El Doctor tiró lejos de sí la pistola, que se disparó al caer en el

suelo, de la manera más inofensiva.

Luego exclamó el Doctor:

--¡Ay Dios mío!

Y cayó de espaldas por tierra, como cogido por un desmayo.

El Marqués se precipitó á levantarle, y al poner las manos sobre su

cuerpo, advirtió que estaba bañado en sangre.

--¡Mi bala le había tocado! ¡Está herido!... La herida tal vez es

mortal... Es en el pecho... ¡Maldito sea!...

El Marqués, al decir estas frases entrecortadas, no sabía á quién

maldecir, no sabía á quién echar la culpa de todo. Él, que medio minuto

antes estaba desesperado de no haber herido ó muerto á D. Faustino,

estaba ahora desesperado de haberle herido. Él, que se había previamente

complacido en el misterio de aquel lance, se olvidó del misterio y

empezó á dar voces, pidiendo socorro á sus criados. Como no lo oían,

corrió hacia la casa, gritando como un loco:

--¡Pedro! ¡Tomás! ¡Pronto... aquí!

Los criados al cabo acudieron.

Don Faustino había recibido un balazo en el pecho, que le había

atravesado, saliendo la bala por la espalda.

El Marqués, con ayuda de sus criados, le puso vendas para contener la

hemorragia, y le llevó en su coche, á todo galope de sus caballos, desde

la quinta á la casa de huéspedes donde moraba.

El Marqués hizo llamar al médico de toda su confianza. Vió el médico la

herida, y dijo que tal vez no era de peligro, que tal vez no era mortal;

que la bala había entrado por el lado derecho; que sin ahondar había

pasado de través, y que acaso no había tocado el pulmón ni roto ningún

vaso importante. La pérdida de sangre había sido muchísima; pero esto

mismo, aunque debilitaba al enfermo, podría valerle por otra parte, á

fin de evitar que sobreviniesen una gran inflamación y mayor calentura.

El Marqués de Guadalbarbo, dejando muy encomendado á su médico y al ama

de la casa de huéspedes el cuidado del enfermo, se retiró entonces á su

casa, con la esperanza de que D. Faustino sanaría pronto.

Como el lector recordará, el Marqués había dicho al Doctor que creía

inocente á Costancita; pero esto lo dijo por orgullo. El no era ciego, y

había visto perfectamente lo ocurrido. Cuando riñó á balazos con el

Doctor, creía á su mujer tan culpada como al Doctor mismo. Por desgracia

ó por fortuna, hay casos inexplicables en el seno del hogar doméstico.

En lo más recóndito y sagrado de dicho hogar ocurren lances, se ofrecen

fenómenos psicológicos, que no hay sabio que explique, ni poeta que

pinte con todos sus curiosos é indescriptibles pormenores. Ello es que

de la entrevista y larga conferencia que en aquella noche tuvo el

Marqués con Costancita, Costancita salió para él, en su concepto, tan

pura, tan inocente, tan impecable como antes. Poco á poco se fueron

trocando y modificando los recuerdos del Marqués, y las impresiones de

sus sentidos ofuscados sufrieron la debida rectificación y razonable

enmienda. El abrazo le pareció que había sido menos estrecho, muchísimo

menos amante y desmedidamente mucho más respetuoso. La actitud de

Costancita se transfiguró en la memoria del Marqués, y la vió resistente

en lugar de verla rendida, y víctima en lugar de verla cómplice. Los

labios del Doctor, en la misma tabla ó pintura de la memoria del

Marqués, fueron subiendo poco á poco, desde la boca de Costancita, donde

estaban antes, hasta tocar con suma ligereza su frente, de la cual casi

no sintieron el calor y la aterciopelada blandura de la blanca tez, sino

lo frío é inanimado de algunos ricillos crespos que por allí medio la

cubrían ó velaban.

El hecho mismo de haber sorprendido á los dos probaba lo impremeditado,

lo falto de malicia que todo había sido. Á buen seguro que sorprendan

nunca los maridos á... y el Marqués se citaba una retahila de nombres

propios de lindas damas, y se gozaba un tanto al considerar la

diferencia de destino que había entre él y aquellos otros maridos. Al

Doctor, á cuya generosidad debía infinito, también le disculpaba un

poco.--¡Qué diantre!--se decía allá en sus adentros.--¡Ella es tan

guapa.... tan seductora, sin querer! ¡Y el pobrecillo, que debió casarse

con ella, es tan desgraciado!--Reducido ya el suceso á proporciones

mínimas, el Marqués le buscaba causas hasta cierto punto plausibles. El

parentesco cercano, los recuerdos poéticos de la primera juventud, un

ligero desagravio de las calabazas crueles, recibidas hacía diez y siete

años... Luego pensaba en las consecuencias para lo futuro, dado que se

salvase la vida del Doctor, como deseaba, y todo se convertía en una

adoración mística, en una idolatría sublime, en un petrarquismo

archiespiritual. Admirábase entonces el Marqués de la entereza de su

mujer y de su virtud y constancia. Pasaba en revista á todos los

adoradores que le había conocido, y hallaba más de una docena

guapísimos, elegantes, primorosos, deseabilísimos... y casi se le

saltaban las lágrimas de gozo y gratitud al considerar que á todos los

había despreciado ella por amor suyo, haciendo de él uno de los hombres

más dignos de envidia que sustenta sobre su corteza este vasto globo que

habitamos. Diez y siete años de fidelidad, de virtud á prueba de bomba,

eran una garantía de las más sólidas. Pensaba, por último, el Marqués en

sus hijos, á quienes quería entrañablemente, y se alegraba de poder

echar la absolución y la bendición á la hermosa criatura que se los

había dado, llevándolos antes en su seno. Exageraba, encarecía la

vehemencia y delicadeza de Costancita, y se arrepentía de haber estado

tan brutal. Temblaba como un azogado al presumir que ella pudiera

enfermar con los disgustos que acababa de darle. Recordaba los cuidados,

los mimos, las regaladas dulzuras con que le arrullaba y encantaba

siempre Costancita. ¿Cómo romper con ella? ¿Cómo privarse de tanto bien?

Se moriría el Marqués de pena. Lo que es Costancita, tan pundonorosa,

tan llena de orgullo, tan noble, se moriría también de sonrojo. ¿Y por

qué no de pena, como él? ¡Si Costancita le amaba!... Cierto que él

estaba ya viejecillo y estropeado; pero el alma no envejece, y las

mujeres en general, y Costancita singularísimamente, son mil veces más

espiritualistas que los hombres en esto de los amores.

Por medio de tales y de otros parecidos razonamientos, el enojo del

Marqués fué trocándose en blandura y en indulgencia, y se sintió

inclinado á perdonar. Al perdón dado sucedieron otros razonamientos más

amorosos y tiernos aún, y el perdón dado se transformó en perdón pedido.

Costancita estuvo magnánima. Perdonó al fin al Marqués el que hubiese

dudado de ella; y majestuosa, después de dar su perdón, subió de nuevo

al pedestal de oro aquella diosa de la castidad, de la hermosura y de

la elegancia. El Marqués volvió á encontrarse tan contento, tan dichoso

y tan satisfecho como antes.

D. Faustino fué el único que pagó el escote de la función; la única

hostia sacrificada en el altar de Himeneo, para hacer más propicio á

este dios é impedir que turbase la felicidad completa de aquella rica,

ilustre y aristocrática familia.

[Imagen decorativa]

XXX.

BODAS TRISTES.

Como el Doctor no era personaje político, ni poeta popular y conspicuo,

pues su grande epopeya estaba por escribir; ni filósofo célebre, porque

su sistema estaba siempre preparándose, pocos le conocían en Madrid: no

era sujeto de mucho viso. El lance, además, se había verificado con

bastante recato. Así es que ni _La Correspondencia_ habló de aquel

lance. Las personas que le sabían tenían interés en callarle, y le

callaron.

Los pocos medio ó menos de medio amigos de secretaría ó de la sociedad,

que estimaban ó querían algo á D. Faustino, vinieron á informarse de su

salud, y, como se les dijese que el Doctor estaba enfermo de cuidado y

no se le podía ver, se contentaron con esto y se fueron.

El ama de huéspedes, que quería bien al Doctor, porque el Doctor estaba

amable con ella, aunque era vieja y fea, se mostró dispuesta á cuidarle

con el mayor esmero.

El médico se esmeró también, porque el espléndido Marqués de

Guadalbarbo, su patrono, le recomendó mucho á aquel enfermo.

Á poco de llegar D. Faustino á su casa y de meterse en la cama, le entró

la fiebre, mas no con tal violencia que perdiese la cabeza.

Durante todo el primer día que se siguió al duelo, el Doctor mantuvo

firmes sus facultades mentales.

El Marqués de Guadalbarbo vino dos veces á verle, y se consoló mucho con

las noticias y pronósticos del médico, que fueron favorables.

D. Faustino tuvo, por último, al anochecer de aquel mismo día, una

visita muy extraña. Aunque el médico había prohibido con toda severidad

que entrase nadie á ver al enfermo, el ama de huéspedes no pudo resistir

á las súplicas, y tal vez á los generosos donativos de una bella dama

que se empeñó en ver á D. Faustino, á quien, según aseguró, tenía que

comunicar cosas de suma importancia.

--Sr. D. Faustino--dijo el ama de huéspedes, entrando en el cuarto del

enfermo,--hay una señora que desea ver á V. ¿Le hará á V. daño su

conversación? ¿Le digo que entre?

--¿Quién es?--preguntó el Doctor alborozado, imaginando que Costancita

venía á verle.

--Parece francesa, contestó el ama, y esto confirmó más á D. Faustino

en que era Costancita.

--¿Ha dicho su nombre? volvió á preguntar el Doctor.

--Sí señor: se llama Doña Etelvina... no sé cuántos; vamos... un

apellido de extranjis.

Ya nombre tan novelesco y apellido tan incomunicable hicieron dudar al

Doctor de que fuese Costancita la visitanta; pero,--¿quién sabe?--pensó

entre sí.--¿Había de dar Costancita su verdadero nombre á esta

mujer?--Tan natural reflexión hizo revivir en su ánimo la esperanza de

que fuese Costancita.

--Diga V. á esa señora que pase adelante--dijo al fin el Doctor.

Doña Etelvina no se hizo aguardar ni medio minuto. En torno suyo se

difundía una fragancia exquisita á _oppoponax_, que era entonces el

perfume más _chic_ y de más alta _nouveauté_ que destilaba por sus

alambiques _The Crown Perfumery Company_ de Londres. Su traje, su

sombrerillo, sus movimientos y sus modales, todo era ó aspiraba á ser

distinguido. Se diría que el último figurín de _La Moda Elegante

Ilustrada_ había tomado humanas proporciones, se había animado por arte

mágica y entraba allí de visita. La cara de doña Etelvina parecía ser

linda y graciosa, á pesar ó á causa del esmalte de cascarilla y de

carmín extendido artísticamente sobre ella. En el borde de los párpados

llevaba pintadas unas rayas negras, que hacían más rasgados y brillantes

los hermosos y dulces ojos.

Miró el Doctor fijamente á doña Etelvina y no la reconoció.

Advirtiéndolo ella, dijo con amistoso desenfado, cuando se fué la

pupilera y quedaron solos:

--¡Qué olvidados tiene V. á sus amigos, señor D. Faustino! ¿No se

acuerda V. de mí?

--Perdóneme V., señora; pero... francamente... no me acuerdo.

--Yo soy la antigua doncella de la señora Marquesa de Guadalbarbo. ¿No

se acuerda V. ahora de Manolilla?

--¡Ah, sí!...

--He tomado el nombre de Etelvina porque el de Manolilla era vulgar y

prosaico. Serví muchos años á la señora Marquesa; me casé con monsieur

Mercier, el jefe de su cocina, eminente químico. Luego enviudé, y con

los ahorros míos y del difunto, que en paz descanse, dejando la casa de

la señora Marquesa, he puesto tienda de modas. Ya se conoce que el Sr.

D. Faustino es un filósofo, que no se preocupa de estos negocios de

_cocodetería_. Si no, ¿cómo había de ignorar quién es la famosa Etelvina

Mercier ó la Etelvina á secas? En los círculos aristocráticos no hay

persona más conocida que yo en el día de hoy. Hago furor. Estoy muy

_recherchée_.

--Me alegro, me alegro en el alma. ¿Y qué la trae á usted por aquí?

--Vengo á ver á V. de parte de mi señora. Ella no puede venir. Sería

comprometerse mucho--dijo en voz baja Etelvina ó Manolilla.

El Doctor nada contestó y exhaló un suspiro. Doña Etelvina prosiguió:

--Aquí traigo una carta para V. ¿Podrá V. leerla sin fatigarse?

--Sí--respondió el Doctor.

Manolilla entregó la carta, acercó una bujía y el Doctor leyó lo que

sigue:

«¡Faustino! Sé tu generosidad. ¡Cuánto tengo que agradecerte! La vida

del padre de mis hijos, mi posición en el mundo, mi honra, todo te lo

debo. Sin tu generosidad estaría yo viuda y deshonrada, porque el lance

y las causas del lance, que así es de esperar que queden en el misterio,

se hubieran divulgado entonces, difamándome y difamando el nombre que

mis hijos llevan. Si antes te amaba, más te amo hoy. El agradecimiento

da más fuerza al amor. Aunque mi marido me ha dicho que no tenga

cuidado, le tengo, y envío á Manolilla, única persona de quien me fío,

para que me traiga nuevas ciertas de tí. Me es imposible ir yo misma.

Importa desvanecer toda sospecha. Lo voy consiguiendo; pero paso tan

aventurado pudiera destruir mi obra. No es por egoismo por lo que

procuro disipar los recelos del Marqués; es por gratitud. Le debo tanto,

es tan bueno, es tan dichoso con mi amor, le haría yo tan desgraciado si

le hiciese dudar de él, que la misma bondad de mi corazón me excita al

disimulo. Dios me lo perdone. Para ello es menester que, ya que nos

amamos, sea este amor más precavido, más misterioso, más callado que

hasta aquí, y que sea también de tal suerte, que ni tú ni yo tengamos

que avergonzarnos de este amor, ni ante el oculto y severo tribunal de

nuestra conciencia. Amémonos con el amor purísimo de los ángeles.

Impulsada por él te escribo, porque conozco tus nobles sentimientos,

considero que estarás inquieto por mí y quiero tranquilizarte. Dios haga

que mi carta sea bálsamo para tu herida. Dios, que ve la pureza de mis

intenciones, te dé pronto la salud, como fervorosamente se lo pide tu

amantísima prima--_Costanza_.»

En efecto, la carta tranquilizó al Doctor, que, sobre el dolor físico

que le causaba su herida, sentía el dolor de haber dado motivo á un

divorcio. No acertaba á explicarse, le parecía un prodigio que

Costancita hubiese desvanecido lo que ella llamaba sospechas del

Marqués.--¿Qué demonio de _sospechas_--se decía el Doctor--si nos vió y

de resultas de habernos visto, me ha atravesado el cuerpo con una bala?

Aquí hemos de confesar que el Doctor hizo además otra reflexión amarga y

egoísta. Al cabo, aunque era bondadoso, era de carne y hueso como los

demás mortales. La reflexión fué: «Verdaderamente soy el hombre más

desgraciado que vive bajo la capa del cielo. Costancita comulga á su

marido con ruedas de molino y le hace creer lo increíble y negar el

testimonio de sus propios sentidos; pero esta comunión y esta negación

llegan tarde para mí. ¡Llegan cuando yo estoy herido!» Al pensar esto,

el Doctor suspiró con mucha tristeza.

Pronto, no obstante, se mitigó la amargura de aquel pensamiento. El

Doctor era débil, pero era un bendito. Aunque tenía poca fe, tenía

muchísima caridad. Fué un consuelo para él la nueva de que Costancita lo

hubiese arreglado todo con su marido.

En cuanto al amor purísimo de los ángeles, que ella le ofrecía, también

le pareció cosa de gusto. Para un herido de suma gravedad, desangrado,

calenturiento, con horribles dolores, no deja de ser un lenitivo

excelente el amar y el ser amado con el amor purísimo de los ángeles.

Doña Etelvina era una mujer de pro, experimentada y prudente. Como todas

las mujeres ordinarias que, yendo de un país atrasado como el nuestro,

pasan algunos años en París ó en Londres ó en ambos puntos, doña

Etelvina se había hecho insufrible de puro denigradora de su patria,

que consideraba tierra de bárbaros, y de puro fanatismo y admiración por

los primores y refinamientos ingleses y franceses. Casi todo le parecía

_shocking_ y grosero en nuestras costumbres. Nuestra lengua no valía

para _causer_ ni para hacer _esprit_. Hasta de amor se hablaba mejor y

con más elegancia en francés ó en inglés que en castellano. _I love you,

je vous aime,_ eran frases encantadoras, delicadas, mientras que _¡te

amo!_ ó _¡la amo á V.!_ tenían un énfasis, una hinchazón, una pompa

inaguantables. Doña Etelvina había adquirido estimación desmedida al

bienestar material y á los medios de conseguirle; de modo que á Mr.

Mercier, que no se descuidaba antes, le hizo sisar cuatro veces más

después del matrimonio. Por último, viéndose ya doña Etelvina tan

encumbrada y adiestrada en los trotes del _fashion_ y del _dandynismo_,

tuvo una idea que la dió sumo tormento. Imaginó que debió y pudo haberse

casado con algún conde, ó por lo menos con algún caballerito principal,

y que había hecho una verdadera _mésalliance_ casándose con un cocinero.

Maldecía á cuantos recordaba que le habían aconsejado que se casase,

sosteniendo que le habían hecho _déchoir_, que habían labrado la

desgracia de su vida. Cuando se casó, era tan inocente, según decía

ella, que no sabía lo que era matrimonio, y por eso se casó con un

hombre que le doblaba la edad. Aborrecía la mentira, vicio propio de

los pueblos corrompidos como el español; y como aborrecía la mentira,

decía con la mayor franqueza al infeliz Mr. Mercier que le detestaba,

que se avergonzaba de él y que soñaba con un caballerito, que era lo que

le cuadraba á ella. Mr. Mercier, por no matar á palos á su dulce esposa,

tomó el recurso de morirse, y pasó á mejor vida. Libre ya doña Etelvina

de aquel monstruo, se hizo modista, ínterin llegaba la ocasión de

casarse con un conde y hacerse condesa.

Á pesar de sus perversas cualidades, doña Etelvina adoraba á Costancita.

El método de la franqueza, tan útil para con Mr. Mercier, no debía

adoptarse con el Marqués de Guadalbarbo, con quien era indispensable

cierto disimulo. Doña Etelvina calculó, pues, rápida y fríamente, que

aquella carta podría comprometer á su ama; que el Doctor podría morirse

y la gente hallar la carta entre sus papeles. Sin mortificar al Doctor,

con tino y discreción notables, le sacó la carta de la Marquesa de entre

las manos y allí mismo la hizo pedazos menudos. Luego se despidió con

mucha finura y cariño del Doctor y se largó á la calle. Para que

Costancita no tuviese inútiles pesares, fué á verla en seguida; le dió

cuenta del cumplimiento de su misión y le aseguró que el primo estaría

bueno y sano en breve.

Todavía estaba lleno el ambiente del perfume del _oppoponax_, cuando

entró de nuevo el médico en el cuarto del enfermo.

--Señora Doña Candelaria--dijo al ama de huéspedes,--¿qué peste es ésta?

¿Á qué demonios hiede? ¿Quién ha entrado aquí? ¿Van ustedes á matar á

este desgraciado?

Doña Candelaria, apurada por el médico, confesó de plano, y dijo la

visita de doña Etelvina, por más que el Doctor le hacía señas para que

callase.

El médico, que sabía todos los secretos del mundo elegante, se explicó

al punto la significación y la razón de aquella visita.

--Bien está--dijo.--Es necesario que nadie entre aquí en adelante, ni

con perfumes ni sin ellos. El enfermo, para su pronto restablecimiento,

no debe hablar con nadie ni recibir visita.

El doctor Calvo, que así se llamaba el médico, era el reverso de la

medalla del Doctor Faustino en dos ó tres puntos capitales. El doctor

Calvo no tenía ilusiones de ningún género: era un espíritu prosaico y

práctico. En cambio se parecía al otro Doctor en no tener creencias y en

ser bueno de alma á pesar de la falta de fe. El Doctor Faustino le

inspiró vivas simpatías. Fácilmente adivinó el doctor Calvo la causa del

lance y de la herida, y se lo guardó todo para su gobierno. Consideró

que el Marqués de Guadalbarbo, reconciliado ya con su mujer, y sin

celos, tendría por una desgracia, ó al menos por una molestia, por una

idea que turbaría su reposo y su buena vida, el que por acaso D.

Faustino muriese. Como á nada conducía darle este temor y este disgusto

prematuro, ocultó al Marqués la gravedad de la herida de D. Faustino.

Calculó también el doctor Calvo que ni los Marqueses de Guadalbarbo, ni

Doña Etelvina, ni nadie, habían de cuidar al enfermo por mucho que por

él se interesasen; que la misma pupilera doña Candelaria acabaría por

hartarse ó tendría que dejarle para acudir á los demás huéspedes, y que

don Faustino estaba muy expuesto á morir más abandonado que un perro de

la calle. Esta consideración le llevó á preguntar á doña Candelaria si

sabía qué amigos y parientes tenía D. Faustino.

--Amigos aquí en Madrid...--dijo doña Candelaria,--tiene pocos; no tiene

ninguno que pueda llamarse tal. ¿Qué quiere V.? Es pobre para vivir

entre la gente con quien vive. Si hubiera intimado más con los

escribientes, sus compañeros, tendría amigos quizás. Así no los tiene...

En punto á parientes... él es un señor muy aristocrático, aunque sin

blanca casi. Aquí hay tres ó cuatro señores y señoras de título que son

sus parientes; pero, según me atrevo á conjeturar, el parentesco no le

coge un galgo. D. Faustino está solo en el mundo; no tiene padre, ni

madre, ni hermanos. Y como es tan pobretón, bien podemos aplicarle la

copla que V. sabe.

--No, señora, no la sé: ¿cómo es esa copla?

--La copla canta:

El que no tiene dinero

Con el aire es comparado:

Toditos le huyen el cuerpo,

No les largue un resfriado.

Convencido el doctor Calvo de que se podía aplicar la copla á D.

Faustino, preguntó á doña Candelaria si no sabía ella que tuviese aquel

caballero persona alguna allegada, allá en su tierra, que por él se

interesase. Doña Candelaria contestó entonces que le había oído hablar

mucho del administrador de los cuatro terrones que poseía en

Villabermeja, á quien llamaba Respetilla, y de un cura del mismo lugar,

nombrado el padre Piñón.

El médico notó bien que lo de Respetilla era apodo, y no halló atinado

dirigir un telegrama al señor de Respetilla en Villabermeja. El otro

nombre le pareció menos extraño y sospechoso, y envió aquella misma

noche un telegrama al señor padre Piñón, en Villabermeja, provincia

de... avisándole que D. Faustino López de Mendoza estaba enfermo de

mucho peligro.

No se había equivocado el doctor Calvo. Desde aquella noche se aumentó

la fiebre de D. Faustino. Cuando al otro día se mitigó la fiebre, una

debilidad y un atolondramiento grandes embargaban sus sentidos y su

mente. La idea de la duración, la percepción del tiempo que pasaba y de

los objetos exteriores, y hasta la conciencia de su propio ser y de sus

estados sucesivos, empezaron á hacerse confusas y vagas en el espíritu

del enfermo.

Cada noche era mayor el recargo de la calentura.

--¿Qué pronostica V. del enfermo?--preguntaba doña Candelaria al doctor

Calvo con algún interés...

--Para qué ocultárselo á V., señora--contestaba el médico:--está de sumo

cuidado.

--¿Se salvará?

--Qué sé yo.

--¿Cuánto tiempo podemos estar en esta duda?

--Quizás más de veinte días. La inflamación ha producido ya la fiebre

_traumática_, y ha atacado además cierta membrana que rodea los

pulmones, la cual, por fortuna, creo que no está perforada. Repito que

este mal, con el peligro de la muerte, puede durar veinte días, hasta

cuatro semanas. Conviene mucho reposo, mucho silencio, dieta

rigorosísima, agua de malvas y flor de violeta; las bebidas que han

venido de la botica; los cáusticos; en fin, todo lo que he ordenado.

Doña Candelaria, V. es una excelente mujer. Cuídele V. mucho. Vamos á

ver si salvamos á este infeliz.

De allí en adelante, cuando la calentura del Doctor no era muy intensa,

el desfallecimiento, la debilidad le tenía amodorrado. El espíritu, con

su actividad independiente, trabajaba en lo interior de su ser, pero con

honda confusión y extraordinario desorden.

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 11 / 14 段