inepto en la ciencia práctica del crédito, parte la más esencial de la
crematística, que sólo acertó á deber al sastre, al zapatero, al
guantero y á la pupilera, que le pedían de continuo que pagase.
Entonces, olvidando ya las altas ciencias ocultas á que había pensado
consagrar su vida, no pensó el Doctor en más ciencias ocultas que en la
crisopeya. Él, que había soñado con descubrir la fuerza íntima, el
principio divino que mueve y anima el universo, y apoderarse de él para
gobernarlo y dirigirlo todo, se limitó entonces á ver cómo lograba
reunir un poco de dinero, y lo peor es que no lo consiguió.
Con este desengaño acabó por lo que acaban otros y por lo que muchos
empiezan: por suponer que el presupuesto es el hospicio de los mendigos
de levita, la sopa de los conventos para la pobretería ilustrada, y el
refugio y el hospital de los pordioseros leídos. El Doctor pretendió un
empleo, y al cabo consiguió que se le diesen, de ocho mil reales al año,
en el Ministerio de la Gobernación. Unas veces cayendo, otras
levantándose, ya repuesto, ya cesante, ya repuesto otra vez, llegó
nuestro héroe á tener catorce mil reales de sueldo, catorce años de
servicio y diez y siete años de vida de Madrid.
Siempre fué el Doctor un detestable empleado; pero no le faltaron amigos
que le sostuvieran en su empleo.
Claro está que otros, con menos capacidad que el Doctor, llegan á
directores, á consejeros de Estado y hasta á ministros; así anda ello;
pero no es menos claro que lo deben á casualidades dichosas (ya se
entiende que no para el país), y no á todos les han de tocar estas
casualidades, como no á todos les toca la lotería. Por sus condiciones
de carácter y de entendimiento, por su idiosincrasia, como se dice tanto
ahora, no era el Doctor de los que por sí, y sin que interviniesen las
referidas casualidades, podía ir más allá del punto á donde llegó. Así
es que no pasó de dicho punto, y gracias.
Toda esta parte de la vida del Doctor se refiere aquí en compendio y á
escape, porque no importa mucho á la acción ó argumento principal de
esta verdadera historia, si es que en esta verdadera historia quiere
concederme el lector que hay una acción única, con unidad clásica y
patente.
Sea como sea, el Doctor Faustino, avergonzado de no ser más que auxiliar
en un Ministerio, y esperando siempre el día en que había de elevarse á
personaje, no quiso volver á poner los pies en Villabermeja, donde había
pasado por un pozo de ciencia, por un prodigio de talento y por uno de
los más egregios caballeros, señorones y alcaides perpetuos que jamás
han existido. Así llegó á la edad de cuarenta y pico de años, harto
maltratado de la suerte, pero nunca desilusionado.
Todas las noches dejaba para la mañana siguiente el poner manos á la
obra y el empezar á escribir su gran _Tratado de Filosofía_, ó concluir
su colosal epopeya, ó resollar con alguna peregrina y pasmosa invención
que aturdiese á los nacidos. Nada, sin embargo, se realizaba jamás.
Amanecía Dios: el Doctor iba á su oficina á extractar expedientes ó á
arrullarles el sueño; comía luego sus pícaros garbanzos, cuando no le
convidaban en alguna casa de fuste, y siempre por las noches andaba de
tertulia en tertulia. Nadie le quería ni bien ni mal, porque á nadie
estorbaba, como no fuese á alguien que desease ser auxiliar como él;
pero el Doctor no tenía un solo conocido que desease tan poco, sino que
los paisanos deseaban ser ministros ó superintendentes generales de
Hacienda en Cuba; y los clérigos, arzobispos; y los militares, capitanes
generales y dictadores. Menester hubiera sido que se allanase el Doctor
á ir de tertulia á las tiendas de aceite y vinagre para encontrar ya
muchos envidiosos. Con tan elástico impulso aupaba el trampolín de la
política, y tan rápido iba haciéndose el turno en los altos icarios, que
había esperanzas de sobra para cualquier titiritero. El Doctor, en medio
de todo, conservaba siempre las suyas, risueñas y halagadoras, y
presentía que, sin saber aún por qué, ni cómo, ni cuándo, acabarían las
gentes por envidiarle. Con estas esperanzas se distraía y consolaba.
[Imagen decorativa]
XXVII.
CABOS SUELTOS
No faltará quien halle inverosímil la poca ó ninguna carrera que hizo en
Madrid D. Faustino López de Mendoza. Ó D. Faustino era tonto ó no lo
era, dirán. Si era tonto, debió pintarle tonto el autor de esta
historia; pero como le ha pintado discreto, aunque extravagante, no se
comprende cómo no llegó á elevarse en esta sociedad agitadísima y
revuelta, donde tan fáciles son las elevaciones.
Contra estos argumentos va ya mucho en el capítulo anterior. Sin
embargo, prefiriendo nosotros pasar por pesados á pasar por aficionados
á lo inverosímil, vamos á añadir otras razones.
En España está el entendimiento muy repartido: casi no existe la gran
masa de tontos utilísimos, mansos, gobernables, industriosos,
trabajadores y fáciles de entusiasmar, que existe en otras naciones más
dichosas, donde el entendimiento está reconcentrado y como vinculado en
pocos hombres.
Hay, pues, en España, muchos más de entendimiento que por ahí en otras
tierras; pero en cambio cabemos á bastante menos entendimiento. Apenas
si pasa nadie de lo que se llama listo ó travieso. Esta listura ó
travesura, no auxiliada por gran saber, porque somos perezosos, no da
para lo bueno el fruto que debiera dar; y por otra parte, como son
tantos los que la tienen, en mayor ó menor grado, raro es el hombre en
quien llega á constituir tal excelencia, que le distinga y eleve con el
asentimiento general sobre el nivel de los otros, y le haga apto para el
mando. De aquí lo instable de toda dominación y la escasa reverencia con
que se mira á quien la ejerce. De aquí además el que haya tantos y
tantos que aspiren á ejercerla, creyéndose con títulos iguales ó
superiores á los más encumbrados.
En esta perpetua contienda por subir toman parte unos cuantos miles de
hombres: el proletario de levita. Como hay, cada año casi, caídas y
encumbramientos, llegan á ser personajes los más capaces sin duda; llega
á serlo también un tanto por ciento de los meramente listos; pero como
los listos abundan, los más se quedan tocando tabletas. Lo que sucede es
que de los que se quedan no nos volvemos á acordar y nos parece que no
han existido. Sólo de vez en cuando reconocemos y recordamos á tal cual
de ellos, antiguo compañero de colegio, de universidad ó de los primeros
años de la vida, en alguien que viene cubierto de harapos á pedirnos
una limosna ó un empleo de cinco ó seis mil reales, cuando en otro
tiempo esperaba llegar á duque ó á príncipe, y aun entendía que se
quedaba corto.
Que el carácter de las personas influye mucho en la diversidad de
éxitos, es cosa de que no se puede dudar; pero la suerte, el mal llamado
acaso, esto es, la combinación y enlace de los sucesos, que no hay mente
humana que prevea, influyen más aún. Por lo demás, lo inexplicable, lo
misterioso, lo inverosímil en grado superlativo, en cualquiera otro país
donde, como en España, no haya privilegios aristocráticos ni valga el
capricho de un rey, es el encumbramiento de la gente inepta por todos
estilos. Lo que es el que don Faustino se quedase siempre con catorce
mil reales de sueldo y no pasase más allá, era natural, verosímil y
justo en todo país, sin que por eso tengamos que calificar de idiota, ni
de mucho menos, al protagonista de nuestra historia.
El momento de los grandes sucesos que van á terminarla se aproxima ya;
pero antes nos parece indispensable atar algunos cabos sueltos; decir
algo de lo que sucedió á varios de los personajes más importantes
durante los diez y siete años que tan sin dicha perdió en Madrid D.
Faustino.
El escribano D. Juan Crisóstomo Gutiérrez murió tranquila y
cristianamente en su lecho. El padre Piñón, que le asistió en aquel
último trance, exigió de él que se casase con Elvirita. El Escribano se
casó, reconociendo y legitimando á un hijo que de Elvirita tenía,
llamado Serafinito, á quien ya hemos visto figurar en la introducción de
esta historia. Los bienes del Escribano eran tan cuantiosos, que,
divididos en partes iguales entre sus tres hijos, bastaron á dejarlos
muy ricos á todos.
En el momento de nuestra historia á que hemos llegado, Serafinito
permanecía soltero, y Ramoncita hacía años que estaba casada con D.
Jerónimo, el cual ejercía con gran éxito y tino la medicina en
Villabermeja. Aunque no tenían hijos que extrechasen los lazos
conyugales y completasen su dicha, la _Médica_ y el Médico vivían muy
felices.
Rosita, á pesar de sus lances con D. Faustino, harto escandalosos para
que pudieran olvidarse, era tan graciosa, tan discreta, tan firme de
voluntad y tan rica para aquellos lugares, que siguió siendo pretendida
de muchos. Sólo de ella dependía el hacer ó no lo que se llama un buen
casamiento.
El amor al régimen autonómico, y tal vez el recuerdo de D. Faustino y de
su abandono, indujeron á Rosita á que continuase soltera durante algunos
años más. Según hemos dicho, Rosita era una hermosura de bronce. Llegó á
los treinta, llegó á los treinta y dos, llegó, en fin, á los treinta y
ocho, y aun parecía la misma Rosita del día y de la noche de la Nava.
Sin embargo, al frisar en los cuarenta, aunque su cara y su limpio y
bien formado cuerpo, con el aseo, el ejercicio constante y los aires
campesinos, estaban como siempre, sin que la gordura hubiese venido á
desfigurarlos, ni una delgadez malsana hubiese impreso en su piel
trigueña, delicada y tersa, ni mancha ni arruga, Rosita hubo de tener
melancólicos presentimientos de que la vejez empezaba á surgir en las
profundidades y abismos de su ser, por más que por la superficie no
apareciera. Aquella mocedad, aquella gallardía, aquella gracia que aun
conservaba, eran como un milagro de su voluntad enérgica, y el milagro
podía tener término. Algunas canas que aparecían entre su negra y
hermosa cabellera eran el único signo exterior que le anunciaba la
venida de la vejez. Esto bastó, no obstante, para que Rosita pensase con
espanto en la vejez, y sobre todo en la vejez solitaria. Un deseo
ambicioso de encumbrarse más, de figurar y de lucir fuera de
Villabermeja, de triunfos, de esplendores y de conquistas en más vasto
teatro, y de deslumbrar aún con la luz de su belleza antes que del todo
se eclipsase, se apoderó entonces del alma de Rosita.
Entre sus pretendientes se contaba D. Claudio Martínez, consecuente
hombre político, y diputado á Cortes casi perpetuo por el distrito de
que formaba parte Villabermeja. D. Claudio había hablado cuatro ó cinco
veces sobre Hacienda en las sesiones del Congreso, y había llegado á ser
director general en el Ministerio de aquel ramo. Allí se había dado tan
buena maña, que había formado un capitalito de un par de millones. Era,
pues, un señor de muchas campanillas, un pájaro de cuenta, en potencia
propincua de ser ministro, título, banquero, ó las tres cosas.
Solterón de cuarenta y pico de años, estaba bien conservado, y era
alegre, servicial y ameno. Trataba con tal llaneza á todos sus
electores, les buscaba tantos empleos, y les desempeñaba tantos encargos
y comisiones, que era adorado por todo el distrito. Su retrato, ora al
óleo, ora en fotografía iluminada, resplandecía en las casas
consistoriales de los cinco ó seis pueblos que el distrito formaban. En
todos ellos le recibían con repique general de campanas é iluminación
cuando volvía de Madrid. En todos ellos se daban comilonas, bailes y
giras campestres en su obsequio. Y de todos ellos le enviaban, cuando
estaba en Madrid, barriles del mejor vino, piñonate, hojaldres,
alfajores, arrope y otra multitud de regalos.
No era Rosita mujer que se dejase deslumbrar por tales grandezas. Cuando
no su claro entendimiento, su instinto hubiera sobrado para darle á
conocer que D. Claudio era un personaje vulgar; lo que llaman por allá
un tío. Á veces le comparaba con el cruel alcaide perpetuo, y éste le
parecía aún de oro puro, y el D. Claudio de muy bajo y ruín metal; pero
D. Faustino era un dije funesto ó inútil, un primor, una joya que no
servía para nada, mientras que D. Claudio era y podía ser un instrumento
provechoso para conseguir multitud de cosas y realizar mil gratos
ensueños. Rosita concibió la idea de su casamiento con Don Claudio como
una sociedad en comandita, donde, unidos capitales y aptitudes, podrían
encumbrarse pronto los socios al pináculo de la riqueza y de los
honores. Esto la sedujo; y si bien D. Claudio distaba infinito de
inspirarle amor, como no le inspiraba repugnancia, Rosita se casó con
Don Claudio.
Años hacía que ambos esposos vivían en Madrid, donde Rosita era admirada
por su talento y su chiste, y donde aun tenía mil adoradores, aunque ya
jamona. La casa de D. Claudio era el centro de lo más ilustre y
empingorotado que había en Madrid en la sociedad de medio pelo. Rosita
era la _lionne_, la reina, la emperatriz de las cursis. Lo menos catorce
ó quince poetas, simultánea ó sucesivamente, habían hecho de ella su
musa, su Laura ó su Beatriz, y le habían compuesto baladas, elegías,
cantares y doloras. Rosita procuraba hacer creer que sus amores con
todos estos vates habían sido platónicos, y no hay razón para que no la
creamos. Propalaban, por último, algunas malas lenguas, que el general
Pérez era más dichoso, ó dígase no era, como los poetas, tan severo
secuaz del gran filósofo griego en sus amores con Rosita. Ello es que el
general Pérez tenía vara alta con todos los ministros, y en particular
con el de Hacienda y con el director del Tesoro, cerca de los cuales
prestaba todo su apoyo á Don Claudio, quien siempre tenía pendientes de
allí una infinidad de enredos, tramoyas y discretas é ingeniosas
combinaciones para dislocar el dinero, alzándose con él.
Entre la turba perezosa y torpe
De los demás mortales.
Don Claudio iba aproximándose cada vez más á su ideal, á ser un
capitalista, cuya misión en el mundo solía comparar él á la de los
grandes pantanos artificiales, donde se reúnen y acumulan las aguas que
sirven después para fecundar con su riego inmensos terrenos incultos,
antes secos y estériles. Considerándose D. Claudio uno de estos
pantanos, trataba de llenarle y llenarse pronto y bien; su mujer,
Rosita, le ayudaba como podía.
Don Faustino no había puesto nunca los pies en casa de Rosita; pero la
saludaba y era saludado por ella cuando la veía por acaso en paseo, en
los teatros ó en alguna tertulia. Jamás se acercaba á ella, ni la
hablaba.
Otro personaje importantísimo de nuestra historia, el famoso Joselito el
Seco, había tenido un fin trágico, como era de presumir, en cumplimiento
de la sentencia ó refrán que dice: _quien mal anda, mal acaba_. Como
Joselito era la providencia de la gente menuda; como su rumbo y su
generosidad no tenían límites, y como las dos terceras partes de lo que
ganaba en su oficio las repartía caritativamente entre los pobres,
gastando lo restante con esplendidez de gran señor, no había arriero que
no le idolatrase, ni ventero ni casero que no le amparase ni ocultase,
ni coplero rústico que no le celebrase en sus coplas, ni señorito de
lugar que no procurase ser su amigo, llevado de la cuenta que le tenía,
y aun de la admiración sincera que sus hazañas, altas caballerías y
estupendas magnificencias inspiraban. Entre el vulgo de Andalucía
gozaba, pues, Joselito de tanta popularidad como D. Claudio entre sus
electores. Así es que no había medio de cogerle, ni vivo ni muerto,
seguía haciendo de las suyas, paseándose por todas partes como por su
casa, y campando, en suma, por sus respetos.
De este modo hubiera continuado quizás, aunque hubiese vivido más años
que Matusalén, si no acontece lo que vamos á referir ahora, valiéndonos
de una carta de Respetilla á su amo, que trasladamos aquí con fidelidad
y exactitud.
Dice la carta:
»Villabermeja entera está indignada con lo ocurrido á Joselito el Seco.
Voy á contárselo á su merced, porque debe interesarle. Permítame su
merced que tome las cosas de muy atrás para que lo entienda todo.
»Joselito era tan bueno y tan escrupuloso, que no se apoderaba de nada
de los pobres. Perseguido además en estos últimos años por la Guardia
civil, no lograba proporcionarse recursos suficientes y andaba muy
apurado.
»En sus apuros acudió á un amigo rico, al Alcalde de..., en la provincia
de Málaga, y le rogó con muy buenos modos que le enviase tres mil reales
á su casería, por donde él pasaría á recogerlos. El Alcalde envió sin
dificultad los tres mil reales. Al mes volvió Joselito á sus apuros:
pidió otros tres mil reales y los obtuvo también. Poco después pidió
cuatro mil. El Alcalde hizo sus observaciones; resistió bastante; pero
al cabo entregó los cuatro mil reales que Joselito le pedía. Así
siguieron, Joselito pidiendo y el Alcalde dando, hasta que llegó la
séptima petición. El Alcalde entonces hubo de sulfurarse. El mismo
diablo sin duda le inspiró una idea terrible.
»Escribió á Joselito diciéndole, como de costumbre, que el dinero
estaría á su disposición en la casería en tal día y á tal hora; que
fuese allí á buscarle; pero el Alcalde, en vez de enviar el dinero,
envió á la casería con gran sigilo y recato veinte certeros tiradores,
los más famosos que pudo hallar.
»La casería, como muchas de estas tierras, formaba un cuadrado perfecto.
El lado de frente ó de la fachada era la habitación de los señores para
cuando iban allí á pasar una temporada; en el lado derecho estaban las
caballerizas y el tinado para los bueyes; en el lado izquierdo, las
bodegas, y á la espalda, el lagar y el molino aceitero. En el centro
había un ancho patio interior, sobre el cual daban muchas ventanas de
los cuatros cuerpos ó lados de la fábrica. En dichas ventanas se
colocaron los tiradores con las escopetas prevenidas y bien cargadas. El
casero, hombre de mucho estómago y de toda confianza, se había
comprometido á introducir á Joselito y á su tropa en el patio, á meterse
luego en la casa y á dejarlos encerrados allí, donde los de las
escopetas los habían de freir á tiros.
»El plan era tan hábil, que ya el Alcalde daba por segura la muerte de
todos los ladrones, y creía tocar los laureles que iban á prodigarle por
haber librado á las gentes de aquel sobresalto continuo.
»Dios, sin embargo, lo dispuso de otra manera. Cuando Joselito iba á
entrar con su cuadrilla en la casería y en el patio, tuvo cierto
recelo, y miró al casero con fija atención. Este perdió la serenidad y
se puso más amarillo que la cera. No fué menester más. Joselito sospechó
la trama. Conoció, como si lo viese, que había dentro gente oculta para
matarle y matar á sus camaradas. Joselito era generoso. Supuso que el
casero cumplía con las órdenes de su amo, y le dejó vivo; pero no
consintió que ninguno de los suyos entrase en la casería. Todos ellos se
fueron sin entrar.
»Joselito juró vengarse del Alcalde. Harto calculaba éste que, después
del mal éxito de su plan, corría el peligro de que Joselito le
asesinase. El Alcalde se amilanó de tal modo, que no salía del lugar.
Apenas salía de su casa, sino á las horas en que hay más gente en las
calles y tomando mil precauciones.
»Nada bastó á libertarle. Una noche, entre nueve y diez, entró Joselito
á pie en el lugar con ocho de su partida. Lleno de atrevimiento, se fué
como un rayo á casa del Alcalde. Entró en ella cuando nadie sospechaba
que pudiera venir. Sus compañeros maniataron, ataron lienzos á la boca y
amedrentaron á los criados y á las criadas para que no se defendiesen ni
chillasen. Joselito halló solo y de improviso al Alcalde en su despacho.
»--Encomiéndate á Dios á galope--le dijo--, y reza el credo. No quiero
que se pierda tu alma. Lo que es con tu cuerpo y con tu vida vas á
pagar ahora la traición que me hiciste.
»El Alcalde, que conocía bien á Joselito, se persuadió de que no había
remedio. Los ruegos no hubieran valido de nada. La resistencia era
inútil también. Joselito le apuntaba con su trabuco, cuya boca casi le
tocaba en la sien. Al menor movimiento hubiera Joselito disparado. El
Alcalde, pues, tomó el partido de guardar un digno silencio.
»Pasado un minuto, y calculando ya Joselito que el Alcalde se había
encomendado á Dios pidiéndole perdón de sus culpas, volvió á decir:
»--Reza el credo.
»Con voz firme y entera empezó á rezar el Alcalde; pero al llegar á
decir _y en Jesucristo, su único hijo_, Joselito disparó el trabuco y le
metió en la cabeza todo el plomo y hasta los tacos de que estaba
cargado.
»Muerto el Alcalde sobre el sillón mismo de su bufete, Joselito salió de
la casa y del lugar con sus ocho compañeros. Fuera le aguardaban otros
con los caballos, y montando en ellos, todos se pusieron en salvo.
»El Alcalde no tenía más familia que un hijo de diez y ocho años,
soltero y guapo mozo. Como aquella noche era sábado, el muchacho, que ya
tenía barbas muy recias, estaba afeitándose en la barbería.
»Allí vinieron á contarle la espantosa desgracia que acababa de suceder.
Voló á su casa con la cara á medio afeitar, y vió á su padre, á quien
amaba de todo corazón, muerto de un modo horrible, con la cabeza
deshecha.
»Levantando entonces las manos al cielo, sobre el cadáver, caliente aún,
juró el mozo por cuanto hay de más sagrado no raparse las barbas, no
comer en mesa con manteles, no desnudarse la ropa que tenía puesta y no
dormir en cama hasta que matase á todos los ladrones y al capitán de
ellos, Joselito.
»Cinco años han pasado desde que esto aconteció, y el mozo ha cumplido
su juramento en cuanto de él dependía. Arruinándose, derritiendo la rica
herencia que le dejó su padre, ha mantenido una compañía de escopeteros
de á pie y de á caballo, y ha perseguido y acosado tanto á los ladrones,
que una vez dos, otra uno, otra cuatro, ha acabado por despacharlos á
todos al otro mundo. Joselito solo vivía. Ya no había forma de que el
mozo vengador le encontrase y le matase. De manera que el mozo seguía
sin mudarse, sin comer á la mesa, sin dormir en cama y sin raparse las
barbas. Cuentan que ponía miedo su vista.
»Así hubiera seguido largo tiempo, porque Joselito era muy sagaz y
hábil, y no se dejaba coger fácilmente. Además, Joselito tenía multitud
de protectores y encubridores. Pero Joselito (Dios le haya perdonado
con su inagotable misericordia), aunque era un gran pecador, tenía
golpes y partidas de hidalgo y bien nacido. Harto de aquella
persecución, envió un recado al hijo del Alcalde con una gitana vieja,
de quien mucho se fiaba. El recado era que si quería acabar de una vez y
poder raparse las barbas, que viniese, sin su gente, á donde él
designara; que, seguros los dos, se verían y terminarían su pleito á
navajazos, muriendo el uno ó el otro ó ambos, como buenos caballeros.
Agradó la propuesta al hijo del Alcalde, y previos los juramentos más
terribles para precaverse de la traición por una y otra parte, el hijo
del Alcalde y Joselito se vieron en un encinar, y riñeron valerosamente
con las navajas, sin más testigo que la gitana vieja, la cual, sentada
en un peñón, miró el combate sin pestañear.
»Joselito era un héroe, señorito, y aunque el hijo del Alcalde tenía
muchos hígados y manejaba bien el abanico, Joselito pudo más y dicen que
le mató limpiamente de un navajazo magistral por bajo de la tetilla
izquierda. Así pasó á mejor vida el hijo del Alcalde, sin haber podido
raparse las barbas desde que su padre murió.
»Cuando se divulgó esta hazaña, creció la fama de Joselito por toda
Andalucía, y pronto acudieron á ponerse á sus órdenes hasta siete
hombres de pelo en pecho. Joselito volvió á encontrarse capitán, con
una cuadrilla muy respetable de bandoleros.