso de los concurrentes á aquel sitio.
La magnífica casa en que vivían estaba abierta á un círculo de gentes
distinguidas, entre quienes empezaba ya á cobrar D. Faustino fama de
gran poeta y hasta de sabio.
Rosita, en quien la compasión de ver tan humillado á D. Faustino había
mitigado antes el rencor antiguo, volvió á sentirle de nuevo al ver á
don Faustino tan encumbrado y tan dichoso; y la felicidad y el triunfo
de María la Seca, de la hija del bandido, su aborrecida rival, la
atormentaron con envidia devoradora.
En la generalidad de las gentes podía más, sin embargo, la simpatía y el
amor hacia la familia del capitalista D. Juan Fernández de Villabermeja,
que la envidia de su bienestar y opulencia. Así es que las noticias,
difundidas por Rosita, de que María era hija de un bandido, lejos de
causar daño á María, le prestaron cierto encanto novelesco, pasmándose
todos de su discreción, de su saber, de la nobleza de su carácter, y de
cómo, desde origen tan humilde, desde el lodo en que nació, había sabido
elevarse, limpia y pura de toda mancha, salvo la de haberse entregado en
su mocedad á D. Faustino, movida por un amor invencible, lo cual no
había alma generosa que no perdonase, y mucho más al ver á Irene, cuya
hermosura, candor y claro entendimiento eran perpetuo asunto de los
mayores encomios.
Irene, si era adorada de los hombres, aun era más estimada de las
mujeres. La ausencia de toda coquetería hacía que no la mirasen como una
rival. Su religiosidad profunda, su disgusto del mundo sin amargura ni
acritud, y su amor á las cosas del espíritu, la apartaban de toda
vanidad mundana y de las galanterías y vulgares amores, elevando al
cielo sus pensamientos, de donde se diría que, al volver á su alma,
bañaban su rostro divino en reflejos como de luz increada.
María, su madre, ya hemos dicho que conservaba aún su belleza; pero la
austeridad de sus costumbres, los recuerdos de su pecado, los
pensamientos que despertaban en su mente la vida criminal de su padre y
su muerte trágica, todo concurría á despojarla de aquella ligera
afabilidad, de aquella alegría graciosa, de aquel trato fácil y ameno,
que son el principal encanto del amor, y por donde la mujer, ajena ó
propia, seduce, cautiva y rinde al marido ó al amante. Su amor hacia don
Faustino era más fervoroso, más sublime, más fuerte que nunca; pero no
era el amor á quien siguen ó rodean los juegos, las risas y las gracias,
sino el amor severo, metafísico, casi ultramundano, hijo de la Venus
Urania, consagrado por el deber y encadenado con un vínculo religioso.
María, además, se hallaba muy quebrantada de salud. Si bien en la
sociedad procuraba, y lo conseguía, estar muy amable y no mostrar nada
en su espíritu ni en su carácter que causara extrañeza, en la intimidad
de su familia tenía prodigiosos éxtasis y arrobos, como si su espíritu
volase muy lejos de ella á esferas misteriosas y distantes. Ni siquiera
á su marido se atrevía ella á confiar sus ideas; pero dejaba entrever
que imaginaba hablar con los espíritus, que recordaba casos de otras
existencias pasadas, y que tenía, despierta, algo parecido á las lúcidas
intuiciones del sonambulismo: lo que llaman _segunda vista_. Tristes
presentimientos agitaban su corazón; mal reprimidos suspiros brotaban á
veces involuntariamente de sus labios; las lágrimas solían nublar sus
ojos de pronto, sin ningún aparente motivo.
El Doctor Faustino, á pesar de todo, amaba entrañablemente á María. Su
amor de padre por Irene era más ferviente aún; pero el Doctor Faustino
no era feliz tampoco. Con frecuencia, en lo más oculto de su mente, se
dolía de no haber muerto el día en que reconoció á su hija y le dió su
nombre.
Los coches, los caballos, la casa lujosísima, todo el bienestar y el
dinero de que gozaba, eran debidos á la generosidad de D. Juan Fresco;
él no había sabido ganarlos con su ingenio, con su actividad, con su
saber y con su trabajo. Esto le tenía avergonzado y confuso. La terrible
pregunta _¿Para qué sirvo?_ le atosigaba de continuo, y más aún la
terrible respuesta: _No sirvo para nada_.
Su ambición, ardiente aún, y menos satisfecha que nunca, era para él un
tormento incesante. Aun había tiempo de satisfacerla. Ahora, sin tener
que pensar en los apuros pecuniarios, con dinero bastante, podía
poetizar, filosofar, escribir, mezclarse en los negocios políticos,
hacerse elegir diputado. El Doctor, no obstante, tenía miedo de acometer
cualquiera empresa. Si salía mal, no podría achacar el mal éxito á su
falta de recursos, y el desengaño sería más cruel y más duro.
La fe religiosa, que en lo más grave de su enfermedad, en el período
crítico, cuando estuvo próximo á la muerte, había venido á consolarle,
habíase de nuevo apartado de su alma. El Doctor volvió á dudar mucho y
á negar más; imaginó que aquella vuelta á las antiguas creencias había
sido efecto de su debilidad y de su postración; tal vez de la larga
dieta; tal vez de la violenta calentura.
Entre tanto, mientras que su entendimiento, su discurso, su dialéctica
dudaba ó negaba, su alma afectiva y su fantasía de poeta seguían
presentándole mil sistemas, doctrinas ó teorías, que le agitaban con el
deseo ó con el temor de que fuesen verdaderas. Ya en el centro de su ser
creía columbrar lo infinito, lo divino, lo absoluto, de que estaba
sediento; ya lo divino le parecía difundido por las entrañas mismas del
universo todo, á quien prestaba su vida y su armonía. En suma, el Doctor
ya era místico, ya era teósofo, aunque en ciernes y sin decidirse.
Sus raciocinios le llevaban á lamentarse ó á burlar de las alucinaciones
de su mujer respecto á espíritus y á existencias pasadas; y sin embargo,
hasta aquellas mismas creencias, que despreciaba, destruían la
tranquilidad de su mente. En sueños, dormitando á veces, á veces bien
despierto, cuando tenía los nervios sobrexcitados, en el silencio de la
noche, después de larga vigilia, el Doctor veía á su mujer y á la coya
confundidas en una. Entonces le parecía acordarse de cuando él fué
guerrero y estuvo en el Perú, y allí la enamoró. Y luego suponía que
ella, en el orden moral, había adelantado mucho, encaminándose á la
perfección, y que él se iba quedando muy atrás, por más que María le
tendía la mano, le alentaba, le guiaba, quería llevársele consigo á más
altas esferas y á gozar de condición más noble.
Cuando estaba sereno, cuando sus nervios se habían calmado, á la clara
luz del día, el Doctor se mofaba en su interior de aquellos delirios,
pensando que su mujer estaba medio loca y que por momentos le comunicaba
la locura.
La jovialidad de D. Juan Fresco; sus chistes, que todos le reían, en
particular después de haber comido en su casa, pues tenía buen cocinero
y mejores vinos; el sereno pensar con que aquel bermejino modelo
comprendía y ordenaba en su mente los seres todos; la firmeza de su
carácter y de sus principios, y el buen tino y la seguridad con que
cuidaba de su hacienda y la acrecentaba, todo esto era antipático para
D. Faustino, y, sin envidiarlo le vejaba y rebajaba bastante.
D. Juan Fresco preveía, allá en su interior, que aquellas cosas, que
harto bien iba él trasluciendo, no podían tener término muy dichoso;
pero no les hallaba remedio y se afanaba por retardar el mal cuanto
fuese posible, procurando consolarse ya de él como si hubiera sucedido.
La afición de D. Juan Fresco á los bermejinos le indujo á convidar á
Respetilla á que viniese á pasar un mes en Madrid para que viese bien
cuanto de notable encierra la corte. Cuando Respetilla había estado la
otra vez, nada había disfrutado ni visto, á causa de la enfermedad de su
amo. Ahora que estaba en Madrid de nuevo, D. Juan Fresco se deleitaba en
ser su _cicerone_. Hizo que el mejor sastre de Madrid le vistiese de
levita, y le compró en casa de Aimable un sombrero de copa alta, que
Respetilla llamaba _gavina, chistera, colmena_ ó _castrosa_. La
admiración de Respetilla por todos los objetos y el modo que tenía de
considerarlos, encantaban á D. Juan. Mucho gustó á Respetilla la
Historia Natural; el Palacio le pareció enorme; el Museo de Pinturas no
le divirtió nada, y donde más gozó fué en los toros y en los bailes del
teatro de Rivas, viendo _El Descendiente de Barba Azul y Brahma_.
Aquellas _niñas_ tan ligeras y tan ligeramente vestidas, la luz de
bengala, la bajada de Barba Azul del castillo con toda su comitiva, los
quitasoles y el dragón chinesco, le traían maravillado. Las _niñas_, sin
embargo, eran lo que más le complacía; pero Respetilla hacía ya muchos
años que se había casado con Jacintica, la antigua criada de Rosita, de
quien tenía la friolera de nueve hijos como nueve becerros; tenía además
muchísimo cariño y muchísimo miedo á su mujer, y ni de pensamiento
siquiera se atrevía á cometer la menor infidelidad. Así es que, si por
acaso y no reflexionándolo, se dejaba entusiasmar por las _niñas_ un
poco más de lo justo, luego se le presentaba en la mente la figura de
Jacintica toda enojada, y se desataba en vituperios y en injurias contra
las bailarinas, como si fuese un Catón cristiano, ó mejor diremos un San
Pacomio.
Respetilla vió también y admiró en casa de sus amos, donde entraba ella
como modista, á su antigua novia Manolilla, pasmándose de que se llamara
doña Etelvina, y con cierto orgullo de haber estado en relaciones con
persona tan cabal y de cuenta. Los trajes de doña Etelvina; sus bellos
colores, rosa de Venus legítima, de la que usaron Lais, Tais y otras
_heteras_ de Corinto, Atenas y Mileto, y el perfume que ella exhalaba,
no ya de _oppoponax_, sino de otra esencia más rica, llamada
_stephanotis_, eran circunstancias que tenían absorto y boquiabierto á
Respetilla, como si soñase mil portentos; mas ni por esas, y no porque
respetase á doña Etelvina, sino porque respetaba á la ausente Jacintica,
madre de los nueve, se atrevió Respetilla á propasarse, sino que, de
acuerdo ya con su apodo se limitó á decir cuatro cuchufletas á la
modista elegantona, quien, al fin, por lo singular y peregrino del
lance, por estar Respetilla muy gracioso con su levita y su _chistera_,
y por los dulces recuerdos de la juventud y de la patria, hay quien
sostiene que se le mostraba menos arisca que mansa, y más cocida ó frita
que cruda.
D. Faustino, en cambio, aunque harto poco disculpable, fuerza es
confesarlo, no estuvo con Costancita tan firme, no fué tan honrado como
su antiguo escudero. El _amor purísimo de los ángeles_, que Costancita
había propuesto y recomendado en su carta, se le guardó D. Faustino para
su mujer y para su bendita hija; pero la Marquesa de Guadalbarbo
perturbaba todo su ser, despertaba en su corazón una tempestad de
pasiones. Costancita misma, irritada por los nuevos obstáculos que entre
ella y su primo se levantaban, celosa y envidiosa del bien de María, más
enamorada que nunca, no soñando ya con el idilio, sino con el drama
vehemente, rompió todo freno, y con otra astucia, con otro cálculo, con
el mayor recato y disimulo vió y habló á D. Faustino en sitio que ella
imaginaba que nadie averiguaría.
El Marqués de Guadalbarbo, si bien creyendo á pie juntillas en la
inocencia de su mujer, vivía muy sobre aviso desde la noche de la
sorpresa; pero ya Costancita estaba escarmentada, y fueron
extraordinarias sus precauciones. El Marqués no se percató de nada.
Ni siquiera los maldicientes, que están siempre atisbando, á fin de
averiguar y referir la crónica escandalosa, tuvieron el menor indicio
del caso.
Desde que empezaron aquellas misteriosas citas, el Doctor se halló
atormentado, inquieto al lado de María. Sentíase indigno, se
avergonzaba de su doblez, de sus mentiras y de su ingratitud; pesábanle
más en el corazón su pobreza y su incapacidad, y las riquezas y el
desprendimiento generoso de D. Juan Fresco.
La _segunda vista_, la perspicacia espiritual de María, de nada valió
para descubrir aquel secreto infame. Su enamorado espíritu entraba ó
creía entrar en lo más oculto del alma de su marido; pero entraba tan
lleno de confianza, de veneración y de afecto, que todo lo veía
hermoseado por una luz pura, y no percibía lo feo y lo deforme.
Atribuyendo María las tristezas del Doctor á noble ambición contrariada
y á la especie de humillación de verse pobre, siendo ricos su tío y
ella, empleaba los medios más delicados y discretos para realzar aquel
ánimo abatido, para darle esperanzas de que sería dichoso en cuanto
emprendiese, para hacerle creer que de él dependía subir á la cumbre del
poder y de la gloria, y para persuadirle sobre todo de que él era, en
absoluto, y singularmente para ella, de tanto valor y de tan gran ser, y
de precio tan inestimable, que no necesitaba de victorias, ni de
triunfos, ni de aplausos mundanos, á fin de corroborar, y mucho menos de
acrecentar en sí tan reconocidas excelencias.