sintió aludido sin intención por aquellas palabras. Se creyó el novillo
más importante de los que el Doctor había hecho, y que entre el Doctor y
la Marquesa estaban lidiándole. Poco faltó para que no rompiese en un
exabrupto de mal humor. Supo, con todo reportarse.
--Pues me alegro, amiguito, me alegro. No sabía yo que fuese V. tan
ameno y divertido.
--Lo es, y mucho--exclamó Costancita antes que el Doctor replicase.--V.,
mi general, no conoce á mi primo ó le ha tratado poco. La suerte le ha
sido siempre muy adversa, y por eso tiene un empleo de tan corto sueldo
é importancia; pero no dude V. de que es un hombre de mucho saber y de
mucho entendimiento y discreción.
--Mi General--dijo el Doctor,--mi prima me quiere demasiado. El afecto
que me profesa la ciega, sin duda, y la excita á hacer de mí los
encomios menos merecidos.
--Crea V., mi General, que no hago sino justicia. Faustino es un hombre
de los más distinguidos que hay en España; poeta inspirado y elegante,
filósofo, erudito...
--No, Costanza, no me avergüences suponiendo en mí prendas y condiciones
que nadie reconoce sino tú por lo mucho que me quieres, por lo buena é
indulgente que eres para conmigo.
La Marquesa y el Doctor siguieron así largo rato, elogiándose
mutuamente, agradeciéndose los elogios y atribuyéndolos todos al cariño
que recíprocamente se tenían. En esta blanda contienda tomaban siempre
por juez al General, que reventaba de furor, que sentía que iba
perdiendo los estribos, y que advertía en la punta de su lengua cierta
comezón de poner como chupa de dómine á ambos primos y de armar allí
mismo un escándalo soberano. Sin embargo, como no tenía derecho para
quejarse, como conocía que cualquiera imprudencia suya le haría pasar
por un hombre brutal y mal educado, por un personaje cómico y por un
cadete de medio siglo, el General se contuvo de nuevo y dijo con marcada
ironía:
--Siento haber llegado en tan mala ocasión. Sin duda que yo, profano en
la filosofía y en el arte poética, he venido á interrumpir alguna
lección que el primito estaba dando á V., Marquesa.
--Mi General--dijo el Doctor,--yo soy muy humilde para dar lecciones á
nadie, y menos á mi prima. ¿Cómo enseñarle la poesía, cuando la poesía
misma es ella?
--Aunque disto mucho de ser yo la poesía, mi primo no me daba lección;
pero si hubiera estado dándomela... (y aquí la Marquesa dulcificó mucho
la voz y puso en su acento un no sé qué de candoroso y manso, á fin de
mitigar y embotar la fuerza y la punta que pudiera tener el dardo que
disparaba); pero si hubiera estado dándomela... V., mi General, no nos
estorbaba; V. no hubiera perdido nada en recibir... en oir la misma
lección.
El General echó de menos su sangre fría; conoció que iba á salir con
alguna barbaridad si permanecía allí más tiempo, y se levantó furioso.
Ya no pudo disimular su mal humor, y dijo al despedirse:
--Yo detesto la poesía, Marquesa: yo soy todo prosa; y como no quiero
recibir lecciones poéticas ni interrumpir las que á V. da el primito, me
parece lo mejor eclipsarme. Á los pies de V.
D. Faustino se levantó de su asiento para despedir al General con toda
cortesía, haciéndole una respetuosa reverencia.
--Beso á V. la mano,--le dijo el General.
--Mi general, beso á V. la suya,--le contestó D. Faustino.
--Vaya V. con Dios, mi General--dijo Costancita con tono melífluo y
conciliante, como para aplacar un poco la tempestad que había
levantado.--Veo que está V. algo nervioso hoy, y un si es no es
disgustado de la poesía. Espero que no duren el mal humor y el disgusto,
y deseo que, si persevera V. en aborrecer la poesía, me considere y
tenga por prosa, para que siga estimándome y queriéndome.
Al decir esto, alargó lánguida y graciosamente su blanca y linda mano al
General, quien no pudo menos de tomarla.
En seguida se fué el General, reconociendo en su interior que lo más
atinado era irse, suspirando por las edades prehistóricas, ó ya que no,
por los siglos bárbaros, y renegando de lo que llaman _conveniencias_
sociales, que no le habían consentido desahogarse, cuando no diciendo
cuatro frescas á Costancita, porque no era él muy listo de lengua,
rompiendo en la cabeza del Doctor la mitad de los chirimbolos y
baratijas que había en aquel _boudoir_, que tan de veras merecía
entonces su nombre, con arreglo á la etimología.
Claro está, y esto lo comprendía Costancita mejor que nadie, que el
General, por más deseos que tuviera de vengarse, no se había de allanar
á provocar á un lance al pobrecillo empleado de catorce mil reales, ni
mucho menos había de divulgar lo ocurrido para convertirse en la fábula
de Madrid, haciendo saber que Costancita le había plantado y despreciado
por semejante trasto, que así llamaba el General á D. Faustino allá en
el fondo de su corazón.
Costancita, no bien sintió que el General había salido de su casa, se
acordó de su primera juventud y de la franqueza y naturalidad de
Andalucía; olvidó por completo su papel de gran señora; volvió á ser la
muchacha traviesa y alegre, y aflojó la rienda á la risa, que hasta allí
había tenido refrenada con el freno de la circunspección, y que brotó á
carcajadas entonces.
El Doctor siguió haciendo el segundo papel en aquel dúo jocoso; y se rió
también con toda el alma.
Después se miraron ambos con gran seriedad, con fijeza y por un
movimiento involuntario. Fué una serie de mutuas interrogaciones,
instintivas y mudas á par de elocuentes, ya que no podían ni debían
expresarse con palabras.
El interrogatorio, no obstante, estaba claro, patente á los ojos del uno
y del otro, como si le tuvieran escrito. Contenía, entre otras, las
siguientes preguntas:
¿Hasta qué punto debemos creer lo que sin duda ha creído de nosotros el
General?
¿Qué iba de chanzas y qué iba de veras en esto que hemos hecho para
zapearle?
En suma, ¿nos amamos? Y si nos amamos, ¿cómo nos amamos?
La contestación que ambos dieron al interrogatorio inefable fué bajar
los ojos y ponerse más colorados que cuando entró el General.
Hubo tres ó cuatro minutos, largos como horas, de peligrosísimo
silencio.
La silla del Doctor continuaba tan próxima como antes al sofá en que
estaba Costancita.
El Doctor, casi maquinalmente, volvió á tomarle la mano. Ella volvió á
dejársela abandonada.
Volvió el Doctor á cubrirla de besos; pero estos besos, después del
interrogatorio, tenían otra significación y otro valer.
Costancita retiró su mano bruscamente, y dijo, sin marcada angustia ni
vehemencia de ningún género, pero con digna entereza y con toda la
frialdad grave que le fué posible afectar:
--Vete, Faustino, vete; seamos buenos amigos.
_El seamos buenos amigos_ sonó en los oídos del Doctor con son vago é
incierto entre súplica y mandato; pero el sentido de la frase se había
hecho clarísimo en el modo de pronunciarla. Era una prohibición, era una
limitación, y no una excitación: equivalía á decir _no seamos más que
amigos buenos_.
El Doctor era bastante serio y delicado para comprender toda la gravedad
de aquellas palabras de su prima.
Se levantó, tomó su sombrero, y dijo:
--Adiós, primita.
Ya había vuelto la espalda, ya estaba cerca de la puerta, ya iba á
salir, cuando se volvió atrás. Costancita estaba silenciosa. Se acercó á
ella el Doctor, y repitió, con tono entre resignado, humilde y
agradecido á la vez:
--Seamos buenos amigos.
Al mismo tiempo alargó la mano á su prima como signo y prenda de aquella
amistad pura. Costancita dió su mano, tan blanca, tan suave, tan bien
formada. El Doctor no pudo menos de besársela nuevamente, con un respeto
santo y casto, pero bajo el cual hubo ella de percibir el ardor
apasionado y duramente reprimido de los labios amorosos.
Luego, como si contrarrestase y venciese una fuerza invencible, que á
pesar suyo le detenía, el Doctor salió algo precipitadamente de la
estancia.
Desde aquel día no volvió el General á aparecer en casa de la Marquesa
de Guadalbarbo sino en los días de recepción y en las noches de
tertulia. Levantó el sitio de la plaza; calló á todo el mundo el motivo;
tuvo el buen gusto de no mostrarse muy enojado, y acudió de nuevo á
consolarse con Rosita, donde halló fácil y pronto perdón de sus
extravíos.
El Doctor, por su parte, no persistió tampoco en hacer novillos á la
oficina ó secretaría, y en venir á ver á la Marquesa de mañana; pero
siguió yendo á su tertulia, y á comer una vez por semana á su mesa.
Aquellos amores, medio reanudados entre ambos después de diez y siete
años de interrupción, debían concretarse y cifrarse en un sentimiento
sublime, platónico, purísimo, por respeto al generoso Marqués, que tanto
los quería, á él como primo y como amigo, y como esposa á ella. Así
pensaba Costancita. Así pensaba también el Doctor. Sin confiarse estos
pensamientos, sin ponerse de acuerdo en nada, se diría que se habían
entendido. Los dos conocían el peligro de verse á solas. Los dos le
evitaban. Pero viéndose en presencia del Marqués, hablándose tal vez
algunas palabras aparte cuando lo consentía la sociedad que los rodeada,
mirándose, estimándose cada vez más, hasta por este heroico sacrificio y
por esta noble conducta, el afecto de Costancita acabó por trocarse en
adoración hacia su primo, y la adoración del Doctor por Costancita se
hizo más ferviente y ciega.
De esta suerte pasó más de un mes, y no fué chico milagro, sin que el
Doctor y Costancita se encontrasen solos. Al cabo, no obstante,
aconteció lo que no podía menos de acontecer. No hay para qué culpar ni
al destino, ni al diablo, ni á nadie. ¿Qué cosa más natural que un
primo, que entraba con tanta confianza en aquella casa, hallase una
noche sola á la Marquesa? La Marquesa estaba un poco mala de los nervios
y se había negado á recibir. Los criados entendieron que la orden no
rezaba con primo tan querido, é introdujeron al Doctor en el _boudoir_
que ya conocen nuestros lectores. El Marqués había salido. Eran las once
de la noche. Sabido es que en Madrid se vela mucho y recibe hasta muy
tarde.
Á pesar del calor de la estación, el balcón estaba cerrado, de modo que
la soledad era completa y segura. Del cuarto del tocador contiguo, cuya
puerta de comunicación aparecía abierta, entraba un dulce vientecillo
fresco, porque allí estaba de par en par el balcón, que daba sobre el
jardín.
Costancita se encontraba en el mismo sitio que el día del mal rato que
ambos dieron al general Pérez. Ella, á causa de su indisposición, no se
había vestido para comer, y tenía traje de mañana, tan elegante como
sencillo. Sus hermosos cabellos desordenados la hacían más bonita é
interesante, y mostraban que había estado recostada y que acababa de
incorporarse y sentarse para recibir al Doctor.
Estas circunstancias casuales contribuyeron á que la conversación fuese
más amistosa y más íntima. Hablaron de todo; pero, sin quererlo,
procurando evitarlo ambos, acabaron por hablar de ellos mismos.
Costancita dió ocasión, lamentando involuntariamente los cortos medros y
adelantos del Doctor en carrera y fortuna.
--¿Qué quieres?--dijo D. Faustino.--En mí se cumple el refrán que dice:
_quien mucho abarca, poco aprieta._ No hay ambición que yo no haya
tenido. Por eso no he visto satisfecha ninguna. Mi espíritu ha divagado,
se ha distraído en cuantos objetos hay, no con el vuelo recto y firme
del águila, sino con el revolotear incierto y vacilante del estornino.
Mi voluntad marchita no ha sabido perseguir cosa alguna con energía. No
extrañes que esté tan poco medrado. Me faltan los dos resortes más
poderosos: el amor y la fe en algo fuera de mí.
--¿No amas, no crees en nada? Dios mío, ¡qué horror!
--Hablo de las cosas de esta vida.
--Menos mal; pero aun así es espantoso. ¿Con que no amas á nadie?
--He querido amar, he amado; pero el desdén ha muerto al amor. Hace
algunos días he sentido dentro de mi alma como una gloriosa resurrección
del amor. ¿Volverá el desdén á matarle?
--Si amas de veras, como creo--respondió Costancita, hablando muy
pausadamente y como si le costase trabajo y vergüenza hablar, y como si
midiese y pesase las palabras para no decir demasiado, y diciéndolo, no
obstante, sin poderlo evitar;--si amas de veras, ¿quién podrá
desdeñarte? El poeta lo ha dicho:
Amor a nullo amato amar perdona.
--Además, cuando el que ama vale lo que tú vales, el amor debe ser
poderoso, incontrastable como la muerte.
--El poeta dijo una falsedad--contestó D. Faustino;--ó si es su
sentencia regla verdadera, yo soy la excepción de la regla. Costanza,
recuérdalo, yo te amé en otro tiempo y tú no me amaste. Ahora te amo
más. ¿Me amas?
La Marquesa se arrepintió de sus palabras y se llenó de espanto al oir
las de su primo, y al notar el fervor con que las pronunciaba. Sintió
que una fuerza magnética, un poder de atracción superior á todo la
llevaba hacia su primo; pero lo criminal, lo indigno, lo vilmente
ingrato de engañar al Marqués de Guadalbarbo no se le ocultaba; surgía
ya en el seno de su atribulada conciencia como un remordimiento.
--Faustino--dijo con acento sumiso y triste,--yo hice mal, hice una
villanía, fuí una miserable no amándote entonces. No exijas de mí que
sea más miserable y más villana amándote ahora.
--Yo nada exijo, Costanza. El amor no se impone. Si depende de tí el no
amarme, no me ames. Yo te amo; yo muero de amor por tí.
El Doctor cayó de rodillas á los pies de la Marquesa.
--Levántate, tranquilízate. ¡Jesús, Dios mío! ¡Qué locura! ¡Alguien
puede venir!
--¡Ámame!
--Ten piedad. Déjame. Huye de aquí. ¿Qué va á ser de nosotros, santos
cielos?
--Ámame, Costanza.
--¡Ah, sí... te amo!
El Doctor ciñó en un abrazo febril el cuerpo de la Marquesa, que cedía
rendida y desfallecida. Sus labios se unieron.
De repente exhaló ella un grito ahogado, y poniendo ambas manos en el
pecho del Doctor, le rechazó con violencia.
--¡Estoy perdida!--dijo con voz tan baja y tan intensa, que más que
oirlo pudo adivinarlo el Doctor.
La pasión sincera y vehemente los había apartado á ambos del mundo
exterior; los había hecho insensibles á cuanto los rodeaba; habían
estado incautos, imprevisores, imprudentísimos, locos.
No habían sentido llegar al Marqués de Guadalbarbo. El Marqués de
Guadalbarbo acababa de entrar en el saloncito.
El Doctor y la Marquesa se repusieron y tomaron la conveniente actitud;
pero ¡qué desorden moral en la mente del uno y de la otra! ¡Qué
consternación y qué vergüenza no se pintaba en sus semblantes!
En cambio, el Marqués mostraba en el suyo la misma serenidad, la misma
satisfacción de siempre. ¿Habría hecho un milagro el demonio? ¿Habría
puesto una nube ante los ojos del Marqués para que nada viese?
La esperanza es el último consuelo del corazón más lacerado, y
Costancita, al reparar lo sereno que su marido estaba, no perdió la
esperanza.
--Niña, hija querida--dijo el Marqués, llamando á su mujer con los
mismos términos de siempre, donde iban expresados el amor que la tenía y
la diferencia de edad,--¿estás mejor de salud? Me tenías con cuidado y
he querido pasar por casa antes de ir al Ministerio de Hacienda. Quiero
saber cómo te encuentras antes de salir de nuevo... ¡Hola, Faustino! ¿Tú
por acá?
Y el Marqués estrechó la mano del Doctor, que se la dió avergonzado y
casi convulso.
La Marquesa dijo tartamudeando, trabándosele la lengua, como si tuviera
un nudo en la garganta:
--Estoy bastante mejor.
D. Faustino, aterrado, nada dijo.
Ó el Marqués no había visto nada, ó no había querido ver nada, ó tuvo
piedad del martirio, del miedo, de la postración humillante de aquellos
infelices.
El Marqués dijo que el Ministro de Hacienda le aguardaba, y se volvió á
la calle.
D. Faustino y Costancita se quedaron solos de nuevo. Ambos, aunque
apasionados, distaban mucho de estar pervertidos. El terror de ellos no
era, pues, por el peligro que acababan de correr; era por la conciencia
de su pecado. Aquel abrazo y aquel beso habían sido un hurto infame. La
honra, el amor, la confianza generosa del padre de sus hijos, todo había
sido ofendido por la Marquesa. El Doctor había hecho traición al amigo
leal, al que más le quería y le estimaba; había intentado robarle su más
preciado tesoro. Al ser sorprendidos ambos, la cobardía de los
delincuentes se había pintado en sus rostros, se había revelado en sus
ademanes. Ambos se habían visto y estaban avergonzados de haberse visto.
Este sentimiento de su común indignidad y humillación en presencia del
Marqués pudo más entonces que todo recelo y que el ansia de precaverse
para lo futuro, ó de remediar, si era posible, el mal causado ya. Apenas
tuvieron palabras con que hablarse y entenderse.
Largo rato permanecieron mudos.
--Vete ya. Vete. ¡Estoy perdida!--dijo ella al fin...
--¿Quién sabe?--se atrevió á contestar el Doctor.--Quizás él no ha visto
nada. De seguro... no ha visto nada... El cielo nos ha protegido.
--¡Qué horrible blasfemia! El infierno... tal vez.
--Sea el infierno, en buen hora, con tal de que tú no pierdas.
--Faustino, vete, déjame; me haces daño en el alma,--exclamó la
Marquesa, llena de disgusto y angustia.
El Doctor tomó su sombrero, y silencioso, á paso lento, cabizbajo y
pensativo, salió del salón y de la casa.
Tristes pensamientos y desatinadas medidas iba barajando en su cabeza
conforme seguía maquinalmente por las calles su acostumbrado camino.
--¿Si lo sabrá el Marqués?--se preguntaba.--Es imposible que no lo haya
visto todo. ¿Qué había de hacer sino disimular ó matarnos allí? Por eso
disimuló... pero ¿con qué propósito? ¿Irá á vengarse en ella? Yo debo
evitarlo. Yo debo defenderla.
Luego, harto más abatido, daba el Doctor otro giro á su soliloquio, y se
decía:
--Soy un miserable de la peor condición y especie. Carezco del amor, de
la energía suficiente para ser virtuoso, para no hacer nada que no pueda
sostenerse y defenderse á cara descubierta y con la conciencia
tranquila, hasta en la presencia del mismo Dios, y me faltan bríos y me
sobran atolondramiento, torpeza y flojedad de ánimo para cometer un
delito hábilmente, para ser diestro y sereno y valeroso en el pecado.
Esta enervación de mi carácter me hace feliz y me lleva á hacer
infelices á cuantas personas he querido.
Así iba discurriendo el Doctor cuando, al volver una esquina se le
acercó un hombre. Al punto reconoció al Marqués de Guadalbarbo.
--Te estaba aguardando. Sígueme,--le dijo el Marqués.
El Doctor le siguió sin contestar.
Á corta distancia de allí se encontraron parado el coche del Marqués.
--Sube,--dijo éste al Doctor, y el Doctor entró en el coche.
En seguida entró el Marqués y se sentó á su lado, diciendo al lacayo:
--¡Á la quinta!
Los caballos tomaron el trote y empezó á rodar rápidamente el carruaje.
Silencio profundo entre los dos viajeros.
El Doctor había conocido que el Marqués lo sabía todo, y juzgaba de su
deber darle la satisfacción que quisiese. Por un instante pasó por la
mente del Doctor la idea de si querría asesinarle el Marqués; pero le
pareció que, si bien estaba en su derecho, no podrían ser tales sus
intenciones. El Doctor se llenaba de sonrojo sólo de figurarse que
preguntaba al Marqués: «¿Qué quieres? ¿Qué pretendes hacer conmigo?»
Callóse, pues, y se dejó conducir á la quinta sin decir palabra.
Llegaron á la quinta, que está á media legua de Madrid; entraron en
ella; hizo el Marqués encender luces en un salón que le servía de
despacho en el piso bajo, y penetró allí solo con Don Faustino, cuando
se retiró el único criado que había.
El Marqués abrió un armario, sacó del armario una caja, y de la caja un
par de pistolas, que puso sobre el bufete. Luego rompió el silencio,
dirigiéndose á D. Faustino, y dijo con la misma calma que si dijese
«buenas noches»:
--Tú eres un ladrón, á quien puedo matar como á un perro. Me has robado
lo que más amaba; has abusado de mi confianza; has hecho traición á mi
amistad. Quiero, no obstante, matarte cara á cara y con armas iguales.
Lo que no quiero es que nadie se entere de que yo soy quien te mato, ni
que nadie sospeche por qué te mato. Esto sería publicar mi deshonra, la
de mi mujer y la de mis hijos. Menester es que falten aquí los testigos
y requisitos de un duelo. No tendremos más testigos que Dios. Mis
criados se guardarán bien de decir nada, si de algo se enteran. El
lacayo y el que cuida esta casa son dos ingleses muy sigilosos, muy
fieles y que me sirven años há. Coge una de esas pistolas; yo tomaré la
otra.
El Doctor tomó instintivamente una de las dos pistolas, al ver que el
Marqués se disponía también á tomar una. El acto de armarse fué, pues,
casi simultáneo. El Doctor no sabía qué decir, y nada decía.
--Ahora--prosiguió el Marqués,--vendrás conmigo,--y abrió una puerta que
daba á los jardines.
Todo estaba solitario. La luna alumbraba bastante. Antes de salir añadió
el marqués:
--Voy á llevarte lejos de aquí, porque los jardines son grandes. Los
criados así quizás no oigan los tiros. Cuando lleguemos al lugar
conveniente, nos colocaremos á treinta pasos de distancia, que yo
mediré. Luego montaremos las armas. Cuando yo diga _¡ya!_ marcharemos el
uno contra el otro. Cada cual podrá disparar cuando guste. Si tiras
bien, puedes adelantarte. Si no te fías de tu tino, aguarda hasta
ponerme en el pecho ó en una sien la boca de la pistola.
El Marqués, terminado este breve discurso, echó á andar, seguido por D.
Faustino. Pasaron por un hermoso bosque, y llegaron, por último, á un
sitio llano y sin árboles, junto á las mismas tapias que cercan la
posesión.
D. Faustino quiso entonces hablar; pero como no juzgaba decoroso tratar
de disculparse, ni justo jactarse y gloriarse de la injuria que había
hecho, se limitó á decir:
--Costanza es inocente.
--Lo sé--contestó el Marqués:--por eso no me vengo de ella, sino de tí.
Midió el Marqués los pasos. D. Faustino se puso en un extremo y él en
otro.
--¡Ya!--exclamó el Marqués no bien montó su pistola y advirtió que el
Doctor había también montado la suya.
Ambos marcharon el uno contra el otro. El Marqués tenía fama de buen
tirador, y alguna confianza en su puntería. Por lo mismo, aunque
injuriado, sentía remordimiento en la conciencia de abusar de su ventaja
si disparaba desde luego.
Más de la mitad de la distancia que los separaba habían andado ya.
Estarían á unos catorce ó quince pasos el uno del otro. D. Faustino
seguía marchando sin disparar. El instinto de conservación y el recelo
de que se le frustrase la venganza conmovieron el corazón del Marqués.
Conoció que latía su pecho con violencia, y que su pulso agitado hacía
que temblase ligeramente su diestra. No pudo contenerse más. El Marqués
disparó. Al punto advirtió una súbita vacilación en D. Faustino; pero
pasó en seguida, y D. Faustino siguió avanzando con firmeza, con la
pistola montada y apuntada contra su adversario.
El Marqués no se explicaba su falta de tino; pero estaba ya casi seguro
de haber dejado ileso al Doctor. Del fondo de su alma nacían la
desesperación y el abatimiento. Su deber, no obstante, era continuar
acercándose á la persona en cuyas manos estaba su vida.
Pronto llegó el Doctor junto al Marqués. En el rostro del Doctor,
iluminado por la luna, había una profunda y bella expresión de tristeza;
pero aquel rostro era terrible, espantoso para el Marqués en aquel
momento.
D. Faustino puso la boca de su pistola casi sobre el pecho del Marqués y
le miró fijamente. Fué obra de un instante, si bien al Marqués le
pareció aquel instante un siglo.
El filósofo entonces hubo de pensar á escape en todas sus filosofías. Se
había sometido, se había resignado al duelo á muerte, por no hallar
medio decoroso, decente y natural de no aceptarlo. Pero, ya cumplida la
que juzgó extraña y penosa obligación impuesta por la sociedad, y
ocasionada por un beso y un abrazo apretadísimo, dados con tan pocas
precauciones, ¿qué ganaba D. Faustino en matar á aquel pobre viejo, á
quien había hecho horriblemente desgraciado? Tal vez el Marqués,
imaginaba además el Doctor, no le había llevado allí por rencor ni con
saña, sino para cumplir con un deber, del que él presumía que estaba
pendiente su honra. Todo cumplido, todo consumado ya, acortar la vida de
aquel hombre, darle allí la muerte, era una barbaridad inútil. Por otra
parte, el Doctor, aunque por discurso sabía lo poco que vale la vida, la
respetaba por un invencible sentimiento; el atentar contra la de nadie
le parecía la mayor de las faltas; le parecía uno de aquellos pecados de
que él no sabría absolverse jamás. Tales fueron las ideas que se
agolparon en tumulto en su mente.