exacerbando sus remordimientos; pero el atractivo y la diabólica
fascinación que ejercía sobre él Costancita, podían más que todo. D.
Faustino amaba, reverenciaba, adoraba á María como algo santo,
celestial, suave, sereno y puro, y buscaba, no obstante, á Costancita,
arrastrado por el delirio de los sentidos, por el demonio de la vanidad
y del orgullo, y hasta por el aguijón punzante de los celos, temeroso
siempre de que si él la dejaba, ella pudiese querer á otro, aunque no
fuese sino por despecho.
Mucho hubieran durado así las cosas, sin descubrirse nada, si el Doctor
no hubiese tenido un enemigo vigilante, astuto y cada día más enconado
contra él y contra su mujer. Este enemigo era Rosita.
Los lazos que la unían al general Pérez se habían estrechado cada vez
más. Rosita dominaba al conquistador tremebundo; le tenía sujeto,
avasallado, cambiado de león en cordero. Si ella le consultaba á veces
sobre los moños, vestidos y adornos que debía ponerse, él la consultaba
sobre la política. De ella dependía, pues, que el Ministerio durase ó
cayese, que hubiera ó no otro nuevo pronunciamiento, que cambiase de
Constitución ó de forma el Estado. En España todo lo podía la tropa; con
la tropa todo lo podía el general Pérez; con el general Pérez, Rosita.
De esta suerte, en virtud de tan irrefutable sorites, consideraba
Rosita que todo dependía de ella. Ella era la Aspasia de aquel Pericles
flamante.
En medio de tanta gloria, la afrenta que le hizo el Doctor y la
rivalidad de María vivían en su corazón, á pesar de los años
transcurridos, y se le corroían como un cáncer.
Como el General no tenía secretos para ella, llegó á decirle hasta el
mal rato y el picón que le dieron Costancita y el Doctor, protestando
que si él había pretendido á Costancita, había sido con intento de
burlarse de ella y de rebajar su orgullo.
Informada Rosita de aquellos amores, suponiéndolos más adelantados de lo
que estaban entonces, les siguió la pista con encarnizamiento, sagacidad
y sigilo. Supo que doña Etelvina había sido la doncella de Costancita, y
conjeturó que no podría menos de ser la persona de toda su confianza
para ciertos negocios, dado que los hubiese. Bien estimó ella que sería
difícil, ya que no imposible, que doña Etelvina, por desalmada que
fuera, hiciese á sabiendas traición á su ama. No procuró, por lo tanto,
ganarse la voluntad de doña Etelvina, sino la de su principal ayudanta y
confidenta la señorita Adela, la cual, por lo mismo que doña Etelvina
andaba siempre tan atareada, era la que acudía á casa de Rosita con
modas y trajes.
Ganada del todo la señorita Adela, á fuerza de presentes y obsequios,
nada ocurría en casa de doña Etelvina que Rosita no supiese. Así pasó
más de un año sin que Rosita averiguase lo que deseaba averiguar; mas,
por último, premió sus afanes el diablo.
La señorita Adela se impuso, á pesar del recato con que se hacía, y
transmitió en seguida á Rosita su gran descubrimiento, de que la
Marquesa de Guadalbarbo iba á casa de la Etelvina, ó bien muy de mañana,
ó bien al anochecer, entre dos luces, y que allí veía al Doctor, que la
aguardaba.
Rosita, prodigando entonces el oro, sobornó á la señorita Adela, y la
comprometió á introducir á una persona en casa de la Etelvina y á
ocultarla en lugar conveniente para que, sin ser vista de nadie, pudiese
ver á los amantes en una de sus citas.
Luego la hija del escribano usurero escribió á María un anónimo,
revelándole la traición de su marido y ofreciéndole _generosamente_ los
medios de cerciorarse de ella.
El día, la hora, el momento de la cita llegó, según la señorita Adela
tenía averiguado.
Costancita hubo de quejarse del poco cariño, de la tibieza del Doctor.
Se mostró celosa de María: dijo que María era más querida que ella.
Embriagado el Doctor por las fascinadoras miradas, por la coquetería
infernal, por la elegancia, por la hermosura aristocrática y por la
juventud inmarcesible de su prima, le aseguró que respetaba á su mujer,
pero que no la amaba; que casi la odiaba por su causa.
El Doctor confirmó tan abominable aserto con un abrazo.
Entonces creyó oir cerca de sí, penetrando en su pecho como agudo puñal,
un sollozo desgarrador y ahogado.
Se apartó lleno de espanto, de los brazos de Costancita; buscó
rápidamente, y nada vió en el cuarto en que estaban. Abrió la puerta por
donde habían entrado, y nada vió tampoco. Abrió, en fin, otra
puertecilla que daba á otro cuarto interior, que también tenía salida al
corredor, y encontró vacío el cuarto y la puerta de salida cerrada con
llave. Interrogó á doña Etelvina sobre las personas que había en casa, y
doña Etelvina dijo que no había nadie, salvo la señorita Adela, porque
las oficialas se habían ido ya todas. La señorita Adela era además muy
de fiar y no sollozaba nunca por tan poco. La señorita Adela,
interrogada á su vez por doña Etelvina, sostuvo que nadie había entrado
en casa; que ella estaba al cuidado de todo, y que los criados se
hallaban en la cocina para evitar que se enterasen de aquellos asuntos.
Costancita decidió entonces que lo del sollozo, que ella no había oído,
era una locura del Doctor. El Doctor acabó por persuadirse de lo mismo.
Desde aquel día en adelante la tristeza de María fué siendo más honda y
persistente. Aunque no exhaló la menor queja contra D. Faustino, D.
Faustino vió á las claras que todo lo sabía. Á pesar de su excepticismo,
no hallando modo natural de explicárselo, el Doctor imaginó que no era
vana la _segunda vista_ de María; que su espíritu, desprendiéndose del
organismo, al cual sólo por un hilo de flúido eléctrico quedaba anudado,
volaba donde quería y atravesaba los muros y penetraba en los más
ocultos lugares. El sollozo que él había oído y que no había oído
Costancita, le pareció un ¡ay! del alma, un gemido espiritual que
arrancó á María de lo hondo de su ser la horrible frase de que él casi
la odiaba.
¿Qué satisfacción, qué disculpa, qué palabra de consuelo podía dar D.
Faustino á su mujer si en efecto lo sabía todo, fuese como fuese?
El Doctor se limitaba, pues, á estar más amable, más dulce, más rendido
que nunca con ella; pero no intentó explicación ni satisfacción alguna.
María no se daba por entendida del agravio.
Por último, María cayó postrada en cama con una gravísima enfermedad.
Sentía en el lado del corazón más calor que de ordinario, y una opresión
y una fatiga muy grandes. Le pesaba algo dentro del pecho. Á veces le
daban vahídos. Parecíale luego que le apretaban las entrañas. La
atormentaban incesantes angustias. El pulso, débil, era desigual y
precipitado; la respiración, fatigosa y entrecortada de lastimeros
suspiros.
Su severa y majestuosa hermosura resplandecía más, á pesar de las muchas
canas que blanqueaban su negra cabellera, porque sus ojos tenían más
luz, más viveza que en su estado normal, y porque ardiente carmín daba
color á sus mejillas.
De repente solían acometerle fuertes palpitaciones, que imprimían á su
seno dolorosas sacudidas: se diría que llegaban á oirse por los que
estaban cerca los latidos violentos é irregulares de su corazón
inflamado. De repente también parecía suspenderse el movimiento del
corazón, y la enferma caía en un desmayo. Siempre, con todo, conservaba
María su razón despejada; más bien que turbarse ó anublarse, su
entendimiento mostraba lucidez maravillosa, como si fuese una luz, una
llama á la cual se acercan substancias combustibles.
El doctor Calvo prescribió dieta, reposo, bebidas refrigerantes y
sinapismos en los pies; apeló á la homeopatía, y ordenó _ignatia_,
_pulsatila_ y ácido fosfórico. No se atrevió á ordenar sangrías ni
sanguijuelas, por medio de la debilidad de la paciente. Al fin confesó á
D. Juan que el mal no tenía remedio en lo humano.
Realizándose los desconsoladores pronósticos del doctor Calvo, María,
cumplidos ya todos sus deberes de cristiana, estaba próxima á expirar,
atendida por su tío y su hija, los cuales reprimían mal el llanto.
D. Faustino, sombrío, mudo, sin lágrimas en los ojos y con negra pena en
el pecho, estaba de rodillas, junto á la cabecera de la cama. No se
atrevía á tomar una mano de la moribunda. Apenas si se atrevía á
mirarla. Lleno de horror y de vergüenza, inclinaba al suelo los ojos.
María hizo un esfuerzo supremo. Miró á su marido con tan benévola
mirada, con tan santa sonrisa, con unos ojos tan dulces y tan llenos de
perdón y de amor celestial, que D. Faustino la miró también sin
atormentador sonrojo y henchido de gratitud y de arrepentimiento.
Después, con mayor esfuerzo, María alargó la mano á su marido, que la
tomó entre las suyas y la cubrió de besos respetuosos. Las lágrimas de
D. Faustino, que habían estado como hielo hiriéndole por dentro, se
liquidaron entonces, y brotaron de sus ojos, y bañaron la mano de María.
Con desfallecida voz, con voz muy baja, que nadie sino él pudo oir,
entrando clara y distinta por los sentidos en su alma, dijo ella de esta
suerte:
--Lo sé todo; lo he visto; lo he oído. Te oí decir que me aborrecías;
pero nunca pude creerlo. Lo dijiste en un momento de locura. Yo te
perdono, Faustino; yo te amo. ¡Yo te bendigo! Ámame. No te atormentes
creyéndote culpado. Vive para nuestra hija. ¡Es tan pura, tan noble, tan
santa, tan angelical! Es el lazo de nuestras almas. Viviendo para ella,
vivirás para mí. Por ella estamos más ligados que nunca. No hay entre
nosotros divorcio eterno, sino eterno consorcio. Te espero allí
arriba...
Sin más perceptibles suspiros, sin convulsión ni gesto, con dulzura
inefable, más que como separación dolorosa, como tránsito feliz, cual
cautivo que recobra la libertad, el espíritu de María abandonó en aquel
instante su cuerpo hermoso. Aquel corazón fatigadísimo se había rendido
al cansancio; había ido poco á poco moderando su impulso: se dilató al
perdonar, y no tuvo fuerzas para contraerse de nuevo, impulsando la
sangre por las arterias. La circulación cesó para siempre.
D. Faustino, mientras estuvo embelesado, bajo el encanto poderoso de
aquella voz amada, simpática, que le perdonaba y le bendecía, abrió su
alma á todas las esperanzas, pensó en el cielo: creyó en el perdón de
Dios y en su infinita misericordia; juzgó que él mismo sabría perdonarse
al fin, y columbró el camino de la perfección, del que se había
extraviado, y consideró posible volver á él venciendo los obstáculos con
varonil perseverancia.
Muerta María, ahogada su voz, extinguida la antorcha que le guiaba, las
antiguas é inveteradas especulaciones surgieron de pronto en el ánimo de
D. Faustino.
--Si he cometido una infamia, si soy un miserable--dijo para sí--, y si
hay una vida eterna, eternamente me lo estaré echando en cara. No me
limpiaré la mancha. Será un infierno sin redención. Si persiste mi
individuo, persistirá el egoísmo, que es la esencia de la
individualidad. ¡Ah, no! Lo malo, lo egoísta, lo impuro, debe morir. Lo
inmortal, lo eterno, lo divino soy yo, es María, es todo, en lo que
tenemos de bueno. Ella no era egoísta; ella era todo devoción y
sacrificio. Como se entregó á mí un día, así se ha entregado á la muerte
ahora, por completo, toda ella. ¿Qué ha de quedar de ella en otra vida?
Ella se dió toda. Dios la recibió en su seno. Ella se perdió en la
absoluta esencia.
Miró luego el Doctor con ojos enjutos y fijos el cadáver de María. Vió
aquellas formas bellas aún: las imaginó destruídas, feamente
destrozadas, cayendo en pútrida disolución. Un súbito ataque nervioso se
siguió á tan crueles pensamientos, no dulcificados ya por el bálsamo de
las creencias.
El Doctor rompió en una aterradora carcajada.
Acudieron á él su hija y D. Juan; pero fué tarde. El Doctor corrió hacia
su alcoba, que estaba contigua. Su hija y D. Juan le siguieron. Sobre
una cómoda había un revólver. D. Faustino le tomó antes que su familia
llegase. Se metió el cañón en la boca, afirmándole contra el paladar, é
hizo fuego.
La muerte fué instantánea. D. Faustino cayó por tierra sin movimiento.
Irene, de rodillas, con los ojos levantados al cielo, pedía perdón para
todos, impetrando la clemencia divina.
D. Juan Fresco estaba trastornado, conmovido espantosamente,
horrorizado, á pesar de su frescura.
* * * * *
Refulgente de inocencia, en medio de tantos horrores, Irene, disgustada
del mundo, se decidió á buscar un asilo al pie de los altares. Su alma,
toda entregada á Dios, no era capaz de compartir los efímeros y falsos
goces de este mundo con ningún espíritu encarnado en cuerpo humano.
Serafinito la amaba. Serafinito, que estaba en Madrid estudiando leyes,
tenía por Irene una verdadera adoración. Irene le amó sólo como á un
hermano.
La pena del excelente y candoroso Serafinito y las observaciones y
ruegos de D. Juan no bastaron á persuadirla para que cambiase de
propósito.
D. Juan Fresco y Serafinito llevaron á Irene á Avila, á los dos meses de
muertos sus padres, y allí se encerró ella en el convento de San José,
fundado por Santa Teresa. No bien pasó el noviciado, Irene tomó el velo
y profesó de carmelita descalza, trocando gustosa por la aspereza
penitente de aquella austera vida el regalo y el mimo con que había sido
criada.
* * * * *
Tal fué la triste historia que me contó D. Juan Fresco, cuando no estaba
presente Serafinito, para que no le diese una congoja.
La moral que D. Juan Fresco sacaba de todo el relato, era que esta
educación del día forma muchos hombres vanos, presumidos, ambiciosos,
llenos de mil planes absurdos, que es lo que él llama _ilusiones_, y sin
firme creencia en nada, y sin energía ni para el bien ni para el mal.
--En el día--exclamaba,--los doctores Faustinos abundan:
_Terra malos homines nunc educat atque pusillos_, según cantaba el poeta
satírico.
D. Juan, no obstante, ora sea porque había cobrado afición á D.
Faustino, ora porque fuese cierto, sostenía que el Doctor había sido
hombre de natural nobilísimo y generoso, aunque viciado por una perversa
educación y por el medio en que había vivido.
* * * * *
Un día, estando yo en Villabermeja, fuí á visitar la iglesia con D. Juan
Fresco. El padre Piñón, bueno y sano aún, hacía los honores, enseñando
todas las curiosidades.
Nos paramos delante del altar del Santo Patrono de plata, que, como
dicen allí, es tamaño como un pepino y hace más milagros que cinco mil
demonios. Entre los milagros colgados junto al altar, el padre Piñón me
mostró un Doctor Faustino, hecho de cera, de unas ocho pulgadas de
largo. Era una ofrenda votiva del ama Vicenta, la cual afirmaba que el
Santo Patrono había salvado al Doctor de la enfermedad que se siguió al
duelo con el Marqués de Guadalbarbo.
--Mal milagro hizo el Santo, si le hizo--me dijo D. Juan.--¡Cuánto mejor
hubiera sido que Don Faustino hubiera muerto entonces!
--Sr. D. Juan--contestó el padre Piñón,--no diga V. disparates. Si el
Santo no lo hizo, lo hizo Dios; y lo que Dios hace, bien hecho está,
aunque nosotros no penetremos la razón y el propósito.
* * * * *
Otro día fuimos á ver la casa solariega de los López de Mendoza.
Allí está aún el retrato de la coya, que, en efecto, según asegura D.
Juan, se parece mucho á María.
Respetilla, Jacintica y sus nueve vástagos viven felices en el piso bajo
de aquella casa. El principal está reservado á los recuerdos. Todas las
habitaciones están cerradas, de modo que en ellas no pueden entrar sino
los espíritus, dado que los espíritus se complazcan en discurrir por los
sitios donde vivieron vida mortal, amaron y padecieron.
Todavía queda un rincón de la casa, también en el piso bajo, donde vive
la pobre ama Vicenta, quien adora la memoria de su niño Faustinito y no
piensa más que en él.
La afectuosa anciana guarda en un arca, como reliquias venerables, todo
el traje doctoral, con muceta bordada, bonete y borla, el uniforme de
lancero de milicianos nacionales, y el uniforme de maestrante de Ronda.
Yo examiné con atención é interés estos objetos, que, cediendo á
nuestras súplicas, el ama Vicenta nos mostró con orgullo.
D. Juan Fresco, tan enemigo de las ilusiones, exhalando un suspiro y sin
acritud alguna, me dijo aparte:
--Esos objetos simbolizan las causas de la perdición de mi sobrino
político. El traje de doctor es la vanidad científica, la pedantería
filosófica, la duda y la incertidumbre sobre cuanto importa para ser
enérgico en la vida, con energía sana; el uniforme de miliciano nacional
es símbolo de la confusión que solemos hacer de la verdadera libertad
con el tumulto, la bullanga y el desorden; y el uniforme de maestrante
es símbolo de la manía nobiliaria, de donde nacen la pereza, el
despilfarro y la incapacidad para las faenas y menesteres que dan
riqueza y prosperidad á las naciones.
Madrid, 1875.
[Imagen decorativa]
POSDATA
He estado indeciso entre escribir algo ó callarme acerca de la presente
edición. Ya se ve que la hago por haberse agotado la primera, á pesar de
los esfuerzos de profundos críticos á fin de demostrar que el libro es
malo, que no es novela, y que yo no soy ni puedo ser novelista. Yo no he
de ir á demostrar lo contrario. Es más: no me importa que se demuestre ó
no, con tal de que el libro se lea y se venda.
Mi objeto al escribir esta posdata es otro.
Aunque en LAS ILUSIONES DEL DOCTOR FAUSTINO todo está claro, el espíritu
sutil de ahora enturbia la mayor claridad, y es menester acudir con
explicaciones y rectificaciones, si no quiere un pobre autor que le
atribuyan propósitos que jamás tuvo.
Mi idea al componer cuentos, narraciones ó lo que sean, ya que no sean
novelas, no es probar nada. Para probar tesis, escribiría yo
disertaciones. Mi intento es hacer una pintura de las costumbres y
pasiones de nuestra época; una representación fiel y artística de la
vida humana. De tal pintura ó representación, si estuviere bien hecha,
sacará cada lector, no una, sino varias enseñanzas, que no dudo que
podrán serle útiles; pero el principal objeto del autor ha de ser la
pintura, la obra de arte, y no la enseñanza.
Para la pintura ó representación, ¿cómo he de negar yo que se buscan y
estudian modelos? Pero la obra de arte no se logra copiándolos
servilmente. Contra tal sospecha me conviene protestar.
Toda la fábula, en su conjunto, mal ó bien imaginada, es invención mía.
Nada hay en ella de real y de histórico. Los personajes que en la fábula
intervienen son también inventados.
Villabermeja es una utopia, aunque para darle color y ser de lugar real,
tome yo rasgos y perfiles y pormenores de lugares que conozco y donde he
vivido. De otra suerte, al menos así lo entiendo y lo siento, sin duda
por la pobreza y esterilidad de mi cerebro, las creaciones del poeta son
vanas y carecen de verdad y de atractivo. Sobre los rasgos y perfiles
copiados, mi fantasía ha añadido lo conveniente para la fábula.
Los apodos no tienen chiste, son falsos, cuando no son populares. Es
menester que los invente ó al menos que los adopte el pueblo. Por eso
Respeta, Respetilla, D. Juan Fresco, las Civiles y el padre Piñón,
confieso que no son apodos inventados por mí; yo no hubiera tenido jamás
la habilidad de inventarlos; pero las personas que en mi narración
llevan estos apodos, ni en costumbres, ni en circunstancias de la vida,
ni en lances de fortuna, tienen nada que ver con los seres reales, tal
vez conocidos en algún lugar con dichos apodos.
Con los nombres de pila y con los apellidos procedo yo en mis novelas de
un modo idéntico, por este prurito que tengo de remedar la verdad en
las menudencias. Así, por ejemplo, Pepe Güeto y D. Acisclo son nombres
que trascienden á mi provincia á cien leguas. Y así también, al hacer
madre de D. Faustino á una señora principal de Ronda, le dí apellido y
la hice de una de las familias más principales de aquella ciudad: los
Escalantes. Del mismo modo, D. Carlos, en _El Comendador Mendoza_,
lleva, por ser rondeño, el apellido ilustre de Atienza, tan conocido y
respetado en aquella ciudad. Como ni D. Carlos ni Doña Ana hacen nada
indecoroso, ningún inconveniente se sigue de que yo les dé tales
apellidos.
Para los títulos he procedido por manera semejante; y en vez de llamar á
tal conde el de Prado-Ameno, y al otro marqués el de Monte-Alto, he
buscado nombres propios de sitios conocidos en mi tierra, como
Fajalauza, Genazahar y Guadalbarbo.
En anecdotillas ó lances realmente ocurridos, ¿cómo he de negar que
abundan mis novelas? Con estas verdades, incrustadas en la mentira ó
ficción poética, se hace verosímil dicha ficción. Verdades son, pues, la
broma, algo pesada, que dió el cura Fernández al Obispo en la Peña de
los Enamorados, que se refiere como cierta de otro cura á quien he
conocido; las circunstancias de la muerte de Joselito el Seco (¿para qué
negarlo, si nadie lo ignora en Andalucía?), ocurridas en la muerte del
famoso bandolero Caparrota; y la venganza que tomó Joselito el Seco del
Alcalde, y la venganza que el hijo del Alcalde tomó luego de Joselito,
lo cual, con la alteración que á mí me convenía, es historia que he oído
contar no pocas veces á personas de mi familia, quienes vieron entrar
en Carratraca al hijo del Alcalde con los últimos bandidos muertos, y no
rapadas aún las barbas, que él había jurado conservar hasta que vengase
por completo á su padre.
De las mujeres de mis novelas me interesa asimismo decir algo. Unos
críticos suponen que son las más tan marisabidillas, que no pueden
existir en los lugares; y otros, que existen en los lugares, y que yo
las he copiado sin respeto, y las he sacado á relucir sin consentimiento
de ellas. Ni una cosa ni otra es cierta. En los lugares de Andalucía
hay, y puede haber, mujeres que sean la propia discreción y la propia
elegancia. No es menester nacer en Madrid para eso. Precisamente, de la
pequeña ciudad cuyo nombre callo, y donde yo supongo educada á
Costancita y donde Costancita tiene sus devaneos por la reja con el
Doctor Faustino, han venido á Madrid nada menos que tres mujeres de
nuestra primera aristocracia, que han brillado y brillan, por hermosura,
ó por ingenio, ó por todo. Costancita, sin embargo, salvo este
fundamento real para la verosimilitud; salvo el dato efectivo de que en
su ciudad se crían mujeres que vienen á ser grandes y elegantísimas
señoras, en nada se parece, ni por su carácter, ni por los sucesos de su
vida, á sus simpáticas, bellas y respetables compatriotas. Si he aludido
á ellas, ha sido para demostrar que no me llevo á un lugar á una señora
de Madrid y la pongo donde no existe, como los antiguos poetas
bucólicos, griegos ó franceses, disfrazaban de pastoras á las refinadas
damas de Alejandría, de París ó de Versalles.
Vengo, por último, al héroe principal de mi novela: al Doctor Faustino.
No hay personaje, en mi sentir, más dotado de verdad estética. No le
hay, tampoco, más desprovisto de toda histórica realidad.
Aunque yo soy poco aficionado á símbolos y alegorías, confieso que el
Doctor Faustino es un personaje que tiene algo de simbólico ó de
alegórico. Representa, como hombre, á toda la generación mi
contemporánea: es un doctor Fausto en pequeño, sin magia ya, sin diablo
y sin poderes sobrenaturales que le den auxilio. Es un compuesto de los
vicios, ambiciones, ensueños, escepticismo, descreimiento,
concupiscencias, etc., que afligen ó afligieron á la juventud de mi
tiempo. En él reúno los tres tipos ó formas principales bajo que se
presenta el hombre de dicha generación y de cierta clase, si clase
pueden formar los que gastan levita y no chaqueta. En su alma asisten la
vana filosofía, la ambición política y la manía aristocrática. Ya sé que
hay hombres mejores; pero yo no quería escribir la vida de un santo. Sé
también que los hay más ridículos; pero no quería yo hacer una novela
enteramente cómica y de figurón. Y sé también que los hay mil veces más
odiosos y malvados; pero si D. Faustino lo fuese, dejaría de ser algo
cómico, como yo quería, y dejaría de tener también algo de interesante y
de patético, como me convenía que tuviese para mi plan de novela, ó de
lo que yo entiendo por novela, á pesar de los críticos. D. Faustino,
dado mi plan, no podía ser sino como es. Fausto es más grande; pero
también es más egoista, más pervertido y más pecaminoso.
En suma, y sea del valer moral de mi héroe lo que se quiera (ó mejor
dicho, lo que se le antoje á quienes quizá no se ven, y se juzgan la
virtud misma), para pintar lo interior del alma de mi héroe,
prescindiendo de lo que le sucede en el mundo, no he tenido más arte que
mirar en el fondo del alma de no pocos amigos míos y en el fondo de mi
propia alma, y analizar allí afectos, desengaños, pasiones é ilusiones.