»Así andaban las cosas, cuando el gobernador de esta provincia discurrió

una abominable traición, viendo que Joselito era invencible en buena

lid. Ajustó la muerte de Joselito con un malvado criminal, á quien tenía

en la cárcel y á quien dió libertad, haciendo correr la voz de que se

había escapado. Este traidor se unió á la partida de Joselito, ganó la

voluntad de aquel bandido tan caballero y una noche le asesinó mientras

dormía. Imagine su merced, señorito, cuán grande y cuán justa será con

este motivo la indignación de Villabermeja.«Respetilla, acostumbrado á

mirar como héroes á los bandidos, sobre cuyas hazañas sabía de memoria

no pocos romances, se extendía después en lamentar la muerte de

Joselito, en condenar la traición que contra él se había empleado, y en

celebrar sus _virtudes_. En obsequio de la brevedad, nos parece justo

suprimir todo esto, limitándonos á afirmar que Respetilla no había leído

libro alguno socialista, fatalista ni determinista moderno, y que era

eco de las ideas vulgares más rancias y castizas, cuando disculpaba á

Joselito de sus crímenes, atribuyéndolo todo al _sino_ y al pícaro

mundo; esto es, á la organización fatal del individuo y á las faltas,

vicios y durezas de la sociedad en que vive. No nos gusta sermonear en

novelas: de un hecho singular sabemos que no deben sacarse

consecuencias; pero el deplorable entusiasmo que entre los rústicos y

lugareños suelen inspirar los bandoleros y foragidos es tan general y

evidente, que á voces proclama que no son ideas nuevas y exóticas, sino

resabios antiguos los que le producen, contra los cuales más han de

valer la ilustración y la difusión de las buenas doctrinas filosóficas,

que la santa ignorancia que suponen muchos que existe y que se debe

conservar como oro en paño.

Doña Araceli había muerto también, siete años hacía. La buena señora,

sin dolores, sin violencia, con aquel mismo amor suave, que era el fondo

de su carácter, había exhalado el último aliento, quedando exánime como

un pajarito. En su testamento no se olvidó del querido sobrino de

Villabermeja y le dejó en herencia los seis mil duros de la deuda; pero

el manirroto de D. Faustino había contraído ya otra deuda mucho mayor

para poder seguir viviendo en Madrid con sus pocos recursos.

De María nada volvió á saber D. Faustino, ni antes ni después de la

muerte del padre de ella. El único que en Villabermeja debía saber su

paradero era el padre Piñón; pero éste nada quería declarar, por más

que en varias ocasiones el Doctor le había escrito preguntando.

Había habido un personaje bermejino, del que hemos hablado en la

introducción, sobre el cual recayeron en otro tiempo las sospechas del

Doctor de que hubiese sido el velador, ocultador y defensor de María.

Era este personaje el cura Fernández; pero el cura Fernández hacía mucho

tiempo que no existía. Averiguada con exactitud por el Doctor la fecha

de su muerte, aparecía posible que él hubiese sido el embozado que tuvo

con Joselito la conferencia de que resultó su libertad. Á poco hubo de

morir el cura Fernández. ¿Dónde estaba, pues, María?

El lector no puede haber olvidado al personaje principal de la

introducción; al verdadero narrador de esta historia, que yo me limito á

repetir á mi manera; el famoso D. Juan Fresco, sobrino del célebre cura.

¿Sospechará quizás el lector que María se había ido á América y había

buscado un refugio cerca de D. Juan Fresco?

El lector perspicaz quizás lo sospeche; pero Don Faustino no podía

sospecharlo. D. Juan Fresco no tenía más parientes cercanos que el cura

Fernández; no había escrito á nadie; no conservaba relaciones en

Villabermeja y nadie le recordaba.

El Doctor, que, para averiguar todo lo que con María se relacionase,

había hecho mil indagaciones, sólo había puesto en claro que Joselito

era huérfano de padre y madre cuando á la edad de cuatro años le

recogieron en el convento, y que su madre, allá en su mocedad primera,

quince años antes de que Joselito naciese, había tenido otro hijo, que

se había ido á tierras muy lejanas y de quien hacía cerca de medio siglo

que nada se sabía. El Doctor no imaginaba siquiera que este otro hijo

mayor hubiese llegado á ser un Creso.

Ya hemos dicho que, convencido D. Faustino de que sólo el padre Piñón

sabía el paradero de María, le había escrito varias veces pidiéndole

noticias. Siempre se había negado á darlas el padre Piñón. Al fin, en

una carta que recientemente había recibido D. Faustino, el Padre era más

explícito y se explicaba de este modo:

«Mil y mil veces te lo tengo dicho: sé dónde está María, mas no puedo

revelártelo. Conténtate con saber que vive, que siempre te ama, que

merece siempre que la llames tu _inmortal amiga_.

»El ser hija de quien era, y la consideración de que tú, movido de la

ambición y de la inconstancia propia de la edad juvenil, pudieras

desdeñarla y hasta aborrecerla, la excitaron á apartarse de tí.

»En esta resolución persiste todavía, si bien amándote siempre. Tal vez

no alimenta otra esperanza que la de unirse contigo en otra vida mejor.

»Una idea extraña, poco católica, tiene la pobre María. Dios se la

perdone. Ella es tan buena, que merece el perdón de Dios. Dios me

perdone á mí también, que disculpo su delirio, por el mucho afecto que

la profeso. María sigue creyendo que tú y ella os habéis amado siempre

en otras existencias; que vuestros espíritus están y seguirán enlazados

siempre, por siglos, y que esta vida que ahora vivís es de prueba para

los dos.

»Cree María que hay algo en tí que no eres tú; algo que no es tu

esencia, que no es tu alma, sino tu organismo, tu ser material, el medio

en que vives, el ambiente que respiras, la sociedad que te rodea, la

cual no es favorable, en la vida que vivís ahora, á vuestros inmortales

amores.

»Llevada, sin embargo, hacia tí por un impulso irresistible, María fué

tuya. Ahora teme, por lo mismo, volver á verte. Si se reuniera contigo y

algún acto lamentable os separase, poniendo enemistad entre vosotros, la

unión de vuestros espíritus, que ella cree que ha de trascender á vidas

ulteriores, se rompería quizás para siempre y ocurriría un divorcio

eterno. «Prefiero--dice,--al eterno divorcio no verle más, no gozar de

su compañía, no volver á ser suya en esta vida terrena».

»María, con todo, se muestra más confiada en otras ocasiones, y hasta

concibe cierta leve esperanza de poder unirse contigo en esta vida, sin

temor del divorcio eterno, cuando te halles desengañado, cuando el

dolor purifique tu alma, cuando las ilusiones que te ciegan y perturban

se desvanezcan del todo».

Esto decía el padre Piñón en su última carta, y éstas eran las únicas

noticias que de María había recibido el Doctor Faustino, quien seguía su

vida madrileña, siendo poco más que escribiente, y mal escribiente, á

las horas de oficina; por la noche, pisaverde que iba de tertulia en

tertulia; y, cuando se quedaba á solas consigo, filósofo, poeta y

soñador ambicioso: en suma, si bien seguía amando poéticamente el dulce

recuerdo de su amiga inmortal, distaba mucho aún de consentir en

trocarle por la posesión real de aquella hermosa y enamorada mujer, si

había de dar en cambio todas sus ilusiones, que él no creía tales.

[Imagen decorativa]

XXVIII.

LA CRISIS

En esta sazón ocurrió en Madrid una novedad que hizo época en los fastos

del mundo elegante, y de la cual no quedó periódico que no hablara.

Cansado de vivir en París y en Londres, el opulento Marqués de

Guadalbarbo volvió á establecerse en la villa del oso y del madroño. Su

antigua casa, que bien podía calificarse de palacio, había sido

restaurada y adornada de nuevo con suma elegancia y lujo. Muebles, los

más primorosos, cuadros bellísimos, estatuas de mármol y bronce, ricos y

espléndidos tapices, vasos del Japón y de Sèvres, figuritas graciosas de

porcelana de Sajonia, raros esmaltes de los mejores tiempos, libros

costosísimos, ó por el esmero de las ediciones y encuadernaciones, ó por

el escaso número de ejemplares que de ellos se han conservado; todo

esto, con mil cosas más, que por huir de la prolijidad no se mencionan,

estaba amontonado en aquella casa, en aparente, aunque hábil y

concertado desorden, ya en gabinetes tapizados de rica seda, ya en

salones dorados, ya en otros en cuyos techos lucían pinturas al fresco

de los más famosos artistas.

No tenía aquella casa el aspecto de un almacén de curiosidades, como

tienen otras, donde, si hubo vanidad y dinero para comprar, falta aquel

amor al arte que se refleja en los objetos y los anima. Allí parecía que

todo estaba cuidado, animado y hasta mimado por una hada. La presencia,

la huella, el paso y la mano del genio del hogar, se advertían en cada

primor, en cada adorno, hasta en el ambiente mismo. Se diría que su

mirada cariñosa lo había bañado todo de luz suave y de perfume poético.

Las plantas y las flores eran allí más bonitas y tenían un verde más

vivo, y colores mil veces más puros que en los huertos y jardines.

Perfiles casi imperceptibles para los no acostumbrados á observar,

revelaban á cada instante el tino, el buen gusto y la solicitud de una

mujer aristocrática, linda y discreta.

Esta mujer era nuestra antigua conocida Costancita, después Marquesa de

Guadalbarbo. Sobre el valor intrínseco que, como piedra preciosa ó como

perla limpia y de tornasolado oriente al salir de la mina ó del fondo de

los mares, tenía ella al salir de su lugar de Andalucía, había añadido

la moderna cultura cuanto tiene de más refinado y exquisito.

Diez y siete años transcurridos sin un disgusto para ella, en el seno

del más dulce bienestar, adorada de su marido, celebrada por todos,

inspirando respetuoso amor á los hombres y envidia á las mujeres, no

habían menoscabado en nada su hermosura. Nadie diría que Costancita

tenía treinta y cinco años cumplidos. Su boca era tan fresca; su sonrisa

tan alegre, entre infantil y maliciosa; sus dientes tan blancos; sus

mejillas tan sonrosadas, y tan tersa y serena su frente, como cuando

salió en el birlocho á recibir á su primo Faustino, que venía á vistas

desde Villabermeja.

Aunque la Marquesa tenía dos hijos, el mayor de diez y seis años,

podríamos seguir ahora diciendo de ella lo que dijimos cuando por

primera vez la presentamos á nuestros lectores: que su talle era

flexible, no como una palma, sino como una culebra, y que todo lo que de

sus formas podía revelarse, presumirse ó conjeturarse, estaba artística

y sólidamente modelado, sin exceso ni super-abundancia en cosa alguna,

sino en su punto, con número y medida, guardando las justas

proporciones, según las reglas del arte.

En el seno de la opulencia y del regalo, nos atreveríamos á añadir que

Costancita había pasado el tiempo sin que el tiempo marcase en ella su

rastro destructor, como aquellas princesas encantadas que se conservan

en el mismo ser en que las cogió el encanto, si no fuese porque había

habido mudanzas favorables. La tez, de trigueña que era, había adquirido

una blancura transparente y nítida, propia encarnación de diosa ó de

ninfa, y no de ser mortal; y las manos también, mejor cuidadas ahora,

parecían más bellas en contornos y dintornos y en el color y esmalte de

la carne y de las uñas. En todo esto, aunque hubiese habido alguna

industria ó artificio, era tan sabia industria y artificio tan sutil,

que el más severo crítico, el más experto en tales cosas, con ojos de

lince no lo descubriría.

La Marquesa de Guadalbarbo había deslumbrado y seguía deslumbrando á

Madrid con la riqueza de sus trajes, con sus joyas y con sus trenes. La

fama de su virtud era mayor y más envidiable aún. La Marquesa amaba á su

marido, como una providencia benéfica y munífica, que la cubría de

diamantes, que llovía oro en su regazo, que satisfacía sin titubear sus

más costosos y atrevidos caprichos. La suerte del Marqués en los

negocios relucía en la mente agradecida de la Marquesa como habilidad ó

como genio. El Marqués le parecía un encantador, que tocaba con su

varita cualquier esperanza, cualquier ilusión, cualquier antojo,

cualquier ensueño, y al instante le realizaba, trayéndole por ensalmo

del mundo de las quimeras y de las sombras al mundo de los seres

sólidos y consistentes.

La misma Costancita tenía de sí un alto concepto, que la hacía

invulnerable á no pocas seducciones.

Una mujer pobre, aunque sea el desinterés personificado, suele dejarse

deslumbrar por la riqueza, por el esplendor, por la magnificencia de un

galán rico. No tomará nada de él; pero podrá sentirse avasallada y

pasmada de los coches, de los caballos, del palacio, de la pompa, de la

atmósfera, en suma, que circunda al galán. Á Costancita nada de esto la

hacía efecto. Era ó se creía tan rica como cualquiera, y no había lujo,

ni gala, ni prodigio de la industria ó del arte que lograse aturdirla,

que excitase su admiración ó su curiosidad.

Una mujer plebeya suele hallar un atractivo invencible en el galán que

lleva un nombre ilustre. Una mujer que no está en la más alta sociedad

se hechiza con el galán que brilla en los aristocráticos salones; quizás

el deseo de presentarse como rival, de vencer y de mortificar á alguna

gran señora, puede más en ella que todos los propósitos de virtud. Para

Costancita, que, por sí y por su marido, se creía de la prosapia más

esclarecida, y que había vivido y resplandecido en los círculos más

encumbrados de París y de Londres, nada de lo dicho podía perturbar el

endiosado corazón. Todo lo miraba como por bajo de ella. Nada había que

no desdeñase.

La fama de la Marquesa de Guadalbarbo se extendía por toda Europa. La

Marquesa había brillado en Baden, en Brighton, en Spa y en Trouville; en

los salones del Faubourg Saint-Germain; en los castillos de los lores

más ilustres de Inglaterra y de Escocia. En Berlín, en Petersburgo, en

Niza, en Florencia y en Roma tenía amigas que la escribían, adoradores

que aun suspiraban por ella. Costancita estaba harta de brillar, y casi,

casi se puede asegurar que había venido á Madrid con el propósito de

eclipsarse.

En las edades y en los centros de más complicada y refinada

civilización, en Alejandría por ejemplo, en tiempo de los sucesores del

hijo de Filipo, y en Versalles, en tiempo de Luis XIV y de Luis XV, es

cuando, por contraposición, se ha despertado el gusto y hasta la manía

de la poesía bucólica, del idilio, de la vida campestre, del amor

sencillo entre pastores y zagalas. Un fenómeno parecido podía observarse

en el corazón de la bella Marquesa. Vivía gustosa en Madrid; pero de vez

en cuando atormentaba su corazón cierto prurito de vida patriarcal y

primitiva. La Marquesa de Guadalbarbo componía á veces idilios

inefables, allá en el fondo de su alma, en cuya composición entraban por

mucho los recuerdos de su pequeña ciudad natal, de su jardín, del

azahar y de las violetas que le embalsamaban, del cielo despejado de

Andalucía, y de toda aquella existencia menos artificiosa y más próxima

á la madre naturaleza.

Cansada Costancita de que la admirasen, de ver rendidos á sus pies lores

ingleses, príncipes rusos, leones parisienses, todo lo que hay de más

distinguido, soñaba con otra novela; echaba de menos en su vida cierta

poesía, y la buscaba por otra parte, no en aquello de que estaba

satisfecha hasta la saciedad.

Mientras el afán de lucir y de ser adorada no se había amortiguado en su

pecho, la novela, la poesía, el ideal de la Marquesa de Guadalbarbo se

había realizado en aquellas adoraciones y rendimientos de que había sido

objeto. Su severa virtud y su fiel amor al respetable Marqués habían

sido la primera condición de aquel ideal realizado. Faltar en lo más

mínimo al Marqués de Guadalbarbo, deslustrar su nombre aun sólo con la

ocasión de una sospecha, hubiera sido para Costancita como arrojarse al

suelo desde el altar de oro en que estaba subida. Era menester hacer

creer, era menester que Costancita misma creyese, y nos parece que lo

creía, que la admiración que le inspiraba la constante dicha del Marqués

en los negocios, y la gratitud que infundía en el pecho de ella aquella

esplendidez con que le proporcionaba cuanto quería, era un verdadero

amor, era una devoción sincera, que hacían de ella y del Marqués un ser

mismo, ó por lo menos una unidad inseparable, por donde todas aquellas

magnificencias y esplendores no venían como de fuera y de extraño poder,

sino que brotaban de la propia condición de Costancita y eran cualidades

y prendas de su persona.

Así había vivido Costancita, durante diez y siete años, amando al

Marqués, siendo modelo de madres de familia, pasando entre los

libertinos por una diosa de mármol, y citada como dechado de fidelidad y

afecto conyugales por todos los sujetos graves y severos que la

conocían.

La propia Condesa del Majano, hermana del Marqués, de quien ya hemos

hablado á nuestros lectores, aunque era la dama más austera y

descontentadiza de Madrid, estaba encantada de Costancita, y nada tenía

que censurar en ella, salvo un poco de tibieza en rezos y devociones;

pero el estímulo de formular esta censura se embotaba en el corazón de

la Condesa del Majano, quien, como casi todas las mujeres devotas, era

muy avara, con los presentes y limosnas que Costancita daba para las

iglesias, conventos de monjas y casas de caridad, de todos los cuales

presentes era distribuidora la Condesa, luciéndose así y pasando por

generosa sin gastar un cuarto.

El Marqués de Guadalbarbo había cumplido ya sesenta y seis años de edad;

pero se conservaba que era un portento. Su vida activa, el montar á

caballo y el cazar con frecuencia, el buen trato y las satisfacciones de

todo género, le tenían como remozado.

Cada día el Marqués se aplaudía más á sí propio por el buen tino que

tuvo en elegir mujer. Costancita, que mimaba las flores, los canarios y

hasta las joyas y las telas insensibles, ¿cómo no había de mimar, cuidar

y arrullar y contentar á un marido tan bueno, tan providente, tan

servicial y tan pródigo? Costancita se desvivía por el Marqués, le

adivinaba los pensamientos, procuraba que se distrajese, le hacía reir

con chistes y burlas, le consolaba cuando tenía algún disgusto, siempre

levísimo, y le cuidaba como á un niño cuando tenía alguna enfermedad,

también siempre ligera.

Mas, á pesar de todo esto, fuerza es confesar de plano lo que ya hemos

dejado entrever, lo que hemos indicado hace poco. Costancita se hallaba

en un momento peligroso de crisis.

El ideal de su vida de hasta entonces estaba ya agotado: había dado de

sí cuanto podía dar. El incienso de la lisonja, los triunfos de la

sociedad, las mil pasiones inspiradas por su belleza y sólo pagadas con

gratitud, de todo esto, permítasenos lo vulgar de la palabra, estaba ya

más que empalagada Costancita. Hacia deleites más subidos, hacia un

ideal más bello, hacia una poesía más fogosa aspiraba su alma. Al

tramontar del sol en una hermosa tarde, cuando el sol tiñe aún de

topacio y de púrpura los celajes de Occidente, se llena el corazón de

vaga melancolía y suele forjarse mil extrañas quimeras en arrobos

inexplicables; así el alma de Costancita, en el luciente y apenas

empezado ocaso de su duradera y briosa juventud, buscaba melancólica un

bien extraño, una poesía bella, una luz, un calor suave, un

contentamiento divino, que alegrasen y alumbrasen la serena tarde de su

vida.

Una circunstancia casual vino á dar mayor impulso al vuelo del espíritu

de Costancita en esta dirección romántica y á engolfarle más por el

misterioso piélago de sus ensueños, lleno todo de sirtes, escollos y

bajíos.

Los Marqueses de Guadalbarbo recibían una vez por semana, y reunían en

sus salones á lo más distinguido de Madrid por hermosura, nacimiento,

fortuna, letras y armas. Los marqueses tenían además, de diario, gente

convidada á comer. El general Pérez era de los que más frecuentaban la

casa.

El general Pérez, la índole de cuyas relaciones con Rosita hemos dejado

en una discreta penumbra, no sólo era un oráculo en política, un poder

de quien á veces pendía la muerte ó el nacimiento de los Ministerios,

sino el más pertinaz, confiado, audaz y fatuo de los galanteadores. En

este linaje de lides, así como en los verdaderos campos de batalla, el

general Pérez se juzgaba un César, y el _vine, ví y vencí_ no se le

apartaba del pensamiento, cuando no de los labios.

Este tremendo General, este héroe impertérrito y halagado por mil éxitos

ruidosos, se consagró completamente á la Marquesa de Guadalbarbo. La

perseguía con miradas volcánicas, la requebraba con cierto desenfado

militar, y no quería creer jamás que los desdenes, las burlas y hasta

las iras á veces de la Marquesa, fuesen iras, burlas y desdenes

legítimos, sino artificios, fingimiento y tácticas amorosas para hacer

más deseable la victoria y para dar más precio á la fortaleza que al

cabo se había de rendir.

La persistencia vanidosa del general Pérez tenía fuera de sí á

Costancita. Juzgaba ya que dentro de la buena educación y de los

respetos sociales había hecho cuanto puede hacerse, y aun más de lo que

puede hacerse, para refrenar al feroz é intrépido guerrero, ó alejarle

de sí desengañado; pero el ahinco del general Pérez era descomunal,

rayaba en lo inverosímil.

Acostumbrado el Marqués de Guadalbarbo á que le adorasen á su mujer, y

confiadísimo además en la virtud de ella, no advertía ó no hacía caso

del apretado y durísimo asedio en que el General la había puesto.

Costancita, además, era prudente, y no había de acudir á su marido para

que la libertase de las impertinencias de aquel presumido galán, para

que osease á aquel moscón, empeñándole acaso con él en un lance, á par

que peligroso, ridículo.

Costancita, pues, seguía sufriendo, si bien con impaciencia y disgusto,

las pretensiones del General, esperando cansarle y apartarle de sí á

fuerza de seriedad y desvío. Hasta entonces no había comprendido

Costancita una parte de la mitología: las persecuciones del dios Pan á

las ninfas, de Apolo á Dafne, y del cíclope Polifemo á Galatea. Ahora,

_mutatis mutandis_, en vista del modo de vivir actual, mucho más

ordenado y político, casi se consideraba ella como una Galatea, y miraba

como á un furioso Polifemo al general Pérez.

Lo que más la molestaba, lo que más hería su orgullo era la majestad del

General, su creencia mal disimulada de que casi la honraba

pretendiéndola y sufriendo sus desdenes. Ella, que se creía por cima de

todos los generales; ella, que sabía que la riqueza y la posición de su

marido no dependían del favor de ningún repúblico ó gobernante poderoso;

ella, que comprendía que su marido no necesitaba del Ministro de

Hacienda, sino que en todo caso, el Ministro de Hacienda necesitaría de

su marido, perdía la serenidad y se mordía los labios de rabia cuando el

general Pérez se le acercaba hasta con aire de protección y como

diciéndole:--Admírese V.: ¿qué no valdrá V., cuán grande no será mi

amor, cuando sufro tanto, siendo quien soy y pudiendo cuanto puedo?

Acudía por entonces á casa de Costancita todas las noches de tertulia, y

venía asimismo á comer una vez por semana, nuestro protagonista, su

desdeñado primo, D. Faustino López de Mendoza.

La suerte habíale mostrado siempre tan adusto ceño, que D. Faustino, á

pesar de sus ilusiones, había acabado por crearse un carácter del todo

contrario al del general Pérez. Se había hecho tímido, desconfiado,

modesto y encogido. Su humildad le dió cierto encanto á los ojos de

Costancita y le ganó las simpatías del Marqués de Guadalbarbo, quien

llegó á hacer de él los mayores elogios y á sacarle siempre á relucir

como ejemplo de los caprichos é injusticias del destino, que le tenía en

tan bajo lugar, mientras que había encumbrado á tanto zopenco.

Costancita en un principio contradecía á su marido, sosteniendo que el

no haber hecho carrera D. Faustino era por culpa de su carácter,

hallando y marcando en él infinidad de defectos; pero el Marqués

propendía á probar que no había tales defectos, sino que todas eran

excelencias y perfecciones. La Marquesa se fué poco á poco convenciendo

de lo que su marido afirmaba. De esta suerte, el Doctor Faustino vino al

fin á parecerle un sabio marchito en flor, un león á quien han cortado

las uñas, un genio á quien han arrancado las alas pujantes con que iba á

encumbrarse al empíreo.

¿Y quién había sido la maga maléfica, la hechicera traidora que había

hecho tan impía y bárbara amputación de alas y de uñas? Costancita se

dió á cavilar en esto y á sentir remordimientos que hasta entonces no

había sentido, y á considerarse bastante culpada.

Entonces recordó con ternura, con cierta tristeza entre dulce y amarga,

con lánguida y morosa delectación, las veladas y los coloquios por las

rejas del jardín, las lágrimas que vertió la noche de las calabazas, el

beso humilde y manso que le dió en la frente su primo en pago de la

herida que ella le hacía en el alma; y creyó oir el murmullo de la

fuente de su jardín, y se sintió en la amena soledad nocturna, y vió el

sereno cielo de Andalucía tachonado de mil y mil claras estrellas, y

aspiró embriagada el perfume de aquel azahar y de aquellas violetas.

Todo esto, poetizado, hermoseado, sublimado por la distancia, acudía á

la memoria como cuento de hadas, con destellos refulgentes, con el

encanto de la primera juventud, evocada por el recuerdo.

Las Ilusiones del Doctor Faustino, v.2 · 第 8 / 14 段