había torcido la suerte de Faustino. Amado por ella, animado, estimulado
por ella, Faustino hubiera realizado todos sus sueños de gloria. Sus
ilusiones hubieran sido realidades. Ella quizás había tronchado aquella
flor cuando se abría al blando soplo de las más nobles esperanzas; ella
quizás había destrozado las alas de aquel genio; ella quizás había roto
las mágicas cuerdas de aquella melodiosa arpa, arrojándola después en un
rincón, como el arpa de los versos de Becker.
Forjábase entonces la Marquesa una existencia fantástica, mil veces más
bella que la que había pasado. Se representaba á sí misma como la musa,
el impulso, la inspiración, el resorte enérgico y fecundo en milagros y
creaciones, de un hombre que tal vez hubiera llenado de gloria á su
patria. Esto le pareció más bello, más poético, más noble que todos los
casos, lances y sucesos de su vida real.
Por primera vez, allá en lo íntimo de su conciencia, sin atreverse á
confesárselo con claridad, columbrándolo apenas, pensó Costancita que
sólo el egoísmo, el miserable interés, el ansia de goces materiales, el
afán del lujo y la vanidad la habían guiado y arrastrado á preferir á
Faustino al Marqués de Guadalbarbo.
Costancita, con todo, no había coqueteado aún en Madrid con D.
Faustino. Costancita seguía amando y reverenciando al Marqués. Y D.
Faustino, tan castigado por la mala ventura, no soñaba en que su prima,
que no le quiso en su tierra, pudiera quererle ahora, cuando ya el
indigno misterio de su porvenir estaba claro; cuando ya se había
demostrado con el éxito todo lo vano, infundado y falto de ser de sus
esperanzas y de sus planes de glorias y triunfos.
Sin embargo, estimulada Costancita por las asiduas pretensiones del
general Pérez, concibió una idea de todos los diablos. El Marqués no
había de echar de su lado al General. Cualquier coqueteo con otro
personaje de primera magnitud no haría sino darle picón y entusiasmarle
más todavía. El modo de ahuyentar al General y de vengarse de él,
humillando su soberbia, era buscarle un rival obscuro, modesto, á quien
ella, con su omnipotencia de gran señora, realzaría por medio de una
mirada, por el conjuro de un favor. Así remedaría Costancita á Dios
mismo, arrojando del encumbrado sitial al poderoso y exaltando al
humilde. Costancita se resolvió, pues, á dar aliento á su pobre primo, á
sacarle de aquella postración y abatimiento en que se hallaba, á hacerle
sentir lo que valía, y á ponérsele como rival y contrario al engreído
General, á ver si reventaba de furor al verse suplantado por un
empleadillo de catorce mil reales, por poco más de un escribiente; á
ella además le parecía que aquel escribiente, aquel empleadillo de
catorce mil reales, valía mil veces más por todos estilos que el general
Pérez, con todas sus conquistas, y que ella no necesitaba que la gloria
y la fama del general Pérez ni de nadie reflejasen en su persona para
esclarecerla. Costancita se creía con sobrado esplendor propio para
brillar por sí, para iluminar, hermosear y ensalzar cuanto se le
acercase.
[Imagen decorativa]
XXIX.
Á SECRETO AGRAVIO, SECRETA VENGANZA
El Marqués de Guadalbarbo estaba cada día más dispuesto á coadyuvar, sin
saberlo, al diabólico propósito de Costancita.
El entono y la arrogancia que tenían, ó que él imaginaba que tenían, los
personajes más eminentes de Madrid, parecíanle tan injustificados, que
apenas si los podía sufrir. Admirador el Marqués del buen orden,
grandeza y florecimiento de la Gran Bretaña y de otros Estados de
Europa, lamentaba como nadie el atraso, el desorden y el desgobierno de
su patria. Imaginaba, pues, que nuestros próceres y repúblicos, lejos de
mostrarse soberbios debían estar avergonzados de su ineptitud y llenos
de la humildad más profunda.
El Marqués, como casi todos los hombres cuyos negocios prosperan, sobre
todo si no tienen que acusarse de bajezas ni de bellaquerías, estaba
dotado de un amor propio colosal, y naturalmente le molestaba el de los
otros, que ni con mucho se le antojaba tan fundado.
Jamás había leído el Marqués el curiosísimo libro del padre Peñalosa,
titulado _Cinco excelencias del español que despueblan á España_; mas
aunque le hubiera leído, no cabía en la índole de su entendimiento el
creer la singular teoría de aquel ingenioso fraile; el cual daba por
seguro que por ser los españoles tan hidalgos, tan católicos, tan
realistas, tan generosos y tan guerreros, están siempre tan perdidos.
Así es que la perdición, según el Marqués, provenía de malas y no de
buenas cualidades; por donde no cesaba de gruñir y de censurar á sus
paisanos, si bien descargaba los rayos de su censura sobre las
eminencias y se mostraba benévolo é indulgente con los humildes y poco
afortunados.
Como entre estos últimos se contaba el primito D. Faustino, el Marqués
sentía por él, según ya hemos dicho, una singular predilección, que iba
en aumento siempre. La prevención con que había mirado al primito,
cuando le conoció en Andalucía se había disipado por completo. La
petulancia de la primera juventud, los alardes de impiedad y
descreimiento, y otras faltas de Don Faustino, se habían enmendado con
los años y los desengaños. Y por otra parte, el Marqués distaba mucho de
ver ya en Don Faustino, como había visto en otro tiempo, á un rival que
venía á robarle sus amores; antes bien veía ahora á un joven infeliz, de
quien él había triunfado, y cuyo valer y nobles prendas, mientras en más
se estimasen, daban más precio, mérito é importancia á su victoria.
Cuanto más alto ponía el Marqués á D. Faustino, allá en su imaginación,
tanto más ensalzaba el afecto y la libre decisión de Costancita al
desdeñar á D. Faustino y al preferirle á él.
En tal estado las cosas, las visitas del Doctor á su prima menudeaban
cada vez más; y si por cualquier motivo nuestro héroe no parecía durante
dos ó tres días por casa del Marqués, el Marqués le buscaba ó le
escribía llamándole.
Entre tanto, el infatigable general Pérez, verdadero _poliorcetes_
amoroso de nuestro siglo, aunque había sido rechazado en todos sus
asaltos, arremetidas y ataques, seguía con regularidad y sin
interrupción el cerco de la plaza. Como era un señor de tanto fuste,
respeto y soberbia, nadie se atrevía casi á acercarse y á hablar con
Costancita, considerándolo tiempo perdido, merced á aquel tremendo
espantajo. El general Pérez, con sus miradas y con andar siempre en
torno de Costancita, hacía una perpetua declaración de bloqueo. Claro
está que los galanes de Madrid no se arredraban por temor de que el
general Pérez se los comiera crudos, ni mucho menos; pero cuando veían á
un conquistador como él tan empeñado en aquella empresa, sin desmayarse
ni retirarse, tal vez suponían que no era tan mal recibido, y no había
uno que se atreviese á presentarse como rival para salir derrotado.
Costancita, más harta cada día, empezó á ponerse fuera de sí al ver que
el cerco se estrechaba y que la incomunicación en que el general Pérez
quería tenerla iba poco á poco realizándose.
El propio D. Faustino, con la modestia y la timidez que su mala ventura
le había infundido, sospechó, no que su prima amase al General y
estuviese con él en relaciones, sino que se deleitaba y enorgullecía de
la asidua corte de tan eminente personaje. Así es que, no bien veía al
General al lado de la Marquesa, juzgaba atinado y prudente irse por otra
parte á fin de no estorbar. Costancita rabiaba y se desesperaba más con
esto, allá en su interior. El resultado era que hacía extremos cariñosos
por su primo, que le miraba con ojos llenos de ternura, que le apretaba
la mano con efusión, y que hasta le hacía elogios á cada paso; pero al
Doctor se le metió en la cabeza que todo ello era compasión, bondad,
deseo de levantarle un poco de la postración en que se hallaba; quizás
algo de leve remordimiento por las crueles calabazas que Costancita le
había dado en otra época.
La Marquesa de Guadalbarbo empezó á picarse no menos de esta
impasibilidad del Doctor que de la persecución sin tregua del General.
Sin poder contenerse, vino entonces á hacer más declarados favores á su
primo; pero, por declarados que fuesen, el Doctor, ó se los explicaba,
como antes, por la compasión, ó se daba á cavilar en una cosa que
desechaba luego como un mal pensamiento, si bien volvía á su imaginación
con persistencia.--¿Querrá mi prima, se decía, que yo le sirva de
pantalla para que lo del General no se perciba tanto?
Lo cierto es que esta conducta de D. Faustino, seguida instintivamente
en fuerza de lo abatido y descorazonado que se hallaba, hubiera sido,
seguida con toda reflexión y cálculo por un seductor de oficio, la más
hábil y la más á propósito para rendir á Costancita.
Costancita continuó, pues, favoreciendo á su primo por todos aquellos
medios indefinibles, vagos y poéticos, que á veces hasta las mujeres
tontas y vulgares saben emplear, si el amor ó el deseo de ser amadas las
inspira, y que la Marquesa de Guadalbarbo, tan entendida, tan elegante,
tan artista en todo, empleaba de una manera deliciosa. El Doctor no se
creyó amado aún; pero empezó á recordar los antiguos amores y á pintarse
en el alma los coloquios de la reja del jardín con todas sus
circunstancias, y á creer que amaba aún á Costancita, á pesar de María.
Esta nueva situación del ánimo del Doctor se hizo patente muy pronto á
los ojos de la Marquesa, quien advirtió en su primo una dulzura de
expresión muy grande cuando la miraba, una gratitud profunda cuando ella
hacía de él algún encomio, y un cuidado y una solicitud rebosando
sencilla y natural galantería para hacer por ella mil pequeños
servicios. En persona tan distraída como el Doctor, y que tanto distaba
de ejercer tales artes por costumbre, casi, casi era esto una
semideclaración de amor.
Como se pasaba cuatro ó cinco horas diarias en la oficina extractando
expedientes, y luego otras tantas en la soledad de su cuartucho del
pupilaje, tratando en balde de dar ser á su epopeya ó de componer su
nuevo sistema filosófico, el Doctor se creía trasladado al cielo desde
el purgatorio cuando entraba en aquellos elegantes y ricos salones,
donde los criados le trataban con una consideración de que no había
gozado desde que salió de Villabermeja; donde todo despedía dulce olor;
donde había tantas cosas bonitas, y donde, sobre todo, hallaba á una tan
bella mujer y tan aristocrática, que se interesaba por él, que le
preguntaba por su salud con verdadero afecto, que deseaba leer sus
versos y saber sus filosofías, y que hacía todo esto de un modo tan
llano y tan discreto, que no advertía jamás el Doctor, aunque era muy
caviloso, que hubiera afectación en nada, ni que hubiera _sensiblería_,
ni pedantería, ni que pudiera aparecer el más ligero asomo de ridículo.
Sentía el Doctor tanto bienestar y consolación tan suave en casa de
Costancita, y en este punto de sus relaciones con ella, que estaba como
el enfermo cuando halla una postura cómoda y grata, tiene miedo de
perderla y no se atreve á moverse, ó como quien ha tenido un sueño
beatífico, cuando se despierta y procura colocarse del mismo modo y
conciliar el sueño de nuevo para que se repitan idénticas visiones. En
suma, el Doctor se contentaba con aquello, y no aspiraba á más por miedo
de perderlo todo.
Una de las noches en que recibía la Marquesa, en el mes de Mayo, el
general Pérez estuvo pesado y atrevido como nunca; se quejó de que la
Marquesa no le recibía sino los días de recepción, y se obstinó en
alcanzar una cita.
--Yo tengo que hablar á V. con cierto reposo--dijo á la Marquesa.--Esto
es terrible. Aquí tiene V. que hacer los honores, y con ese pretexto no
me hace V. caso; no me oye nunca; cualquier majadero que se acerca me
interrumpe en lo mejor de mi discurso. Oigame V. antes de condenarme. Á
nadie se le condena sin oírle.
--Pero, General--contestó Costancita, si yo no le condeno á V., si yo le
oigo; ¿de qué se queja?
--Es V. muy cruel. V. se burla de mí.
--No me burlo.
--¿Por qué no me recibe V. cuando vengo de día?
--Porque de día no recibo más que los martes. Venga V. cualquier martes
y le recibiré.
--Eso es; me recibirá V. como á cualquiera otro.
--¿Y qué derecho tiene V. á que yo le reciba de diferente manera?
--¡Ingrata! ¿Y mi afecto y mi amistad y mi admiración no me dan derecho?
--Por eso mismo quizás debo resistirme á recibir á V. Es V. muy
peligroso,--dijo Costancita riendo.
--¿Lo ve V.? Se ríe V. de mí, Marquesa.
--No me río de V.; pero no debo recibirle. Por lo mismo que V. me hace
la corte con tanta asiduidad, no debo recibir á V. para no dar ocasión á
la maledicencia.
--Nadie dirá nada. Recíbame V. una vez sola. Su reputación de V. está
tan bien sentada, que no murmurará nadie.
--Mire V.--dijo Costancita un poco contrariada de que el General tomase
por lo serio aquella excusa,--harto sé que mi reputación no puede ni
debe depender de tan poco. V. quiere verme mañana, cuando no recibo á
los demás mortales. Pues sea. Venga V. mañana. De tres á cuatro.
Encargaré á los criados que le dejen entrar.
--¿Y nada más que á mí solo?
--Nada más que á V. solo.
Dicho esto, la Marquesa se fué hacia otra parte, dejando satisfecho al
general Pérez, aunque acababa de darle la cita para que no creyese que
temía avistarse con él á solas, ó para que no presumiese que su
reputación pendía de tan poco, que fuera á perderla por recibirle.
El general Pérez, como todo lo convertía en substancia, se quedó muy
hueco. Allá, en el fondo de su alma, imaginaba él y pintaba con
vivísimos colores una lucha muy brava que el amor y la virtud se estaban
dando en el corazón de Costancita por culpa suya. La concesión de la
cita le pareció una gran victoria del amor. No comprendió que Costancita
había cedido á fin de demostrarle que él era para ella un hombre _sin
consecuencia_. El General la había estrechado tanto, que negándose á
recibirle, hubiera sido como decir con la Leonor de _El Trovador_:
Libértame de tí; si por tí tiemblo,
por tí, por mi virtud... ¿no es harto triunfo?
Por no aparecer en la mente del General como diciendo estos dos versos,
pasó Costancita por la mortificación de verle y oirle á solas.
El General no faltó á la cita. Aunque había sido siempre con otra clase
de mujeres imitador ó émulo del joven Tarquino, ya sabía él, á pesar de
su fatuidad, con quién se las había, y estuvo respetuoso, almibarado,
humilde y rendido. Costancita, con más primores y discreteos que otras,
dijo en aquella ocasión lo que en ocasiones semejantes dicen siempre
todas las mujeres: que estimaba al General, que sentía por él una
amistad viva, que le agradecía lo mucho que la distinguía; pero que á
nadie amaba de amor, y que en este punto debía el General perder toda
esperanza.
El desengaño dado por Costancita no pudo ser más explícito ni más claro.
La vanidad del General no quería, con todo, recibirle. El General siguió
viendo en espíritu el rudo combate entre el honor y la virtud, el amor y
la castidad, que destrozaban el alma de Costancita; casi tuvo compasión
de aquel tumulto de pasiones que había suscitado, y por un arranque de
generosidad se decidió á tener calma, á encaminar las cosas suavemente y
á no entrar en la plaza por asalto, llevándolo todo á sangre y fuego. El
General se propuso ser magnánimo, usar de misericordia y venir de diario
á moler á Costancita, mostrándose más fino que un coral y más dulce que
una arropía.
La Marquesa de Guadalbarbo no acertaba á librarse de aquellas visitas
impertinentes, que tanto la molestaban. En su orgullo, no quería decir
al General que no viniese á verla á menudo para no comprometerla; y no
había medio tampoco de hacerle comprender que sus visitas la aburrían.
En esta situación, el medio de osear al moscón del General, valiéndose
del Doctor Faustino, se le hizo á Costancita más deseable que nunca. Su
primo, por otro lado, iba ganando cada vez más en su corazón.
Un día, de sobremesa, mientras que el Marqués hablaba de política con
otros convidados, Costancita y el Doctor tuvieron el diálogo siguiente:
--¿Es posible, Faustino, que tengas tan mala opinión de mí y que me
creas tan vana y tan poco orgullosa á la vez, que supongas que me
complazco en la corte que me hace el general Pérez? ¿Qué lustre me doy
con eso? ¿Necesito yo del General para algo? Mil veces te he dicho que
me aburre, que me molesta, que no puedo sufrirlo, y tú me oyes siempre
con visibles muestras de incredulidad.
--Francamente, prima--contestó el Doctor,--te lo diré, aunque te enojes:
yo no comprendo que el General esté hecho tan á prueba de desdenes.
Cuando viene á verte casi todos los días, cuando está siempre donde tú
estás, cuando se consagra á adorarte de continuo, no se verá tan mal
tratado.
--Pues se ve; pero él trueca siempre en favores los desvíos, en
esperanzas los desengaños y en triaca el veneno. Como no le eche á
puntapiés, se me figura á veces que no tengo medio de echarle.
--Ya le echarías, si quisieses--dijo el Doctor.
--Pues quiero--respondió Costancita. ¿Te prestas á ayudarme en la
empresa?
--Con mucho gusto. No hay mayor felicidad para mí que la de poder ser
útil en algo á mi linda prima, que es tan buena y tan cariñosa conmigo.
--Bien está. Ya sabes tú cuánto te agradezco el afecto que me tienes,
cuánto te agradezco tu generosa amistad. ¡Qué noble eres, Faustino! Tú
deberías guardarme rencor, y no me lo guardas.
--¿Y por qué guardarte rencor? No recuerdo yo la despedida por la reja,
de hace tantos años, sino para confesarme que tuviste razón en
despedirme. La experiencia de mi vida, mi obscuridad, mi miseria, el mal
éxito de mis propósitos, han justificado la prudencia y previsión de tu
padre. Hubiera sido una locura que hubieras unido tu suerte á la mía. No
me quejo, pues; antes bien te agradezco y guardo en el corazón, como el
recuerdo más bello de mi vida, la pura esencia de aquellas lágrimas que
por mí derramaste, y el delicado aroma en que se bañaron mis labios
cuando por primera y última vez tocaron tu serena frente. Pero no
hablemos de esto. Vamos á lo que más importa. ¿Qué pides? ¿Qué mandas?
--Yo no mando nada: yo te suplico que vengas mañana á verme.
--¿Á qué hora?
--Ven á las dos y media. Que no faltes.
Costancita citó al Doctor para media hora antes de la hora en que el
general Pérez solía venir á verla casi todos los días.
Bien sabe el autor ó narrador de esta historia que aquí, como en otros
pasajes de ella, han de incomodarse los lectores con el héroe principal,
de quien exigen en novela una fidelidad y una constancia prodigiosas, y
á quien han de condenar porque ya amaba á María, ya á Costancita, ya á
las dos á la vez, y porque amó durante algunos días á la misma Rosita;
pero tire contra él la primera piedra quien en la vida real haya tenido
menos variaciones, y menos fundadas variaciones en sus amores. El
desdichado Doctor Faustino había perdido á María quizás para siempre,
por motivos que el hado adverso había creado. Harto había amado á María,
harto había guardado y guardaba su imagen en el centro del alma,
levantándole allí altar como en un santuario; pero también había amado á
su prima Costanza antes de conocer á María, y no es extraño que
renaciese ahora en su corazón el primitivo afecto. Además, desde el
principio de esta historia debe saber el lector que no tratamos de poner
al Doctor Faustino como ejemplo de virtud y como dechado de
perfecciones, sino como muestra de lo que pueden viciarse y torcerse un
claro entendimiento y una voluntad sana con las que vulgarmente se
llaman ilusiones; esto es, con un concepto demasiado favorable de sí
mismo, con la persuasión de que los propios merecimientos deben
allanarnos el camino para el logro de toda esperanza ambiciosa, y con la
creencia de que el grande hombre está en nosotros en germen, y de que,
siendo así, sin perseverancia, sin trabajo, sin esfuerzos incesantes,
sino llevados de la propia naturaleza, hemos de trepar á todas las
alturas y rodearnos del fulgor inmortal de toda gloria.
Esta condición de carácter del Doctor Faustino es comunísima en el día,
porque las ambiciones están despiertas y solevantadas, y en el Doctor
persistían á pesar de mil desengaños amargos. Espíritu poético además,
sin fe segura y firme en nada, sino en su propio valer, lo cual es
también harto común por desgracia, el Doctor era como personaje de
antiguo cuento, que vaga perdido en una selva, en la obscuridad de la
noche, y corre, ya en pos de una lucecita, ya en pos de otra, de las que
ve brillar á lo lejos, creyéndolas alternativamente faros que han de
salvarle. La lucecita que ahora deslumbraba al Doctor y hacia la cual
corría lleno de esperanza, era de nuevo los ojos de su prima la
Marquesa. El Doctor acudió á la hora de la cita con algunos minutos de
anticipación.
Recibióle su prima en un primoroso saloncito, contiguo á su tocador,
donde ella solía estar á solas leyendo, escribiendo ó soñando, y donde
recibía á los íntimos. Era lo que llaman _boudoir_, valiéndose de un
vocablo extranjero. Costancita estaba vestida de mañana, con traje
gracioso y leve, propio de primavera. Las persianas, echadas, daban una
media luz muy agradable á todos los objetos. Plantas y flores adornaban
el saloncito. La Marquesa parecía más fresca, lozana y encantadora que
todas las flores.
El Doctor hizo mil cumplimientos á su prima. Ella, en cambio, le prodigó
mil dulces sonrisas y mil afectuosas miradas. No se habló de amor, ni
pasado ni presente. Se habló de amistad, de cariño indeterminado entre
ambos; pero, en virtud de esta amistad, de este cariño sin nombre,
aunque puro y espiritualismo, el Doctor tomó la mano de la Marquesa
entre las suyas, y la Marquesa se la dejó allí abandonada. El Doctor la
cubría de besos cuando sonó la campanilla de la puerta principal.
Costancita se rió.
--Éste es--dijo--mi tremendo General, que llega.
El Doctor, que tenía su silla muy cerca del asiento de Costancita, la
apartó maquinalmente.
--No, no--dijo Costancita riendo con más gana todavía,--no apartes tu
silla; acércala más y que rabie. No te levantes hasta que entre, para
que te vea sentado muy cerca de mí.
Don Faustino obedeció á la Marquesa, aproximándose á ella cuanto pudo.
Un criado anunció al general Pérez, el cual entró en seguida en el
saloncito con aire triunfante y glorioso.
Costancita, aunque autora de aquella burla, la hizo involuntariamente
más eficaz, por su falta de práctica y desenfado para tales negocios,
poniéndose bastante colorada cuando entró el General. D. Faustino, como
hacía muchísimo tiempo que no había tenido aventuras galantes, y como
jamás las había tenido en salones tan aristocráticos y con intervención
de rivales tan gigantescos y egregios, estaba conmovido y agitadísimo, y
se puso colorado también. Todo lo notó el General con disgusto mal
disimulado, á pesar de ser hombre de mundo curtido en todo linaje de
lances.
La conversación que se siguió no pudo menos de ser embarazosa y fría. La
cara del General mostraba cada vez más la mal reprimida cólera. Á
Costancita le retozaba la risa dentro del cuerpo, y apenas si acertaba á
contenerse. De vez en cuando miraba con ternura á su primo, no
recatándose para ello del General, sino procurando que el General lo
advirtiera. Éste, comprendiendo toda la ridiculez que traería consigo el
enojarse, pugnaba por aparecer sereno y hasta jovial; pero no podía.
Quiso hablar de cosas indiferentes: de teatros, de literatura y hasta
de modas, y dijo infinidad de disparates, como persona que delira en
sueños ó que tiene el espíritu distraído á otros asuntos. Todo esto
deleitaba á Costancita; la hacía feliz. El General era tan vano, que
jamás había tenido celos de nadie, y menos aún del Doctor, á quien
siempre había mirado como á un pariente pobre, á quien daban algún
amparo en aquella casa y á quien á veces convidaban á la mesa como para
ejercer la obra de misericordia de dar de comer al hambriento. Ahora el
General las estaba pagando todas juntas.
--Vaya, vaya--dijo, entre otras sandeces,--no esperaba yo encontrarme
aquí en tan buena compañía.
--Favor que V. me hace, mi General,--respondió D. Faustino con suma
modestia.
--¡Quién lo pensara!--prosiguió el General.--¿Hoy no es día de oficina?
--Sí, mi General--respondió el Doctor;--pero yo he hecho novillos para
acompañar y entretener un poco á mi primita, que está algo melancólica.